Capítulo VIII

Delirio

Y empezó casi una orgía, un gran festín. Grúshenka fue la primera en gritar pidiendo champán: «Quiero beber, quiero emborracharme como antes, ¿te acuerdas, Mitia, de cómo nos conocimos entonces aquí?». El propio Mitia parecía delirar y presentía «su felicidad». Aunque Grúshenka, por cierto, lo apartaba sin cesar de su lado: «Vete, diviértete, diles que bailen, que se diviertan, “Camina, isba, camina, estufa”, como entonces, como la otra vez», seguía exclamando. Estaba realmente emocionada. Mitia se lanzó a dar órdenes. El coro estaba reunido en la sala de al lado. La pieza en la que habían estado hasta entonces era demasiado pequeña en todo caso; estaba dividida en dos por una cortina de percal tras la cual había otra cama enorme con un colchón de plumas y un montón idéntico de almohadas de percal. En las cuatro piezas habitables de la casa había camas por todas partes. Grúshenka se quedó en la puerta, Mitia le acercó un sillón: «entonces», el día de la primera juerga, se había sentado en ese mismo sitio, y había visto desde ahí el coro y los bailes. Ya estaban todas las muchachas de entonces, habían llegado los judíos con violines y cítaras y también, por fin, el tan ansiado carro con la bebida y las provisiones. Mitia iba de un lado para otro. Algunos extraños se asomaban a echar un vistazo, hombres y mujeres de la aldea que estaban durmiendo pero se habían despertado y presentían un banquete fuera de lo común, como el de un mes antes. Mitia saludaba y abrazaba a los conocidos, recordaba caras, descorchaba botellas y daba de beber a todo el mundo. El champán solo les apetecía a las muchachas, los aldeanos preferían ron, coñac y, sobre todo, ponche caliente. Mitia dispuso que prepararan chocolate para todas las mozas y que no faltara en toda la noche, y que hubiera tres samovares listos para el té y el ponche, a disposición de todo el que llegara: que cada uno se sirviera a voluntad. En una palabra, empezó el desorden y el absurdo, pero Mitia parecía estar en su elemento natural y, cuanto más absurdo era todo, más se animaba él. Si en esos momentos un aldeano le hubiera pedido dinero, habría sacado el fajo y se habría puesto a repartirlo a diestro y siniestro sin freno. Probablemente por eso, para velar por Mitia, Trifon Borísych, que había renunciado a la idea de acostarse en toda la noche, aunque había bebido muy poco (apenas se tomó un vasito de ponche), no paraba de dar vueltas a su alrededor, con ánimo de proteger de cerca y a su manera sus intereses. Cada vez que hacía falta, lo detenía cariñoso y solícito y trataba de disuadirlo, procurando impedir que, como «entonces», ofreciera a los aldeanos «cigarros y vino del Rin», y mucho menos, Dios no lo quiera, dinero; con todo, lo que más le disgustaba era que las muchachas bebieran licor y comieran bombones: «Son unas piojosas, Mitri Fiódorovich —decía—, yo les daría un buen rodillazo a todas ellas, y aun les diría que debían considerarlo un honor, ¡ya ve cómo son!». Mitia volvió a acordarse de Andréi y ordenó que le llevaran ponche. «Antes lo ofendí», se repetía con voz débil y enternecida. Kalgánov no quería beber y al principio no le hizo mucha gracia el coro de las muchachas, pero después de otras dos copas de champán se animó de una forma extraordinaria, empezó a dar vueltas por la habitación, riéndose y alabándolo todo y a todos, canciones y música. Maksímov, achispado y gozoso, no se alejaba de él. Grúshenka, que también empezaba a sentir los efectos del alcohol, le decía a Mitia señalando a Kalgánov: «Es encantador, ¡qué maravilla de muchacho!». Y Mitia corría a besar entusiasmado a Kalgánov y a Maksímov. Oh, podía presentir tantas cosas, ella todavía no le había dicho nada y hasta parecía que iba retrasando a propósito la ocasión, y solo de vez en cuando lo miraba con ojos tiernos, pero ardientes. Finalmente lo cogió firmemente de la mano y tiró de él con fuerza. Ella no se había movido del sillón al lado de la puerta.

—¡Ay, qué forma de entrar antes! ¡Qué forma de entrar!… Me he asustado tanto. Así que ibas a dejar que me fuera con él, ¿no? ¿De verdad querías eso?

