Capítulo II
De la vida en Dios del reverendo hieromonje stárets Zosima, que partió a reunirse con su hacedor, compuesta a partir de sus propias palabras por Alekséi Fiódorovich Karamázov
Información biográfica:
a) Sobre la juventud del hermano del stárets Zosima
Queridos padres y maestros, nací en una provincia lejana en el norte, en la ciudad de V., de padre noble, pero no ilustre, y de rango no muy elevado. Falleció cuando yo tenía solo dos años de edad y no lo recuerdo en absoluto. Le dejó a mi madre una casa de madera no muy grande y algo de capital, no mucho pero suficiente para vivir con sus hijos sin pasar necesidad. Mi madre tenía dos hijos: mi hermano mayor, Markel, y yo, Zinovi. Markel tenía unos ocho años más que yo, y era de carácter irascible e irritable, pero bondadoso; no era dado a las burlas y sí extrañamente callado, sobre todo en casa conmigo, con nuestra madre y con los criados. En el gimnasio se aplicaba, pero no tenía amistades entre sus compañeros, aunque tampoco reñía con ellos; así, al menos, lo recordaba mi madre. Medio año antes de su muerte, cuando ya había cumplido los diecisiete, cogió la costumbre de visitar a un hombre solitario de nuestra ciudad, un exiliado político, deportado de Moscú, por librepensador. Era este exiliado un científico importante y un filósofo notable de la universidad. Por alguna razón se encariñó con Markel y empezó a recibirlo. El joven pasaba tardes enteras con él, y así ocurrió todo el invierno, hasta que el exiliado, a petición propia, pues no le faltaban protectores, fue reclamado de nuevo para servir al Estado en San Petersburgo. Empezó la Cuaresma, pero Markel no quería observar el ayuno, no hacía más que renegar y burlarse: «No son más que sandeces —decía—, no existe ningún Dios», con lo que horrorizaba a mi madre y a los criados, y hasta a mí que era pequeño, porque, aunque apenas tenía nueve años, me asustaba mucho al oír esas palabras. Todos nuestros criados, cuatro en total, eran siervos, comprados a nombre de un terrateniente conocido. Todavía recuerdo que mi madre vendió a uno de los cuatro, la cocinera Afimia, coja y ya mayor, por sesenta rublos en papel moneda, y en su lugar contrató a otra, una mujer libre. Resulta que en la sexta semana de Cuaresma mi hermano empezó a sentirse peor: siempre había sido enfermizo, padecía del pecho, era de constitución débil y propenso a la tisis. Era bastante alto, pero flaco y endeble, y de cara muy agradable. No sé si se resfrió o qué, pero el caso es que vino el médico y enseguida le susurró a mi madre que aquello era una tisis galopante y que no sobreviviría al invierno. Mi madre se echó a llorar, empezó a pedirle a mi hermano, con mucho tacto (sobre todo para no asustarlo), que ayunara y recibiera el santísimo sacramento, pues entonces aún no guardaba cama. Al oírlo, éste se enfadó y la tomó con el templo de Dios, pero se quedó pensativo: enseguida adivinó que estaba gravemente enfermo y que por esa razón le pedía nuestra madre, mientras tuviera fuerzas, que ayunara y fuera a comulgar. Por lo demás, él bien sabía que llevaba enfermo mucho tiempo y ya un año antes de esto nos había dicho a nuestra madre y a mí con sangre fría: «No viviré mucho tiempo en este mundo, puede que no llegue a un año», como si lo estuviera prediciendo. Pasaron unos tres días y llegó la Semana Santa. Y el martes por la mañana mi hermano empezó a ayunar. «En realidad, lo hago por usted, madre, para que esté contenta y tranquila», le dijo. Mi madre lloraba de alegría, pero también de pena: «Sabe que su final está cerca, de ahí este cambio repentino». Apenas fue a la iglesia, tuvo que guardar cama, así que se confesaba y recibía la comunión en casa. Llegaron días claros, serenos, fragantes, aquel año la Pascua era tardía. Recuerdo que se pasaba la noche tosiendo, dormía mal, pero por las mañanas siempre se vestía e intentaba sentarse en un sillón. Así se quedó en mi memoria: tranquilo en su sillón, resignado, con una sonrisa; enfermo, pero con la faz alegre y contenta. Espiritualmente, estaba transformado, ¡tan admirable era el cambio que se había iniciado en él! Entraba en su habitación la vieja niñera: «Deja que te encienda una lamparilla ante el icono, hijito». Antes nunca lo permitía, incluso las apagaba. «Enciéndela, querida, enciéndela; he sido un monstruo, no he hecho más que causaros disgustos. Prendiendo la lamparilla, rezas a Dios, y yo rezo alegrándome al verte. Así que rezamos al mismo Dios.» Estas palabras nos parecían extrañas, y mi madre se retiraba a su habitación y no hacía más que llorar; solo cuando entraba a verlo se enjugaba las lágrimas y ponía cara alegre. «Mamá, no llores, cielo —solía decirle—, aún me queda mucho por vivir, mucho que disfrutar con vosotros, eso es la vida, ¡la vida es alegría, gozo!» «Ay, querido mío, pero de qué alegría hablas si por la noche ardes de fiebre y toses tanto que el pecho parece que te va a estallar.» «Mamá —le responde—, no llores, la vida es el paraíso y todos estamos en el paraíso, pero no queremos darnos cuenta. Si quisiésemos darnos cuenta, mañana mismo todo el mundo sería un paraíso.» Y a todos nos sorprendieron sus palabras, puesto que hablaba de forma rara y con mucha convicción; nos emocionábamos y llorábamos. Venían a vernos nuestros conocidos: «Amigos —decía—, queridos míos, ¿qué he hecho yo para que me queráis, por qué me queréis tanto? ¿Cómo es que antes no lo sabía, no lo valoraba?». Cada vez que entraban, les decía a los criados: «Amigos, queridos míos, ¿por qué me servís? ¿Acaso merezco ser servido? Si Dios me perdonara y me dejara seguir entre los vivos, yo mismo me pondría a serviros a vosotros, pues debemos servirnos los unos a los otros». Al oírle, mi madre negaba con la cabeza: «Hablas así por la enfermedad, querido». «Mamá, mi alegría, es imposible que no haya señores y siervos, pero deja que sea el siervo de mis siervos, como ellos lo son para mí. Y también te digo, madre, que cada uno de nosotros es culpable de todo ante todos, y yo más que ninguno.» Mi madre incluso esbozó una sonrisa, lloraba y se sonreía: «¿Cómo vas a ser más culpable que nadie? Hay por ahí asesinos, bandidos, no has tenido tiempo de cometer tantos pecados para culparte más que los demás». «Madrecita, autora de mis días —por entonces empezó a emplear esa clase de palabras cariñosas, inesperadas—, queridísima autora de mis días, mi alegría, has de saber que en verdad todos somos culpables por todos y por todo ante todo el mundo. No sé cómo explicártelo, pero este sentimiento me tortura. ¿Y cómo hemos podido vivir y nos hemos enfadado sin saberlo?» Así se despertaba cada día, más y más enternecido y alegrándose y temblando entero de amor. A veces venía el médico, el viejo alemán Eisenschmidt. «Bueno, doctor, ¿aún seguiré otro día en este mundo?», solía bromear con él. «Y no solo un día, sino muchos —respondía el médico—, y hasta meses y años.» «¡Qué dice de meses y años! —exclamaba él—. No hay que contar los días, al hombre le basta un solo día para conocer toda la felicidad. Queridos míos, ¿para qué discutimos, para qué nos jactamos ante nadie, para qué recordamos las ofensas? Salgamos al jardín, vayamos a pasear y a jugar, a amarnos y alabarnos los unos a los otros, a besarnos y a bendecir la vida.» «A su hijo ya no le queda mucho por vivir —informó el médico a nuestra madre cuando ésta salió a despedirlo al porche—, la enfermedad lo está llevando a la locura.» Las ventanas de su habitación daban al jardín, y nuestro jardín era umbrío, con árboles viejos donde empezaban a apuntar las yemas primaverales, llegaban las primeras aves, que graznaban y cantaban en sus ventanas. Y de repente, mirándolos embelesado, empezó a pedirles perdón también a ellos: «Pajaritos divinos, pajaritos alegres, perdonadme vosotros también, porque he pecado ante vosotros». Esto ya sí que nadie fue capaz de comprenderlo, pero él lloraba de alegría: «Sí —decía—, hay tanta gracia de Dios a mi alrededor: pajaritos, árboles, prados, cielos… Solo yo vivía en la vergüenza, solo yo lo he deshonrado todo, y no he reparado en la belleza y en la gracia». «Muchos pecados estás cargando sobre ti», le decía llorando mi madre. «Madre, vida mía, no lloro de pena, sino de alegría; quiero ser culpable ante ellos, es solo que no puedo explicártelo, pues no sé cómo quererlos. Que sea yo pecador ante todos, pero que todos me perdonen: eso es el paraíso. ¿Acaso no estoy ahora en el paraíso?» Y hubo mucho más, cosas que no se pueden recordar o anotar. Recuerdo que una vez entré a verlo solo, no había nadie más. Era una tarde clara, el sol se estaba poniendo y un rayo oblicuo iluminaba toda la habitación. Me llamó con un gesto, yo me acerqué al verlo, me cogió por los hombros con las manos y me miró a la cara conmovido, con afecto; no dijo nada, simplemente me miró así como un minuto. «Anda —dijo—, vete, juega, ¡vive por mí!» Salí y me fui a jugar. Muchas veces en mi vida he recordado con lágrimas cómo me ordenó que viviera por él. Dijo muchas otras palabras, bonitas y asombrosas, pero incomprensibles entonces para nosotros. Murió la tercera semana después de Pascua, consciente, y, aunque ya había dejado de hablar, no cambió en nada hasta su última hora: miraba contento, en sus ojos había alegría, nos buscaba con la mirada, nos sonreía, nos llamaba. Incluso en la ciudad se habló mucho de su muerte. Entonces me emocioné, pero no demasiado, aunque sí lloré mucho cuando lo enterraron. Yo era muy joven, un crío, pero aquello nunca se borró de mi corazón, el sentimiento quedó allí escondido. A su debido tiempo, éste se levantaría y respondería a la llamada. Y así sucedió.
