LIBRO OCTAVO
MITIA
Capítulo I
Kuzmá Samsónov
Grúshenka, de camino a su nueva vida, había «ordenado» a Aliosha que le transmitiera a Dmitri su último saludo y le pidiera que recordara siempre su hora de amor, pero en ese momento Dmitri Fiódorovich estaba, sin saber nada de lo ocurrido, terriblemente confuso y ajetreado. Los últimos dos días los había pasado en un estado tan inimaginable que en verdad podía haber enfermado de inflamación en el cerebro, como él mismo diría después. La víspera Aliosha no había podido encontrarlo por la mañana, mientras que su hermano Iván tampoco había podido tener con él su cita en la taberna. Los propietarios de la vivienda donde se alojaba habían ocultado sus huellas, a petición del propio Dmitri. En esos dos días corrió literalmente de un lado a otro «luchando por su destino y su salvación», como manifestaría él mismo después, e incluso salió unas horas de la ciudad por un asunto urgente, a pesar de que le daba miedo irse y dejar a Grúshenka sin vigilancia siquiera un minuto. Posteriormente todo esto se aclararía de forma detallada y documentada, pero ahora solo esbozaremos lo realmente necesario de la historia de esos dos horribles días de su vida que precedieron a la terrible catástrofe que, inesperadamente, se cernió sobre su destino.
Grúshenka lo había querido verdadera y sinceramente por espacio de una hora, cierto es, pero al mismo tiempo también lo había atormentado, a veces de forma realmente cruel y despiadada. Lo principal es que él no fue capaz de descifrar ni por un momento sus intenciones. Tampoco hubo posibilidad de ganársela con caricias o por la fuerza: no se habría dejado, solo se habría enfadado y habría roto con él definitivamente, eso lo sabía bien. Por entonces sospechaba, y con razón, que ella también se debatía en alguna pugna, que era presa de una extraordinaria indecisión, que tenía algo que resolver y que no conseguía hacerlo, y por eso, con el corazón helado, suponía y no sin fundamento que en esos momentos Grúshenka, sencillamente, debía de odiarlo a él y su pasión. Puede que fuera así, pero él no llegaba a comprender a qué obedecía exactamente la angustia de la joven. En definitiva, la cuestión que lo atormentaba se componía únicamente de dos factores: «O él, Mitia, o Fiódor Pávlovich». Aquí, por cierto, hay que señalar que estaba completamente seguro de que Fiódor Pávlovich le iba a proponer (si no lo había hecho ya) a Grúshenka matrimonio legítimo y que no creía ni por un momento que el viejo voluptuoso contara con resolver el asunto únicamente con tres mil rublos. Llegó a esta conclusión porque conocía a Grúshenka y su carácter. Por eso en ocasiones creía que todo el sufrimiento de Grúshenka y toda su indecisión venían de que ella no sabía a quién elegir y con cuál obtendría más beneficio. Aunque parezca extraño, en aquellos días no se le ocurrió pensar en el inminente regreso del «oficial», es decir, de aquel hombre fatídico en la vida de Grúshenka cuya llegada esperaba ella con tanta agitación y temor. Verdad es que los últimos días Grúshenka había guardado silencio al respecto. Sin embargo, fue ella quien le habló de la carta que había recibido un mes antes de su antiguo seductor, y él conocía parcialmente lo que decía dicha carta. En un momento de rabia, Grúshenka se la había enseñado pero, para sorpresa de ella, Dmitri no le dio apenas importancia. Habría sido muy difícil explicar por qué: quizá simplemente porque, abrumado por todo el escándalo y el horror de la lucha con su padre por esa mujer, ya no podía imaginarse nada más terrible ni peligroso, al menos en ese momento. Sencillamente, no se creía lo de ese novio que, de pronto, había surgido de la nada después de cinco años desaparecido y menos aún se creía que fuera a aparecer pronto. En realidad, en esa primera carta del «oficial» que le habían enseñado a Mítenka se hablaba de la llegada del nuevo rival muy vagamente: era una carta bastante confusa, muy