Capítulo VI
Desgarro entre cuatro paredes
Sentía, en verdad, una pena muy honda, como pocas veces había sentido antes. Se había lanzado a hablar y había «hecho el ridículo», ¡y para colmo en cuestiones amorosas! «¿Qué sabré yo de eso? ¿Cómo voy a entender de esos asuntos? —se repitió por centésima vez, ruborizándose—. Bah, la vergüenza es lo de menos, la vergüenza no es más que el castigo que me tengo merecido; lo malo es que ahora voy a ser, sin duda alguna, el origen de nuevas desgracias… El stárets me ha enviado a reconciliar y unir. ¿Así es como se une a los que están enfrentados?» Volvió a recordar cómo había «unido sus manos», y creyó que se moría de vergüenza. «Aunque haya actuado con toda sinceridad, en lo sucesivo tendré que obrar con más cautela», concluyó, y ni siquiera esa conclusión le arrancó una sonrisa.
El encargo de Katerina Ivánovna lo obligaba a ir a la calle del Lago, y precisamente su hermano Dmitri vivía cerca de allí, en una calleja próxima. Aliosha decidió pasarse por su casa antes de visitar al capitán asistente, aunque tenía el presentimiento de que no iba a dar con su hermano. Sospechaba que, dadas las circunstancias, éste procuraría no acercarse a él, pero tenía que encontrarlo como fuera. Porque el tiempo pasaba: desde que había salido del monasterio, no había dejado de pensar ni un minuto, ni un segundo, en el stárets agonizante.
En el encargo de Katerina Ivánovna había advertido un detalle que había despertado en él un enorme interés: cuando le contó lo de aquel chiquillo, un escolar aún, hijo del capitán, que corría, llorando a voz en grito, al lado de su padre, Aliosha enseguida pensó que muy bien podía tratarse del mismo niño que le había mordido el dedo cuando había ido a preguntarle si lo había ofendido. Ahora tenía pocas dudas al respecto, aunque aún no sabía por qué. De ese modo, ocupado en reflexiones accesorias, logró distraerse, así que decidió «no darle más vueltas» a la «desgracia» que acababa de causar, no torturarse con sus remordimientos, sino ocuparse de lo que tenía entre manos, y que pasara lo que tuviera que pasar. Con esta idea, acabó de recobrar el ánimo. En ese momento, al adentrarse en la calleja donde vivía su hermano Dmitri, reparó en el hambre que tenía y, sacándose del bolsillo el panecillo que había cogido en casa de su padre, se lo comió sobre la marcha. Eso le dio nuevas fuerzas.
Dmitri no estaba en casa. Los dueños de la casita —un viejo carpintero, su anciana mujer y su hijo— miraron a Aliosha con desconfianza. «Lleva ya tres noches sin venir a dormir, a lo mejor nos ha dejado», contestó el viejo a las insistentes preguntas de Aliosha. Éste se dio cuenta de que el viejo respondía siguiendo instrucciones. Al preguntarles si no estaría en casa de Grúshenka, o escondido, como en otras ocasiones, donde Fomá (Aliosha no dudó en recurrir a tales indiscreciones), los de la casa lo miraron recelosos. «Seguro que lo aprecian, y por eso le echan una mano — pensó Aliosha—; eso está bien.»
Por fin, en la calle del Lago, encontró la casa de Kalmykova, la menestrala, una casita ruinosa, ladeada, con solo tres ventanas a la calle, con un patio sucio, en medio del cual había una vaca solitaria. Por el patio se entraba en un zaguán; a la izquierda habitaba la vieja dueña con su hija, también vieja; las dos, al parecer, estaban sordas. Aliosha tuvo que preguntar varias veces por el capitán asistente, hasta que una de aquellas mujeres, comprendiendo finalmente que se refería a los inquilinos, le señaló con el dedo una puerta que estaba al otro lado del zaguán, que daba a una estancia. La vivienda del capitán constaba, en efecto, de una sola pieza. Aliosha ya había puesto la mano en el picaporte de hierro, dispuesto a abrir la puerta, cuando, de pronto, se quedó sorprendido por el insólito silencio que reinaba en el interior. Sabía, sin embargo, por las palabras de Katerina Ivánovna, que el capitán retirado tenía familia: «O están todos durmiendo o igual es que me han oído llegar y están esperando a que abra; será mejor que llame primero». Llamó. Se oyó una respuesta, aunque no fue inmediata, sino que transcurrieron, al menos, unos diez segundos.
