TERCERA PARTE
LIBRO SÉPTIMO
ALIOSHA
Capítulo I
Un tufo pestilente
El cuerpo del padre Zosima, hieromonje y asceta, fue preparado para la inhumación de acuerdo con su rango. Como es sabido, los restos mortales de monjes y ascetas no se lavan. «Cuando alguno de los monjes es llamado por el Señor —se dice en el Gran Breviario—, el hermano encargado (es decir, aquel que ha sido designado a tal efecto) le frota el cuerpo con agua tibia, trazando previamente el signo de la cruz con una esponja (una esponja griega) sobre la frente del difunto, en el pecho, en las manos, en los pies y en las rodillas, y nada más.» Fue el padre Paísi quien hizo todo esto con el difunto. Después del frotado, lo vistió con el hábito monástico y lo envolvió con el manto; para ello, según lo prescrito, le hizo algunos cortes, envolviéndolo en forma de cruz. Le puso en la cabeza una capucha con una cruz de ocho puntas. Dejaron la capucha abierta, pero cubrieron la faz del difunto con un aer negro. En las manos le colocaron un icono del Salvador. Así dispuesto, lo depositaron al amanecer en el ataúd (preparado desde hacía mucho tiempo). Tenían intención de dejar el ataúd todo el día en la celda, en el cuarto grande de la entrada, donde el stárets solía recibir a los hermanos y a los seglares. Como el difunto era un hieromonje de la máxima dignidad, los hieromonjes y los hierodiáconos no debían leer ante él el Salterio, sino el Evangelio. Empezó la lectura, justo después del oficio de difuntos, el padre Iósif; en cuanto al padre Paísi, que deseaba leer luego todo el día y toda la noche, estaba por el momento muy ocupado e inquieto, al igual que el superior del asceterio, ya que de pronto —lo mismo entre los miembros de la comunidad que entre la multitud de visitantes seglares, llegados de la hospedería del propio monasterio y de la ciudad— había empezado a cundir, aumentando a medida que pasaban las horas, una agitación insólita y hasta «indecorosa» y una expectativa ansiosa. Tanto el superior del asceterio como el padre Paísi se esforzaban por tranquilizar, en la medida de lo posible, a quienes daban muestras de tan extrema excitación. Cuando ya había amanecido, empezaron a llegar de la ciudad algunas personas que traían consigo a sus enfermos, sobre todo niños: se diría que habían estado esperando expresamente ese momento, contando, al parecer, con la inmediata fuerza curativa que, de acuerdo con su fe, no podía tardar en manifestarse. Solo entonces nos dimos cuenta todos de hasta qué punto nos habíamos acostumbrado a considerar al difunto stárets, aún en vida, un santo grandioso e incuestionable. Entre quienes iban llegando no había solo gente del pueblo llano, ni mucho menos. Aquella enorme expectación de los fieles, que se manifestaba con tanta premura y de forma tan evidente, acompañada incluso de impaciencia y poco menos que de intransigencia, le parecía al padre Paísi un escándalo indudable; aunque lo presentía desde hacía mucho, la realidad había desbordado sus previsiones. Al encontrarse con algunos de los monjes emocionados, empezó a reprenderles: «Semejante expectativa de que algo grandioso haya de ocurrir de inmediato —les dijo— es una frivolidad, propia únicamente de seglares, pero inadecuada entre nosotros». Sin embargo, apenas le hacían caso, algo que observaba con inquietud el padre Paísi, a pesar de que él mismo (si queremos recordarlo todo de manera fidedigna), aunque le irritasen aquellas muestras de impaciencia excesiva y las considerase frívolas y vanas, en secreto, para sus adentros, en lo más hondo de su alma, esperaba casi lo mismo que quienes estaban tan alterados, algo que no podía dejar de reconocer. De todos modos, le desagradaban especialmente ciertos encuentros que despertaban en él, debido a una suerte de presentimiento, grandes dudas. Entre la multitud que abarrotaba la celda del difunto, observó con repugnancia espiritual (algo que se reprochó al instante) la presencia, por ejemplo, de Rakitin, o de aquel huésped venido de lejos, el monje de Obdorsk, que aún estaba en el monasterio, y a ambos el padre Paísi los consideró de inmediato sospechosos, aunque