LIBRO QUINTO

PRO Y CONTRA

 

 

Capítulo I

Compromiso matrimonial

De nuevo fue la señora Jojlakova la primera en recibir a Aliosha. Tenía prisa; había sucedido algo importante: el ataque de histeria de Katerina Ivánovna había derivado en un desvanecimiento, seguido de una debilidad terrible, espantosa.

—Se ha acostado, ha puesto los ojos en blanco y ha empezado a delirar. Ahora tiene fiebre, hemos avisado al doctor Herzenstube, también a las tías. Ellas ya han llegado, pero Herzenstube todavía no. Están esperando en su habitación. No sé qué va a pasar, aunque está inconsciente. ¡Esperemos que no sea una calentura!…

Al expresarse así, la señora Jojlakova daba la sensación de estar bastante asustada. «¡Esto es muy serio, muy serio!», añadía a cada paso, como si todo lo ocurrido antes no hubiera tenido mayor importancia. Aliosha la escuchaba con pesadumbre; había intentado contarle sus propias peripecias, pero la señora Jojlakova lo había interrumpido a las primeras de cambio: no tenía tiempo para eso, y le rogó que, entretanto, fuera a hacer compañía a Lise.

—Lise, mi queridísimo Alekséi Fiódorovich —le susurró casi al oído—, Lise acaba de darme una sorpresa mayúscula, aunque también me ha enternecido, y por eso se lo perdono de corazón. Figúrese que, nada más marcharse usted, ha empezado a manifestar su más sincero arrepentimiento porque, al parecer, había estado burlándose de usted tanto ayer como hoy mismo. En realidad, no se estaba burlando, tan solo era una broma. No obstante, era tan profundo su arrepentimiento, casi se le saltaban las lágrimas, que me he quedado sorprendida. Antes, nunca se arrepentía de verdad cada vez que se reía de mí, todo se lo tomaba en broma. Y ya sabe usted que siempre está tomándome el pelo. Ahora, en cambio, la cosa es bien distinta, ahora va en serio. Lise tiene en muy alta estima su opinión, Alekséi Fiódorovich, y, a ser posible, no se tome a mal lo que le diga, no se enfade con ella. Es lo que hago yo, todo se lo paso por alto, porque el caso es que es tan lista, ¿no le parece? Hace un momento me decía que usted fue el mejor amigo que tuvo en su infancia, «el amigo más auténtico de mi infancia», ha dicho; imagínese, el amigo más auténtico, y ¿yo qué? En este asunto, tiene unos sentimientos, e incluso unos recuerdos, muy profundos, pero lo principal son esas frasecitas y esas palabras, esas palabras tan desconcertantes que te suelta cuando menos te lo esperas. No hace mucho, por ejemplo, dijo algo sobre un pino: cuando era muy pequeña, teníamos un pino en el jardín, puede que todavía siga en pie y no haya razón para hablar en pasado. Los pinos no son como las personas, no cambian en mucho tiempo, Alekséi Fiódorovich. «Mamá —me dice—, me acuerdo de ese pino como si lo hubiera visto en sueños», o sea, «el pino, como en sueños»; bueno, la verdad es que dijo otra cosa, me he hecho un lío, «pino» es una palabra estúpida, pero Lise dijo algo tan original que yo, desde luego, me siento incapaz de reproducirlo. Y, además, se me ha olvidado todo. Bueno, hasta la vista, estoy muy alterada y creo que me voy a volver loca. Ay, Alekséi Fiódorovich, ya me he vuelto loca dos veces, y tuvieron que tratarme. Vaya a ver a Lise. Anímela tan maravillosamente como hace siempre. Lise —gritó, acercándose a su puerta—, te he traído a Alekséi Fiódorovich, que no está enfadado, a pesar de lo mucho que lo has ofendido, te lo aseguro; al contrario, se asombra de que hayas podido pensarlo.

—Merci, maman; pase, Alekséi Fiódorovich.

Aliosha entró. Lise lo miró un tanto confusa y de pronto se ruborizó. Evidentemente, estaba avergonzada y, como suele ocurrir en estos casos, empezó a hablar atropelladamente de algo completamente superfluo, como si fuera lo único que le interesaba en esos momentos.

