Capítulo VII

Y al aire libre

—El aire es tan puro, señor, mientras que en mi mansión está tan viciado, en todos los sentidos… Vayamos despacito, señor. Tengo mucho interés en que me preste atención.

—También yo tengo algo muy importante que decirle… —le comunicó Aliosha—. Aunque no sé cómo empezar.

—¿Cómo no imaginar que tiene algo que decirme, señor? De no ser así, nunca se habría acercado a mi casa. ¿No habrá venido únicamente a quejarse del chico, señor? Es muy poco probable. Pero hablando del chico, señor: en casa no podía explicárselo todo, pero ahora que estamos aquí voy a describirle aquella escena. Verá, hace apenas una semana el estropajo estaba más poblado; me refiero a mi barbita, señor, porque es a mi barbita a la que llaman estropajo, los colegiales sobre todo, señor. En fin, que su querido hermano, Dmitri Fiódorovich, me tiró en aquella ocasión de la barbita, me sacó de la taberna y me arrastró por la plaza justo en el momento en que los chicos salían del colegio, y entre ellos estaba Iliusha. Al verme en esa situación, vino corriendo a mí: «¡Papá! ¡Papá!», chillaba. Se agarraba a mí, me abrazaba, intentaba librarme de mi agresor, gritándole: «Suéltelo, suéltelo, es mi padre, es mi padre, perdónelo»; eso era lo que le gritaba: «Perdónelo»… También lo agarró con sus manitas, le cogió una mano, ni más ni menos que su mano, y se la besó, señor… Recuerdo la carita que tenía en ese instante, no se me ha olvidado ni se me va a olvidar…

—Le juro —proclamó Aliosha— que mi hermano le expresará su arrepentimiento de la forma más completa, de la forma más sincera, hasta de rodillas, si hace falta, en esa misma plaza… Yo lo obligaré; si no, ¡dejará de ser mi hermano!

—¡Ajá! Así que no es más que un proyecto. No ha salido de él, sino de usted, de la nobleza de su fogoso corazón. Haberlo dicho antes, señor. No, en tal caso, permítame que acabe de hablarle de la elevada caballerosidad y el noble espíritu militar que su hermano exhibió en aquella ocasión, señor. Cuando finalmente se cansó de tirarme del estropajo, me dejó libre, diciendo: «Tú eres un oficial, y yo también; si puedes encontrar un padrino, un hombre decente, mándamelo y te daré satisfacción, aunque no eres más que un miserable». Eso fue lo que me dijo, señor. ¡Todo un espíritu caballeresco! Entonces me llevé a mi hijo de allí, pero aquel linajudo cuadro de familia quedó grabado de por vida en la memoria del alma de Iliusha. En vista de lo cual, ¿quién iba ya a querer ser noble? Además, juzgue usted mismo: acaba de estar en mi mansión, ¿qué es lo que ha visto, señor? Allí hay tres damas: una tullida y con pocas luces, otra tullida y jorobada, y la tercera con piernas, pero demasiado inteligente, una estudiante que está deseando volver a San Petersburgo para buscar a orillas del Nevá los derechos de la mujer rusa. De Iliusha ni hablo, apenas tiene nueve años y está más solo que la una. Así pues, si yo muero, ¿quién iba a hacerse cargo de mi covacha? Es todo lo que le pregunto, señor. En esas circunstancias, imagínese que nos batimos en duelo y que me mata como si tal cosa; entonces, ¿qué? ¿Qué pasaría con todos los míos, señor? O peor aún, pongamos que no me mata, pero me deja inválido: ya no podría trabajar, pero boca iba a seguir teniendo, ¿y quién iba a alimentar entonces esta boca mía? ¿Quién iba a darles de comer a todos ellos, señor? ¿Tendría que mandar a Iliusha todos los días a pedir limosna en lugar de mandarlo a la escuela? Ya ve lo que significa para mí retar a su hermano a duelo, no es más que una palabra estúpida, señor.

—Le pedirá perdón, se inclinará a sus pies en medio de la plaza —volvió a proclamar Aliosha, con los ojos encendidos.

