Capítulo II

La ocasión

No se equivocaba el padre Paísi, ni mucho menos, pensando que su «querido muchacho» iba a volver, y es muy posible que penetrara (si no hasta el fondo, sí con notable perspicacia) en el auténtico sentido del estado anímico de Aliosha. De todos modos, reconozco sinceramente que ahora me costaría mucho transmitir con claridad el sentido preciso de aquel extraño y confuso momento de la vida del protagonista de mi relato, tan joven aún y a quien tengo tanto cariño. Al amargo reproche del padre Paísi, dirigido a Aliosha —«¡No me digas que tú también estás con los incrédulos!»—, podría contestar rotundamente en nombre de éste: «No, él no estaba con los incrédulos». Es más, ocurría todo lo contrario: su confusión obedecía, justamente, a su inmensa fe. Pero, de todos modos, esa confusión existió y fue tan dolorosa que incluso mucho más tarde, después de mucho tiempo, Aliosha seguiría considerando aquel triste día uno de los más aciagos y penosos de toda su vida. Si alguien me pregunta abiertamente: «¿Es posible que toda esa angustia y esa desazón surgieran solo porque el cuerpo de su stárets, en vez de producir curaciones de forma inmediata, sufrió, por el contrario, una descomposición prematura?», le responderé sin vacilar: «En efecto, así fue». Le pediría únicamente al lector que no se apresure a burlarse del puro corazón de mi joven. Por mi parte, no solo no tengo intención de pedir perdón por él ni de disculpar o justificar la ingenuidad de su fe en razón de su juventud, por ejemplo, o de sus escasos éxitos en los estudios que había cursado hasta entonces y etcétera, etcétera, sino que pienso hacer más bien lo contrario, y declaro firmemente que siento un sincero respeto por la naturaleza de su corazón. Sin duda alguna, otro joven, más cauteloso con sus impresiones íntimas, capaz ya de amar con calor, pero sin arrebatos, alguien cuyos pensamientos, aun siendo atinados, resultaran excesivamente racionales (y, por lo mismo, de escaso valor) para su edad; un joven así, digo, habría podido evitar lo que le ocurrió a mi joven; pero lo cierto es que en algunos casos es más honroso dejarse llevar por la pasión, aunque sea insensata, siempre que haya nacido de un gran amor, que resistirse a ella. Y más todavía en la juventud, pues un mozo demasiado razonable a todas horas no es muy de fiar, y es poco lo que vale: ¡así es como lo veo yo! «Pero —replicarán seguramente las personas sensatas— es imposible que todos los jóvenes compartan tales prejuicios, y su joven no es un ejemplo para nadie.» A lo cual, por mi parte, respondo: sí, mi joven creía, creía con una fe sagrada e inquebrantable, pero, con todo, no voy a pedir perdón por él.