—Hace un rato, de buenas a primeras, mamá se ha puesto a contarme toda esa historia de los doscientos rublos y del encargo que le habían hecho, Alekséi Fiódorovich… lo de ir a ver a ese pobre oficial… y me ha contado toda esa historia tan terrible de cómo lo humillaron y, ¿sabe usted?, aunque mamá lo contaba de un modo muy embarullado… Ella todo lo lía… Yo lloraba al escucharlo. ¿Qué ha pasado? ¿Le ha dado el dinero? ¿Cómo está ahora ese infeliz?

—Eso es lo malo, que no se lo he dado, y es toda una historia —respondió Aliosha, haciendo, por su parte, como si su mayor preocupación fuera no haberle entregado el dinero, pero Lise se dio perfecta cuenta de que apartaba la vista y procuraba, él también, hablar de asuntos sin importancia. Aliosha se sentó a la mesa y empezó a relatar lo ocurrido, pero con las primeras palabras cesó su turbación y, de paso, encandiló a Lise. Hablaba bajo el influjo de un intenso sentimiento y de la extraordinaria impresión de lo que había pasado poco antes, y se las ingenió para contarlo todo con propiedad y pormenorizadamente. En otros tiempos, cuando aún vivía en Moscú, siendo Lise una niña, le gustaba ir a verla y contarle cosas, bien de sus vivencias, bien de sus lecturas, bien de sus recuerdos de infancia. A veces incluso soñaban los dos juntos y armaban de consuno verdaderas historias, las más de las veces, eso sí, alegres y divertidas. Ahora era como si se hubiesen transportado de repente a aquel tiempo vivido allá en Moscú, un par de años antes. Lise estaba realmente conmovida con el relato. Aliosha, con ardoroso sentimiento, supo trazar ante ella el retrato de «Iliúshechka». Cuando acabó de relatar, con todo lujo de detalles, la escena en la que aquel desdichado pisoteó el dinero, Lise, juntando las manos, exclamó con una emoción incontenible:

—¡Así que no le ha dado el dinero! ¡Y lo ha dejado escapar! Dios mío, si al menos hubiera corrido tras él hasta darle alcance…

—No, Lise, mejor que no haya corrido tras él —dijo Aliosha, que se levantó de su asiento y empezó a pasearse por el cuarto, preocupado.

—¿Mejor? ¿Por qué mejor? ¡Ahora están sin pan y van a perecer!

—No van a perecer, porque esos doscientos rublos, de todos modos, no los van a dejar pasar. Mañana los aceptará, en cualquier caso. Seguro que mañana los coge — aseguró Aliosha, paseando caviloso—. Verá, Lise —continuó, deteniéndose de pronto delante de ella—, yo he cometido un error, pero al final ha sido para bien.

—¿Qué error? Y ¿por qué para bien?

—Pues porque es un hombre asustadizo y pusilánime. Está destrozado, pero es muy bueno. No hago más que preguntarme por qué se habrá sentido tan ofendido de repente y le habrá dado por pisotear el dinero; le aseguro que es una decisión que ha tomado en el último momento. Aunque, a mi entender, no le faltaban razones para sentirse ofendido… y era algo inevitable en su situación… Lo primero que le ha molestado ha sido ver que daba rienda suelta a su alegría delante de mí sin ningún disimulo… Si hubiera reaccionado con más comedimiento, sin mostrar abiertamente su alegría, si hubiera empezado a poner peros y a gesticular, como hacen otros, al tomar el dinero, entonces aún habría podido soportarlo y se habría quedado con los billetes. Pero él se ha alegrado con excesiva sinceridad, y eso es humillante. Ay, Lise, se trata de un hombre recto y bueno, ¡eso es lo triste en estos casos! Ha hablado todo el rato con una voz débil, desmayada, atropelladamente, y cada dos por tres se le escapaba una risilla floja o se echaba a llorar… Sí, sí, lloraba, tal era su entusiasmo… Y hablaba de sus hijas… y de un empleo que le iban a ofrecer en otra ciudad… Y, una vez que se hubo desahogado, de pronto se avergonzó de haberme abierto así su alma. Y en ese mismo instante me odió. Es uno de esos pobres increíblemente vergonzosos. Se sintió ofendido, sobre todo, porque me había tomado enseguida por un amigo y se había entregado a mí demasiado pronto: al principio, se había abalanzado sobre mí y me había dado un susto, pero más tarde fue ver el dinero y empezar a abrazarme. Porque no hacía más que abrazarme, todo el rato estaba tocándome. Y ha tenido que ser todo eso lo que ha sentido como una humillación, y justo en ese momento yo he cometido un error, un error muy importante: voy y le digo que, si no le llega el dinero para trasladarse a otra ciudad, entonces le enviarían más, y que yo mismo podía darle, de mi propio dinero, todo lo que quisiera. Eso ha sido lo que más le ha chocado: ¿por qué tenía que prestarme a ayudarlo también yo? No sé si sabe, Lise, lo penoso que es para una persona humillada que todo el mundo empiece a mirarlo con ojos de benefactor… Eso he oído, así me lo ha contado el stárets. No sé cómo explicarlo, pero yo mismo lo he visto con frecuencia. Y es así, ni más ni menos, como lo siento. Pero lo más importante es que, aunque aquel hombre no sabía que iba a acabar pisoteando los billetes, de hecho no lo supo hasta el último momento, lo cierto es que lo presentía, eso seguro… Por eso estaba tan entusiasmado, porque lo presentía… De ahí que, aunque haya resultado todo tan desagradable, haya sido, al fin y al cabo, para bien. Pienso incluso que ha sido lo mejor que podía haber ocurrido…

