Capítulo III
La cebolla
Grúshenka vivía en el barrio más populoso de la ciudad, cerca de la plaza de la Catedral, en casa de la viuda del comerciante Morózov, donde tenía alquilado un pequeño pabellón de madera en el patio. La casa de la Morózova era grande, de piedra, de dos plantas, vieja y muy poco atractiva; en ella vivía retirada la propietaria, una mujer muy mayor, con dos sobrinas, dos solteronas también entradas en años. No tenía ninguna necesidad de alquilar el pabellón del patio, y todo el mundo sabía que si había admitido a Grúshenka (hacía ya unos cuatro años) había sido únicamente para dar satisfacción a un pariente suyo, el mercader Samsónov, protector declarado de Grúshenka. Se decía que aquel celoso anciano, al instalar a su «favorita» en casa de Morózova, contaba en un principio con la penetrante mirada de la vieja para que vigilase la conducta de la nueva inquilina. Pero muy pronto su penetrante mirada resultó innecesaria, Morózova acabó viendo muy de tarde en tarde a Grúshenka y al final dejó de importunarla con su vigilancia. El caso es que ya habían transcurrido cuatro años desde que el viejo había llevado a esa casa a la joven de dieciocho años, tímida, retraída, finita, delgada y triste, procedente de la capital de la provincia, y había llovido mucho desde entonces. De todos modos, lo poco que se sabía en nuestra ciudad de la biografía de aquella muchacha era bastante confuso: tampoco se había averiguado mucho más en los últimos tiempos, cuando eran ya muchos los que empezaban a interesarse por aquella «beldad» en que se había convertido en esos cuatro años Agrafiona Aleksándrovna. Únicamente se rumoreaba que, con solo diecisiete años, la muchacha había sido engañada por un oficial, al parecer, el cual no había tardado en abandonarla. Dicho oficial se había trasladado a otra ciudad y después se había casado, y Grúshenka se había quedado deshonrada y en la miseria. Contaban, por otra parte, que, si bien es cierto que Grúshenka estaba en la miseria cuando se hizo cargo de ella el viejo, la joven procedía de una familia honorable y pertenecía, en cierto sentido, al estamento clerical, pues era hija de un diácono supernumerario o algo por el estilo. El caso es que en cuatro años la huerfanita sensible, humillada y digna de lástima se había convertido en una belleza rusa, metida en carnes, así como en una mujer lanzada y decidida, orgullosa y descarada, ducha en cuestiones de dinero, acaparadora, avariciosa y precavida, que había sabido, por las buenas o por las malas, como decían de ella, amasar un pequeño capital. Todos estaban convencidos de una cosa: que era difícil acceder a Grúshenka y que, aparte del viejo, su protector, no había habido un solo hombre en esos cuatro años que pudiera jactarse de haber gozado de sus favores. Ése era un hecho incontrovertible, pues no eran pocos, sobre todo en los últimos dos años, los pretendientes que habían aparecido con la intención de obtener esos favores. Pero todos los intentos habían resultado baldíos, y algunos de esos aspirantes se habían visto obligados a retirarse después de un desenlace chusco y humillante, por culpa de la resistencia tenaz e irónica de aquella joven tan temperamental. Se sabía, además, que la muchacha, especialmente en el último año, se dedicaba a «trapichear», y había demostrado un talento excepcional en ese terreno, de modo que al final muchos la tenían por una verdadera judía. No es que fuera propiamente una usurera, pero sí se sabía, por ejemplo, que se había dedicado por un tiempo, en compañía de Fiódor Pávlovich, a la compra de letras de cambio a muy bajo precio, a razón de un grívennik por rublo, y que después sacaba por algunas de esas letras un rublo por grívennik. Samsónov, un enfermo que desde hacía un año no podía ni moverse de lo mucho que se le habían hinchado las piernas, un viudo que tiranizaba a sus hijos ya mayores, un individuo cuya fortuna se contaba por centenares de miles de rublos, un hombre tacaño e implacable, había caído, a pesar de todo, bajo el poderoso influjo de su protégée, a la que incialmente había tratado de mala manera, atándola corto, teniéndola «a pan y agua», como decían entonces algunos bromistas. Pero Grúshenka, a pesar de los pesares, había acertado a emanciparse, inspirándole una confianza ilimitada en lo tocante a la fidelidad que le guardaba. Aquel anciano, gran negociante (hace ya tiempo que ha muerto), tenía también un carácter muy notable; en particular, era avaro y duro como el pedernal y, aunque Grúshenka le hubiera causado una impresión tal que él ya no era capaz de vivir sin ella (así ocurrió, digamos, en los dos últimos años), lo cierto es que no le dejó ninguna suma importante, significativa, y nunca habría cedido en ese terreno por mucho que ella amenazara con abandonarlo. A cambio, le hizo una pequeña donación, y, cuando se supo, todo el mundo se quedó sorprendido. «Tú eres una mujer con mucha vista —le dijo, al donarle unos ocho mil rublos—; maneja este dinero como mejor te parezca, pero quiero que sepas que, aparte de la cantidad anual que ya te venía dando, no vas a recibir nada más de mí hasta el día de mi muerte, y tampoco voy a dejarte nada en mi testamento.» Y cumplió su palabra: a su muerte legó todo a sus hijos, a los que siempre había tenido a su lado, con sus respectivas familias, como si formaran parte de la servidumbre; a Grúshenka el testamento ni la mencionaba. Todo eso se supo después. También ayudó a Grúshenka con sus consejos, diciéndole cómo podía sacar partido a «su propio capital», y le sugirió algunos «negocios». Cuando Fiódor Pávlovich Karamázov, que en un principio había trabado relación con Grúshenka con motivo de uno de tantos «trapicheos», acabó, para su enorme sorpresa, enamorándose de ella hasta perder el seso, el viejo Samsónov, que ya tenía un pie en la tumba, se rió de muy buena gana. Resulta admirable que Grúshenka, en todo el tiempo que duraron sus relaciones, fuera completa y hasta cordialmente sincera con su viejo, y aparentemente con nadie más en el mundo. Más recientemente, cuando también apareció de pronto Dmitri Fiódorovich con su amor, el viejo dejó de reírse. Al contrario, un día recomendó a Grúshenka, hablando