Capítulo VII

El anterior e indiscutible

Mitia se acercó a la mesa con sus pasos largos y rápidos.

—Señores —empezó en voz alta, casi gritando pero tartamudeando en cada palabra—, yo… ¡no pasa nada! No teman —exclamó—, yo… de verdad, no pasa nada —se volvió de repente hacia Grúshenka, que se había inclinado en el sillón hacia Kalgánov y le sujetaba con fuerza el brazo—. Yo… voy de viaje, me iré a primera hora. Señores, ¿puede este viajero de paso… quedarse con ustedes hasta que amanezca? Solo hasta que amanezca, por última vez, en esta misma habitación.

Las últimas palabras se las dirigió al hombre grueso de la pipa. Éste se apartó la pipa de los labios dándose aires de importancia y dijo severo:

—Panie, esto es un reunión privada. Hay otros cuartos.

—Pero si es usted, Dmitri Fiódorovich, ¡qué cosas tiene! —intervino de pronto Kalgánov—. ¡Siéntese con nosotros! ¿Cómo está?

—Saludos, querido amigo… e inestimable. Siempre le he respetado… —respondió Mitia alegre e impetuosamente, al tiempo que le tendía la mano por encima de la mesa.

—¡Huy, cómo aprieta! Me ha roto los dedos. —Kalgánov se echó a reír.

—Siempre la estrecha así, ¡siempre! —comentó divertida Grúshenka, aunque todavía con una sonrisa tímida. Al parecer, se había convencido, viendo el aspecto de Mitia, de que no venía buscando pelea, y lo miraba enormemente curiosa, aunque aún intranquila. Algo en él la había sorprendido sobremanera; además, jamás se habría esperado que en un momento así fuera capaz de irrumpir y hablar de esa manera.

—Buenas noches —dijo con dulzura desde la izquierda el terrateniente Maksímov. Mitia se apresuró a responderle:

—Buenas noches, pero si también usted está aquí, ¡cómo me alegro de verle! Señores, señores, yo… —de nuevo se dirigía al polaco de la pipa, tomándolo, al parecer, por la persona más importante de todos los presentes—. He venido volando. Quería pasar mi último día y mi última hora en esta habitación, en esta misma habitación… donde yo… adoré a… ¡mi reina!… ¡Perdone, panie! —gritó alterado—. He venido volando y he jurado… Oh, no tema, ¡es mi última noche! Bebamos, panie, por nuestro acuerdo amistoso. Ahora nos servirán vino… He traído esto… —de repente, por alguna razón, sacó el fajo de billetes—. ¡Con su permiso, panie! Quiero música, ruido, alboroto, todo igual que antes… Pero un reptil, un reptil inútil se arrastra por la tierra, y ¡pronto ya no estará! ¡Conmemoraré el día de mi alegría en mi última noche!…

Casi se ahoga. Quería decir muchas, muchísimas cosas, pero solo le salían extrañas exclamaciones. El polaco lo miraba sin moverse, miraba luego el fajo de billetes y a Grúshenka; estaba visiblemente perplejo.

—Si mi królowa lo consiente… —empezó a decir.

—¿Y eso de królowa? Será reina, ¿no? —le interrumpió Grúshenka—. Me hace gracia cómo hablan. Siéntate, Mitia, ¿de qué estás hablando? No nos asustes, por favor. ¿Verdad que no vas a asustarnos? Si no nos asustas, estaré muy contenta de verte…

—¿Yo? ¿Asustar yo? —gritó de repente Mitia alzando los brazos—. Oh, pasad de largo, seguid, ¡no os molestaré!… —E, inesperadamente para todos, incluso para sí mismo, se desplomó en una silla y se echó a llorar a lágrima viva, con la cabeza contra la pared y rodeando con fuerza el respaldo de la silla, como si lo abrazara.

—¡Hay que ver, hay que ver cómo eres! —exclamó Grúshenka en tono de reproche—. Igualito que cuando venía a verme; de pronto se pone a hablar, y yo que no entiendo nada. Ya una vez se echó a llorar así, y ahora lo mismo, ¡qué vergüenza! Y ¿por qué lloras? ¡Si aun tuvieras motivos para hacerlo! —añadió enigmática y marcando algo irritada sus palabras.

—Yo… yo no estoy llorando… En fin, ¡buenas noches! —Inmediatamente se dio la vuelta y se echó a reír, pero no con aquella risa seca y abrupta, sino con una risa larga, inaudible, nerviosa y que lo hacía temblar.

—Bueno, otra vez… ¡Anímate, anímate! —intentaba persuadirlo Grúshenka—. Estoy muy contenta de que hayas venido, muy contenta, Mitia, ¿me has oído que estoy muy contenta? Quiero que te quedes aquí con nosotros —hizo como que les hablaba a todos, en tono imperioso, aunque estaba claro que sus palabras iban dirigidas al del diván—. ¡Eso es lo que quiero! Y si él se va, pues yo también —añadió, con un brillo en los ojos.

—¡Lo que mi reina desea es ley! —dijo el polaco besando galante la mano de Grúshenka—. Ruego al señor que se una a nuestro grupo —se dirigió afablemente a Mitia. Éste se puso en pie con la clara intención de largar una nueva tirada, pero le salió algo distinto.

—¡Bebamos, panie! —soltó, por todo discurso. Todos se echaron a reír.