—¿Por qué? ¿Por qué ha sido lo mejor que podía haber ocurrido? —exclamó Lise, mirando muy asombrada a Aliosha.

—Porque, si no hubiera pisoteado los billetes y se hubiera quedado con ese dinero, al volver a su casa, después de una hora, más o menos, se habría puesto a llorar, de todas todas, por su humillación. Habría llorado y a lo mejor mañana, antes de clarear, habría venido a verme y me habría tirado los billetes a la cara y los habría pisoteado, como hace un rato. Ahora, en cambio, se ha marchado con la cabeza muy alta, triunfante, aun sabiendo que «se ha buscado la ruina». Así que no hay nada más fácil que conseguir que acepte esos doscientos rublos, mañana a más tardar, porque ya ha dejado constancia de su honor, ha arrojado el dinero, lo ha pisoteado… No podía ignorar, mientras estaba pisoteando los billetes, que yo mañana se los iba a llevar otra vez. A todo esto, necesita ese dinero desesperadamente. Por muy orgulloso que se sienta ahora, hoy mismo se pondrá a pensar en la ayuda a la que ha renunciado. Por la noche no dejará de darle vueltas, soñará con eso, y seguro que por la mañana ya está dispuesto a venir corriendo a verme, a pedirme perdón. Y ahí estaré yo, para decirle: «Pues sí, es usted un hombre orgulloso, lo ha demostrado; aquí tiene, y perdónenos». ¡Y vaya si lo va a aceptar!

Aliosha pronunció esas últimas palabras como extasiado: «¡Y vaya si lo va a aceptar!». Lisa dio unas palmadas.

—¡Claro que sí! ¡Ahora lo comprendo con toda claridad! ¿Cómo sabe usted todas estas cosas, Aliosha? Tan joven, y ya conoce los secretos del alma… A mí nunca se me habría ocurrido…

—Ahora lo principal es convencerlo de que, por mucho que acepte nuestro dinero, está en pie de igualdad con nosotros —prosiguió Aliosha, con el mismo entusiasmo—; no ya en pie de igualdad, sino en pie de superioridad incluso…

—«En pie de superioridad»: es magnífico, Alekséi Fiódorovich; pero ¡siga, siga!

—O sea, no me he expresado bien… con lo del pie de superioridad… pero no importa, porque…

—Ay, no importa, no importa, pero ¡si no importa! Disculpe, Aliosha, querido… ¿Sabe?, hasta ahora apenas le tenía respeto, quiero decir, sí se lo tenía, pero en pie de igualdad, y ahora le tendré respeto en pie de superioridad… No se tome a mal, querido, que yo diga «agudezas» —añadió de inmediato, con mucha emoción—. Yo soy ridícula y pequeña, pero es que usted, usted… Escuche, Alekséi Fiódorovich, ¿no habrá aquí, en todo este razonamiento nuestro, o sea, suyo… no, mejor nuestro… no habrá aquí cierto desprecio por ese hombre, por ese infeliz… ahora que estamos analizando su alma, como desde arriba? ¿Por haber decidido, con tanta seguridad, que va a aceptar el dinero, eh?