grandilocuente y repleta de sentimentalismo. Hemos de señalar que Grúshenka le había ocultado las últimas líneas, donde se hablaba con mayor precisión del regreso. Además, Mítenka recordaría más tarde que entonces le había parecido captar cierto desprecio espontáneo y altivo por la misiva de Siberia en el rostro de la joven. Después Grúshenka ya no le había dicho nada de posteriores tratos con el nuevo rival. Así, poco a poco, Dmitri se olvidó por completo del oficial. Solo pensaba en que, pasara lo que pasara y acabara como acabara ese asunto, el encontronazo definitivo con Fiódor Pávlovich era inminente, estaba demasiado próximo, y debía resolverse antes que nada. Con el alma en vilo aguardaba la decisión de Grúshenka y aún creía que todo sucedería de improviso, como por inspiración. De repente ella le diría: «Tómame, soy tuya para siempre», y asunto concluido. En ese mismo instante, él la cogería y se la llevaría al fin del mundo. Oh, sí, se la llevaría en ese mismo instante lo más lejos posible, si no al fin del mundo, sí a algún lugar en los confines de Rusia, donde se casaría con ella y se instalaría incognito, para que nadie supiera nada de ellos, ni aquí, ni allí ni en ninguna otra parte. ¡Entonces, oh, entonces empezaría una vida completamente nueva! Soñaba continua y frenéticamente con esa otra vida, renovada y «virtuosa» («es indispensable, indispensable que sea virtuosa»). Ansiaba el renacimiento y la renovación. El torbellino infame en el que se había quedado atrapado por voluntad propia le resultaba demasiado agobiante, y él, como muchos en estos casos, confiaba sobre todo en un cambio de aires: si no estuviera esta gente, si no fueran éstas las circunstancias, si pudiera marcharme de este maldito sitio… ¡todo renacería, todo sería como nuevo! En eso creía y por eso se consumía.
Pero para eso tenía que darse la primera solución, la solución feliz al problema. Podía haber otra solución, imaginaba también otro resultado, uno terrible. De repente ella le dice: «Vete, me he decidido por Fiódor Pávlovich y voy a casarme con él, no te necesito», entonces… entonces… Mitia, por lo demás, no sabía qué pasaría entonces, hasta el último momento no lo supo, eso hay que reconocérselo. No tenía unas intenciones definidas, no planeaba ningún crimen. Solo acechaba, espiaba y sufría, pero aun así se preparaba únicamente para el primero de los posibles desenlaces de su destino, el desenlace feliz. Incluso ahuyentaba cualquier otro pensamiento. Pero aquí empezaba un tormento bien distinto, se presentaba una circunstancia completamente nueva y accesoria, pero igualmente fatal e irresoluble.
En el caso de que ella le dijera: «Soy tuya, llévame contigo», ¿cómo se la iba a llevar? ¿Dónde estaban los medios, el dinero? Por esas mismas fechas se le agotaron todos los ingresos provenientes de las pequeñas entregas de Fiódor Pávlovich, que hasta entonces, en el curso de tantos años, jamás se habían interrumpido. Grúshenka, desde luego, tenía dinero, pero Mitia en este terreno se mostró de pronto muy orgulloso: quería llevársela de allí y empezar una vida nueva con sus propios medios, no con los de ella; ni siquiera podía imaginarse aceptando dinero suyo y, solo de pensarlo, sufría hasta experimentar una repugnancia atroz. No voy a extenderme aquí sobre este hecho, no voy a analizarlo, me limito a señalar que tal era la disposición de su alma en ese momento. Todo esto podía deberse indirecta y como inconscientemente al sufrimiento secreto de su conciencia por haberse apropiado furtivamente del dinero de Katerina Ivánovna: «Ante una soy un canalla y ante la otra también quedaré enseguida como un canalla —pensaba entonces, tal y como confesaría más tarde—; además, si Grúshenka se entera, no va a querer a semejante canalla». Así pues, ¿de dónde sacar los medios, de dónde sacar el fatídico dinero? De otro modo, todo estaría perdido, nada podría llevarse a término «y todo por falta de dinero, ¡qué deshonra!».
