Capítulo IV

Caná de Galilea

Era ya muy tarde para los usos del monasterio cuando Aliosha llegó al asceterio; el hermano portero le dejó pasar por una entrada especial. Habían dado ya las nueve, hora de retiro y descanso colectivo después de un día tan agitado para todos. Aliosha abrió tímidamente la puerta y entró en la celda del stárets, donde ahora estaba instalado el ataúd. Aparte del padre Paísi, que estaba leyendo en solitario el Evangelio junto al féretro, y del joven novicio Porfiri, quien, agotado por el coloquio de la noche anterior y por los afanes de la jornada, dormía en la otra habitación, en el suelo, con el profundo sueño de la juventud, no había nadie más en la celda. Aunque oyó entrar a Aliosha, el padre Paísi ni siquiera le dirigió una mirada. Aliosha fue a un rincón, a la derecha de la puerta, se puso de rodillas y empezó a rezar. Su alma estaba colmada de sensaciones, aunque de una manera un tanto confusa, y ninguna destacaba, ninguna se hacía notar en exceso; al contrario, unas sensaciones desplazaban a otras en una especie de rotación suave y regular. A pesar de todo, había dulzura en su corazón y, extrañamente, eso a Aliosha no le sorprendía. De nuevo se encontraba en presencia de aquel ataúd donde estaban ocultos los restos de quien había sido tan precioso para él, pero en su alma ya no quedaba nada de la pena lacrimosa, sorda y lacerante de aquella mañana. Al entrar, había caído de rodillas ante el féretro, como ante un santuario, pero la alegría resplandecía en su cabeza y en su corazón. Una ventana de la celda estaba abierta, el aire era puro y fresco. «El olor tiene que haberse hecho más intenso para que hayan decidido abrir la ventana», pensó. Pero ni siquiera esta reflexión en torno al tufo pestilente, que tan atroz y denigrante le había parecido hacía unas horas, despertó en él la angustia ni la indignación de antes. Empezó a rezar en voz baja, pero muy pronto se dio cuenta de que estaba rezando casi maquinalmente. Retazos de ideas aparecían fugazmente en su alma, brillaban como estrellas para extinguirse al instante, reemplazadas por otras; sin embargo, en su espíritu reinaba una sensación de plenitud, de firmeza, de alivio, y él mismo se daba cuenta. De pronto empezaba con fervor una oración, era tal su deseo de agradecer y de amar… Sin embargo, una vez empezada la oración, enseguida se distraía con otra cosa, se quedaba pensativo, se olvidaba tanto de la propia plegaria como de aquello que la había interrumpido… Decidió atender a la lectura del padre Paísi, pero estaba tan cansado que poco a poco se fue quedando dormido…

—«Y al tercer día hiciéronse unas bodas en Caná de Galilea —leía el padre Paísi—; y estaba allí la madre de Jesús. Y fue también llamado Jesús y sus discípulos a las bodas.»

«¿Unas bodas? Qué es eso… unas bodas… —las palabras giraban como un torbellino en la mente de Aliosha—. Ella también es feliz… ha acudido al banquete… No, no se ha llevado el cuchillo, no se ha llevado el cuchillo… No ha sido más que una palabra “lamentable”… Bueno… las palabras lamentables hay que perdonarlas, por descontado. Las palabras lamentables consuelan el alma… Sin ellas, el dolor sería demasiado duro para la gente. Rakitin se marchó por aquel callejón… Mientras Rakitin no deje de pensar en las ofensas sufridas, siempre se marchará por un callejón… En cambio, el camino… el camino es ancho, recto, luminoso, cristalino, y al fondo brilla el sol… ¿Eh?… ¿Qué es eso que están leyendo?»

—«Y, faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: “Vino no tienen”.» —oyó Aliosha.