no eran los únicos que despertaban en él esa clase de recelo. El monje de Obdorsk era el que parecía más inquieto de toda aquella gente agitada; podía uno verlo por todas partes: no había sitio donde no preguntara, donde no escuchara con atención, donde no hiciera comentarios en voz baja, con un aire particularmente misterioso. La expresión de su rostro era de una impaciencia extraordinaria, y parecía casi irritado al ver que no ocurría lo que se esperaba desde hacía tanto tiempo. Por lo que respecta a Rakitin, según se sabría más tarde, se había presentado tan temprano en el asceterio por encargo expreso de la señora Jojlakova. Esta mujer, tan bondadosa como falta de carácter, que no podía ser admitida personalmente en el asceterio, en cuanto se despertó y se enteró de lo ocurrido, sintió de pronto una curiosidad tan viva que envió de inmediato de su parte a Rakitin, con el cometido de observarlo todo y darle noticia puntual por escrito, aproximadamente cada media hora, de todo lo que ocurriera. A Rakitin lo tenía por un joven extremadamente devoto y piadoso: hasta tal punto llegaba la habilidad del joven para complacer a todo el mundo y presentarse en consonancia con los deseos de cada cual, siempre y cuando viera en ello algún beneficio, por pequeño que fuera, para sí mismo. El día era claro y luminoso, y entre los peregrinos llegados al monasterio muchos se apiñaban junto a las tumbas del asceterio, en gran parte situadas alrededor del templo, aunque también había otras diseminadas por todo el eremitorio. Mientras recorría el recinto, el padre Paísi se acordó de pronto de Aliosha, y cayó en la cuenta de que llevaba tiempo sin saber de él, casi desde la noche. Nada más acordarse de él, lo vio: se encontraba en el rincón más alejado del asceterio, junto a la valla, sentado sobre la lápida de un monje muerto hacía mucho y que se había hecho famoso por sus proezas. Estaba sentado de espaldas al asceterio, vuelto hacia la valla, como escondido detrás del sepulcro. Al acercarse, el padre Paísi vio que se había cubierto el rostro con las manos y lloraba amargamente, aunque en silencio, temblando con cada sollozo. El padre Paísi permaneció un momento a su lado.
—Basta, hijo querido; basta, amigo —dijo al fin, con emoción—. ¿Qué te ocurre? Alégrate, y no llores. ¿O acaso no sabes que éste es el más grandioso de sus días? ¡No tienes más que recordar dónde está ahora, en este preciso momento! —Aliosha levantó la vista, mostrando su rostro hinchado por el llanto, como el de un niño pequeño, pero acto seguido, sin decir una palabra, se volvió y de nuevo se lo cubrió con ambas manos—. Aunque es muy posible que así tenga que ser —dijo el padre Paísi, pensativo—; llora, pues; Cristo te ha enviado esas lágrimas… Tus tiernas lágrimas no son sino un descanso para el espíritu —añadió para sí mientras se alejaba de Aliosha, pensando en él con cariño. Se retiró, además, lo antes posible, porque presentía que también él, si seguía mirándolo, iba a romper a llorar.
El tiempo, entretanto, iba pasando, los oficios y las exequias se sucedían en el monasterio en el debido orden. Una vez más, el padre Paísi sustituyó al padre Iósif junto al féretro y lo sucedió en la lectura del Evangelio. Pero no habían dado aún las tres de la tarde cuando se produjo algo a lo que ya he aludido al final del libro anterior, algo que nadie se podía esperar y que contradecía de tal modo las esperanzas de todos que, repito, el relato prolijo y minucioso de aquel suceso aún se recuerda hoy en día con extraordinaria viveza en nuestra ciudad y en sus alrededores. Añadiré aquí algo más, a título personal: a mí casi me repugna evocar aquel suceso tan frívolo como llamativo, en esencia baladí y natural, y lo habría omitido en mi relato sin ningún género de dudas de no haber ejercido una influencia poderosísima y determinante en el alma y en el corazón del héroe principal, aunque futuro, de mi historia, en Aliosha, originando en él una suerte de ruptura y de cataclismo que sacudió su entendimiento, si bien también lo reafirmó definitivamente, para toda la vida, orientándolo hacia un fin muy preciso.