Me anticiparé a los hechos: el caso es que quizá supiera dónde conseguir dinero y quizá supiera dónde se guardaba. Por ahora no daré más detalles, pues más tarde se aclarará todo, pero sí explicaré, aunque sea de forma poco clara, en qué consistía la principal desgracia de Mitia; para hacerse con esos recursos que estaban en algún lado, para tener derecho a cogerlos, era necesario devolverle previamente los tres mil rublos a Katerina Ivánovna: de lo contrario, «solo soy un carterista, un canalla y no quiero empezar una vida nueva siendo un canalla», había resuelto, así que decidió poner el mundo patas arriba si hacía falta, pero devolverle los tres mil a Katerina Ivánovna costara lo que costara y antes que nada. El proceso definitivo de esta decisión se había dado, por así decirlo, en las últimas horas de su vida, precisamente desde el último encuentro con Aliosha, dos días antes, al anochecer, en el camino, después de que Grúshenka ofendiera a Katerina Ivánovna, cuando Mitia, tras oír el relato de Aliosha, había reconocido que era un canalla y le había encomendado que se lo dijera a Katerina Ivánovna, «si eso le servía mínimamente de consuelo». Entonces, esa misma noche, tras despedirse de su hermano, llegó a creer, en su frenesí, que era preferible «matar y desvalijar a alguien, con tal de saldar la deuda con Katia». «Es preferible quedar como un asesino y un ladrón ante aquel a quien haya matado y robado, y ante todo el mundo, y que me manden a Siberia, que ver cómo Katia tiene todo el derecho a decir que la he traicionado, que le he robado dinero y que con ese dinero he huido con Grúshenka para empezar una vida virtuosa. ¡No lo soportaría!» Así, rechinándole los dientes, pontificaba Mitia y, en efecto, a veces podía imaginarse que acabaría con una inflamación en el cerebro. Pero, de momento, luchaba…
Aunque suene extraño, podría parecer que, una vez tomada esta decisión, no le quedaba más opción que la de desesperarse, pues ¿de dónde iba a sacar, de buenas a primeras, un pobretón como él tanto dinero? Aun así, hasta el último momento tuvo la esperanza de conseguir los tres mil, de que le caerían de alguna parte, aunque fuera del cielo. Justamente esto les suele suceder a quienes, como Dmitri Fiódorovich, en toda su vida solo han sabido gastar y derrochar en vano el dinero heredado, pero no tienen ni idea de cómo ganárselo. Dos días después de haberse despedido de Aliosha, en su cabeza se había formado el más fantástico de los torbellinos, y todas sus ideas estaban enredadas. De ese modo, acometió una empresa de lo más disparatada. Sí, es posible que justo en situaciones así a esta clase de gente las empresas más imposibles y fantasiosas les parezcan las más realizables. Decidió ir a ver al mercader Samsónov, el protector de Grúshenka, proponerle un «plan» y sacarle de golpe la suma necesaria para dicho «plan»; del aspecto comercial de su proyecto no albergaba ninguna duda, solo dudaba de cómo se tomaría Samsónov aquella ocurrencia si le daba por fijarse en algo más que en el aspecto comercial. Aunque Mitia conocía de vista al mercader, no habían sido presentados y no había hablado nunca con él. Pero, por alguna razón, tenía el convencimiento, y ya desde hacía tiempo, de que ese viejo depravado que se encontraba en las últimas quizá no se opusiera ahora a que Grúshenka llevara una vida honrada y se casara con «hombre digno de confianza». Y que no solo no iba a oponerse, sino que él mismo lo estaba deseando y, en cuanto surgiera la ocasión, se prestaría a colaborar. Basándose en ciertos rumores o en alguna palabra de Grúshenka, también había llegado a la conclusión de que, quizá, el viejo prefiriera para ella a Fiódor Pávlovich. Tal vez a muchos de los lectores de nuestra historia la expectativa de contar con semejante ayuda y la intención de tomar a su novia, por así decir, de