Capítulo II
Smerdiakov con la guitarra
Además, no tenía tiempo. Al despedirse de Lise, se le había ocurrido una idea. Una idea para dar cuanto antes, recurriendo a la astucia, con su hermano Dmitri, el cual, era evidente, procuraba evitarlo. Ya no era temprano, pasaban de las dos de la tarde. Aliosha ansiaba con todo su ser regresar al monasterio para acompañar a su «grandioso» moribundo, pero la necesidad de ver a su hermano Dmitri era aún más fuerte: en la cabeza de Aliosha con cada hora que pasaba aumentaba el convencimiento de que en cualquier momento podía sobrevenir una catástrofe inevitable y espantosa. Seguramente ni él mismo sabía con precisión en qué podría consistir esa catástrofe ni qué habría querido decirle en esos momentos a su hermano. «Que muera sin mí mi bienhechor, pero al menos no tendré que reprocharme toda la vida que acaso pude haber salvado algo y no lo salvé, sino que preferí pasar de largo, con prisa por llegar a casa. Obrando así, obro de acuerdo con sus sublimes palabras…»
Su plan consistía en coger por sorpresa a su hermano Dmitri; en concreto, se proponía saltar, como la víspera, la valla, entrar en el huerto y esperar en el cenador. «Si no está en casa —pensaba Aliosha—, entraré en el cenador, procurando que no adviertan mi presencia ni Fomá ni las dueñas de la casa, y allí me quedaré esperando, hasta la noche si hace falta. Si, como en otras ocasiones, está pendiente de la llegada de Grúshenka, es muy posible que él también aparezca por el cenador…» En todo caso, Aliosha no se paró demasiado a pensar en los detalles del plan, pero decidió llevarlo a cabo, aunque eso implicase no estar de vuelta en el monasterio ese mismo día…
Todo ocurrió como estaba previsto: franqueó la valla prácticamente en el mismo sitio que el día anterior y se dirigió a hurtadillas al cenador. No quería que lo vieran: tanto las dueñas de la casa como Fomá (si es que andaba por allí) podían estar de parte de su hermano y, siguiendo instrucciones suyas, impedirle el acceso al huerto, o avisar oportunamente a Dmitri de que alguien lo estaba buscando y preguntaba por él. No había nadie en el cenador. Aliosha se instaló en el mismo sitio de la víspera y se puso a esperar. Examinó el cenador: lo vio en tan mal estado que le pareció, por alguna razón, mucho más vetusto que la otra vez. Y eso que el día era igual de luminoso. Sobre la mesa verde había una huella circular, debida seguramente al coñac derramado el día anterior. Como suele ocurrir durante una espera tediosa, lo asaltaban pensamientos vacíos y ociosos; por ejemplo, ¿por qué al entrar en ese sitio se había sentado exactamente en el mismo lugar de la víspera y no en otro? Finalmente, se puso muy triste: triste por la angustiosa incertidumbre. Pero no llevaba allí ni un cuarto de hora cuando de pronto se oyeron, muy cerca de donde él estaba, los acordes de una guitarra. Alguien estaba ya allí, o acababa de sentarse a unos veinte pasos, a lo sumo, entre los arbustos. En ese mismo instante, Aliosha se acordó de que la víspera, al dejar a su hermano en el cenador, había entrevisto a su izquierda, junto a la valla del huerto, un viejo banco, verde y bajo, entre los arbustos. Tenía que ser en ese banco donde acababan de sentarse los recién llegados. ¿Quiénes serían? Una voz masculina, con un empalagoso falsete, empezó de repente a entonar una copla, acompañándose con la guitarra:
Una fuerza invencible me lleva hacia mi amada. ¡Apiádate, Señor, de ella y de mí!
¡De ella y de mí! ¡De ella y de mí!
La voz se detuvo. Era una voz de tenor, lacayuna, como lacayuno era el quiebro de la canción. Otra voz, ésta femenina, dijo de pronto, en tono cariñoso y con cierta timidez, pero con gran afectación:
—¿Cómo es que lleva tanto tiempo sin venir a vernos, Pável Fiódorovich? ¿Acaso nos desprecia?