—Yo quería haberlo llevado a juicio —prosiguió el capitán asistente—, pero abra usted nuestro código: ¿qué clase de satisfacción podría obtener de mi ofensor por la afrenta personal que he sufrido? A todo esto, Agrafiona Aleksándrovna me manda llamar y se pone a chillarme: «¡Ni lo pienses! Como se te ocurra llevarlo ante un tribunal, yo haré que sepa todo el mundo que, si te ha pegado, ha sido por culpa de tus tejemanejes, y te va a tocar a ti ir a juicio». Pero Dios es testigo de quién fue el responsable de aquellos tejemanejes, señor, y qué órdenes obedecí yo, que era el que menos pintaba en aquel asunto. ¿O acaso no actuaba yo siguiendo instrucciones de esa mujer y de Fiódor Pávlovich? «Aparte de eso —añadió—, te voy a echar de mi lado para siempre, y en lo sucesivo no vas a ganar nada conmigo. Y, si se lo digo a mi mercader (así llama ella al viejo: “mi mercader”), él también te va a echar.» Y entonces, claro, pienso: si hasta el mercader me echa, ¿quién me va a dar trabajo? Porque yo ya solo cuento con esas dos personas, toda vez que su padre, Fiódor Pávlovich, no solo me ha retirado su confianza, por un motivo que no viene al caso, sino que incluso, después de haberse hecho con unos recibos míos, también quiere llevarme a juicio. En vista de lo cual, me quedé calladito, señor, y ya ha podido usted ver la covacha, señor. Y ahora permítame una pregunta: antes, cuando Iliusha le ha mordido en el dedo, ¿le ha hecho mucho daño? En casa, estando él delante, no me he atrevido a entrar en ese detalle.

—Sí, me ha hecho mucho daño; estaba muy irritado. La afrenta sufrida por usted quiso vengarla en mí, por ser yo un Karamázov; ahora lo veo claro. Pero tenía que haberlo visto usted tirándose piedras con los compañeros… Es muy peligroso, podían haberlo matado; son unos niños, unos inconscientes, una de esas piedras podía haberle abierto la cabeza a alguno.

—Como que se ha llevado una pedrada, señor, no en la cabeza, pero sí en el pecho, un poco más arriba del corazón; se ha presentado en casa con un moratón, llorando y quejándose, y se ha puesto malo.

—Pues sepa que él ha sido el primero en meterse con los demás; está furioso por lo que le pasa a usted; los otros chicos dicen que a uno de ellos, un tal Krasotkin, lo ha pinchado con un cortaplumas…

—También me lo han contado, y hay que andarse con ojo, señor: Krasotkin es un funcionario de la localidad, a ver si vamos a tener algún problema…

—Yo le aconsejaría —siguió diciendo Aliosha con vehemencia— que no enviara a su hijo a la escuela por unos días, hasta que se calme… y se le pase este acceso de ira…