los brazos de su protector les parezca demasiado ordinario y falto de escrúpulos por parte de Dmitri Fiódorovich. Yo solo puedo señalar que para Mitia el pasado de Grúshenka había quedado definitivamente atrás. Había contemplado ese pasado con infinita piedad y había decidido, inflamado de pasión, que en el momento mismo en que Grúshenka le dijera que lo amaba y que estaba dispuesta a casarse con él surgiría una Grúshenka completamente nueva y, con ella, un nuevo Dmitri Fiódorovich, sin vicios de ninguna clase, únicamente con virtudes: se perdonarían el uno al otro y empezarían una vida también nueva. En cuanto a Kuzmá Samsónov, formaba parte de aquel pasado previo, ya desaparecido, y lo consideraba un hombre fatídico en la vida de Grúshenka, al que, no obstante, ella nunca había amado y que, sobre todo, también «había quedado atrás», había terminado, así que ya no contaba en absoluto. Además, Mitia ni siquiera podía considerarlo un hombre, pues en la ciudad todo el mundo sabía que no era más que una ruina enferma que tenía una relación paternal, por así decir, con Grúshenka, una relación basada en unos fundamentos muy distintos a los del pasado, y hacía mucho tiempo que era así, casi un año. En cualquier caso, había en todo esto mucha ingenuidad por parte de Mitia, quien, a pesar de todos sus vicios, era una persona muy ingenua. Debido a su ingenuidad, estaba seriamente convencido, entre otras cosas, de que el viejo Kuzmá, al prepararse para partir al otro mundo, sentía un sincero arrepentimiento de su pasado con Grúshenka, y de que ella ahora no contaba con un protector y amigo más fiel que aquel viejo inofensivo.
Al día siguiente de su conversación con Aliosha en el campo, después de toda una noche prácticamente en blanco, Mitia se presentó en casa de Samsónov hacia las nueve de la mañana y se hizo anunciar. Era una casa vieja, lóbrega, muy espaciosa, de dos pisos, con dependencias anexas y un pabellón. La planta baja estaba habitada por los dos hijos casados de Samsónov y sus familias, su anciana hermana y una hija soltera. En el pabellón estaban instalados sus dos dependientes, uno de ellos con familia numerosa. Tanto los hijos de Samsónov como los dependientes vivían apretados en estas estancias, mientras que la planta superior de la casa la ocupaba en exclusiva el viejo y no permitía que nadie viviera allí, ni siquiera su hija, que lo cuidaba, y que a horas fijas, así como también cada vez que la llamaba, debía subir corriendo a pesar de su disnea crónica. Esta «planta superior» constaba de un gran número de salas grandes y solemnes amuebladas al estilo de los antiguos mercaderes, con hileras largas y aburridas de macizos sillones y sillas de caoba adosadas a las paredes, con arañas de cristal enfundadas, con tétricos espejos entre las ventanas. Todas estas salas estaban completamente vacías y deshabitadas, porque el viejo enfermo se acurrucaba en un cuartito, en un dormitorio pequeño y apartado donde le servían una vieja criada, que se cubría los cabellos con un pañuelo, y un «rapaz» que se pasaba las horas apostado en el arcón de la antesala. Por culpa de sus piernas hinchadas el viejo casi no podía andar y solo de vez en cuando se levantaba de su sillón de cuero y, con la vieja sujetándolo por el brazo, daba un par de vueltas por la habitación. Hasta con esta vieja se mostraba severo y huraño. Cuando le anunciaron la llegada del «capitán», enseguida ordenó que lo despacharan. Pero Mitia insistió y se anunció otra vez. Kuzmá Kuzmich interrogó al rapaz detenidamente: ¿qué pinta tiene?, ¿no estará bebido?, ¿no irá a armar un escándalo? Y la respuesta fue: «Está sobrio, pero no quiere irse». El viejo volvió a ordenar que lo echaran. Entonces Mitia, que lo había previsto y había cogido, por si acaso, papel y lápiz, escribió con letra clara en un trozo de papel: «Por un asunto