Leyenda de los Tres Compañeros

Son éstas unas páginas escritas por tres compañeros del bienaventurado Francisco. En ellas se cuenta su vida y comportamiento mientras vestía de seglar, su admirable y perfecta conversión, así como la perfección de los orígenes y fundamentos de la Orden tanto en él como en sus primeros hermanos.

 

CARTA

1 El hermano León, el hermano Rufino y el hermano Ángel, compañeros en otro tiempo, aunque indignos, del beatísimo padre Francisco, le presentan al reverendo padre en Cristo, hermano Crescencio, ministro general por la gracia de Dios, la debida y devota reverencia en el Señor.

Puesto que, en virtud del mandato del recién celebrado capítulo general [1] y por disposición vuestra, están los hermanos obligados a presentar a vuestra paternidad los portentos y prodigios del bienaventurado Francisco que ellos puedan saber o recoger, nosotros, que, aunque indignos, convivimos con él largo tiempo, hemos pensado comunicar a vuestra santidad, teniendo la verdad por norte, algunas de sus muchas gestas que nosotros mismos vimos o que pudimos conocer mediante otros santos hermanos, especialmente por el hermano Felipe, visitador de las damas pobres; por el hermano Iluminado de Arce, por el hermano Maseo de Marignano, por el hermano Juan, compañero del hermano Gil, y que conoció muchas de estas cosas a través del mismo hermano Gil, y del hermano Bernardo, de santa memoria y primer compañero del bienaventurado Francisco.

No nos contentaremos con sólo narrar milagros, que no constituyen la santidad, aunque la demuestran; queremos también poner de manifiesto lo más destacado de su santa vida y los ideales de su piadosa voluntad, para alabanza y gloria del sumo Dios, del dicho Padre santísimo y para edificación de los que desean seguir sus pasos. Y no escribimos estas cosas a modo de leyenda, pues acerca de su vida y de los milagros que por él ha obrado el Señor, ya se han confeccionado leyendas; más bien, como si de un ameno jardín se tratase, escogemos algunas flores que nos parecen más hermosas, sin seguir el hilo de la historia y dejando muy de propósito muchas cosas que ya están escritas en las mencionadas leyendas en lenguaje tan veraz como elegante.

Si vuestra discreción lo considera razonable, podéis incluir en ellas lo poco que os escribimos. Pues pensamos que, si los venerables varones que escribieron las mencionadas leyendas hubieran conocido estos hechos, no los hubieran pasado por alto (cf. 2 Cel 2), sino que, arropándolos en pulcro lenguaje, los hubieran dejado, al menos en parte, para memoria de la posteridad.

Que vuestra paternidad se conserve bien en el Señor Jesucristo. En Él nos encomendamos humildemente a vuestra paternidad, atentos y devotos hijos.

En Greccio, a 11 de agosto de 1246.

x