—¡No quería arruinar tu felicidad! —balbuceó Mitia extasiado. Pero ella no necesitaba su respuesta.

—Anda, vete… Diviértete —volvía a echarlo de su lado—, y no llores, ya volveré a llamarte.

Él se retiraba corriendo y ella se ponía otra vez a escuchar las canciones y a contemplar los bailes, siguiéndolo con la mirada allá donde estuviera, pero un cuarto de hora más tarde ya estaba llamándolo otra vez y él acudía solícito.

—Siéntate a mi lado y cuéntame cómo te enteraste ayer de que estaba yo aquí; ¿por quién te enteraste?

Mitia empezó a contárselo todo sin coherencia ni orden, con mucha viveza, aunque de una forma extraña, frunciendo a menudo el entrecejo e interrumpiendo el relato.

—¿Por qué frunces el entrecejo? —preguntaba Grúshenka.

—No es nada… He dejado allí a un enfermo. Si se curase, si supiese que iba a curarse… ¡daba ahora mismo diez años de mi vida!

—Bueno, que Dios lo ayude si está enfermo. Pero ¿de verdad pensabas pegarte un tiro mañana? Serás bobo, pero ¿por qué? La verdad es que me gustan los hombres como tú, impulsivos —balbuceaba, trabándosele ya un poco la lengua—. Conque estabas dispuesto a todo por mí, ¿eh? ¡No, si será verdad que pensabas pegarte un tiro mañana! ¡Ay, qué bobo! No, tú de momento espera, mañana puede que te diga unas palabritas… hoy no te digo nada, mañana. ¿Te gustaría que fuera hoy? No, hoy no quiero… Venga, largo de aquí, ve a divertirte…

Una vez, sin embargo, cuando lo llamó, parecía perpleja y preocupada.

—¿Por qué estás triste? Veo que estás triste… Sí, puedo verlo —añadió mirándolo a los ojos con insistencia—. Por más que des voces y besos a los lugareños, puedo ver que pasa algo. No, ve a divertirte, yo estoy bien, tú ve a divertirte… Quiero a alguien aquí, a ver si adivinas a quién… Ay, mira, mi niño se ha quedado dormido, ha bebido de más, pobrecito.

Se refería a Kalgánov. En efecto, se había emborrachado y, al sentarse en el diván, se había quedado dormido al instante. Y no había sido solo por culpa del alcohol: de repente se había sentido triste o, como él mismo había dicho, «aburrido». Al final le habían desanimado muchísimo las canciones de las mozas, que con la bebida empezaban a convertirse poco a poco en algo excesivamente lascivo y desenfrenado. Lo mismo pasaba con los bailes: dos de las muchachas se habían disfrazado de osos y Stepánida, una moza animosa con una vara en la mano, hacía de domadora y se puso a «amaestrarlos». «Más brío, Maria —gritaba—, o probarás la vara.» Por fin los osos rodaron por el suelo de una manera completamente indecente entre las estrepitosas carcajadas de un público formado por hombres y mujeres de la aldea que se apiñaban sin dejar un hueco. «Nada, dejadles, dejadles —decía Grúshenka, sentenciosa, con una expresión de júbilo—, al menos que se diviertan por un día, ¿o es que el pueblo no puede estar contento?» Kalgánov lo observaba como si se hubiera puesto perdido. «Todo esto es una porquería, todo este populismo —dijo mientras se retiraba—, lo mismo que sus juegos en primavera, o como cuando se pasan toda una noche de verano vigilando el sol. » Le disgustó especialmente una canción «nueva» con un estribillo bailable muy animado que cantaba los intentos de un barin con unas muchachas:

Un barin a unas mozas les preguntó:

¿estas muchachitas me querrán o no? Un barin a unas mozas les preguntó:

¿estas muchachitas me querrán o no?

Pero las muchachas no veían posible amar al barin: El barin seguro que me va a pegar, de modo que yo no lo puedo amar.

Venía después un gitano (pronunciaban gitanó), y lo mismo:

Pregunta a las mozas luego un gitanó:

¿estas muchachitas me querrán o no? Pero tampoco era posible amar al gitano: Después al gitanó le da por robar, pero a mí me toca sufrir y penar.

Y así pasaba mucha más gente preguntando a las muchachas, hasta un soldado:

Un joven soldado se les presentó:

¿estas muchachitas me querrán o no?

