Capítulo VII
Da gusto hablar con una persona inteligente
También hablaba de ese modo. Nada más entrar en la sala, se encontró con Fiódor Pávlovich y le gritó, gesticulando: «Subo a mi cuarto; no vengo a verle a usted; adiós». Y pasó de largo, procurando incluso no mirar a su padre. Es muy posible que el viejo le resultara especialmente odioso en esos momentos, pero una manifestación tan desconsiderada de hostilidad sorprendió al propio Fiódor Pávlovich. Éste, por lo visto, quería comunicarle algo urgente, y por eso había salido expresamente a recibirlo en la sala; pero, al oír tales cumplidos, se quedó parado, sin decir nada, y, con aire socarrón, siguió con la mirada a su hijo mientras éste subía por la escalera de la buhardilla, hasta perderlo de vista.
—¿A éste qué le pasa? —le preguntó rápidamente a Smerdiakov, que acababa de entrar siguiendo a Iván Fiódorovich.
—Está enfadado por algo, señor; cualquiera lo entiende —balbuceó Smerdiakov, con evasivas.
—¡Al diablo! ¡Que se enfade! Prepara el samovar y retírate enseguida, venga. ¿No hay novedades?
Empezaron entonces las preguntas; era el tipo de preguntas, precisamente, del que se había estado quejando Smerdiakov hacía un momento a Iván Fiódorovich, es decir, preguntas relativas a la esperada visitante, y no vamos a recogerlas aquí. Al cabo de media hora la casa estaba cerrada, y el vejestorio tronado daba vueltas por las habitaciones, esperando con ansiedad que se oyeran en cualquier momento los cinco golpes convenidos; de vez en cuando miraba por las oscuras ventanas, sin ver nada más que la noche.
Era ya muy tarde, pero Iván Fiódorovich no dormía; estaba entregado a sus reflexiones. Aquella noche no se acostó hasta cerca de las dos. No vamos a registrar todo el flujo de sus pensamientos, pues no es éste el momento de penetrar en su alma: ya le llegará su turno. Incluso, aunque intentásemos transmitir algo, resultaría muy complicado, ya que no se trataba de pensamientos, sino de algo demasiado indefinido y, sobre todo, en exceso emotivo. Él mismo tenía la sensación de estar perdido. Además, toda clase de deseos extraños y casi totalmente inesperados lo atormentaban; pasada la medianoche, por ejemplo, le entraron unas ganas apremiantes e irresistibles de bajar, abrir la puerta, entrar en el pabellón y darle una paliza a Smerdiakov; ahora bien, si alguien le hubiera pedido explicaciones, habría sido totalmente incapaz de exponer ni una sola causa con precisión, salvo, quizá, la de que aquel lacayo se le había hecho odioso, como si fuera el más molesto de los ofensores que pueda uno encontrar en la tierra. Por otra parte, sintió el alma invadida aquella noche, en más de una ocasión, por una timidez inexplicable y humillante, a causa de la cual —él mismo lo notaba— era como si perdiera de pronto hasta la fuerza física. La cabeza le dolía y le daba vueltas. Una sensación de odio le oprimía el alma, como si estuviese dispuesto a vengarse de alguien. Llegó a odiar al propio Aliosha, recordando su reciente conversación con él; a ratos, también se odió intensamente a sí mismo. Casi se olvidó de Katerina Ivánovna, algo que más tarde le causaría asombro, sobre todo porque recordaba perfectamente cómo la mañana anterior, al jactarse con tanta elocuencia ante ella de su decisión de marcharse a Moscú al día siguiente, se había dicho, para sus adentros: «Qué disparate; tú no te vas de aquí, ni te va a ser tan fácil la ruptura como dices; estás fanfarroneando». Al cabo del tiempo, al rememorar aquella noche, Iván Fiódorovich recordaría con especial disgusto cómo en ocasiones se levantaba repentinamente del diván y, sin hacer