Capítulo V
Una decisión repentina
Fenia estaba en la cocina con su abuela, las dos se disponían a acostarse. Confiando en Nazar Ivánovich, tampoco esta vez habían cerrado por dentro. Mitia entró corriendo, se abalanzó sobre Fenia y la agarró por el cuello.
—Dime ahora mismo dónde está, a quién ha ido a ver a Mókroie —vociferaba exaltado.
Las dos mujeres chillaban.
—¡Ay!, se lo diré, ¡ay!, Dmitri Fiódorovich, querido, ahora mismo se lo digo, no me guardaré nada —gritó atropelladamente Fenia, muerta de miedo—. Ha ido a Mókroie, a ver al oficial.
—¿Qué oficial?
—El oficial de antes, el mismo, el de hace cinco años, el que la abandonó y se marchó —prosiguió Fenia, igual de atropelladamente.
Dmitri Fiódorovich apartó la mano del cuello. Estaba pálido como un muerto, mudo, pero en sus ojos se veía que lo había comprendido todo de golpe, con media palabra había comprendido hasta el último detalle y se había dado cuenta de todo. Lo hubiera comprendido o no, en ese momento no estaba para fijarse en la pobre Fenia. Al entrar, la había encontrado sentada sobre el baúl y así seguía ahora, temblando e inmóvil con las manos delante de la cara, como si quisiera defenderse. Lo miraba fijamente con sus pupilas asustadas, dilatadas por el miedo. Aquel hombre, para colmo, tenía las dos manos manchadas de sangre. Además, por el camino, mientras corría, debía de haberse tocado la frente para secarse el sudor de la cara, y también se había embadurnado la frente y la mejilla derecha con manchas rojas de sangre. Fenia estaba a punto de sufrir un ataque de histeria y la vieja cocinera se había levantado bruscamente y miraba como loca, casi había perdido el sentido. Dmitri Fiódorovich se quedó parado un minuto y luego se desmoronó en una silla al lado de ella.
No se sentó para pensar, sino que estaba como asustado, más exactamente estupefacto. Pero todo estaba claro como la luz del día. Ese oficial… lo sabía, lo sabía todo de él, Grúshenka se lo había contado personalmente, sabía que le había enviado una carta un mes antes. Así que a lo largo de todo ese mes lo habían tramado todo en secreto, a sus espaldas, justo hasta la presente llegada del nuevo personaje, ¡y ni siquiera había pensado en él! Pero ¿cómo había podido no pensar en él? ¿Por qué se había olvidado del oficial? ¿Por qué lo había olvidado nada más saber de su existencia? He aquí la pregunta que se alzaba ante él como una especie de monstruo. Y él contemplaba este monstruo realmente asustado, congelado de miedo. Pero de pronto se puso a hablar con Fenia suave y dócilmente, como un niño tranquilo y cariñoso, olvidando por completo que acababa de aterrorizarla, ofenderla y herirla. Con una precisión extraordinaria, sorprendente incluso en su situación, empezó a interrogar a Fenia. Y Fenia, aunque le miraba asustada las manos ensangrentadas, comenzó a responder a cada pregunta también con sorprendente disposición y solicitud, casi como si tuviera prisa por contarle toda «la verdad verdadera». Poco a poco, incluso con cierta alegría, le fue exponiendo todos los detalles, no porque deseara atormentarlo, sino como si deseara de todo corazón hacerle un favor. Le contó hasta el último detalle de ese día, la visita de Rakitin y Aliosha, y cómo ella había montado guardia, cómo se había marchado la señorita y cómo le había gritado a Aliosha por la ventana que le mandaba a él, a Mítenka, un saludo con una reverencia y que «recordara eternamente que ella lo había querido durante una hora». Al oír lo de la reverencia, Mitia de pronto esbozó una sonrisa y sus mejillas pálidas se sonrojaron.
En ese momento Fenia le dijo, sin pizca de miedo por su curiosidad:
—Sus manos, Dmitri Fiódorovich, ¡están llenas de sangre!
—Sí —respondió Mitia mecánicamente, mirándose distraído las manos y olvidándose al instante de ellas y de la pregunta de Fenia. Volvió a sumirse en el silencio. Habían pasado unos veinte minutos desde que entró tan precipitadamente. El susto reciente se le había pasado, pero parecía que lo dominaba ya alguna nueva resolución inexorable. Se puso en pie de repente y sonrió pensativo.
—Señor, ¿qué le ha pasado? —dijo Fenia, volviendo a señalar sus manos: hablaba con compasión, como la criatura más cercana a él en ese momento de dolor.
Mitia se miró las manos de nuevo.
—Es sangre, Fenia —dijo mirándola con expresión extraña—, es sangre humana, ¡Dios mío, por qué la habré derramado! Pero… Fenia… aquí hay una valla —la miraba como si le estuviera proponiendo una adivinanza—, una valla alta y de aspecto terrible, pero… mañana al amanecer, cuando «el sol levante el vuelo», Mítenka saltará esa valla… No entiendes qué valla es ésa, Fenia, pero no pasa nada… Da igual, mañana te enterarás y comprenderás todo… pero ahora ¡adiós! No te molestaré, me hago a un lado, sabré hacerme a un lado. Vive, vida mía… me amaste durante una hora, y recuerda siempre a Mítenka Karamázov… Ella me llamaba Mítenka, ¿te acuerdas?