—Nada de eso, señora —contestó la voz masculina, cortésmente, pero en un tono de dignidad firme y tenaz. Se veía que dominaba el hombre, y la mujer coqueteaba.
«El hombre parece Smerdiakov —pensó Aliosha—, al menos a juzgar por la voz; la mujer debe de ser la hija de la patrona de la casita, la que vino de Moscú, que lleva un vestido de cola y va a ver a Marfa Ignátievna por la sopa…»
—Me entusiasman los versos cuando son armoniosos —siguió diciendo la voz femenina—. ¿Por qué no continúa?
La voz volvió a entonar:
¡La corona del zar!
¡La salud de mi amada! ¡Apiádate, Señor, de ella y de mí!
¡De ella y de mí! ¡De ella y de mí!
—La última vez le salió aún mejor —observó la voz femenina—. Entonces, lo que cantó a propósito de la corona era: «La salud de mi preciosa». Así resultaba más tierno; hoy debe de habérsele olvidado.
—Los versos son un disparate, señora —replicó Smerdiakov, tajante.
—Ay, no, a mí me gustan mucho los versitos.
—Si son versos, señora, tienen que ser un puro disparate. Juzgue usted misma: ¿quién demonios habla en rima? Y, si a todos nos diese por hablar en rima, aunque fuera por orden de la autoridad, ¿íbamos a decir muchas cosas, señora? Los versos no valen la pena, Maria Kondrátievna.
—¿Cómo puede ser usted tan listo? ¿Cómo ha podido sobresalir en todo? —decía, cada vez más lisonjera, la voz femenina.
—Y más que habría podido, señora, y más cosas habría sabido si desde niño me hubiese sonreído la fortuna. Mataría en un duelo a pistola a quien diga que soy un infame por haber nacido sin padre de la Maloliente; hasta en Moscú me lo soltaban a la cara; desde aquí les había llegado la noticia gracias a Grigori Vasílievich. Grigori Vasílievich me echa en cara que me rebele contra mi nacimiento: «Tú —dice— abriste el seno materno». De acuerdo, pero yo habría permitido que me mataran en el seno materno con tal de no venir a este mundo, señora. En el mercado contaban, y a su madre también le dio por decírmelo, con una tremenda falta de delicadeza, que esa mujer andaba por ahí con una maraña de pelo en la cabeza, y que no pasaba de dos arshiny y una pizquita de estatura. ¿A qué venía eso de «y una pizquita»? ¿No podían decir sencillamente «y pico», como todo el mundo? Querían expresarlo de una forma lacrimosa, pero con lágrimas de campesino, señora, por así decir, como los propios sentimientos, también de campesino. ¿Puede acaso el campesino ruso tener sentimientos, si los comparamos con los de una persona educada? No, por su falta de educación, el campesino no puede tener sentimientos. A mí, ya de niño, cada vez que oía lo de la «pizquita», me entraban ganas de lanzarme de cabeza contra la pared. Yo odio a toda Rusia, Maria Kondrátievna.
—Si fuera usted un cadete militar o un gallardo húsar, no hablaría así: desenvainaría el sable y se pondría a defender a toda Rusia.
—No solo no deseo ser un húsar, Maria Kondrátievna; al contrario, deseo la aniquilación de todos los soldados, señora.
—Y, cuando se presente el enemigo, ¿quién iba a defendernos?
—No hace ninguna falta, señora. El año 12 se produjo en Rusia la gran invasión de Napoleón I, emperador de los franceses, padre del actual, y habría sido magnífico que aquellos franceses nos hubiesen conquistado: una nación inteligente habría sometido a otra tremendamente estúpida y se la habría anexionado. Y ahora reinaría un orden bien distinto, señora.
—Ni que aquéllos fueran mejores que los nuestros. Yo a uno de nuestros galanes no lo cambio ni por tres jóvenes ingleses —dijo con ternura Maria Kondrátievna, que muy probablemente acompañaría en ese momento sus palabras con sus lánguidos ojillos.
—Eso va en gustos, señora.
—Pero si usted mismo es igual que un extranjero, igualito que un noble extranjero, con vergüenza se lo digo.
