Capítulo VI
Bastante oscuro, de momento
En cuanto a Iván Fiódorovich, después de separarse de Aliosha, se marchó a casa, a casa de Fiódor Pávlovich. Pero, extrañamente, sintió de pronto una angustia insoportable y, sobre todo, cada vez más intensa, a medida que se iba acercando a casa. Lo raro del caso no era la angustia, sino el hecho de que Iván Fiódorovich no fuera capaz de explicarse a qué obedecía. Ya antes, con cierta frecuencia, había experimentado una angustia semejante, y no era de extrañar que le asaltara en aquellos momentos, cuando al día siguiente, rompiendo con todo lo que lo había atraído a aquel lugar, se disponía a cambiar drásticamente de rumbo y a emprender un nuevo camino, totalmente ignoto y, nuevamente, en solitario; partía con grandes expectativas, aun sin saber en relación con qué, esperando mucho, acaso demasiado, de la vida, sin poder precisar, en cualquier caso, en qué consistían ni sus expectativas ni sus anhelos. De todos modos, en aquellos momentos, aunque sin duda sentía angustia ante lo nuevo y desconocido, no era eso, ni mucho menos, lo que le inquietaba. «¿No será la aversión a la casa de mi padre? —se preguntó—. Bien podría ser: me desagrada tanto… Y, aunque ésta va a ser la última vez que pase por esa odiosa puerta, me sigue pareciendo igual de repugnante…» Pero no, tampoco era eso. ¿Habría sido la despedida de Aliosha y la conversación que había tenido con él? «Tantos años guardando silencio con todo el mundo, sin dignarme abrir la boca, y de pronto me pongo a soltar toda esa sarta de disparates.» En verdad, bien podía tratarse de despecho juvenil, de inexperiencia juvenil y de vanidad juvenil; despecho por no haber sabido explicarse, y para colmo con un ser como Aliosha, de quien tanto esperaba, indudablemente, en su fuero interno. Por supuesto que también había algo de eso, ese despecho tenía que influir, necesariamente, pero tampoco era ésa la clave, ni mucho menos. «Es una angustia que me produce náuseas, pero soy incapaz de determinar cuál es la causa. Mejor no darle más vueltas…»
Iván Fiódorovich probó a «no darle más vueltas», pero eso tampoco ayudó. Lo más lamentable y, sobre todo, lo más irritante de aquella angustia era que presentaba un aspecto un tanto fortuito, y totalmente externo; eso se notaba. Había en algún sitio un ser o un objeto que saltaba a la vista, como cuando tenemos algo delante de nuestras narices, algo que también salta a la vista, y durante un buen rato, por estar atareados o enfrascados en una conversación acalorada, no reparamos en esa cosa y, sin embargo, está claro que nos irrita, casi nos tortura, hasta que por fin caemos en la cuenta y apartamos el objeto que nos incordia de nuestra vista; muchas veces es algo insignificante y ridículo, alguna cosa que hemos dejado donde no le corresponde, un pañuelo caído en el suelo, un libro que no ha sido devuelto a su estante, etcétera, etcétera. El caso es que Iván Fiódorovich llegó a casa de su padre con un humor de perros, presa de una gran irritación, y, de pronto, a unos quince pasos de la cancela, al fijarse en el portalón, cayó en la cuenta de qué era aquello que le inquietaba y le molestaba tanto.
Sentado en un banco, cerca del portalón, tomando el aire fresco del anochecer, estaba el criado Smerdiakov; a Iván le bastó un simple vistazo para caer en la cuenta de que aquel hombre también le pesaba en el alma, y que era a él, precisamente, a quien no podía soportar. Todo quedó, de pronto, perfectamente claro. Poco antes, cuando Aliosha le había hablado de su encuentro con Smerdiakov, Iván había sentido como una súbita punzada, tenebrosa y desagradable, en el corazón, que había despertado en él una cólera inmediata. Más tarde, en el curso de la conversación, se había olvidado de Smerdiakov, el cual, sin embargo, seguía presente en su ánimo; bastó con despedirse de Aliosha y dirigirse a casa en solitario para que la sensación olvidada aflorase de nuevo al instante. «¡Será posible que este canalla redomado me produzca tal desasosiego!», pensó con insufrible rabia.