Y con estas palabras salió de la cocina. Fenia se asustó con esta salida casi más que cuando había entrado corriendo y se había abalanzado sobre ella.
Exactamente diez minutos después, Dmitri Karamázov entraba en casa del joven funcionario Piotr Ilich Perjotin, a quien había dejado en prenda las pistolas. Ya eran las ocho y media y Piotr Ilich, que se había tomado un té en casa, acababa de ponerse de nuevo la levita para ir a la taberna Ciudad Capital a jugar al billar. Mitia lo sorprendió al salir. Éste, al ver su rostro manchado de sangre, soltó un grito:
—¡Dios mío! ¿Qué le ocurre?
Bueno —dijo Mitia rápidamente—, he venido a por las pistolas, le he traído su dinero. Y mi gratitud. Voy con prisa, Piotr Ilich, por favor, rápido.
Piotr Ilich se iba sorprendiendo por momentos: Mitia llevaba en las manos un montón de dinero, pero lo más importante era que lo tenía cogido como nadie coge el dinero y había entrado con él como nadie entra con dinero. Llevaba todos los billetes en la mano derecha como exhibiéndolos, sujetándolos por delante de él. Un chico, el criado del funcionario que había recibido a Mitia en el vestíbulo, diría después que había entrado con el dinero en la mano y que también debía de haberlo llevado así por la calle, con la mano derecha adelantada. Eran todos billetes de cien rublos, de los irisados, y los sujetaba con los dedos ensangrentados. Más tarde Piotr Ilich declararía, ante las preguntas de los interesados en saber cuánto dinero había, que calcularlo a simple vista no era fácil, tal vez fueran dos mil, tal vez tres, pero el fajo era grande, y «bien prieto». El propio Dmitri Fiódorovich, como declaró más tarde, «estaba totalmente ido, pero no borracho, sino como en una especie de éxtasis, muy distraído, aunque al mismo tiempo como concentrado, pensando e intentando resolver algo, pero sin poder tomar una decisión. Tenía mucha prisa, respondía con brusquedad, de forma rara, por momentos parecía que no estaba apenado, sino incluso alegre».
—Pero ¿qué le ocurre, qué le ha pasado? —volvió a gritar Piotr Ilich mirando asustado a su huésped—. ¿Cómo se ha hecho tanta sangre? ¿Es que se ha caído?
¡Mire!
Lo agarró del codo y lo llevó delante de un espejo. Mitia, al ver su rostro lleno de sangre, se estremeció y frunció el ceño enojado.
—¡Demonios! ¡Solo me faltaba esto! —farfulló con rabia, se pasó rápidamente los billetes de la mano derecha a la izquierda y se sacó febrilmente el pañuelo del bolsillo. Pero el pañuelo estaba también lleno de sangre (era el mismo pañuelo con el que había limpiado la cabeza y la cara de Grigori), casi no quedaba ni un trocito blanco y, como había empezado a secarse, se había hecho un pegote duro y no había forma de extenderlo. Mitia lo arrojó con rabia al suelo—. ¡Demonios! No tendrá usted un trapo… para limpiarme…
—Entonces ¿solo se ha manchado? ¿No está herido? Será mejor que se lave — respondió Piotr Ilich—. Ahí está el aguamanil, yo le ayudaré.
—¿Un aguamanil? Está bien… solo que ¿dónde pongo esto? —Con una extraña perplejidad, le señaló a Piotr Ilich el fajo de billetes de cien, interrogándolo con la mirada, como si éste tuviera que decidir dónde debía guardar Mitia su dinero.
—Guárdelo en el bolsillo o déjelo ahí, en la mesa, no se perderá.
—¿En el bolsillo? Claro, en el bolsillo. Eso está bien… No, ¿sabe?, ¡todo esto son sandeces! —gritó, saliendo de pronto de su ensimismamiento—. Verá, primero acabemos con este asunto, el de las pistolas, usted me las devuelve y aquí está su dinero… porque a mí me hace falta… me hace muchísima falta… y no tengo tiempo, lo que se dice ni un momento…
Cogió el primer billete del fajo y se lo alargó al funcionario.
—Pero no tengo cambio —señaló éste—. ¿No tiene uno más pequeño?
—No —dijo Mitia mirando otra vez el montón y, como si dudara de sus palabras, comprobó dos o tres de los primeros billetes—, no, son todos iguales —añadió y volvió a preguntar con la mirada a Piotr Ilich.
—Pero ¿de dónde ha sacado tanto dinero? —preguntó éste—. Espere que envío al chico a la tienda de los Plótnikov. Suelen cerrar tarde, a ver si nos cambian. ¡Eh, Misha! —gritó, volviéndose hacia la entrada.