«Ah, sí; me lo he perdido, y yo no quería perdérmelo, me encanta este pasaje: se trata del primer milagro, en Caná de Galilea… ¡Ah, ese milagro! ¡Ah, ese milagro tan entrañable! No era la tristeza, sino la alegría de los hombres lo que había ido a visitar Cristo cuando obró por primera vez un milagro; contribuyó a la alegría de la gente… “Quien ama a los hombres, ama también su alegría.” Al difunto le gustaba repetirlo a cada instante, era una de sus principales ideas… No se puede vivir sin alegría, dice Mitia… Sí, Mitia… Todo lo que es verdadero y hermoso está siempre lleno de misericordia; también solía decir eso…»

—«Y dícele Jesús: “¿Qué tengo yo contigo, mujer? Aún no ha venido mi hora”. Su madre dice a los que servían: “Haced todo lo que os dijere”.»

«Haced… La alegría, la alegría de unos pobres, de una gente muy pobre… Pobres, sin duda, pues hasta en una boda les faltaba el vino… Escriben los historiadores que en las proximidades del lago de Genesaret y en todos aquellos lugares vivía entonces la población más pobre que uno pueda imaginar… Y sabía el otro gran corazón del otro gran ser que estaba allí presente, su madre, que Él no había venido al mundo solo para su grandioso y terrible sacrificio, sino que su corazón también estaba abierto a la alegría sencilla e ingenua de ciertas criaturas oscuras, oscuras pero cándidas, que lo habían invitado con todo cariño a sus pobres bodas. “Aún no ha venido mi hora”, dice con una dulce sonrisa (seguro que le sonrió mansamente)… En efecto, ¿acaso había venido Él a la tierra para multiplicar el vino en las bodas de los pobres? Pero el caso es que atendió su ruego… Ah, está leyendo otra vez.»

—«Díceles Jesús: “Henchid estas tinajuelas de agua”. E hinchiéronlas hasta arriba. Y díceles: “Sacad ahora, y presentad al maestresala”. Y presentáronle. Y como el maestresala gustó el agua hecha vino, que no sabía de dónde era (mas lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua), el maestresala llama al esposo. Y dícele: “Todo hombre pone primero el buen vino, y cuando están satisfechos, entonces lo que es peor; mas tú has guardado el buen vino hasta ahora”.»

«Pero ¿qué es esto? ¿Qué es esto? ¿Por qué se está ensanchando la habitación?… Ah, sí… pero si es la boda, el casamiento… sí, claro. Aquí están los invitados, aquí los recién casados y la alegre multitud y… y ¿dónde está el sabio maestresala? Pero ¿quién es ése? ¿Quién? Otra vez se ha ensanchado la habitación… ¿Quién es ese que se está levantando por detrás de esa gran mesa? ¿Cómo?… ¿Que también está aquí? Pero si yace en el ataúd… Pues él también está aquí… se ha levantado, me ha visto, viene hacia aquí… ¡Señor!»

Efectivamente, se le acercó; era un anciano enjuto, con el rostro surcado por pequeñas arrugas, alegre y de risa serena. Ya no se veía ningún ataúd, y el anciano llevaba la misma ropa del día anterior, cuando había estado con ellos y los visitantes se habían reunido en torno a él. Tenía el rostro despejado, los ojos le brillaban. ¿Cómo podía ser? De modo que él también acudía al banquete, que también estaba invitado a las bodas en Caná de Galilea…

—También a mí, querido hijo, me han invitado y me han llamado —dijo una dulce voz, resonando por encima de él—. ¿Por qué te has escondido aquí, donde nadie te ve?… Únete tú también a nosotros. —Aquella voz era la voz del stárets Zosima… Y ¿cómo no iba a ser él, si lo llamaba? El stárets ayudó a Aliosha, que estaba arrodillado, a ponerse de pie—. Regocijémonos —prosiguió el viejecillo reseco—; bebamos del vino nuevo, el vino de la nueva alegría, de la gran alegría; ¿ves cuántos invitados? Aquí están el novio y la novia, aquí el sabio maestresala, probando el vino nuevo. ¿Por qué me miras tan asombrado? He dado una cebolla y aquí me tienes. Muchos de los que están aquí solo han dado una cebolla, una cebolla pequeñita… ¿Qué son nuestras obras? Tú también, dulce y manso hijo mío, tú también, has acertado a dar una cebolla a una hambrienta. ¡Empieza tu obra, querido mío, empiézala!… Mira, ¿no ves nuestro sol? ¿A Él no lo ves?