—¿Quién es? —gritó alguien con voz potente y muy irritada.
En ese momento Aliosha abrió la puerta y atravesó el umbral. Se encontró en una estancia bastante espaciosa, pero extraordinariamente abarrotada, tanto de gente como de toda clase de bártulos. A la izquierda había una gran estufa rusa. Desde la estufa hasta la ventana de la izquierda, atravesando toda la habitación, habían tendido una soga de la que colgaban trapos y más trapos. Tanto a mano izquierda como a mano derecha había sendas camas arrimadas a la pared, cubiertas con colchas de punto. En una de ellas, la de la izquierda, se amontonaban cuatro almohadas de percal, cada una más chica que la anterior. En la otra cama, la de la derecha, solo se veía una almohada muy pequeñita. Algo más allá, en el rincón de los iconos, habían delimitado un pequeño espacio por medio de una cortina o una sábana, que también colgaba de una soga tendida transversalmente en ese rincón. Detrás de aquella cortina se adivinaba otra cama, que habían montado juntando un banco y una silla. Del propio rincón de los iconos habían retirado una sencilla mesa cuadrada de madera, de aspecto rústico, para acercarla al ventanuco central. Las tres ventanas, cada una con cuatro cristales pequeños, verdosos, enmohecidos, apenas dejaban pasar la luz y estaban herméticamente cerradas, de modo que el espacio resultaba sofocante y sombrío. Sobre la mesa había una sartén con restos de huevos fritos, un trozo de pan mordisqueado y una botella de medio shtof en cuyo fondo apenas quedaban un residuo de los frutos de la tierra. Junto a la cama de la izquierda, sentada en una silla, había una mujer, que parecía una dama, con un vestido de percal. Tenía la cara muy delgada y amarillenta; sus mejillas, exageradamente hundidas, delataban de inmediato su mala salud. Pero lo que más impresionó a Aliosha fue la mirada de la pobre señora, una mirada extraordinariamente inquisitiva y, al mismo tiempo, terriblemente altiva. Y hasta que ella no se sumó a la conversación, mientras Aliosha estuvo hablando con el señor de la casa, la señora, siempre con idéntica expresión altiva e inquisitiva, no cesó de dirigir sus grandes ojos castaños tan pronto a un interlocutor como al otro. Cerca de ella, junto a la ventana de la izquierda, había una muchacha de cara muy poco agraciada, con una rala cabellera pelirroja, pobre pero decorosamente vestida. Esta joven miró con desagrado al visitante. A la derecha, también junto a la cama, había otra criatura femenina. Daba verdadera lástima: era igualmente una muchacha joven, de unos veinte años, pero jorobada y tullida, con las piernas secas, según le explicaron más tarde a Aliosha. A su lado estaban las muletas, en un rincón entre la cama y la pared. Los ojos de la pobre chica, llamativamente bellos y bondadosos, miraron a Aliosha con una especie de serena humildad. A la mesa, dando buena cuenta de los huevos fritos, estaba sentado un señor de unos cuarenta y cinco años, más bien bajo, enjuto, de constitución débil, pelirrojo, de barba poco poblada y bermeja, muy parecida a un estropajo deshilachado (esta comparación y, en particular, la palabra «estropajo», se le ocurrieron a Aliosha nada más verlo, como recordaría más tarde). Tenía que haber sido él quien había contestado a la llamada de Aliosha, pues era el único hombre en la habitación. En todo caso, al entrar Aliosha, se levantó precipitadamente del banco en que estaba sentado y, limpiándose a toda prisa con una servilleta agujereada, salió corriendo a recibirlo.