ruido, como si tuviera un miedo atroz a que lo estuvieran observando, abría la puerta, se asomaba a la escalera y se dedicaba a espiar las idas y venidas de Fiódor Pávlovich en la planta inferior; se quedaba escuchando un buen rato, unos cinco minutos, con una especie de extraña curiosidad, conteniendo el aliento y con el corazón desbocado; pero, desde luego, no sabía por qué hacía todo aquello, por qué le había dado por espiar. Más tarde, a lo largo de toda su vida, calificó siempre de «abyecto» tal «proceder», y en lo más recóndito de su ser, en los recovecos de su alma, lo consideró el acto más ruin que había cometido jamás. En cambio, en relación con el propio Fiódor Pávlovich, en aquellos momentos no sentía ningún odio; sentía únicamente, por alguna razón, una exacerbada curiosidad: lo oía pasear por el piso de abajo; se figuraba lo que estaría haciendo en ese preciso instante en sus aposentos; intuía y se lo imaginaba mirando por las oscuras ventanas o quedándose parado de pronto en medio del cuarto, pendiente, muy pendiente de si alguien llamaba. Dos veces se asomó Iván Fiódorovich a la escalera con esa intención. Cuando por fin reinó el silencio en la casa, una vez que el propio Fiódor Pávlovich ya se había acostado, a eso de las dos, Iván Fiódorovich hizo otro tanto; tenía el firme propósito de dormirse cuanto antes, pues se sentía terriblemente cansado. Y así fue: enseguida cayó dormido, y durmió profundamente, sin sueños, si bien se despertó temprano, alrededor de las siete, cuando ya amanecía. Al abrir los ojos, para su sorpresa, sintió de pronto cómo afluía a él una energía insólita; saltó rápidamente de la cama y se vistió a toda prisa; a continuación sacó su maleta y, sin perder un minuto, empezó a hacer el equipaje apresuradamente. La misma víspera, por la mañana, había recibido toda la ropa blanca de la lavandera. Iván Fiódorovich sonrió pensando que todo estaba saliendo bien, que ningún obstáculo se oponía a su marcha precipitada. Porque partía, en efecto, de manera repentina. A pesar de que la misma víspera había anunciado —a Katerina Ivánovna, a Aliosha y, más tarde, a Smerdiakov— que se marchaba al día siguiente, al acostarse no había pensado en su partida: recordaba perfectamente que en ese momento no había pensado en absoluto que por la mañana, al despertarse, lo primero que haría sería ponerse a hacer el equipaje. Por fin tuvo preparadas la maleta y una bolsa de viaje; eran ya cerca de las nueve cuando Marfa Ignátievna se presentó con la pregunta habitual de todos los días: «¿Dónde desea tomar el té? ¿Aquí o abajo?». Iván Fiódorovich bajó; tenía un aspecto casi alegre, aunque había en él, en sus palabras y en sus gestos, una especie de desorden, de precipitación. Después de saludar afablemente a su padre y de interesarse especialmente por su salud, sin esperar siquiera a que Fiódor Pávlovich concluyera su respuesta, anunció de buenas a primeras que una hora más tarde partía para Moscú, definitivamente, y pidió que le prepararan los caballos. El viejo recibió la noticia sin dar ninguna muestra de sorpresa y, demostrando muy poco tacto, se olvidó de lamentar la marcha de su hijo; en cambio, de pronto se mostró muy preocupado por un asunto propio de vital importancia del que justamente acababa de acordarse.
—¡Hay que ver! ¡Cómo eres! Mira que no habérmelo dicho ayer… Bueno, qué se le va a hacer, podemos solucionarlo ahora. Tienes que hacerme un favor enorme, por el amor de Dios; acércate a Chermashniá. Todo lo que tienes que hacer es desviarte a la izquierda en la estación de Volovia, son solo como doce verstas de nada, y ya estás en Chermashniá.