urgentísimo que afecta mucho a Agrafiona Aleksándrovna», y se lo envió al viejo. Tras pensárselo un momento, el viejo le dijo al muchacho que llevara al visitante a la sala y a la vieja la envió abajo con la orden de que su hijo menor se presentara arriba inmediatamente. El hijo menor, un hombre de unos doce vershkí y de fuerza extraordinaria, que se afeitaba la cara y vestía a la alemana (el propio Samsónov llevaba caftán y barba), se presentó enseguida, sin decir ni palabra. Todos temblaban ante el padre. Éste había llamado al joven no por miedo al capitán, pues era un hombre que no se amilanaba fácilmente, sino por si acaso, por contar con un testigo. Acompañado de su hijo, que lo llevaba del brazo, y del muchacho, apareció por fin en la sala. Cabe suponer que sentía una curiosidad bastante grande. La sala en la que esperaba Mitia era una pieza enorme y tétrica, que llenaba el alma de angustia, con dos filas de ventanas y una galería, con las paredes imitando el mármol y tres enormes arañas con fundas. Mitia estaba sentado en una silla pequeña junto a la puerta de entrada y aguardaba su destino con nerviosa impaciencia. Cuando el viejo apareció por la puerta del otro extremo, a unos diez sazheni, Mitia saltó de la silla y fue a su encuentro con paso firme y largo de soldado. Iba convenientemente vestido, la levita abotonada, el sombrero redondo en la mano y guantes negros, exactamente igual a como había ido al monasterio tres días antes a ver al stárets, en compañía de Fiódor Pávlovich y sus hermanos. El viejo lo esperó de pie, severo y con aire de importancia, y Mitia pudo sentir que, mientras se acercaba, lo examinaba de arriba abajo. También le llamó la atención la cara de Kuzmá Kuzmich, excesivamente abotargada en los últimos tiempos: el labio inferior ya de por sí grueso ahora parecía una especie de torta colgando. Grave y en silencio se inclinó ante el visitante, le señaló un sillón junto al diván y lentamente, apoyándose en el brazo de su hijo y gimiendo de dolor, tomó asiento en el diván enfrente de Mitia; éste, al ver el doloroso esfuerzo, no tardó en arrepentirse y se sintió ligeramente avergonzado por su insignificancia en esos momentos ante una persona tan importante a la que había importunado.
—¿Qué se le ofrece, señor? —dijo lenta y claramente el viejo, al fin sentado, en tono severo, pero cortés.
Mitia se estremeció, poco le faltó para ponerse en pie, pero siguió sentado. Después comenzó a hablar alto, rápido, nervioso, gesticulando, con evidente excitación. Se notaba que era un hombre que había llegado al límite, que estaba destruido y buscaba una última salida; si fracasaba, estaba dispuesto a arrojarse al agua de inmediato. Probablemente el viejo Samsónov lo había comprendido al instante, aunque su rostro permanecía inmutable y frío como una estatua.
—El honorabilísimo Kuzmá Kuzmich probablemente haya oído hablar más de una vez de mis discrepancias con mi padre, Fiódor Pávlovich Karamázov, que me ha despojado de mi herencia después de que mi madre… como toda la ciudad se calienta la boca hablando de eso… porque aquí todos hablan de lo que no deben… Y, además, ha podido enterarse por Grúhenka… perdón, por Agrafiona Aleksándrovna… a la que tanto respeto y venero… —Así empezó Mitia, atascándose desde la primera palabra. Pero no vamos a reproducir aquí su discurso palabra por palabra, sino que ofreceremos solo un resumen. El asunto consistía en que tres meses antes había consultado premeditadamente (dijo «premeditadamente» y no «expresamente») a un abogado de la capital, «seguramente Kuzmá Kuzmich haya tenido el placer de conocer a ese famoso abogado, Pável Pávlovich Korneplódov… De frente despejada, talento casi de estadista… él también le conoce a usted… dijo maravillas de usted…», y aquí se lió de nuevo. Pero estas interrupciones no lo detenían, enseguida las