—Un monje que pide para el monasterio, ¡a buen sitio ha venido a llamar! —dijo entretanto en voz alta la muchacha que estaba en el rincón de la izquierda.
Pero el señor, mientras iba rápidamente al encuentro de Aliosha, se giró un instante sobre sus talones y, volviéndose hacia ella, le respondió con voz inquieta y un tanto entrecortada:
—No, Varvara Nikoláievna, no es eso, ¡no ha acertado! Permítame que le pregunte, por mi parte, señor —se volvió nuevamente hacia Aliosha—, ¿qué le ha movido a visitar esta… covacha, señor?
Aliosha lo observaba con mucha atención, era la primera vez que veía a aquel individuo. Había en él algo desmañado, apremiante e irascible. Aunque era evidente que había bebido, no estaba borracho. En su rostro se reflejaba una actitud de extrema insolencia y, al mismo tiempo —por raro que fuese—, de manifiesta cobardía. Recordaba a esas personas que han vivido mucho tiempo sometidas, sufriendo con resignación, y que un buen día se rebelan y pretenden afirmar su personalidad. O, mejor aún, a alguien que arde en deseos de golpear a otros, pero tiene un miedo atroz a ser golpeado. En sus palabras y en la entonación de su voz, bastante penetrante, se traslucía un humor ciertamente estrafalario, tan pronto malicioso como tímido; era incapaz de mantener un tono uniforme, y hablaba de forma entrecortada. La pregunta relativa a la «covacha» la había hecho casi como temblando, abriendo mucho los ojos y acercándose a Aliosha con tanta premura que éste, maquinalmente, dio un paso atrás. Llevaba puesto un abrigo oscuro, de muy mala calidad, probablemente de nanquín, lleno de remiendos y lamparones. Sus pantalones eran excesivamente claros, como ya no se llevan hace tiempo, a cuadros, de una tela muy fina; estaban arrugados en los bajos, con lo que se le subían hacia arriba: parecía un niño al que la ropa se le hubiera quedado pequeña después de dar el estirón.
—Soy… Alekséi Karamázov… —empezó a decir Aliosha, en respuesta.
—Me hago cargo, señor —le cortó de inmediato aquel hombre, dándole a entender que ya sabía quién era—. Yo, por mi parte, soy el capitán asistente Sneguiriov; pero me gustaría saber, señor, qué es exactamente lo que le trae…
—Solo es un momento. En resumidas cuentas, quería decirle unas palabras en mi propio nombre… Si usted me lo permite…
—En ese caso, señor, aquí tiene esta silla, sírvase tomar asiento, señor. Es lo que decían en las comedias antiguas: «Sírvase tomar asiento»… —Y el capitán, con un movimiento rápido, cogió una silla libre, una simple silla rústica, toda de madera, sin tapizar, y la colocó prácticamente en el centro de la estancia; a continuación, cogiendo otra silla idéntica, se sentó enfrente de Aliosha, tan cerca de éste que sus rodillas casi se rozaban—. Soy Nikolái Ilich Sneguiriov, señor, capitán asistente de infantería, retirado; aunque cubierto de oprobio por mis vicios, señor, sigo siendo capitán asistente. No obstante, más bien debería llamarme «capitán asistente Slovoiérsov», en vez de Sneguiriov, pues al llegar a la mitad de mi vida he empezado a hablar añadiendo una «ese» de respeto a mis palabras. Es de esas cosas que uno aprende viviendo en la humillación.
—Así es —asintió Aliosha con una sonrisa—, pero ¿se aprende sin querer o a propósito?
