Capítulo XIII

Eficacia de su predicación. El primer lugar que habitó, cómo vivían en él y cómo salieron de él

54 Desde entonces comenzó el bienaventurado Francisco a predicar más y mejor en sus correrías por ciudades y castros; no lo hacía con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino que anunciaba con confianza el reino de Dios con la doctrina y fuerza del Espíritu Santo. Era un verdadero predicador fortalecido con la autoridad apostólica. No empleaba palabras de adulación y rehuía todo halago de expresiones lisonjeras, porque, para poder decir la verdad con plena confianza, primero se persuadía a sí mismo con las obras de aquello de que tenía que persuadir a los demás con la palabra. Y aun los letrados y doctos quedaban admirados de la fuerza y verdad de sus sermones, que no había aprendido de maestro humano; y muchos corrían a verlo y oírlo como a hombre de otro mundo. Así comenzaron muchos, nobles y plebeyos, clérigos y seglares, impelidos por inspiración divina, a seguir los pasos del bienaventurado Francisco y, abandonando los cuidados y vanidades del siglo, a vivir el mismo tenor de vida bajo su dirección.

55 Vivía entonces el Padre feliz con sus hijos en un lugar cerca de Asís llamado Rivo Torto, donde había una choza abandonada de todos; tan reducida era, que no podían apenas sentarse y descansar. Cuando allí carecían de pan -lo que ocurría frecuentemente-, comían tan sólo algunos nabos que a duras penas conseguían de limosna. El varón de Dios tenía escritos los nombres de los hermanos en los travesaños de la choza, para que cada uno, al tratar de descansar o de orar, reconociese su sitio, y, dada la estrechez y pequeñez del lugar, no fuera perturbado el silencio del alma por cualquier ruido indebido.

Viviendo en este lugar los hermanos, sucedió cierto día que un rústico llegó allí con su asno para cobijarse dentro con el animal. Y para que no fuera rechazado por los hermanos, se metió con el asno, diciendo: «¡Entra, entra, porque haremos un favor a este lugar!» [6]. Oyendo esto el Padre santo y penetrando la intención de aquel rústico, se conturbó a causa de él, sobre todo porque había armado gran estrépito con el asno e inquietado a los hermanos, que estaban entonces haciendo oración en absoluto silencio. Entonces dijo el varón de Dios a los hermanos: «Bien sé, hermanos, que el Señor no nos ha llamado para preparar albergue a ningún asno ni para recibir frecuentes visitas de hombres, sino para que nos dediquemos principalmente a la oración y acción de gracias, predicando de tanto en tanto a los hombres el camino de la salvación y dándoles consejos saludables».

Dejaron aquel lugar para albergue de pobres leprosos, y ellos se trasladaron a Santa María de la Porciúncula, junto a la cual habían morado algunas veces en una casuca antes de que hubieran conseguido la iglesia.

56 Más tarde, impulsado el bienaventurado Francisco por la inspiración y voluntad de Dios, consiguió con mucha humildad que el abad de San Benito del monasterio del monte Subasio, cerca de Asís, le cediera la iglesia. El Santo recomendó esta iglesia con señalado y especial afecto al ministro general y a todos los hermanos como el lugar más amado de la gloriosa Virgen entre todos los lugares y entre todas las iglesias del mundo.

Mucho contribuyó para recomendar y amar tanto este lugar la visión que tuvo un hermano cuando todavía vivía en el siglo, y a quien el bienaventurado Francisco amó con singular afecto y le mostró particular familiaridad mientras vivieron juntos. Este varón, que anhelaba servir a Dios, como después efectivamente le sirvió fielmente en la Religión, vio en una visión que todos los hombres de este siglo eran ciegos y estaban de rodillas en torno a Santa María de la Porciúncula con las manos juntas y los rostros vueltos al cielo. En esta actitud pedían al Señor con voz clamorosa y lacrimosa que se dignara, por su gran misericordia, dar vista a todos. Estando éstos en oración, le pareció ver que un gran resplandor salía del cielo y descendía sobre ellos, iluminándolos con una luz salvadora.

Luego que se despertó, tomó la firme resolución de servir al Señor; y poco después, abandonando este mundo malvado con todas sus vanidades, entró en la Religión, en la que se consagró humilde y devotamente al servicio de Dios.

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