Capítulo III

De las conversaciones y enseñanzas del stárets Zosima

e) Sobre el monje ruso y su posible sentido.

Padres y maestros, ¿qué es un monje? En nuestros días, en el mundo ilustrado esta palabra algunos la pronuncian a modo de burla y otros como un insulto. Y la situación va a peor. Es verdad, ¡ay!, es verdad que no faltan en el monacato muchos parásitos, voluptuosos, lascivos y vagabundos impúdicos. A éstos son a los que señala la gente de mundo, cultivada: «Vosotros —dicen— sois unos haraganes, sois los miembros inútiles de esta sociedad, vivís del trabajo ajeno, miserables desvergonzados». Mientras tanto, son muchísimos en el monacato los mansos y humildes, los que anhelan el recogimiento y la oración fervorosa en silencio. A éstos los señalan menos e incluso los pasan por alto, y ¡cuánto se sorprenderían si me oyeran decir que de estos monjes sumisos y sedientos de oración solitaria puede que venga la salvación de la tierra rusa! Pues en verdad están preparados en silencio «para la hora, día, mes y año». De momento en su retiro custodian la imagen de Cristo, hermosa e inalterada, con la pureza de la verdad divina, de los Padres de la Iglesia, de los apóstoles y de los mártires y, cuando sea necesario, la mostrarán a la verdad titubeante del mundo. Es ésta una gran idea. Esta estrella brillará desde el oriente.

Eso es lo que yo pienso de los monjes. ¿Acaso falsamente? ¿Acaso con arrogancia? Fijaos en los legos y en todo ese mundo que se exalta por encima del pueblo de Dios, ¿no está ahí desfigurada la imagen de Dios y su verdad? Ellos tienen la ciencia, y en la ciencia solo existe lo que está sujeto a los sentidos. Mientras que el mundo espiritual, la mitad superior del ser humano, ha sido completamente rechazado, expulsado con cierta solemnidad, hasta con odio. El mundo ha proclamado la libertad, especialmente en los últimos tiempos, y ¿qué vemos en esta libertad suya? ¡Únicamente esclavitud y suicidio! Pues el mundo dice: «Tienes necesidades, debes satisfacerlas, ya que tienes los mismos derechos que los más nobles y ricos. No tengas miedo de satisfacerlas, al contrario, multiplícalas», he aquí la doctrina vigente en el mundo. Ahí es donde ven la libertad. Y ¿cuál es el resultado de este derecho al incremento de las necesidades? Entre los ricos, aislamiento y suicidio espiritual, y entre los pobres, envidia y asesinato, pues les han dado unos derechos, pero no les han indicado los medios para satisfacer sus necesidades. Aseguran que el mundo está cada vez más unido, que se está creando una relación fraternal al acortarse las distancias, al transmitirse los pensamientos por el aire. ¡Ay, no deis crédito a semejante unión entre las gentes! Al entender la libertad como un aumento y un rápido alivio de las necesidades, alteran su propia naturaleza, pues alimentan muchos deseos y costumbres estúpidos y carentes de sentido, muchas fantasías disparatadas. Viven solo para envidiarse mutuamente, para el deleite y la arrogancia. Celebrar banquetes, viajar, tener carruajes, dignidades y esclavos a su servicio se considera ya una necesidad por la que, con tal de saciarla, hay que sacrificar la vida, el honor y el amor al prójimo, y la gente llega a matarse si no puede saciarla. Observamos lo mismo entre quienes son menos ricos, y entre los pobres las necesidades sin saciar y la envidia por el momento se ahogan en alcohol. Pero pronto no se embriagarán con vino, sino con sangre: a eso los están empujando. Y yo os pregunto: ¿es libre ese hombre? Conocí a un «luchador por las ideas», me contó que, cuando lo privaron de tabaco en la cárcel, lo martirizó tanto esa privación que, a cambio de tabaco, estuvo cerca de traicionar sus «ideas». Y alguien así dice: «Voy a luchar por la humanidad». Pero ¿adónde irá ese hombre y de qué será capaz? Tal vez de una acción rápida, pero no resistirá mucho tiempo. Y no es de extrañar que, en vez de alcanzar la libertad, haya caído en la esclavitud; en vez de servir a la fraternidad y a la unión de la humanidad, haya caído, por el contrario, en la desunión y en el aislamiento, como me decía en mi juventud mi enigmático huésped y maestro. Y por eso en el mundo se va extinguiendo la idea de servicio a la humanidad, de la fraternidad y de la integridad de las personas y, aunque ciertamente se encuentra esta idea, es acogida ya con sorna, pues ¿cómo desprenderse de las costumbres? ¿Adónde irá ese cautivo tan acostumbrado a saciar sus infinitas necesidades, que él mismo ha inventado? Está aislado, y le es indiferente lo universal. Ha logrado acumular más bienes, pero su alegría es menor.