superaba y proseguía. Este Korneplódov le había dicho, tras interrogarlo minuciosamente y examinar los documentos que pudo mostrarle (Mitia habló con poca claridad y especial precipitación de aquellos documentos), que era posible entablar una demanda por la aldea de Chermashniá, pues en efecto debía pertenecerle a él, por herencia materna, y de esa manera dejar desconcertado a ese viejo bribón… «porque no todas la puertas están cerradas y la justicia conoce bien todos los resquicios». En una palabra, había esperanzas de que Fiódor Pávlovich le pagara otros seis mil, incluso siete, puesto que Chermashniá valía no menos de veinticinco mil, es decir, seguro que veintiocho, «treinta, treinta, Kuzmá Kuzmich, mientras que yo, figúrese, ¡ni diecisiete he sacado de ese hombre despiadado! Así que yo, —decía Mitia—, dejé ese asunto porque no entiendo de leyes, pero al llegar aquí me quedé petrificado con una demanda en mi contra —aquí Mitia volvió a embrollarse y de nuevo saltó bruscamente a otra cosa—: así que —dijo—, si usted deseara, honorabilísimo Kuzmá Kuzmich, adquirir mis derechos contra ese monstruo, dándome a mí solo tres mil… En ningún caso saldría usted perdiendo, se lo juro por mi honor, todo lo contrario, puede hacerse con unos seis o siete mil en lugar de esos tres… Pero lo más importante es que todo quede zanjado “hoy mismo”. Puede ser ante notario, si le parece… o como usted vea… En una palabra, estoy dispuesto a todo, le entregaré todos los documentos que exija, firmaré lo que haga falta… y ese papel lo formalizaríamos enseguida, a ser posible, a poco que fuera posible, esta misma mañana… Usted me entregaría esos tres mil… aparte de usted, quién tiene tanto capital en esta ciudad… y así me salvaría de… en una palabra, salvaría mi pobre cabeza para una acción noble, una acción muy noble, podría decirse… puesto que profeso los más nobles sentimientos por cierta persona que usted conoce bien y por la que vela como un padre. De otro modo no habría venido, si no fuera como un padre. Y, si usted quiere, aquí hemos chocado tres frentes, pues el destino es algo terrible, Kuzmá Kuzmich. ¡Realismo, Kuzmá Kuzmich, realismo! Y, dado que usted hace ya tiempo que debería haber sido excluido, quedan dos frentes, quizá no me haya expresado con habilidad, pero no soy un hombre de letras. Así pues, una frente es la mía y la otra la de ese monstruo. Elija, entonces, o el monstruo o yo. Ahora depende de usted, tres destinos y dos opciones… Disculpe, me he liado, pero usted me entiende… En sus venerables ojos veo que me ha entendido… Si no me ha entendido, hoy mismo me arrojo al agua, ¡eso es!».
Mitia concluyó su disparatado discurso con este «¡eso es!» y, habiéndose levantado bruscamente, aguardaba la respuesta a su estúpida propuesta. En su última frase tuvo la repentina y desesperada sensación de que había fracasado y, sobre todo, de que no había dicho más que sandeces. «¡Qué extraño! De camino parecía buena idea, pero ¡qué de sandeces!», pensó por un momento, presa de la desesperación. Mientras estuvo hablando, el viejo no se había movido y no había dejado de observarlo con una expresión glacial en la mirada. Lo hizo esperar un momento y por fin Kuzmá Kuzmich dijo con tono decidido y desolador:
—Disculpe, señor, pero nosotros no nos dedicamos a esa clase de negocios.
Mitia notó que le temblaban las piernas.
—¿Y qué hago yo ahora, Kuzmá Kuzmich? —balbuceó sonriendo lívido—. Estoy perdido, sabe usted.
—Disculpe, señor…
Mitia seguía de pie, mirándolo fijamente, cuando de pronto percibió que algo se movía en la cara del viejo. Se estremeció.
—Mire usted, esos negocios no nos convienen —dijo lentamente el viejo—, ir a juicio, abogados, ¡es una auténtica carga! Pero, si quiere, hay una persona, puede dirigirse a ella…
—¡Dios mío! ¿Quién es?… Me devuelve usted la vida, Kuzmá Kuzmich —balbuceó
Mitia.