—No, Lise, no hay desprecio —respondió Aliosha con firmeza, como si ya tuviera preparada la respuesta—; yo ya he pensado en eso viniendo hacia aquí. Juzgue usted misma qué desprecio puede haber aquí, si nosotros mismos somos como él, si todos somos como él. Porque también nosotros somos así, no somos mejores. Y, aun suponiendo que fuéramos mejores, seríamos iguales que él, de todos modos, si estuviéramos en su lugar… Yo no sé usted, Lise, pero, por lo que a mí respecta, pienso que tengo un alma mezquina en muchos sentidos… Y ese hombre no tiene un alma mezquina, al contrario, la tiene muy delicada… No, Lise, ¡aquí no hay ningún desprecio! ¿Sabe, Lise, lo que me dijo una vez mi stárets? Me dijo que hay que cuidar a la mayoría de las personas como si fueran niños, y que a algunas hay que cuidarlas como a los enfermos en los hospitales…

—¡Ay, Alekséi Fiódorovich! ¡Ay, mi querido amigo! ¡Vamos a cuidar a la gente como si estuviera enferma!

—De acuerdo, Lise, me parece bien, aunque no estoy del todo preparado; a veces soy muy impaciente, y otras no veo nada. Su caso es distinto.

—¡Ah, no le creo! ¡Alekséi Fiódorovich, qué feliz soy!

—Qué bien que diga eso, Lise.

—Alekséi Fiódorovich, es usted increíblemente bueno, pero en ocasiones parece un pedante… no obstante, al mismo tiempo, se ve que no es ningún pedante. Acérquese a la puerta, ábrala despacito y mire si nos está escuchando mi madre —dijo de pronto Lise, en un susurro nervioso y atropellado.

Aliosha se dirigió a la puerta, la entreabrió y dijo que no había nadie escuchando.

—Acérquese, Alekséi Fiódorovich —siguió diciendo Lise, que se iba poniendo cada vez más colorada—, deme la mano, así. Escuche, tengo que confesarle algo muy importante: la carta de ayer no se la escribí en broma, sino en serio…

Y se cubrió los ojos con una mano. Se notaba que le daba mucha vergüenza hacer esa confesión. De repente le agarró la mano a Aliosha y se la besó tres veces, impetuosamente.

—Ah, Lise, es magnífico —exclamó Aliosha con alegría—. Aunque yo ya estaba totalmente convencido de que la había escrito en serio.

—¡Convencido! ¡Casi nada! —De pronto le apartó la mano, aunque sin soltarla de la suya, al tiempo que se ponía muy colorada y reía con una risita fina y alegre—. Yo le beso la mano y él dice: «Es magnífico».

Pero su reproche era injusto: también Aliosha estaba muy turbado.

—Desearía agradarle siempre, Lise, pero no sé cómo hacerlo —farfulló como pudo, y también se ruborizó.

—Aliosha, querido, es usted frío e insolente. Hay que ver. ¡Toma la decisión de escogerme como mujer, y se queda tan tranquilo! ¡Y estaba convencido de que le había escrito en serio! ¡Será posible! Pero eso es una insolencia, ¡eso es lo que es!

—Pero ¿qué tiene de malo que estuviera convencido? —se echó a reír Aliosha.

—Nada, Aliosha, al contrario, es algo estupendo —dijo Lise, mirándolo con dicha y con ternura. Aliosha estaba inmóvil, aún con su mano en la de ella. De improviso, se inclinó y la besó en los labios.

—¿Y esto? ¿Qué le ocurre? —exclamó Lise.

Aliosha estaba totalmente desconcertado.

—Perdone si no he debido… Tal vez haya sido una enorme estupidez… Usted había dicho que yo soy frío, y entonces la he besado… Pero ya veo que ha sido una estupidez…

Lise se echó a reír y se cubrió la cara con las manos.