—Sin querer, bien lo sabe Dios. Nunca había hablado así, en mi vida había empleado esa clase de «eses»; de pronto caí, y ya me levanté con las «eses». Eso obedece a una fuerza superior. Veo que se interesa usted por los temas de actualidad. Pero sigo sin comprender qué puede haber despertado su curiosidad, pues vivo en unas condiciones que hacen imposible la hospitalidad.
—Yo he venido… por el asunto aquel…
—¿Por el asunto aquel? —le interrumpió, impaciente, el capitán asistente.
—En relación con ese encuentro suyo con mi hermano Dmitri Fiódorovich —aclaró secamente Aliosha, sintiéndose cohibido.
—¿De qué encuentro me habla, señor? ¿Del encuentro aquel, señor? ¿Se refiere, entonces, a lo del estropajo, al estropajo de baño? —dijo el capitán, echándose hacia delante, tanto que en esta ocasión sus rodillas chocaron de hecho con las de Aliosha.
Apretó con fuerza los labios, que quedaron reducidos a un fino hilo.
—¿Cómo? ¿Qué estropajo? —balbuceó Aliosha.
—¡Es por mí, papá! ¡Ha venido a quejarse! —gritó, desde detrás de la cortina del rincón, una vocecita conocida de Aliosha, la voz del chiquillo de antes—. ¡Hace un rato le mordí un dedo!
Corrieron la cortina, y Aliosha vio a su rival en el rincón, bajo los iconos, en un camastro montado sobre un banco y una silla. El chico yacía arropado con su abriguito y con una vieja colcha guateada. Se notaba que estaba malo y, a juzgar por sus ojos brillantes, debía de tener fiebre. Miraba a Aliosha con cierta arrogancia, no como antes: «Aquí en casa —parecía decir—, no me vas a pillar».
—¿Qué es eso de que le ha mordido un dedo? —El capitán dio un respingo en la silla—. ¿Que le ha mordido a usted un dedo, señor?
—Sí, a mí. Hace un rato, en la calle, estaba peleándose con otros niños, estaban tirándose piedras; eran seis contra él. Yo me he acercado y él me ha tirado una piedra, y después otra a la cabeza. Le he preguntado qué le había hecho yo. De repente, se me ha echado encima y me ha dado un buen mordisco en el dedo, no sé por qué.
—¡Ahora mismo le doy unos buenos azotes! ¡En este mismo instante, señor! —El capitán se levantó de un salto.
—Pero si yo no me quejo, solo se lo he contado. No quiero, de ningún modo, que le dé usted unos azotes. Además, parece que está enfermo…
—¿Se había creído usted que iba a darle unos azotes? ¿Que pensaba coger a Iliúshechka y azotarlo ahora mismo en su presencia, para su plena satisfacción? ¿Tanta prisa tiene usted, señor? —replicó el capitán, volviéndose repentinamente hacia Aliosha, con un gesto tal que parecía que fuera a abalanzarse sobre él—. Siento, señor, lo de su dedo, pero, si se empeña, antes que pegar a Iliúshechka, me corto ahora mismo, delante de usted, cuatro dedos con este cuchillo para darle una justa satisfacción. Supongo que cuatro dedos serán suficientes para saciar su sed de venganza, señor. ¿O va a exigirme el quinto, señor?
De pronto se detuvo, como si se ahogara. Todas las líneas de su cara se movían y se contraían; miraba, además, con un aire extraordinariamente desafiante. Parecía fuera de sí.
—Creo que ya lo he comprendido todo —respondió con calma Aliosha, apesadumbrado, sin levantarse de la silla—. Veo que su hijo es un buen chico, quiere a su padre y se ha lanzado contra mí por ser el hermano de su ofensor… Ahora lo entiendo —repitió pensativo—. Pero mi hermano Dmitri Fiódorovich está arrepentido de su acto, no tengo de eso la menor duda, y si tuviera la ocasión de venir a verle o, mejor aún, si pudiera volver a encontrarse con usted en ese mismo sitio, estaría dispuesto a pedirle disculpas delante de todo el mundo… si usted lo desea.