Lo cierto es que Iván Fiódorovich, desde hacía ya un tiempo, y muy especialmente en los últimos días, le había cobrado una profunda antipatía a Smerdiakov. Él mismo se daba cuenta de cómo iba creciendo su odio, o poco menos, a ese individuo. Posiblemente, si ese proceso se había agudizado tanto había sido porque al principio, nada más aparecer Iván Fiódorovich en nuestra ciudad, había ocurrido todo lo contrario. Entonces había mostrado una especie de interés particular por Smerdiakov, a quien encontraba, incluso, muy original. Él mismo lo animaba a conversar, aunque siempre se asombraba de su torpeza o, mejor dicho, de cierta desazón intelectual, y no alcanzaba a comprender a qué obedecía la continua y obsesiva inquietud de aquel individuo «contemplativo». Habían tratado de cuestiones filosóficas, e incluso de cómo era posible que se hubiera hecho la luz el primer día, teniendo en cuenta que el sol, la luna y las estrellas no fueron creados hasta el cuarto día, y de cómo había que entender esto. Pero Iván Fiódorovich no tardó en concluir que no se trataba del sol, la luna y las estrellas; que, por muy llamativos que sean el sol, la luna y las estrellas, para Smerdiakov tenían un interés muy secundario; que lo que él buscaba era algo bien distinto. De un modo u otro, empezó a manifestarse, en todo caso, de manera palpable, un amor propio desmesurado y, para colmo, herido. Eso no le hizo ninguna gracia a Iván Fiódorovich. De ahí venía su rechazo. Después empezaron las trifulcas en la casa, apareció Grúshenka, comenzaron las historias con su hermano Dmitri, hubo complicaciones; también trataron de todo eso, pero, aunque Smerdiakov siempre hablaba de estos temas con gran agitación, no había forma de averiguar qué era lo que pretendía. Resultaba incluso sorprendente la falta de lógica y la incoherencia de algunos deseos suyos que se manifestaban contra su voluntad y que eran siempre invariablemente confusos. Smerdiakov no paraba de preguntar; a veces se trataba de preguntas veladas, evidentemente premeditadas, aunque nunca explicaba por qué las hacía, y, por lo general, en el momento culminante de sus interrogatorios se callaba de pronto o cambiaba radicalmente de tema. Pero, al final, lo que había acabado de irritar a Iván Fiódorovich y le había inspirado tal rechazo había sido aquella peculiar familiaridad, tan molesta, con la que había empezado a tratarlo Smerdiakov, y que había ido cada vez a más. No es que se permitiera ser descortés, al contrario, hablaba siempre con muchísimo respeto; sin embargo, las cosas llegaron a tal punto que Smerdiakov, por lo visto, empezó a manifestar, a saber por qué, una especie de complicidad con Iván Fiódorovich: hablaba siempre en un tono tal que parecía que existiera algo así como un acuerdo tácito entre ellos dos, algo que hubiera sido declarado en alguna ocasión por ambas partes y que solo ellos conocieran, incomprensible para los demás mortales que los rodeaban. Iván Fiódorovich, sin embargo, había tardado mucho en caer en la cuenta de que ésa era la verdadera razón de su creciente antipatía, hasta que por fin, y solo en los últimos tiempos, había acertado a adivinar lo que ocurría. En ese preciso momento, con una sensación de desprecio y de irritación, habría deseado pasar de largo e ir directamente a la cancela, sin decir nada y sin mirar a Smerdiakov, pero éste se levantó del banco y ese simple gesto bastó para que Iván Fiódorovich comprendiera que deseaba tener una charla a solas con él. Observó a Smerdiakov y se detuvo, y el mismo hecho de detenerse, en lugar de seguir su camino como tenía pensado hacer, lo sacó de sus casillas. Miró con rabia y repugnancia la demacrada fisonomía de skópets de Smerdiakov, que llevaba las sienes cuidadosamente peinadas y un pequeño tupé alborotado. Su ojo izquierdo, ligeramente entrecerrado, le sonreía con un guiño, como diciendo: «¿Adónde vas? No sigas, ¿no ves que dos personas inteligentes como tú y como yo tenemos que hablar?». Iván Fiódorovich se echó a temblar. «¡Largo de aquí, desgraciado! ¡No pretenderás que te haga compañía, estúpido!», estuvo a punto de decir; no obstante, con gran sorpresa suya, lo que salió de sus labios fue algo muy distinto:
—¿Qué hay de mi padre? ¿Duerme o ya se ha levantado? —dijo suavemente, en tono afable, algo que ni él mismo se esperaba, y de pronto, de forma igualmente inesperada, se sentó en el banco. Por un instante casi tuvo miedo, como recordaría más tarde. Smerdiakov estaba de pie delante de él, con las manos a la espalda, mirándolo con confianza, casi con severidad.
