Capítulo XII

Cómo el bienaventurado Francisco fue con los once compañeros a la curia del Papa para exponerle sus ideales y para que le confirmara la Regla que había escrito

46 Viendo el bienaventurado Francisco que el Señor aumentaba el número de los hermanos y los hacía crecer en méritos y que eran ya doce varones perfectísimos con un mismo sentir, dijo a los otros once el que hacía el número doce y era su jefe y padre: «Veo, hermanos, que quiere el Señor aumentar misericordiosamente nuestra congregación. Vamos, pues, a nuestra santa madre la Iglesia de Roma y manifestemos al sumo pontífice lo que el Señor empieza a hacer por nosotros, para que de voluntad y mandato suyo prosigamos lo comenzado».

Agradó a los otros hermanos lo que proponía el Padre; cuando todos juntos se encaminaron a la curia, les dijo: «Señalemos uno de nosotros que sea nuestro guía y tengámoslo como vicario de Jesucristo, para que vayamos a donde él quiera y nos hospedemos cuando él disponga». Eligieron al hermano Bernardo, el primero después del bienaventurado Francisco, y se atuvieron a lo que el Padre había propuesto.

Caminaban alegres, hablaban palabras de Dios, sin que osaran decir nada que no se refiriera a la alabanza y gloria de Dios y a la utilidad del alma, y frecuentemente se dedicaban a la oración. El Señor les preparaba siempre lugar donde hospedarse y hacía que les sirvieran lo necesario.

47 Al llegar a Roma se encontraron allí con el obispo de la ciudad de Asís. Éste los recibió con mucha alegría, pues veneraba con particular afecto al bienaventurado Francisco y a todos los hermanos. Pero como no sabía la causa de su venida, se turbó un poco, temiendo que pensaran abandonar la propia tierra, donde el Señor empezaba a obrar cosas maravillosas por ellos, y porque él sentía gozo sincero de tener en su diócesis varones tan excelentes, de cuya vida y costumbres tanto se prometía. Enterado del motivo y de lo que se proponían conseguir, su gozo fue mayor y les prometió consejo y ayuda para su empeño.

Este señor obispo era conocido de un cardenal, obispo de Santa Sabina, que se llamaba Juan de San Pablo, varón lleno de gracia de Dios y muy amante de los siervos de Dios. El mencionado obispo había hablado al cardenal de la vida del bienaventurado Francisco y de sus hermanos, y estas noticias habían hecho nacer en el cardenal el deseo de ver al varón de Dios y a algunos de sus hermanos.

Así que, cuando se enteró de que estaban en la Urbe, mandó llamarlos y los recibió con gran veneración y amor.

48 Durante los pocos días que estuvieron con él quedó tan edificado de sus palabras y ejemplos, que, viendo que sus obras eran fiel trasunto de lo que le habían contado, se encomendó a sus oraciones humilde y devotamente y les pidió por gracia especial que lo contaran desde entonces como uno de los hermanos. Luego preguntó al bienaventurado Francisco por el motivo de su venida y, cuando hubo escuchado de sus labios lo que intentaba y deseaba, se ofreció a hacer de procurador suyo en la curia.

Fue, pues, a la curia el dicho cardenal y expuso al señor papa Inocencio III: «He encontrado un varón perfectísimo que quiere vivir según la forma del santo Evangelio y guardar en todo la perfección evangélica, y creo que el Señor quiere reformar por su medio la fe de la santa Iglesia en todo el mundo».

Oyendo esto el papa, quedó muy admirado, y mandó al señor cardenal que trajera al bienaventurado Francisco a su presencia.

49 Al día siguiente fue presentado el varón de Dios por el señor cardenal al sumo pontífice, y Francisco le expuso todos sus santos propósitos. El sumo pontífice, dotado de singular discreción, accedió en la forma debida a los deseos del Santo, y, exhortando a éste y a sus hermanos acerca de muchas cosas, les dio la bendición y les dijo: «Id con Dios, hermanos, y predicad a todos la penitencia, como Él se dignare inspiraros. Y cuando Dios todopoderoso os aumente en número y gracia, comunicádnoslo, y Nos os concederemos más cosas y con mayor seguridad os encomendaremos otras más importantes».

Quería el señor papa saber si todo lo concedido y lo que pensaba conceder era conforme a la voluntad de Dios, y, antes que el Santo se retirase, le dijo a él y a sus compañeros: «Queridos hijos nuestros, vuestro tenor de vida nos parece sobradamente riguroso y austero; y, aunque os vemos tan animosos que de vosotros no cabe la menor duda, sin embargo, debemos pensar en aquellos que os han de seguir, y puede ser que esta vida les parezca demasiado austera». Mas como viera la constancia de su fe y el ancla de su esperanza firmemente sujeta en Cristo, de modo que por nada querían apartarse de su generoso fervor, dijo al bienaventurado Francisco: «Hijo, ve y pide a Dios que se digne revelarte si esto que buscáis procede de su voluntad, para que, siendo Nos sabedor del divino beneplácito, accedamos a vuestros deseos».