—¡Y con esa vestimenta! —se le escapó entre risas, pero enseguida dejó de reírse y se puso muy seria y un tanto severa—. Bueno, Aliosha, aún es pronto para los besos, porque ninguno de los dos sabemos de esto y nos tocará esperar mucho tiempo — declaró de improviso—. Será mejor que me diga cómo es que me elige a mí, que no soy más que una mema, una pobre enferma, alguien como usted, que es tan listo, tan reflexivo, tan perspicaz… ¡Ay, Aliosha, soy enormemente feliz, porque no valgo ni de lejos lo que usted vale!

—Sí que lo vale, Lise. Dentro de unos días abandonaré el monasterio. Y, para vivir en el mundo, es preciso casarse, eso es lo que sé. Así, además, me lo ha ordenado él. ¿A quién iba a elegir mejor que a usted?… Y ¿quién iba a aceptarme, de no ser usted? Todo esto ya lo he meditado. En primer lugar, usted me conoce desde la infancia; en segundo lugar, tiene muchas aptitudes de las que yo carezco. Tiene un espíritu más alegre que el mío; usted, sobre todo, es más inocente que yo, porque yo ya me he visto involucrado en muchos asuntos, en muchos… Ay, usted no lo sabe, pero ¡yo también soy un Karamázov! Qué más da que se ría y que bromee, aunque sea a mi costa; no pasa nada, ríase, eso me alegra tanto… Pero usted se ríe como una niña pequeña, y, para sus adentros, razona como una mártir… —¿Como una mártir? ¿Y eso?

—Sí, Lise; fíjese en la pregunta que me hacía antes: ¿no estaremos despreciando a ese infeliz al diseccionar así su alma? Es una pregunta propia de una mártir… Verá, no sé cómo explicarlo, pero esas preguntas solo las formulan quienes están capacitados para sufrir. Sentada en su sillón, seguro que usted ya ha meditado mucho…

—Deme su mano, Aliosha, ¿por qué la retira? —dijo Lise con una vocecita decaída, debilitada por la felicidad—. Escuche, Aliosha, ¿cómo piensa vestir cuando salga del monasterio? ¿Qué ropa va a llevar? No se ría, no se enfade, para mí es algo muy, pero que muy importante.

—En el traje aún no he pensado, Lise, pero me pondré el que usted quiera.

—Quiero que lleve una chaqueta de terciopelo azul oscuro, un chaleco blanco de piqué y un sombrero gris de fieltro, flexible… Dígame, ¿de veras me creyó cuando le dije hace un rato que no le amaba, que lo de la carta de ayer no era verdad?

—No, no me lo creí.

—¡Oh, qué hombre más insoportable! ¡Es incorregible!

—Verá, yo sabía que usted… al parecer, me ama, pero aparenté creerla cuando me dijo que no me amaba, para que a usted le resultara… más cómodo…

—¡Peor todavía! Lo peor, y también lo mejor. Aliosha, yo a usted le quiero con locura. Hace un rato, antes de que usted llegara, estaba haciendo mis conjeturas, y me dije: «Le pediré la carta de ayer, y si resulta que la saca tranquilamente y me la devuelve (algo que siempre cabe esperar de él), eso querrá decir que no me quiere en absoluto, que no siente nada por mí, que no es más que un muchacho estúpido e indigno, y yo estaré perdida». Pero usted se había dejado la carta en la celda, lo cual me dio nuevos ánimos; usted presentía que yo iba a reclamarle la carta, y de esa manera evitaba devolvérmela. ¿No es verdad? ¿A que sí?

—¡Oh, Lise, de ningún modo! Llevo la carta encima, tanto ahora como antes; mire, la tengo en este bolsillo, aquí la tiene. —Aliosha la sacó y, riéndose, se la enseñó desde lejos—. Pero no voy a devolvérsela: puede verla, pero no tocarla.

—¿Cómo? Entonces, me ha mentido. ¿Es usted monje y ha mentido?

—Probablemente haya mentido —se burló Aliosha—; he mentido para no tener que devolverle la carta. Tiene mucho valor para mí —añadió de repente, con profunda emoción y ruborizándose una vez más—, y siempre lo tendrá, ¡y no se la daré nunca a nadie!

Lise lo contemplaba con admiración.

—Aliosha —volvió a susurrar—, acérquese a la puerta y compruebe si está escuchando mamá.