—Aún está descansando, señor —respondió con calma, como dando a entender: «Tú has sido el primero en hablar, no yo»—. Me asombra usted, señor —añadió después de una breve pausa, bajando los ojos con cierta afectación, adelantando el pie derecho y jugando con la puntera del botín charolado.
—¿Qué es lo que te asombra de mí? —preguntó en tono severo, marcando las palabras, Iván Fiódorovich, que hacía todo lo posible por controlarse; de pronto comprendió, con un profundo disgusto, que sentía una gran curiosidad y que por nada del mundo iba a marcharse sin haberla satisfecho.
—¿Por qué no va usted a Chermashniá, señor? —Smerdiakov, de pronto, levantó los ojillos y sonrió con familiaridad. «Ya que eres tan listo, deberías saber a qué viene esta sonrisa», parecía querer decir su entrecerrado ojo izquierdo.
—¿Para qué quiero ir a Chermashniá? —preguntó sorprendido Iván Fiódorovich.
Smerdiakov volvió a callar un rato.
—Si el propio Fiódor Pávlovich se lo ha suplicado, señor —dijo por fin, sin prisas, como si no le diera mayor importancia a su respuesta: «Te largo una explicación de tres al cuarto, solo por decir algo».
—Ah, demonio, habla más claro, ¿qué es lo que quieres? —gritó finalmente, irritado, Iván Fiódorovich, pasando de la templanza a la aspereza.
Smerdiakov colocó el pie derecho junto al izquierdo, se irguió, pero siguió mirando con la misma calma y la misma sonrisita.
—Nada importante, señor… Era por decir algo…
Otra vez se hizo el silencio. Estuvieron casi un minuto callados. Iván Fiódorovich sabía que lo que tenía que hacer en aquel momento era levantarse y mostrar su enfado, pero Smerdiakov estaba quieto delante de él, como expectante: «Mira, estoy aquí pendiente de si te enfadas o no». Al menos, así se lo figuraba Iván Fiódorovich. Por fin éste hizo ademán de levantarse. Smerdiakov no dejó escapar la ocasión.
—Estoy en una situación terrible, Iván Fiódorovich, no sé cómo salir del paso —dijo con firmeza y claridad, suspirando al pronunciar la última palabra. Iván Fiódorovich volvió a sentarse de inmediato—. Están los dos chiflados, señor, son como dos niños pequeños —siguió diciendo Smerdiakov—. Me refiero a su padre y a su hermano Dmitri Fiódorovich. Ya verá cómo ahora se levanta Fiódor Pávlovich y empieza a darme la tabarra, preguntándome sin parar: «¿Así que no ha venido? ¿Cómo es que no ha venido?». Y así hasta medianoche, o incluso más. Y, si Agrafiona Aleksándrovna no viene (porque yo creo que no tiene la menor intención de venir, señor), entonces por la mañana me vendrá otra vez con la misma canción: «¿Cómo es que no ha venido? ¿A qué se debe que no haya venido? ¿Cuándo va a venir?». Como si yo tuviera la culpa de lo que pasa. Y, del otro lado, la misma historia, señor: en cuanto anochezca, si no antes, su hermano aparecerá por el vecindario con un arma en la mano: «Ándate con ojo, granuja, marmitón: como la dejes pasar sin avisarme, te mato a ti antes que a nadie». Pasará la noche y por la mañana también él, igual que Fiódor Pávlovich, empezará a atormentarme de lo lindo: «¿Cómo es que no ha venido? ¿Se presentará pronto?». Lo mismo que el otro; como si yo fuera culpable de que no se presente esa señora. Y cada día, cada hora que pasa, se van poniendo los dos más rabiosos, tanto que a veces pienso en quitarme la vida, del miedo que tengo. Yo, señor, no me fío de ellos.
—Pero ¡quién te mandará intervenir! ¿Por qué has tenido que irle con el cuento a Dmitri Fiódorovich? —dijo irritado Iván Fiódorovich.