—A la tienda de los Plótnikov, ¡magnífico! —gritó Mitia, como iluminado por alguna idea—. Misha —se dirigió al chico que acababa de entrar—, mira, corre a la tienda de los Plótnikov y diles que Dmitri Fiódorovich les manda un saludo y que irá ahora mismo… Y escucha, que preparen champán para cuando llegue, tres docenas, y que me las empaqueten como la otra vez, cuando fui a Mókroie… Entonces me llevé cuatro docenas —de repente se dirigió a Piotr Ilich—; ellos ya saben, no te preocupes, Misha —se volvió de nuevo al chico—. Y otra cosa: que también haya queso, pastel de Estrasburgo, pescado ahumado, jamón, caviar, bueno, de todo lo que tengan, unos cien o ciento veinte rublos, como la otra vez… Y, atento, que no se olviden del postre, bombones, peras, dos o tres sandías, o cuatro, bueno, no, es suficiente con una, pero chocolate, pirulís, caramelos de fruta, caramelos blandos, bueno, de todo lo que me empaquetaron la otra vez para Mókroie, que sean como trescientos rublos con el champán… Bueno, que sea todo ahora exactamente igual. Te acordarás, Misha, si es que tú eres Misha, claro… Se llama Misha, ¿no? —volvió a dirigirse a Piotr Ilich.
—Espere —le interrumpió éste, que lo observaba con preocupación—, es mejor que vaya usted y se lo diga, porque él se va a liar.
—Sí, ya veo que se va a liar. Ay, Misha, y yo que quería darte un beso por el recado… Si no te lías, te doy diez rublos, venga, rápido… Champán, lo importante es que saquen el champán, y también coñac, y vino tinto, blanco… todo igual que entonces… Ellos ya saben cómo fue.
—¿Quiere escucharme? —le interrumpió Piotr Ilich ya con impaciencia—. Le digo que es mejor que vaya solo a por cambio y que les diga que no cierren, y ya irá luego usted y se lo encarga personalmente… A ver su billete. Marchando, Misha, rapidito.
Al parecer, Piotr Ilich quería echar de allí a Misha cuanto antes, porque el muchacho no apartaba la vista del rostro ensangrentado y de las manos llenas de sangre que sujetaban un manojo de billetes con dedos temblorosos, y se había quedado parado, boquiabierto por la sorpresa y el miedo, probablemente sin entender casi nada de lo que Mitia le estaba ordenando.
Venga, ahora a lavarse —dijo Piotr Ilich inflexible—. Ponga el dinero en la mesa o guárdeselo en el bolsillo… Muy bien, vamos. Quítese la levita. —Y estaba ayudándolo a quitársela cuando de pronto volvió a gritar—: ¡Mire! ¡La levita también tiene sangre!
—No… no es la levita, es solo un poco en la manga… Y solo aquí, donde estaba el pañuelo. Habrá calado el bolsillo. Me senté encima del pañuelo en la cocina de Fenia, la sangre debe de haberse filtrado —le explicó enseguida Mitia con sorprendente confianza.
Piotr Ilich le escuchaba frunciendo el ceño.
—Qué será lo que ha hecho… Seguro que se ha pegado con alguien —farfulló.
Mitia empezó a lavarse. Piotr Ilich sujetaba el jarro y vertía el agua. Mitia se precipitaba y se enjabonó mal las manos (las manos le temblaban, recordaría más tarde Piotr Ilich). Entonces Piotr Ilich le ordenó que se echara más jabón y se frotara mejor. En ese momento parecía tener cierta autoridad sobre Mitia, cada vez más, a medida que pasaba el tiempo. Señalemos, de paso, que el joven no era nada tímido.
—Mire, no se ha lavado bien debajo de las uñas. Bueno, ahora frótese la cara, aquí, las sienes, las orejas… ¿Piensa ir por ahí con esa camisa? ¿Adónde va usted? Mire, el puño de la manga derecha tiene sangre.
—Sí, es sangre —advirtió Mitia al examinar el puño de la camisa.
—Cámbiesela.
—No tengo tiempo. Pero vea, vea… —continuó Mitia con la misma confianza, mientra se secaba con una toalla la cara y las manos y se ponía la levita—, si doblo por aquí el borde de la camisa, debajo de la levita ya no se ve… ¡Mire!
—Ahora dígame en qué lío se ha metido. ¿Se ha peleado con alguien? ¿Otra vez en la taberna, como aquella vez? ¿No habrá sido otra vez con el capitán, como cuando le golpeó y lo llevó a rastras? —le recordó Piotr Ilich, en tono de reproche—. O habrá zurrado a otro… ¿no habrá matado a alguien, por casualidad?
—¡Qué disparate! —dijo Mitia.
—¿Cómo que disparate?
—Déjelo —dijo Mitia y, de pronto, sonrió—. Lo que pasa es que hace un momento he atropellado a una viejecilla en la plaza.
—¿Atropellado? ¿A una viejecilla?
—¡A un viejo! —gritó Mitia mirando a Piotr Ilich a la cara, riendo y gritándole como si estuviera sordo.
—¡El diablo le lleve! Un viejo, una vieja… ¿Ha matado a alguien o no?