—¡Ira, señor! —repitió el capitán asistente—. Ni más ni menos, ira. En una criatura tan pequeña, una ira tan grande, señor. Aún no lo sabe todo. Permítame que le explique esa historia en concreto. Resulta que, después de lo ocurrido, todos los chicos de la escuela empezaron a meterse con él, llamándolo estropajo. Los escolares son muy crueles: tomados de uno en uno son unos ángeles de Dios, pero, cuando se juntan, sobre todo en los colegios, suelen ser muy crueles. Empezaron a burlarse de él, y el espíritu de la nobleza renació en Iliusha. Un chico corriente, un hijo sin carácter, se habría resignado, se habría avergonzado de lo ocurrido; pero él se alzó en solitario contra todos en defensa de su padre. En defensa de su padre y en defensa de la verdad, señor, de la pura verdad. Porque lo que tuvo que soportar entonces, mientras le besaba la mano a su hermano y le imploraba: «Perdone a mi padre, perdone a mi padre», eso solo lo sabemos Dios y yo, señor. Así es como nuestros hijos, no los de ustedes, sino los nuestros, señor, los hijos de los pobres, despreciados pero nobles, aprenden con nueve años a conocer la verdad en la tierra. Los ricos no: éstos no llegan a tales honduras en toda su vida; en cambio, mi Iliushka, en aquella plaza, señor, en el preciso instante en que besaba la mano de aquel hombre, en aquel mismo instante, descubrió toda la verdad. Penetró en él la verdad y lo abatió para siempre —dijo el capitán con vehemencia, una vez más fuera de sí, dándose un golpe con el puño derecho en la palma de la mano izquierda, como si deseara ilustrar de qué modo había abatido «la verdad» a su Iliusha—. Aquel día tuvo fiebre, estuvo delirando toda la noche. Apenas habló conmigo en todo el día, no abría la boca, aunque sí me fijé en que no hacía más que mirarme, mirarme desde su rincón; cada vez se arrimaba más a la ventana, y hacía como si estuviera estudiando, pero yo me daba cuenta de que no eran precisamente las lecciones lo que tenía en la cabeza. Al día siguiente, pecador que es uno, estaba tan triste que me dio por beber, y casi no me acuerdo de nada. También la mamá se puso a llorar (yo a la mamá la quiero mucho), y de la pena me cogí una buena curda. No me desprecie, señor; en Rusia las mejores personas son los borrachos. La gente más buena es también la que más se emborracha. Me pasé el día tumbado en la cama, y apenas me acordé de Iliusha, pero fue precisamente aquel día cuando los otros niños la tomaron con él en el colegio, desde por la mañana, señor: «Estropajo —le gritaban—, a tu padre lo han sacado de la taberna tirándolo del estropajo, y tú ibas corriendo a su lado pidiendo perdón». Al tercer día, al volver del colegio, me di cuenta de que traía muy mala cara, estaba pálido. «¿Qué tienes?», le digo. Y él, callado. En casa más valía no hablar, porque enseguida su madre y sus hermanas iban a meter baza; las muchachas, además, ya estaban al corriente de todo, lo sabían desde el primer día. Varvara Nikolavna enseguida empezó a refunfuñar: «Bufones, payasos, ¿es que nunca pueden hacer nada a derechas?». «En efecto —le digo—, Varvara Nikolavna, ¿es que nunca podemos hacer nada a derechas?» Con eso, de momento, salí del paso. Al atardecer, fui con el chico a dar una vuelta, señor. Debe saber que, ya antes de eso, todas las tardes salía con él a pasear un rato, siguiendo exactamente el mismo recorrido que ahora, desde la cancela de nuestra casa hasta esa roca solitaria, aquella que se ve allí al borde del camino, junto al seto, justo donde empiezan los prados comunales: un lugar desierto, precioso, señor. Total, que íbamos Iliusha y yo cogidos de la mano, como de costumbre: él tiene una mano diminuta, con dedos muy finitos y algo fríos; está delicado del pecho. «¡Papá! —me dice—. ¡Papá!» «¿Qué?», le respondo; veo que le brillan los ojos. «¡Papá! ¡Lo que te hizo, papá!» «Qué le vamos a hacer, Iliusha», le digo. «No hagas las paces con él, papá, no hagas las paces. Los chicos del colegio dicen que te ha dado diez rublos por lo que ha pasado.» «No, Iliusha —le digo—, no pienso aceptar dinero suyo bajo ningún concepto.» Entonces empezó a temblarle todo el cuerpo, me cogió la mano con sus dos manitas y volvió a besármelas. «Papá —dice—, papá, rétalo a duelo; en el colegio se meten conmigo, me dicen que eres un cobarde y no te atreves a retarlo, y que vas a coger sus diez rublos.» «No tengo forma de retarlo, Iliusha», le respondo y le explico brevemente lo mismo que acabo de explicarle a usted. Me estuvo escuchando atentamente. «Papá, de todos modos —dice—, no hagas las paces con él: ¡me haré mayor, lo retaré yo mismo y lo mataré!» Los ojos le echaban fuego. En cualquier caso, yo soy su padre y tenía que decirle la verdad. «Matar es pecado —le digo—, aunque sea en un duelo.» «Papá, papá —me dice—, cuando sea mayor, ya verás cómo lo tumbo; le quitaré el sable con mi sable, me echaré encima de él y lo tumbaré, y entonces lo amenazaré con el sable, diciendo: “Podría matarte ahora mismo, pero prefiero perdonarte la vida, ¡para que veas!”