b) Las Sagradas Escrituras en la vida del padre Zosima
Nos quedamos solos mi madre y yo. Cuentan que unos buenos amigos le aconsejaron entonces: solo le queda un hijo, usted no es pobre, tiene dinero, ¿por qué no envía a su hijo a San Petersburgo, como hacen otros? Dejándolo aquí, puede que lo prive de un brillante porvenir. Y le propusieron a mi madre que me mandara a San Petersburgo, al cuerpo de cadetes, para ingresar después en la Guardia Imperial. Mi madre vaciló mucho tiempo —cómo iba a separarse de su único hijo—, pero se decidió, aunque no sin lágrimas y creyendo que contribuía a mi felicidad. Me llevó a San Pertersburgo y me dejó allí instalado, y desde ese momento no la volví a ver. Murió tres años después, tres años que estuvo penando y temblando por nosotros dos. De la casa familiar me llevé solo recuerdos preciosos, pues no hay recuerdos más preciosos que los de los primeros años en la casa familiar, y esto casi siempre es así, a poco que haya algo de amor y unión en las familias. Hasta de la peor familia puede uno conservar recuerdos preciosos, basta que el alma sepa buscar lo precioso. A los recuerdos familiares uno los recuerdos de Historia Sagrada, por la que ya sentía interés cuando vivía en la casa familiar, siendo aún un niño. Tenía entonces un libro, una historia sagrada, con bellas ilustraciones, titulado Ciento cuatro historias sagradas del Viejo y el Nuevo Testamento; aprendí a leer con él. Todavía hoy lo conservo en mi anaquel, lo guardo como un precioso recuerdo. Pero, antes incluso de aprender a leer, me acuerdo de la primera vez que experimenté cierto fervor espiritual, a los ocho años de edad. Mi madre me llevaba (no recuerdo dónde estaba mi hermano) a la casa de Dios, a misa, un Lunes Santo. Era un día claro y yo, al recordarlo ahora, vuelvo a ver claramente el incienso saliendo del incensario y ascendiendo, y arriba en la cúpula, en una ventanita estrecha, los rayos de Dios derramándose sobre nosotros en la iglesia, mientras el incienso, que se elevaba formando ondas, parecía disiparse en ellos. Yo miraba conmovido y, por primera vez en mi vida, mi alma acogió conscientemente la primera simiente de la palabra de Dios. Salió al centro del templo un adolescente con un libro grande, tan grande que entonces me pareció que le costaba llevarlo. Lo depositó en el facistol, lo abrió y empezó a leer y, entonces, de repente, por primera vez comprendí algo, por primera vez en mi vida comprendí lo que leían en el templo de Dios. Había un varón en la tierra de Uz, sincero y piadoso, y tenía tantas riquezas, tantos camellos, tantas ovejas y asnos, y sus hijos se divertían y él los quería mucho y rogaba a Dios por ellos; quizá hubieran pecado, divirtiéndose tanto. Y he aquí que el diablo se presenta ante Dios, con los hijos de Dios, y le dice al Señor que ha recorrido toda la tierra, de una punta a otra, y ha estado debajo de la tierra. «¿Has visto a mi siervo Job?», le pregunta Dios. Y se jactó Dios ante el diablo, señalándole a su siervo, un hombre muy santo. El diablo se sonrió con malicia al oír las palabras de Dios: «Entrégamelo y verás cómo tu siervo empieza a lamentarse y a maldecir tu nombre». Y Dios entregó a este hombre justo, tan querido por él, al diablo, y el diablo aniquiló a sus hijos y su ganado, y dispersó su riqueza repentinamente, como si fuera el trueno de Dios. Y Job se rasgó las vestiduras, cayó al suelo y dijo: «Desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo volveré a la tierra. Dios dio, Dios quitó. Sea el nombre de Dios bendito desde hoy hasta el fin de los días». Padres y maestros, apiadaos de mis lágrimas presentes, pues mi niñez se alza de nuevo frente a mí y respiro ahora como respiraba entonces con mi pecho de ocho años y, como entonces, siento asombro, confusión y alegría. También entonces los camellos se apoderaron de mi imaginación, y Satanás hablando con Dios, y Dios enviando a su siervo a la destrucción, y su siervo exclamando: «Sea tu nombre bendito, a pesar de tu castigo». Y después el canto sereno y dulce en el templo: «Suba mi oración», y de nuevo el incienso del incensario del sacerdote y la oración de rodillas. Desde entonces —ayer mismo lo tuve en mis manos— no puedo leer ese relato sagrado sin lágrimas en los ojos. ¡Cuánto tiene de grandioso, misterioso, inconcebible! Oí después las palabras llenas de orgullo de burlones y blasfemos: cómo pudo el Señor entregar al predilecto de sus santos para que el diablo se divirtiera, quitarle sus hijos, castigarlo con enfermedades y llagas hasta el punto de tener que limpiarse el pus de sus llagas con un pedazo de teja; y ¿para qué? Solo para jactarse delante de Satanás: «¡Mira lo que puede llegar a soportar mi santo por mí!». Pero ahí está lo grandioso, ése es el misterio: la pasajera imagen terrenal y la verdad eterna se tocan. Ante la verdad terrenal se cumple la acción de la verdad eterna. Ahí el Creador, como en los primeros días de la creación, cuando culminaba cada día con una alabanza: «Es bueno lo que he creado», mira a Job y vuelve a alabarse por su creación. Y Job, al glorificar al Señor, no solo lo sirve a Él, sino que servirá a toda su creación generación tras generación, por los siglos de los siglos, pues a tal tarea estaba destinado. ¡Díos mío, qué libro y qué lecciones! ¡Qué libro las Sagradas Escrituras! ¡Qué milagro y qué fuerza se dan con él al hombre! Es como la imagen esculpida del mundo, del hombre y de los caracteres humanos, todo está nombrado y mostrado por los siglos de los siglos. Y cuántos misterios resueltos y revelados: Dios restablece a Job, le vuelve a dar riquezas, pasan muchos años y ya tiene otros hijos, y los quiere, ¡Dios mío! «Pero ¿cómo podía amar a esos nuevos hijos —podría uno pensar— habiendo perdido a los anteriores? Recordando a aquéllos, ¿cómo puede ser plenamente feliz, igual que lo era antes, con esos nuevos hijos, por mucho que los quiera?» Se puede, se puede: el gran misterio de la vida humana paulatinamente convierte la pena antigua en tranquila y tierna alegría. En lugar de la bullente sangre juvenil, llega la vejez tranquila y dulce: diariamente bendigo la salida del sol, y mi corazón le canta igual que antes, pero ya me gusta más su ocaso, sus rayos largos y oblicuos y los recuerdos serenos, dulces, tiernos, imágenes queridas de toda una vida larga y bienaventurada y, por encima de todo, la verdad de Dios que conmueve, reconcilia y todo lo perdona. Mi vida se extingue, lo sé y lo percibo, mas cada día que me queda siento que mi vida en la tierra entra ya en contacto con una vida nueva, infinita, desconocida, aunque ya muy próxima, y al presentirla tiembla entusiasmada mi alma, resplandece mi espíritu y llora alegre mi corazón… Amigos y maestros, más de una vez he oído, y últimamente con mayor frecuencia, que en nuestro país los sacerdotes de Dios, sobre todo los de las aldeas, se lamentan lloriqueando por todas partes de su bajo salario y de su humillación y declaran abiertamente, incluso en la prensa —yo mismo lo he leído—, que ya no son capaces de explicarle al pueblo las Escrituras, pues su salario es escaso, y, que si vienen los luteranos y los herejes y empiezan a arrebatarles el rebaño, que se lo arrebaten, «ya que es tan escaso nuestro salario». ¡Ay, Señor!, pienso yo, quiera Dios darles algo más valioso que ese salario tan precioso para ellos (pues también su queja está justificada), pero en verdad os digo: si alguien es culpable, ¡la mitad de la culpa es nuestra! Pues, aunque el sacerdote no tenga tiempo, aunque no le falte razón cuando asegura que está abrumado por el trabajo y las ceremonias, siempre le quedará algo de tiempo… ¿No va a tener siquiera una hora semanal para acordarse de Dios? Y tampoco se trabaja todo el año. Que reúna en su casa una vez a la semana, por la tarde, primero solo a los niños: los padres oirán hablar de ello y también empezarán a acudir. Para esta tarea tampoco te hace falta construir una mansión, puedes recibirlos simplemente en tu isba. No temas, no van a ponerte perdida la isba, es solo