Capítulo XI
Admisión de otros cuatro hermanos.
Ardiente caridad que se tenían los primeros hermanos, su anhelo de trabajar y orar y su perfecta obediencia
41 Cuando se vio que los hermanos se alegraban en sus tribulaciones; que se dedicaban diligente y devotamente a la oración; que no recibían dinero ni lo llevaban; que se querían mutuamente con inmenso amor -señal por la que se daban a conocer como verdaderos discípulos del Señor-, muchos venían a ellos cordialmente compungidos por las ofensas que les habían inferido y les pedían perdón. Ellos los perdonaban de corazón, diciéndoles: «El Señor os perdone»; y les daban oportunos consejos en orden a la salvación.
Algunos pedían que los admitieran en su compañía; como, por la escasez de hermanos, tenían facultad del bienaventurado Francisco para recibir en la Orden, recibieron a algunos, y en el término establecido regresaron con ellos a Santa María de la Porciúncula. Cuando volvían a verse juntos, disfrutaban de tanta alegría y regocijo cual si no recordaran nada de cuanto habían sufrido de los malvados.
Todos eran solícitos en hacer oración todos los días y en ocuparse en trabajos manuales para evitar en absoluto la ociosidad, que es enemiga del alma. Se levantaban con toda diligencia a media noche y oraban devotísimamente, con lágrimas copiosas y suspiros; se amaban con íntimo y mutuo amor, se servían unos a otros y se atendían en todo, como una madre lo hace con su único hijo queridísimo. Era su caridad tan ardorosa, que les parecía cosa fácil entregar su cuerpo a la muerte, no sólo por amor de Cristo, sino también por el bien del alma o del cuerpo de sus cohermanos.
42 Y, en efecto, cierto día en que dos de estos hermanos iban de camino, se encontraron con un demente, que empezó a tirarles cantos. Luego que se dio cuenta uno de ellos que los cantos iban a pegar al otro, al momento se interpuso para que los golpes dieran contra él, prefiriendo recibir él los cantazos a que los recibiera el hermano, por la mucha caridad que se tenían; tan dispuestos estaban a dar la vida el uno por el otro.
Estaban tan bien fundados y arraigados en humildad y caridad, que cada uno reverenciaba al otro como si fuera padre y señor; y aquellos que, por su oficio o una cualidad, tenían alguna preeminencia sobre los demás, parecían de situación más humilde y baja. Todos estaban prontos a obedecer y dispuestos siempre a cumplir la voluntad del que mandaba; no se paraban a discernir si el mandato era justo o injusto, porque pensaban que todo mandato era conforme a la voluntad del Señor. Con esta disposición era para ellos fácil y agradable cumplir los mandatos. Se abstenían de las apetencias de la carne, juzgándose a sí mismos con rigor y evitando ofender de cualquier modo al hermano.
43 Y si a veces sucedía que uno decía a otro alguna palabra que le pudiera molestar, tanto le remordía la conciencia, que no paraba hasta que confesaba su culpa y, echándose humildemente en tierra, lograba que el hermano ofendido pusiera el pie sobre su boca. Y, caso de que el hermano ofendido no quisiera poner el pie en la boca del otro hermano, sucedía entonces que, si el ofensor era prelado, le mandaba al otro que lo pisara; y si era súbdito, el ofensor conseguía que le mandara el prelado. De esta manera se ingeniaban para que todo rencor o maldad huyera de ellos y reinara siempre entre ellos la perfecta caridad, procurando siempre contraponer, todo cuanto podían, virtudes particulares a vicios particulares, ayudados y prevenidos de la gracia de Jesucristo.
Nada reclamaban como propio. Los libros y demás objetos que les habían sido dados, los usaban según la forma transmitida y observada por los apóstoles. A la par que en ellos y entre ellos reinaba una verdadera pobreza, eran liberales y generosos con todo lo que les había sido entregado por Dios, y por su amor daban de buena gana a cuantos se las pedían, y particularmente a los pobres, las limosnas que ellos habían recibido.
44 Cuando iban de camino y se encontraban con pobres que les pedían algo por amor de Dios, si no llevaban ninguna otra cosa que darles, les entregaban parte de sus vestidos, aunque viles. A veces les daban el capucho, separándolo de la túnica; a veces, una manga; a veces, otra pieza, descosiéndola de la túnica, en cumplimiento de lo que dice el Evangelio: A todo el que te pide, dale (Lc 6,30). Cierto día vino un pobre a pedir limosna a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, donde a temporadas moraban los hermanos. Había allí una capa que había usado un hermano siendo todavía seglar. Como le dijese el bienaventurado Francisco que se la diera a aquel pobre, aprisa y corriendo fue por ella y se la dio lleno de alegría. Y en el instante le pareció a aquel hermano que, por el amor y devoción con que había dado la capa al pobre, la limosna había subido hasta el cielo, y quedó embriagado de nuevo gozo.
45 Cuando recibían visitas de los ricos de este mundo, los recibían alegre y benignamente y procuraban apartarlos del mal y moverlos a penitencia. Pedían también con sumo interés que no fueran enviados a tierras de donde eran oriundos, para evitar la familiaridad y el trato con sus consanguíneos, y así cumplir la palabra profética: Me he hecho forastero con mis hermanos, y peregrino con los hijos de mi madre (Sal 68,9).
Se gozaban cordialmente en la pobreza, pues no ambicionaban riquezas, sino que despreciaban todo lo caduco que pueden codiciar los amantes de este mundo. Sobre todo, miraban el dinero como polvo que pisaban, y, aleccionados por el Santo, ponderaban su precio y valor al igual que el boñigo de asno.
Se alegraban de continuo en el Señor y no encontraban entre sí ni dentro de sí motivo de tristeza. Cuanto más apartados del mundo, tanto más unidos estaban con Dios; y, caminando siempre por la senda de la cruz y de la justicia, apartaban del camino estrecho de la penitencia y observancia del Evangelio cualquiera clase de tropiezos, a fin de que los sucesores encontraran llano y seguro el sendero.