en tono muy serio y severo: «Si se trata de elegir a uno de los dos, al padre o al hijo, elige al viejo, pero con la condición de que ese canalla se case contigo a toda costa, y de que previamente ponga a tu nombre algún capital, como mínimo. Pero no tengas líos con el capitán, no te conviene». Eso fue lo que le dijo a Grúshenka el viejo lascivo, que entonces ya presentía su próxima muerte y que, de hecho, murió cinco meses después de darle estos consejos. Señalaré, de paso, que, aunque en nuestra ciudad eran muchos los que sabían de la insensata y monstruosa rivalidad de los Karamázov, padre e hijo, en torno a Grúshenka, casi nadie entendía el verdadero sentido de la relación de la muchacha con ambos, con el padre y con el hijo. Incluso las dos criadas de Grúshenka (después de que se produjera la catástrofe de la que se hablará más adelante) declararon en su momento ante el tribunal que a Dmitri Fiódorovich lo recibía Agrafiona Aleksándrovna únicamente por miedo, dado que, al parecer, «la había amenazado de muerte». De esas dos criadas, una, la cocinera, que ya había estado al servicio de la familia de Grúshenka, era una anciana enferma y casi sorda; la otra, su nieta, era una jovencita muy despierta, de unos veinte años, y le servía de doncella. Grúshenka vivía muy modestamente, sin ningún lujo. El pabellón constaba únicamente de tres habitaciones, amuebladas por la dueña de la casa con muebles viejos, de los que se estilaban allá por los años veinte. Cuando llegaron Rakitin y Aliosha, ya había caído la noche, pero las luces de los cuartos no estaban aún encendidas. Grúshenka estaba en la salita, echada en su diván, grande y feo, con respaldo de imitación de caoba, duro y tapizado de cuero, gastado y hasta agujereado hacía tiempo. Su cabeza reposaba en dos almohadas blancas de plumón, traídas de su cama. Estaba tumbada boca arriba, estirada e inmóvil, con las dos manos debajo de la cabeza. Vestía como si estuviera esperando una visita, con un vestido negro de seda y una cofia ligera de encaje que le sentaba muy bien; llevaba echado sobre los hombros un chal, también de encaje, sujeto con un macizo broche dorado. Precisamente, estaba esperando a alguien, angustiada e impaciente, algo pálida, con labios y ojos febriles; estaba dando unas pataditas nerviosas con la punta del pie derecho en el brazo del diván. En cuanto aparecieron Rakitin y Aliosha, se produjo una pequeña conmoción: desde el vestíbulo pudo oírse cómo Grúshenka se levantaba de un salto del diván y preguntaba asustada: «¿Quién anda ahí?». Pero la muchacha ya había recibido a los recién llegados, y fue ella quien respondió a la señora:
—No es él, son otros; no pasa nada.
—¿Qué le pasará? —musitó Rakitin, llevando del brazo a Aliosha hasta la salita. Grúshenka estaba de pie al lado del diván; todavía parecía asustada. Un grueso mechón de su trenza castaña se le escapó de pronto por debajo de la cofia y le cayó sobre el hombro derecho, pero ella no se dio cuenta y solo se lo recogió una vez que ya había examinado a los visitantes y los había reconocido.
—Ah, ¿eres tú, Rakitka? Menudo susto me has dado. ¿Con quién vienes? ¿Quién es este que te acompaña? ¡Dios mío, a quién me traes! —exclamó, viendo que se trataba de Aliosha.
—Pero ¡haz que traigan velas! —dijo Rakitin con aire desenvuelto, como de persona habitual en la casa, con derecho incluso a dar órdenes.
—Velas… sí, claro, velas… Fenia, búscale una vela… ¡Caramba, en buen momento me lo traes! —exclamó otra vez, señalando con la cabeza a Aliosha, y, volviéndose hacia el espejo, se puso rápidamente a arreglarse la trenza con las dos manos. No parecía muy contenta.
—¿Qué pasa? ¿No he atinado? —preguntó Rakitin, sintiéndose al instante poco menos que ofendido.
—Me has asustado, Rakitka, eso es lo que pasa. —Grúshenka se volvió hacia Aliosha con una sonrisa—. No me tengas miedo, Aliosha, querido, no sabes lo que me alegra verte, mi inesperado huésped. Pero tú, Rakitka, me has asustado: creía que era Mitia, que se había propuesto entrar por las bravas. Verás, es que hace un rato le he mentido; le he pedido que me diera su palabra de honor de que me creía, pero le he mentido. Le he dicho que me iba a pasar la tarde a casa de mi viejo, de Kuzmá Kuzmich, y que estaría con él, contando dinero, hasta la noche. Todas las semanas dedico una tarde entera a repasar con él las cuentas. Echamos el cerrojo y, mientras él maneja el ábaco, yo voy anotando en los libros; no se fía de nadie más que de mí. Total, que Mitia se ha creído que yo estaba allí, pero yo estaba aquí encerrada; estoy esperando una noticia. ¡No me explico cómo os ha dejado pasar Fenia! ¡Fenia, Fenia! Acércate corriendo al portalón, abre y echa un vistazo, no vaya a andar por ahí el capitán. Igual está escondido, vigilando. ¡Estoy muerta de miedo!
—No hay nadie, Agrafiona Aleksándrovna, acabo de mirar por todas partes; cada dos por tres me acerco a mirar por la rendija, yo también estoy temblando.
—¿Has cerrado los postigos, Fenia? También convendría correr las cortinas… ¡ya está! —La propia Grúshenka corrió las gruesas cortinas—. No sea que vea la luz. Hoy, Aliosha, tu hermano Mitia me da miedo. —Grúshenka hablaba muy alto y, a pesar de su estado de alarma, parecía casi entusiasmada.
—¿Por qué hoy Mítenka te da miedo? —preguntó Rakitin—. Normalmente no se lo tienes, él siempre baila al son que tú le tocas.
—Ya te he dicho que estoy esperando una noticia, una noticia que vale más que el oro, así que es mucho mejor que Mítenka no ande ahora por aquí. Pero me da la impresión de que no se lo ha tragado cuando le he dicho que iba a quedarme con Kuzmá Kuzmich. Seguro que ahora está en casa de Fiódor Pávlovich, en el huerto trasero, pendiente de si me acerco o no me acerco por allí. Claro que, si está allí, eso quiere decir que por aquí no va a venir, ¡tanto mejor! El caso es que sí he ido a casa de Kuzmá Kuzmich; de hecho, Mitia me ha acompañado hasta allí; le he dicho que pensaba quedarme hasta la medianoche, y que a esa hora fuera a buscarme sin falta, para acompañarme de vuelta a casa. Nada más irse, a los diez minutos, me he venido otra vez para casa; estaba asustada, así que he venido corriendo, no me lo fuera a encontrar.