Pero también rechazaron con desprecio al soldado: Este soldadito llevará un morral y me llevará…

Y seguía un verso de lo más censurable cantado sin ningún pudor y que causó furor entre el público. La historia acababa con un comerciante:

Luego un comerciante también indagó:

¿estas muchachitas me querrán o no?

Y resultó que lo querían y mucho, porque, como decían ellas: Este comerciante se irá a negociar y así seré yo quien pueda reinar.

A Kalgánov se lo llevaban los demonios.

—Es una canción de ayer mismo —comentó en voz alta—. ¿Quién se la habrá escrito? Solo falta que pase un ferroviario o un judío por allí y pregunte a las chicas: éstos ganarían a todos. —Y acto seguido, poco menos que ofendido, declaró que estaba aburrido, se sentó en el diván y se durmió. Su linda cara, un poco pálida, reposaba en un cojín del diván.

—Mira qué guapo es… —decía Grúshenka llevando hasta él a Mitia—. Hace nada que le he peinado, tiene el pelo como el lino, y espeso…

Enternecida, se inclinó sobre él y le besó la frente. Kalgánov abrió un momento los ojos, la miró, se incorporó y preguntó muy preocupado dónde estaba Maksímov.

—Fíjate a quién necesita —Grúshenka se echó a reír—, quédate conmigo un ratito. Mitia, ve a buscar a su Maksímov.

Pero Maksímov ya no se apartaba de las muchachas, aunque de cuando en cuando iba corriendo a servirse licor, y de chocolate ya se había bebido dos tazas. Tenía la cara toda colorada y la nariz púrpura, los ojos húmedos y dulzones. Se acercó corriendo y declaró que tenía ganas de bailar una sabotière «al ritmo de cierta melodía».

—Resulta que de niño me enseñaron todos esos bailes refinados de la alta sociedad…

—Vamos, Mitia, ve con él, yo lo veré bailar desde aquí…

—Y yo, yo también voy a verlo —exclamó Kalgánov rechazando de la forma más ingenua la propuesta de Grúshenka de que se quedara con ella. Y todos se fueron a verlo. En efecto, Maksímov bailó, pero, excepto en Mitia, no causó especial admiración en nadie. Todo el secreto del baile consistía en dar saltitos y en girar los pies con las suelas hacia arriba, y en cada salto Maksímov se golpeaba la suela con las manos. A Kalgánov no le gustó en absoluto, pero Mitia cubrió de besos al bailarín.

—Ay, gracias, ¿estás cansado? ¿Qué miras ahí? ¿Te apetece un caramelo? ¿Qué tal un cigarro?

—Un cigarro, señor.

—¿Y no quieres beber?

—Tengo aquí un licorcito, señor… ¿No habrá por ahí bombones, señor?

—Ahí en la mesa tienes un montón, elige el que quieras, mi querido amigo.

—No, quisiera uno de esos con vainilla, señor… para los viejos, señor… ¡Ji, ji!

—No, hermano, de esos en concreto no hay.

—¡Escuche! —el viejo se inclinó y le habló a Mitia al oído—, esa muchacha, Máriushka… ji, ji, me gustaría, señor, si fuera posible, conocerla… si fuera tan amable…

—¡Anda lo que pides! No, hermano, qué cosas tienes.

—Pero si no hago daño a nadie, señor —susurró Maksímov, tristón.

—Ya vale, ya vale. Aquí, hermano, solo se canta y se baila, aunque… ¡qué demonios! Espera… De momento come, bebe, canta y disfruta. ¿No necesitas dinero?

—Quizá después, señor… —sonrió Maksímov.