—Y ¿cómo no iba a intervenir, señor? Además, si yo no quería intervenir, por si quiere saberlo, señor. Desde el principio procuré estar callado, y no me atrevía a decir nada, pero él me asignó el papel del criado Licharda. Desde entonces, solo sabe decirme una cosa: «¡Yo a ti te mato, granuja, como la dejes pasar!». Estoy convencido, señor, de que mañana mismo me va a dar un ataque muy largo de mal caduco.
—¿Cómo que un ataque muy largo de mal caduco?
—Muy largo, señor, extraordinariamente largo. De varias horas, señor; igual puede durar un día o dos. Una vez me duró como tres días, me había caído de lo alto del desván. Se me pasaba, y vuelta a empezar; en esos tres días no recobré el juicio. Entonces Fiódor Pávlovich mandó llamar a Herzenstube, el doctor de aquí, señor, que me aplicó hielo en las sienes y además otro remedio… Podría haber muerto, señor.
—Pero si dicen que es imposible predecir esos ataques y saber a qué hora van a ser. ¿Cómo dices que te va a dar mañana? —preguntó Iván Fiódorich, con una curiosidad enconada y peculiar.
—Es verdad, señor, no pueden predecirse.
—Además, aquella vez te habías caído del desván.
—Al desván subo todos los días, señor; también mañana puedo caerme del desván. Y, si no es del desván, siempre puedo caerme en el sótano, señor; también bajo todos los días al sótano, cada vez que me hace falta, señor.
Iván Fiódorovich lo estuvo mirando un buen rato.
—No dices más que bobadas, y no te sigo —dijo en voz baja, pero con cierto tono amenazante—; ¿no estarás pensando en fingir mañana un ataque de tres días?
Smerdiakov, que había estado mirando al suelo y jugando otra vez con la puntera del botín derecho, puso este pie en su sitio, adelantó en su lugar el izquierdo, levantó la cabeza y dijo con una sonrisa:
—Suponiendo que pudiera hacer eso, señor, o sea, fingir un ataque, señor, cosa que no es nada difícil para una persona experimentada, tendría todo el derecho del mundo a servirme de ese método con tal de salvarme de la muerte; porque, si caigo enfermo, aunque Agrafiona Aleksándrovna viniera a ver a su padre, Dmitri Fiódorovich no podría preguntarle a un enfermo: «¿Cómo no me has avisado?». Le daría vergüenza.
—¡Ah, demonio! —exclamó de pronto Iván Fiódorovich, con el rostro contraído por la rabia—. ¿Por qué tienes que estar siempre temiendo por tu vida? Todas esas amenazas de mi hermano Dmitri no son más que palabras pronunciadas en un momento de acaloramiento. A ti no te va a matar; ¡matará a otro, pero a ti no!
—Me matará como a una mosca, señor, y antes que a nadie, señor. Y aún hay otra cosa que me asusta más: que me tomen por cómplice suyo cuando haga alguna estupidez contra su padre.
—¿Por qué iban a tomarte por cómplice suyo?
—Me tomarán por cómplice suyo, porque, con gran secreto, le he explicado lo de las señales.
—¿Qué señales? ¿A quién le has explicado eso? ¡Por todos los demonios, habla más claro!