una hora. Abre el libro y empieza a leerles sin palabras rebuscadas y sin arrogancia, sin ponerte por encima de ellos, con veneración y modestia, gozando tú también de estar leyéndoles y de que ellos te escuchen y te entiendan, amando tú mismo esas palabras. Detente solo de vez en cuando para aclarar alguna palabra que la gente sencilla no alcance a comprender; pero no te preocupes, lo entenderán todo, ¡el corazón ortodoxo entiende todo! Léeles de Abraham y Sara, de Isaac y Rebeca, de cómo Jacob fue a casa de Labán y luchó en sueños contra el Señor y dijo: «¡Cuán terrible es este lugar!», y cautivarás el espíritu piadoso de la gente sencilla. Léeles, sobre todo a los niños, cómo unos hermanos vendieron como esclavo a su hermano carnal, a José, el amado muchacho, el gran profeta que interpretaba los sueños, y le dijeron al padre que una fiera había despedazado a su hijo, y le mostraron la ropa ensangrentada. Léeles cómo llegaron después los hermanos a Egipto en busca de pan, y José, convertido en un alto dignatario, sin que ellos lo reconocieran, los atormentó, los condenó, prendió al hermano Benjamín, y todo ello sin dejar de quererlos: «Os quiero y, queriéndoos, os hago sufrir tormento». Pues toda su vida había seguido recordando cómo lo habían vendido a unos mercaderes en algún lugar en la estepa abrasadora, junto a un pozo, y cómo él, retorciéndose las manos, lloraba y suplicaba a sus hermanos que no lo vendieran como esclavo en una tierra extraña. Y he aquí que, al verlos después de tantos años, volvió a sentir por ellos un amor inmenso, pero les hizo padecer y sufrir tormento, a pesar de ese amor. Por fin, cuando ya no soporta el sufrimiento de su corazón, se aleja de ellos, se desploma sobre el lecho y llora. Después se seca la cara y vuelve a su lado, radiante y luminoso, y les anuncia: «¡Hermanos, soy José, vuestro hermano!». Y que a continuación les lea cómo se alegró el anciano Jacob al saber que su niño querido aún estaba vivo y cómo partió a Egipto, dejando atrás su país natal, y murió en tierra extraña, legando en testamento, por los siglos de los siglos, la grandiosa palabra que toda su vida se había alojado, de manera misteriosa, en su dócil y medroso corazón: que de su estirpe, de Judá, saldría la gran esperanza del mundo, ¡su reconciliador y su salvador! Padres y maestros, perdonadme y no os enfadéis si, como un niño pequeño, os explico aquello que sabéis desde hace mucho y que podrías enseñarme a mí, con palabras cien veces más atinadas y hermosas. Hablo así movido solo por mi entusiasmo, y perdonad mis lágrimas, pues ¡amo este libro! Dejad que él, el sacerdote de Dios, también llore, y así verá cómo, en respuesta, los corazones de sus oyentes también se conmueven. Solo se necesita una semilla pequeña, diminuta: que la arroje al alma de la gente sencilla y la simiente no morirá, vivirá en el alma de esa gente toda la vida, escondida entre las tinieblas, entre el hedor de sus pecados, como un punto luminoso, como un magnífico recordatorio. Y no es necesario, no lo es, explicar o instruir en exceso, esa gente lo entenderá con sencillez. ¿Creéis acaso que las personas sencillas no lo van a entender? Probad a leerles después el relato tierno y conmovedor de la bella Esther y la arrogante Vasti, o la maravillosa historia del profeta Jonás en el vientre de la ballena. No olvidéis tampoco las parábolas del Señor, preferiblemente las del Evangelio de Lucas (así lo hice yo), después la conversión de Saulo en los Hechos de los Apóstoles (¡indispensable, indispensable!) y, por fin, de las Cheti-Minéi al menos la vida de san Alejo y de la alegre mártir, grande entre las grandes, María Egipcíaca, teovidente y portadora de Cristo. Con estas historias sencillas llegaréis a su corazón, y solo se necesita una hora a la semana, por mucho que el salario sea escaso, una hora de nada. Y verá el sacerdote cómo nuestro pueblo es misericordioso y agradecido, y cómo le devuelve cien veces lo recibido: recordando el celo del sacerdote y sus tiernas palabras, la gente lo ayudará de buena gana en el campo, y también en su casa, y le mostrará mayor respeto que antes, y ya con eso habrá aumentado su salario. La cosa es tan simple que a veces callamos por miedo a que se rían de nosotros, pero ¡es tan evidente! Aquel que no cree en Dios tampoco cree en el pueblo de Dios. Pero quien tenga fe en el pueblo de Dios verá también la santidad que hay en él, por más que hasta entonces no hubiera creído en ella. Solo el pueblo y su fuerza espiritual venidera podrán convertir a nuestros ateos, que se han desligado de su propia tierra. ¿Y qué es la palabra de Cristo sin el ejemplo? Sin la palabra de Dios, la destrucción caerá sobre nuestro pueblo, pues su alma está sedienta de su palabra y de cualquier imagen hermosa. En mi juventud, hace mucho tiempo, casi cuarenta años, el padre Anfim y yo recorrimos toda la Rus recolectando limosna para el monasterio, y una noche la pasamos a orillas de un gran río navegable en compañía de unos pescadores; con ellos estaba un joven agradable, un campesino que aparentaba unos dieciocho años; tenía prisa por llegar, a la mañana siguiente, a su trabajo: remolcar, tirando de la sirga, la barcaza de unos mercaderes. Veo que mira al frente con emoción y serenidad. Era una noche de julio clara, tranquila y cálida, el río era ancho, una refrescante bruma ascendía de él, algún pececillo chapoteaba de vez en cuando, los pájaros se habían callado, reinaba la calma, todo era esplendoroso y elevaba una plegaria a Dios. Solo nosotros dos, aquel joven y yo, estábamos despiertos, y nos pusimos a hablar de la belleza de este mundo de Dios y de su grandioso misterio. Cada brizna de hierba, cada pequeño insecto —una hormiga, una abeja dorada—, todos conocen su camino de una manera asombrosa, sin tener inteligencia, todos ponen de manifiesto el misterio divino, lo encarnan sin cesar. Me di cuenta de que el corazón de aquel simpático joven se enardecía. Me contó que le gustaba el bosque, los pájaros silvestres; era pajarero, reconocía cada uno de sus silbidos, sabía cómo capturar cada ave: «No conozco nada mejor que el bosque —me decía—, aunque todas las cosas son buenas». «Es verdad —le respondo—, todo es bueno y grandioso porque todo es verdad. Fíjate en el caballo —le digo—, ese gran animal, tan cercano al hombre, o en el buey, que lo alimenta y trabaja para él, abatido y meditabundo, fíjate en su semblante: qué docilidad, qué apego a un hombre que suele golpearle sin piedad, qué candidez, qué confianza y belleza en su semblante. Y hasta es conmovedor saber que no hay pecado en él, pues todo es perfecto, todo, excepto el hombre, está libre de pecado, y Cristo está con ellos antes que con nosotros.» «¿Cómo es eso? —pregunta el joven—. ¿Cristo está con ellos?» «No puede ser de otra manera —le digo—, pues el Verbo es para todos, para toda creación y para toda criatura, cada hojita tiende hacia el Verbo, canta la gloria de Dios, llora a Cristo, sin conciencia de ello, a través del misterio de su existencia sin pecado. Ahí —le digo—, en el bosque, yerra el oso terrible, amenazador y fiero, pero no es culpable de nada.» Y le conté que, en cierta ocasión, un oso se había acercado a un gran santo que buscaba la salvación en el bosque, en una pequeña celda, y que el gran santo sintió compasión y salió sin temor y le dio un trozo de pan: «Anda, ve —le dijo—, Cristo está contigo», y el fiero animal se alejó, obediente y sumiso, sin causar daños. Y se conmovió el joven al saber que la fiera se había alejado sin causar ningún daño, y que Cristo también estaba con el animal. «¡Ay —dice—, qué maravilla! ¡Qué admirable y qué maravillosa es toda la obra de Dios!» Estaba allí sentado, meditando tranquila y dulcemente. Vi que me había comprendido. Y se quedó dormido a mi lado, con un sueño ligero y puro. ¡Bendice, señor, la juventud! Y recé por él, mientras me entregaba al sueño yo también. ¡Señor, envía la paz y la luz a tu gente!
c) Recuerdos de mocedad y juventud del stárets Zosima, aún en el siglo. El duelo.