Verán: aunque haya declarado más arriba (acaso con excesiva precipitación) que no pienso dar explicaciones ni pedir disculpas ni justificar a mi héroe, me doy cuenta de que, de todos modos, es necesario aclarar algunas cosas para la ulterior comprensión de la historia. Quiero decir lo siguiente: no era cuestión de milagros. Su impaciencia no obedecía a una frívola espera de milagros. Aliosha no los necesitaba entonces, de ninguna manera, para el triunfo de determinadas convicciones, ni para que cierta idea previa, preconcebida, se impusiese rápidamente sobre otra; oh, no, nada de eso, en aquel asunto, por encima de todo, en primer lugar, solo tenía presente a una persona y nada más que a una persona: su amado stárets, el justo a quien había respetado hasta la veneración. Lo que ocurría era que, tanto en aquellos momentos como a lo largo del año precedente, aquel amor «a todo y a todos» que yacía oculto en el joven y puro corazón de Aliosha se concentraba en ocasiones —quizá de una manera inadecuada—, al menos por lo que respecta a los más intensos arrebatos de su corazón, con preferencia en un único ser: en su amado stárets, ahora fallecido. Ciertamente, aquel ser había representado para él durante tanto tiempo el ideal indiscutible que todas sus fuerzas juveniles y todas sus aspiraciones no podían dejar de orientarse a aquel ideal, llegando a olvidarse por momentos «de todo y de todos». (Más tarde, él mismo recordaría cómo durante aquel penoso día se olvidó por completo de su hermano Dmitri, que tantos quebraderos de cabeza y disgustos le había dado la víspera; también se olvidó de llevarle al padre de Iliúshechka los doscientos rublos, algo que, con tanto entusiasmo, se había propuesto hacer el día anterior.) Pero, insisto, no eran milagros lo que necesitaba, sino tan solo la «justicia suprema», que, a su entender, había sido quebrantada, motivo por el cual su corazón había resultado herido de forma tan cruel e inesperada. ¿Qué más da que dicha «justicia», por el curso mismo de los acontecimientos, hubiese adquirido en las esperanzas de Aliosha la forma de milagros, unos milagros que brotarían sin tardanza de los restos de quien había sido su adorado guía? En el monasterio todos pensaban y esperaban lo mismo, incluso aquellos ante cuya inteligencia se inclinaba Aliosha, como, por ejemplo, el propio padre Paísi; de ahí que Aliosha, sin inquietarse con dudas de ninguna clase, revistiera sus sueños con los mismos ropajes que los demás. Además, tales sueños se habían ido asentando en su interior desde hacía mucho, y a lo largo de aquel año de estancia en el monasterio su corazón se había habituado a esperarlos. Pero era de justicia de lo que tenía sed, ¡de justicia, no solo de milagros! ¡Y he aquí que aquel que debería, de acuerdo con sus esperanzas, haber sido exaltado por encima de todos los hombres de la tierra, en lugar de alcanzar la gloria que le correspondía, había sido derribado y deshonrado! ¿Por qué? ¿Quién lo había condenado? ¿Quién había podido juzgarlo? Esas preguntas atormentaron desde el primer momento su corazón, virginal e inexperto. No podía soportar, sin sentirse ofendido, sin experimentar una profunda rabia, que el más justo entre los justos hubiera sido sometido a la mofa insolente y rencorosa de una muchedumbre tan frívola y tan inferior a él. Podía no haber habido ningún milagro, podía no haberse producido ningún hecho milagroso, podía no haber ocurrido lo que se esperaba como algo inminente; pero ¿cómo explicarse aquella ignominia? ¿Por qué se había permitido aquella afrenta? ¿A qué se había debido aquella descomposición prematura, que «se había adelantado a la naturaleza», como decían los monjes airados? ¿Qué sentido tenía aquella «admonición», que éstos, junto con el padre Ferapont, sacaban ahora a relucir con tal solemnidad? Y ¿por qué se creían con derecho a actuar así? ¿Dónde estaban, pues, la providencia y el dedo de Dios? ¿Por qué que no lo había mostrado —a juicio de Aliosha— «en una ocasión como aquélla», como si Él mismo hubiera deseado someterse a las leyes de la naturaleza, ciegas, mudas e implacables?

Por esa razón brotaba sangre del corazón de Aliosha y, naturalmente, como ya he dicho, lo primero para él era aquella persona a la que amaba más que nada en el mundo, ¡y esa persona había sido «cubierta de ignominia», había sido «difamada»! Admitamos que la queja de mi joven fuera ligera e insensata; en cualquier caso, y lo repito por tercera vez (y concedo de antemano que también es posible que proceda, al hacerlo, con cierta ligereza), me alegro de que mi joven no fuera demasiado razonable en un momento como ése: ya tendrá tiempo, si no es un necio, de mostrarse razonable; en cambio, si en un momento tan excepcional resulta que no hay amor en el corazón de un joven, ¿cuándo va a haberlo? De todos modos, no quiero omitir a este respecto un extraño fenómeno, aunque muy pasajero, que se produjo en la mente de Aliosha en aquel momento tan fatídico y desconcertante para él. Este nuevo algo que afloró para desaparecer al instante consistía en una huella angustiosa de la conversación que había tenido la víspera con su hermano Iván, conversación que en aquellos momentos Aliosha recordaba una y otra vez. Precisamente en aquellos momentos. Oh, no es que ninguna de sus creencias básicas, elementales, por así decir, se hubiera tambaleado en su alma. Amaba a su Dios y tenía en Él una fe inquebrantable, aunque, de pronto, hubiera murmurado contra Él. Pero, con todo, cierta impresión borrosa, aunque atormentada y maligna, de los recuerdos de la conversación del día anterior con su hermano Iván de pronto había vuelto a removerse en su alma e insistía, cada vez con más ahínco, en salir a la superficie.