Muy distinta es la vía monacal. La gente se burla de la obediencia, el ayuno y el rezo, pero solo en ellos se encuentra el camino a la libertad auténtica, verdadera: cerceno en mí las necesidades superfluas e innecesarias, someto y fustigo con la obediencia mi voluntad orgullosa y llena de amor propio, y así, con la ayuda de Dios, alcanzo la libertad de espíritu y, con ella, el regocijo espiritual. ¿Quién es más apto para ensalzar una gran idea y ponerse a su servicio, el rico aislado o el que se ha liberado de la tiranía de objetos y costumbres? Reprochan al monje su aislamiento: «Te aíslas entre los muros del monasterio para salvarte a ti mismo, pero te has olvidado del servicio fraternal a la humanidad». Pero, veamos, ¿quién contribuye con más celo a la fraternidad? Pues no somos nosotros quienes vivimos aislados, sino ellos, aunque no lo vean. Desde tiempos inmemoriales han salido de nosotros destacadas figuras del pueblo, ¿por qué no pueden salir también ahora? Estos humildes y mansos ayunadores y observantes del voto de silencio se alzarán e irán a realizar su gran tarea. Del pueblo vendrá la salvación de la Rus. Siempre el monasterio ruso ha estado con el pueblo. Si el pueblo está aislado, también nosotros estaremos aislados. El pueblo cree como nosotros, y el hombre público que no sea creyente no hará nunca nada en Rusia, por mucho que sea de corazón sincero y de inteligencia genial. Recordad esto. El pueblo se enfrentará al ateo y lo derrotará y surgirá la Rus unida en la ortodoxia. Velad por el pueblo y proteged su corazón. Ésta es la misión del monje, pues este pueblo es portador de Dios.

 

f) Sobre señores y siervos y sobre si es posible que señores y siervos sean, el uno para el otro, hermanos de espíritu.

Dios mío, quién puede negar que también entre el pueblo hay pecado. Y la llama de la depravación crece a ojos vistas, con cada hora que pasa, extendiéndose de arriba abajo. El aislamiento avanza en el pueblo: cunden los acaparadores y los explotadores; el mercader aspira cada vez a mayores honores y, aunque carece de formación, intenta dárselas de instruido y con ese fin trata con ruin desdén los usos antiguos y hasta se avergüenza de la fe de sus padres. Frecuenta a los príncipes, pero no es más que un campesino echado a perder. El pueblo está podrido por culpa del alcohol y es incapaz de librarse de él. Y cuánta crueldad con la familia, con la esposa, incluso con los hijos; todo por culpa del alcohol. Hasta a niños de diez años he visto en las fábricas: enclenques, marchitos, encorvados y ya descarriados. Una sala sofocante, una máquina repiqueteando, todo el santo día de trabajo, palabras obscenas y alcohol, ¡alcohol! ¿Es esto lo que necesita el alma de una criatura tan pequeña? Lo que necesita es sol, juegos y buenos ejemplos por doquier y, como mínimo, una pizca de amor. Esto tiene que acabarse, monjes, que no se torture a los niños, levantaos y predicad, rápido, rápido. Pero Dios salvará a Rusia, porque, aunque el hombre del pueblo se haya descarriado y ya no pueda renunciar al pecado hediondo, sabe que ese pecado hediondo está maldito por Dios y que hace mal cuando peca. Así pues, nuestro pueblo aún cree incansablemente en la verdad, acepta a Dios y llora conmovido. No ocurre lo mismo con los que están arriba. Éstos, siguiendo la ciencia, quieren instaurar la justicia recurriendo solo a su intelecto, pero ahora ya sin Cristo, no como antes, y han proclamado que no existe el crimen, que no existe el pecado. En esto, desde su punto de vista, están en lo cierto, pues, sin Dios, ¿cómo va a haber crimen? En Europa el pueblo se alza contra los ricos recurriendo a la fuerza y, por todas partes, los cabecillas populares lo conducen al derramamiento de sangre y le enseñan que su ira es justa. Pero «maldita su ira, por ser tan impetuosa». El Señor salvará a Rusia, igual que la ha salvado muchas veces. La salvación vendrá del pueblo, de su fe y de su humildad. Padres y maestros, cuidad la fe del pueblo, y esto no será un sueño: siempre me ha sorprendido la dignidad hermosa y verdadera de nuestro gran pueblo, yo la he visto personalmente, puedo dar testimonio, la he visto y me he sorprendido, la he visto incluso a pesar del hedor de los pecados y del aspecto miserable de nuestro pueblo. Después de dos siglos de esclavitud, nuestro pueblo no se muestra servil. Es libre por su aspecto y por su trato, pero sin ofender. Y no es vengativo ni envidioso. «Eres noble, eres rico, eres inteligente y talentoso, que el Señor te bendiga. Te honro pero sé que yo también soy un hombre. Honrándote sin envidias, así precisamente muestro ante ti mi dignidad humana.» En verdad, si no lo dicen así (porque todavía no saben decirlo), sí que actúan así; yo mismo lo he visto, yo mismo lo he experimentado y, creedme, cuanto más pobre y más bajo es nuestro hombre ruso, más se percibe en él la hermosa verdad, pues los más ricos entre ellos —los acaparadores y los explotadores— están enormemente corruptos, y ¡mucho, mucho de esto se debe a nuestra negligencia y nuestro descuido! Pero Dios salvará a su gente, ya que Rusia es grande en su humildad. Sueño con ver, y es como si ya lo estuviera viendo con claridad, nuestro porvenir: será tal que hasta nuestro ricachón más depravado acabará avergonzándose de su riqueza ante los pobres, y el pobre, al ver esta humildad, la comprenderá y se entregará con alegría, y responderá con dulzura a ese hermoso acto de humildad. Creedme, acabará así, hacia eso nos dirigimos. Solo en la dignidad espiritual del hombre se halla la igualdad, y esto solo entre nosotros se llegará a comprender. Si hubiera hermanos, habría fraternidad, pero hasta que no haya fraternidad no habrá reparto. Conservemos la imagen de Cristo que, como una piedra preciosa, irradiará su luz a todo el mundo… ¡Así sea, así sea!