Así pues, contaré lo ocurrido. Cuando, antes de que amaneciera, colocaron el cuerpo del stárets en el ataúd, preparado para la inhumación, y lo trasladaron al cuarto delantero, donde solía recibir a los visitantes, entre quienes se encontraban junto al féretro se oyó una pregunta: «¿No convendría abrir las ventanas de la estancia?». Pero esta pregunta, que alguien había formulado incidentalmente, sin darle mayor importancia, quedó sin respuesta y pasó casi inadvertida; a lo sumo repararon en ella, y solo en su fuero interno, algunos de los presentes, y lo único que pensaron fue que esperar la descomposición y la emanación de efluvios pestilentes del cuerpo de semejante difunto era un puro disparate, digno de lástima (cuando no de mofa), debido a la poca fe y a la ligereza de quien hubiera formulado dicha pregunta. Y es que lo que se esperaba era, justamente, todo lo contrario. Pero he aquí que muy poco después del mediodía empezó a ocurrir algo que al principio fue notado en silencio por quienes entraban y salían, pues resultaba evidente que no se atrevían a comunicar a nadie lo que estaban barruntando; con todo, a las tres de la tarde era ya tan manifiesto e incuestionable que la noticia recorrió en un abrir y cerrar de ojos todo el asceterio, difundiéndose entre los peregrinos que allí se habían congregado, para extenderse de inmediato al monasterio, dejando perplejos a todos los miembros de la comunidad; por fin, en muy breve plazo, llegó también a la ciudad, donde conmovió a todo el mundo, lo mismo a creyentes que a incrédulos. Los incrédulos se alegraron; en cuanto a los creyentes, hubo quienes se alegraron incluso más que aquéllos, pues «el hombre se deleita con la caída del justo y con su oprobio», como había dicho el difunto stárets en uno de sus sermones. El caso es que, poco a poco, había empezado a surgir del ataúd un tufo pestilente que cada vez era más evidente, y hacia las tres de la tarde resultaba ya muy intenso y no hacía más que agudizarse. Hacía mucho tiempo, tanto que no era posible recordar nada semejante en toda su historia anterior, que no se producía en nuestro monasterio tamaño escándalo, tan burdamente desencadenado, imposible en cualquier otra circunstancia, como el que estalló entre los propios monjes a raíz de este suceso. Más tarde, y durante muchos años, algunos de los hermanos más sensatos, al rememorar aquel día con todo detalle, se sorprendían y se espantaban de que el escándalo hubiera podido cobrar tal magnitud. Pues ya anteriormente habían fallecido monjes de vida ejemplar, cuyas virtudes habían sido evidentes para todos, startsy temerosos de Dios, y de sus humildes ataúdes también se había desprendido un olor a putrefacción, como sucede, de forma natural, con todos los fallecidos, pero eso no había sido motivo de escándalo ni había despertado siquiera la menor inquietud. Por supuesto, también había habido en otros tiempos entre nosotros, y su memoria aún se conservaba viva en el monasterio, monjes cuyos restos, según la tradición, no habían dado muestras de corrupción, algo que influía en la comunidad de un modo conmovedor y misterioso, y que se recordaba como un hecho milagroso, digno de admiración, y como una promesa de mayor gloria futura, asociada a las sepulturas, si es que ese tiempo, por voluntad divina, llegaba alguna vez. Se guardaba un recuerdo especial del stárets Iov, que había vivido hasta los ciento cinco años; fue un célebre asceta, un gran ayunador y observador del voto de silencio, fallecido hacía ya mucho, en la segunda década del presente siglo, y su tumba se enseñaba con extraordinaria veneración a cuantos peregrinos visitaban el monasterio por primera vez, aludiendo misteriosamente, en tales ocasiones, a ciertas grandes esperanzas. (Se trataba, precisamente, de la tumba junto a la que el padre Paísi había encontrado aquella mañana a Aliosha.) Además de este stárets fallecido hacía tiempo, también se preservaba vivo el recuerdo del stárets Varsonofi, otro venerable hieromonje y asceta que había muerto en fecha relativamente reciente: había sido él quien había precedido al padre Zosima en el stárchestvo y, mientras había vivido, todos los peregrinos llegados al monasterio lo tenían abiertamente por un yuródivy. Aseguraba la tradición que ambos habían yacido en su féretro como si aún estuvieran vivos, y habían sido enterrados perfectamente incorruptos, y que incluso sus rostros resplandecían en el ataúd. Hasta había quienes recordaban insistentemente que una fragancia inconfundible se desprendía de sus cuerpos. Pero, a pesar de tan poderosos recuerdos, resultaba