—Hemos hecho las paces. Nos hemos peleado, pero hemos hecho las paces. Allí mismo. Nos hemos separado amigablemente. Era un tonto… me ha perdonado, seguro que ya me ha perdonado… Si se hubiera levantado, no me habría perdonado —de pronto Mitia le guiñó el ojo—, pero ¿sabe?, al diablo con él, ¿lo oye, Piotr Ilich?, ¡al diablo con él! ¡No lo necesito! ¡En este momento no quiero! —concluyó Mitia tajantemente.
—Qué ganas tiene de meterse con todo el mundo… como entonces por esa tontería con el capitán asistente. Se ha peleado y ahora corre a montar una juerga, menudo carácter. Tres docenas de champán, ¿adónde va con tanto?
—¡Bravo! Y ahora las pistolas. Se lo juro, no tengo tiempo. Me encantaría hablar contigo, querido, pero no tengo tiempo. Además, no hace falta, ya es tarde para hablar. ¡Ah! ¿Dónde está el dinero, dónde lo he metido? —gritó y empezó a rebuscar en sus bolsillos.
—Lo ha dejado en la mesa… mire, ahí está. ¿Lo había olvidado? La verdad es que el dinero es como basura o agua para usted. Ahí tiene sus pistolas. Es extraño, hoy mismo, pasadas las cinco, empeña sus pistolas por diez rublos y ahora, fíjese, tiene usted miles. ¿Dos o tres mil, quizá?
—Tres quizá. —Mitia se echó a reír, metiéndose el dinero en un bolsillo lateral del pantalón.
—Ahí lo perderá. ¿Es que tiene una mina de oro?
—¿Una mina? ¡Minas de oro! —exclamó Mitia a voz en grito, y soltó una carcajada—. ¿Quiere una mina, Perjotin? Porque ahí mismo hay una dama que le dará alegremente tres mil, con tal de que vaya a las minas. A mí ya me los iba a dar, huy, ¡le gustan tanto las minas! ¿Conoce a Jojlakova?
—No, pero sé quién es. ¿Acaso ella le ha dado los tres mil? ¿Se los ha soltado así como así? —Piotr Ilich le miraba con desconfianza.
—Mañana, en cuanto el sol levante el vuelo, en cuanto ascienda Febo, eternamente joven, glorificando y alabando a Dios, vaya a su casa, vaya a ver a Jojlakova y pregúntele si me ha soltado esos tres mil o no. Compruébelo usted.
—No sé cuál es su relación con ella… Si usted lo afirma, será que se lo ha dado… Y tiene el dinero bien agarrado, y, en lugar de ir a Siberia, está usted lanzado… Y ¿adónde va usted ahora en realidad?
—A Mókroie.
—¿A Mókroie? Pero ¡si es de noche!
—¡Tenía Mastriuk todo, se quedó Mastriuk sin nada! —dijo Mitia de repente.
—¿Cómo que sin nada? ¿Es que esos miles no son nada?
—No hablo del dinero. ¡Al diablo el dinero! Hablo del carácter femenino. Crédulo es el carácter de la mujer y mudable, deshonesto.
»Estoy de acuerdo con Ulises, fue él quien lo dijo.
—¡No le entiendo!
—¿Es que está borracho?
—No estoy borracho, sino algo peor.
Yo estoy borracho de espíritu, Piotr Ilich, borracho de espíritu, y con eso basta, con eso basta…
—Pero ¿qué está haciendo? ¿Carga la pistola?
—Sí, estoy cargando la pistola.
En efecto Mitia, tras abrir la caja con las pistolas, había quitado el sello al cuerno de la pólvora y, concentrado, la vertía y rellenaba la carga. Después cogió la bala y, antes de introducirla, la sujetó con dos dedos sobre una vela.
—¿Qué hace mirando una bala? —Piotr Ilich lo observaba entre inquieto y curioso.
—Nada, imaginar. Si estuvieras pensando en meterte esta bala en el cerebro, ¿no la mirarías mientras cargas la pistola?
—¿Para qué iba a mirarla?
—Bueno, va a entrar en mi cerebro, así que es interesante echarle un vistazo, saber cómo es… De todos modos, es una tontería, una tontería momentánea. Ya está — añadió, después de meter la bala y encajarla con estopa—. Piotr Ilich, querido, es una tontería, si usted supiera hasta qué punto… Bueno, deme un trocito de papel.
—Ahí tiene.
—No, uno liso, en blanco, para escribir. Eso es. —Y Mitia, que había cogido una pluma de la mesa, escribió rápidamente dos líneas en el papel, lo dobló en cuatro y se lo guardó en el bolsillo del chaleco. Metió las pistolas en la caja, la cerró con llave y cogió la caja. Después miró a Piotr Ilich con una sonrisa larga, pensativa—. Y, ahora, nos vamos.
—¿Adónde nos vamos? No, espere… No estará pensando en meterla en su cerebro, la bala esa… —dijo Piotr Ilich preocupado.