—Está bien, está bien…

A Mitia le ardía la cabeza. Salió por el zaguán a la pequeña galería elevada de madera que, dando al patio, recorría por dentro una parte del edificio. El aire fresco lo reanimó. Estaba solo en la oscuridad, en un rincón, y de repente se agarró la cabeza con las dos manos. Sus ideas dispersas se conectaron de pronto, las sensaciones convergieron y se hizo la luz. ¡Una luz terrible, espantosa! «Si he de pegarme un tiro, ¿por qué no ahora? Voy a por la pistola, la traigo aquí y acabo conmigo en este rincón sucio y oscuro.» Estuvo indeciso un minuto. Unas horas antes, volando hacia allí, dejaba tras de sí la deshonra, el robo cometido y la sangre, ¡la sangre!… Pero antes parecía más fácil, ¡más fácil! Porque entonces todo había terminado: la había perdido, se había hecho a un lado, ella había muerto para él, había desaparecido, ¡ay!, la sentencia resultaba más leve, al menos le parecía ineludible, imprescindible: ¿para qué seguir en este mundo? Pero ahora… ¿Acaso ahora era todo igual? Ahora al menos uno de los fantasmas, de los monstruos, estaba acabado: el «anterior», el indiscutible, ese hombre fatídico, había desaparecido sin dejar huella. El fantasma terrible se había convertido de repente en algo muy pequeño, muy cómico; lo había llevado en vilo a ese dormitorio y lo había encerrado con llave. Jamás regresaría. Ella se sentía avergonzada y en sus ojos él podía ver con claridad a quién quería. Ahora solo se trataba de vivir… pero no era posible, no era posible vivir, ¡maldición! «Señor, devuelve la vida al que está tendido al lado de la valla. ¡Aparta de mí este cáliz! Porque tus milagros, Señor, se hicieron para los pecadores como yo. ¿Y si el viejo está vivo? Ay, entonces borraré la vergüenza del oprobio que aún queda, devolveré el dinero robado, lo repondré, lo sacaré de debajo de las piedras… ¡No quedarán huellas de la deshonra, salvo en mi corazón, ya para siempre! Pero no, no, ¡oh, sueños cobardes e imposibles! ¡Oh, maldición!»

Aun así, un rayo de esperanza lo iluminó en las tinieblas. Huyó de allí y corrió a la habitación, con ella, otra vez con ella, ¡con su reina! «¿Acaso una hora, un solo minuto de su amor no vale toda una vida, aunque tenga que sufrir por la deshonra?» Esta pregunta brutal oprimía su corazón. «Reunirme con ella, estar solo con ella, verla, oírla y no pensar en nada, olvidarlo todo, aunque solo sea una noche, una hora, ¡un instante!» Justo en la puerta del zaguán, aún en la galería, se tropezó con el posadero, Trifon Borísych. Le pareció que estaba sombrío y preocupado; por lo visto, había salido a buscarlo.

—¿Qué ocurre, Borísych? ¿Me buscabas?

—No, señor, a usted no —lo había pillado desprevenido—. ¿Por qué iba yo a buscarle? Y usted… ¿dónde estaba, señor?

—¿Por qué estás tan serio? ¿No estarás enfadado? Ten paciencia, que pronto podrás acostarte… ¿Qué hora es, por cierto?

—Pues serán las tres. Puede que pasadas.

—Ya acabamos, ya acabamos.

—No se preocupe, señor, si no pasa nada. Pueden estar cuanto quieran, señor…

«¿Qué le pasará?», se preguntó Mitia y entró corriendo en la sala donde bailaban las muchachas. Pero ella no estaba allí. Tampoco en la habitación azul, solo estaba Kalgánov durmiendo en el diván. Mitia miró detrás de la cortina, y estaba ahí. Estaba en un rincón, sentada en un baúl, con los brazos y la cabeza apoyados en la cama de al lado; lloraba amargamente, intentando dominarse por todos los medios y sofocando los sollozos para que no la oyera nadie. Al ver a Mitia, le indicó con la mano que se acercara, él corrió a su lado y ella le agarró con fuerza la mano.