Padres y maestros, una vez me sucedió algo conmovedor. En mi peregrinar, en la capital de la provincia de K. me encontré a mi antiguo ordenanza Afanasi; habían pasado ocho años desde que me había separado de él. Me vio por casualidad en el mercado, me reconoció, se acercó corriendo y, Dios mío, se alegró tanto que se lanzó sobre mí: «Bátiushka, señor, ¿es usted? ¿De veras le estoy viendo?». Me llevó a su casa. Ya se había licenciado, estaba casado, había traído al mundo a dos niños. Vivía con su mujer del menudeo en un tenderete del mercado. La habitación era pobre, pero limpia, alegre. Me ofreció asiento, preparó el samovar, envió a buscar a su mujer. Era como si mi presencia fuera una fiesta. Me trajo a sus hijos: «Bendígalos, bátiushka». «Soy yo quien debe recibir su bendicion —le respondo—, soy un monje ordinario y humilde, rogaré a Dios por ellos, pues lo que es por ti, Afanasi Pávlovich, ya ruego siempre a Dios desde aquel día, ya que contigo empezó todo.» Y se lo expliqué como pude. Y así es la gente: me miraba y era incapaz de comprender que yo, su antiguo señor, un oficial, estuviera allí con aquel aspecto y aquel hábito, incluso se echó a llorar. «¿Por qué lloras? —le digo—. Deja mejor, inolvidable amigo, que tu alma se regocije por mí, querido mío, pues mi camino es alegre y luminoso.» No habló mucho, solo suspiraba y movía la cabeza con ternura. «¿Qué ha sido de su riqueza», me pregunta. Le respondo: «La entregué al monasterio, donde vivimos en comunidad». Después del té, ya me disponía a despedirme y, de pronto, me saca una poltina como donativo para el monasterio, y veo que me pone en la mano otra poltina y se apresura a decirme: «Ésta es para usted, peregrino y viajero, quizá le venga bien, bátiushka». Acepté su moneda, me incliné ante él y su mujer y me marché contento, por el camino iba pensando: «Ahora los dos, él en su casa y yo caminando, probablemente suspiremos, y también sonreiremos alegres, con regocijo en nuestro corazón, sacudiendo la cabeza y recordando cómo Dios nos ha conducido a este encuentro». No he vuelto a verlo desde entonces. Fui su señor y él mi criado, pero en ese momento nos besamos con afecto y conmovidos espiritualmente, una gran comunión humana surgió entre nosotros. He pensado mucho en ello y ahora pienso lo siguiente: ¿acaso es tan inconcebible que esa unión tan grande y tan sencilla pueda darse, a su debido tiempo, en todas partes entre las gentes de Rusia? Creo que sucederá y que la hora está cerca.