—Perdone, pero no puedo: hay ochenta verstas hasta la estación de ferrocarril, y el tren de Moscú sale a las siete de la tarde; tengo el tiempo justo.
—Puedes tomarlo mañana, y si no pasado mañana, pero hoy tienes que acercarte a Chermashniá. ¡Qué te cuesta tranquilizar a tu padre! Si no tuviera cosas que hacer aquí, ya habría ido yo hace tiempo, porque se trata de un asunto urgente, de suma importancia, pero en estos momentos me es imposible… Verás, tengo allí dos parcelas de bosque, en Beguichevo y en Diáchkino, en unos eriales. El viejo Máslov y su hijo, unos comerciantes, solo me ofrecen ocho mil rublos por la tala, cuando el año pasado ya apareció un comprador que daba doce mil; pero no era de aquí, ahí está la diferencia. Y es que ahora, a la gente de aquí, no hay quien le venda nada: todo lo acaparan los Máslov, padre e hijo, que tienen una fortuna; te ofrezcan lo que te ofrezcan, tienes que conformarte, porque aquí no hay nadie que se atreva a competir con ellos. Pero resulta que Ilinski, el pope, me escribió de pronto el jueves pasado, diciendo que se había presentado otro comerciante, Gorstkin; lo conozco, y lo bueno es que no es de aquí, sino de Pogrebovo, lo cual quiere decir que no les tiene miedo a los Máslov; como no es de aquí… Total, que por lo visto está dispuesto a dar once mil por la tala del bosque, ¿lo oyes? Y no va a quedarse por aquí, según dice el pope, más de una semana. Por eso, tendrías que acercarte para llegar a un acuerdo con él… —Pues escríbale al pope, y que se encargue él.
—Él no sabe, ése es el problema. Ese pope no tiene vista para estas cosas. Es una joya de hombre, ahora mismo pondría en sus manos veinte mil rublos, sin un recibo, para que me los guardara, pero no tiene vista para los negocios; si no parece un hombre, hasta el más pardillo lo engaña. Y eso que es un hombre muy instruido, imagínate. Ese Gorstkin tiene pinta de aldeano, con su poddiovka azul, pero por su carácter es un perfecto canalla, para nuestra desgracia: es un embustero, ésa es su manera de ser. A veces suelta unas mentiras que te quedas con los ojos a cuadros, preguntándote cómo puede ser tan mentiroso. Hace tres años contó que se le había muerto la mujer y que ya se había vuelto a casar, y nada de eso era verdad, date cuenta: la mujer no solo no se le había muerto, sino que vive todavía y cada tres días le da una buena tunda. Total, que ahora se trata de averiguar si miente o si habla en serio cuando dice que quiere comprar y que ofrece once mil.
—Pues yo ahí no voy a hacer nada, yo tampoco tengo buen ojo para los negocios.
—Espera, espera; tú puedes hacerlo muy bien, ya te explico yo qué detalles hay que tener en cuenta con ese Gorstkin, hace tiempo que tengo tratos con él. Mira: tienes que fijarte en su barba; lleva una barbita pelirroja, poco poblada, da cosa verla. Si la barbita le tiembla, pero él habla y se enfada, eso es buena señal: está diciendo la verdad y pretende cerrar el trato; pero, si se acaricia la barba con la mano izquierda y se ríe, bueno, eso quiere decir que intenta pegártela, algo está tramando. Nunca lo mires a los ojos, por los ojos no vas a sacar nada, son un misterio; es un pillo; tú fíjate en la barba. Te voy a dar una nota para él, y tú se la enseñas. Lo que pasa con Gorstkin es que en realidad no es Gorstkin, sino Liagavy; pero tú no lo llames Liagavy, no se vaya a ofender. Si llegas a un acuerdo con él y ves que la cosa va bien, escríbeme enseguida. Basta con que pongas: «No miente, al parecer». Mantente firme en los once mil; puedes rebajar mil, no más. Date cuenta: de ocho a once, tres mil de diferencia. Esos tres mil es como si me los hubiera encontrado por ahí tirados, ahora no es nada fácil encontrar a un comprador, y necesito desesperadamente ese dinero. En cuanto me hagas saber que la cosa va en serio, yo mismo iré volando hasta allí y cerraré el trato, ya sacaré tiempo de donde sea. Pero ahora ¿para qué salir corriendo, si a lo mejor no son más que fantasías del pope? Bueno, ¿vas a ir o no?