—De acuerdo, Lise, voy a mirar; pero ¿no sería preferible no mirar? ¿Cómo puede sospechar semejante bajeza de su madre?

—¿Bajeza? ¿Qué bajeza? Ella tiene derecho a intentar sorprender lo que dice su hija, no es ninguna bajeza —protestó Lise—. Tenga la seguridad, Alekséi Fiódorovich, de que, cuando yo sea madre y tenga una hija como yo, también la voy a escuchar a escondidas.

—¿De verdad, Lise? Eso no está bien.

—¡Ay, Dios mío! ¿Qué bajeza puede haber en esto? Si escuchara a escondidas una vulgar conversación mundana, eso sí sería una bajeza, pero aquí lo que ocurre es que la propia hija se ha encerrado con un joven… Escuche, Aliosha, debe saber que también a usted le tendré vigilado en cuanto nos hayamos casado, y sepa también que pienso abrir y leer todas sus cartas… Queda usted avisado.

—Sí, naturalmente, en ese caso… —balbuceó Aliosha—; pero no está bien…

—¡Ay, qué desprecio! Aliosha, querido, no vamos a reñir desde la primera vez; será mejor que le diga toda la verdad: desde luego, está muy mal escuchar detrás de la puerta y, naturalmente, es usted quien tiene razón, no yo, pero, de todos modos, yo pienso escuchar.

—Hágalo. No va a descubrir nada especial —dijo Aliosha, riéndose.

—Aliosha, ¿va usted a obedecerme? Eso también hay que decidirlo de antemano.

—De muy buena gana, Lise, sin ninguna duda, pero no en lo más importante. En las cuestiones más importantes, si no estamos de acuerdo, procuraré, en última instancia, cumplir con mi deber.

—Como tiene que ser. Sepa que yo, por el contrario, no solo estoy dispuesta a someterme en lo más importante, sino que voy a ceder en todo, y en este mismo instante así se lo juro: en todo y para toda la vida —exclamó Lise con pasión—; ¡y lo haré dichosa, dichosa! Es más, le juro a usted que nunca le escucharé a escondidas; que nunca, ni una sola vez, leeré una sola carta suya, porque es usted quien tiene razón, no yo. Y, aunque esté deseando fisgar, de eso estoy segura, así y todo me contendré, sabiendo que usted lo considera innoble. Ahora es usted como mi providencia… Escuche, Alekséi Fiódorovich, ¿por qué está usted tan triste estos últimos días, y ayer y hoy?… Ya sé que tiene quebraderos de cabeza, y grandes pesares, pero, además de todo eso, veo que sufre una especial tristeza, tal vez una pena secreta, ¿no es así?

—Sí, Lise, también hay una pena secreta —admitió Aliosha con tristeza—. Ya me doy cuenta de que usted me quiere, ya que ha podido adivinarlo.

—¿Qué pena es ésa? ¿A qué se debe? ¿Puede contarse? —rogó tímidamente Lise.

—Más tarde, Lise… después de… —dijo Aliosha, turbado—. Ahora, seguramente, no lo entendería. Además, creo que ni yo mismo sabría contarlo.

—Aparte de eso, ya sé que sufre usted por su padre y sus hermanos, ¿verdad?

—Sí, y mis hermanos —asintió Aliosha, un tanto abstraído.

—Su hermano Iván Fiódorovich no me gusta, Aliosha —dijo de pronto Lise.

El comentario sorprendió a Aliosha, pero no dijo nada.

—Mis hermanos se están arruinando la vida —prosiguió—, lo mismo que mi padre. Y de paso se la arruinan a los demás. Es esa «fuerza telúrica de los Karamázov», como decía hace poco el padre Paísi: telúrica y desenfrenada, sin desbastar… Ni siquiera sé si el espíritu divino flota sobre esta fuerza. Solo sé que yo también soy un Karamázov… ¿Un monje yo, un monje? ¿Un monje yo, Lise? ¿Ha dicho usted hace un momento que soy un monje?

—Sí, eso he dicho.

—Pues es posible que no crea en Dios.

—¿Que no cree? ¿Qué le pasa a usted? —dijo Lise en voz baja, con delicadeza.