—¡Ay, señor! Y yo que creía que quería hablar otra vez —exclamó Grúshenka nerviosa—. Mitia —añadió, insistente—, no vuelvas a saltar, pero lo de traer champán ha estado muy bien… Yo también voy a tomar un poco, no soporto los licores. Aunque lo mejor de todo es que hayas venido, estaba aburrida… Entonces, ¿has venido otra vez de juerga? Pero ¡guárdate el dinero en el bolsillo! ¿De dónde has sacado tanto?

Mitia, que seguía apretando en la mano unos billetes arrugados en los que todos habían reparado, especialmente los polacos, se los guardó en el bolsillo presuroso, pero turbado. Se había puesto colorado. En ese momento el posadero trajo una bandeja con una botella de champán descorchada y vasos. Mitia cogió la botella, pero estaba tan desconcertado que se había olvidado de lo que tenía que hacer con ella. Kalgánov se la quitó y lo sirvió él.

—¡Otra más! ¡Otra botella! —gritó Mitia al posadero y, olvidando brindar con el pan, a quien había invitado a beber tan solemnemente por su acuerdo amistoso, vació de golpe su vaso, sin esperar a nadie. Su rostro cambió al instante. En lugar de la expresión solemne y trágica con la que había entrado, apareció en él una que tenía algo de infantil. Parecía haberse resignado y sometido a todo. Miraba a todos con timidez y alegría, a veces reía nervioso y con aire agradecido, como un perrillo culpable al que de nuevo acarician y dejan acercarse. Parecía haberse olvidado de todo y contemplaba a los presentes con admiración, sonriendo como un niño. Miró a Grúshenka sin parar de reír y acercó su silla justo hasta el sillón de ella. Poco a poco fue examinando a los dos panowie, aunque sin llegar a hacerse una idea clara de ellos. El polaco del diván le había sorprendido con su porte, su acento y, sobre todo, con la pipa. «No pasa nada, está bien que fume en pipa», se dijo Mitia. La cara un tanto abotargada de casi cuarenta años y una nariz pequeñita bajo la que se veían dos bigotitos finísimos y puntiagudos, teñidos y desafiantes, no despertó en él ni el más mínimo interés. Ni siquiera la infame peluquita, hecha en Siberia, con el pelo de las sienes peinado tontamente hacia delante, le sorprendió especialmente: «Si lleva peluca será que le hace falta», seguía observando beatíficamente. El otro pan, el que estaba junto a la pared, era más joven que el del diván y había estado observando a todo el grupo con insolencia y agresividad y había escuchado la conversación general con silencioso desdén; a Mitia le llamó la atención su enorme estatura, tremendamente desproporcionada respecto al polaco del diván. «Si se pone de pie, medirá unos once vershkí», pensó Mitia. Y también pensó que este pan alto era probablemente amigo y cómplice del pan del diván, algo así como su «guardaespaldas», y que el pequeño de la pipa mandaba sobre el grande. Y esto le pareció a Mitia magnífico e indiscutible. Había desaparecido en el perrillo todo resto de rivalidad. Seguía sin entender a Grúshenka y el tono enigmático de algunas de sus frases; solo había llegado a comprender, temblándole todo el corazón, que era cariñosa con él, que lo había «perdonado» y que lo había sentado a su lado. No cabía en sí de gozo viéndola tomar un vaso de champán. No obstante, le sorprendió el silencio repentino del grupo y fue deteniendo en todos, uno tras otro, sus ojos expectantes: «Pero ¿qué hacemos aquí sentados? ¿Por qué nadie se mueve, señores?», parecía decir su mirada sonriente.

Rápidamente fijó la vista en Kalgánov y luego en Maksímov.

—No para de contar embustes y nosotros nos reímos —empezó a decir Kalgánov, como si hubiera adivinado su pensamiento, señalando a Maksímov.

—¿Embustes? —se echó a reír con su risa seca y abrupta, al tiempo que se le levantaba el ánimo—. ¡Ja, ja!

—Sí, figúrese, afirma que en los años veinte toda nuestra caballería se casó con polacas, pero es un disparate colosal, ¿no le parece?

—¿Con polacas? —repitió Mitia definitivamente extasiado.

Kalgánov comprendía muy bien la relación de Mitia con Grúshenka, había adivinado lo del polaco, pero eso no le interesaba demasiado, puede que no le interesara en absoluto, estaba bastante más interesado en Maksímov. Había llegado con Maksímov por casualidad y se había encontrado con los polacos en la posada, era la primera vez que los veía. A Grúshenka sí la conocía de antes, e incluso la había visitado en cierta ocasión con alguien más; entonces él no le había gustado. Pero aquí ella lo había mirado con dulzura, incluso lo había acariciado antes de que llegara Mitia, aunque él había respondido con indiferencia. Era un hombre joven de no más de veinte años, que vestía como un dandi, con una agradable carita blanca y un pelo castaño bonito y tupido. Y esa carita blanca tenía unos ojos azul claro encantadores con una expresión inteligente y, en ocasiones, profunda, que no era propia de su edad; con todo, este joven a veces hablaba y miraba igual que un niño, algo de lo que no se avergonzaba en absoluto y de lo que era consciente. En general era muy original, incluso caprichoso, aunque siempre afectuoso. En algunos momentos su expresión se volvía fija y obstinada: podía estar mirándolo, escuchándole a uno, pero mientras tanto él estaba pensando obstinadamente en sus cosas. A veces se le veía apático e indolente, otras veces le daba por agitarse, al parecer, por la causa más simple.