Y en cuanto a los servidores, añadiré lo siguiente: antes, de joven, me enfadaba mucho con ellos: «La cocinera ha servido la comida muy caliente, el ordenanza no me ha cepillado el traje». Pero de pronto me iluminó un razonamiento de mi querido hermano que yo le había oído en mi infancia: «¿Acaso merezco que otro me sirva? ¿Cómo es posible que yo lo muela a palos por su pobreza y su ignorancia?». Y también entonces me asombró que hasta los pensamientos más sencillos, los más evidentes, aparezcan tan tarde en nuestra cabeza. No es posible un mundo sin servidores, pero compórtate con ellos de tal forma que sean más libres de espíritu que si no fueran servidores. ¿Y por qué no puedo yo servir a mi servidor de manera tal que él lo vea, pero sin orgullo por mi parte ni recelo por la suya? ¿Por qué no puede ser mi servidor como un pariente, de modo que al final lo admita en mi familia y me alegre de ello? Incluso hoy en día eso sería factible, pero servirá de base para la gran unión futura de la gente, cuando los hombres no busquen servidores y no deseen convertir en servidores a sus semejantes, como sucede ahora; al contrario, desearán con todas sus fuerzas convertirse en servidores de todos, siguiendo el Evangelio. ¿Será solo un sueño que al final el hombre encuentre su felicidad únicamente en los logros de la instrucción y de la caridad, y no en placeres crueles, como ahora, en la gula, la lujuria, la arrogancia, la jactancia y el afán envidioso de superar a los demás? Creo firmemente que no es así y que el día está próximo. La gente se ríe y pregunta cuándo llegará ese día y si de verdad parece que va a llegar. Y yo creo que esa gran tarea la llevaremos a cabo con Cristo. ¿Cuántas ideas ha habido en la tierra, en la historia de la humanidad, que eran inconcebibles apenas diez años antes y que han surgido un buen día, cuando les ha llegado su hora misteriosa, y se han extendido por toda la tierra? Así sucederá con nosotros y nuestro pueblo irradiará su luz al mundo y la gente dirá: «La piedra que los constructores desecharon en piedra angular se ha convertido». Y a quienes se mofan se les podría preguntar: si lo nuestro es solo un sueño, vosotros ¿cuándo levantaréis vuestro edificio e instauraréis la justicia contando solo con vuestro intelecto, sin Cristo? Aunque aseguren que son ellos, por el contrario, quienes caminan hacia la unión de los hombres, eso solo se lo creen los más simples entre ellos, y hasta cabe sorprenderse de su simpleza. Lo cierto es que hay más fantasía soñadora en ellos que en nosotros. Piensan en instaurar la justicia, pero, habiendo rechazado a Cristo, acabarán inundando el mundo de sangre, pues la sangre llama a la sangre y el que desenvaina la espada a espada perecerá. Y, si no fuera por la promesa de Cristo, se exterminarían los unos a los otros hasta que solo quedaran los dos últimos hombres sobre la tierra. Y ni siquiera estos dos últimos sabrían aplacar su orgullo uno frente a otro, de modo que el último acabaría con el penúltimo y después consigo mismo. Es lo que ocurriría, de no ser por la promesa de Cristo de acortar esos días en atención a los mansos y a los humildes. En otros tiempos, todavía con mi uniforme de oficial, después del duelo, me dio por hablar en público de los siervos, y recuerdo que todos se quedaban pasmados: «¿Es que debemos sentar al criado en el sofá —decían— y servirle el té?». Y mi respuesta entonces era: «¿Por qué no, aunque solo sea de vez en cuando?». Y todos se echaban a reír. Su pregunta era frívola, y mi respuesta confusa, pero pienso que algo de verdad había en ella.

 

g) Sobre la oración, el amor y el contacto con otros mundos.

Joven, no te olvides de rezar. En cada oración tuya, si es sincera, refulgirá un sentimiento nuevo y, con él, una idea nueva que antes desconocías y que te confortará. Y comprenderás que la plegaria es educación. Recuerda: cada día, y siempre que puedas, repite para ti: «Señor, ten piedad de todos los que hoy comparezcan ante ti». Pues a cada hora y a cada instante miles de personas abandonan la vida en esta tierra y sus almas se presentan ante Dios, y muchas se despiden de la tierra en soledad, ignoradas, tristes y melancólicas, sin que nadie se compadezca de ellas o sepa siquiera si están vivas o no. Ahora bien, es posible que desde el otro extremo de la tierra tu oración por el descanso eterno de una de esas personas se eleve hasta el Señor, aunque tú no la conozcas en absoluto, ni ella a ti. Su alma, que se presenta llena de miedo ante el Señor, se conmueve al sentir que en ese instante alguien reza también por ella, que hay todavía en la tierra un ser humano que la quiere. Y Dios os mirará con más benevolencia a los dos, pues si tú te has apiadado de otra persona, tanto más se apiadará Él, infinitivamente más misericordioso y lleno de amor que tú. Y la perdonará en consideración a ti.