.» Ya ve, señor, ya ve qué cosas se le habían pasado por la cabeza en esos dos días, no había dejado de pensar en vengarse con el sable, y seguro que de noche la escena aparecía en sus delirios, señor. Pero después empezó a regresar de la escuela con señales de que le habían zurrado; yo me he enterado hace dos días, y tiene usted razón, señor: no voy a volver a mandarlo a esa escuela. Supe que plantaba cara él solo a toda la clase, que le daba por provocar a los otros chicos; está muy alterado, algo le quema por dentro. Entonces me asusté por él. Volvimos a salir de paseo. «Papá —me preguntó—, papá, ¿es verdad que los ricos son los más fuertes del mundo?» «Sí —le contesto—, Iliusha, no hay nadie en el mundo más fuerte que un rico.» «Papá —me dice—, entonces me haré rico, seré oficial y acabaré con todos, el zar me dará una recompensa y así, cuando vuelva, seguro que nadie se atreve a…» Se quedó callado un momento, y después siguió hablando con los labios temblorosos, igual que antes: «¡Papá —me dice—, qué ciudad más fea la nuestra, papá!». «Sí —digo—, Iliúshechka, la verdad es que no está muy bien nuestra ciudad.» «Papá, vámonos a otra ciudad, a una ciudad mejor —me dice—, donde nadie sepa nada de nosotros.» «Nos iremos —le digo—, nos iremos, Iliusha, pero primero tengo que reunir el dinero.» Me alegré de tener ocasión de distraerlo de sus negros pensamientos, y empezamos a soñar los dos juntos, pensando en cómo nos trasladaríamos a otra ciudad, para lo cual habría que comprar un caballo y una telega. Montaríamos en ella a la mamá y a las hermanitas, las arroparíamos, y nosotros iríamos caminando a su lado; de vez en cuando montaría al chico, y yo seguiría a pie, porque al caballo propio hay que cuidarlo, no es bueno ir todos sentados. Y así viajaríamos. Iliusha estaba encantado; sobre todo, lo volvía loco la idea de tener su propio caballo y de ir montado en él. Ya se sabe que los chicos rusos vienen al mundo con un caballo. Estuvimos charlando un buen rato; gracias a Dios, pensaba yo, se ha distraído un poco, se ha consolado. Eso pasó anteayer por la tarde, pero ayer fue todo muy distinto. Por la mañana había vuelto a ir a la escuela, y había regresado muy serio, pero que muy serio. Por la tarde lo cogí de la mano, me lo llevé a dar un paseo, pero él estaba callado, no decía nada. Se levantó un poco de viento, se cubrió el cielo, se notaba que estamos ya en otoño, y además empezaba a oscurecer… Los dos íbamos tristes. «Bueno, hijo, ¿cómo vamos a preparar ese viaje?», le digo, con ánimo de reanudar la conversación de la víspera. No me contesta. Me doy cuenta, eso sí, de que sus dedos tiemblan en mi mano. «Mala cosa —me digo—, aquí ha pasado algo.» Llegamos, igual que ahora, hasta esa roca de ahí, y yo me senté encima; había muchas cometas volando en el cielo, zumbaban y crujían, habría unas treinta. Y es que ahora es la temporada de las cometas. «Fíjate, Iliusha —le digo—. Podríamos volar la cometa del año pasado. Te la voy a arreglar. ¿Dónde la has metido?» Mi hijo seguía callado, apartaba la vista, casi me daba la espalda. De pronto, el viento empezó a silbar, arrastrando nubes de polvo… Iliusha, súbitamente, se me echó encima, me rodeó el cuello con los dos brazos, me estrechó con fuerza. Ya conoce usted a esos niños callados y orgullosos, que reprimen el llanto mientras pueden, hasta que de pronto rompen a llorar, porque la pena se hace incontenible, y entonces ya no es que les fluyan las lágrimas, señor, sino que les brotan como torrentes. Con las cálidas gotas de esas lágrimas me empapó en un momento toda la cara. Sollozaba convulsivamente, temblaba, me apretaba contra su cuerpo, sin moverme yo de la roca. «Papi —gritaba— , papi, papi querido, ¡cómo te ha humillado!» Entonces yo también me puse a sollozar y, sentados en la roca, empezamos los dos a temblar, así abrazados. «¡Papi, papi!», decía. «¡Iliusha! —le digo—. ¡Iliúshechka!» No nos vio nadie entonces, solo Dios: tal vez lo anote en mi hoja de servicios, señor. Agradézcaselo a su hermano, Alekséi Fiódorovich. Pero ¡no pienso azotar a mi pequeño para darle a usted satisfacción, señor!