—Y ¿adónde pensabas ir, tan emperifollada? ¡Qué cofia más curiosa llevas!
—¡Tú sí que eres curioso, Rakitin! Ya te he dicho que estoy esperando una noticia. En cuanto llegue, me iré volando, y si te he visto no me acuerdo. Por eso me he puesto mis mejores galas, para estar lista.
—Y ¿adónde piensas ir con tanta prisa?
—Demasiado quieres saber, pronto vas a hacerte viejo.
—Caramba. Sí que estás contenta… Nunca te había visto así. Ni que fueras a un baile… —Rakitin no se cansaba de mirarla.
—Mucho sabrás tú de bailes.
—¿Y tú?
—Una vez asistí a un baile. Hace tres años, cuando Kuzmá Kuzmich casó a un hijo suyo, yo estuve mirando desde la galería. Pero ¡qué hago yo hablando contigo, Rakitka, teniendo aquí a semejante príncipe! ¡Éste sí que es un invitado! Aliosha, querido, te miro y no doy crédito. ¡Ay, Señor! ¿Cómo es que has venido a mi casa? La verdad es que no te esperaba; jamás lo habría pensado y nunca habría creído que fueras a venir. Aunque no sea éste el mejor momento, ¡no sabes lo contenta que estoy! Siéntate en el diván; mira, aquí mismo… eso es, ¡eres un sol! La verdad, aún no me hago a la idea… ¡Ay, Rakitka, ya podías haberlo traído ayer o anteayer!… Bueno, aun así estoy contenta. Igual es mejor que sea ahora, en un momento como éste, y no anteayer…
Sin pensárselo dos veces, se sentó en el diván cerca de Aliosha, muy pegada a él, y lo miró con evidente fascinación. Estaba contenta de verdad, no había mentido al afirmarlo. Sus ojos ardían, sus labios reían, pero con una risa franca, alegre. Aliosha no se esperaba una expresión tan bondadosa en su rostro… Hasta el día anterior, la había visto en contadas ocasiones y se había formado un concepto horrible de ella, y la misma víspera se había quedado terriblemente impresionado con la jugada pérfida y alevosa que le había preparado a Katerina Ivánovna; por eso, le sorprendía mucho ver en ella a un ser totalmente distinto e inesperado. Y, a pesar de que estaba abrumado por su propio dolor, no podía evitar que sus ojos se posaran en ella y la examinaran con atención. Las maneras de Grúshenka también parecían haber cambiado mucho, y a mejor, desde la víspera: casi no había ni rastro de aquella entonación acaramelada, de aquellos movimientos lánguidos y afectados… Todo era sencillo y natural, sus movimientos resultaban rápidos, simples, confiados, a pesar de toda su excitación. —Señor, hay que ver cuántas cosas están pasando hoy, la verdad —balbuceó otra vez—. Yo misma no entiendo por qué me alegra tanto verte, Aliosha. Pregúntamelo si quieres, que no sabré que contestarte.
—¿Así que no sabes por qué te alegras? —dijo Rakitin con una sonrisa—. Por algo me habrás insistido tantas veces: anda, tráemelo, tráemelo; algún propósito tendrías.
—Yo antes tenía otro propósito, pero ahora eso ya ha pasado, no es el mejor momento. Voy a ofreceros algo, será lo mejor. Me he vuelto más amable, Rakitka. Pero siéntate tú también, ¿qué haces ahí de pie? Ah, ¿que ya te sientas? No hay miedo de que Rakítushka se olvide de sí mismo. Ahí lo tenemos ahora, Aliosha, sentado justo enfrente y sintiéndose ofendido porque no lo he invitado a sentarse antes que a ti. ¡Ay, qué susceptible es mi Rakitka, qué susceptible! —Grúshenka se echó a reír—. No te enfades, Rakitka, ahora soy buena. Pero ¿por qué estás tan triste, Alióshechka? ¿Es que me tienes miedo? —Con una sonrisa burlona, lo miró a los ojos.
—Está muy apenado. No le han otorgado un ascenso —dijo Rakitin con voz profunda.
—¿Qué ascenso?
—Su stárets ha empezado a apestar.
—¿Cómo que a apestar? No haces más que decir idioteces; seguro que pretendes soltar alguna grosería. Cierra el pico, bobo. Aliosha, déjame que me siente en tus rodillas; mira, ¡así! —Y, de buenas a primeras, se le sentó en las rodillas de un salto, como una gatita cariñosa, rodeándole dulcemente el cuello con el brazo derecho—. ¡Verás cómo te pongo de contento, muchachito beato! Dime, ¿de verdad me dejas que me siente un rato en tus rodillas? ¿No te vas a enfadar? En cuanto me lo mandes, me levanto.
Aliosha no decía nada. No se atrevía a moverse; había oído sus palabras: «En cuanto me lo mandes, me levanto», pero no había acertado a responder, se había quedado de piedra. No se trataba, sin embargo, de lo que uno habría podido esperarse y de lo que estaría imaginándose en aquellos momentos el mismo Rakitin, sin ir más lejos, que miraba con lujuria desde su asiento. La pena inmensa de su alma ahogaba todas las sensaciones que pudieran nacer de su corazón; en esos momentos, si hubiera podido dar plena cuenta de sí mismo, él mismo habría sido consciente de que llevaba puesta la más sólida de las corazas contra toda clase de seducción, contra toda posible tentación. No obstante, pese a la confusa inconsciencia de su estado de ánimo y a la amargura que lo abrumaba, era incapaz de evitar su asombro ante aquella nueva y extraña sensación que le brotaba del pecho: aquella mujer, aquella «terrible» mujer no solo no le inspiraba el mismo terror que antes, un terror que sentía cada vez que pensaba en una mujer a poco que ésta pasara fugazmente por su alma; al contrario, aquella mujer, a la que antes había temido más que a ninguna otra y que en esos momentos estaba sentada en sus rodillas, abrazándolo, de pronto había despertado en él una sensación completamente nueva, imprevista y peculiar: una insólita, sublime y cándida sensación de curiosidad; y todo ello sin ningún miedo, sin rastro de su antiguo terror. Eso era lo más importante, y no podía dejar de sorprenderle.
—Basta ya de bobadas —exclamó Rakitin—; más vale que nos invites a champán; me lo he ganado, ¡lo sabes de sobra!