—Mitia, Mitia, ¡yo lo amaba! —empezó a susurrarle—. Lo he amado tanto estos cinco años, todo este tiempo, todo… ¿Lo amaba a él o amaba solo mi rencor? ¡No, a él! ¡Ay, sí, a él! Miento si digo que amaba solo mi rencor y no lo amaba a él. Mitia, entonces yo tenía solo diecisiete años, y era tan cariñoso, tan alegre, me cantaba canciones… O al menos así me lo parecía a mí entonces, tonta de mí, yo era una cría… Pero ahora, Dios mío, no es el mismo de antes, no es el mismo en absoluto. Ni siquiera es su cara, no es él. No lo he reconocido. Viniendo hacia aquí con Timoféi, no hacía más que pensar: «¿Cómo lo encontraré? ¿Qué le digo? ¿Cómo vamos a mirarnos?»… Tenía el alma paralizada, y de pronto ha sido como si me hubiera echado encima un cubo de agua sucia. Habla como un maestro de escuela: con ese tono tan erudito, tan solemne; me recibió con tanta solemnidad que no sabía qué hacer. No me salían las palabras. Al principio pensé que se sentía cohibido en presencia de ese polaco tan largo. Yo los miraba y pensaba: ¿cómo es que ahora ya no sé hablar con él? ¿Sabes?, ha sido su mujer, ella lo ha estropeado, esa con la que se casó cuando me abandonó… Ha sido ella la que lo ha cambiado. ¡Qué vergüenza, Mitia! ¡Ay, me da tanta vergüenza, Mitia, tanta vergüenza! ¡Me siento avergonzada de toda mi vida! ¡Malditos, malditos sean esos cinco años! —Y volvieron a saltársele las lágrimas, pero no soltaba la mano de Mitia, la agarraba con fuerza—. Mitia, corazón, quédate, no te vayas, quiero decirte una cosa —susurró y de repente alzó el rostro, mirándolo—. Escúchame, dime, ¿a quién quiero yo? Yo aquí quiero a un hombre. ¿Quién es ese hombre? Dímelo tú. —Su cara hinchada por las lágrimas se iluminó con una sonrisa, sus ojos brillaban en la penumbra—. Esta noche ha entrado un halcón y mi corazón ha dejado de latir. «Serás boba, ése es el que tú quieres», me susurró al instante mi corazón. Entraste tú y todo se iluminó. «Pero ¿de qué tendrá miedo?», pensé. Porque estabas asustado, muy asustado, no sabías ni hablar. «No se ha asustado de ellos», pensé, a ti no hay quien te asuste. «Es de mí de quien tiene miedo —pensé—, solo de mí.» Porque seguro que Fenia te había contado, ¡ay, tonto!, que yo le había gritado a Aliosha por la ventana que había querido a Mítenka una hora y que en ese momento me marchaba, dispuesta a querer… a otro. Mitia, Mitia, ¿cómo he podido ser tan boba para pensar en querer a nadie después de ti? ¿Me perdonas, Mitia? ¿Me perdonas o no? ¿Me quieres? Di, ¿me quieres?

Se puso en pie y lo sujetó por los hombros. Mitia, mudo de éxtasis, contemplaba sus ojos, su rostro, su sonrisa y de pronto, tras abrazarla con fuerza, empezó a besarla.

—¿Y me perdonas que te haya hecho sufrir? Por rencor os he torturado a todos. Incluso a ese viejecito lo he vuelto loco a propósito, solo por rencor… ¿Recuerdas que una vez rompiste una copa en mi casa? Pues hoy me he acordado y yo también he roto una copa, he bebido por «mi corazón infame». Mitia, halcón, ¿por qué no me besas? Me has besado una vez y te has apartado, me miras, me escuchas… ¡Qué es eso de escucharme! Bésame, bésame con fuerza, eso es. ¿Me quieres? ¡Quiéreme! Ahora seré tu esclava, tu esclava para siempre. Qué dulce es ser esclava… ¡Bésame! ¡Pégame, tortúrame, haz lo que quieras conmigo!… Me merezco que me torturen. ¡Para! Espera, luego, así no quiero… —Lo apartó—. Vete, Mitka, ahora voy a tomar champán, quiero emborracharme, voy a ponerme a bailar borracha, ¡eso es lo que quiero!

Se zafó de él y salió de detrás de la cortina, y Mitia la siguió como borracho. «Sea lo que sea lo que ocurra ahora, daría todo el mundo por un solo minuto», pensó. Grúshenka, efectivamente, se bebió de un trago otro vaso de champán y enseguida le hizo efecto. Se sentó en el sillón de antes con una sonrisa de felicidad. Sus mejillas ardían, sus labios llameaban, sus ojos brillantes se humedecieron, su mirada apasionada seducía. Incluso Kalgánov sintió una punzada en el corazón y se acercó a ella.

—¿Te has enterado de cuando te he besado mientras dormías? —balbuceó Grúshenka—. Ahora estoy borracha, fíjate… ¿Y tú no estás borracho? ¿Y Mitia por qué no bebe? Mitia, ¿por qué no bebes? Yo he bebido y tú no…