—No es de aquí y tampoco está en la ciudad, es un campesino que comercia con madera, le llaman Liagavy. Lleva ya un año en tratos con Fiódor Pávlovich por ese bosquecillo suyo de Chermashniá, quizá haya oído decir que tienen diferencias sobre el precio. Precisamente ahora ha vuelto y está en casa del pope Ilinski, a unas doce verstas de la posta de Volovia, en la aldea de Ilínskoie. Me ha escrito por ese negocio, es decir, a propósito del bosquecillo, pidiéndome consejo. El propio Fiódor Pávlovich quiere ir a verlo. Si usted se adelantara a Fiódor Pávlovich y le propusiera a Liagavy lo mismo que a mí, quizá él…
—¡Es una idea genial! —le interrumpió Mitia entusiasmado—. ¡Claro, directamente a él! Está regateando, le piden un precio demasiado alto, y en éstas le muestra nada menos que un documento de propiedad, ¡ja, ja, ja! —Mitia, de repente, soltó una risotada corta y seca, tan inesperada que incluso a Samsónov le tembló la cabeza—.
No sé cómo agradecérselo, Kuzmá Kuzmich. —A Mitia le bullía la sangre.
—No hay de qué. —Samsónov inclinó la cabeza.
—Pero no sabe usted… me ha salvado, ay, un presentimiento me trajo hasta usted… En fin, ¡a ver al pope!
—No tiene que agradecérmelo.
—Me voy ya mismo. He abusado de su salud. Nunca lo olvidaré, se lo dice un hombre ruso, Kuzmá Kuzmich, ¡un hombre rrruso!
—Claro, claro.
Mitia estuvo a punto de darle un apretón de manos al viejo, pero un destello maligno apareció fugazmente en su mirada. Mitia apartó la mano, aunque al mismo tiempo se reprochó su recelo. «Tiene que estar cansado…», pensó por un momento.
—¡Por ella! ¡Es por ella, Kuzmá Kuzmich! Comprende usted que todo es por ella — bramó de repente, con voz que retumbó por toda la sala, hizo una reverencia, se giró bruscamente y con los mismos pasos rápidos y largos de antes se dirigió a la salida sin volverse. Temblaba de emoción. «Todo estaba perdido y he aquí que un ángel de la guarda me ha salvado —le vino a la cabeza—. Y, si un comerciante como este anciano (un anciano nobilísimo, y ¡qué presencia!) me ha indicado este camino, está claro que… el camino ya está ganado. Ahora a correr. Regresaré antes de que anochezca, esta noche regresaré, pero la victoria es mía. ¿O es que el viejo se ha burlado de mí?» Eso exclamaba Mitia de camino a casa y, claro está, no podía imaginarse otra cosa, es decir, o se trataba de un consejo sensato (de un hombre de negocios como él), de alguien que conocía el asunto, que conocía al tal Liagavy (¡qué apellido tan raro!), o… ¡o el viejo se estaba burlando de él! ¡Ay!, este último pensamiento era el único cierto. Más tarde, mucho tiempo después, cuando ya había ocurrido toda la catástrofe, el propio Samsónov reconoció riéndose que había estado divirtiéndose a costa del «capitán». Era un hombre malvado, frío y malicioso, y con antipatías enfermizas por añadidura. No sé qué fue exactamente lo que movió entonces al viejo, si fue el entusiasmo evidente del capitán, la estúpida convicción de ese «manirroto y derrochador» de que Samsónov podía dejarse enredar en un «plan» que era un enorme disparate, o sus celos por Grúshenka, en cuyo nombre «ese golfo» había ido a pedirle dinero con semejante despropósito… pero el caso es que, mientras tenía delante a Mitia, quien sentía que le fallaban las piernas y exclamaba absurdamente que estaba perdido, en ese momento el viejo lo miró con rabia infinita y buscó la forma de burlarse de él. Una vez que Mitia hubo salido, Kuzmá Kuzmich, pálido de ira, se dirigió a su hijo y le ordenó que se tomaran medidas para en lo sucesivo no volver a ver el pelo a semejante desharrapado y para que no se le permitiera la entrada; de lo contrario…
No llegó a terminar su amenaza, pero incluso su hijo, que lo veía furioso a menudo, se echó a temblar de miedo. Una hora más tarde, el viejo aún tiritaba de rabia. Al anochecer, enfermó y mandó buscar al «galeno».