—Tienes razón, te lo has ganado. Que sepas, Aliosha, que le prometí champán si te traía aquí. Venga ese champán, ¡os acompaño! Fenia, Fenia, saca el champán, esa botella que se dejó Mitia; venga, rápido. Aunque sea una tacaña, voy a ofreceros esa botella; no por ti, Rakitka, tú eres una seta; en cambio, ¡él es un príncipe! Y, aunque mi alma está ocupada ahora en otra cosa, voy a beber con vosotros, ¡me apetece alborotar!
—Pero ¿qué te traes entre manos? Y ¿qué noticia es ésa, si se puede saber? ¿O acaso es un secreto? —intervino de nuevo Rakitin, intrigado, intentando hacer creer, a toda costa, que no reparaba en las pullas que ella le lanzaba sin cesar.
—Bah, no es ningún secreto, ya lo sabes —dijo Grúshenka, súbitamente preocupada, volviendo la cabeza hacia Rakitin y retirándose un poco de Aliosha, si bien siguió sentada en sus rodillas, abrazándole el cuello—; va a venir el oficial, Rakitin, ¡va a venir mi oficial!
—Ya había oído yo que estaba de camino; pero ¿es posible que esté tan cerca?
—Ahora mismo está en Mókroie; desde allí ha quedado en mandarme un mensaje por la estafeta; así me lo ha escrito, hoy mismo me ha llegado su carta. Estoy esperando al mensajero.
—¡Anda! Y ¿por qué en Mókroie?
—Es largo de contar; además, ya te he dicho bastante.
—Vaya, vaya… ¿Y ahora qué pasa con Mítenka?… ¡Ayayay! ¿Él lo sabe o no lo sabe?
—¡Qué va a saber! ¡No sabe nada! Si lo supiera, me mataba. Pero ahora ya no me da miedo, no me da miedo su cuchillo. Calla, Rakitin, no me recuerdes a Dmitri Fiódorovich: me ha destrozado el corazón. En estos momentos no quiero pensar en esas cosas. En cambio, sí puedo pensar en Alióshechka, estoy aquí mirando a Alióshechka… Sonríeme, tesoro, alégrate; sonríe viendo mi estupidez, sonríe viendo mi alegría… Pero ¡si ha sonreído, ha sonreído! ¡Qué mirada tan tierna! ¿Sabes, Aliosha? Creía que estabas enfadado conmigo por lo de anteayer, por lo que pasó con la señorita aquella. Me porté como una perra, la verdad… Pero, a pesar de todo, no estuvo mal que pasara lo que pasó. Tuvo su lado bueno y su lado malo. —Grúshenka, de pronto, sonrió pensativa, y una pequeña línea de crueldad se dibujó por un instante en su sonrisa—. Mitia me ha contado cómo gritaba: «¡Se merece unos azotes!». Tuvo que sentirse muy ofendida. Me había llamado, quería triunfar sobre mí, engatusarme con su chocolate… Pues sí, no estuvo mal que pasara aquello. —Volvió a sonreír—. Pero me sigue preocupando que te hayas podido enfadar…
—Y tanto —terció de pronto Rakitin, realmente sorprendido—. Te tiene auténtico miedo, Aliosha; ya ves, a un pardillo como tú.
—Eso de que es un pardillo lo dirás tú, Rakitka… porque no tienes conciencia, ¡eso es lo que pasa! Yo, mira, lo quiero con toda mi alma, ¡ya lo ves! ¿Me crees, Aliosha, si te digo que te quiero con toda mi alma?
—¡Ay, desvergonzada! ¡Se te está declarando, Alekséi! —¿Por qué no? Si lo quiero…
—¿Y el oficial? ¿Y esa noticia que vale más que el oro?
—Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.
—¡Vaya una salida! Mujer tenías que ser.
—No me sulfures, Rakitka —replicó Grúshenka, enardecida—. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. A Aliosha lo quiero de otro modo. Es verdad, Aliosha, yo tenía malas intenciones contigo. Y es que soy una mujer mezquina, y no reparo en nada; pero en ciertos momentos, Aliosha, te miro y es como si viera mi conciencia. No hago más que pensar: «Un hombre como él tiene que despreciar a una mujer tan malvada como yo». Eso mismo pensaba anteayer, cuando venía corriendo de casa de aquella señorita. Hace tiempo que me he fijado en ti, Aliosha, y Mitia lo sabe, se lo he comentado. Y Mitia lo comprende. Lo creas o no, Aliosha, lo cierto es que cuando te miro siento vergüenza, vergüenza de mí misma… No sé, no recuerdo cómo ni cuándo empecé a pensar en ti…
Entró Fenia y puso una bandeja sobre la mesa, con una botella descorchada y tres copas llenas.
—¡Aquí está el champán! —exclamó Rakitin—. Estás excitada, Agrafiona Aleksándrovna, estás fuera de ti. En cuanto te bebas esa copa, te pondrás a bailar. Vaya, vaya, otra cosa que no saben hacer bien —añadió, fijándose en el champán—. Lo ha servido la vieja en la cocina, y traen la botella descorchada, y encima caliente. Bueno, qué se le va a hacer. —Se acercó a la mesa, cogió una copa, se la bebió de un trago y se sirvió otra—. No todos los días tiene uno ocasión de tomar champán — comentó relamiéndose—; venga, Aliosha, toma tu copa, demuestra quién eres. ¿Por qué brindamos? ¿Por las puertas del paraíso? Toma una copa, Grusha, bebe tú también por las puertas del paraíso.
—¿Qué es eso de las puertas del paraíso?
Grúshenka tomó una copa. Aliosha cogió la suya, bebió un sorbito y volvió a dejarla.
—¡No, mejor no! —Sonrió con dulzura.
—¡Y tú que presumías! —exclamó Rakitin.
En ese caso, yo tampoco bebo —terció Grúshenka—; además, no me apetece. Bébete tú toda la botella, Rakitka. Si bebe Aliosha, entonces beberé también yo.
—¡Ya empezamos con las sensiblerías! —se burló Rakitin—. Ahí la tienes, ¡sentada en sus rodillas! De acuerdo, él está triste; pero tú, ¿qué tienes tú? Él se ha rebelado contra su Dios, estaba dispuesto a comer salchichón… —Y ¿qué es lo que ha pasado?
—Hoy ha muerto su stárets, el stárets Zosima, el santo.