—Por si quiere saberlo, en lo tocante al vicio los de fuera y los nuestros son muy parecidos. Son todos unos pillos, solo que los de allí gastan botas de charol, mientras que el granuja local apesta en su miseria y no ve nada malo en ello. Al pueblo ruso hay que zurrarle la badana, señora, como decía ayer, con mucha razón, Fiódor Pávlovich, aunque esté tan loco como todos sus hijos, señora.
—A Iván Fiódorovich decía usted que lo respetaba.
—Pues a mí me han tratado como si fuera un lacayo apestoso. Creen que puedo rebelarme, y en eso se equivocan, señora. Si tuviera una suma semejante en el bolsillo, hace tiempo que no estaría aquí. Dmitri Fiódorovich es peor que el peor de los lacayos en conducta, en juicio y en indigencia, señora, no sabe hacer nada de nada, pero el caso es que todos lo respetan. Yo, pongamos, no soy más que un «cocinillas», pero con un poco de suerte podría abrir en Moscú un café-restaurante en la calle Petrovka. Porque yo preparo especialidades, y nadie en Moscú, salvo los extranjeros, es capaz de servir especialidades. Dmitri Fiódorovich es un desharrapado, pero, si se le ocurriera retar a duelo al hijo del conde más principal, éste aceptaría, señora, ¿y en qué es mejor que yo? Porque es mucho más estúpido que yo, sin comparación. Cuánto dinero habrá dilapidado sin el menor provecho, señora.
—Un duelo tiene que ser algo estupendo, creo yo —observó de pronto Maria Kondrátievna.
—¿Por qué, señora?
—Es algo terrible, de mucho valor, sobre todo cuando los oficiales jóvenes armados con pistolas abren fuego contra el rival por culpa de alguna. ¡Una preciosidad! Ay, si dejaran asistir a las muchachas, a mí me encantaría ir a mirar.
—Está muy bien cuando es uno el que apunta, pero si te apuntan a ti en toda la cara, entonces es algo de lo más estúpido, señora. Para salir corriendo, Maria Kondrátievna.
—¿Saldría usted corriendo?
Pero Smerdiakov no se dignó contestar. Después de unos momentos de silencio, resonó nuevamente un acorde y la voz de falsete se arrancó con la última copla: Pese a quien pese, me alejaré de aquí, ¡a disfrutar de la vi-i-i-da en una capital!
¡No voy a lamentarme!
¡No pienso lamentarme!
¡No tengo ninguna intención de lamentarme!
En ese momento ocurrió algo inesperado: Aliosha estornudó de repente, y quienes estaban en el banco se callaron de inmediato. Aliosha se levantó y se dirigió hacia ellos. Efectivamente, allí estaba Smerdiakov, endomingado, el pelo untado con pomada y ensortijado, con botines de charol. La guitarra descansaba sobre el banco. La dama era Maria Kondrátievna, hija de la patrona; llevaba puesto un vestido azul claro, con una cola de dos arshiny; la muchacha, aún jovencita, no era nada fea, aunque tenía la cara excesivamente redonda, con unas pecas terribles.
—¿Volverá pronto mi hermano Dmitri? —dijo Aliosha, lo más tranquilo posible.
Smerdiakov se levantó sin prisa; también se levantó Maria Kondrátievna.
—¿Por qué iba a saber yo qué es de Dmitri Fiódorovich? Otra cosa sería si tuviese que vigilarlo —respondió Smerdiakov en voz baja, marcando las palabras y en tono despectivo.
—Me he limitado a preguntar si lo sabía —aclaró Aliosha.
—No sé nada de su paradero, ni tengo ganas de saberlo, señor.
—Pues mi hermano me ha dicho, precisamente, que usted lo tiene al corriente de todo cuanto sucede en la casa, y que le había prometido avisarlo cuando viniera Agrafiona Aleksándrovna.
Smerdiakov levantó los ojos hacia él lentamente, sin inmutarse.
—Y usted ¿cómo ha entrado esta vez, estando la puerta cerrada con pestillo hace ya una hora? —preguntó, sin apartar la mirada de Aliosha.
—Desde el callejón, he saltado la valla y he venido directamente a este cenador. Espero que me disculpe —se dirigió a Maria Kondrátievna—; necesitaba encontrar a mi hermano cuanto antes.
