Capítulo VI

Cómo primeramente huyó de la persecución de su padre y de sus parientes cuando vivía con el sacerdote de San Damián, en cuya ventana había arrojado cierta cantidad de dinero

16 Con gran alegría se levantó de la sobredicha visión y alocución del crucifijo, protegiéndose con la señal de la cruz; montó en el caballo con telas de diversos colores y llegó a la ciudad que se llama Foligno. Aquí vendió el caballo y todo cuanto había llevado, y regresó a continuación a la iglesia de San Damián.

Habiendo encontrado allí al pobrecillo sacerdote, le besó las manos con fe y reverencia, y le ofreció el dinero que llevaba, y le fue contando ordenadamente el propósito que acariciaba. Atónito el sacerdote y asombrado de su repentina conversión, no le quiso creer; y, pensando que se trataba de una burla, tampoco quiso aceptarle el dinero. Mas él se esforzaba con viva insistencia en convencer al sacerdote de lo que le decía y le rogaba con gran interés que le permitiera morar con él.

Accedió, por fin, el sacerdote a que se quedara con él, pero no se dignó recibir el dinero por miedo a sus padres. Por lo cual aquel verdadero despreciador del dinero lo arrojó a una ventana, como si fuera vil polvo.

Como se iba prolongando su permanencia en este lugar, su padre indagaba solícito y preguntaba por el paradero de su hijo; y, como oyese que había cambiado por completo de porte y que vivía de esa manera en aquel lugar, herido súbitamente en lo más íntimo de su corazón y contrariado por los inesperados acontecimientos, llamó a sus amigos y vecinos y marchó a toda prisa a buscarlo.

Mas Francisco, caballero novel de Cristo, tan pronto como se enteró de las amenazas de los que le perseguían y tuvo noticia de la llegada de los mismos, quiso sustraerse a la ira de su padre y se refugio en una cueva oculta que para esto se había preparado, y allí permaneció escondido durante todo un mes. Tan sólo uno de la casa paterna conocía la cueva, en la que ocultamente comía lo que de tanto en tanto se le traía. Allí oraba sin cesar bañado en copiosas lágrimas y pedía al Señor que le librara de esa persecución dañosa e hiciese cumplir con benigno favor sus piadosos deseos.

17 Orando así, continua y ardorosamente con ayunos y lágrimas, y desconfiando de su virtud y fuerza, puso totalmente su confianza en el Señor, que, a pesar de las tinieblas en que estaba envuelto, le había hecho rebosar de inefable alegría y le había inundado de maravillosa claridad.

Enardecido todo él interiormente, salió de la cueva y, animoso, ligero y alegre, emprendió el camino de Asís. Defendido con las armas de la confianza en Cristo y caldeado por el amor divino, recriminándose a sí mismo de desidia y de vano temor, se ofreció a pecho abierto a las manos y acometidas de sus perseguidores.

Y al verlo los que anteriormente le habían conocido, lo afrentaban villanamente, llamándolo loco y demente, y le arrojaban lodo y cantos de las plazas. Contemplándolo tan cambiado de su primitivo porte y consumido por la penitencia corporal, achacaban todo cuanto hacía a desnutrición y locura. Mas el caballero de Cristo, haciéndose el sordo a todo esto, sin claudicar ni titubear por ninguna clase de injurias, daba gracias a Dios.

El rumor de estos sucesos corría por plazas y barrios de la ciudad, y no tardó en llegar a oídos de su padre. Enterado de que tales vilipendios le hacían sus conciudadanos, marchó precipitadamente a buscarlo, no para librarlo de las afrentas, sino para perderlo. Y, sin guardar la menor moderación, se arrojó sobre él como lobo contra la oveja, y, mirándolo con ojos fieros y rostro amenazador, puso con impiedad las manos sobre él. Y, conduciéndolo a su casa, lo encerró durante muchos días en una cárcel tenebrosa, y puso todo su empeño en convencerlo con argumentos y azotes a que volviera a las vanidades del mundo.

18 Mas él, ni conmovido por las palabras ni cansado de la prisión ni de los azotes, todo lo soportaba con admirable paciencia y se mostraba más decidido y valiente para llevar a efecto su santa determinación.