—Bah, no tengo tiempo, no insista.
—¡Anda, hazle ese favor a tu padre! ¡Lo tendré en cuenta! No tenéis corazón, ninguno, ¡eso es lo que pasa! ¿Qué supone para ti un día o dos? ¿Adónde vas ahora? ¿A Venecia? No va a hundirse tu Venecia en un par de días. Mandaría a Alioshka, pero ¿qué pinta Alioshka en todo esto? Te lo pido a ti, únicamente, porque tú eres una persona inteligente; como si no lo supiera. Ya sé que no negocias con madera, pero tienes ojo. Solo se trata de ver si ese hombre está hablando en serio. Ya te lo he dicho, tú fíjate en la barba: si le tiembla la barbita, eso es que la cosa va en serio.
—No hace usted más que empujarme a esa maldita Chermashniá, ¿eh? —exclamó Iván Fiódorovich, sonriendo maliciosamente.
Fiódor Pávlovich no apreció, o no quiso apreciar, esa malicia, pero sí captó la sonrisa:
—Entonces, ¿vas a ir? ¿Vas a ir? En un momento te escribo esa nota.
—No sé si iré, no lo sé; lo decidiré por el camino.
—¿Cómo que por el camino? Decídete ahora mismo. ¡Decídete, hijo mío! Una vez que lleguéis a un acuerdo, me escribes un par de líneas, se las das al pope y él, en un santiamén, me manda tu nota. Y, a partir de ahí, ya no te retengo más, puedes irte a Venecia. El pope te llevará de vuelta a la estación de Volovia…
El viejo estaba realmente entusiasmado; garabateó la nota, mandó enganchar los caballos, hizo que sirvieran algo de comer, coñac. Cuando estaba contento, siempre se mostraba expansivo, pero en esta ocasión parecía moderarse. De Dmitri Fiódorovich, por ejemplo, no dijo ni una sola palabra. En cuanto a la marcha de Iván, no le afectaba en absoluto. Parecía como si no encontrara un tema de que hablar; el propio Iván Fiódorovich se dio perfecta cuenta. «¡Hay que ver! Estará harto de mí», se dijo. Solo al despedirse de su hijo, ya en el porche, el viejo pareció algo más conmovido, e hizo ademán de besarlo. Pero Iván Fiódorovich se apresuró a ofrecerle su mano, con la intención evidente de evitar los besos. El viejo lo captó rápidamente y se reprimió al instante.
—Bueno, ¡ve con Dios, ve con Dios! —repitió desde el porche—. Espero que regreses estando aún yo con vida, ¿eh? No dejes de venir, siempre me alegrará verte.
Hala, ¡que Cristo te acompañe!
Iván Fiódorovich subió a la calesa.
—¡Adiós, Iván! ¡No te lo tomes a mal! —gritó el padre por última vez.
Salieron a despedirlo todos los criados: Smerdiakov, Marfa y Grigori. Iván Fiódorovich le dio diez rublos a cada uno. Cuando ya se había acomodado en la calesa, Smerdiakov le colocó solícito la manta.
—Ya ves… voy a Chermashniá… —se le escapó de pronto a Iván Fiódorovich, igual que la víspera, como si las palabras le salieran solas, acompañadas, además, de una especie de risita nerviosa. Más tarde, lo recordaría durante mucho tiempo.
—Con razón dicen que da gusto hablar con una persona inteligente —contestó con rotundidad Smerdiakov, dirigiendo una mirada penetrante a Iván Fiódorovich.