—Figúrese, ya son cuatro días que lo llevo conmigo —continuó, alargando con pereza las palabras, pero sin ninguna afectación, de forma completamente natural—. Desde que su hermano lo sacó del coche de un empujón y él salió despedido, ¿se acuerda usted? Entonces me interesé por él y me lo llevé a la aldea, pero ahora no hace más que soltar embustes, así que da vergüenza estar con él. Lo llevo de vuelta…

—Usted no ha visto a una pani polaca y mówi cosas que no pueden ser —le hizo ver a Maksímov el pan de la pipa.

Éste hablaba un ruso decente, al menos bastante mejor de lo que aparentaba. Las palabras rusas, si es que las empleaba, las desfiguraba pronunciándolas al modo polaco.

—Pero si yo mismo estuve casado con una pani polaca, señor —respondió Maksímov entre risas nerviosas.

—Pero ¿es que usted ha servido en la caballería? Porque estaba hablando de la caballería. ¿Así que es usted miembro de la caballería? —intervino Kalgánov.

—Sí, seguro que es de la caballería… ¡Ja, ja! —exclamó Mitia, que estaba escuchando ansioso y rápidamente dirigía su mirada interrogante hacia el que tomaba la palabra, como si esperase oír Dios sabe qué.

No, verá, señor —Maksímov se volvió hacia él—, yo, señor, me refería a que aquellas panienki… tan de buen ver… en cuanto bailaban una mazurca con uno de nuestros ulanos… en cuanto una de ellas bailaba la mazurca con él, se le subía de un salto a las rodillas como una gatita, como una gatita, señor… toda blanquita, señor… y el pan-ojciec y la pani-matka veían todo aquello y consentían… consentían, señor… y el ulano a la mañana siguiente iba y le pedía la mano… tal cual, señor… ¡le pedía la mano, ji, ji! —Maksímov concluyó con unas risitas nerviosas.

—Pan —łajdak! —gruñó de pronto el polaco alto que estaba sentado en una silla y cruzó las piernas. Mitia solo pudo fijarse en la enorme bota engrasada con la suela gruesa y sucia. En general, la ropa de los dos polacos estaba bastante mugrienta.

—¡Vaya, también łajdak! ¿Y por qué insulta? —Grúshenka se enfadó de repente.

—Pani Agrypina, lo que ha visto el señor en las tierras polacas han sido mozas de aldea y no panie de la szlachta —le comentó a Grúshenka el polaco de la pipa.

—Możesz na to rachować! —terció en tono despectivo el polaco alto, el que estaba sentado en la silla.

—¡Ya estamos! ¡Deje hablar a la gente! Solo están hablando, ¿por qué se lo impide? Una se lo pasa bien con ellos. —Grúshenka enseñaba los dientes.

—Yo no se lo impido, pani —replicó significativamente el de la peluca, dirigiendo una larga mirada a Grúshenka; a continuación, callando con aire de importancia, empezó otra vez a dar caladas a la pipa.

—No, no, ahora el pan ha dicho la verdad —Kalgánov empezaba a irritarse, como si la discusión versara sobre Dios sabe qué—. Si no ha estado en Polonia, ¿cómo puede hablar de Polonia? Porque usted no se casó en Polonia, ¿a que no?

—No, señor, en la provincia de Smolensk, señor. Pero es que un ulano ya se la había traído a ella, a mi futura esposa, señor, y a su pani-matka y a su tante, y a otra pariente con un hijo mayor, desde Polonia, desde la mismísima Polonia… y me la cedió. Era uno de nuestros tenientes, un hombre muy joven. Al principio quería casarse él mismo con ella, pero al final no se casó porque resultó que era coja… —¿Se casó usted con una coja? —exclamó Kalgánov.

—Con una coja, sí, señor. Entonces ambos me mintieron un poco y me lo ocultaron. Yo creía que ella daba saltitos… que siempre iba dando saltitos, y creía que era de alegría…

—¿De alegría por casarse con usted? —gritó con voz sonora y algo infantil Kalgánov.

—Sí, señor, de alegría. Y resultó que era por algo bien distinto. Después, una vez casados, la misma tarde de la ceremonia, me lo confesó y me pidió perdón con mucho sentimiento, me contó que de joven una vez fue a cruzar un charco de un salto y se lastimó la pierna, ¡ji, ji!.

Kalgánov rompió a reír como un niño y casi se cae en el diván. También se reía Grúshenka. Mitia estaba en la cima de la felicidad.

—¿Sabe, sabe?, ahora ya está diciendo la verdad, ¡ahora sí que no miente! — exclamó Kalgánov, dirigiéndose a Mitia—. Y ¿sabe que estuvo casado dos veces? Está hablando de la primera mujer, la segunda se fugó y vive aún, ¿lo sabía?

—¿De veras? —Rápidamente, Mitia se giró hacia Maksímov con una expresión de asombro en la cara.

—Así es, señor, se fugó, ese disgusto me dio, señor —corroboró Maksímov con modestia—. Con un monsieur, pero lo más importante es que previamente había puesto toda mi aldea a su nombre. «Tú —me decía— eres un hombre instruido, siempre podrás ganarte el pan.» Y así me lió. En una ocasión el venerable obispo me hizo una observación: una de tus esposas era coja, pero la otra corría demasiado, ¡ji, ji!