—¡Que ha muerto el stárets Zosima! —exclamó Grúshenka—. ¡Señor, y yo sin saberlo! —Se persignó con devoción—. ¡Ay, Señor, pero qué estoy haciendo, sentada en sus rodillas! —exclamó de pronto, como asustada; al instante, de un salto, se sentó en el diván. Aliosha la miró largamente, con asombro, y algo pareció iluminarse en su rostro.
—Rakitin —dijo de pronto con voz alta y firme—, no te burles de mí, diciendo que me he rebelado contra mi Dios. No quiero encolerizarme contigo, por eso te pido que tú también seas más amable. Yo he perdido un tesoro como tú no has tenido en la vida, y ahora no puedes juzgarme. Más vale que te fijes en ella: ¿has visto cómo me ha compadecido? He venido aquí pensando que encontraría un alma envilecida; eso era precisamente lo que me atraía, porque yo mismo me sentía abyecto y ruin; pero resulta que he encontrado un tesoro: un alma capaz de amar… Ahora mismo se ha apiadado de mí… Agrafiona Aleksándrovna, estoy hablando de ti. Has hecho que mi alma vuelva a su ser.
A Aliosha le temblaban los labios y le costaba respirar. Se calló.
—¡Ni que te hubiera salvado! —Rakitin soltó una risa maliciosa—. Pues tenía intención de comerte de un bocado, ¿no lo sabes?
—¡Basta, Rakitka! —saltó súbitamente Grúshenka—; callaos los dos. Ahora hablo yo: tú, Aliosha, calla, porque me da vergüenza oírte; y es que yo soy mala, no tengo nada de buena: así son las cosas. Y tú, Rakitka, cállate, porque estás mintiendo. Es verdad que yo tenía la infame intención de comérmelo de un bocado, pero eso ha dejado de ser verdad, ahora estás mintiendo… ¡No quiero volver a oírte una palabra, Rakitka! —Grúshenka dijo todo esto en un estado de extrema agitación.
—¡Míralos a los dos! ¡Hechos una furia! —siseó Rakitin, mirándolos sorprendido—. ¡Parecen dos locos! ¡Ni que estuviéramos en un manicomio! Se han enternecido tanto que en cualquier momento se van a echar a llorar.
—¡Voy a echarme a llorar! ¡Claro que voy a echarme a llorar! —decía Grúshenka—. Me ha llamado hermana, ¡jamás lo olvidaré! Y otra cosa, Rakitka: puede que sea mala, pero, mira, una vez di una cebolla.
—¿Una cebolla? ¡Uf, qué demonios! ¡Sí que han perdido el juicio!
Rakitin estaba sorprendido de su exaltación, y se sentía ofendido e irritado, aunque tendría que haber entendido que en ellos dos había venido a coincidir, como ocurre pocas veces en la vida, todo lo que era capaz de conmoverlos. El caso es que Rakitin, que tenía una enorme sensibilidad para comprender todo lo que le afectaba a él personalmente, era muy tosco a la hora de apreciar los sentimientos y las sensaciones del prójimo: en parte, por su inexperiencia juvenil; en parte, por su profundo egoísmo.
—Mira, Alióshechka —Grúshenka, dirigiéndose a él, se echó a reír nerviosamente— ; he presumido ante Rakitka de haber dado una vez una cebolla; a ti, en cambio, no te lo cuento por presumir. No es más que una fábula, aunque una fábula preciosa; cuando era niña, se la oí contar a mi Matriona, la que ahora trabaja en casa de cocinera. Dice más o menos así. Érase una vez una mujer muy mala, mala requetemala, y un día se murió. Y no dejó detrás de sí ninguna buena acción. La agarraron los demonios y la arrojaron al lago de fuego. Pero su ángel de la guarda empezó a darle vueltas: «¿Qué buena acción suya —se preguntaba— podría recordarle yo a Dios?». Hizo memoria, y al fin le dijo a Dios: «Una vez cogió una cebolla del huerto y se la dio a una mendiga». Y Dios le responde: «Coge tú esa misma cebolla —le dice—, acércasela hasta el lago y que se agarre de ella; si consigues sacarla del lago tirando de la cebolla, la mujer irá al paraíso, pero si la cebolla se rompe, que se quede donde está». Va corriendo el ángel a donde está la mujer, le alarga la cebolla y le dice: «Toma, mujer, agárrate bien, que ya tiro yo». Y empezó a tirar con mucho cuidado, y ya casi la había sacado del todo, cuando otros pecadores que había en el lago, viendo que la estaban sacando, empezaron a agarrarse a ella para que los sacaran también a ellos a la vez. Pero aquella mujer, que era malísima, mala requetemala, empezó a quitárselos de encima a patadas: «Me están sacando a mí, no a vosotros; la cebolla es mía, no es vuestra». Fue decir estas palabras, y la cebolla se rompió. Y la mujer cayó en el lago, y allí sigue ardiendo hasta el día de hoy. Y el ángel se echó a llorar y se marchó. Así es la fábula, Aliosha, me la sé de memoria, porque yo soy esa mala mujer. A Rakitka le he dicho, para presumir, que una vez di una cebolla, pero a ti te lo diré de otro modo: en toda mi vida solo he dado una cebolla, ésa ha sido mi única buena acción. Así que, sabiéndolo, no me alabes, Aliosha, ni digas que soy buena: soy mala, mala requetemala, y si me alabas haces que me avergüence. Ay, voy a confesártelo todo. Escucha, Aliosha: tenía tantas ganas de que vinieras a esta casa, y le había insistido tanto a Rakitka que le había prometido veinticinco rublos si te traía. ¡Espera un momento, Rakitka! —Se acercó rápidamente a la mesa, abrió un cajón, cogió el monedero y sacó un billete de veinticinco rublos.
—¡Qué disparate! ¡Qué disparate! —exclamó Rakitin, perplejo.
—Cógelos, Rakitka, te los debo; no irás a rechazarlos, tú mismo los pediste. —Y le arrojó el billete.
—¿Quién ha hablado de rechazarlos? —dijo Rakitin, con voz profunda, visiblemente turbado, pero intentando disimular su vergüenza con gallardía—. Me van a venir al pelo; los tontos existen en beneficio de los listos.
Y ahora estate callado, Rakitka, ahora todo lo que voy a decir no es de tu incumbencia. Siéntate en ese rincón y estate callado; tú no nos quieres, así que estate callado.