50 El santo de Dios se puso en oración, como le había indicado el señor papa, y el Señor le habló en espíritu por medio de esta parábola: «Vivía en el desierto una mujer pobrecilla y hermosa; prendado un rey poderoso de su hermosura, quiso tomarla como esposa, porque creía que de ella podría tener hijos hermosos.

»Contraído y consumado el matrimonio, nacieron muchos hijos. Ya adultos, les habló su madre, diciéndoles: «Hijos míos, no os avergoncéis, pues sois hijos del rey. Id, pues, a su corte, y él os dará todo lo que necesitéis». Cuando se presentaron ante el rey, éste quedó cautivado de su hermosura, y, reconociendo en ellos su verdadero retrato, les preguntó: «¿De quién sois hijos?»

»Y como le contestasen que eran hijos de una mujer pobrecita que vivía en el desierto, el rey los abrazó con íntima complacencia y les dijo: «Nada temáis, porque sois hijos míos. Así, pues, si los extraños se alimentan de mi mesa, con mayor razón vosotros, que sois mis hijos legítimos». Y mandó el rey a aquella mujer que le enviara a palacio a todos los hijos procreados con él, para que allí se criaran».

El varón de Dios comprendió que, por cuanto se le había mostrado en visión mientras oraba, él estaba representado por aquella pobrecita mujer.

51 Cuando acabó la oración, se presentó de nuevo al sumo pontífice y le relató ordenadamente la alegoría que el Señor le había mostrado, y le dijo: «Yo soy, señor, esta mujer pobrecita a quien el amantísimo Señor, por su misericordia, ha honrado de esta manera y de la que ha querido procrear para él hijos legítimos. Y me dijo el Rey de los reyes que criaría a todos los hijos que por mi medio procreara, porque, si alimenta a los extraños, con mayor razón ha de alimentar a los legítimos. Si Dios concede a los pecadores bienes temporales por amor a los hijos que han de criar, mucho más los otorgará a los varones evangélicos, a quienes por mérito se les deben tantos bienes».

Oyendo esto el señor papa, quedó profundamente maravillado, y principalmente porque antes de la venida del bienaventurado Francisco había tenido también él una visión en la que veía que la iglesia de San Juan de Letrán se desplomaba y que un hombre religioso, desmedrado y despreciable, la sostenía con sus propias espaldas. Se despertó atónito y atemorizado. Pero hombre discreto y sabio como era, consideraba qué significaría la visión. Como a los pocos días se presentase ante él el bienaventurado Francisco y le expusiese su plan de vida, como queda dicho, y le suplicase que le confirmara la Regla que había escrito con palabras sencillas (cf. Test 15), entreveradas de sentencias del Evangelio, a cuya perfección aspiraba con todas sus fuerzas, viéndolo el papa tan fervoroso en el servicio de Dios y comentando su propia visión y la alegoría mostrada al varón de Dios, comenzó a decirse para sus adentros: «Verdaderamente éste es aquel varón religioso y santo por el que la Iglesia de Dios se levantará y se sostendrá».

Luego lo abrazó y le aprobó la Regla que había escrito. Le dio también licencia, lo mismo que a sus hermanos, para predicar la penitencia en todo el mundo, pero con la condición de que los que habían de predicar obtuvieran primero autorización del bienaventurado Francisco. Todo esto lo aprobó después en consistorio.

52 Obtenida esta concesión, el bienaventurado Francisco dio gracias a Dios y, puesto de rodillas, prometió humilde y devotamente al señor papa obediencia y reverencia. Los otros hermanos prometieron obediencia y reverencia al bienaventurado Francisco, como lo había mandado el señor papa. Recibieron la bendición del sumo pontífice, visitaron los sepulcros de los apóstoles, y, por diligencias de dicho cardenal, les fue conferida la tonsura al bienaventurado Francisco y a los otros once hermanos, para que todos ellos, los doce, fueran clérigos.

53 Extrañado de la facilidad con que había logrado lo que deseaba, el varón de Dios dejó la Urbe y con los dichos hermanos marchó por el orbe. De día en día le iba creciendo la esperanza y la confianza en el Salvador, que previamente se había adelantado a demostrarle con santas revelaciones lo que después habría acaecido. Pues, en efecto, antes de haber conseguido todo lo dicho, cierta noche mientras dormía le pareció ver que viajaba por un camino y que junto a él había un árbol muy frondoso, hermoso, robusto y grueso. Como se acercara al árbol y se pusiera debajo admirando su altura y hermosura, de repente creció tanto el Santo, que llegaba a lo más alto del árbol y fácilmente lo doblaba hasta el suelo. Y en verdad así sucedió cuando el señor Inocencio, árbol el más sublime, hermoso y robusto en el mundo, se doblegó tan benignamente a la petición y querer del Santo.

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