Capítulo VII
Su gran fatiga y pena en la reparación de la iglesia de San Damián y cómo empezó a vencerse a sí mismo yendo a pedir limosna
21 Despojado el siervo de Dios Francisco de todo lo que es propio del mundo, se consagra a la justicia divina, y, menospreciando su propia vida, se entrega al servicio divino por todos los medios que están a su alcance. De vuelta a la iglesia de San Damián, gozoso y ferviente, se hizo un hábito a manera de ermitaño, y reconfortó al sacerdote de esta iglesia con las mismas palabras con que él había sido confortado por el obispo.
Luego, entrando en la ciudad, como ebrio de espíritu, empieza a cantar alabanzas al Señor por plazas y barrios. Terminadas estas alabanzas, se pone a pedir piedras para reparar la dicha iglesia, diciendo: «Quien me diere una piedra, recibirá una merced; quien me diere dos, dos mercedes tendrá; quien me diere tres, recibirá otras tantas».
Y así, por este estilo, decía otras muchas palabras sencillas con fervor de espíritu; pues, elegido por Dios siendo idiota y simple, se conducía en todo no con palabras elocuentes de humana sabiduría, sino con absoluta sencillez. Muchos se burlaban de él, teniéndolo por loco; otros, movidos a piedad, no podían dejar de llorar al ver que en tan poco tiempo había llegado de tanta liviandad y vanidad mundanas a tanta hartura de amor de Dios. Pero él, menospreciando las burlas, daba gracias a Dios con gran fervor de espíritu.
Cuánto hubo de trabajar en la reparación de la iglesia, sería largo y difícil de contar. Porque él, que había vivido en casa de su padre rodeado de delicadezas, transportaba sobre sus hombros las piedras, soportando mil suertes de penalidades en el servicio de Dios.
22 El referido sacerdote, viendo aquel trabajo, es decir, con qué ánimo tan fervoroso trabajaba sobre sus fuerzas en el divino servicio, procuraba, aunque pobrecillo, prepararle algo especial en las comidas, pues sabía que en el siglo había vivido entre delicadezas. Porque, como más tarde manifestó el mismo siervo de Dios, comía frecuentemente cosas escogidas y bien condimentadas y se abstenía de comidas que no fueran así.
Como quiera que un día se detuviese a reflexionar sobre lo que el sacerdote hacía por él, hablándose a sí mismo, se dijo: «¿Encontrarás en cualquier lugar a que vayas un sacerdote como éste, que te trate con tan obsequiosa atención? No es ésta la vida de hombre pobre que has resuelto elegir; sino que como el pobre, que, yendo de puerta en puerta, lleva en su mano el plato y, obligado por la necesidad, mezcla en él diversos alimentos, así es preciso que voluntariamente vivas por amor de Aquel que nació pobre, vivió pobrísimamente en el mundo y quedó desnudo y pobre en el patíbulo y fue sepultado en sepulcro ajeno».
Y, decidido, tomó un plato, marchó a la ciudad y fue pidiendo limosna de puerta en puerta. Luego que mezcló en la escudilla los diversos alimentos, muchos que conocían la delicadeza con que había vivido quedaron maravillados al ver el admirable cambio que había hecho, hasta menospreciarse de aquella manera. Mas, cuando se puso a comer aquella bazofia, su primer impulso fue de asco, porque no sólo no tenía costumbre de comer aquellos comistrajos, pero ni los podía ver. Pero, haciéndose violencia, empezó a comer, y le pareció que ni en las comidas más exquisitas había experimentado jamás tanto placer.
Con esto se regocijó de tal manera en el Señor, que su cuerpo, débil y extenuado, sintió fortaleza para sobrellevar por el Señor con alegría todo lo más áspero y amargo.
Y dio gracias a Dios por haberle cambiado lo amargo en dulce y por haberle confortado de múltiples maneras. Y pudo decir al presbítero aquel que en adelante no preparara ni hiciera preparar para él manjar alguno.
23 Su padre, en cambio, viéndolo en tan abyecta condición, se requemaba de sentimiento; y, por lo mismo que le había amado mucho, se avergonzaba tanto y tanto sufría al contemplar la carne de su hijo extenuada por la excesiva penitencia y por el frío, que dondequiera que lo encontraba lo maldecía.
Dándose cuenta el varón de Dios de las maldiciones de su padre, se buscó un hombre pobrecillo y humilde que hiciera de padre, y le dijo: «Ven conmigo y repartiré contigo las limosnas que me den. Y cuando vieres que mi padre me maldice y yo te dijere a ti: «Padre, bendíceme», tú harás sobre mí la señal de la cruz y me bendecirás en vez de él». Así, cuando aquel pobre hombre le daba la bendición, el varón de Dios decía a su padre: «¿No piensas que Dios puede darme un padre que me bendiga contra tus maldiciones?»
Por otra parte, muchos que primero se burlaban de él, viendo que sobrellevaba con tanta paciencia los insultos y escarnios, quedaban profundamente admirados. Y sucedió que un día de invierno, como estuviera a la mañana haciendo oración cubierto con escasa ropa y muy pobre, acertó a pasar cerca de él su hermano carnal, y, dirigiéndose a un vecino, le dijo con ironía: «Ve y di a Francisco que te venda un céntimo siquiera de sudor». Al oírlo el varón de Dios, inundado del gozo de la salvación, le dijo en francés con fervor de espíritu: «Yo venderé muy caro este sudor a mi Señor».
24 Mientras trabajaba asiduamente en reparar la iglesia antes mencionada, deseando que luciera de continuo en ella una lámpara, salía a la ciudad a pedir aceite. Al acercarse a una casa y ver que estaba reunido un grupo de hombres jugando, sintió vergüenza de pedir limosna ante ellos y retrocedió. Reflexionando al pronto, se censuró de pecado y volvió corriendo al lugar donde se desarrollaba el juego y confesó delante de todos su culpa por haberse avergonzado de pedir limosna por respeto humano. Y, llegándose a aquella casa con ánimo ferviente y hablando en francés, pidió, por amor de Dios, aceite para alumbrar la lámpara de la dicha iglesia.
Continuando con otros trabajadores la obra a que nos hemos referido, lleno de gozo espiritual y con voz bien puesta, clamaba dirigiéndose a los que vivían y pasaban cerca de la iglesia, y les decía en francés: «Venid y prestadme ayuda en la obra de la iglesia de San Damián, que ha de ser monasterio de señoras, con cuya fama y vida será glorificado en la Iglesia universal nuestro Padre que está en el cielo». ¡Es de admirar cómo, lleno de espíritu profético, predijo verdaderamente el futuro! Porque éste es el lugar sagrado donde la gloriosa Religión y preclarísima Orden de las señoras pobres y vírgenes santas tuvo su feliz comienzo por mediación del bienaventurado Francisco, a los seis años apenas de su conversión. La vida admirable de estas señoras y su glorioso instituto quedaron plenamente confirmados con la autoridad de la Sede Apostólica por el señor papa Gregorio IX, de santa memoria, que a la sazón era obispo de Ostia [5].