Hermanos, no temáis al pecado de la gente, amad a las personas también con sus pecados, pues ese amor es semejante al amor divino y es la cumbre del amor en la tierra. Amad la obra completa de Dios, cada grano de arena, cada hoja, cada rayo divino habéis de amar. Amad a los animales, amad a las plantas, amad todas y cada una de las cosas. Si amas todas y cada una de las cosas, en ellas percibirás el misterio divino. Cuando lo hayas percibido una vez, empezarás a conocerlo sin descanso, cada vez más, todos los días. Y finalmente amarás a todo el mundo sin excepción, con un amor universal. Amad a los animales: Dios les ha dado un rudimento de inteligencia y una sosegada alegría. No se la turbéis, no los torturéis, no les quitéis su alegría, no os opongáis a la idea de Dios. Hombre, no te exaltes por encima de los animales: éstos no conocen el pecado, mientras que tú, con toda tu grandeza, corrompes la tierra con tu presencia y vas dejando un rastro de podredumbre… ¡ay, casi todos nosotros! Amad sobre todo a los niños, pues también ellos son puros como los ángeles y viven para enternecernos, para purificar nuestro corazón y para darnos ejemplo. ¡Ay de quien ofenda a un niño! Fue el padre Anfim quien me enseñó a querer a los niños: en nuestros viajes, este hombre entrañable y callado, con los kopeks que nos daban de limosna, les compraba a veces y les repartía dulces y caramelos; no podía pasar al lado de un niño sin que su alma se estremeciera, así es él.

A veces uno se siente perplejo ante ciertas ideas, sobre todo al ver el pecado en las personas, y se pregunta: «¿Debo recurrir a la fuerza o al amor humilde?». La decisión siempre será: «Recurriré al amor humilde». Si tomas esa decisión de una vez por todas, estarás en condiciones de conquistar el mundo. La humildad afectuosa es la fuerza más terrible de todas, no hay nada igual. Cada día y cada hora, a cada momento cuídate y vigila que tu aspecto sea hermoso. Resulta que has pasado al lado de un niño pequeño, has pasado enfurecido, con alguna palabra indebida, enojado; puede que tú no hayas reparado en el niño, pero él sí te ha visto y es posible que tu aspecto lastimoso e impío se haya grabado en su corazón indefenso. No lo sabes, pero tal vez hayas sembrado en él una mala semilla que acabe creciendo, y todo por no haber tenido cuidado delante del niño, por no haberte inculcado un amor prudente y activo. Hermanos, el amor es nuestro maestro, pero hay que saber adquirirlo, porque es difícil de conseguir, se paga caro, con mucho trabajo y después de mucho tiempo, pues no basta con amar un instante, por pura casualidad, sino que hay que amar constantemente. Cualquiera puede amar por casualidad, también un hombre malvado. Mi joven hermano pedía perdón a los pajarillos: parecía una cosa sin sentido, pero él tenía razón, ya que, como en el océano, todo fluye y está conectado: si tocas algo en alguna parte, eso repercute en la otra punta del mundo. Admitamos que sea una locura pedir perdón a los pájaros, pero los pájaros, los niños, cualquier animal que esté cerca de ti estará más a gusto si tú te muestras más grato de lo que eres ahora, por poco que sea. Todo es como el océano, os digo. Y entonces, atormentado por un amor universal, como en una especie de éxtasis, empezarás a rezar a los pájaros y a rogarles que te absuelvan de tus pecados. Ten en mucha estima ese entusiasmo, aunque a la gente le parezca algo absurdo.