Estuve muchos años, casi ocho, en San Petersburgo, en el cuerpo de cadetes, y con la nueva educación muchas de las impresiones de mi infancia se vieron amortiguadas, aunque no olvidé ninguna. A cambio, adopté tantas costumbres nuevas, e incluso opiniones, que me transformé en un ser casi salvaje, cruel y ridículo. Junto con el francés, adquirí el lustre de la urbanidad y de los modales mundanos, pero todos nosotros, yo también, considerábamos auténticas bestias a los soldados que nos servían en el cuerpo. Puede que yo más que nadie, pues era el más susceptible de todos mis camaradas. Cuando llegamos a oficiales, estábamos dispuestos a derramar nuestra sangre por los insultos al honor del regimiento, aunque casi ninguno de nosotros sabía lo que era el auténtico honor y, si alguno lo hubiese descubierto, él habría sido el primero en ridiculizarlo. Poco menos que nos enorgullecíamos de nuestras borracheras, trifulcas y bravatas. No diré que fuéramos ruines; todos esos jóvenes eran buenos, pero se comportaban con ruindad, yo más que ninguno. Lo más importante es que yo ya disponía de mi capital, y por eso me lancé a vivir a mis anchas, con todo el ímpetu de la juventud, sin moderación, a toda vela. Pero había una cosa sorprendente: también leía por entonces, y hasta con gran placer. En esa época casi nunca abría la Biblia, aunque nunca me separé de ella, la llevaba conmigo a todas partes: en verdad, guardaba aquel libro, sin saberlo yo mismo, «para la hora, día, mes y año». Tras servir así unos cuatro años, finalmente recalé en la ciudad de K., donde estaba entonces estacionado nuestro regimiento. La sociedad de esta ciudad era variada, numerosa y alegre, hospitalaria y rica, en todas partes era bien recibido, pues siempre he sido de carácter alegre y, por añadidura, no me tenían por pobre, lo cual, en ese ambiente, cuenta bastante. Y se produjo un hecho que fue el inicio de todo. Le tomé afecto a una muchacha joven y bonita, inteligente y digna, de carácter alegre y noble, hija de padres honorables. Eran gente importante, tenían dinero, influencia y poder, me acogieron con cariño y cordialidad. Me pareció que la muchacha me miraba con buenos ojos: mi corazón se enardecía ante tal sueño. Más tarde, comprendí y acabé de caer en la cuenta de que tal vez no la hubiese amado con tanta pasión, sino que simplemente respetaba su inteligencia y su carácter elevado, como no podía ser de otro modo. Sin embargo, el egoísmo me impidió entonces pedir su mano: me parecía muy duro y terrible despedirme de las tentaciones de la vida depravada y libre de soltero a tan temprana edad, sobre todo disponiendo de dinero. No obstante, sí hice algunas insinuaciones. En cualquier caso, aplacé por una breve temporada cualquier paso decisivo. Y he aquí que, de pronto, me envían dos meses en comisión de servicio a otro distrito. Regreso a los dos meses y entonces me entero de que la joven se ha casado con un rico terrateniente de los alrededores, un hombre mayor que yo pero joven aún y con buenas relaciones en la capital y entre la alta sociedad, algo de lo que yo carecía; por añadidura, era un hombre muy amable y, además, instruido, mientras que yo no tenía ninguna clase de instrucción. Me afectó tanto aquel acontecimiento inesperado que hasta se me nubló el entendimiento. Pero lo más importante del caso era que, según supe muy pronto, el joven terrateniente venía siendo su prometido desde hacía mucho, y que yo mismo me lo había encontrado en numerosas ocasiones en casa de ella, pero, ofuscado por mis propios méritos, no había notado nada. Eso fue, con diferencia, lo que más me dolió: ¿cómo era posible que casi todo el mundo lo supiera y yo fuera el único que no sabía nada? De pronto sentí una rabia insoportable. Ruborizado, empecé a recordar cuántas veces había estado a punto de declararle mi amor, y, dado que ella no me había detenido ni advertido, quería decirse que se había estado burlando de mí, deduje yo. Más tarde, claro está, lo reconsideré y recordé que ella no se había reído lo más mínimo; al contrario, interrumpía bromeando tales conversaciones y cambiaba de tema, pero en aquellos momentos no fui capaz de darme cuenta y ardía en deseos de venganza. Recuerdo con sorpresa que mi sed de venganza y mi ira hasta a mí me resultaban excesivamente gravosas y desagradables, porque, siendo de carácter apacible, no podía estar enfadado con nadie mucho tiempo, y por eso tenía que incitarme a mí mismo de una manera artificial, y al fin me convertí en un sujeto ruin e insensato. Aguardé mi ocasión, y una vez, en presencia de mucha gente, logré agraviar a mi «rival» por una razón que, aparentemente, nada tenía que ver conmigo: me burlé de una opinión suya sobre un importante suceso de aquellos dias —estábamos en 1826—, y conseguí burlarme, eso decía la gente, con ingenio y destreza. Después le exigí una explicación y, cuando me la dio, lo traté con tanta grosería que acabó aceptando mi desafío, sin reparar en la enorme diferencia que había entre nosotros, pues yo era más joven, insignificante y de rango muy inferior. Después supe a ciencia cierta que había aceptado mi desafío también por celos: en su día se había sentido algo celoso de mí por la que luego sería su mujer y todavía era su novia; en aquel momento pensaría que, si ella llegaba a enterarse de que yo lo había ofendido y él no se había decidido a desafiarme, entonces ella, sin darse ni cuenta, empezaría a despreciarlo y su amor se tambalearía. Enseguida encontré un padrino, un camarada, teniente de nuestro regimiento. En aquel tiempo, aunque los duelos se perseguían implacablemente, eran casi una moda entre los militares: hasta tal punto crecen a veces y se hacen fuertes los prejuicios más absurdos. Junio llegaba a su fin y nuestro encuentro tendría lugar al día siguiente, a las siete de la mañana, en el campo; entonces me sucedió algo en verdad fatídico. Al volver a casa, furioso e intratable, me irrité con Afanasi, mi ordenanza, y le golpeé dos veces con todas mis fuerzas, tanto que la cara se le cubrió de sangre. No hacía mucho que estaba a mi servicio y, aunque ya otras veces le había pegado, nunca lo había hecho con aquella saña brutal. Creedme, queridos, han pasado cuarenta años y aún lo recuerdo con vergüenza y dolor. Me acosté, dormí unas tres horas, me desperté, ya despuntaba el día. De repente me levanté, ya no tenía ganas de dormir, me acerqué a la ventana, la abrí —daba al jardín—, vi que estaba saliendo el sol, el aire era tibio, hacía un día espléndido, empezaban a cantar los pájaros. «¿Por qué habrá en mi alma —pensaba yo— esta sensación de ignominia y bajeza? ¿Será porque voy a derramar sangre? No —me dije—, no parece que sea por eso. ¿Será porque temo la muerte, porque tengo miedo de que me maten? No, no, en absoluto, no tiene nada que ver…» Y de repente caí en la cuenta de lo que me pasaba: ¡había pegado a Afanasi la noche anterior! Todo se me representó de nuevo, como si se estuviera repitiendo: lo tengo delante, le golpeo con fuerza la cara, pero él tiene los brazos pegados al cuerpo, la cabeza erguida, los ojos bien abiertos, en posición de firmes, se estremece con cada golpe pero ni siquiera se atreve a levantar los brazos para protegerse… ¡A lo que puede llegar un hombre! ¡Un hombre golpeando a otro hombre! ¡Qué crimen! Fue como si una aguja punzante atravesara mi alma de parte a parte. Me quedo allí como atontado, mientras el sol brilla, las hojitas se regocijan, resplandecen, y las aves… las aves alaban a Dios… Me cubrí el rostro con ambas manos, me derrumbé sobre la cama y me deshice en lágrimas. Recordé entonces a mi hermano Markel y sus palabras a los criados antes de morir: «Amigos, queridos míos, ¿por qué me servís? ¿Por qué me queréis? ¿Acaso merezco ser servido?». «Eso es, ¿acaso lo merezco?», me vino de repente a la cabeza. Efectivamente, ¿por qué merezco que otro hombre, al igual que yo imagen y semejanza de Dios, me sirva? Y así, por primera vez en mi vida, esta pregunta se quedó grabada en mi cabeza. «Madrecita, hacedora de mis días, en verdad todos somos culpables por todos ante todo el mundo, solo que la gente no lo sabe, si lo supieran, ¡esto sería el paraíso… Señor, ¿es posible que no sea verdad? — lloraba y pensaba—, en verdad, es posible que sea yo el más culpable de todos, ¡y el peor entre todas las personas del mundo!» Y de pronto toda la verdad se presentó ante mí, con todo su resplandor: ¿qué iba a hacer? Iba a matar a un hombre bueno, inteligente y noble, que no me había hecho nada, e iba a privar para siempre a su esposa de la felicidad, iba a hacerla sufrir y la iba a matar. Seguía tumbado boca abajo en la cama sin darme cuenta de que el tiempo pasaba. De pronto entró mi camarada, el teniente; venía a buscarme con las pistolas: «Ah —dijo—, muy bien, ya estás despierto, es la hora, vamos». Me quedé aturdido, sin saber qué hacer; salimos y nos montamos en el coche: «Espera aquí un momento —le dije—, ahora vuelvo, se me ha olvidado el monedero». Y volví corriendo a casa, derecho al cuartucho de Afanasi: «Afanasi —dije—, ayer te pegué dos veces en la cara, perdóname». Él se sobresaltó, como asustado, me miró y yo me di cuenta de que aquello era poco, muy poco, y de pronto, tal como iba, con charreteras y todo, caigo a sus pies, e inclino la frente hasta el suelo: «¡Perdóname!». Se quedó atónito: «Mi señor, bátiushka, señor, pero cómo… yo no soy digno…», y se echó a llorar, como antes yo, se cubrió el rostro con ambas manos, se volvió hacia la ventana, estremecido por el llanto, mientras yo corría a reunirme con mi compañero y subía precipitadamente al coche: «En marcha — ordené—. ¿Has visto alguna vez —le digo gritando— a un vencedor? ¡Aquí tienes uno, delante de ti!» Estaba extasiado, me río, hago todo el camino hablando y hablando sin parar, ya no recuerdo de qué hablé. Él me mira: «Bravo, hermano; veo que vas a dejar en buen lugar nuestro uniforme». Y llegamos al lugar convenido, ellos ya estaban esperándonos. Nos colocaron a doce pasos el uno del otro, a él le tocaba disparar primero. Yo estaba frente a él, alegre, cara a cara, sin pestañear, lo miraba afectuosamente, sabía lo que iba a hacer. Él disparó, solo me hizo un pequeño rasguño en la mejilla y me rozó la oreja. «¡Gracias a Dios —grité—, no ha matado a un