difícil encontrar la causa inmediata de que, junto al ataúd del stárets Zosima, se hubiera podido producir un fenómeno tan frívolo, absurdo y pernicioso. Por mi parte, supongo que muy diversas causas vinieron a sumarse, influyendo en el mismo sentido. Entre otras, por ejemplo, se contaba la inveterada hostilidad al stárchestvo, visto como una novedad perniciosa, que había echado hondas raíces en la mentalidad de numerosos monjes del monasterio. Pero, por encima de todo, estaba la envidia a la santidad del difunto, una envidia que había sido tan profunda cuando éste aún vivía que casi estaba prohibido cuestionarla. Pues, si bien el stárets se había ganado el afecto de mucha gente, no tanto con milagros cuanto con amor, y se había formado a su alrededor como un mundo completo de personas que lo amaban, lo cierto es que, por eso mismo, le habían salido envidiosos y, a continuación, encarnizados enemigos, unos declarados y otros secretos, no solo entre los hermanos del monasterio, sino también entre los laicos. No había hecho mal a nadie, pero se oían cosas como ésta: «¿Por qué lo consideran tan santo?». Y esta sola pregunta, repetida una y otra vez, acabó originando un verdadero abismo del más insaciable rencor. Por eso pienso yo que fueron muchos los que, al tener noticia de los pestilentes efluvios de su cuerpo, y para colmo tan prematuros —pues no había transcurrido ni un día desde su muerte—, se regocijaron sin mesura; asimismo, entre quienes habían sido devotos seguidores del stárets hasta aquel momento enseguida hubo algunos que se sintieron poco menos que ofendidos y heridos personalmente por este suceso. Ésta fue la secuencia de los acontecimientos.
En cuanto empezó a manifestarse la descomposición, solo por el aspecto de los monjes que entraban en la celda del difunto ya podía adivinarse a qué acudían. Entraba uno, se quedaba allí brevemente y salía para confirmar cuanto antes la noticia al grupo que estaba esperando. Algunos de los que aguardaban movían tristemente la cabeza, pero otros ni siquiera intentaban disimular su alegría, que resplandecía bien a las claras en sus maliciosas miradas. Y nadie se lo reprochaba, nadie alzaba su voz en defensa del difunto, lo cual resultaba asombroso, pues, a pesar de todo, los devotos del stárets eran mayoría en el monasterio; pero, al parecer, el propio Señor permitía que, en esta ocasión, la minoría se impusiera temporalmente. No tardaron en presentarse en la celda también fisgones laicos, sobre todo personas de cierta cultura. En cambio, apenas entraba gente humilde, a pesar de que formaba una gran multitud junto al portón del asceterio. No hay duda de que fue precisamente a partir de las tres de la tarde cuando la afluencia de visitantes laicos se incrementó de forma considerable, a raíz, justamente, de la escandalosa noticia. Individuos a los que seguramente ni se les habría pasado por la cabeza la idea de ir al monasterio un día como aquél ahora habían decidido acudir a propósito; entre éstos había algunas personalidades de alto rango. De todos modos, aún no se había atentado abiertamente contra el decoro, y el padre Paísi seguía leyendo el Evangelio firme y claramente, con rostro severo, en voz alta, como si no reparara en lo que estaba sucediendo, aunque ya hacía rato que había observado algo insólito. He aquí, no obstante, que algunas voces empezaron a llegar a sus oídos, muy débiles al principio, pero cada vez más rotundas y decididas. «¡Sin duda, no es igual el juicio de Dios que el juicio de los hombres!», oyó decir de pronto el padre Paísi. El primero que pronunció estas palabras fue un seglar, un funcionario de la ciudad, hombre ya entrado en años y, por lo que de él se sabía, muy piadoso; no obstante, al expresarse así en voz alta se limitó a repetir algo que ya llevaban un buen rato diciéndose al oído los monjes. Éstos habían formulado hacía ya tiempo esa idea desesperanzada, y lo peor de todo era que con cada minuto que pasaba la frase se decía en un tono más solemne. Muy pronto, sin embargo, la gente empezó a faltar al decoro, e incluso parecía que todo el mundo se sintiera con cierto derecho a actuar así. «Y ¿cómo ha podido ocurrir esto? —decían algunos monjes, al principio como lamentándose—. Su cuerpo era menudo, seco, estaba en los huesos: ¿de dónde puede provenir este hedor?» «Eso es que Dios ha querido, deliberadamente, darnos esta señal», se apresuraban a asegurar otros, y sus opiniones se aceptaban sin discusión, de manera inmediata, y a lo dicho se añadía que, de haberse tratado de efluvios naturales, como ocurre con el cuerpo de