—¡Borracho! Ya estoy borracho… borracho de ti, pero también quiero estarlo de vino. —Se tomó otro vaso y solo por este último vaso, algo que a él también le extrañó, se emborrachó, se emborrachó de repente porque hasta ese momento había estado sobrio, lo recordaba bien. A partir de entonces todo empezó a dar vueltas a su alrededor, como en un delirio. Iba y venía, se reía, hablaba con todo el mundo, como sin darse cuenta de lo que hacía. Un solo sentimiento, fijo y abrasador, se manifestaba a cada paso, «como un carbón ardiendo en el corazón», recordaría después. Se acercaba a ella, se sentaba a su lado, la miraba, la escuchaba… Ella, por su parte, se había vuelto muy locuaz, llamaba a todo el mundo, de repente le hacía una señal a alguna de las mozas del coro y, cuando se acercaba, unas veces la besaba y dejaba que se fuera, otras veces la persignaba. Y un minuto más tarde lo mismo se echaba a llorar. También se estaba divirtiendo mucho el «viejecito», como había llamado Grúshenka a Maksímov. Cada poco tiempo se acercaba corriendo a besarle la mano «y todos sus deditos», y casi al final volvió a bailar al son de una canción antigua que él mismo interpretó. El estribillo lo bailó con singular ardor:

El cerdito, oinc-oinc.

El ternerito, mu-mu.

El patito, cua-cua.

El gansito, on-on.

Y la gallinita va por el zaguán, haciendo clo-clo, clo-clo, ay, ay, haciendo clo-clo.

—Dale algo, Mitia —decía Grúshenka—, hazle algún regalo, que es pobre. ¡Ah, los pobres, los humillados!… Mitia, ¿sabes?, voy a ir al monasterio. No, de verdad, alguna vez pienso ir. Hoy Aliosha me ha dicho algo que recordaré toda la vida… Sí… Pero hoy, de momento, bailemos. Mañana al monasterio, pero hoy bailemos. Quiero hacer locuras, buena gente; total, ¿qué más da? Ya me perdonará Dios. Si yo fuera Dios, perdonaría a todo el mundo: «Amados pecadores míos, desde este día estáis todos perdonados». Y yo iré a pedir perdón: «Perdonad, buena gente, a esta pobre tonta, que es lo que soy». Soy una fiera, eso es lo que soy. Y quiero rezar. He dado una cebolla pequeñita. ¡Una malvada como yo, que quiere rezar! Mitia, deja que bailen, no molestes. Todas las personas del mundo son buenas, todas, hasta la última. El mundo es un buen sitio. Aunque nosotros seamos malos, el mundo es un buen sitio. Somos malos y buenos, malos y buenos a la vez… Decidme, a vosotros os lo pregunto, venid que os pregunte, decidme una cosa: ¿por qué soy tan buena? Porque soy buena, muy buena… Así pues, ¿por qué soy tan buena? —balbuceaba Grúshenka, cada vez más borracha, hasta que por fin proclamó que quería bailar. Se levantó del sillón tambaleándose—. Mitia, no me des más vino, aunque te pida, tú no me des. El vino no te trae la paz. Y todo da vueltas, también la estufa, todo da vueltas… Quiero bailar.

Que todos vean cómo bailo… lo bonito y lo bien que bailo…

Su propósito era serio: se sacó del bolsillo un pañuelo de batista blanco y, con la mano derecha, lo sujetó por una de las puntas para agitarlo al bailar. Mitia no paraba, las mozas se callaron, listas para entonar a coro una danza a la primera señal.

Maksímov, al enterarse de que Grúshenka se disponía a bailar, chilló entusiasmado, y ya estaba colocándose delante de ella, dando saltitos y canturreando: Pies finitos, sonoros costados y el rabito como un gancho.

Pero Grúshenka le hizo un gesto con el pañuelo para que se apartara.

—¡Chis! Mitia, ¿por qué no vienen? Que vengan todos… a mirar. Llama también a ésos, a los que están encerrados… ¿Por qué has tenido que encerrarlos? Diles que voy a bailar, que vengan a mirar cómo bailo…

Con sus andares de borracho, Mitia se acercó a la puerta cerrada y empezó a llamar a golpes a los panowie.

—Eh, vosotros… ¡los Podwysocki! Salid, ella quiere bailar, os llama.

—Łajdak! —respondió gritando uno de los polacos.

—Tú sí que eres un… ¡un podłajdak! Un miserable canalla de tres al cuarto; eso es lo que eres.

—Ya está bien de burlarse de Polonia —le señaló Kalgánov sentencioso, que también había bebido mucho más de la cuenta.

—¡Calla, niño! Si le llamo canalla, eso no significa que se lo esté llamando a toda Polonia. Un łajdak no hace Polonia. Calla, niño bonito, tómate un bombón.