hombre!», y cogí mi pistola, me di la vuelta y la lancé bruscamente al aire, al bosque. «¡Ése es tu sitio!» Me volví hacia mi adversario: «Muy señor mío —le digo—, perdone a este estúpido joven, culpable de haberle ofendido, que le ha forzado a disparar contra él. Soy diez veces peor que usted, puede que más. Dígaselo a la persona que más venera en este mundo». Según acababa de hablar, los tres empezaron a gritar: «¡Será posible! —decía mi adversario enfadado—. Si no quería batirse, ¿por qué tuvo que molestarme?». «Ayer —le dije—, aún era un estúpido, pero hoy soy más juicioso», le respondí alegremente. «Me creo lo de ayer, pero, por lo que respecta a lo de hoy, es difícil llegar a la misma conclusión que usted.» «¡Bravo! —le grito, dando palmas—, estoy de acuerdo con usted, ¡me lo he merecido!» «Muy señor mío, ¿va a disparar o no?» «No —le digo—, si quiere, dispare usted otra vez, solo que sería mejor no hacerlo.» Los padrinos gritaban, sobre todo el mío: «¡Qué afrenta para el regimiento! ¡Pedir perdón en la marca! ¡Si llego a saberlo!». Yo seguía allí delante de todos ellos pero ya no me reía: «Señores, ¿acaso en nuestro tiempo es tan sorprendente encontrar a un hombre que reconozca su estupidez y que públicamente se declare culpable de lo que es culpable?». «¡Pero no en la marca!», gritó mi padrino de nuevo. «¡Precisamente! —les respondí—. Eso es lo sorprendente, porque debería haberme declarado culpable nada más llegar aquí, antes de su disparo, sin haberlo empujado a cometer un gravísimo pecado mortal. Pero hemos organizado el mundo de una manera tan monstruosa que actuar así era casi imposible, pues solo después de haber resistido su disparo a una distancia de doce pasos mis palabras pueden tener algún significado para él; en cambio, si las hubiera pronunciado antes del disparo, nada más llegar, sencillamente habrían dicho ustedes: es un cobarde, se ha asustado al ver la pistola y no hay nada más que hablar. Señores —exclamé de repente, de todo corazón—, contemplen a su alrededor los dones de Dios: el cielo claro, el aire limpio, la hierba suave, los pájaros, la naturaleza bella y pura; solo nosotros, impíos y necios, no comprendemos que la vida es el paraíso, y bastaría con que quisiésemos comprenderlo para que surgiera en ese mismo instante en todo su esplendor, y nos abrazaríamos llorando…» Aún quería seguir, pero no pude; me faltaba el aliento con tanta dulzura, con tanta juventud; era feliz como nunca lo había sido en mi vida. «Todo eso que dice es sensato y piadoso —me dijo mi adversario—, en cualquier caso, es usted un hombre original.» «Ríase —también yo me reí—, pero después debería elogiarme.» «Ya estoy dispuesto a elogiarle —dice—, permítame, le ofrezco mi mano, porque creo que es usted realmente sincero.» «No —le digo—, ahora no, más tarde, cuando sea mejor y me haya merecido su respeto; entonces hará bien ofreciéndome su mano.» Volvimos a casa, mi padrino fue todo el camino blasfemando, pero yo no hacía más que darle besos. Enseguida llegó la noticia a oídos de mis camaradas, se prepararon para juzgarme ese mismo día: «Ha ensuciado nuestro uniforme, que presente su renuncia». También hubo quien me defendió: «Aun así, dicen que ha resistido el disparo». «Sí, pero ha tenido miedo de los otros disparos y ha pedido perdón en la marca.» «Si hubiera tenido miedo de los disparos —objetaban mis defensores—, habría disparado su pistola antes de pedir perdón, y él la ha arrojado cargada al bosque; no, aquí ha pasado algo distinto, original.» Yo estaba escuchando, me divertía mirarlos. «Queridísimos míos —dije—, amigos y compañeros, no os preocupéis por mi renuncia, porque ya la he presentado, esta misma mañana, en la oficina del regimiento; en el momento en que me la concedan ingresaré en un monasterio; por eso he presentado mi renuncia.» Fue decir eso, y todos al unísono rompieron a reír a carcajadas: «Haberlo dicho antes, ahora todo está claro, no se puede juzgar a un monje», no paraban de reírse, pero no se reían en son de burla, sino con ternura, divertidos; de repente, todos me habían cogido cariño, incluso quienes me habían acusado con más fervor; después, en el mes que pasó hasta que me concedieron la renuncia, me llevaron en palmitas: «Ay, nuestro monje», decían. Y cada uno tenía una palabra afectuosa para mí, empezaron a intentar disuadirme, incluso a lamentarse: «¿Qué va a ser de ti?». «Es un valiente —decían—, resistió un disparo y podría haber disparado, pero la víspera había soñado que iba a meterse a monje. He ahí el porqué.» Lo mismo sucedía en la ciudad. Antes nadie había reparado especialmente en mí, aunque me recibían cordialmente, pero ahora todos querían saber de mí, y se peleaban por invitarme: se reían de mí, pero también me querían. Debo señalar que, aunque entonces todo el mundo hablaba sin tapujos de nuestro duelo, los superiores habían dado por cerrado el caso, pues mi adversario era pariente próximo de nuestro general y, dado que el asunto se había resuelto sin sangre, como una especie de broma, y yo, al fin y al cabo, había presentado mi renuncia, lo consideraron, efectivamente, una broma. Entonces empecé a hablar sin disimulo y sin temor a pesar de sus risas, porque, en definitiva, no se trataba de risas malignas, sino bienintencionadas. Aquellas conversaciones solían tener lugar en las veladas, en compañía de damas: por entonces a las mujeres les gustaba más escucharme y obligaban a los hombres a hacerlo. «Pero ¿cómo es posible que yo sea culpable por todos? —decía uno cualquiera, riéndoseme a la cara—. ¿Acaso yo puedo ser culpable por usted, por ejemplo?» «Y ¿cómo va usted a reconocerlo —le respondí—, si hace mucho que el mundo entero tiró por otro camino y tomamos por verdad la pura mentira y exigimos de los demás la misma mentira? Ya lo ve, por primera vez en la vida voy y actúo con sinceridad, y ahora resulta que soy como un yuródivy para todos ustedes: me han cogido cariño, pero no pueden dejar de reírse de mí», les dije. «Pero ¿cómo no vamos a cogerle cariño?», me dice la anfitriona, riéndose ruidosamente; y había mucha gente en su casa. De repente veo que en medio de las damas se pone en pie la misma joven por la que yo había provocado el duelo y en la que poco antes había pensado como futura novia, y ahora ni siquiera me había dado cuenta de que había acudido a la velada. Se puso en pie, se acercó y me tendió la mano: «Permítame decirle que yo soy la primera que no se ríe de usted: al contrario —me dice—, con lágrimas en los ojos le expreso mi gratitud y le declaro mi respeto por su comportamiento de entonces». Se acercó también su marido, y a continuación todos a la vez, poco les faltó para besarme. Me sentí muy alegre, pero, entre toda aquella gente, reparé de pronto en un hombre ya mayor que también se me había acercado y a quien ya conocía de nombre, a pesar de que nadie me lo había presentado y hasta esa tarde ni siquiera había cambiado una palabra con él.
d) El visitante enigmático.
Hacía tiempo que trabajaba en nuestra ciudad, donde ocupaba un puesto destacado, era un hombre respetado por todos, rico, famoso por su filantropía, donaba un capital considerable al asilo y al orfanato y, además, hacía muchas buenas obras en secreto, sin divulgarlo, algo que solo se descubrió después de su muerte. Tenía cerca de cincuenta años y un aspecto casi severo, era hombre de pocas palabras; llevaba casado no más de diez años con una mujer aún joven, con la que tenía tres hijos de corta edad. Y he aquí que a la tarde siguiente estaba yo en casa cuando de repente se abrió la puerta y entró precisamente este señor.
Hay que señalar que yo ya no vivía donde antes, pues en cuanto presenté mi renuncia me mudé a casa de una mujer mayor, viuda de un funcionario, que puso también sus criados a mi disposición; mi traslado a esta nueva vivienda se había debido únicamente a que, nada más regresar del duelo, ese mismo día, mandé a Afanasi de vuelta a su compañía: me daba vergüenza mirarlo a los ojos después de mi reciente comportamiento con él; hasta tal punto es propenso a avergonzarse, aunque sea de la causa más justa, el hombre de mundo poco preparado.
«Hace varios días —me dijo aquel señor nada más entrar— que le vengo escuchando con gran curiosidad en distintas casas y deseaba conocerle personalmente para hablar con usted con más detenimiento. ¿Puede concederme, mi buen señor, ese gran favor?» «Con sumo placer; lo consideraré un honor muy especial», le digo, aunque casi estaba asustado; tal era la impresión que me había producido la aparición de aquel hombre. Porque, aunque la gente me escuchaba y sentía curiosidad por mí, todavía no se me había acercado nadie con ese aspecto de ser tan serio y severo por dentro. Y ese hombre había venido a verme a mi propia casa. Tomó asiento. «Veo en usted —continuó— una gran fuerza de carácter, pues no tuvo miedo de servir a la verdad en un asunto en el que, por esa misma verdad, se arriesgó a sufrir el desprecio general.» «Quizá esté exagerando mucho en sus elogios», le dije. «No, no exagero — me respondió—, créame que hacer algo así es mucho más difícil de lo que usted piensa. De hecho —prosiguió—, ha sido eso lo que me ha impresionado y precisamente por eso he venido a verle. Descríbame, si no desdeña esta curiosidad mía, acaso indiscreta, qué sintió exactamente en el momento en que decidió pedir perdón en el duelo, si es que lo recuerda. No considere frívola mi pregunta, al contrario, se la hago con una finalidad secreta que probablemente le explicaré más adelante si es que Dios considera conveniente acercarnos aún más.»
Mientras hablaba, no dejé de mirarlo y, de pronto, sentí una confianza fortísima en él, además de una excepcional curiosidad, porque tuve la sensación de que su alma guardaba un secreto muy especial.
«Me pregunta qué sentí exactamente en el momento en que pedí perdón a mi adversario —le respondí—, pero será mejor que se lo cuente todo desde el principio, cosa que no he hecho con nadie —y le relaté todo lo ocurrido en casa con Afanasi y cómo me había postrado ante él en el suelo—. Como puede usted ver —concluí—, en el duelo ya fue todo más sencillo, porque yo había dado en casa los primeros pasos y, una vez que emprendes ese camino, lo demás no solo no es difícil, sino incluso placentero y alegre.»