—¡Escuchen, escuchen! —A Kalgánov le hervía la sangre—. Si miente, y miente a menudo, lo hace únicamente para complacer a todo el mundo, y eso no es ninguna bajeza, ¿verdad que no lo es? ¿Saben?, a veces le tengo mucho aprecio. Es un hombre muy ruin, pero lo es de una forma natural, ¿no? ¿Qué les parece a ustedes? Hay quienes cometen ruindades por cualquier cosa, para sacar beneficios, pero él es así por naturaleza… Imagínense, por ejemplo, que pretende (ayer veníamos discutiéndolo por el camino) que Gógol hablaba de él en Almas muertas. ¿Recuerdan que hay un terrateniente Maksímov al que Nozdriov da una paliza y a éste lo llevan a los tribunales: «por infligir una ofensa personal a Maksímov al azotarlo en estado de embriaguez»? Bueno, ¿se acuerdan? Pues imagínense, ¡dice que ese Maksímov es él y que fue a él a quien azotaron! ¿Cómo es posible? Chíchikov anduvo por ahí, a lo sumo, en los primeros años veinte, así que las fechas no coinciden. No es posible que lo azotaran entonces. No es posible, ¿a que no es posible?

Resultaba difícil imaginarse por qué Kalgánov se había alterado tanto, pero estaba sinceramente alterado. Mitia lo secundaba sin reservas.

—Bueno, pero al final sí que lo azotaron —gritó entre carcajadas.

—No es que me azotaran exactamente, pero fue algo parecido —dijo Maksímov.

—¿Cómo es eso? ¿Le azotaron o no?

—Która godzina, panie? (¿Qué hora es?) —preguntó con aire aburrido el polaco de la pipa al alto de la silla. Éste se encogió de hombros como respuesta: ninguno de los dos tenía reloj.

—¿Por qué no podemos hablar un poco? Dejen hablar a los demás. Como ustedes se aburren, que los demás tampoco hablen —saltó de nuevo Grúshenka, aparentemente con intención de provocarlo. Por primera vez algo se le pasó por la cabeza a Mitia. Esta vez el pan respondió ya con evidente irritación.

—Pani, ja nic nie mówię protiv, nic nie powiedziałem. (Señora, yo no me opongo, yo no he dicho nada.)

Muy bien, pues sigue contando —le dijo Grúshenka a Maksímov, gritando—. ¿Qué hacen todos callados?

—Pero si no hay nada que contar, señores, si no son más que tonterías —respondió enseguida Maksímov con evidente placer y ligera afectación—. En Gógol todo eran alegorías, por eso todos los apellidos son alegóricos: Nozdriov no era Nozdriov, sino Nósov, y Kuvshínnikov ya ni siquiera se parece, porque era Shkvórnev. Pero Fenardi era, en efecto, Fenardi, solo que no era italiano, sino el ruso Petrov, señores, y mademoiselle Fenardi era bonita, señores, con unas bonitas piernas enfundadas en mallas, una falda cortita de lentejuelas y giraba sobre sí misma, pero no cuatro horas, sino solo cuatro minutos, señores… y a todos seducía…

—Ya, pero ¿por qué te azotaron? ¿Por qué? —vociferó Kalgánov.

—Por culpa de Piron, señor —respondió Maksímov.

—¿Qué Piron? —gritó Mitia.

—Piron, el famoso escritor francés, señores. Éramos un grupo grande y estábamos bebiendo en una taberna, era en una feria. Me habían invitado y al principio me puse a recitar epigramas: «¿Eres tú, Boileau? ¡Qué atavío más ridículo!». Y Boileau responde que se dirige a un baile de disfraces, o sea, que va a la bania, ji, ji, y ellos se lo tomaron como algo personal. Así que me apresuré a recitar otro muy conocido entre la gente instruida, uno mordaz, señores: Tú Safo, yo Faón, y no hay porfía, pero, para la inmensa pena mía, no conoces del mar ninguna vía.

»Se ofendieron aún más y empezaron a reñirme de forma muy poco decorosa, y voy yo, para mi desgracia, y para arreglar la situación les conté una anécdota muy culta de Piron, a quien no habían aceptado en la Academia francesa y él, para vengarse, escribió su propio epitafio para su lápida: Ci-gît Piron qui ne fut rien, pas même académicien.

»Me sujetaron y me zurraron.

—Pero ¿por qué? ¿Por qué fue?

—Por mi educación. No son pocos los motivos por los que se puede azotar a un hombre —concluyó Maksímov con brevedad y en tono moralizante.

—Ya basta, todo esto es absurdo, ya no quiero oír más, yo creía que iba a ser divertido —les interrumpió Grúshenka. Mitia se alarmó e inmediatamente dejó de reírse. El polaco alto se levantó de su sitio y, con el aspecto altanero de un hombre que se aburre cuando no está con los suyos, empezó a dar pasos por la habitación, de esquina a esquina, con las manos a la espalda—. ¡Y ahora se pone a dar zancadas! — Grúshenka lo miraba con desprecio. Mitia empezaba a ponerse nervioso; además había notado que el polaco del diván lo observaba con irritación.

¡Pan —gritó Mitia—, bebamos, panie! Y también el otro pan, ¡vamos a beber, panowie! —en un momento acercó tres vasos y sirvió champán.

—Por Polonia, panowie, un brindis por vuestra Polonia, ¡por las tierras polacas! — exclamó Mitia.

—Bardzo mi to miło, panie, wypijem (Con mucho gusto, panie, bebamos) —dijo el polaco del diván con solemnidad y buena disposición, y cogió un vaso.