Caía la tarde cuando Rakitin, yendo del asceterio al monasterio a través del pinar, vio de pronto a Aliosha tendido al pie de un árbol, boca abajo e inmóvil, como si estuviera durmiendo. Se acercó y lo llamó.

—¿Qué haces tú aquí, Alekséi? ¿Es posible que…? —empezó a preguntar, sorprendido, pero dejó la frase a medias. Lo que había querido decir era: «¿Es posible que hayas llegado a esos extremos?». Aliosha no se dignó mirarlo, pero, por el movimiento que hizo, Rakitin comprendió que le oía y comprendía—. ¿Qué te pasa? — siguió diciendo, aún sorprendido, aunque en su rostro, cada vez más burlón, el asombro empezaba ya a ceder el paso a la sonrisa—. Escucha, llevo más de dos horas buscándote. De repente, se te había tragado la tierra. Pero ¿qué haces aquí? ¿Qué locura es ésta? Mírame, por lo menos…

Aliosha levantó la cabeza, se sentó y apoyó la espalda en el árbol. No lloraba, pero su rostro reflejaba dolor y se apreciaba irritación en su mirada. De todos modos, no miraba a Rakitin, sino un punto impreciso, hacia un lado.

—¿Sabes? —insistió Rakitin—. Te ha cambiado por completo la cara. No queda nada de tu famosa mansedumbre de antes. ¿No te habrás enfadado con alguien? ¿Te han ofendido?

—¡Déjame en paz! —exclamó bruscamente Aliosha, que seguía sin mirar a Rakitin, haciendo a la vez un gesto de cansancio.

—¡Vaya! ¡Conque ésas tenemos! Te has puesto a gritar, como el más común de los mortales. ¡El que pasaba por un ángel! Bueno, Aliosha, me has dejado de piedra, ¿sabes? Te lo digo con toda sinceridad. Hacía ya tiempo que aquí nada me sorprendía tanto. Y yo que te tenía por una persona educada… —Aliosha, finalmente, le dirigió la mirada, pero era una mirada un tanto distraída, como si no acabara de entender lo que le estaba diciendo—. Y ¿todo esto porque tu viejo apesta? ¿No creerías en serio que iba a ponerse a hacer milagros sin ton ni son? —exclamó Rakitin, presa otra vez del más sincero desconcierto.

—He creído, creo, y quiero creer, y voy a creer, ¿qué más necesitas? —gritó Aliosha con irritación.

—Nada de nada, querido. ¡Uf, qué diablos! Estas cosas no se las cree ahora ni un colegial de trece años. Aunque, por mí… Total, que te has enfadado con tu Dios, te has sublevado: es como si no hubieran respetado el escalafón y no te hubieran concedido una medalla con ocasión de una fiesta. ¡Ay, cómo sois!

Aliosha miró largamente a Rakitin, entrecerrando los ojos, y algo brilló de pronto en su mirada… Pero no estaba irritado con Rakitin.

—Yo no me sublevo contra mi Dios, lo que pasa es que «no acepto su mundo» — dijo, forzando una sonrisa.

—¿Qué es eso de que no aceptas el mundo? —Rakitin dedicó unos segundos a meditar la respuesta de Aliosha—. ¿Qué galimatías es ése? —Aliosha no respondió—.

Bueno, basta ya de simplezas; al grano: ¿has comido hoy?

—No me acuerdo… Creo que sí.

—A juzgar por tu cara, necesitas reponer fuerzas. Da pena verte. Por lo que he oído, no has dormido en toda la noche, tuvisteis una reunión. Y después, con todo este trajín… Seguro que no has tomado más que un trocito de antídoron. Llevo un poco de salchichón en el bolsillo, lo cogí hace un rato al salir de la ciudad, por si acaso, aunque no creo que quieras… —Venga ese salchichón.

—¡Caray! ¡Lo que hay que ver! ¡Toda una rebelión, con barricadas! Bueno, hermano, no es nada despreciable. Ven conmigo… Yo ahora me tomaría una copita de vodka, estoy muerto de cansancio. Me imagino que con el vodka no te atreverás… ¿O vas a beber?

—Venga un poco de vodka.