Concluyó con la misma maliciosa y extravagante salida de tono de hacía un rato. Aliosha sentía, sin embargo, que aquel hombre confiaba en él y que nunca se habría puesto a «divagar» de ese modo en presencia de otro, ni le habría hecho las confidencias que acababa de hacerle a él. Eso animó a Aliosha, que temblaba de emoción.

—¡Ay, cómo me gustaría hacer las paces con su hijo! —exclamó—. Si usted pudiera arreglarlo…

—Claro que sí, señor —balbuceó el capitán asistente.

—Pero ahora no se trata de eso, sino de algo bien distinto —prosiguió Aliosha en el mismo tono exaltado—. ¡Escuche!, ¡escuche! Me han encargado que le transmita algo: ese hermano mío, Dmitri, ha ofendido también a su prometida, una joven de gran nobleza, de la que usted, seguramente, habrá oído hablar. Tengo el derecho, y hasta la obligación, de ponerle a usted al corriente de tal ofensa, pues esta joven, al saber de la afrenta que usted había sufrido, y conociendo su desgraciada situación, me ha pedido ahora mismo… hace poco… que le trajese esta ayuda en su nombre… pero, eso sí, exclusivamente en su nombre, no en nombre de Dmitri, el cual la ha abandonado, ¡no, no, de ningún modo! Tampoco en mi nombre, por mucho que sea hermano de Dmitri, ni en el de ninguna otra persona, sino en nombre de ella, y solo de ella. Esa joven le ruega que acepte usted su ayuda… Ustedes dos han sido ultrajados por el mismo individuo… Se ha acordado de usted únicamente cuando ha sufrido una ofensa equivalente, por su gravedad, a la sufrida por usted. O sea, que se trata de una hermana que acude en ayuda de su hermano… Me ha encomendado expresamente que le convenciera para que aceptara estos doscientos rublos como si vinieran de una hermana. Nadie se va a enterar, no puede dar origen a injustos chismorreos de ninguna clase; aquí tiene los doscientos rublos y, le doy mi palabra, tiene usted que aceptarlos, porque si no… si no, ¡en este mundo todos somos enemigos! Pero lo cierto es que en este mundo también hay hermanos. Tiene usted un alma noble, y debería entenderlo, ¡debería entenderlo!

Y Aliosha le tendió los dos irisados billetes nuevecitos de cien rublos. Se encontraban en ese momento, precisamente, junto a la roca, al lado del seto, y no había nadie más por allí. Al parecer, los billetes causaron una tremenda impresión en el capitán, el cual se echó a temblar, si bien en un primer momento esa reacción debió de obedecer más bien a la sorpresa: en ningún momento se le había pasado por la cabeza nada semejante, y no se esperaba, en absoluto, un desenlace de esa naturaleza. Ni en sueños se habría imaginado que pudiera recibir ayuda de nadie, y menos aún una ayuda tan considerable. Cogió los dos billetes, y durante cosa de un minuto fue incapaz de responder; algo completamente nuevo había aflorado en su rostro.

—¿Son para mí? ¿Para mí? ¡Todo este dinero, señor! ¡Doscientos rublos! ¡Santo Dios! ¡Llevaba cuatro años sin ver tanto dinero, Dios mío! Y dice que es una hermana… ¿De verdad lo ha dicho? ¿De verdad?

—¡Le doy mi palabra de que todo lo que le he dicho es verdad! —dijo Aliosha, gritando.

El capitán asistente se ruborizó.

—Escuche, querido amigo mío, escúcheme; si lo acepto, ¿no seré un miserable? A sus ojos, Alekséi Fiódorovich, ¿no seré un miserable? ¿No? Escuche, Alekséi Fiódorovich, escúcheme, escúcheme bien, señor —se atropellaba, tocando continuamente a Aliosha con las dos manos—; trata usted de convencerme de que acepte el dinero con el argumento de que quien me lo manda es una «hermana»; pero, en su fuero interno, en lo más íntimo, ¿no me despreciará si lo acepto, señor?

—¡No, no! ¡Qué va! ¡Se lo juro por la salvación de mi alma! Y nadie lo va a saber jamás, solo nosotros: usted y yo; además de ella y de otra dama, muy buena amiga suya…