—¡Ay, cómo son! No parecen personas. ¿Por qué no querrán hacer las paces? — dijo Grúshenka y salió a bailar. El coro empezó a cantar: «Ay, zaguán, mi zaguán». Grúshenka echó la cabeza hacia atrás, entreabrió los labios, sonrió y agitó el pañuelo; entonces, tambaleándose bruscamente, se quedó desconcertada en el centro de la habitación—. Estoy débil… —dijo con un hilo de voz—, perdonen, estoy débil, no puedo… Es culpa mía… —Hizo una reverencia al coro y después empezó a hacer reverencias a los cuatro costados—: Es culpa mía… perdonen…

—Ha bebido la señorita, la guapa señorita ha bebido —se alzaron varias voces.

—Se han emborrachado los dos —explicó, entre risitas, Maksímov a las muchachas.

—Mitia, sácame de aquí… cógeme… —decía Grúshenka sin fuerzas. Mitia se precipitó hacia ella, la cogió en brazos y corrió tras las cortinas con su valioso botín. «Bueno, ahora sí que me voy», pensó Kalgánov y al salir de la habitación azul cerró tras de sí las dos hojas de la puerta. Pero en la sala el festín seguía con gran estrépito, cada vez más ensordecedor. Mitia acostó a Grúshenka en la cama y atrapó sus labios en un beso.

—No me toques… —balbuceaba ella implorante—, no me toques, aún no soy tuya… Te he dicho que soy tuya, pero no me toques… ten compasión… Con ésos ahí, con ésos ahí al lado, no puede ser… Él está aquí… Aquí sería una vileza…

—Como quieras. Ni se me ocurre… ¡te adoro!… —Mitia farfullaba—. Sí, aquí sería una vileza, ah, algo despreciable. —Sin dejar de abrazarla, cayó de rodillas junto a la cama.

—Sé que eres noble, aunque seas una fiera —dijo Grúshenka, articulando con dificultad—. Es necesario que esto sea noble… en adelante lo será… y que nosotros también seamos nobles, y que seamos buenos, no fieras, sino buenos… Sácame de aquí, llévame lejos, ¿me oyes?… No quiero que sea aquí, tiene que ser lejos, lejos…

—¡Ah, sí, claro que sí! —Mitia la cubría de abrazos—, te llevaré lejos, iremos volando… ¡Ay, ahora mismo daría toda mi vida a cambio de un solo año con tal de saber qué ha sido de esa sangre!

—¿Qué sangre? —preguntó Grúshenka perpleja.

—¡No es nada! —bramó Mitia—. Grusha, tú quieres que todo sea noble, pero yo soy un ladrón. Le robé dinero a Katka… ¡Qué vergüenza, qué vergüenza!

—¿A Katka? ¿A la señorita? No, no le has robado. Devuélveselo, yo tengo… ¿Por qué gritas? Ahora todo lo mío es tuyo. ¿Qué nos importa el dinero? De todas maneras, lo habríamos derrochado en juergas… Buenos somos tú y yo para no derrocharlo. Mejor será que nos vayamos a labrar la tierra. Quiero arañar la tierra con estas manos. Hay que trabajar, ¿me oyes? Aliosha me lo ha ordenado. No voy a ser tu amante, te voy a ser fiel, voy a ser tu esclava, voy a trabajar para ti. Iremos los dos a ver a la señorita, nos inclinaremos ante ella para que nos perdone y nos iremos lejos. Y, si no nos perdona, aun así nos iremos. Tú llévale el dinero, y quiéreme a mí, no la quieras a ella. No la quieras más. Si sigues queriéndola, la estrangularé… Le sacaré los ojos con una aguja…

—Te quiero a ti, solo a ti, en Siberia te voy a querer…

—¿Por qué en Siberia? Bueno, también en Siberia si quieres, da igual… Trabajaremos… y en Siberia hay nieve… Me gusta viajar por la nieve… y tiene que haber una campanilla… ¿No oyes una campanilla?… ¿Dónde suena esa campanilla? Alguien pasa… ahora ha dejado de sonar.

Desfallecida, cerró los ojos y debió de quedarse dormida un momento. La campanilla había sonado de verdad a lo lejos y luego dejó de oírse. Mitia recostó la cabeza sobre su pecho. No se había dado cuenta de que la campanilla había dejado de oírse y tampoco de que de repente también las canciones cesaban y, en lugar de canciones y alboroto de borrachos, reinaba en toda la casa un silencio mortal. Grúshenka abrió los ojos.