Amigos míos, pedidle a Dios alegría. Sed alegres como los niños, como los pájaros del cielo. Y que en vuestro hacer no os turbe el pecado del hombre, no tengáis miedo de que borre vuestra obra y le impida realizarse, no digáis: «Fuerte es el pecado, fuerte es la impiedad, fuerte es el mal ambiente y nosotros estamos solos y sin fuerzas, el mal ambiente nos anula y no permite que la buena obra dé fruto». ¡Huid del abatimiento! Solo hay una forma de salvarse: cargar con la responsabilidad de todos los pecados de los hombres. Amigo, en verdad esto es así, pues, en cuanto te hagas sinceramente responsable de todo y de todos, inmediatamente verás que eso ocurre en realidad y que tú eres culpable por todos y por todo. Si te hundes en la pereza y en la impotencia ante la gente, acabarás participando del orgullo satánico y murmurando de Dios. Sobre el orgullo satánico pienso esto: nos es difícil en la tierra llegar a comprenderlo y por eso es tan fácil caer en el error e iniciarse en él, creyendo además que hacemos algo grande y bello. Además, buena parte de los sentimientos y movimientos más fuertes de nuestra naturaleza no podemos comprenderlos mientras estamos en la tierra; no te dejes tentar, pensando que cualquier cosa te puede servir de justificación, pues el juez eterno te pedirá cuentas de lo que sí has podido comprender y no de lo que no has podido; cuando te convenzas de eso, verás todo con claridad y dejarás de discutir. Es cierto que parece que vagamos por la tierra y, de no ser por la preciosa imagen de Cristo que tenemos ante nosotros, estaríamos completamente extraviados, igual que el género humano antes del diluvio universal. Muchas cosas de la tierra nos han sido ocultadas, pero a cambio se nos ha otorgado el don secreto y misterioso de percibir nuestro vivo nexo con otro mundo, con el mundo celestial y superior; además, la raíz de nuestros pensamientos y sentimientos no está aquí, sino en otros mundos. Por eso dicen los filósofos que no es posible comprender en la tierra la esencia de las cosas. Dios tomó semillas de otros mundos y las sembró en esta tierra y cultivó su propio jardín; y todo aquello que podía germinar germinó, pero lo cultivado vive y se mantiene vivo gracias a la sensación de contacto con otros mundos misteriosos; si se debilita o se destruye en ti esa sensación, también muere lo que hay cultivado en ti. Y te volverás indiferente a la vida y acabarás odiándola. Así lo veo yo.

 

h) ¿Se puede ser juez de nuestros semejantes? Sobre la fe hasta el último momento.

Sobre todo recuerda que no puedes ser juez de nadie. Pues no puede haber sobre la tierra un juez para los criminales antes de que este mismo juez se reconozca tan criminal como el que tiene delante de él y admita que, antes que nadie, es culpable por el crimen del que tiene delante. Cuando comprenda esto, entonces será capaz de convertirse en juez. Por muy disparatada que parezca, ésta es la verdad. Pues si yo hubiera sido justo, tal vez no tendría delante de mí a un criminal. Si eres capaz de asumir el crimen del criminal que tienes delante y al que juzgas en tu corazón, entonces asúmelo inmediatamente y sufre por él, pero a él déjalo marchar sin hacerle ningún reproche. Y, si la propia ley te coloca de juez, procede también con este espíritu cuanto te sea posible: él se irá libre y se condenará a sí mismo con más severidad de lo que harías tú. Si se aleja insensible ante tu bendición, riéndose de ti, no caigas en la tentación: significa que aún no le ha llegado la hora, pero le llegará a su debido tiempo. Y, si no le llega, da lo mismo: si no es él, será otro quien lo comprenda por él, y sufrirá y se condenará y se culpará y la verdad quedará afirmada. Créelo, créelo sin dudar, pues aquí es donde yace toda la esperanza y toda la fe de los santos.

Trabaja infatigablemente. Si de noche, al entregarte al sueño, recuerdas: «No he cumplido con lo que debía», levántate de inmediato y cúmplelo. Si a tu alrededor hay gente malvada e insensible que no quiere escucharte, póstrate ante ellos y pídeles perdón, pues en verdad tú eres el culpable de que no quieran escucharte. Y, si ya no puedes hablar con los que están enfurecidos, sé su servidor en silencio, humillándote sin perder nunca la esperanza. Si aun así todos te abandonan y te expulsan por la fuerza, cuando te quedes solo cae sobre la tierra y bésala, humedécela con tus lágrimas y la tierra te ofrecerá el fruto de tus lágrimas, aunque nadie te vea ni te oiga en tu soledad. Ten fe hasta el final, aunque todos en la tierra se hayan descarriado y solo tú sigas siendo fiel: haz una ofrenda y alaba a Dios, tú, el único que has quedado. Y, si os encontráis dos iguales, entonces seréis todo un mundo, un mundo de amor activo: abrazaos enternecidos y alabad al Señor, pues, aunque seáis dos, su verdad se ha cumplido.