—Y ¿por qué no os iba a querer? —replicó Rakitin en mal tono, sin tratar ya de ocultar su enfado. Se había guardado en el bolsillo el billete de veinticinco rublos, y estaba abochornado delante de Aliosha. Contaba con haber cobrado más tarde, para que éste no se enterase, y ahora la vergüenza lo había puesto furioso. Hasta ese momento había considerado que era más político no contradecir a Grúshenka, a pesar de sus continuas pullas, pues era evidente que la joven ejercía cierto dominio sobre él. Pero ahora él también estaba molesto—. A la gente se la quiere por algo, pero vosotros, cualquiera de los dos, ¿qué habéis hecho por mí?
—Deberías querer sin ningún motivo, igual que hace Aliosha.
—Y ¿cómo sabes que te quiere? ¿Qué pruebas te ha dado para que muestres tanto entusiasmo?
Grúshenka, de pie en mitad del cuarto, hablaba con calor, y en su voz se percibían notas de histerismo:
—¡Cállate, Rakitka, no entiendes nada de nosotros! Y en lo sucesivo no te atrevas a tutearme, no te lo consiento, ¡habrase visto qué descaro! Siéntate en un rincón y no digas nada, como si fueras mi lacayo. Y ahora, Aliosha, voy a contarte a ti y solo a ti la pura verdad, para que veas qué clase de bicho soy. No, a Rakitka no; a ti te lo digo. Quería perderte, Aliosha, estaba totalmente decidida, ésa es la gran verdad; tanto lo quería que soborné a Rakitin para que te trajera. Y ¿por qué lo deseaba hasta tal punto? Tú, Aliosha, no sabías nada, te apartabas de mí, pasabas de largo, bajando la mirada; yo, en cambio, te había mirado ya cien veces, había empezado a preguntar por ti a todo el mundo. Tu cara se me había quedado grabada en el corazón: «Me desprecia —pensaba—, no quiere ni mirarme». Al final, se apoderó de mí tal sentimiento que no salía de mi asombro: «¿Cómo puedo tenerle tanto miedo a un muchachito como él? Voy a comérmelo de un bocado, y me voy a reír de él». Estaba furiosa. Lo creas o no, aquí nadie se atreve a decir ni a pensar que alguien puede venir a casa de Agrafiona Aleksándrovna con malas intenciones; no tengo más hombre que ese viejo, estoy ligada y vendida a él, Satanás nos casó; pero no hay nadie más. Pero, viéndote a ti, me decía: yo a éste me lo como de un bocado. Me lo como y me río. Ya ves qué clase de perra rabiosa soy, ¡y tú llamándome hermana! Y ahora ha venido mi ofensor, aquí estoy esperando noticias suyas. ¿Sabes lo que ha sido ese hombre para mí? Hace cinco años me trajo aquí Kuzmá; solía quedarme en casa, apartada de todo el mundo, para que nadie me viera ni me oyera; yo era una muchachita delgada y estúpida, y estaba llorando todo el día; me pasaba las noches en blanco, pensando: «¿Dónde estará ahora mi ofensor? Seguro que está con otra, riéndose de mí. Si alguna vez lo vuelvo a ver, si alguna vez me lo encuentro —pensaba yo—, ¡me las pagará! ¡Me las pagará!». De noche, en la oscuridad, sollozaba en la almohada y no paraba de pensar, desgarrándome aposta el corazón y aplacándolo con malos deseos: «¡Me las pagará! ¡Me las pagará!». A veces gritaba así en la oscuridad. Pero después, cuando de pronto caía en la cuenta de que no iba a hacerle nada, y de que él en esos momentos se estaría riendo de mí, o a lo mejor se había olvidado de mí por completo y no se acordaba de nada, me tiraba de la cama, con lágrimas de impotencia, y temblaba sin cesar hasta el amanecer. Por la mañana, me levantaba más rabiosa que una perra, dispuesta a tragarme el mundo entero. Después, seguro que piensas que empecé a ahorrar, que me volví insensible, que engordé, que me hice más juiciosa… ¿a que sí? Pues, mira, no; no hay nadie en todo el universo que vea y que sepa esas cosas, pero cuando oscurece, exactamente igual que hace cinco años, cuando era una jovencita, a veces me rechinan los dientes, acostada en la cama, y me paso toda la noche llorando: «¡Se va a enterar de quién soy yo! —pienso—. ¡Se va a enterar de quién soy yo!». Me has escuchado, ¿no? Entonces podrás entenderme; hace ahora un mes, me llegó de pronto una carta: que viene, que se ha quedado viudo y quiere que nos veamos. Ay, Señor, me quedé sin respiración, pero de pronto caí en la cuenta: ahora viene, me llama con un silbido y yo me arrastro hasta él como un perrillo apaleado, ¡como si fuera yo la culpable! Lo pienso y no doy crédito: «¿Soy o no soy una miserable? ¿Voy a correr a su encuentro?». Y todo este mes he sentido más rabia contra mí misma que hace cinco años. ¿Ves ahora, Aliosha, cómo soy de impulsiva, de irrefrenable? ¡Te he expuesto toda la verdad! Me he divertido con Mitia para no salir corriendo hacia el otro. Cállate, Rakitka, tú no eres quién para juzgarme, no te estaba hablando a ti. Antes de que vinierais, estaba aquí pensando, decidiendo todo mi destino, y jamás llegaréis a saber lo que había en mi corazón. No, Aliosha, dile a aquella señorita que no se enfade por lo que pasó anteayer… No hay nadie en el mundo que sepa ni pueda saber lo que me ocurre ahora… Porque es posible que hoy lleve encima un cuchillo, aún no lo he decidido…
Y, después de haber pronunciado estas «lamentables» palabras, Grúshenka, de pronto, fue ya incapaz de contenerse y, sin terminar de explicarse, se cubrió el rostro con las manos, se desplomó sobre el diván, hundió la cara en una almohada y empezó a sollozar como una chiquilla. Aliosha se puso de pie y se acercó a Rakitin.
—Misha —le dijo—, no te enfades. Te sientes ofendido, pero no te enfades. ¿Has oído lo que acaba de decir? No se le puede pedir tanto al alma de una persona, hay que ser más compasivo…
Aliosha dijo eso movido por un impulso irreprimible de su corazón. Tenía necesidad de expresarse, y se dirigió a Rakitin. De no haber estado allí Rakitin, se habría puesto a dar gritos solo. Pero Rakitin lo miró con aire burlón, y Aliosha, de repente, se quedó callado.
Últimamente te han cargado con tu stárets, y ahora tú me lo largas a mí, Alióshenka, hombrecito de Dios —dijo Rakitin, con una sonrisa de odio.
