LOS HERMANOS
KARAMAZOV
PRIMERA PARTE
LIBRO PRIMERO
HISTORIA DE UNA FAMILIA
Capítulo I
Fiódor Pávlovich Karamázov
Alekséi Fiódorovich Karamázov era el tercer hijo de Fiódor Pávlovich Karamázov, un terrateniente de nuestro distrito que se hizo muy célebre en su momento (y aún hoy se le sigue recordando) por su trágico y oscuro fin, el cual tuvo lugar hace justo ahora treinta años y del que ya hablaré más adelante. Por el momento, me limitaré a decir de este «terrateniente» (así es como lo llamaban por aquí, a pesar de que casi nunca residió en sus tierras) que era uno de esos tipos raros que, sin embargo, se encuentran con bastante frecuencia; concretamente, era de esa clase de individuos que no solo son ruines e inmorales, sino además insensatos, pero de esos insensatos que, pese a todo, se manejan a la perfección en los negocios y solo, por lo visto, en los negocios. Fiódor Pávlovich, por ejemplo, había surgido prácticamente de la nada, como un modestísimo propietario, dispuesto siempre a comer en mesa ajena y a vivir de gorra, y, sin embargo, en el momento de su fallecimiento dejó hasta cien mil rublos en dinero contante y sonante. Y, al mismo tiempo, nunca dejó de ser en toda su vida uno de los mayores botarates de nuestro distrito. Insisto: no es cuestión de estupidez; la mayoría de esos botarates son bastante taimados y astutos; es la suya una insensatez muy peculiar, típicamente nacional.
Se había casado dos veces y tenía tres hijos: el mayor, Dmitri Fiódorovich, de la primera mujer, y los otros dos, Iván y Alekséi, de la segunda. La primera mujer de Fiódor Pávlovich pertenecía a un noble linaje de propietarios de nuestro distrito, los Miúsov, gente bastante rica y distinguida. No me voy a parar a explicar cómo pudo ocurrir que una muchacha con una buena dote, además de hermosa y, sobre todo, inteligente y despierta —una de esas jóvenes que son tan frecuentes entre nosotros en la generación actual, aunque ya las había en el pasado—, se casara con tan insignificante «alfeñique», que es como entonces lo llamaba todo el mundo. Lo cierto es que conocí a una joven, de la penúltima generación «romántica», que después de algunos años de profesar un enigmático amor a un señor con quien, dicho sea de paso, bien podría haberse casado con toda tranquilidad, acabó, sin embargo, imaginándose toda clase de impedimentos insalvables y una noche tempestuosa se arrojó desde una escarpada orilla, una especie de acantilado, a un río bastante profundo e impetuoso y pereció en él, sin duda alguna por culpa de sus propios antojos, solo para imitar a la Ofelia de Shakespeare, hasta el punto de que, si aquel acantilado, escogido y preferido por ella desde hacía mucho, no hubiera sido tan pintoresco y en su lugar se hubiera encontrado una prosaica orilla llana, es posible que el suicidio nunca se hubiera consumado. Se trata de un hecho verdadero, y hay que pensar que en nuestra vida rusa, en el curso de las dos o tres últimas generaciones, han tenido que ocurrir no pocos casos idénticos o de la misma naturaleza. De forma análoga, el proceder de Adelaída Ivánovna Miúsova fue también un eco de tendencias ajenas y una irritación de la mente cautiva. Tal vez se había propuesto manifestar su independencia como mujer, ir en contra de los convencionalismos sociales, del despotismo de su linaje y su familia, y su obsequiosa fantasía la convenció — supongámoslo así por un momento— de que Fiódor Pávlovich, a pesar de su título de gorrón, era uno de los hombres más valientes y divertidos de aquella época de transición hacia todo lo mejor, siendo como era, sencillamente, un bufón malintencionado. Lo más llamativo es que, para colmo, el asunto se resolvió con un rapto, algo que fascinó a Adelaída Ivánovna. En cuanto a Fiódor Pávlovich, se sentía muy inclinado entonces, por su misma condición social, a toda clase de audacias semejantes, pues deseaba fervientemente hacer carrera a cualquier precio; arrimarse a una buena familia y conseguir una dote resultaba algo de lo más seductor. Por lo que respecta a su mutuo amor, no parece que existiera, ni por parte de la novia ni por parte de él, a pesar de la belleza de Adelaída Ivánovna. Así que este episodio tal vez fuera único en su género en la vida de Fiódor Pávlovich, un hombre extremadamente lascivo, siempre dispuesto a pegarse a unas faldas a la primera insinuación. Y, sin embargo, ésta fue la única mujer que no le produjo, en lo referente a las pasiones, ninguna impresión especial.