Si tú pecas y te vas a sentir mortalmente afligido por tus pecados o por un pecado repentino, regocíjate por otro, regocíjate por el justo, regocíjate porque, si tú has pecado, él sigue siendo justo y no ha pecado.

Pero, si la maldad de los hombres te subleva con indignación e insuperable pesar, hasta el punto de desear vengarte de los malvados, teme ese sentimiento más que ninguna otra cosa; búscate de inmediato un tormento, como si fueras tú el culpable de esa maldad de los hombres. Carga sobre ti ese tormento y sopórtalo; así se apaciguará tu corazón y comprenderás que eres tú el culpable pues, siendo el único sin pecado, podrías haber iluminado a los malvados, pero no lo hiciste. Si los hubieras iluminado, tu luz habría alumbrado el camino a los otros, y el que cometió una maldad quizá no la habría cometido bajo tu luz. Y, aun en el caso de que los ilumines pero veas que la gente no se salva ni siquiera bajo tu luz, tú mantente firme y no dudes de la fuerza del reino de los cielos. Ten fe en que, si ahora no se han salvado, se salvarán después. Y, si no se salvan después, se salvarán sus hijos, pues tu luz no morirá aunque tú ya hayas muerto. El hombre justo parte, pero su luz permanece. Los hombres siempre se salvan después de la muerte de su salvador. El género humano no acepta a sus profetas y los maltrata, pero la gente quiere a sus mártires y honra a quienes han sido martirizados. Trabajas para lo universal, construyes el porvenir. Nunca busques recompensa, pues ya sin ella es grande tu recompensa en esta tierra: la felicidad espiritual que solo el justo halla. No temas ni a los nobles ni a los fuertes, pero sé siempre sabio y hermoso. Has de conocer los límites, has de conocer los plazos, apréndelo. Cuando te quedes solo, ora. Ama el acto de hincarte de rodillas en la tierra y cubrirla de besos. Besa la tierra incansablemente, ámala insaciablemente, ama a todos, a todo, busca el éxtasis y la exaltación. Humedece la tierra con las lágrimas de tu alegría y ama esas lágrimas. No te avergüences de tu exaltación, apréciala, pues es un gran don de Dios, y no se les entrega a todos, únicamente a los elegidos.

 

i) Sobre el infierno y el fuego del infierno: un razonamiento místico.

Padres y maestros, yo me pregunto: «¿Qué es el infierno?». Y razono así: «El sufrimiento por no poder volver a amar». Una sola vez, en una existencia infinita e inconmensurable tanto en el tiempo como en el espacio, al aparecer en la tierra le fue dada a una criatura espiritual la capacidad de decirse a sí mismo: «Yo soy, yo amo». Una vez, solo una vez, le fue dado un instante de amor activo, vivo, y para eso le fue dada la vida terrenal y, con ella, los tiempos y los plazos, y ocurrió que esta feliz criatura rechazó este valioso don, no lo apreció, no lo amó, lo miró con desdén y se volvió insensible. Y esta criatura, al abandonar este mundo, puede ver el seno de Abraham y hablar con Abraham, tal como se nos muestra en la parábola del rico y el pobre Lázaro, y contempla el paraíso y puede ascender hacia el Señor, y su tormento consiste, precisamente, en acercarse al Señor sin haber amado, junto con aquellos que lo amaron y cuyo amor él despreció. Pues ve con claridad y él mismo se dice: «Ahora ya tengo conocimiento y, aunque haya deseado amar, ya no habrá sacrificio en mi amor, no habrá tampoco ofrenda, pues ha terminado mi vida terrenal y no vendrá Abraham con una sola gota de agua viva (es decir, con el don renovado de una vida terrenal como la anterior, activa) para refrescar la llama de la sed de amor espiritual en que ahora ardo, habiéndola rechazado en la tierra. ¡Ya no hay vida y no habrá más tiempo! Aunque daría alegre mi vida por otros, ya no es posible, pues esa vida (la que podía entregarse como ofrenda de amor) ha pasado y ahora hay un abismo entre esa vida y esta existencia». Hablan de las llamas materiales del infierno: no quiero entrar en ese misterio y me asusta, pero creo que, si hubiera llamas materiales, realmente me alegraría, pues imagino que en el tormento material podría uno olvidarse por un instante del sufrimiento espiritual, mucho más terrible. Y no es posible apartarse de este sufrimiento espiritual, pues no es un tormento externo, sino interno. Y, aunque fuera posible apartarse, creo que entonces su infelicidad sería aún más amarga. Aunque los justos del paraíso lo perdonaran, al contemplar su tormento, y en su amor infinito lo llamaran a su lado, eso no haría más que aumentar su tormento, puesto que se avivaría con más fuerza la llama de la sed de amor recíproco, activo y agradecido, que ya no es posible. No obstante, en la inseguridad de mi corazón, pienso que la conciencia de esta imposibilidad le serviría al fin de alivio, pues al aceptar el amor de los justos sin posibilidad de retribuírselo, en esta sumisión y en este acto de humildad encontrará al fin cierta imagen de ese amor activo que despreció en la tierra, y una acción hasta cierto punto semejante… Hermanos y amigos, siento no saber expresarlo con claridad. Pero ¡ay de quien se destruya a sí mismo en la tierra!, ¡ay de los suicidas! Creo que no puede haber nadie más infeliz que ellos. Es un pecado, nos dicen, rogar a Dios por ellos, y aparentemente la Iglesia reniega de ellos, pero en lo profundo de mi alma creo que se puede rezar por ellos también. Cristo no va a enojarse por un acto de amor. Os confieso, padres y maestros, que toda la vida he rezado interiormente por ellos, y aún lo sigo haciendo.