Me escuchaba y me miraba con atención: «Todo esto —me dice— es extraordinariamente curioso, vendré más veces a verle». Y desde entonces empezó a visitarme casi cada tarde. Y nos habríamos hecho amigos íntimos si él me hubiera hablado de sí mismo. Pero de sí mismo no decía casi ni una palabra, no hacía más que interrogarme. Aun así, le tomé mucho aprecio y le confié por completo mis sentimientos, pues pensaba: ¿qué más me da a mí su secreto? Incluso sin él, veo que es un hombre justo. Además, es un hombre tan serio y tan diferente a mí en edad, y viene a mi casa, a casa de un joven como yo, sin el menor desprecio. Aprendí de él muchas cosas de provecho, pues era un hombre de gran inteligencia. «Eso de que la vida es el paraíso… —me dijo un día—; hace mucho que le doy vueltas —y añadió de repente—: no pienso en otra cosa. —Me miró y sonrió—. Estoy más convencido que usted, más tarde sabrá por qué.» Al oír esto me dije: «Seguro que quiere revelarme algo». «El paraíso —dijo— se esconde en cada uno de nosotros; ahora, por ejemplo, también se oculta en mí y, si así lo quiero, mañana mismo se hará realidad y así será ya para toda la vida. —Lo miro, habla conmovido y me mira misteriosamente, como interrogándome—. Y cuando dice usted que todo hombre —prosiguió— es culpable por todos y por todo, además de por sus propios pecados… ese razonamiento suyo es muy acertado, y es asombroso que, de repente, haya podido abrazar esa idea con tal plenitud. Y, en verdad, es cierto que, cuando la gente comprenda esta idea, entonces surgirá para ella el reino de los cielos no en sueños, sino en realidad.» «Pero ¿cuándo se cumplirá esta idea? —exclamé yo con pesar—. ¿Se hará realidad alguna vez? ¿No será solo un sueño?» «Así que usted no tiene fe, predica pero no tiene fe. Ha de saber que, indudablemente, ese sueño, como usted dice, se hará realidad, créalo, pero no ahora, pues hay una ley para cada acción. Es una cuestión del alma, psicológica. Para rehacer el mundo es necesario que la gente tome, psicológicamente, otro camino. Mientras no nos convirtamos efectivamente en hermanos de todos los hombres, no habrá fraternidad. Ninguna ciencia, ningún interés enseñará nunca a las personas a repartirse propiedades y derechos pacíficamente. Siempre será poco para cada uno y todos seguirán murmurando, envidiándose y destruyéndose mutuamente. Pregunta usted cuándo se hará realidad. Se hará realidad, pero antes debe concluir el período del aislamiento humano.» «¿Qué aislamiento?», le pregunté. «El que ahora reina en todas partes, y especialmente en nuestro siglo, pero aún no ha concluido del todo y no le ha llegado su hora. Pues ahora cada uno aspira a diferenciarse, quiere experimentar en sí mismo la plenitud de la vida, pero el único resultado de todos estos esfuerzos es un completo suicidio y no la plenitud de la vida, ya que, en lugar de alcanzar una plena definición de su ser, las personas caen en un completo aislamiento. En nuestro siglo todos se han dividido en unidades, cada uno se aísla en su guarida, cada uno se distancia del otro, se esconde y esconde lo que posee y termina alejándose de la gente y alejando a la gente de sí. Acumula riquezas en soledad y piensa: cuán fuerte soy ahora, cuán seguro; pero ese insensato no sabe que, cuanto más acumula, más se hunde en su debilidad suicida. Pues se ha acostumbrado a confiar solo en sí mismo, se ha separado del conjunto, como unidad que es, ha enseñado a su alma a no creer ni en la ayuda de los hombres ni en la gente ni en la humanidad, y solo tiembla pensando en que puede perder su dinero y los derechos que ha adquirido con él. Ahora en todas partes la mente humana, de una forma ridícula, empieza a no comprender que la verdadera seguridad para el individuo no reside en su esfuerzo personal aislado, sino en la integridad común de la humanidad. Pero inevitablemente a este horrible aislamiento también le llegará su hora y alguna vez todos comprenderán de qué manera tan poco natural se habían apartado los unos de los otros. Ése será el espíritu de la época y se sorprenderán de haber estado tanto tiempo en la oscuridad sin haber visto la luz. Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo… Pero hasta entonces hay que custodiar esa bandera y, cada cierto tiempo, un hombre, al menos, debe dar ejemplo y, sacando su alma del aislamiento, realizar la proeza de la relación fraternal, aunque sea en calidad de yuródivy. Para que esta gran idea no muera…»
Entre tales conversaciones fervorosas y entusiastas pasábamos las tardes. Yo llegué a prescindir del trato social y cada vez iba menos de visita; además, ya empezaba a estar pasado de moda. No digo esto como crítica, pues la gente seguía queriéndome y me trataba afablemente; pero hay que reconocer que, en efecto, la moda es, en la sociedad, una poderosa soberana. Finalmente empecé a mirar a mi enigmático visitante con admiración, pues, aparte de disfrutar de su inteligencia, tenía el presentimiento de que alimentaba en su interior algún proyecto y se estaba preparando, tal vez, para una gran gesta. Es posible que le agradara que yo no manifestara curiosidad por su secreto, que no le preguntara por él abiertamente ni mediante alusiones. Pero finalmente advertí que él mismo parecía empezar a atormentarse por el deseo de revelarme algo. En cualquier caso, eso se hizo muy patente como un mes después de que hubieran comenzado sus visitas. «¿Sabe usted —me preguntó una vez— que en la ciudad están muy intrigados con nosotros dos y les sorprende que venga a verle con tanta frecuencia? Allá ellos, pronto se aclarará todo.» A veces, de repente, era presa de una gran agitación, y entonces casi siempre se levantaba y se iba. Otras veces me miraba larga y penetrantemente y yo pensaba: «Ahora es cuando me va a contar algo», pero de pronto paraba y empezaba a hablar de algo corriente, ya conocido. También solía quejarse de dolores de cabeza. Y he aquí que una vez, de forma imprevista, después de haberme hablado larga y acaloradamente, se puso pálido, el rostro se le contrajo por completo, y se quedó mirándome de hito en hito.
—¿Qué le ocurre? —le digo—. ¿Se encuentra bien?
Precisamente se había estado quejando de dolor de cabeza.
—Yo… sabe usted… yo… maté a una persona.
Lo dijo sonriendo, pero estaba blanco como la pared. «¿Por qué sonríe?», este pensamiento me atravesó el corazón antes de comprender nada. Yo también palidecí.
—¿Qué está diciendo? —le grité.
—Ya ve —me responde aún con su sonrisa pálida— cuánto me ha costado decir la primera palabra. Ya la he dicho y parece que me he puesto en marcha. Allá voy.
Durante un buen rato no le creí, y ni siquiera le creí a la primera, sino solo después de que viniera tres días a casa y me lo contara con todo detalle. Lo tomé por un chiflado, pero al fin terminé por convencerme sin reservas, con gran pena y asombro. Hacía catorce años había cometido un crimen atroz y espantoso contra una señora rica, joven y guapa, una terrateniente viuda que tenía casa propia en nuestra ciudad, donde pasaba algunas temporadas. Sintiendo un fuerte amor por ella, se declaró y empezó a rondarla para que se casara con él. Pero ella le había entregado su corazón a otro, a un eminente militar de elevada graduación que en ese momento estaba en campaña y al que esperaba ver pronto. Rechazó la proposición y le pidió que no fuera a visitarla. El hombre dejó de ir, pero, como conocía la distribución de la casa, una noche penetró por el tejado, desde el jardín, con suma temeridad y arriesgándose a ser descubierto. Sin embargo, como sucede con mucha frecuencia, los crímenes cometidos con extraordinaria temeridad suelen tener más éxito que los otros. Tras entrar en el desván por una mansarda, bajó a las habitaciones por una pequeña escalera, sabiendo que la puerta que había al final de esa escalera no siempre tenía la llave echada, por negligencia del servicio. Contaba con ese descuido, y justo así fue como se encontró la puerta. Habiéndose introducido de ese modo en la zona habitada, avanzó a oscuras hasta el dormitorio de la señora, iluminado por una lamparilla. Como hecho a propósito, sus dos doncellas habían salido a escondidas, sin pedir permiso a su señora, para asisitir a una fiestecilla de cumpleaños que se celebraba en esa misma calle. Los demás criados y criadas dormían en los cuartos de la servidumbre y en la cocina, en la planta baja. Viendo a la mujer dormida, la pasión se avivó en él, pero después una rabia vengativa y celosa se apoderó de su ánimo y, enajenado, como borracho, se acercó y le clavó un cuchillo en el corazón, de modo que ella ni siquiera dejó escapar un grito. A continuación, de acuerdo con un cálculo diabólico, verdaderamente criminal, dispuso todo de tal manera que sospecharan de los criados: no tuvo ningún reparo en llevarse el monedero de la víctima, abrió la cómoda con unas llaves que sacó de debajo de la almohada y se apoderó de algunos objetos tal y como lo hubiera hecho un criado ignorante, es decir, dejó los títulos de valores y cogió solo el dinero, así como algunos objetos de oro grandes, desdeñando otros pequeños, diez veces más valiosos. También se llevó alguna cosa de recuerdo, pero de esto hablaremos después. Habiendo ejecutado este terrible acto, salió por donde había entrado. Ni al día siguiente, cuando cundió la alarma, ni nunca después en la vida, se le ocurrió a nadie sospechar del verdadero criminal. Tampoco sabía nadie de su amor por ella, pues aquel hombre siempre había sido reservado y huraño, y no tenía un amigo al que abrirle su alma. Lo tenían, sencillamente, por un conocido de la difunta, y no especialmente cercano, puesto que en las últimas dos semanas no había ido a visitarla. En cambio, enseguida sospecharon de Piotr, un siervo, y todas las circunstancias coincidieron en confirmar la sospecha, porque este siervo sabía, dado que la difunta no lo había ocultado, que tenía intención de enviarlo al servicio militar, dentro de la cuota de reclutas que le correspondía, pues era soltero y, encima, se portaba mal. En la taberna le habían oído proferir, rabioso y borracho, amenazas de muerte. Y apenas dos días antes de la muerte de su señora había huido y se había escondido en la ciudad, no se sabía dónde. El día después del asesinato lo encontraron en un camino, en la salida de la ciudad, borracho como una cuba, con su cuchillo en un bolsillo y, para colmo, con la mano derecha manchada de sangre. Afirmaba que le había salido sangre de la nariz, pero no le creyeron. Las criadas confesaron que habían estado en aquella fiesta y que habían dejado abierta, hasta su regreso, la puerta de entrada por el porche. Y se fueron descubriendo muchos más indicios semejantes que llevaron a la detención del siervo inocente. Lo apresaron y lo procesaron, pero justamente una semana después el preso cayó enfermo de unas fiebres y murió inconsciente en el hospital. Así terminó el proceso, confiado a la voluntad divina, y todos —el juez, las autoridades y la sociedad entera— se quedaron convencidos de que el autor del crimen no era otro que el siervo fallecido. Pero a continuación empezó el castigo.