—¡La bala es una tontería! ¡Quiero vivir, amo la vida! Entérese. Y también amo al rubicundo Febo y su cálida luz… Querido Piotr Ilich, ¿sabes hacerte a un lado?
—¿Cómo que hacerme a un lado?
—Dejar el camino libre. Dejar el camino libre a la persona amada y a la persona odiada. Para que lo odiado se convierta en querido… ¡hay que dejarle el camino libre!
Y decirles: «Quedad con Dios, adelante, seguid vuestro camino, mientras yo»… —¿Mientras usted…?
—Es suficiente, vamos.
—Por el amor de Dios, voy a avisar a alguien —Piotr Ilich lo miró— para que no le dejen ir. ¿Para qué quiere ir ahora a Mókroie?
—Hay allí una mujer, una mujer, y ya es suficiente, Piotr Ilich, ¡se acabó!
—Óigame, aunque es usted un salvaje, siempre me ha caído bien… por eso me preocupo.
—Gracias, hermano. Un salvaje, dices. ¡Salvajes, salvajes! No hago más que repetirlo: ¡salvajes! Anda, aquí está Misha, me había olvidado de él.
Misha había entrado corriendo con el dinero cambiado e informó de que en la tienda de los Plótnikov «todos se han puesto en marcha» e iban a sacar las botellas, el pescado, el té… y que enseguida estaría todo listo. Mitia cogió diez rublos y se los tendió a Piotr Ilich; le ofreció otros diez a Misha.
—¡Ni se le ocurra! —gritó Piotr Ilich—. En mi casa no, además, es un regalo pernicioso. Guárdese su dinero, póngalo ahí, ¿qué hace derrochándolo así? Luego mañana le hará falta y vendrá a pedirme diez rublos. Pero ¿por qué se lo mete en el bolsillo lateral? ¡Lo va a perder!
—Escucha, querido amigo, ¿por qué no vamos juntos a Mókroie?
—¿Para qué quiero ir yo?
—Mira, si quieres, descorchamos ahora mismo una botella, ¡beberemos por la vida! Me apetece beber y, sobre todo, me apetece beber contigo. Nunca he bebido contigo, ¿no?
—Está bien, podemos ir a la taberna, yo ya iba hacia allá.
—No tengo tiempo para la taberna, vamos a la tienda de los Plótnikov, a la trastienda. ¿Quieres que te diga una adivinanza?
—A ver.
Mitia sacó del chaleco el papelito, lo desdobló y se lo enseñó. Con letra clara y grande se leía: «¡Me castigo con la muerte por toda mi vida! ¡Castigo toda mi vida!».
—Definitivamente, tengo que avisar a alguien, ahora mismo voy —dijo Piotr Ilich tras leer el papelito.
—No te va a dar tiempo, amigo, vamos a beber, ¡andando!
La tienda de los Plótnikov estaba un par de casas más allá de la de Piotr Ilich, en la esquina de la calle. Era el colmado más importe de nuestra ciudad, era de unos ricos comerciantes y no estaba nada mal. Tenía todo lo que se podía encontrar en cualquier tienda de la capital, toda clase de comestibles: vino «embotellado de los hermanos Yeliséiev», frutas, cigarros, té, azúcar, café y demás. Siempre había tres dependientes más otros dos chicos de reparto. Aunque nuestro país se había empobrecido, los terratenientes se habían dispersado y el comercio estaba estancado, esta tienda prosperaba igual que antes, incluso más cada año: nunca faltan compradores para estos artículos. En la tienda esperaban impacientes a Mitia. Recordaban muy bien que tres o cuatro semanas antes se había llevado también de una vez género de todo tipo y vino por valor de varios cientos de rublos y en dinero contante (no le habrían fiado nada, por supuesto); recordaban que, al igual que ahora, exhibía en sus manos un fajo de billetes irisados y los soltaba a lo loco, sin regatear, sin pensar ni querer pensar en cuánto costaba cada cosa, el vino y lo demás. Después se comentó por toda la ciudad que en aquella ocasión, cuando fue con Grúshenka a Mókroie, «se gastó en una noche y en el día siguiente tres mil rublos de golpe y volvió de la juerga sin nada, como su madre lo trajo al mundo». Movilizó a todo un campamento de cíngaros que en ese momento estaba instalado en los alrededores de nuestra ciudad, y que en dos días, como estaba borracho, le sacaron el dinero a espuertas y bebieron a espuertas del vino más caro. Contaban, riéndose de Mitia, que en Mókroie había emborrachado con champán a los toscos aldeanos, que había dado de comer bombones y pastel de Estrasburgo a las mozas y a las mujeres del pueblo. También se reían en la ciudad, sobre todo en la taberna, contando que el propio Mitia había confesado sincera y públicamente (no se reían delante de él, claro está, reírse delante de él era un tanto peligroso) que por toda esa «escapada» solo había conseguido que Grúshenka «le permitiera besarle el pie, pero nada más».