cualquier pecador, el proceso habría comenzado más tarde, sin una celeridad tan palmaria, no antes de que hubiera transcurrido un día completo; éste, por el contrario, «se había adelantado a la naturaleza»; por tanto, todo era cosa de Dios y de su voluntad. Era una señal. Este juicio tan contundente resultaba irrefutable. El manso padre hieromonje Iósif, el bibliotecario, predilecto del difunto, empezó a objetar a algunos de los murmuradores, diciendo que «no en todas partes es así» y que no es ningún dogma de la ortodoxia que los cuerpos de los justos no deban corromperse, sino una mera opinión, y que incluso en los países más ortodoxos, en el monte Athos, por ejemplo, no les causa tanto desasosiego el hedor de la descomposición, ni consideran que sea la incorruptibilidad corporal el principal signo para la glorificación de los elegidos, sino el color de sus huesos: cuando los cuerpos llevan ya muchos años yaciendo en la tierra y prácticamente se han reducido a polvo, «si los huesos se han vuelto amarillos como la cera, eso es la señal esencial de que el Señor ha glorificado al virtuoso difunto; pero, si no se han vuelto amarillos, sino negros, eso quiere decir que no ha hecho el Señor digno de gloria al finado; así ocurre en el monte Athos, lugar eminente, donde desde los tiempos más antiguos se preserva la ortodoxia de forma incólume y en su más acendrada pureza», concluyó el padre Iósif. Pero las palabras del humilde padre no hicieron efecto, e incluso recibieron una respuesta irónica: «Se trata tan solo de novedades propias de eruditos; no vale la pena escucharlo», concluían algunos monjes. «Aquí seguimos la tradición; ni que fueran pocas las novedades que ahora se estilan: ¿o es que vamos a tener que imitarlas todas?», añadían otros. «Nosotros no tenemos menos santos padres que ellos. Allí padecen el dominio turco y lo han olvidado todo. Entre ellos, la ortodoxia se ha emborronado hace ya tiempo, y ni siquiera tienen campanas», apuntaban los más burlones. El padre Iósif se retiró con amargura, sobre todo porque él mismo había expresado su opinión con escasa firmeza, como si no acabara de creérsela. Intuía, lleno de perplejidad, que estaba gestándose algo digno de censura y que hasta el propio desacato levantaba la cabeza. Poco a poco, siguiendo el ejemplo del padre Iósif, todas las voces sensatas fueron enmudeciendo. Y ocurrió, en cierto modo, que cuantos habían amado al difunto stárets y habían aceptado la institución del stárchestvo con enternecedora obediencia de pronto se llenaron de temor y cuando se encontraban se limitaban a dirigirse una tímida mirada a la cara. Por el contrario, los detractores del stárchestvo, por considerarlo una novedad, levantaban con orgullo la cabeza. «Del difunto stárets Varsonofi no solo no se desprendió ningún hedor, sino que emanaba un dulce perfume —recordaron maliciosamente—; pero no se había hecho acreedor a esa gracia a través del stárchestvo, sino por haber sido un hombre justo.» Después de lo cual, al stárets recién fallecido empezaron a lloverle no solo las críticas, sino incluso las condenas: «Sus enseñanzas eran perniciosas; enseñaba que la vida es profundo gozo, y no humildad compungida», decían algunos de los más obtusos. «Su fe respondía a la moda actual: no aceptaba la existencia del fuego material en el infierno», apuntaban otros, de forma aún más cerril. «No era riguroso con el ayuno, se permitía los dulces, tomaba confitura de cerezas con el té, le encantaba, las damas se la enviaban. ¿Debe un asceta venerable tomar té?», se oía decir a algunos envidiosos. «Vivía instalado en el orgullo —recordaban con crueldad los más rencorosos—, se consideraba un santo, la gente caía de hinojos ante él, y él se lo tomaba como un deber.» «Abusaba del sacramento de la confesión», añadían, en un susurro malévolo, los más encarnizados enemigos del stárchestvo, algunos de los cuales se contaban incluso entre los más ancianos y más estrictamente piadosos de los monjes, genuinos adeptos de las prácticas del ayuno y del silencio, que no habían dicho nada en vida del difunto, pero que ahora, súbitamente, habían abierto la boca; y eso era algo terrible en sí mismo, pues sus palabras influían poderosamente en los monjes más jóvenes, aún indecisos. También escuchaba todo esto con gran atención el huésped de Obdorsk, el pequeño monje de San Silvestre, que suspiraba profundamente y movía la cabeza: «Sí, se ve que el padre Ferapont estaba ayer en lo cierto cuando lo criticaba», pensaba; justo en ese momento apareció el padre Ferapont, casi expresamente para agravar la conmoción.