Apremiado su padre por urgente necesidad, tuvo que ausentarse de casa. Entonces su madre, que no aprobaba la conducta de su marido, se quedó sola con el hijo y le habló dulcemente. Mas, como palpara que era imposible hacerle mudar de propósito, se le conmovieron las entrañas y lo soltó de la prisión, dejándolo salir libremente. Francisco, dando gracias a Dios omnipotente, volvió al mismo retiro donde había estado antes; y en uso de mayor libertad, como bien probado en las tentaciones del demonio y aleccionado con las enseñanzas de las mismas, y conseguida una mayor seguridad gracias a las injurias sufridas, caminaba con más independencia y magnanimidad.

Mientras tanto volvió el padre, y, no encontrando allí a su hijo, ensartó pecados a pecados, desatándose en improperios contra su esposa.

19 Después se presentó en el palacio del común y formuló querella ante los cónsules contra su hijo, reclamando que le fuera devuelto el dinero que le había sido sustraído de su casa. Los cónsules, viéndolo tan enojado, citan o mandan llamar por pregón a Francisco para que comparezca ante ellos. Como respuesta al pregón, dijo éste que por la gracia de Dios era ya libre y no estaba bajo la jurisdicción de los cónsules, porque era siervo del solo altísimo Dios. Los cónsules no quisieron hacerle violencia y dieron al padre esta contestación: «Desde que se ha puesto al servicio de Dios ha quedado emancipado de nuestra potestad».

Viendo el padre que nada conseguía de los cónsules, presentó la misma querella ante el obispo de la ciudad. El obispo, empero, discreto y sabio, lo citó en la debida forma para que compareciera y respondiera a la demanda del padre. Francisco contestó así a quien le llevó la citación: «Compareceré ante el señor obispo, que es padre y señor de las almas».

Se presentó, pues, ante el señor obispo, y éste lo recibió con gran alegría. Luego le dijo: «Tu padre está enojado contra ti y muy escandalizado. Si deseas servir a Dios, devuélvele el dinero que tienes; y como quiera que, tal vez, esté adquirido injustamente, no es agradable a Dios que lo entregues como limosna para obras de la Iglesia, debido a los pecados de tu padre, cuyo furor se mitigará si recibe ese dinero. Hijo, ten confianza en el Señor y obra con hombría y no temas, porque él será tu mejor ayuda y te proporcionará con abundancia todo lo que necesites para las obras de su Iglesia».

20 El varón de Dios se levantó rebosando de alegría y confortado con las palabras del obispo; y, llevando ante él el dinero, le dijo: «Señor, no sólo quiero devolverle con gozo de mi alma el dinero adquirido al vender sus cosas, sino hasta mis propios vestidos». Y, entrando en la recámara del obispo, se desnudó de todos sus vestidos y, colocando el dinero encima de ellos, salió fuera desnudo en presencia del obispo y de su padre y demás presentes y dijo: «Oigan todos y entiéndanme: hasta ahora he llamado padre mío a Pedro Bernardone; pero como tengo propósito de consagrarme al servicio de Dios, le devuelvo el dinero por el que está tan enojado y todos los vestidos que de sus haberes tengo; y quiero desde ahora decir: Padre nuestro, que estás en los cielos, y no padre Pedro Bernardone». Y entonces se vio que el siervo de Dios llevaba bajo sus vestidos de colores un cilicio a raíz de la carne.

Levantándose su padre, enfurecido de íntimo dolor y de ira, cogió el dinero y todos los vestidos y se los llevó a su casa. Pero aquellos mismos que habían presenciado la escena, se indignaron contra él por no haber dejado ni una mínima prenda a su hijo. Y, movidos a compasión por Francisco, empezaron a llorar abundantemente.

Mas el obispo, considerando atentamente el coraje del varón de Dios y admirando con asombro su fervor y constancia, lo acogió entre sus brazos y lo cubrió con su capa. Comprendía claramente que lo había hecho por inspiración divina y reconocía que en lo que acababa de ver se encerraba no pequeño misterio. Y desde este momento se constituyó en su protector, exhortándolo, animándolo, dirigiéndolo y estrechándolo con entrañas de caridad.

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