El visitante enigmático, y ahora ya amigo mío, me reveló que al principio no sintió el menor remordimiento de conciencia. Sufrió mucho tiempo, pero no por ese motivo, sino por la muerte de la mujer amada, porque ella ya no estaba, porque al matarla había matado su amor, mientras que el fuego de la pasión seguía en su sangre. Pero no pensaba apenas en la sangre inocente derramada, en el asesinato de una persona. La idea de que la víctima podía haberse convertido en la esposa de otro le parecía inadmisible: por eso durante mucho tiempo estuvo convencido en conciencia de que no podía haber actuado de otro modo. Al principio le abrumó un poco la detención del siervo, pero la rápida enfermedad y muerte del preso lo tranquilizaron, pues esta muerte, según todas las evidencias (así razonaba él entonces), no se debió a la detención o al miedo, sino a un resfriado que había cogido precisamente en los días de su huida, cuando, borracho como una cuba, estuvo tirado toda una noche sobre la tierra húmeda. Los objetos y el dinero robado apenas lo turbaban, pues (seguía razonando él) el robo no lo había cometido por codicia, sino para desviar las sospechas hacia otro lado. La cantidad robada era insignificante y poco después la donó toda, y con creces, a un asilo recientemente fundado en la ciudad. Esto lo hizo expresamente para acallar su conciencia en lo tocante al robo, y hay que destacar que durante un tiempo, bastante largo de hecho, verdaderamente la acalló, según me confesó él mismo. Desplegó por entonces una intensa actividad oficial: se ofreció personalmente para una tarea trabajosa y difícil que lo tuvo ocupado dos años y, como era un hombre de carácter fuerte, casi se olvidó de lo sucedido. Cuando se acordaba, intentaba no pensar en ello. También se entregó a la filantropía, hizo mucho y donó mucho dinero en nuestra ciudad; igualmente, se dio a conocer en las capitales, en Moscú y en San Petersburgo, donde fue elegido miembro de las sociedades benéficas. Sin embargo, las cavilaciones acabaron atormentándolo, y el tormento era superior a sus fuerzas. Entonces se sintió atraído por una joven bonita y juiciosa y al poco tiempo se casó con ella, soñando con que el matrimonio ahuyentaría su angustia solitaria y con que, al emprender ese nuevo camino y cumpliendo con diligencia su deber con su mujer y sus hijos, se apartaría por completo de los viejos recuerdos. Pero sucedió justamente lo contrario de lo que había esperado. Ya en el primer mes de matrimonio una idea incesante empezó a turbarlo: «Mi mujer me quiere, pero ¿y si se enterara?». Cuando ella le comunicó que se había quedado embarazada de su primer hijo, él se alteró repentinamente: «Doy vida, cuando yo mismo quité una vida». Llegaron los niños: «¿Cómo me atrevo a quererlos, a enseñarles y a educarlos, cómo voy a hablarles de la virtud? He derramado sangre». Los niños crecían hermosos, sentía deseos de acariciarlos: «No puedo mirar sus rostros serenos, inocentes; no soy digno de hacerlo». Finalmente, empezó a ver en su imaginación, terrible y amargamente, la sangre de la víctima asesinada, la joven vida truncada, la sangre que clamaba venganza. Empezó a tener sueños espantosos. Pero, siendo de corazón firme, soportó el suplicio mucho tiempo: «Con este suplicio secreto expiaré mi culpa». Pero aquella esperanza era vana: cuanto más tiempo pasaba, más intenso se volvía el sufrimiento. Con su actividad benéfica se había ganado el respeto de la sociedad, aunque todos temían su carácter severo y sombrío; sin embargo, cuanto más lo respetaban, más insoportable se le hacía. Me confesó que había llegado a pensar en el suicidio. Pero, en lugar de dar ese paso, empezó a tener otro sueño, un sueño que al principio consideró imposible e insensato, pero que acabó aferrándose de tal forma a su corazón que fue imposible de arrancar. El sueño era éste: ponerse en pie, presentarse delante de todo el mundo y declarar que había matado a una persona. Llevaba ya como tres años viviendo con ese sueño, que se le presentaba en distintas formas. Finalmente había llegado al convencimiento, de todo corazón, de que, si declaraba su crimen, curaría sin duda su alma y se tranquilizaría de una vez por todas. Pero, habiendo llegado a esta conclusión, sintió terror en su corazón, pues ¿cómo iba a llevar a cabo su propósito? Y de pronto sucedió el incidente de mi duelo. «Viéndole a usted, me he decidido.» Yo lo miré.
—¿Es posible —exclamé, juntando las manos— que un incidente tan nimio haya podido inspirar en usted tal resolución?
—Mi resolución llevaba tres años gestándose —me respondió—, aquel incidente solo le dio un último empujón. Al verle, me lo reproché y le envidié —me dijo con cierta severidad.
—Pero no le creerán —le advertí—, han pasado catorce años.
—Tengo pruebas, pruebas irrefutables. Las presentaré.
Y se echó a llorar. Yo lo cubrí de besos.
—¡Decida una cosa por mí, una sola cosa! —me dijo (parecía que todo dependía de mí en ese momento)—. ¡Mi mujer! ¡Mis hijos! Puede que mi mujer muera de pena, y los niños… aunque no pierdan su condición de nobles ni sus propiedades, serán toda la vida los hijos de un criminal. Y ¿qué recuerdo, qué recuerdo voy a dejar en su corazón?
Yo callaba.
—Y ¿separarme de ellos? ¿Dejarlos para siempre? Porque ¡es para siempre, para siempre!
Yo bisbiseaba una oración en silencio. Por fin, me levanté, estaba aterrado.
—Y ¿entonces? —Me estaba mirando.
—Vaya —le dije—, declárelo delante de la gente. Todo pasa, solo queda la verdad. Sus hijos, cuando crezcan, comprenderán cuánta magnanimidad hubo en su gran resolución.
Se fue entonces de mi casa como si realmente estuviera decidido. Pero lo cierto es que más de dos semanas después seguía viniendo a verme una tarde tras otra, seguía preparándose, seguía sin poder decidirse. Me atormentaba el corazón. Un día vino y, con firmeza, me dijo conmovido:
—Sé que el paraíso llegará para mí, que llegará en el mismo momento en que lo declare. He estado catorce años en el infierno. Quiero sufrir. Aceptaré el sufrimiento y aprenderé a vivir. Con la mentira uno puede recorrer el mundo, pero después no hay vuelta atrás. Ahora no me atrevo a querer no ya a mi prójimo, sino ni siquiera a mis hijos. ¡Dios mío! Quizá mis hijos lleguen a comprender cuál ha sido el coste de mi sufrimiento y no me condenen. El Señor no está en la fuerza, sino en la verdad.
—Todos comprenderán su hazaña —le dije—, no ahora, lo harán después, porque ha servido a la verdad, a la verdad suprema, a la del cielo…
Y se fue de mi lado, aparentemente consolado, pero a la mañana siguiente volvió de nuevo rabioso, pálido, diciendo con aire burlón:
—Cada vez que entro a verle, me mira con curiosidad, como diciendo: «¿Sigue sin declararlo?». Espere, no hace falta que me desprecie. No es tan fácil como a usted le parece. Puede que no lo haga nunca. En ese caso, no irá usted a delatarme, ¿verdad?
El caso es que a veces no solo me daba miedo mirarlo con curiosidad poco juiciosa, sino que me daba miedo hasta dirigirle la mirada. Tanto tormento me hacía enfermar y mi alma estaba llena de lágrimas. Me pasaba las noches en blanco.
—Vengo —prosigue— de estar con mi esposa. ¿Sabe usted lo que es una esposa? Los críos me gritaban al salir: «Adiós, papá, venga pronto a leernos las Lecturas infantiles». No, usted no lo sabe. El mal ajeno no hace sabios.
Los ojos le brillaban, le temblaban los labios. De repente dio un puñetazo en la mesa y saltaron las cosas que había en ella; un hombre tan mesurado… era la primera vez que le pasaba.
—¿Es necesario? —exclamó—. ¿Qué falta hace? Porque nadie fue condenado, no mandaron a nadie a trabajos forzados por mi culpa, aquel siervo murió por una enfermedad. Y, por la sangre derramada, yo he sido castigado con mis tormentos. Además, no me van a creer, no van a creer ninguna de mis pruebas. ¿Hace falta declararlo, hace falta? Por la sangre vertida, estoy dispuesto a seguir sufriendo toda la vida con tal de no hacer daño a mi mujer y a mis hijos. ¿Sería justo causar su perdición, junto con la mía? ¿No nos estaremos equivocando? ¿Dónde está aquí la verdad? ¿Y reconocerá esta gente la verdad, la valorará, la estimará?