—No te rías, Rakitin, no te burles, no hables del difunto: ¡él está por encima de cuanto ha existido en la tierra! —gritó Aliosha, con la voz entrecortada por el llanto—. No te he hablado como juez, sino como el último de los acusados. ¿Quién soy yo ante ella? He venido aquí buscando mi perdición, diciendo: «¡Sea! ¡Sea!». Y eso por culpa de mi cobardía. ¡Ella, en cambio, después de cinco años de tormento, al primero que ha aparecido por aquí y le ha dicho una palabra sincera se lo perdona todo, lo olvida todo y se echa a llorar! Ha vuelto su ofensor, la va a llamar y ella se lo perdonará todo y correrá alegre a su encuentro, sin llevar ese cuchillo, ¡sin el cuchillo! No, yo no soy así. No sé cómo serás tú, Misha, pero ¡yo no soy así! Hoy, hace un momento, me he llevado esa lección… En virtud de su amor, esta mujer está por encima de nosotros… ¿Le habías oído contar antes lo que acaba de contar? No, no se lo habías oído; de habérselo oído, hace tiempo que lo habrías comprendido todo… Y la otra, la que anteayer resultó ofendida, ¡que la perdone también ella! Y la perdonaría si supiera… y lo sabrá… Esta alma aún no ha hallado la paz, hay que tratarla con cuidado… En esa alma puede haber un tesoro…
Aliosha se calló, porque la respiración se le había cortado. Rakitin, a pesar de su cólera, lo miraba con asombro. Jamás se habría esperado una tirada semejante del lacónico Aliosha.
—¡Vaya, nos ha salido un abogado! ¿Te has enamorado de ella o qué? Agrafiona Aleksándrovna, nuestro ayunador se enamorado de ti, ¡has triunfado! —gritó, riéndose con descaro.
Grúshenka levantó la cabeza de la almohada y miró a Aliosha con una sonrisa cariñosa; esa sonrisa iluminó su rostro, que se había hinchado de repente por las recientes lágrimas.
—Déjalo, Aliosha, mi querubín, ya ves cómo es, no vale la pena hablar con él. Yo, Mijaíl Ósipovich —se dirigió a Rakitin—, tenía intención de pedirte perdón por haberte tratado tan mal, pero se me han pasado las ganas. Aliosha, acércate, siéntate aquí —lo llamó con una sonrisa alegre—; eso, aquí mismo, siéntate y dime —le cogió la mano y lo miró a la cara, sin dejar de sonreír—, dime una cosa: ¿quiero o no quiero a ese hombre? A mi ofensor, ¿lo quiero o no lo quiero? Antes de que vinierais, estaba aquí tumbada, a oscuras, y no hacía más que preguntarle a mi corazón: ¿quiero a ese hombre o no lo quiero? Sácame de la duda, Aliosha, ha llegado el momento; lo que tú decidas, se hará. ¿Debo o no debo perdonarlo?
—Pero si ya lo has perdonado —contestó Aliosha con una sonrisa.
—Es verdad, ya lo he perdonado —asintió Grúshenka, con aire pensativo—. ¡Ay, qué corazón más vil! ¡A la salud de mi corazón vil! —Cogió de pronto una copa de la mesa, se la bebió de un trago, la levantó y la arrojó con todas sus fuerzas contra el suelo. La copa se hizo añicos y los cristales tintinearon. Una línea de crueldad se dibujó fugazmente en su sonrisa—. O puede que aún no lo haya perdonado —añadió, con cierto aire amenazante, bajando la mirada al suelo, como si estuviera hablando sola—. A lo mejor mi corazón tan solo está preparándose para perdonar. Aún tengo que combatir con el corazón. Como ves, Aliosha, en estos cinco años le he cogido un cariño enorme a las lágrimas… ¡Igual lo que he amado ha sido la ofensa sufrida, en vez de amarlo a él!
—¡Pues no me gustaría estar en su pellejo! —siseó Rakitin.
—No te preocupes, Rakitka, tú nunca vas a estar en su pellejo. Tú me harás unos zapatos, Rakitka, para eso es para lo único que me vas a servir, y no esperes tener nunca a una mujer como yo… Y puede que él tampoco…
—¿Él tampoco? Y, entonces, ¿por qué te has puesto tan elegante? —se burló Rakitin, en tono cáustico.
—No me eches en cara que me haya vestido así, Rakitka, ¡aún no conoces tú todo mi corazón! Si me da la gana, ahora mismo hago pedazos mi vestido, en este mismo instante —gritó con fuerza Grúshenka—. ¡No sabes para qué me he puesto esta ropa, Rakitka! A lo mejor, voy a su encuentro y le digo: «¿A que nunca me habías visto así?». Porque él me dejó cuando yo era una muchacha de diecisiete años, flacucha, tísica, llorona. Quiero sentarme a su lado, seducirlo, avivar la llama: «¿Me ves bien ahora? — pienso decirle—. Pues quédate con eso, señor mío: ¡lo verás pero no lo catarás!». Ya ves, Rakitka, para qué me pueden servir estas galas —concluyó Grúshenka con una risita maliciosa—. Soy una mujer violenta, Aliosha, impulsiva. Soy capaz de arrancarme el vestido, de mutilarme, de arruinar mi belleza, de quemarme la cara y desfigurarla a cuchilladas, y luego ir por ahí pidiendo limosna. Que no me apetece, no voy ahora a ningún sitio ni a casa de nadie; que me apetece, mañana mismo le devuelvo a Kuzmá todo lo que me ha regalado, todo su dinero, ¡y me pongo a trabajar de jornalera para el resto de mis días!… ¿Crees que no voy a hacerlo, Rakitka? ¿Que no me voy a atrever? Lo haré, lo haré, ahora mismo si hace falta; vosotros no me provoquéis… Y a ese otro, lo mando al diablo, le hago una higa, ¡y no me vuelve a ver!
Pronunció las últimas palabras a gritos, como histérica, pero una vez más fue incapaz de contenerse y, cubriéndose el rostro con las manos, se echó sobre la almohada y volvió a estremecerse con los sollozos. Rakitin se levantó.
—Hora de irse —dijo—; ya es tarde, no van a dejarnos entrar en el monasterio.
Grúshenka se puso de pie de un salto.
—¡No se te ocurrirá marcharte así, Aliosha! —exclamó, con amargo desconcierto—. ¿Qué vas a hacer ahora conmigo? Me has conmovido, me has atormentado, y ¡ahora me toca quedarme sola otra noche!