—Oh, ¿cómo íbamos a sentirnos molestas con usted? —respondió Maria
Kondrátievna estirando las palabras, halagada por las disculpas de Aliosha—; pero si el propio Dmitri Fiódorovich a menudo recurre al mismo procedimiento para ir al cenador: resulta que él está ya ahí sentado, y nosotros no nos hemos enterado de nada.
—Necesito encontrarlo sin falta, tengo muchas ganas de verlo o de que ustedes me digan dónde está ahora. Créanme que se trata de un asunto muy importante, también para él.
—No se deja ver —balbuceó Maria Kondrátievna.
—Aunque yo solo he venido de visita —siguió diciendo Smerdiakov—, aquí también me ha asediado de una forma inhumana con incesantes preguntas sobre mi señor: qué hace, cómo le va, quién entra y quién sale, y qué otras informaciones podría proporcionarle. Dos veces me ha amenazado, hasta con la muerte.
—¿Cómo que con la muerte? —dijo Aliosha, sorprendido.
—Con el carácter que tiene, ¿qué supondría para él, señor? Usted mismo tuvo ayer ocasión de observarlo. Me ha dicho que, si dejaba entrar a Agrafiona Aleksándrovna y ella pasaba la noche aquí, me iba a despachar antes que a nadie. Le tengo mucho miedo, señor; si no fuera por eso, tendría que denunciarlo a las autoridades. Solo Dios sabe de lo que es capaz.
—El otro día le dijo: «Te voy a machacar en un mortero» —añadió Maria Kondrátievna.
—Bueno, si dijo «en un mortero», quizá era solo una forma de hablar… —observó Aliosha—. Si pudiera verlo ahora, también le comentaría algo al respecto…
—Lo único que puedo decirle es lo siguiente —se diría que Smerdiakov, de pronto, había cambiado de parecer—: Suelo venir aquí porque soy un vecino, nos conocemos de toda la vida; además, ¿por qué no iba a venir, señor? Por otra parte, al rayar el alba, Iván Fiódorovich me ha enviado a casa de Dmitri Fiódorovich, en la calle del Lago, a transmitirle de viva voz, señor, sin carta alguna, que acudiera sin falta a la taberna de la plaza para comer juntos. He ido, señor, pero no he encontrado a Dmitri Fiódorovich en casa, y eso que eran las ocho. «Ha estado —me han dicho—, pero ya ha salido»: ésas fueron las palabras textuales de los caseros. Tiene que haber alguna clase de componenda entre ellos, señor. Puede que en este momento esté en esa taberna con su hermano Iván Fiódorovich, porque éste no ha venido a comer a casa; en cuanto a Fiódor Pávlovich, terminó de comer hace una hora y se ha echado la siesta. No obstante, le ruego encarecidamente que no le diga nada de mí ni de lo que acabo de comunicarle, que si no me matan, señor.
—¿Mi hermano Iván ha avisado hoy a Dmitri para que fuera a la taberna? — preguntó enseguida Aliosha.
—Exactamente, señor.
—¿A la taberna Ciudad Capital, la que está en la plaza?
—Ahí mismo, señor.
—¡Es muy posible! —exclamó Aliosha, muy agitado—. Se lo agradezco,
Smerdiakov, la noticia es importante; ahora mismo voy para allá.
—No me delate, señor —le pidió Smerdiakov, al verlo marchar.
—Oh, no; haré como si pasara casualmente por la taberna, puede estar tranquilo.
—Pero ¿por dónde va usted? Le abriré la cancela —le gritó Maria Kondrátievna.
—No, por aquí queda más cerca; volveré a saltar la valla.
La noticia había conmovido terriblemente a Aliosha. Se dirigió a la taberna. La ropa que llevaba no era la más adecuada para entrar allí, pero siempre podía preguntar en la escalera de acceso y pedir que los avisaran. Sin embargo, cuando ya estaba al lado del establecimiento, se abrió de pronto una ventana y el propio Iván le llamó desde arriba:
—Aliosha, ¿puedes subir ahora a verme? Te lo agradecería enormemente.
—Claro que puedo, pero no sé si, vestido de este modo…
—Precisamente estoy en un reservado; sube al porche, que yo bajo corriendo a recibirte…
Un minuto más tarde Aliosha estaba con su hermano. Iván estaba comiendo solo.