—¡Qué más da esa dama! Escuche, Alekséi Fiódorovich, présteme atención; llegados a este punto, es imprescindible que me escuche con toda atención, señor, pues no se hace usted una idea de lo que pueden suponer ahora para mí estos doscientos rublos —siguió diciendo el infeliz, que poco a poco iba llegando a un estado de exaltación confusa, casi salvaje. Parecía desconcertado, hablaba con gran precipitación, atropellándose, como si tuviera miedo de que no le dejaran acabar de explicarse—. Aparte de ser un dinero honradamente adquirido, por proceder de una «hermana» tan santa y tan digna de respeto, señor, ¿sabe usted que ahora voy a poder hacer que atiendan a la mamá y a Nínochka, mi ángel jorobadito, mi hijita? Vino a verlas el doctor Herzenstube, movido por su buen corazón, estuvo una hora entera examinando a las dos enfermas: «No entiendo nada», dijo; no obstante, hay un agua mineral que venden en la farmacia local, que seguramente le iría bien, y se la recetó; también le recetó unos baños de pies medicinales. Pero esa agua mineral cuesta treinta kopeks, y es posible que tuviera que beberse hasta cuarenta jarros. Así que cogí la receta y la puse en el estante, debajo del icono, y ahí sigue. A Nínochka le prescribió unos baños calientes en una solución, dos veces al día, por la mañana y por la tarde, pero ¿cómo vamos a aplicar un tratamiento como ése en nuestra casa, sin servicio, sin ayuda, sin una tina y sin agua, señor? El caso es que Nínochka padece reumatismo, aún no se lo había dicho; de noche le duele toda la mitad derecha del cuerpo, es un tormento, y créame que ese ángel de Dios lo aguanta con tal de no inquietarnos, no se queja para no despertarnos. En casa comemos lo que caiga, lo que podamos conseguir, y ella se conforma con el último resto, más digno de echárselo a un perro: «Yo no valgo —parece decir— lo que este bocado; se lo estoy quitando de la boca, soy una carga para ustedes». Eso es lo que quiere expresar su mirada angelical. Los demás la atendemos, pero eso a ella le pesa: «Yo no lo valgo, no lo valgo, soy una tullida indigna, una inútil». ¡Vaya si lo vale! Pero si ha sido ella, señor, quien, con su mansedumbre angelical, nos ha ganado para Dios por medio de sus oraciones; sin ella, sin su dulce palabra, nuestra casa sería un infierno; ¡si hasta a la propia Varia la ha ablandado! Pero tampoco condene a Varvara Nikolavna, señor, ella también es un ángel, también ella ha sufrido lo suyo. Vino a vernos este verano, y traía consigo dieciséis rublos; se los había ganado dando clases y los tenía apartados para el viaje, para volver ahora, en septiembre, a San Petersburgo. Pero nosotros le hemos cogido ese dinerillo y nos lo hemos gastado, señor, y ahora no tiene con qué regresar, ya ve usted. Además, tampoco puede irse, porque trabaja para nosotros como una condenada; la hemos enganchado al carro y ensillado como a un rocín: se ocupa de todos nosotros, remienda, lava, barre el suelo, acuesta a su mamá, pero su mamá es caprichosa, a su mamá le da por llorar, ¡su mamá está loca, señor!… Así que ahora, con estos doscientos rublos, podré contratar a una criada, ¿entiende, Alekséi Fiódorovich?, podré afrontar el tratamiento de mi familia, mandar a la estudiante a San Petersburgo, señor, comprar carne de vacuno, seguir una nueva dieta. ¡Dios mío, esto es un sueño!

Aliosha no cabía en sí de contento habiendo proporcionado tanta felicidad y viendo que aquel desdichado aceptaba que lo hicieran feliz.

—Espere un poco, Alekséi Fiódorovich, espere —aferrándose a otro de sus sueños, que le había venido de pronto a la cabeza, el capitán asistente empezó de nuevo a atropellarse, hablando con frenética locuacidad—; ¿sabe una cosa? Ahora sí que vamos a poder cumplir nuestro sueño, Iliusha y yo: nos compraremos un caballo y una kibitka, el caballo tiene que ser negro, me ha pedido que sea negro sin falta, y nos pondremos en marcha, tal y como acordamos anteayer. En la provincia de K. tengo un conocido, un amigo de la infancia; es abogado y me ha hecho saber, a través de una persona de confianza, que, si me traslado allí, está dispuesto, por lo visto, a ofrecerme un puesto de escribiente en su despacho; quién sabe, a lo mejor me lo da… Total, que solo habría que acomodar a la mamá, acomodar a Nínochka, poner a Iliúshechka de conductor, y yo, andando, andandito, me los llevaría a todos, señor. ¡Ay, Dios mío, si pudiera cobrar además una pequeña deuda que ya había dado por perdida, con ese pico tal vez nos llegaría para todo, señor!

