Capítulo V

Cómo le habló por primera vez el crucifijo y cómo desde entonces llevó en su corazón la pasión de Cristo hasta su muerte

13 Un día en que invocaba con más fervor la misericordia de Dios, le manifestó el Señor que en breve se le diría lo que había de hacer. Con esto se llenó de tal gozo, que, no pudiendo contener la alegría, aun sin querer decía al oído de los hombres algo de estos secretos. Pero hablaba con cautela y enigmáticamente, diciendo que no quería ir a la Pulla y que en su patria llevaría a cabo cosas grandes y nobles.

Sus compañeros, que lo veían tan cambiado y tan alejado de ellos en sus pensamientos, aunque a veces los acompañara corporalmente, de nuevo le preguntaron, como chanceándose: «Pero ¿es que piensas en casarte, Francisco?» A lo que contestó con palabras enigmáticas, como arriba queda dicho.

A los pocos días, cuando se paseaba junto a la iglesia de San Damián, percibió en espíritu que le decían que entrara a orar en ella. Luego que entró se puso a orar fervorosamente ante una imagen del Crucificado, que piadosa y benignamente le habló así: «Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba? Anda y repárala». Y él, con gran temblor y estupor, contestó: «De muy buena gana lo haré, Señor». Entendió que se le hablaba de aquella iglesia de San Damián, que, por su vetusta antigüedad, amenazaba inminente ruina. Con estas palabras fue lleno de tan gran gozo e iluminado de tanta claridad, que sintió realmente en su alma que había sido Cristo crucificado el que le había hablado.

Saliendo de la iglesia, encontró a un sacerdote sentado junto a ella, y, metiendo la mano en su bolsa, le ofreció cierta cantidad de dinero, diciéndole: «Te ruego, señor, que compres aceite y cuides de que luzca continuamente una lámpara ante este crucifijo. Y, cuando se acabe este dinero, yo te daré de nuevo lo que fuere necesario para lo mismo».

14 Desde aquel momento quedó su corazón llagado y derretido de amor ante el recuerdo de la pasión del Señor Jesús, de modo que mientras vivió llevó en su corazón las llagas del Señor Jesús, como después apareció con toda claridad en la renovación de las mismas llagas admirablemente impresas en su cuerpo y comprobadas con absoluta certeza.

Después fueron tantas las mortificaciones con que maceró su cuerpo, que, así sano como enfermo, fue austerísimo y apenas o nunca condescendió en darse gusto. Por esto, estando ya para morir, confesó que había pecado mucho contra el hermano cuerpo.

Un día iba solo cerca de la iglesia de Santa María de la Porciúncula llorando y sollozando en alta voz. Un hombre espiritual que lo oyó, pensó que sufriría alguna enfermedad o dolor. Y, movido de compasión, le preguntó por qué lloraba. Y él le contestó: «Lloro la pasión de mi Señor, por quien no debería avergonzarme de ir gimiendo en alta voz por todo el mundo». Y el buen hombre comenzó, asimismo, a llorar, juntamente con él, también en alta voz.

Muchas veces, cuando se levantaba de orar, aparecían sus ojos recargados de sangre, porque había llorado amargas lágrimas. Y no sólo se afligía llorando, sino que se privaba de comida y de bebida en memoria de la pasión del Señor.

15 Así, cuando se sentaba a la mesa de seglares y le presentaban viandas gustosas al paladar, apenas las probaba, alegando alguna excusa para que no pareciese que las dejaba por mortificación. Y, cuando comía con los hermanos, muchas veces echaba ceniza en la comida, diciéndoles, como tapadera de su mortificación, que la hermana ceniza es casta.

Una vez que se sentó a comer le dijo un hermano que la Santísima Virgen era tan pobrecilla, que a la hora de comer no tenía nada que dar a su Hijo. Oyendo esto el varón de Dios, suspiró con gran angustia, y, apartándose de la mesa, comió el pan sobre la desnuda tierra.

Muchas veces, cuando se sentaba a comer, al poco de empezar se paraba y ni comía ni bebía, suspendido en la consideración de cosas celestiales; entonces no quería que le importunaran con palabras, y exhalaba profundos suspiros del corazón. Avisaba a sus hermanos que siempre que le oyeran dar tales suspiros, alabaran a Dios y rogaran por él con fidelidad.

Hemos dicho incidentalmente estas cosas acerca de sus llantos y abstinencias para demostrar que, desde la visión y alocución de la imagen del crucifijo, fue hasta su muerte imitador de la pasión de Cristo.

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