Cuando Mitia y Piotr Ilich se acercaron a la tienda, en la entrada encontraron una troika ya preparada; en la telega, cubierta con una alfombra, llena de campanillas y cascabeles, el cochero Andréi aguardaba a Mitia. En la tienda ya casi les había dado tiempo a «apañar» una caja con artículos y solo esperaban que apareciera Mitia para clavetearla y cargarla en la telega. Piotr Ilich se sorprendió.
—Pero ¿de dónde has sacado una troika? —le preguntó a Mitia.
—Cuando iba corriendo a tu casa, me encontré con éste, con Andréi, y le ordené que fuera derecho a la tienda. ¡No hay tiempo que perder! La última vez fui con Timoféi, pero ahora a Timoféi échale un galgo, va por delante de mí con una hechicera. Andréi, ¿llevamos mucho retraso?
—Llegarán una hora antes que nosotros, o puede que ni eso, ¡solo nos llevan una hora! —respondió rápidamente Andréi—. Le he preparado el coche a Timoféi, sé cómo van. No llevan nuestra marcha, Dmitri Fiódorovich, nada que ver. ¡No van a sacarnos ni una hora! —remató, enardecido, Andréi, un cochero aún joven y pelirrojo, un muchacho enjuto vestido con poddiovka y con un armiak en la mano izquierda.
—Cincuenta rublos para vodka si solo llegas una hora después.
—Una hora está garantizada, Dmitri Fiódorovich, ni media hora nos sacan, ya no digamos una.
Mitia se afanaba en disponerlo todo, pero hablaba y daba instrucciones de forma extraña, al azar, sin orden alguno. Empezaba una cosa y olvidaba terminarla. Piotr Ilich consideró necesario inmiscuirse y echar una mano.
—Cuatrocientos rublos, ni uno menos, para que todo sea como entonces, punto por punto —ordenaba Mitia—. Cuatro docenas de champán, ni una botella menos.
—¿Para qué tanto? ¿Con qué fin? ¡Espera! —gritó Piotr Ilich—. ¿Qué es esa caja? ¿Qué contiene? ¿De verdad hay aquí cuatrocientos rublos?
Con palabras lisonjeras, los afanosos dependientes enseguida le explicaron que en esa primera caja solo había media docena de botellas de champán y «todo lo necesario para ir empezando»: entremeses, bombones, caramelos y demás. Pero que las «provisiones» principales se empaquetarían enseguida y se enviarían aparte, como la otra vez, en otra telega y también con una troika, y llegarían a tiempo, «si acaso una hora más tarde que Dmitri Fiódorovich».
—No más de una hora, que no sea más de una hora, y meta todos los caramelos que pueda, duros y blandos; a las muchachas les encantan —insistía Mitia con ardor.
—Caramelos, vale. Pero ¿por qué cuatro docenas? Con una es suficiente. —Piotr Ilich empezaba a enfadarse. Se había puesto a regatear, exigía las cuentas, no quería calmarse. Con todo, solo consiguió salvar cien rublos. Acordaron que toda la mercancía enviada no superaría los trescientos rublos—. ¡Por todos los demonios! — gritó Piotr Ilich como si de repente hubiera cambiado de opinión—. ¿Y a mí qué más me da? ¡Tira el dinero, ya que te lo has encontrado!
—Por aquí, amigo, por aquí, no te enfades —Mitia tiró de él hasta la trastienda—. Ahora nos traen una botella y echamos unos tragos. Vamos, Piotr Ilich, vamos juntos porque eres un tipo simpático, me gusta la gente como tú.
Mitia se sentó en una sillita de mimbre junto a una mesa diminuta cubierta con un mantelito sucísimo. Piotr Ilich se colocó enfrente de él y enseguida apareció el champán. Preguntaron si los señores no desearían ostras, «unas ostras de primerísima calidad, recién traídas».
—Al diablo las ostras, yo no las como, y no hace falta nada —soltó Piotr Ilich, enseñando los dientes, casi con rabia.
—Nada de ostras —dijo Mitia—, no tengo apetito. ¿Sabes, amigo? —dijo con emoción—, nunca me ha gustado todo este desorden.
—Y ¡a quién puede gustarle! Por el amor de Dios, tres docenas para unos aldeanos, eso indigna a cualquiera.
—No es eso, me refiero a un orden superior. No hay ese orden en mí, un orden superior… Pero… todo ha terminado, no hay por qué afligirse. ¡Ya es tarde, demonios! Toda mi vida ha sido un continuo desorden y hay que poner orden. ¿Qué te parece el juego de palabras, eh?
—Eso son desvaríos, no juegos de palabras.
—«Gloria al Altísimo en el mundo, ¡gloria al Altísimo en mí!» Estos versos surgieron en mi alma hace tiempo, no es un poema, es una lágrima… Yo mismo los compuse… pero no cuando arrastré de la barba al capitán asistente… —Pero ¿a qué viene hablar de él ahora?
—¿Por qué hablo de él? ¡Sandeces! En resumidas cuentas, todo se acaba, todo se iguala; una línea, y la suma total.
—La verdad, no dejo de pensar en tus pistolas.