—¿No querrás que pase la noche aquí contigo? Claro que, si le apetece… ¡él sabrá!
¡Yo puedo irme solo! —bromeó Rakitin en tono hiriente.
Calla, alma ruin —le gritó Grúshenka, furiosa—; tú nunca me has dicho cosas como las que él ha venido a decirme.
—Y ¿qué es lo que te ha dicho? —protestó Rakitin, irritado.
—No sé, no tengo ni idea, no sé lo que me ha dicho; le ha hablado al corazón, ha puesto patas arriba mi corazón… Ha sido el primero que me ha tenido lástima, el primero y el único, ¡eso es! ¿Por qué no has venido antes, querubín? —Grúshenka cayó de rodillas delante de Aliosha, como en éxtasis—. Toda la vida he estado esperando a alguien como tú, sabía que vendría alguien así y me perdonaría. Creía que a una mujer tan despreciable como yo también podían quererla, sin buscar únicamente mi perdición…
—Y ¿qué he hecho yo por ti? —replicó Aliosha, sonriendo con ternura, al tiempo que se inclinaba hacia ella y la cogía cariñosamente de las manos—. Te he dado una cebolla, una cebolla diminuta, ¡nada más, nada más!
Dicho lo cual, se echó a llorar. En ese mismo instante, se oyó de pronto un ruido en el zaguán y alguien entró hasta el vestíbulo; Grúshenka se levantó a toda prisa, como si se hubiera llevado un susto de muerte. Fenia entró corriendo en la estancia, armando un gran alboroto y gritando:
—¡Señora, mi querida señora, ha llegado la estafeta! —exclamó, sofocándose de lo alegre que estaba—. Han mandado una calesa de Mókroie a buscar a la señora; está ahí Timoféi, el cochero, con una troika; ahora mismo están cambiando los caballos… ¡La carta, la carta, señora, aquí tiene la carta!
Tenía la carta en la mano y la agitaba en el aire mientras gritaba. Grúshenka se la arrebató y se acercó a la vela. Era solo una notita, unas cuantas líneas, y la leyó en un momento.
—¡Me ha llamado! —exclamó, pálida, con el rostro contraído por una sonrisa dolorosa—. ¡Me ha silbado! ¡Arrástrate, perrito!
Pero apenas estuvo parada un momento, como indecisa; de pronto, la sangre se le subió a la cabeza y le cubrió de fuego las mejillas.
—¡Voy! —exclamó súbitamente—. ¡Adiós a cinco años de mi vida! Adiós, Aliosha, la suerte está echada… Fuera de aquí, fuera de aquí ahora mismo; marchaos todos, ¡no quiero volver a veros! Grúshenka vuela al encuentro de una nueva vida… Rakitka, tú tampoco me guardes rencor. ¡Es posible que me dirija a mi propia muerte! ¡Uf! ¡Me siento como si estuviera borracha!
De repente los dejó y se retiró corriendo a su cuarto.
—Bueno, ¡ahora ya no puede ocuparse de nosotros! —gruñó Rakitin—. Vámonos de aquí, no vaya a soltar otro de esos gritos femeninos, estoy harto de esos chillidos lacrimosos…
Aliosha se dejó llevar maquinalmente. Había una calesa en el patio, estaban desenganchando los caballos; iban de acá para allá con faroles, muy atareados. Por el portal abierto entraba una troika de refresco. Pero justo acababan de salir Aliosha y Rakitin cuando de pronto se abrió una ventana de la alcoba de Grúshenka, y la joven llamó a Aliosha, que ya se alejaba:
—Alióshechka, saluda de mi parte a tu hermano Mítenka, y dile que no guarde un mal recuerdo de mí, de esta malhechora suya. Y no dejes de repetirle estas palabras mías: «A Grúshenka se la lleva un canalla, no un hombre noble como tú». Y añade, además, que Grúshenka lo amó solo una hora, apenas una hora en total, y que recuerde esa hora toda la vida; dile que así se lo ha ordenado Grúshenka: toda la vida…
Acabó con la voz entrecortada por el llanto. La ventana se cerró de golpe.
—¡Hum, hum! —gruñó Rakitin, riéndose—. Acuchilla a tu hermano Mítenka, y encima le ordena que la recuerde toda la vida. ¡Qué voracidad!
Aliosha no replicó, no parecía haber oído su comentario; marchaba a buen paso al lado de Rakitin, como si llevara muchísima prisa; caminaba maquinalmente, con la cabeza en otra parte. De pronto, Rakitin sintió un dolor agudo, como si alguien le hubiera hurgado en una herida abierta. Aquella misma tarde, cuando se propuso reunir a Grúshenka con Aliosha, jamás habría pensado que las cosas iban a salir como habían salido; nada se había ajustado a sus expectativas.
—Ese oficial suyo es polaco —volvió a hablar Rakitin, controlando sus impulsos—, y ahora ni siquiera es oficial; ha servido como funcionario de aduanas en Siberia, en algún sitio en la frontera china; seguro que es algún polacucho birrioso. Dicen que se ha quedado sin trabajo. Habrá oído que ahora Grúshenka ha reunido un capital, y ha vuelto. ¡Ése es todo el milagro!
Una vez más, Aliosha no dijo nada, como si no se hubiera dado por enterado. Rakitin ya no pudo contenerse:
—¿Qué? ¿Has convertido a la pecadora? —se burló malignamente de Aliosha—. ¿Has hecho que la oveja descarriada volviera al buen camino? ¿Has expulsado a los siete demonios? ¡Aquí ha sido donde se han obrado los milagros que tanto ansiábamos!
—Basta, Rakitin —replicó Aliosha, con el alma dolorida.
—¿Ahora me «desprecias» por los veinticinco rublos de antes? Dirás que he vendido a un verdadero amigo. Pero tú no eres Cristo, ni yo soy Judas.
—Ah, Rakitin, te aseguro que ya me había olvidado de ese asunto —exclamó Aliosha—; me lo acabas de recordar… Pero Rakitin ya no atendía a razones.
—¡Al diablo con todos vosotros! —De pronto se puso a vociferar—. ¿Quién me mandaría meterme en tus asuntos? En lo sucesivo, no quiero saber nada más de ti.
¡Sigue tú solo, ahí tienes el camino!
Dobló rápidamente por otra calle, dejando a Aliosha solo en la oscuridad. Aliosha salió de la ciudad y se encaminó al monasterio atravesando los campos.