Pero Aliosha no respondió a esa pregunta. En sus palabras, excesivamente bruscas, había algo demasiado enigmático y subjetivo, algo que acaso ni él mismo tenía del todo claro, pero que indudablemente ya lo había hecho sufrir.

—Y ahora, aparte de todo eso, mi amigo se va, el mejor hombre del mundo abandona la tierra. ¡Si usted supiera, Lise, si usted supiera hasta qué punto estoy ligado, estoy unido espiritualmente a ese hombre! Y ahora resulta que me quedo solo… Vendré a su lado, Lise… De ahora en adelante estaremos juntos…

—¡Sí, juntos, juntos! Juntos desde ahora para toda la vida. Escuche, béseme, se lo permito.

Aliosha la besó.

—Y ahora váyase, ¡que Dios le acompañe! —Y lo persignó—. Vaya con él cuanto antes, mientras esté con vida. Me doy cuenta de que le he retenido cruelmente. Hoy voy a rezar por él y por usted. ¡Aliosha, seremos felices! ¿Seremos felices? ¿Lo seremos?

—Eso creo, Lise.

Al salir del cuarto de Lise, Aliosha no creyó conveniente pasar a ver a la señora Jojlakova y, sin despedirse, ya se disponía a marcharse. Pero, en cuanto abrió la puerta y salió a la escalera, se encontró de frente con ella. Desde la primera palabra, Aliosha se dio cuenta de que lo estaba esperando allí expresamente.

—Alekséi Fiódorovich, eso es horrible. No son más que niñerías, es algo absurdo. Espero que ni en sueños se le haya pasado por la cabeza… ¡Tonterías, tonterías y tonterías! —lo increpó.

—Pero no se lo diga a ella —dijo Aliosha—; podría alterarse, y eso le haría daño.

—Oigo una palabra juiciosa de un joven juicioso. ¿Debo entender que usted solo se ha mostrado de acuerdo con ella por compasión, al tratarse de una enferma, y porque no quería que se enfadase si la contradecía?

—Oh, no, nada de eso; he hablado con ella completamente en serio —declaró con firmeza Aliosha.

—La seriedad en este caso es imposible, inconcebible; ahora, para empezar, no pienso recibirle más a usted, y además me iré de aquí y me la llevaré, ya lo sabe.

—Pero ¿por qué? —dijo Aliosha—. Si no es algo inminente; aún habrá que esperar, tal vez, un año y medio.

—Ay, Alekséi Fiódorovich, eso es verdad, desde luego, y en año y medio pueden ustedes reñir y separarse mil veces. Pero ¡soy tan desgraciada, tan desgraciada!

Aunque no sean más que niñerías, a mí me han dejado hundida. Ahora yo soy como Fámusov en la última escena, usted es Chatski, ella Sofia, y dese cuenta de que yo he venido corriendo aquí, a esta escalera, con intención de esperarle, como pasa en la obra, donde todo lo fatídico ocurre en la escalera. Lo he oído todo, y apenas me sostenían las piernas. ¡He aquí la explicación de los horrores de esta noche y de los ataques de histeria reciente! Para la hija el amor, para la madre la muerte. A la tumba con ella. Ahora otra cosa, la más importante: ¿qué carta es esa que le escribió? ¡Enséñemela ahora mismo, ahora mismo!

—No, no hace falta. Dígame cómo se encuentra Katerina Ivánovna. Necesito saberlo.

—Sigue acostada, delirando; no ha vuelto en sí. Están aquí sus tías y no hacen más que lamentarse y mirarme por encima del hombro; también vino Herzenstube, y se asustó tanto que yo no sabía qué hacer con él ni cómo salvarlo, he pensado incluso en avisar a un médico. Se lo han llevado en mi carruaje. Y, para rematar, se presenta usted de repente con esa carta. Cierto, aún falta un año y medio para todo eso. En nombre de lo más grande y lo más sagrado, en nombre de su stárets moribundo, enséñeme esa carta, Alekséi Fiódorovich, ¡a mí, a la madre! Si prefiere, sosténgala usted, y yo la leeré de sus manos.

—No, no se la enseño, Katerina Ósipovna; aunque su hija me lo hubiera permitido, no se la mostraría. Mañana volveré y, si así lo desea, hablaré con usted de muchas cosas, pero ahora ¡adiós!

Y Aliosha salió corriendo a la calle.

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