Ya he mencionado anteriormente que este anciano abandonaba en contadas ocasiones su celda de madera, en el colmenar; incluso estaba largas temporadas sin pisar la iglesia, algo que se le consentía porque pasaba por ser un yuródivy y, en consecuencia, no se sentía atado por la regla común. Pero, para decir toda la verdad, si se le consentían esas cosas era porque, en cierto modo, no quedaba más remedio. Porque habría sido una vergüenza empeñarse en someter a la regla común a un asceta como aquél, que se entregaba de ese modo al ayuno y al silencio, y que se pasaba los días y las noches orando (a veces llegaba a dormir de rodillas), si él mismo no quería someterse. «Es más santo que cualquiera de nosotros y hace cosas mucho más severas que las que impone la regla —habrían dicho los monjes, en tal caso—; si no frecuenta la iglesia, allá él; ya sabe cuándo tiene que ir, él sigue su propia regla.» Así pues, para evitar las previsibles quejas y escándalos, dejaban en paz al padre Ferapont. Todo el mundo sabía que el padre Ferapont no sentía el menor aprecio por el stárets Zosima; y he aquí que de pronto llegó a su celda la noticia de que no era igual «el juicio de Dios que el juicio de los hombres», y de que, incluso, «se había adelantado a la naturaleza». Es de suponer que uno de los primeros que corrió a darle la noticia fue el huésped de Obdorsk, que el día anterior lo había visitado y había salido horrorizado del encuentro. También he dicho que el padre Paísi, aunque no podía ver ni escuchar lo que ocurría fuera de la celda mientras leía con voz firme e inquebrantable junto al ataúd, en el fondo de su corazón adivinaba lo fundamental sin equivocarse, ya que conocía a fondo el ambiente del monasterio. Sin perder la entereza, esperaba sin temor cualquier cosa que aún pudiera suceder, anticipándose con su mirada penetrante al desenlace, que ya se dibujaba nítidamente en su cabeza, de toda aquella agitación. De pronto, un ruido inaudito en el vestíbulo, abiertamente contrario a todo decoro, le hirió el oído. La puerta se abrió de par en par, y el padre Ferapont apareció en el umbral. A su espalda, como podía advertirse y hasta verse con claridad desde la celda, se agolpaban cerca del porche una gran cantidad de monjes que habían llegado con él, así como algunos laicos. No obstante, los acompañantes no entraron, ni siquiera subieron al porche, sino que se quedaron esperando lo que pudiera hacer y decir a continuación, pues presentían —no sin cierto temor, a pesar de su mucha audacia— que no había venido en vano. Parado en el umbral, levantó los brazos, y por debajo de su mano diestra asomaron los ojillos vivos y curiosos del huésped de Obdorsk, el único integrante del grupo que no había podido contenerse y había subido corriendo la pequeña escalera detrás del padre Ferapont, espoleado por su infinita curiosidad. Los demás, en cambio, en cuanto la puerta se abrió con estrépito de par en par, retrocedieron aún más, súbitamente intimidados. Con los brazos en alto, el padre Ferapont exclamó de pronto:
—¡Yo te conjuro! —Y, volviéndose sucesivamente hacia los cuatro costados, empezó a persignar las paredes y los cuatro rincones de la celda. Quienes lo acompañaban comprendieron enseguida el sentido de este acto del padre Ferapont, pues sabían que siempre hacía lo mismo, allá adonde fuera, y que jamás se sentaba ni decía una palabra sin haber exorcizado antes al maligno—. ¡Satanás, fuera de aquí! ¡Satanás, fuera de aquí! —repetía cada vez que hacía la señal de la cruz—. ¡Yo te conjuro! —volvió a exclamar.