—O sea, me tira de la barba y luego me pide disculpas… Asunto concluido, por así decir, y él tan tranquilo, ¿no es así, señor?
—Oh, no, al contrario; él hará cualquier cosa que usted quiera y como quiera.
—De modo, señor, que, si yo le pidiera a su alteza serenísima que se arrodillara a mis pies en esa misma taberna, Ciudad Capital se llama, o en una plaza pública, ¿lo haría?
—Sí, hasta se pondría de rodillas.
—Me ha conmovido usted, señor. Me ha conmovido y va a hacerme llorar. Soy demasiado sensible. Pero permítame que acabe de presentarme: mi familia, mis dos hijas y mi hijo, toda mi descendencia, señor. Si yo me muero, ¿quién va a quererlos? Y, mientras viva, ¿quién va a quererme a mí, a alguien tan ruin como yo, si no me quieren ellos? Es una gran obra la que ha hecho el Señor con la gente de mi clase. Porque es preciso que a las personas como yo también nos quiera alguien… —¡Ah, qué gran verdad! —exclamó Aliosha.
—Basta ya de payasadas; ¡llega el primer imbécil, y usted nos pone en evidencia! —exclamó inopinadamente la muchacha que estaba al lado de la ventana, dirigiéndose a su padre con cara de asco y desprecio.
—Espere un poco, Varvara Nikolavna, permítame mantener el rumbo —le gritó su padre, en tono imperioso, aunque con una mirada de aprobación. Y añadió, volviéndose de nuevo hacia Aliosha—: Así es nuestro carácter, señor. Y en toda la naturaleza nada quiso él bendecir.
»Habría que decirlo en femenino: “Nada quiso ella bendecir”. Pero permita que le presente a mi señora: aquí Arina Petrovna, dama tullida, de unos cuarenta y tres años; las piernas aún le responden, pero solo un poco. Es de origen humilde. Arina Petrovna, suavice esa expresión: aquí tiene a Alekséi Fiódorovich Karamázov. Levántese, Alekséi Fiódorovich. —Lo agarró de la mano y, con una fuerza que nadie se habría esperado en él, lo hizo levantar de repente—. Le están presentando a una dama, señor, hay que ponerse de pie. Mami, no es el mismo Karamázov que… bueno, ya sabes, sino su hermano, que resplandece por sus humildes virtudes. Permítame, Arina Petrovna, permítame, mami, permítame antes besarle la mano.
Y, respetuosamente, con ternura incluso, le besó la mano a su mujer. La jovencita que estaba al lado de la ventana se volvió, disgustada, para no ver la escena; en el rostro de la mujer, desdeñosamente inquisitivo, se dibujó de pronto una insólita dulzura.
—Mucho gusto, señor Chernomázov —dijo la mujer.
—Karamázov, mami, Karamázov… Somos gente sencilla —repitió el hombre, en un susurro.
—Muy bien, Karamázov, lo que sea, aunque yo siempre digo Chernomázov… Pero siéntese, ¿para qué le habrá hecho levantarse? Una dama tullida, dice, pero el caso es que tengo piernas; eso sí, se me han hinchado como cubos, y yo me he secado. Antes estaba más gorda, pero ahora parece que me haya tragado una aguja…
—Somos gente sencilla, señor, gente sencilla —repitió una vez más el capitán.
—Papá, ¡ay, papá! —exclamó de pronto la muchacha jorobada, que hasta ese momento había estado callada en su silla, y repentinamente se tapó los ojos con un pañuelo.
—¡Payaso! —soltó la doncella de la ventana.