—Tengo que confesar, con toda franqueza —dijo Smerdiakov, con pedantesca calma, arrastrando las palabras— que hay un secreto entre Fiódor Pávlovich y yo. Como usted sabrá (si es que lo sabe), desde hace ya unos días, en cuanto se hace de noche, o incluso por la tarde, su padre se encierra en casa, a cal y canto. Últimamente se ha retirado usted muy temprano todos los días, a su cuarto de arriba, y ayer no salió a ninguna parte, señor, así que es posible que no sepa con qué cuidado le ha dado ahora por encerrarse de noche. Aunque llegue el mismísimo Grigori Vasílievich, como no esté totalmente convencido, por la voz, de que es él, no le abre, señor. Pero Grigori Vasílievich no se deja ver por allí, señor, porque ahora el único que atiende a Fiódor Pávlovich en sus aposentos soy yo: él mismo lo decidió desde el momento en que empezó todo ese jaleo con Agrafiona Aleksándrovna; además, también por orden suya, yo ahora paso la noche en el pabellón, y para colmo no se me permite dormir antes de la medianoche, sino que me toca montar guardia: tengo que levantarme y rondar por el patio, esperando a que venga Agrafiona Aleksándrovna, señor, porque su padre lleva ya algunos días esperándola, y está como loco. Razona del siguiente modo, señor: según él, ella le tiene miedo a Dmitri Fiódorovich (a Mitka, como lo llama él), y por eso su padre viene a verme de noche, ya tarde, por la parte de atrás de la casa: «Tú —me dice— quédate vigilando por lo menos hasta la medianoche. Y, si ves que ella viene, corre a mi puerta y dame unos golpes, en la puerta misma o, si no, en la ventana que da al huerto; los dos primeros más flojos, así: uno-dos; y justo después otros tres más rápidos: tuc-tuc-tuc. Así —dice— sabré enseguida que ha venido, y te abriré la puerta sin hacer ruido». También me ha indicado otra señal por si hay una emergencia: primero dos golpes rápidos, tuc-tuc, y luego, después de esperar un poco, otro golpe, mucho más fuerte. De ese modo sabrá que ha ocurrido algún imprevisto y tengo que verlo a toda costa; así me abrirá y podré entrar a decirle lo que hay. Todo esto por si Agrafiona Aleksándrovna no pudiera venir en persona, y mandara a alguien con un recado; además de eso, también puede venir Dmitri Fiódorovich, y tengo que comunicar que anda por aquí cerca. Le tiene mucho miedo a Dmitri Fiódorovich, de modo que, aun en el caso de que Agrafiona Aleksándrovna ya hubiera venido y se hubieran encerrado juntos, si entretanto Dmitri Fiódorovich aparece por aquí, yo estoy obligado a avisar de inmediato, dando tres golpes; o sea, que la primera señal, de cinco golpes, significa: «Ha venido Agrafiona Aleksándrovna», mientras que la segunda, de tres, quiere decir: «Es muy urgente»; él mismo me lo ha repetido varias veces para que yo me lo aprenda, y me lo ha explicado bien. Y, dado que nadie en el mundo conoce estas señales, señor, aparte de su padre y yo, sin ninguna vacilación y sin necesidad de llamar a nadie (le da mucho miedo hablar en voz alta), abrirá. Pero ahora resulta que Dmitri Fiódorovich también conoce esas señales.
—¿Por qué las conoce? ¿Le has dicho cómo eran? ¿Cómo te has atrevido?
—Precisamente, por miedo, señor. ¿Cómo iba a atreverme a callar ante él, señor? Ni un día dejaba de apretarme Dmitri Fiódorovich: «¡Tú a mí me engañas! ¿No me estarás ocultando algo? ¡Te voy a partir las dos piernas!». Entonces le expliqué lo de las señales secretas, para que por lo menos viera que yo solo hago lo que me mandan y se convenciera de que no lo engaño y de que iba a tenerlo informado.
—Si piensas que va a valerse de esas señales para entrar, no se lo permitas.
—Y, si me da un ataque, señor, ¿cómo voy a impedirle que entre? ¡Suponiendo que me atreviera, señor, sabiendo cómo se pone!
—¡Ah, qué diablos! Pero ¿por qué estás tan seguro de que te va a dar un ataque? ¡Maldita sea! ¿Te estás riendo de mí o qué?
—¿Cómo iba a atreverme a reírme de usted? ¡Estoy yo para risas, con tanto miedo! Presiento que me va a dar un ataque; tengo ese presentimiento: y me va a dar por culpa del miedo, señor.
—¡Ah, diablo! Si a ti te da el ataque, ya vigilará Grigori. Avisa antes a Grigori: ya verás cómo no le deja pasar.
—De las señales, sin una orden del señor, no me atrevo a decirle ni una palabra a Grigori Vasílievich. Y, en cuanto a lo de que Grigori Vasílievich pueda oírlo y vaya a impedirle el paso, resulta que está enfermo desde ayer, y Marfa Ignátievna tiene intención de hacerle mañana la cura. En eso han quedado hace un rato. Es una cura muy pintoresca, señor: Marfa Ignátievna sabe preparar una tintura y siempre la tiene a mano; es muy fuerte, a base de no sé qué hierbas: ella conoce el secreto, señor. Y con ese remedio secreto trata a Grigori Vasílievich unas tres veces al año, señor, siempre que se le queda como muerta la cintura, con una especie de parálisis; unas tres veces al año, señor. Entonces Marfa Ignátievna coge una toalla, la empapa en esa tintura y le frota toda la espalda una media hora, señor, hasta que se seca la toalla; la piel se le pone toda roja y se le hincha; después, al tiempo que reza una oración, ella le da a beber lo que queda en el frasco, señor, aunque no todo, porque en ciertos casos se guarda una pequeña parte y también se la bebe. Y le diré que los dos, como no suelen beber, no tardan en caer redondos y duermen como troncos mucho tiempo, señor; y, por lo general, Grigori Vasílievich suele despertarse curado, mientras que a Marfa Ignátievna siempre le duele la cabeza al despertarse, señor. Así que, si mañana Marfa Ignátievna hace lo que tiene pensado, difícilmente va a poder Grigori Vasílievich oír a Dmitri Fiódorovich e impedirle el paso. Estarán durmiendo, señor.