«¡Señor —pensé para mí—, pensar en la estima en un momento así!» Y entonces sentí tanta pena por él que creo que habría compartido su suerte con tal de aliviarlo. Me di cuenta de que estaba como frenético. Me horroricé al comprender, no solo con el entendimiento, sino con toda mi alma, lo que le costaba tal resolución.
—¡Decida mi destino! —exclamó de nuevo.
—Vaya y declárelo —le susurré. Me falló la voz, pero lo susurré con firmeza. Cogí el Evangelio de la mesa, una traducción rusa, y le señalé el capítulo 12, versículo 24 de san Juan: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto». Había estado leyendo este versículo antes de su llegada.
Él lo leyó.
—Cierto —dijo, pero sonrió con amargura—. Sí, qué horrores —dijo tras un momento de silencio— se pueden encontrar en estos libros. Es fácil plantárselo a alguien delante de las narices. Y ¿quién los ha escrito? ¿Acaso ha sido una persona?
—Ha sido el Espíritu Santo —le digo.
—Para usted es fácil parlotear —aún sonreía, pero ya casi con odio. Yo volví a coger el libro, lo abrí en otro punto y le señalé el capítulo 10, versículo 31 de la Epístola a los hebreos. Él leyó: «¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!».
Lo leyó y arrojó el libro. Empezó a temblar.
—Un versículo terrible —dijo—, no se puede negar, ha sabido elegir. —Se levantó de la silla—. Bueno, adiós, quizá no venga más… nos veremos en el paraíso. De modo que hace catorce años que «caí en manos del Dios vivo», así es como se llaman, por consiguiente, estos catorce años. Mañana pediré a estas manos que me liberen…
Yo quería abrazarlo y besarlo, pero no me atreví, tenía el rostro crispado y costaba mirarlo. Salió. «¡Señor —pensé yo—, adónde habrá ido!» Caí de rodillas ante el icono y lloré por él a nuestra Santísima Virgen, pronta intercesora y protectora. Media hora había pasado orando entre lágrimas, era ya tarde, cerca de las doce de la noche. De repente veo que la puerta se abre, es él que entra de nuevo. Me quedé pasmado.
—¿Dónde ha estado? —le pregunté.
—Yo… —dijo—, creo que he olvidado algo… el pañuelo, creo… bueno, aunque no haya olvidado nada, deje que me siente un momento…
Se sentó en una silla. Yo estaba de pie a su lado. «Siéntese usted también.» Me senté. Estuvimos así un par de minutos, me miraba fijamente y de repente esbozó una sonrisa irónica, lo recuerdo muy bien; a continuación se puso de pie, me abrazó y me besó…
—Recuerda —dijo— que he venido otra vez a verte. ¿Me oyes? ¡Recuérdalo!
Era la primera vez que me trataba de tú. Y se fue. «Mañana», pensé.
Y así fue. Aquella tarde yo no sabía que al día siguiente era su cumpleaños. Últimamente yo no iba a ningún sitio y por eso nadie me lo había dicho. Todos los años ese día se reunía mucha gente en su casa, acudía allí toda la ciudad. Esta vez también acudió mucha gente. Y he aquí que después del ágape se sitúa en el centro de la sala con una hoja en las manos, una denuncia en toda regla dirigida a las autoridades. Y, dado que las autoridades estaban allí presentes, leyó sin demora aquella hoja a todos los congregados, y había en ella una descripción completa y detallada de su crimen: «Como el monstruo que soy, me excluyo del trato de la gente; Dios me ha visitado —concluía la hoja—, ¡quiero sufrir!». Acto seguido, sacó y puso sobre una mesa todo lo que, a su juicio, probaba su crimen, que había guardado catorce años: los objetos de oro robados a la difunta con el propósito de desviar las sospechas, el medallón y la cruz que le había quitado del cuello —en el medallón había un retrato de su prometido—, un cuaderno de notas y, por último, dos cartas: una carta del prometido, anunciándole su pronta llegada, y la respuesta de ella, empezada pero sin terminar, que había dejado en la mesa para mandar por correo al día siguiente. Había cogido las dos cartas, ¿para qué? ¿Para después guardarlas catorce años en lugar de destruir las pruebas? Y esto es lo que sucedió: todos se quedaron asombrados y espantados, y nadie quiso creerle, aunque le habían escuchado con singular curiosidad, pero como a un enfermo, y pocos días después en todas las casas se había resuelto y sentenciado que aquel infeliz se había vuelto loco. Las autoridades y el juzgado no tuvieron más remedio que dar curso al procedimiento, pero al mismo tiempo lo frenaron: a pesar de que los objetos y las cartas presentadas daban que pensar, se decidió que, aunque estos documentos fueran auténticos, no se podía formular una acusación concluyente solo sobre esta base. Además, los objetos se los podía haber dado ella, siendo conocido suyo, como muestra de confianza. De todos modos, oí decir que la autenticidad de los objetos fue comprobada más tarde por muchos conocidos y familiares de la difunta y que en este particular no había ninguna duda. Pero tampoco este caso estaba destinado a llegar a buen puerto. Unos cinco días después nos enteramos de que el pobre mártir había caído enfermo y de que se temía por su vida. No sabría explicar qué enfermedad tenía, decían que se trataba de palpitaciones, pero se supo que un grupo de médicos, a instancias de la mujer, había examinado también su estado mental y había dictaminado que ya había demencia. Yo no revelé nada, aunque enseguida vinieron a interrogarme, pero, cuando quise visitarlo, me lo impidieron una y otra vez, sobre todo su mujer: «Ha sido usted —me decía—, ha sido usted el que lo ha indispuesto; siempre ha sido una persona triste, y este último año todos hemos observado en él una agitación extraordinaria y un comportamiento extraño, pero usted ha acabado de arruinarle la vida; usted lo ha vuelto loco con todas esas lecturas; estuvo todo un mes sin salir de su casa». Pero no fue solo su mujer, toda la ciudad la emprendió conmigo, y me culpaba: «Ha sido usted», decían. Yo guardaba silencio, feliz en el fondo de mi alma porque veía la indudable misericordia divina con aquel que se había rebelado contra sí mismo y se había castigado a sí mismo. Pero no podía creer en su locura. Por fin me permitieron verlo, él mismo lo había exigido con insistencia, para despedirse de mí. Entré y enseguida me di cuenta de que no solo sus días, sino sus horas estaban contadas. Estaba débil, amarillento, las manos le temblaban, se ahogaba, pero su mirada era tierna y alegre.
—¡Se ha consumado! —me dijo—. Hace mucho que ansiaba verte, ¿cómo no habías venido?
No le conté que me lo habían impedido.
—Dios se ha apiadado de mí y me llama a su lado. Sé que me muero, pero por primera vez en muchos años siento paz y alegría. De pronto sentí el paraíso en mi alma, nada más cumplir lo que debía. Ahora me atrevo a querer a mis hijos y a besarlos. No me creen, nadie me ha creído, ni mi mujer, ni los jueces; tampoco me creerán nunca mis hijos. En eso veo la misericordia de Dios con mis hijos. Yo moriré, pero mi nombre, para ellos, no quedará mancillado. Ahora presiento a Dios, mi corazón se regocija como en el paraíso… he cumplido con mi deber…
No podía hablar, se ahogaba, me estrechaba con fuerza la mano, me miraba con fervor. Pero no estuvimos conversando mucho tiempo, su mujer no paraba de asomarse. Aun así, me susurró:
—¿Te acuerdas de cuando volví aquella vez a tu casa, a medianoche? ¿Y de que te ordené que no lo olvidaras? ¿Sabes a qué fui? ¡Había ido a matarte!
Me estremecí.
—Había salido de tu casa a la oscuridad, erré por las calles luchando contra mí mismo. Y de repente sentí tal odio contra ti que mi corazón apenas lo soportaba. «Ahora —pensé—, es el único que me tiene atado, él es mi juez, ya no puedo rechazar el castigo de mañana, pues él lo sabe todo.» No es que temiera que me delataras (ni se me ocurrió), pero pensaba: «¿Cómo voy a mirarlo si no me acuso?». Y me daba igual que estuvieras en la otra punta del mundo: no podía soportar la idea que estuvieras vivo y lo supieras todo y me juzgaras. Te odiaba, como si tú fueras la causa de todo y tuvieras la culpa de todo. Entonces volví a tu casa, recordaba que en la mesa había una daga. Me senté y te pedí que te sentaras, y me quedé un minuto pensando. Si te mataba, ese crimen, de cualquier modo, habría supuesto mi perdición, aun sin llegar a revelar el anterior crimen. Pero no pensé en eso, y en aquel momento no quería pensar. Solo te odiaba y deseaba vengarme de ti por todo, con todas mis fuerzas. Pero el Señor derrotó al diablo en mi corazón. Has de saber, no obstante, que nunca has estado tan cerca de la muerte.
Murió una semana después. Toda la ciudad acompañó su féretro hasta la tumba. El protopresbítero dijo unas palabras muy sentidas. Lamentaron la terrible enfermedad que había puesto fin a sus días. Pero toda la ciudad se alzó contra mí cuando lo hubieron enterrado, dejaron incluso de recibirme. Cierto que algunos, pocos al principio pero después cada vez más, comenzaron a creer en la verdad de su confesión y empezaron a visitarme y a interrogarme con gran curiosidad y placer, porque el hombre se deleita con la caída del justo y con su oprobio. Pero yo guardé silencio y al poco abandoné la ciudad. Cinco meses después fui distinguido por nuestro Señor para emprender un camino firme y hermoso y bendije el dedo invisible que me había mostrado tan claramente ese camino. Y al atormentado siervo de Dios Mijaíl lo tengo presente en mis oraciones todos los días hasta el día de hoy.