—Y el otro, ¿cómo se llama? ¡Eh, ilustrísimo señor, coge un vaso! —se afanaba Mitia.

—Pan Wróblewski —le apuntó el pan del diván.

Pan Wróblewski se acercó a la mesa balanceándose y aceptó un vaso.

—¡Por Polonia, panowie, hurra! —gritó Mitia alzando el vaso.

Los tres bebieron. Mitia cogió la botella y volvió a llenar tres vasos.

—¡Ahora por Rusia, panowie, por nuestro hermanamiento!

—Sírvenos también a nosotros —dijo Grúshenka—, yo también quiero beber por Rusia.

—Y yo —dijo Kalgánov.

—A mí también me gustaría… por nuestra Rusita, la vieja abuelita. —Maksímov soltó una risita.

—¡Todos, todos! —exclamaba Mitia—. ¡Posadero, otra botella!

Les sacaron las tres botellas que quedaban de las que había traído Mitia. Él mismo sirvió.

—¡Por Rusia, hurra! —proclamó de nuevo. Bebieron todos excepto los polacos: Grúshenka se acabó su vaso de un trago, pero los polacos ni siquiera tocaron los suyos.

—¿Qué es esto, panowie? —exclamó Mitia—. ¿Y ustedes?

Pan Wróblewski cogió un vaso, lo alzó y dijo con voz estentórea:

—¡Por Rusia con las fronteras de 1772!

—Oto bardzo pięknie! (¡Muy bien dicho!) —gritó el otro polaco y ambos apuraron sus vasos de un trago.

—¡Son unos estúpidos, panowie! —se le escapó de pronto a Mitia.

—Panie! —gritaron los dos polacos en tono amenazante y mirando fijamente a Mitia como dos gallitos. Wróblewski, sobre todo, estaba colérico.

—Ale nie można nie mieć słabości do swojego kraju? (¿Se puede acaso no amar a la propia tierra?) —proclamó.

—¡A callar! ¡Nada de discusiones! ¡No quiero peleas! —gritó Grúshenka con autoridad, dando una patada contra el suelo. Tenía la cara encendida, los ojos le brillaban. El vaso recién bebido empezaba a hacerle efecto. Mitia se asustó muchísimo.

—¡Panowie, perdónenme! Es culpa mía, no lo haré más. Wróblewski, pan Wróblewski, no lo haré más.

¡Tú cállate también! ¡Y siéntate, estúpido! —le gruñó Grúshenka enojada y rabiosa.

Todos tomaron asiento, se miraban en silencio unos a otros.

—Señores, yo he sido el causante de todo —empezó otra vez Mitia sin haber comprendido los gritos de Grúshenka—. Bueno, ¿y qué hacemos aquí sentados?

Habrá que hacer algo… para divertirnos, para divertirnos otra vez.

—Ah, en efecto, esto no es nada divertido —murmuró con pereza Kalgánov.

—Podemos jugar al faro, señores, como antes… —Maksímov soltó su risita. —¿Al faro? ¡Perfecto! —le apoyó Mitia—. Si los panowie… —Późno, panie —respondió de mala gana el polaco del diván.

—Es verdad —confirmó Wróblewski.

—¿Puzno? ¿Qué es eso de puzno? —preguntó Grúshenka.

—Quiere decir que es tarde, pani, tarde, que ya es una hora avanzada —le explicó el polaco del diván.

—¡Para esta gente siempre es tarde! ¡No hay manera con ellos! —Grúshenka casi aullaba del enfado—. Son unos aburridos y por eso quieren que los demás se aburran. Antes de que llegaras, Mitia, también estaban así de callados y no paraban de bufarme…

—¡Mi diosa! —exclamó el polaco del diván—. Co mówisz, to się stanie. Widzę niełaskę i jestem smutny (Veo tu desafecto y por eso estoy triste). Jestem gotów, panie (Estoy listo, señor) —concluyó, dirigiéndose a Mitia.

—¡Empecemos, panie! —respondió éste sacando el dinero del bolsillo y separando dos billetes de cien que dejó sobre la mesa—. Quiero perder mucho contigo, pan. Coge tus cartas, y lleva la banca.

—Las cartas que las ponga el posadero, panie —dijo el polaco pequeño, en tono convincente y serio.

—To najlepszy sposób (Es la mejor forma) —corroboró pan Wróblewski.

—¿Del posadero? Está bien, lo entiendo, pues que sean del posadero. Buena idea, panowie. ¡Cartas! —ordenó Mitia al posadero.

Éste trajo un juego de cartas sin abrir e informó a Mitia de que las mozas ya estaban llegando, de que los judíos con los címbalos también vendrían, seguramente a no tardar, y de que la troika con los víveres aún no había llegado. Mitia se levantó de la mesa y corrió a la sala contigua para prepararlo todo, pero solo habían venido tres muchachas y Maria todavía no estaba. Aunque él tampoco sabía qué disponer ni por qué había salido corriendo: se limitó a ordenar que sacaran de la caja las golosinas, los pirulís y los caramelos blandos y lo repartieran todo entre las jóvenes. «Y vodka para Andréi, ¡vodka para Andréi! —ordenó a toda prisa—. ¡He ofendido a Andréi!» De pronto Maksímov, que había salido corriendo tras él, le tocó en el hombro.

Déjeme cinco rublos —le susurró a Mitia—, no me importaría arriesgar al faro, ji, ji.