La calesa partió a toda velocidad. El viajero, con el alma confusa, miraba con avidez los campos, las colinas, los árboles, una bandada de gansos que volaba muy alto, por encima de él, en el cielo radiante. De pronto se sintió muy a gusto. Probó a entablar conversación con el cochero, y encontró enormemente interesante una de las observaciones del aldeano; no obstante, al cabo de un minuto cayó en la cuenta de que no había prestado mayor atención a sus palabras y de que, en realidad, no había comprendido su respuesta. Se calló; también así se estaba bien: el aire era limpio, puro, fresco; el cielo, claro. Le vinieron a la cabeza, por un momento, las imágenes de Aliosha y de Katerina Ivánovna; pero sonrió en silencio y sopló suavemente sobre esos queridos fantasmas, y éstos desaparecieron: «Ya habrá tiempo para ellos», pensó. Pronto llegaron a la estación de postas, cambiaron de caballos y salieron a toda prisa hacia Volovia. «Pero ¿por qué da gusto hablar con una persona inteligente? ¿Qué habrá querido decir con eso? —De pronto se le cortó el aliento—. Y ¿por qué le habré dicho que voy a Chermashniá?» Llegaron a la posta de Volovia. Iván Fiódorovich se apeó de la calesa, y se vio rodeado de cocheros. Ajustaron el precio del viaje a Chermashniá, doce verstas de camino vecinal, en un coche alquilado. Mandó enganchar los caballos. Entró en la casa de postas, echó un vistazo, miró a la mujer del maestro de postas y, de repente, se volvió para el porche.
—Nada de Chermashniá, hermanos. ¿Podré llegar al ferrocarril antes de las siete?
—Seguro que sí. Entonces, ¿enganchamos?
—Cuanto antes. ¿Alguno de vosotros va a la ciudad mañana?
—Cómo no; mire, Mitri va a ir.
—¿Podrías hacerme un favor, Mitri? Pásate por casa de mi padre, Fiódor Pávlovich Karamázov, y dile que no he ido a Chermashniá. ¿Podrás?
—¿Por qué no? Me pasaré por allí; a Fiódor Pávlovich lo conozco hace mucho.
—Toma una propina, porque él no creo que te dé nada… —Iván Fiódorovich se rió alegremente.
—Seguro que no. —Mitri también se rió—. Gracias, señor, haré sin falta lo que me ha dicho…
A las siete de la tarde Iván Fiódorovich montó en el vagón y voló hacia Moscú. «Adiós para siempre a todo el pasado, he terminado, sin duda, con ese mundo antiguo; que no me llegue de él ni un recuerdo, ni un eco; al mundo nuevo, a los lugares nuevos, y ¡nada de volver la vista atrás!» Pero, en vez del entusiasmo, se había apoderado de su alma la oscuridad, y había en su corazón tanto pesar como nunca había sentido en toda su vida. Estuvo meditando toda la noche; el vagón volaba, y solo al amanecer, llegando ya a Moscú, cayó de repente en la cuenta de su situación.
—¡Soy un miserable! —se dijo en un susurro.