—¡Las pistolas también son sandeces! Bebe y no fantasees. Amo la vida, he amado demasiado la vida, tanto que hasta es desagradable. ¡Suficiente! Por la vida, querido, bebamos por la vida, ¡propongo un brindis por la vida! ¿Por qué estoy satisfecho de mí mismo? Soy un canalla, pero estoy satisfecho de mí mismo. Y, sin embargo, me atormenta ser un canalla y estar satisfecho de mí mismo. Bendigo la creación, ahora estoy listo para bendecir a Dios y su creación, pero… hay que aplastar a un insecto nauseabundo para que no se arrastre, para que no arruine la vida a los demás… ¡Bebamos por la vida, querido hermano! ¿Qué hay más valiosos que la vida? ¡Nada, no hay nada! ¡Por la vida y por la reina entre las reinas!
—Bebamos por la vida y puede que también por tu reina.
Vaciaron los vasos. Mitia, aunque estaba exultante y expansivo, parecía algo triste. Era como si pesara sobre él una preocupación grave e insuperable.
—Misha… ¿es tu Misha ese que acaba de entrar? Misha, pequeño, ven aquí, Misha, toma este vaso, bebe por el rubicundo Febo, el que mañana… —Pero ¿por qué se lo ofreces? —gritó Piotr Ilich irritado.
—Bueno, permíteme, ya está, quiero que beba.
—¡Aaaj!
Misha se bebió el vaso, hizo una reverencia y salió corriendo.
—Se acordará más tiempo —observó Mitia—. Amo a una mujer, ¡a una mujer! ¿Qué es la mujer? ¡La reina de la tierra! Estoy triste, triste, Piotr Ilich. ¿Recuerdas a Hamlet? «Estoy tan triste, tan triste, Horacio… ¡Ay, pobre Yorick!» Es posible que yo sea Yorick.
Justamente ahora Yorick; después, la calavera.
Piotr Ilich le escuchaba y guardaba silencio, también Mitia se quedó callado.
—¿Y ese perro? —preguntó de pronto distraído a uno de los dependientes, pues había reparado en un precioso perrito de lanas de ojos negros que estaba en un rincón.
—Es el perrito de Varvara Alekséievna, la dueña —respondió el dependiente—. Se lo ha dejado aquí hace un rato. Habrá que llevárselo.
—Vi uno igual… en el regimiento… —dijo Mitia pensativo—, solo que aquél tenía una pata trasera rota… Piotr Ilich, por cierto, quería hacerte una pregunta, ¿has robado alguna vez en tu vida?
—¿Qué clase de pregunta es ésa?
—Es solo por preguntar. Ya sabes, del bolsillo de alguien, algo ajeno… No me refiero al dinero del Estado, ahí todo el mundo mete la mano, y tú también, claro… —¡Vete al infierno!
—Hablo de algo ajeno, de un bolsillo o de un monedero, ¿eh?
—Una vez le robé a mi madre dos grivny, tenía nueve años, estaban en la mesa. Las cogí sin que me vieran y cerré el puño.
—Bueno, ¿y qué?
—Y nada. Me las quedé tres días, me dio vergüenza, lo confesé y las devolví.
—Bueno, ¿y qué?
—Me zurraron, naturalmente. Pero ¿qué te pasa? ¿Tú nunca has robado?
—Sí que he robado. —Mitia le guiñó el ojo con picardía.
—¿El qué? —Piotr Ilich sintió curiosidad.
—Dos grivny a mi madre, con nueve años, las devolví tres días después. —Acto seguido, Mitia se levantó repentinamente de la mesa.
—Dmitri Fiódorovich, ¿no deberíamos irnos? —gritó Andréi desde la puerta de la tienda.
—¿Todo listo? ¡Vamos! —Mitia se alarmó—. Una última leyenda y… ¡Un vaso de vodka para Andréi, para el camino! Y, aparte de vodka, también coñac, ¡una copa! Esta caja —era el estuche de las pistolas— ponedla debajo de mi asiento. Adiós, Piotr Ilich, no me recuerdes con rencor.
—Pero vuelves mañana, ¿no?
—Sin duda.
—¿Tendría la bondad de liquidar la cuenta ahora? —el tendero casi saltó.
—¡Ah, claro! ¡La cuenta! ¡Sin duda!
Volvió a sacar del bolsillo el fajo de billetes, sacó tres de cien, los lanzó sobre el mostrador y salió rápidamente de la tienda. Todos fueron tras él y, haciendo reverencias, lo despidieron con muestras de respeto y buenos deseos. Andréi carraspeó por el coñac recién bebido y saltó al pescante. Pero no había tenido tiempo Mitia de subir al coche cuando apareció Fenia delante de él de forma totalmente inesperada. Casi sin respiración por la carrera, juntó las manos y se arrojó a sus pies:
—Bátiushka, Dmitri Fiódorovich, tesoro, ¡no le haga daño a la señora! ¡Y yo que se lo he contado todo!… Tampoco le haga daño a él, que fue el primero para ella. Ahora va a casarse con Agrafiona Aleksándrovna, por eso ha vuelto de Siberia… Bátiushka, Dmitri Fiódorovich, ¡no destroce una vida ajena!