—Ya ve qué novedades tenemos —la madre abrió los brazos, señalando a sus hijas—; es como si vinieran nubes: luego las nubes pasan de largo y nosotros seguimos con nuestra música. Antes, cuando éramos militares, recibíamos muchas visitas como ésta. No, bátiushka, no pretendo hacer comparaciones. Si uno quiere a alguien, hace bien queriéndolo. Una vez, la mujer del diácono viene y me dice: «Aleksandr Aleksándrovich es un hombre de gran corazón; en cambio, Nastasia Petrovna —dice— es un engendro infernal». «Vaya —le digo—, allá cada cual con sus gustos; pero tú eres pequeña, y encima maloliente.» «Pues lo que es a ti —dice ella—, habría que meterte en cintura.» «Y tú, negra espada —le digo—, ¿vienes aquí a darme lecciones?» «Yo — me dice— dejo pasar el aire puro, y tú las miasmas.» «Pues tú pregunta —le respondo— a los señores oficiales cómo de puro es el aire de mi casa.» Y aquello se me quedó grabado en el alma, tanto que no hace mucho, estando aquí en casa, igual que ahora, veo entrar a un general que ya había venido aquí por Pascua, y le digo: «Excelencia, ¿una señora distinguida puede dejar que entre en su casa el aire de la calle?». «Sí —me responde—, tendría usted que abrir un ventanillo o la puerta de entrada, porque aquí, precisamente, el aire está muy viciado.» ¡Y dale! ¿Por qué la habrán tomado con mi aire? Peor huelen los muertos. «Yo —les digo— no pienso corromperos el aire; voy a encargarme unos zapatos y me marcho de aquí.» ¡Ay, queriditos míos, no echéis la culpa a vuestra madre! Nikolái Ilich, bátiushka, a lo mejor no he sabido complacerte; ya solo me queda una cosa: Iliúshechka, que me da su cariño cuando viene de clase. Ayer me trajo una manzana. Perdonad, queridos míos, perdonad a vuestra pobre madre; perdonadme, estoy tan sola, ¿por qué os repugna tanto el aire mío?
La pobrecilla rompió a llorar, hecha un mar de lágrimas. El capitán asistente acudió enseguida a su lado.
—¡Mami, mami, ángel mío, ya está bien, ya está bien! No estás sola. ¡Todo el mundo te quiere, todo el mundo te adora! —Y se puso otra vez a besarle ambas manos y a acariciarle con ternura la cara; después cogió una servilleta y empezó a enjugarle las lágrimas. A Aliosha le dio la impresión de que también al capitán se le habían humedecido los ojos—. Bueno, ¿qué? ¿Lo ha visto, señor? ¿Lo ha oído, señor?
—De pronto, se volvió como con rabia hacia Aliosha, señalando a la pobre enajenada.
—Lo veo y lo oigo —balbuceó Aliosha.
—¡Papá, papá! No me digas que tú y él… ¡Déjalo ya, papá! —gritó de pronto el chico, incorporándose en su camastro y dirigiendo una mirada febril a su padre.
—Basta, ya está bien de hacer el payaso, ¡déjese de sus estúpidas extravagancias que no conducen a nada! —volvió a gritar desde su rincón Varvara Nikoláievna, dando incluso una patada.
—En este caso tiene toda la razón del mundo acalorándose, Varvara Nikolavna, enseguida colmaré sus deseos. Cúbrase, Alekséi Fiódorovich, que yo cojo mi gorra, y nos vamos, señor. Tengo que decirle unas palabras muy serias, pero no entre estas cuatro paredes. Esa doncella que ve ahí sentada es mi hija Nina Nikoláievna, ya me olvidaba de presentársela; es un ángel de Dios encarnado… descendido entre los mortales… no sé si podrá usted comprenderlo…
—Está temblando de pies a cabeza, como si fuera a sufrir un espasmo —siguió diciendo, indignada, Varvara Nikoláievna.
—Esta otra, que me da de patadas y acaba de llamarme payaso, también es un ángel de Dios encarnado, señor, y me ha atacado con todo merecimiento. Pero vámonos, Alekséi Fiódorovich, hay que llegar hasta el final, señor… Y, tomando a Aliosha del brazo, se lo llevó a la calle.