—¡Casi nada! ¡Es asombroso, hermano! —Rakitin lo miraba perplejo—. Bueno, en cualquier caso, lo mismo el vodka que el salchichón son cosa fina, algo estupendo que no hay que dejar escapar. ¡Venga! —Aliosha se levantó sin decir nada y siguió a Rakitin—. ¡Anda, que como viera esto tu hermano Vánechka, se quedaba de piedra! Por cierto, tu querido Iván Fiódorovich se ha largado esta mañana a Moscú, ¿lo sabías?

—Sí, ya lo sabía —respondió Aliosha en tono indiferente, y de pronto le vino fugazmente a la cabeza la imagen de su hermano Dmitri, aunque fue solo un momento; y, a pesar de que aquella imagen le recordó algo, algún asunto urgente que no podía aplazarse ni un minuto más, algún deber, alguna obligación terrible, tampoco ese recuerdo produjo en él mayor impresión, no le llegó al corazón; en un instante, voló de su memoria y quedó olvidado. Pero mucho más tarde Aliosha aún lo recordaría.

—Tu hermanito Vánechka dijo una vez que yo soy un «zopenco liberal, sin el menor talento». Y tú mismo una vez no te pudiste contener y me diste a entender que «no soy honrado»… ¡Muy bien! Vamos a ver ahora qué hay de vuestro talento y de vuestra honradez. —Rakitin acabó esta frase en un susurro, solo ya para sí—. ¡Uf, escucha! — prosiguió, de nuevo en voz alta—. Vamos a alejarnos del monasterio, podemos ir por este sendero derechos a la ciudad… Hum. De paso, necesito acercarme un momento a casa de la Jojlakova. Figúrate: le he escrito contándole todo lo ocurrido y, date cuenta, me contesta enseguida, en una notita escrita a lápiz (a esta señora le encanta escribir notitas), que nunca se habría esperado «de un stárets tan venerable como el padre Zosima, semejante conducta». Eso decía, ni más ni menos: ¡«conducta»! Así que ella también se ha enfadado; ¡ay, cómo sois! ¡Alto! —volvió a gritar, inesperadamente; de pronto, se detuvo y también detuvo a Aliosha, sujetándolo de un hombro—. ¿Sabes, Alioshka? —Le dirigió a los ojos una mirada inquisitiva, bajo la impresión de una nueva idea que se le había ocurrido de repente, y, aunque por fuera se estaba riendo, no se atrevía, por lo visto, a expresar en voz alta esa nueva ocurrencia: hasta tal punto no acababa de fiarse de aquel estado de ánimo de Aliosha, asombroso y totalmente inesperado—. Alioshka, ¿sabes adónde podemos ir ahora, mejor que a ningún otro sitio? —dijo al fin tímidamente, en tono adulador.

—Me da igual… A donde quieras.

—¿Y si vamos a casa de Grúshenka, eh? ¿Vendrías? —soltó finalmente Rakitin, temblando por su tímida ansiedad.

—Vamos a casa de Grúshenka —contestó impasible Aliosha, sin pensárselo dos veces, y esa conformidad tan inmediata y serena dejó tan sorprendido a Rakitin que a punto estuvo de retroceder de un salto.

—¡Sí, sí!… ¡Claro! —gritó desconcertado, pero de pronto, agarrando con fuerza a Aliosha del brazo, lo condujo por el sendero, con un miedo atroz a que aún fuera a echarse atrás. Marchaban en silencio; Rakitin no se atrevía a decir nada—. Qué contenta se va a poner, qué contenta —balbuceó, pero volvió a callarse. Además, no era en absoluto para alegrar a Grúshenka por lo que llevaba a Aliosha a verla; él era un hombre serio y no hacía nada si no era con el propósito de sacar algún provecho. En esta ocasión, tenía un doble objetivo: en primer lugar, la venganza, o sea, asistir al «oprobio del justo» y a la previsible «caída» de Aliosha, pasando «de santo a pecador», algo con lo que ya se estaba deleitando de antemano; en segundo lugar, perseguía un importante beneficio material, algo de lo que ya se hablará más adelante.

«Parece que se ha presentado la ocasión —pensaba con maliciosa alegría—; hay que agarrarla como sea del pescuezo, la ocasión, me refiero, porque es de lo más propicia.»

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