—¡Qué disparate! Y todo esto coincide así, de repente, como hecho aposta: ¡tú con el mal caduco, y esos dos, inconscientes! —exclamó Iván Fiódorovich—. ¿No será que tú quieres presentar las cosas de modo que coincidan? —se le escapó de pronto, y frunció el ceño con aire amenazante.
—¿Cómo iba yo a presentarlas así, señor?… Y ¿para qué iba a hacerlo, si todo depende, en exclusiva, de Dmitri Fiódorovich y de lo que él piense, señor?… Si quiere hacer algo, lo hará; si no, tampoco voy a ir yo a buscarlo para empujarlo contra su padre.
—Pero ¿para qué iba a venir a ver a nuestro padre, y menos aún a hurtadillas, si, como tú mismo dices, Agrafiona Aleksándrovna no va a aparecer por aquí? —prosiguió Iván Fiódorovich, palideciendo de rabia—; tú ya lo has dicho, y yo, en todo este tiempo que llevo aquí viviendo, me he convencido de que el viejo no hace más que fantasear y que esa tarasca no va a venir a verlo. Entonces, ¿para qué va Dmitri a colarse en esta casa si ella no viene? ¡Dime! Quiero saber lo que piensas.
—Usted ya sabe a qué puede venir aquí, qué más dará lo que yo piense. Vendrá aunque solo sea por rabia o por pura suspicacia, en el caso de que yo, por ejemplo, caiga enfermo; empezará a sospechar y vendrá todo impaciente a buscar por los cuartos, como pasó ayer, por si se las hubiera arreglado ella para entrar discretamente, sin ser vista. Además, él sabe perfectamente que Fiódor Pávlovich tiene preparado un gran sobre con tres mil rublos, sellado con tres sellos y atado con una cinta, con una inscripción de su puño y letra: «A mi ángel Grúshenka, por si tiene a bien venir». Tres días más tarde añadió: «Y a mi pichoncito». Eso es lo sospechoso, señor.
—¡Bobadas! —exclamó Iván Fiódorovich, cada vez más alterado—. Dmitri no va a robar ese dinero, ni mucho menos va a matar a su padre por ese motivo. Ayer pudo haberlo matado por Grúshenka, porque estaba fuera de sí, loco de rabia; pero ¡no va a robar!
—Ahora le hace falta el dinero, muchísima falta, Iván Fiódorovich. Ni se imagina usted cuánta —le explicó Smerdiakov con una calma extraordinaria y una notable precisión—. Además, esos tres mil rublos los considera suyos, señor; él ya me lo ha dejado claro: «Mi padre me debe aún tres mil rublos justos», me ha dicho. Por otra parte, dese usted cuenta de una cosa, Iván Fiódorovich, que es la pura verdad: casi puede darse por seguro que, si Agrafiona Aleksándrovna se empeña, lo obligará a casarse con ella; al señor, me refiero, al propio Fiódor Pávlovich; eso si ella quiere… y, bueno, puede que quiera, señor. Porque, aunque yo haya dicho que ella no va a venir, también es posible que quiera eso y algo más, o sea, convertirse en señora. Sé que su mercader, Samsónov, le dijo con toda franqueza que eso no sería ninguna tontería, y se reía. Y esa mujer no es nada estúpida, señor. Con un pelagatos como Dmitri Fiódorovich no se va a casar. En vista de lo cual, juzgue usted mismo, Iván Fiódorovich, y verá que ni a Dmitri Fiódorovich, ni siquiera a usted y a su hermanito Alekséi Fiódorovich les va a quedar nada, pero nada de nada, cuando se muera su padre; ni un solo rublo, señor, porque Agrafiona Aleksándrovna, si se casa con su padre, será para poner todo a su nombre y hacerse con todo el capital. En cambio, si ahora muriese su padre, a ustedes les corresponderían, por lo pronto, cuarenta mil rublos a cada uno, incluido Dmitri Fiódorovich, a quien tanto odia su padre, dado que no ha hecho testamento, señor… Todo esto lo sabe de sobra Dmitri Fiódorovich…
A Iván Fiódorovich parecía contraérsele y temblarle el rostro. De repente, se puso colorado.