—¡Así que era eso! ¡Eso es lo que te traías entre manos! —musitó para sí Piotr Ilich—. Ahora está claro, ahora ya se entiende. Dmitri Fiódorovich, dame ahora mismo las pistolas si quieres ser un hombre —exclamó en voz alta—. ¿Me oyes, Dmitri?
—¿Las pistolas? Espera, amigo, iba a tirarlas a un charco por el camino —respondió Mitia—. Fenia, levántate, no estés ahí tumbada. Mitia no va a hacer daño a nadie, de ahora en adelante este mentecato ya no va a hacer daño a nadie. Fenia —le gritó, ya desde el coche—, hace poco te he ofendido, así que perdóname y ten compasión de mí, perdona a este canalla… Y, si no me perdonas, ¡da igual! ¡Porque ahora ya todo da igual! Arranca, Andréi, ¡volando!
Andréi se puso en marcha; la campanilla tintineó.
—¡Adiós, Piotr Ilich! ¡Para ti es mi última lágrima!…
«No está borracho, pero qué disparates dice», pensó Piotr Ilich siguiéndolo con la mirada. Se disponía a quedarse a vigilar cómo preparaban la carga, en otra troika, con el vino y las demás provisiones, presintiendo que iban a timar a Mitia y enviarle de menos, pero de repente se enfadó consigo mismo, escupió y se fue a la taberna a jugar al billar.
—Es tonto, aunque un buen tipo… —farfullaba por el camino—. Algo he oído de ese oficial de Grúshenka, el «de antes». Bueno, como haya venido… ¡Ay, las pistolas! Pero, demonios, ¿acaso soy su niñera? ¡Que se las lleve! No va a pasar nada. Se les va la fuerza por la boca. Se emborracharán y se pelearán, se pelearán y harán las paces. ¿No es eso lo que hace la gente? ¿Y todo eso de «me haré a un lado» y «me castigo»? ¡No va a pasar nada! Habrá gritado borracho cosas como ésas miles de veces en la taberna. Aunque ahora no está borracho. «Borracho de espíritu», a los canallas les encanta este tipo de frases. ¿Acaso soy su niñera? Seguro que se ha peleado con alguien, tenía toda la cara llena de sangre. ¿Con quién habrá sido? Me enteraré en la taberna. Y ese pañuelo ensangrentado… Demonios, si lo ha dejado en el suelo, en casa… ¡Qué más da!
Llegó a la taberna en una disposición de ánimo horrible y enseguida empezó a jugar. La partida le cambió el humor. Echó otra y de pronto empezó a contarle a uno de los jugadores que Dmitri Karamázov otra vez tenía dinero, unos tres mil, que él mismo los había visto, y que otra vez se había ido de juerga con Grúshenka a Mókroie. Los que le escuchaban lo recibieron con inesperada curiosidad. Y todos empezaron a hablar de ello pero sin reírse, extrañamente serios. Incluso interrumpieron el juego.
—¿Tres mil? Pero ¿de dónde ha sacado tres mil?
Empezaron a hacerle más preguntas. La información sobre Jojlakova les pareció sospechosa.
—¿Y no habrá robado al viejo?
—¡Tres mil! Aquí hay algo raro.
—Se estuvo jactando en voz alta de que iba a matar a su padre, todos lo oímos. Y precisamente habló de tres mil rublos…
Piotr Ilich escuchaba y de repente se volvió frío y parco en las respuestas. No dijo ni una palabra de la sangre que tenía Mitia en la cara y en las manos, aunque de camino a la taberna sí había tenido intención de contarlo. Empezaron una tercera partida, poco a poco se apagó la conversación sobre Mitia, pero, al terminar la partida, Piotr Ilich no quiso seguir jugando, puso el taco en su sitio y, en lugar de cenar como tenía previsto, se fue de la taberna. Al salir a la plaza, se sentía perplejo y casi asombrado de sí mismo. De repente se había dado cuenta de que quería ir a casa de Fiódor Pávlovich para averiguar si había ocurrido algo. «Por una tontería voy a despertar a toda una casa y a armar un escándalo. Ya está bien, ¿acaso soy su niñera?»
Con un humor de perros fue derecho a su casa, y entonces se acordó de Fenia. «Maldita sea, tenía que haberla interrogado —pensó enojado—, ahora lo sabría todo.» Y hasta tal punto prendió en él el deseo más impaciente y obstinado de hablar con ella y enterarse de lo ocurrido que a mitad de camino giró bruscamente y se dirigió a casa de Morózova, donde vivía Grúshenka. Al llegar, llamó al portalón y el golpe, que retumbó en el silencio de la noche, lo devolvió a la realidad y acabó de irritarlo: «¡Aquí también voy a montar un escándalo!», pensó con cierto sufrimiento, pero, en lugar de irse definitivamente, se puso a llamar otra vez y ya con todas sus fuerzas. Toda la calle se alborotó. «¡Pienso seguir llamando hasta que me abran!», farfullaba, y con cada golpe se enfurecía consigo mismo hasta la exasperación, pero, al mismo tiempo, llamaba cada vez con más fuerza.