Vestía su tosco hábito, ceñido con una cuerda. Por debajo de la camisa de cáñamo se le veía el pecho desnudo, todo cubierto de vello gris. Iba completamente descalzo. En cuanto empezó a hacer aspavientos, vibraron y tintinearon las recias cadenas de asceta que llevaba bajo el hábito. El padre Paísi interrumpió la lectura, dio unos pasos al frente y se detuvo ante él, expectante.
—¿A qué has venido, venerable padre? ¿Por qué alteras así el orden? ¿Por qué inquietas al manso rebaño? —dijo al fin, mirándolo con severidad.
—¿A qué he venido? ¿Eso me preguntas? ¿Qué crees tú? —dijo el padre Ferapont, clamando como un yuródivy—. Heme aquí, resuelto a expulsar a vuestros huéspedes, malditos diablos. Deseo comprobar si habéis acogido a muchos en mi ausencia. Quiero barrerlos con una escoba de abedul.
—Expulsas al impuro, pero es posible que tú mismo estés a su servicio —prosiguió impávido el padre Paísi—. ¿Quién puede decir de sí mismo: «Soy un santo»? ¿Puedes tú, padre?
—Soy impuro, y no santo. ¡No me sentaré en un trono ni me exaltaré para ser adorado como un ídolo! —bramó el padre Ferapont—. Hoy los hombres echan a perder la santa fe. El difunto, ese santo vuestro —se volvió hacia la muchedumbre, señalando el ataúd con el dedo—, negaba a los diablos. Daba purgantes contra ellos. Por eso han proliferado tanto entre vosotros, como las arañas en los rincones. Pero hoy es él quien apesta. En ello tenemos que ver una señal grandiosa del Señor.
Eso era lo que había ocurrido una vez, de hecho, en vida del padre Zosima. Uno de los monjes había empezado a soñar con el maligno, y éste acabó apareciéndosele también durante la vigilia. Cuando, muerto de miedo, se lo confesó al stárets, éste le aconsejó que rezara incesantemente y que intensificara el ayuno. Pero, cuando también eso dejó de surtir efecto, le recomendó que, sin abandonar el ayuno y la oración, tomara alguna medicina. Muchos entonces se escandalizaron y empezaron a murmurar, moviendo la cabeza; el primero de todos, el padre Ferapont, a quien algunos detractores del stárets no tardaron a comunicarle la noticia de aquella «insólita» decisión del stárets en aquel caso particular.
—¡Aléjate, padre! —dijo en tono imperioso el padre Paísi—. No son los hombres quienes juzgan, sino Dios. Es posible que estemos ante una «admonición», que ni tú ni yo ni nadie estamos en condiciones de comprender. ¡Aléjate, padre, y no soliviantes el rebaño! —repitió con firmeza.
—No observaba los ayunos propios de su rango, ésa es la causa de esta admonición. ¡Está muy claro, y es pecado ocultarlo! —El fanático no se avenía a razones, excediéndose en su celo de un modo irracional—. Le encantaban los caramelos que le traían las señoras, escondidos en los bolsillos; se deleitaba con el té; ofrecía sacrificios al vientre, llenándolo de golosinas, mientras se llenaba la cabeza de pensamientos altivos… Por eso ha sufrido esta afrenta…
—¡Qué vanas son tus palabras, padre! —También el padre Paísi levantó la voz—. Admiro tu ayuno y tu ascetismo, pero tus palabras son vanas, más propias de un joven mundano, tardo y veleidoso. Aléjate, padre, te lo ordeno —tronó el padre Paísi, para concluir.
—¡Ya me voy! —contestó el padre Ferapont, que parecía algo turbado, aunque no abandonaba su ira—. ¡Vosotros sí que sois sabios! Con vuestra gran sabiduría os habéis elevado sobre mi insignificancia. Llegué a este lugar con escasa instrucción, y aquí lo poco que sabía lo olvidé: el Señor me ha preservado a mí, a este minúsculo ser, de vuestra sapiencia…
El padre Paísi estaba parado ante él, esperando con resolución. El padre Ferapont calló un momento y de pronto, con semblante triste, se llevó la mano derecha a la mejilla y, mirando el féretro del difunto stárets, dijo en tono cantarín:
—Mañana por la mañana entonarán Mi ayuda y mi amparo, un canon glorioso; en cambio, cuando yo estire la pata, solo me cantarán Qué terrenal dulzura, unos versitos de nada —dijo compungido y lacrimoso—. ¡Os habéis vuelto orgullosos y altivos! ¡Es éste un lugar desierto! —gritó de pronto, como enajenado y, con un aspaviento, rápidamente se dio la vuelta y bajó a toda prisa los peldaños del porche.