—En tal caso —cortó de pronto a Smerdiakov—, ¿por qué me aconsejas que vaya a Chermashniá? ¿Qué has querido decirme con eso? Me voy, y resulta que aquí pasa algo. —A Iván Fiódorovich le costaba respirar.
—Tiene toda la razón, señor —dijo Smerdiakov con calma, en tono reflexivo, aunque seguía muy pendiente de Iván Fiódorovich.
—¿Cómo que tengo toda la razón? —preguntó éste, esforzándose por contenerse; había un brillo amenazante en sus ojos.
—Se lo digo, porque le tengo lástima. Yo, en su lugar, me olvidaría de todo… mejor que estar pendiente de estas cosas, señor… —respondió Smerdiakov, mirando con descaro a los resplandecientes ojos de Iván Fiódorovich. Los dos se quedaron callados.
—Me parece que no eres más que un perfecto idiota y, por descontado… ¡un canalla redomado!
De pronto, Iván Fiódorovich se levantó del banco. Acto seguido, hizo ademán de encaminarse hacia la cancela, pero repentinamente se detuvo y se volvió hacia Smerdiakov. Sucedió algo extraño: Iván Fiódorovich, inesperadamente, como si sufriera un espasmo, se mordió los labios, apretó los puños y… un momento más y se habría lanzado, sin duda, sobre Smerdiakov. Al menos, así lo sintió éste, que en ese mismo instante se estremeció y echó todo el cuerpo hacia atrás. Pero pasó el momento, felizmente para Smerdiakov, e Iván Fiódorovich, en silencio, aunque con cierta perplejidad, se dio la vuelta y avanzó hacia la cancela.
—Mañana me marcho a Moscú, por si quieres saberlo, mañana temprano, ¡eso es lo que hay! —dijo de pronto con rabia, gritando y marcando las palabras; él mismo se sorprendería más tarde de que hubiera juzgado necesario decirle tal cosa a Smerdiakov.
—Eso es lo mejor, señor —respondió éste, como si se lo hubiera esperado—; lo único es que en Moscú siempre pueden importunarle, señor, avisándole por telégrafo para que vuelva aquí si ocurriera algo.
Iván Fiódorovich volvió a detenerse y se giró rápidamente hacia Smerdiakov. Pero también a éste le había pasado algo. Toda su familiaridad y su desdén se esfumaron en un instante; en su rostro expectante, aunque ya apocado y servil, se reflejó una insólita concentración: «¿No vas a decir nada más? ¿No piensas añadir nada?», se leía en su atenta mirada, fija en Iván Fiódorovich.
—¿Es que estando en Chermashniá no me iban a llamar también… si pasa alguna cosa? —chilló de pronto Iván Fiódorovich, que había elevado terriblemente el tono de voz sin saber por qué.
—También en Chermashniá, señor… le habrían importunado, señor… —farfulló Smerdiakov, casi en un susurro, como si estuviera desconcertado, aunque sin dejar de mirar fijamente, muy fijamente, a Iván Fiódorovich, directamente a los ojos.
—Solo que Moscú está más lejos, mientras que Chermashniá queda cerca. A lo mejor te da pena que me gaste el dinero en el viaje, y por eso insistes en que vaya a Chermashniá… ¿O es que sientes que tenga que dar un rodeo tan grande?
—Tiene toda la razón, señor… —farfulló, ya con voz temblorosa, Smerdiakov, con una sonrisa ruin y disponiéndose otra vez, convulsivamente, a dar un salto atrás.
Pero de pronto Iván Fiódorovich, para sorpresa de Smerdiakov, soltó una risotada y se dirigió a toda prisa hacia la cancela, sin dejar de reírse. Si alguien le hubiera visto la cara, seguramente habría llegado a la conclusión de que no se reía de alegría. Ni él mismo habría sido capaz de explicar, en ningún caso, lo que le pasaba en esos momentos. Se movía como si sufriera convulsiones.