Oh, los hay que llegan al infierno orgullosos e iracundos, a pesar de poseer ya un conocimiento indudable y de su contemplación de la verdad irrefutable; hay gente terrible que está en completa comunión con Satanás y con su espíritu arrogante. Para éstos el infierno es algo voluntario y que nunca los sacia, éstos sufren de buena gana. Pues ellos solos se maldijeron al maldecir a Dios y la vida. Se alimentan de su orgullo rabioso, como si un hambriento en el desierto se pusiera a chupar la sangre de su propio cuerpo. Pero son insaciables por los siglos de los siglos y rechazan el perdón, maldicen a Dios, que los llama. No pueden contemplar al Dios vivo sin odio y exigen que no haya un Dios de la vida, que Dios se destruya a sí mismo y toda su creación. Y eternamente arderán en el fuego de su ira, ansiarán la muerte y la nada. Pero no encontrarán la muerte.

Aquí termina el manuscrito de Alekséi Fiódorovich Karamázov. Repito: es incompleto y fragmentario. Los datos biográficos, por ejemplo, abarcan únicamente la primera juventud del stárets. Sus enseñanzas y opiniones han sido reunidas como si formaran un todo, aunque es evidente que se expusieron en diferentes épocas y con distintos motivos. Lo que expresó personalmente el stárets en sus últimas horas de vida no se ha precisado con toda claridad, y solo se da una idea del ánimo y del carácter de esa conversación, poniéndolo en relación con lo que Alekséi Fiódorovich recoge en su manuscrito de enseñanzas anteriores. La muerte del stárets se produjo de hecho de forma totalmente inesperada. Pues, aunque todos los congregados esa última tarde habían comprendido sin duda que su muerte estaba cercana, no podían imaginarse que llegaría tan de repente. Al contrario, sus amigos, como ya he señalado antes, viéndolo tan animado y locuaz aquella noche, llegaron a creer que su salud había mejorado considerablemente, aunque solo fuera por un tiempo breve. Incluso cinco minutos antes de su muerte, como contaron después sorprendidos, no se podía prever nada. De repente el stárets sintió un dolor fortísimo en el pecho, se puso pálido y apretó con fuerza la mano contra su corazón. Todos se levantaron y se acercaron rápidamente, pero él, aunque estaba sufriendo, mirándolos con una sonrisa, se dejó caer al suelo y se puso de rodillas, después agachó la cabeza, extendió los brazos y, en un éxtasis feliz, besando la tierra y orando (tal como enseñaba), serena y alegremente entregó su alma a Dios. La noticia de su muerte se extendió rápidamente por el asceterio y llegó al monasterio. Los allegados del recién fallecido y aquellos a los que correspondía por su rango empezaron a preparar el cuerpo siguiendo un antiguo rito, mientras todos los monjes se reunían en la iglesia mayor. Y antes del amanecer, según los rumores que circularon después, la nueva del fallecimiento llegó a la ciudad. Por la mañana prácticamente toda la ciudad hablaba del suceso y muchos ciudadanos corrieron al monasterio. Pero de esto hablaremos en el siguiente libro: por ahora solo adelantaremos que no había transcurrido ni un día cuando sucedió algo inesperado y, según las impresiones suscitadas en el monasterio y en la ciudad, hasta tal punto extraño, inquietante y confuso que todavía hoy, después de tantos años, nuestra ciudad guarda un vivo recuerdo de aquel día que tan inquietante fue para muchos…

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