La multitud que aguardaba al pie del porche vaciló; algunos lo siguieron sin tardanza, pero otros se demoraron, porque la celda aún seguía abierta y el padre Paísi, que había salido al porche nada más marcharse el padre Ferapont, estaba allí observando. Pero el viejo furibundo aún no había dicho su última palabra: tras recorrer unos veinte pasos, se volvió de pronto hacia el sol poniente, levantó ambos brazos por encima de la cabeza y, como si alguien le hubiera segado las piernas, se desplomó con un grito ensordecedor:
—¡Mi Señor ha triunfado! ¡Cristo ha triunfado sobre el sol poniente! —clamó con furia, alzando los brazos hacia el sol y, después de caer de bruces, empezó a sollozar como un crío, sacudido por el llanto y con los brazos extendidos sobre la tierra. En ese momento, todos se abalanzaron hacia él, se oyeron exclamaciones, más sollozos… Una especie de frenesí se había apoderado de todos.
—¡He aquí al santo! ¡He aquí al justo! —se alzaron algunas voces, ya sin ningún reparo.
—¡Éste merecería ser el stárets! —añadían otros, con rencor.
—No querrá ser stárets… Seguro que lo rechaza… No va a ponerse al servicio de esa maldita innovación… No va a imitar sus tonterías —se sumaron de inmediato otras voces, y es difícil imaginar hasta dónde habría llegado aquello de no haber repicado en ese preciso momento la campana, llamando a los oficios.
Todos empezaron a santiguarse. El padre Ferapont se puso de pie y, protegiéndose con la señal de la cruz, se dirigió a su celda sin volver la cabeza, sin dejar de proferir exclamaciones, perfectamente incoherentes ya. Algunos, no demasiados, siguieron sus pasos, pero la mayoría se fue dispersando, para llegar a tiempo a los oficios. El padre Paísi le encomendó al padre Iósif que siguiera con la lectura y bajó. Los gritos exaltados de los fanáticos no habían conseguido que vacilara, pero, de pronto, el corazón se le había entristecido, presa de una angustia por algo muy especial, y él se daba cuenta. Se detuvo y se preguntó: «¿A qué obedece esta tristeza que me lleva incluso al desaliento?»; y comprendió enseguida, con sorpresa, que esa tristeza repentina provenía, al parecer, de una causa muy concreta y muy particular: resulta que, en medio de la multitud que hacía un momento se había agolpado ante la puerta de la celda, había descubierto, entre otros individuos desasosegados, a Aliosha, y recordó que, al verlo, había sentido de inmediato como una punzada en el corazón. «¿Será posible que este joven signifique ahora tanto para mí?», se preguntó, súbitamente asombrado. Justo en ese momento, Aliosha pasó por su lado, como con prisa por ir a alguna parte, aunque no al templo. Sus miradas se cruzaron. Aliosha apartó rápidamente los ojos y miró al suelo; solo por el aspecto del joven el padre Paísi comprendió que en ese preciso instante estaba experimentando un cambio colosal.
—¿Tú también te has dejado tentar? —exclamó de pronto el padre Paísi—. ¡No me digas que tú también estás con los incrédulos! —añadió con amargura.
Aliosha se detuvo y dirigió una vaga mirada al padre Paísi, pero enseguida volvió a apartar los ojos y a bajarlos al suelo. Estaba de lado, sin dar la cara a su interlocutor. El padre Paísi lo observaba con atención.
—¿Adónde vas con tanta prisa? La campana llama a los oficios —preguntó de nuevo, pero Aliosha seguía sin dar una respuesta—. ¿No será que te vas del asceterio? ¿Sin pedir permiso, sin una bendición?
De pronto Aliosha forzó una sonrisa y dirigió una mirada extraña, muy extraña, al padre que lo estaba interrogando, aquel a quien había sido confiado en el momento de su muerte por su antiguo guía, por el antiguo amo de su corazón y de su pensamiento, por su bienamado stárets; entonces, súbitamente, sin una respuesta, hizo un gesto desdeñoso, como si no le importara en absoluto el respeto, se dirigió a buen paso al portón del asceterio y salió.
—¡Ya volverás! —susurró el padre Paísi, siguiéndolo con la mirada, amargamente sorprendido.