—¡Llegará, llegará! —exclamó Aliosha—. Katerina Ivánovna le mandará más dinero, todo el que le haga falta, y, ¿sabe usted?, yo también tengo, puede disponer del que necesite, como si fuera de un hermano, de un amigo, ya me lo devolverá más adelante… ¡Ya verá cómo se hace usted rico, ya lo verá! ¡La verdad es que no podía haber tenido mejor idea que la de trasladarse a otra provincia! Ahí está su salvación, especialmente para su chico… Y, ¿sabe?, cuanto antes mejor, antes de que llegue el invierno, antes de que haga frío; podría escribirnos desde allí, y quedaríamos como hermanos. ¡No, esto no es ningún sueño!

Aliosha estaba tan contento que le entraron ganas de abrazarlo. Pero, al mirarlo, de pronto se detuvo: el capitán, pálido, con el cuello y la boca en tensión, con expresión frenética, movía los labios como si quisiera decir algo; no producía ningún sonido, pero seguía moviendo los labios; resultaba un tanto extraño.

—¿Qué le pasa? —Aliosha, de repente, se estremeció por alguna razón.

—Alekséi Fiódorovich… yo… usted… —balbuceó, con voz quebrada, el capitán, mirando fijamente a Aliosha, con una mirada extraña y salvaje; tenía el aspecto de alguien que está decidido a arrojarse al vacío y al mismo tiempo esboza una sonrisa—. Yo… usted… ¿Qué le parece si le hago ahora un pequeño juego de manos, señor? — susurró de pronto, con voz rápida y firme, sin más titubeos.

—¿Cómo que un juego de manos?

—Pues eso, un juego de manos —siguió susurrando el capitán asistente; la boca se le había torcido hacia la izquierda, el ojo izquierdo lo tenía entrecerrado, pero seguía mirando fijamente a Aliosha, como con la vista clavada en él.

—Pero ¿qué le pasa? ¿De qué juego de manos me habla? —gritó Aliosha, cada vez más asustado.

—¡De este juego! ¡Mire! —chilló de pronto el capitán.

Y enseñándole los dos billetes irisados, que había estado sosteniendo juntos, con el pulgar y el índice de la mano derecha, durante toda la conversación, los agarró de pronto con rabia, los arrugó y los estrujó con todas sus fuerzas en el puño.

—¡Ya lo ha visto! ¡Ya lo ha visto! —le dijo a Aliosha, chillando, y de pronto, pálido, fuera de sí, levantó el puño y arrojó con violencia los billetes arrugados al suelo—. ¿O acaso no lo ha visto, señor? —volvió a chillar, señalándolos con el dedo—. ¡Pues mire, señor!…

Levantó el pie derecho y con una furia salvaje empezó a pisotearlos con el tacón, soltando exclamaciones y jadeando a cada patada.

—¡Ahí tiene su dinero! ¡Ahí tiene su dinero! ¡Ahí tiene su dinero! ¡Ahí tiene su dinero! —Dio un salto repentino hacia atrás y se irguió delante de Aliosha. Todo su ser reflejaba un orgullo indescriptible—. ¡Haga saber a quienes le han enviado, señor, que el estropajo no vende su honor! —gritó, extendiendo un brazo.

A continuación se volvió rápidamente y echó a correr; pero no había dado ni cinco pasos cuando, girándose otra vez, le dijo a Aliosha adiós con la mano. Pero de nuevo, sin haber recorrido siquiera otros cinco pasos, se volvió por última vez, ya no con la cara contraída por la risa, sino sacudida por el llanto. Con voz llorosa y entrecortada, dijo a toda prisa, atropellándose:

—¿Qué le habría dicho a mi pequeño si hubiera aceptado su dinero en pago por nuestra afrenta? —Dicho lo cual, echó a correr y ya no se volvió.

Aliosha lo siguió con la mirada, sintiendo un pesar indecible. Oh, se había dado cuenta de que aquel hombre no había sabido hasta el último momento que iba a acabar arrugando y arrojando los billetes. Siguió corriendo sin volverse ni una vez, y Aliosha era consciente de que ya no iba a volverse. No hizo ningún intento de seguirlo o de llamarlo, él ya sabía por qué. Cuando el capitán se perdió de vista, Aliosha recogió los dos billetes. Solo estaban muy arrugados, aplastados y hundidos en el polvo, pero perfectamente enteros, e incluso crujieron, como billetes nuevecitos, cuando los estiró y los alisó. Una vez alisados, los dobló, se los guardó en el bolsillo y se fue a ver a Katerina Ivánovna, a informarla del resultado de su gestión.

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