—¡Magnífico, perfecto! ¡Toma diez! —volvió a sacar los billetes del bolsillo y buscó diez rublos—. Y si pierdes, ven otra vez, ven…

—De acuerdo, señor —susurró feliz Maksímov y corrió a la habitación.

En ese momento también regresó Mitia y se disculpó por haberlos hecho esperar. Los polacos ya estaban sentados y habían abierto las cartas. Parecían bastante más amistosos, casi cordiales. El polaco del diván se había encendido otra vez la pipa y se preparaba para llevar la banca, en su cara se reflejaba hasta cierta solemnidad.

—Na miejsca, panowie! —anunció pan Wróblewski.

—No, yo no voy a jugar más —respondió Kalgánov—, acabo de perder cincuenta rublos con ellos.

—Pan ha sido nieszczęśliwy, quizá otra vez sea szczęśliwy —comentó, dirigiéndose a él, el polaco del diván.

—¿Cuánto hay en la banca? ¿Hay para cubrir las puestas?

—Słucham, panie, może sto, może dwieście, lo que quiera apostar.

—¡Un millón! —Mitia soltó una carcajada.

—Quizá el capitán haya oído hablar de pan Podwysocki.

—¿Qué Podwysocki?

—En Varsovia, el primero que llega puede apostar contra la banca. Llega

Podwysocki, ve tysiąc złotych y hace su apuesta: va banque. Bankier mówi: «Panie Podwysocki, stawisz złoto czy na honor?». «Na honor, panie», mówi Podwysocki. «Tym lepiej, panie.» El banquero descubre su carta, y Podwysocki se lleva los tysiąc złotych. «Poczekaj, panie», mówi bankier, saca un cajón y le entrega un millón: «Toma, panie, oto jest twój rachunek» (aquí tienes tu cuenta). Había un millón en la banca. «No lo sabía», mówi Podwysocki. «Panie Podwysocki —mówi bankier—, ty stawiłeś na honor, i my na honor.» Podwysocki cogió el millón.

—No es verdad —dijo Kalgánov.

—Panie Kalgánov, w szlachetnej kompanii tak mówić nie przystoi (esas cosas no se dicen en compañía de gente decente).

—¡Pronto te va a dar un millón un jugador polaco! —exclamó Mitia, pero enseguida se contuvo—. Disculpe, panie, lo siento, lo siento otra vez, claro que lo daría, daría un millón, na honor, por su honor de polaco. Mira cómo hablo polaco, ja, ja. Apuesto diez rublos, al valet.

—Y yo un rublito a la damita, la de corazones, la más bonita, la panienochka, ji, ji — se rió Maksímov sacando su dama, y, como si quisiera ocultarla de todos, se inclinó hasta tocar la mesa y rápidamente se santiguó por debajo. Ganó Mitia. También ganó el rublito.

—¡Un cuarto! —exclamó Mitia.

Yo otro rublito, una apuesta simple, una apuesta simple y pequeñita —musitó beatíficamente Maksímov, entusiasmado por haber ganado un rublo.

—¡Pierdo! —gritó Mitia—. ¡Paix al siete!

Perdió también.

—Déjelo —dijo de pronto Kalgánov.

—Paix, paix. —Doblaba la apuesta Mitia, y, apostara a lo que apostara, siempre perdía. Pero los rublitos seguían ganando.

—¡Paix! —aulló Mitia rabioso.

—Ha perdido dwieście, panie. ¿Va a apostar otros dwieście? —preguntó el polaco del diván.

—¿Cómo? ¿Ya he perdido doscientos? Pues ¡otros doscientos! ¡Paix! —Y, sacando el dinero del bolsillo, iba a lanzar doscientos rublos sobre la dama cuando Kalgánov la cubrió con la mano.

—¡Ya basta! —gritó con su voz sonora.

—¿Qué hace? —Mitia lo miraba fijamente.

—¡Ya basta! No le dejo. Ya no va a jugar más.

—¿Por qué?

—Porque sí. Olvídese de todo y váyase, no hay más. ¡No le dejaré seguir jugando!

Mitia lo miraba estupefacto.

—Déjalo, Mitia, puede que tenga razón; ya has perdido mucho —dijo Grúshenka con un tono extraño en la voz. Ambos panowie se levantaron con aspecto de estar terriblemente ofendidos.

—Żartujesz, panie? (¿Estás de broma?) —dijo el polaco pequeño, mirando a Kalgánov con severidad.

—Jak się poważasz to robić? (¿Cómo se atreve a hacer eso?) —también pan Wróblewski le aulló a Kalgánov.

—¡Ni se os ocurra gritar! —gritó Grúshenka—. ¡Ay, qué gallitos!

Mitia los fue mirando a todos, uno a uno; pero de pronto algo en el semblante de Grúshenka le llamó la atención y en ese momento algo completamente nuevo le vino a la cabeza, ¡una idea nueva y extraña!

—Pani Agrypina! —empezó a decir el polaco pequeño, rojo de ira, pero entonces Mitia se acercó hasta él y le dio unas palmadas en el hombro.

—Ilustrísimo señor, ¿me permites dos palabras?

—Czego chcesz, panie? (¿Qué se le ofrece?)

—Vamos a esa otra habitación, ahí al lado, te diré dos palabritas muy bonitas, las más bonitas, quedarás satisfecho.

El polaco pequeño se sorprendió y miró receloso a Mitia. Luego accedió, pero con la condición indispensable de que pan Wróblewski fuera con ellos.

¿Su guardaespaldas? Que venga, también lo necesito. Es hasta imprescindible — exclamó Mitia—. ¡Andando, panowie!

