Capítulo I
Nacimiento de San Francisco.
Su vanidad, elegancia y prodigalidad y cómo pasó a ser espléndido y caritativo con los pobres.
2 Francisco nació en la ciudad de Asís, sita en los confines del valle de Espoleto. Como hubiese nacido en ausencia de su padre, su madre le puso el nombre de Juan [2] ; pero su padre, de regreso de Francia, le llamó luego Francisco. Siendo ya adulto y dotado de sutil ingenio, ejerció el oficio de su padre, o sea, el comercio, pero de forma muy diferente: fue mucho más alegre y generoso que él, dado a juegos y cantares, de ronda noche y día por las calles de Asís con un grupo de compañeros; era tan pródigo en gastar, que cuanto podía tener y ganar lo empleaba en comilonas y otras cosas.
Por eso, sus padres le reprendían muchas veces por los despilfarros que hacía con su persona y con sus compañeros, pues más que hijo suyo, parecía el de un gran príncipe. Mas como sus padres eran muy ricos y le tenían mucho cariño, no querían disgustarlo y le consentían tales demasías. Cuando las vecinas comentaban la prodigalidad de Francisco, su madre replicaba: «¿Qué andan pensando de mi hijo? Aún será un hijo de Dios por su gracia».
Francisco, más que generoso, era en todo esto derrochador; se excedía también de formas diversas en lo tocante a vestidos, escogiendo telas mucho más caras de lo que convenían a su condición. Y en punto a elegancia era tan dado a la vanidad, que en ocasiones mandaba coser retazos de telas preciosas en vestidos de paño vilísimo.
3 Era como naturalmente cortés en modales y palabras; según el propósito de su corazón, nunca dijo a nadie palabras injuriosas o torpes; es más, joven juguetón y divertido, se comprometió a no responder a quienes le hablasen de cosas torpes. Por todo esto corrió su fama por toda la provincia, y muchos que le conocían decían que llegaría a ser algo grande.
De este nivel de virtudes naturales fue elevado al de la gracia, pudiendo decirse a sí mismo: «Pues eres generoso y afable con los hombres, de los cuales nada recibes, sino favores transitorios y vanos, justo es que por amor de Dios, que es generosísimo en dar la recompensa, seas también generoso y afable con los pobres». Y desde entonces veía con satisfacción a los pobres y les daba limosna abundantemente. Y, a pesar de ser comerciante, era despilfarrador facilísimo de la opulencia mundana.
Un día en que, embebido en el negocio, estaba al mostrador en que vendía telas, se le presentó un pobre que le pedía limosna por amor de Dios; mas, cautivado como estaba por el ansia de riquezas y por las preocupaciones del comercio, le negó la limosna. Iluminado luego por la gracia divina, se reconvino a sí mismo de censurable rusticidad, diciéndose: «Si el pobre te hubiera pedido algo en nombre de algún gran conde o barón, de seguro que se lo hubieras dado; pues ¡con cuánta más razón debiste hacerlo por el Rey de reyes y Señor de todo!»
Como consecuencia, propuso en su corazón no negar nada en adelante a quien le pidiera algo por amor de tan gran Señor.