—¿Qué ha pasado? ¿Me he dormido? Sí… la campanilla. Me he dormido y he tenido un sueño, estaba viajando, por la nieve… Suena la campanilla y yo dormitaba. Viajaba con mi amado, contigo. Y lejos, lejos… Te abrazaba y te besaba, me estrechaba contra ti, creo que tenía frío, y la nieve brillaba… Ya sabes cómo brilla la nieve por la noche, bajo la luna, era como si no estuviera en la tierra… Me he despertado y mi amado está a mi lado, qué bien…

—A tu lado —farfulló Mitia besándole el vestido, el pecho, las manos. Pero de pronto sintió algo extraño: le parecía que ella miraba al frente, pero no a él, sino por encima de su cabeza, fijamente, con una extraña inmovilidad. De repente la sorpresa, casi el miedo, se reflejó en su cara.

—Mitia, ¿quién es ese que nos mira desde allí? —susurró de pronto Grúshenka. Mitia se volvió y vio que en efecto alguien había descorrido la cortina y parecía observarles. Y no estaba solo. Mitia se puso en pie de un salto y rápidamente se dirigió a los que miraban.

—Aquí, si es tan amable, venga aquí —le dijo una voz suave pero firme e insistente.

Mitia salió de detrás de la cortina y se quedó inmóvil.

Toda la habitación estaba llena de gente, pero no la misma de antes, sino gente nueva. Un escalofrío instantáneo le recorrió la espalda y se estremeció. Enseguida reconoció a toda esa gente. El viejo alto y corpulento con abrigo y gorra con escarapela era el isprávnik Mijaíl Makárych. Y el dandi «tísico» y atildado, «siempre con esas botas tan limpias», era el ayudante del fiscal. «Tiene un cronómetro de cuatrocientos rublos, él me lo enseñó.» Y aquel jovencito, el pequeño con gafas… Mitia no recordaba su apellido, pero lo conocía, lo había visto antes, era el juez de instrucción, había llegado hacía poco «de la Jurisprudencia». Y ahí estaba el stanovói Mavriki Mavríkich, de este nombre sí se acordaba, eran conocidos. Y esos con distintivos, ¿a qué habrían venido? Y otros dos hombres más… Y en las puertas estaban Kalgánov y Trifon Borísych…

—Señores… ¿Qué es todo esto, señores? —dijo Mitia, pero de pronto, fuera de sí, como sin ser consciente del todo, exclamó con todas sus fuerzas, a voz en grito—: ¡Com-pren-do!

El joven de gafas se adelantó y, tras acercarse a Mitia, empezó a decir con compostura, aunque atropellándose un poco:

—Tenemos que… en una palabra, le ruego que venga, sí, aquí, al diván… Es urgente que dé unas explicaciones.

—¡El viejo! —gritó Mitia agitadísimo—. ¡El viejo y su sangre!… ¡Com-pren-do!

Y, como si le hubieran segado las piernas, no se sentó, sino que se derrumbó en la silla que tenía al lado.

—¿Lo comprendes? ¡Lo has comprendido! Parricida y monstruo, ¡la sangre de tu anciano padre clama contra ti! —empezó a rugir súbitamente el viejo isprávnik, acercándose a Mitia. Estaba fuera de sí, completamente rojo y temblando todo él.

—Pero ¡no puede ser! —gritó el joven bajito—. ¡Mijaíl Makárych, Mijaíl Makárych! ¡Esto no se hace así, no se hace así, señor!… Le ruego que me permita hablar a mí… Nunca me habría esperado una escena semejante por parte de usted…

—Pero ¡es que todo esto es un delirio, señores, un delirio! —exclamó el isprávnik—. Mírenlo: de noche, borracho, con una joven disoluta y cubierto con la sangre de su padre… ¡Un delirio!

—Le pido con todas mis fuerzas, querido Mijaíl Makárych, que por esta vez reprima sus sentimientos —le susurró al viejo, atropelladamente, el ayudante del fiscal—, de lo contrario me veré obligado…

Pero el pequeño juez de instrucción no le dejó terminar. Se dirigió a Mitia y le comunicó en voz alta, con firmeza y autoridad:

—Teniente en la reserva Karamázov, debo informarle de que se le acusa del asesinato de su padre, Fiódor Pávlovich Karamázov, ocurrido esta noche…

Dijo algo más, también el fiscal debió de añadir algo, pero Mitia los escuchaba sin comprenderlos. Los miraba a todos con expresión salvaje…

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