—Me da miedo… no me atrevo a mirar —susurró Aliosha.

—No le tengas miedo. Es temible por su grandeza ante nosotros, es espantoso por su altura, pero es infinitamente misericordioso, por amor se hizo semejante a nosotros y con nosotros se regocija, transforma el agua en vino para que no cese la alegría de los invitados. Está aguardando la llegada de otros, siempre está convocando a nuevos invitados, por los siglos de los siglos. Mira, están trayendo vino nuevo, ahí sacan las jarras…

Algo ardía en el corazón de Aliosha; algo, de improviso, lo colmó hasta el dolor; lágrimas de entusiasmo le brotaban del alma… Estiró los brazos, dio un grito y se despertó…

Otra vez tenía delante el ataúd, la ventana abierta y la lectura del Evangelio, con voz tranquila, solemne y clara. Pero Aliosha ya no escuchaba lo que estaban leyendo. Extrañamente, se había dormido de rodillas y ahora estaba de pie; visto y no visto, con tres pasos rápidos y firmes, se plantó al lado del ataúd. Incluso rozó con el hombro al padre Paísi, pero no se dio ni cuenta. Éste, por un momento, levantó los ojos del libro, pero volvió a bajarlos enseguida, comprendiendo que al joven le ocurría algo extraño.

Aliosha estuvo como medio minuto mirando el ataúd, el cadáver encerrado, inmóvil, tendido en la caja, con un icono sobre el pecho y una capucha con una cruz de ocho puntas en la cabeza. Acababa de oír su voz, y esa voz aún resonaba en sus oídos. Aliosha todavía escuchaba atento, seguía esperando aquel sonido… Pero de pronto, volviéndose con brusquedad, salió de la celda.

No se detuvo en el porche, sino que bajó rápidamente. Su alma, llena de entusiasmo, anhelaba la libertad, el espacio, las anchuras. Sobre él se extendía sin fin la cúpula celeste, plagada de estrellas brillantes y calladas. Desde el cenit hasta el horizonte se bifurcaba, difusa aún, la Vía Láctea. La noche, fresca y serena hasta la inmovilidad, envolvía a la tierra. Las blancas torres y las cúpulas doradas de la catedral resplandecían sobre el cielo cuajado de rubíes. Las opulentas flores otoñales se habían dormido hasta la mañana siguiente en los arriates próximos a la casa. El silencio terrenal parecía fundirse con el silencio celeste, los misterios de la tierra se tocaban con los de las estrellas… Aliosha estaba quieto, mirando, y de pronto cayó al suelo como si le hubieran segado las piernas.

No sabía por qué la abrazaba, no era consciente de la razón por la que deseaba a toda costa besarla, cubrirla de besos; pero la besaba llorando, sollozando, regándola con sus lágrimas, y se juró frenéticamente amarla, amarla por los siglos de los siglos. «Humedece la tierra con las lágrimas de tu alegría y ama esas lágrimas», resonaba en su alma. ¿Por qué lloraba? Oh, lloraba en su delirio incluso por aquellas estrellas que brillaban para él desde los abismos, y «no se avergonzaba de su exaltación». Era como si los hilos de todos aquellos incontables mundos de Dios se juntaran en su alma, y toda ella temblara, «al contacto con otros mundos». Sentía deseos de perdonar a todos y por todo, y de pedir perdón, oh, no para él mismo, sino para todos y por todo, sabiendo que «también los demás pedían por él», y estas palabras volvieron a resonar en su alma. Pero a cada instante notaba claramente, de forma casi tangible, cómo penetraba en su alma aquella bóveda celeste. Una vaga idea se iba adueñando de su pensamiento, para toda la vida, por los siglos de los siglos. Había caído a tierra como un joven débil y se levantaba como un duro combatiente, preparado para el resto de sus días; lo había sabido y lo había sentido súbitamente, en aquel momento de éxtasis. Y ya nunca, nunca en la vida, podría olvidar Aliosha aquel instante. «Alguien vino a visitar mi alma en aquella hora», diría más tarde, firmemente convencido de sus palabras…

A los tres días dejó el monasterio, en consonancia con las palabras de su difunto stárets, que le había ordenado «vivir en el mundo».

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