Inmediatamente después del rapto, Adelaída Ivánovna cayó en la cuenta en un santiamén de que su marido la despreciaba, y nada más. De ese modo, las consecuencias del matrimonio se manifestaron con una rapidez inusitada. A pesar de que la familia tardó muy poco en resignarse a lo ocurrido y entregó la dote a la fugitiva, el matrimonio empezó a llevar una vida sumamente desordenada, con escenas continuas. Cuentan que la joven casada mostró en aquella situación una nobleza y dignidad incomparablemente mayores que las de Fiódor Pávlovich, quien, como se ha sabido más tarde, le birló de buenas a primeras todo el dinero, los veinticinco mil rublos que acababa de recibir, de modo que para ella fue como si en ese mismo instante todos aquellos millares de rublos se los hubiera tragado el agua. Y en cuanto a una pequeña aldea y una casa bastante buena en la ciudad que también formaban parte de la dote, Fiódor Pávlovich intentó durante largo tiempo ponerlas a su nombre mediante la redacción del oportuno documento, y seguramente lo habría conseguido, aunque solo fuera, digámoslo así, por el desdén y la repugnancia que despertaba continuamente en su mujer con sus desvergonzadas exigencias y súplicas, por puro cansancio espiritual, para librarse de él, sencillamente. Pero, por fortuna, intervino la familia de Adelaída Ivánovna y puso coto al sinvergüenza. Se sabe positivamente que en la pareja eran frecuentes las peleas, pero, según se cuenta, quien pegaba no era Fiódor Pávlovich, sino Adelaída Ivánovna, mujer impulsiva, decidida, morena, impaciente, dotada de una fuerza física asombrosa. Al final abandonó el hogar conyugal y se fugó con un maestro seminarista muerto de hambre, dejando al pequeño Mitia, de tres años, al cuidado de Fiódor Pávlovich. Éste no tardó en montar en su casa un verdadero harén y en entregarse a las borracheras más desenfrenadas, y en los entreactos se dedicaba a recorrer casi toda la provincia, quejándose amargamente a todo el que veía de que Adelaída Ivánovna lo había abandonado; además, se refería a su vida conyugal con tal lujo de detalles que habría sonrojado a cualquier hombre casado. Hay que decir que parecía resultarle agradable y hasta halagador representar delante de todo el mundo su ridículo papel de marido ofendido y pintar vivamente los detalles de su propio agravio. «Viéndole así de contento, a pesar de su desgracia, Fiódor Pávlovich, cualquiera pensaría que ha obtenido usted un ascenso», le decían en guasa. Muchos suponían incluso que estaba encantado de presentarse con su renovado aire de bufón y que aparentaba no ser consciente de su cómica situación para que la gente se riera más. Pero quién sabe, a lo mejor actuaba con toda inocencia. Finalmente consiguió dar con el rastro de la fugitiva. La pobrecilla estaba en San Petersburgo, adonde se había trasladado con su seminarista y donde se había entregado en cuerpo y alma a la más completa «emancipación». Fiódor Pávlovich se puso de inmediato a hacer gestiones y decidió viajar a San Petersburgo. ¿Para qué? Desde luego, no lo sabía ni él. La verdad es que bien podría haber ido en aquella ocasión, pero el caso es que, una vez adoptada tal decisión, consideró acto seguido que, para darse ánimos antes de emprender el viaje, tenía todo el derecho del mundo a correrse de nuevo una juerga monumental. Y justo en ese momento a la familia de su mujer le llegó la noticia de que ésta había muerto en San Petersburgo. Por lo visto, había fallecido repentinamente, en alguna buhardilla; según decían unos, de tifus, o de hambre, según otros. Fiódor Pávlovich se enteró de la muerte de su mujer estando borracho; dicen que echó a correr por la calle y se puso a gritar, loco de alegría, levantando los brazos al cielo: «Ahora despides a tu siervo en paz»; pero, según otros, lloraba a lágrima tendida, como un crío, hasta tal punto que, según dicen, daba incluso pena mirarlo, a pesar de toda la aversión que inspiraba. Es muy posible que ocurriera lo uno y lo otro, es decir, que se alegrara de su liberación y que llorase por su libertadora, todo a la vez. En la mayor parte de los casos, la gente, hasta la malvada, es mucho más ingenua y cándida de lo que solemos pensar. Y nosotros también.