—¿Adónde vais? —preguntó Grúshenka inquieta.

—Volvemos en un momento —respondió Mitia. Cierta audacia, cierto brío inesperado le iluminaba la cara, no era en absoluto la cara con la que había entrado en la habitación una hora antes. Llevó a los polacos al cuarto de la derecha, no a la sala grande donde se estaba reuniendo el coro de las mozas y preparando la mesa, sino a un dormitorio en el que había baúles, cofres y dos camas grandes con un montón de almohadas de percal cada una. En un rincón, en una mesita de tablas, ardía una vela. El polaco y Mitia se instalaron en esta mesa el uno enfrente del otro, y el enorme pan Wróblewski a un lado, con las manos a la espalda. Los polacos miraban a Mitia severos, pero con evidente curiosidad.

—Czym mogę służyć panu? —balbuceó el polaco pequeño.

—Pues verás, panie, no voy a hablar mucho: aquí hay dinero —sacó los billetes—.

¿Quieres tres mil? Cógelos y vete por donde has venido.

El pan lo observaba intrigado, sin pestañear, con la mirada fija en el rostro de Mitia.

—Trzy tysiące, panie? —Intercambió una mirada con Wróblewski.

—Trzy, panowie, trzy. Escucha, panie, veo que eres un hombre razonable. Coge los tres mil y vete al diablo, y llévate a tu Wróblewski, ¿me has oído? Y ahora mismo, en este mismo instante, vas a salir por esa puerta para siempre. ¿Me has entendido, panie? Para siempre, por esa misma puerta. ¿Ahí qué tienes? ¿El abrigo, la pelliza? Ya te lo traigo yo. En un segundo tendrás lista una troika y… do widzenia, panie!

Mitia esperaba convencido una respuesta. No albergaba dudas. En el semblante del polaco se advirtió fugazmente que estaba adoptando una decisión excepcional.

—¿Y los rublos, panie?

—Haremos esto, panie: le doy ahora mismo quinientos rublos, para el cochero y en concepto de adelanto, y los otros dos mil quinientos mañana en la ciudad, le juro por mi honor que los tendrá, ¡los sacaré de debajo de las piedras! —gritó Mitia. Los polacos volvieron a intercambiar una mirada. La cara del pequeño empezó a cambiar a peor—. Setecientos, setecientos, no quinientos, ahora mismo, ¡setecientos ahora en mano! —Mitia subió la cantidad, notando que algo no iba bien—. ¿Qué te pasa, pan? ¿No me crees? No voy a darte los tres mil a la primera. Si te los doy, mañana mismo ya has vuelto con ella… Además, ahora no tengo aquí tres mil, los tengo en casa — balbuceaba asustado, sintiendo que perdía ánimos con cada palabra—, te lo juro, están allí escondidos…

En un momento en el rostro del polaco pequeño empezó a brillar un sentimiento de extraordinaria dignidad:

—Czy nie potrzebujesz jeszcze czego? —preguntó con ironía—. Pfe! A pfe! (¡Qué vergüenza! ¡Qué infamia!) —Y escupió. También escupió pan Wróblewski.

Me escupes, panie —dijo Mitia desesperado, comprendiendo que aquello era el fin—, solo porque esperas sacar más de Grúshenka. ¡Sois unos capones, los dos! ¡Eso es!

—Jestem do żywego dotkniętym! (¡Estoy extraordinariamente ofendido!) —De pronto, el polaco pequeño se puso colorado como un cangrejo y, con viveza, presa de una terrible indignación, salió de la habitación, sin querer oír nada más. Lo siguió Wróblewski, balanceándose, y tras ellos fue Mitia, confuso y abatido. Tenía miedo de Grúshenka, presentía que el polaco iba a organizar una escena. Y así fue. Entró en la habitación y se detuvo teatralmente delante de Grúshenka.

—Pani Agrypina, jestem do żywego dotkniętym! —exclamó, pero Grúshenka ya había perdido toda su paciencia, parecía que le hubieran dado donde más le dolía.

—¡En ruso! ¡Habla en ruso! ¡No quiero oír ni una palabra más en polaco! —le gritó—. Antes hablabas ruso, ¿es que en cinco años se te ha olvidado? —Estaba roja de ira.

—Pani Agrypina…

—Me llamo Agrafiona, me llamo Grúshenka, ¡o hablas en ruso o no quiero escucharte!

El polaco resopló arrogante y, destrozando el idioma ruso, dijo rápida y pomposamente:

—Pani Agrafiona, he venido a olvidar el pasado y a perdonarlo, a olvidar lo que ha habido antes de hoy…

—¿Cómo que a perdonar? O sea, ¿que has venido a perdonarme a mí? —le interrumpió Grúshenka poniéndose en pie de un salto.

—Tak jest, pani (eso es, pani), yo no soy pusilánime, soy magnánimo. Pero byłem zdziwiony (me quedé sorprendido) al ver a tus amantes. En ese cuarto pan Mitia me ofrecía trzy tysiące para que me vaya. Yo escupí al pan a la cara.

—¿Cómo? ¿Que te ha ofrecido dinero por mí? —Grúshenka gritaba histérica—. ¿Eso es verdad, Mitia? Pero ¿cómo te has atrevido? ¿Acaso estoy en venta?