En cuanto a Fiódor Pávlovich, después de despedirse de su hijo se quedó muy satisfecho. Durante dos largas horas se sintió casi feliz y bebió un poco de coñac; pero, de buenas a primeras, se produjo un incidente de lo más lamentable y desagradable para todos que dejó desconcertado a Fiódor Pávlovich: Smerdiakov fue a buscar algo al sótano y cayó desde lo alto de las escaleras. Y menos mal que Marfa Ignátievna estaba en el patio y pudo oírlo a tiempo. No vio la caída, pero sí oyó el grito, un grito peculiar, extraño, pero que conocía desde hacía tiempo: el grito del epiléptico que sufre un ataque. No hubo manera de saber si el ataque le había sobrevenido en el momento en que se disponía a bajar la escalera —y en tal caso, como es natural, tuvo que rodar por las escaleras ya sin sentido—, o si, por el contrario, la crisis de Smerdiakov, conocido epiléptico, había sido consecuencia de la caída y la conmoción; el caso es que lo encontraron en el fondo del sótano, entre espasmos y convulsiones, agitándose y con espuma en la boca. Al principio creyeron que se había roto algo, un brazo o una pierna, que se había lastimado; sin embargo, «el Señor le había dado su protección», según dijo Marfa Ignátievna: no le había pasado nada de eso, aunque costó mucho cargar con él y sacarlo del sótano. Hasta tuvieron que pedir ayuda a los vecinos. En toda esta operación estuvo presente el propio Fiódor Pávlovich, que también echó una mano; estaba visiblemente asustado y no sabía muy bien qué hacer. El enfermo, a pesar de todo, no volvía en sí: aunque los ataques cesaban por un tiempo, se reproducían al cabo de un rato, y todo el mundo llegó a la conclusión de que era un caso idéntico al del año anterior, cuando Smerdiakov había tenido el infortunio de caer del desván. Se acordaron de que en aquella ocasión le habían aplicado hielo en las sienes. Aún quedaba algo de hielo en el sótano, y Marfa Ignátievna se ocupó de eso; por la tarde, Fiódor Pávlovich mandó llamar al doctor Herzenstube, que se presentó sin demora. Tras examinar atentamente al enfermo (aquel venerable anciano era el doctor más concienzudo y meticuloso de toda la provincia), dictaminó que se trataba de un ataque fuera de lo común y que podía «entrañar un riesgo»; dijo también Herzenstube que aunque, de momento, no acababa de entenderlo del todo, si a la mañana siguiente se comprobaba que los remedios adoptados no habían surtido efecto, no dudaría en proponer otros. Instalaron al enfermo en el pabellón, en un cuarto contiguo a los aposentos de Grigori y Marfa Ignátievna. A partir de aquel incidente, Fiódor Pávlovich se pasó todo el día sufriendo una desgracia tras otra: Marfa Ignátievna le preparó la comida, y la sopa, en comparación con la de Smerdiakov, era «un puro aguachirle», y la gallina le quedó tan reseca que no había forma de hincarle el diente. A los reproches amargos, aunque justificados, del señor, Marfa Ignátievna repuso que la gallina, de todos modos, era ya muy vieja, y que ella no había estudiado para cocinera. Al anochecer surgió un nuevo contratiempo: informaron a Fiódor Pávlovich de que Grigori, que llevaba ya tres días enfermo, no había tenido más remedio que acostarse, por culpa de la parálisis en la cintura. Fiódor Pávlovich se acabó su té lo antes posible y se encerró solo en casa. Vivía una terrible y angustiosa espera. El caso es que, justo aquella noche, daba prácticamente por cierta la aparición de Grúshenka; al menos, esa misma mañana, a primera hora, Smerdiakov le había asegurado, o poco menos, que ella había prometido venir, «sin ningún género de dudas». Al infatigable anciano el corazón le latía ansiosamente, mientras él daba vueltas y más vueltas por sus desiertos aposentos, aguzando el oído. Tenía que estar muy alerta: Dmitri Fiódorovich podía andar por ahí cerca, al acecho, y, si Grúshenka llamaba a la ventana (tres días antes, Smerdiakov le había confirmado que le había explicado a esa mujer dónde y cómo tenía que llamar), habría que abrir la puerta lo más rápido posible, para que Grúshenka no tuviera que esperar en el zaguán ni un segundo más de lo necesario; de otro modo —¡Dios no lo quisiera!—, podía asustarse y salir corriendo. Fiódor Pávlovich estaba muy inquieto, pero nunca había sentido su corazón bañado en una esperanza más dulce: ¡podía afirmarse, casi con toda certeza, que en esta ocasión ella no le iba a fallar!