—Panie, panie —chillaba Mitia—, ella es pura y resplandece, ¡yo nunca he sido su amante! En eso mientes…

—Pero ¿cómo te atreves a defenderme delante de él? —Grúshenka seguía gritando—. No he sido pura por virtud o porque tuviera miedo de Kuzmá, sino para poder sentirme orgullosa en su presencia y para tener derecho a decirle, cuando lo encontrara, que es un canalla. Entonces, ¿no te ha cogido el dinero?

—¡Lo habría cogido, claro que sí! —exclamó Mitia—. Solo que quería los tres mil ya, y yo solo le daba setecientos por adelantado.

—Comprendo, se habrá enterado de que tengo dinero y por eso ha venido a casarse.

Pani Agrypina —gritaba el polaco—, soy un caballero, soy un szlachcic, ¡no soy un łajdak! He venido a tomarte como esposa, pero veo una pani nueva, no la misma de antes, sino otra upartą i bez wstydu (caprichosa y desvergonzada).

—¡Pues vuelve por donde has venido! ¡Ahora mismo haré que te echen! —gritó Grúshenka furiosa—. Qué tonta, qué tonta he sido por haberme atormentado así estos cinco años. Y no me atormentaba por él, no, ¡me atormentaba de rabia! Además, éste no es el mismo para nada. ¿Acaso él era así? Éste debe de ser su padre. ¿Y dónde te compraste esa peluca? Aquél era un halcón y éste es un pato. Aquél se reía y me cantaba canciones… Y yo… yo he pasado cinco años entre lágrimas, maldita tonta, ¡qué humillación, qué vergüenza!

Cayó en el sillón y se cubrió la cara con las manos. En ese momento se oyó desde la sala contigua el coro de las muchachas de Mókroie que al fin se había reunido: era una desenfadada canción de baile.

—¡Esto es Sodoma! —rugió de pronto pan Wróblewski—. ¡Posadero, eche a esas desvergonzadas!

El posadero, que llevaba un rato asomándose con curiosidad desde la puerta, al oír gritos, y presintiendo que los huéspedes iban a pelearse, apareció enseguida.

—Pero ¡tú qué haces gritando y desgañitándote! —se dirigió a Wróblewski con una descortesía que resultaba incomprensible.

—¡Animal!

—¿Animal yo? Y tú ¿con qué cartas has jugado? Te he dado mi baraja y ¡la has escondido! ¡Has jugado con cartas marcadas! Puedo mandarte a Siberia por esas cartas marcadas, no sé si lo sabes, es lo mismo que los billetes falsos… —Se acercó al diván, metió los dedos entre el respaldo y el cojín y sacó una baraja de cartas sin abrir.

—Aquí está mi baraja, ¡sin abrir! —Se la enseñó a todo el grupo—. Vi desde allí cómo metía mi baraja en el hueco y hacía el cambio. Un bribón, eso es lo que eres, y no un pan.

—Y yo he visto a ese otro pan cambiar las cartas dos veces —gritó Kalgánov.

—¡Ah, qué vergüenza, qué vergüenza! —exclamó Grúshenka agitando los brazos, y en verdad se había puesto colorada de vergüenza—. ¡Ay, Señor, a lo que ha llegado!

—Yo también lo había pensado —dijo Mitia. Sin embargo, no había acabado de hablar cuando pan Wróblewski, confuso y enrabietado, empezó a gritar a Grúshenka y a amenazarla con el puño.

—¡Vulgar ramera! —Pero apenas tuvo tiempo de terminar la exclamación, porque Mitia ya se había abalanzado sobre él: lo agarró con ambas manos, lo levantó en vilo y en un abrir y cerrar de ojos lo sacó de la sala y lo llevó al cuarto de la derecha, donde acababa de estar con los dos polacos.

—¡Lo he dejado ahí en el suelo! —informó nada más regresar, sofocado por la agitación—. Cómo pelea, el granuja, pero de ahí ya no vuelve… —Cerró una de las hojas de la puerta y, abriendo la otra del todo, le dijo al polaco pequeño—: Ilustrísimo señor, ¿te importaría seguirlo? Przepraszam!

—Pero, bátiushka, Dmitri Fiódorovich —dijo Trifon Borísych—, quítale el dinero que has perdido. Al fin y al cabo, es como si te lo hubieran robado.

—Yo no quiero recuperar mis cincuenta rublos —intervino Kalgánov.

—¡Ni yo mis doscientos! —exclamó Mitia—. No los cogería por nada del mundo, que se los quede, y que le sirvan de consuelo.

—¡Bien dicho, Mitia! ¡Muy bien, Mitia! —exclamó Grúshenka y una nota maliciosa resonó en su exclamación. El polaco pequeño, con la cara púrpura de rabia, aunque sin perder ni un ápice de dignidad, se encaminó a la puerta, pero se detuvo y dijo de repente, dirigiéndose a Grúshenka:

—Pani, jeżeli chcesz iść za mną, idźmy; jeśli nie — bywaj zdrowa (Pani, si quieres venir conmigo, vamos; si no, ¡adiós!)

Y altivo, resoplando de indignación y de ambición, cruzó la puerta. Era un hombre de carácter: después de todo lo que había pasado no había perdido la esperanza de que la mujer se fuera con él, hasta tal punto se valoraba. Mitia cerró de un portazo.

—Cierre con llave —dijo Kalgánov. Pero se oyó el chasquido del cerrojo desde el otro lado: ellos solos se habían encerrado.

—¡Qué bueno! —volvió a gritar Grúshenka, furiosa y despiadada—. ¡Qué bueno!

¡Se lo tienen merecido!

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