Capítulo IV
De noche
¿Adónde iba? Es sabido: «¿Dónde iba a estar ella más que en casa de Fiódor Pávlovich? Ha ido allí desde casa de Samsónov, ahora está claro. Toda esta intriga, todos estos engaños ahora quedan al descubierto»… Todo esto le pasaba por la cabeza como un torbellino. No fue por el patio de Maria Kondrátievna: «No hace falta, ninguna falta… Así no darán la voz de alarma… Enseguida me traicionarían, irían a informarlos… Está claro que Maria Kondrátievna está también conchabada, y lo mismo Smerdiakov, sí, ¡están todos comprados!». Cambió de parecer: rodeó la casa de Fiódor Pávlovich por un callejón, atravesó corriendo la calle Dmítrovskaia, cruzó la pasarela y fue a parar directamente al apartado callejón trasero, vacío y desierto, cercado por un lado por la valla de zarzo del huerto vecino y por otro por la valla alta y sólida del huerto de Fiódor Pavlovich. Allí buscó un sitio, al parecer el mismo por el que, según contaba la leyenda que él conocía, Lizaveta la Maloliente se había subido a la valla. «Si ella pudo subirse —Dios sabrá por qué le vino ese pensamiento a la cabeza—, ¿por qué no voy a hacerlo yo?» Y, efectivamente, dio un salto y se las ingenió para agarrarse con una mano a la parte superior de la valla, cogió impulso, hizo un esfuerzo para subirse y se quedó sentado en lo alto. Muy cerca, en el huerto, estaba la bania y también se veían las ventanas iluminadas de la casa. «Ajá, hay luz en el dormitorio del viejo, ¡ella está ahí!», y saltó al huerto. Aunque sabía que Grigori estaba enfermo, que era posible que Smerdiakov lo estuviera también y que no había nadie que pudiera oírlo, instintivamente se escondió, se quedó inmóvil y aguzó el oído. Pero reinaba un silencio mortal y, como hecho aposta, la calma era total, no soplaba el más ligero viento.
«Y solo susurraba el silencio —sin saber por qué le vino este verso a la cabeza—. ¿Habrá oído alguien el salto? Parece que no.» Esperó un minuto y echó a andar en silencio por el huerto, por la hierba; esquivando árboles y arbustos, caminó un buen rato, procurando disimular cada paso y deteniéndose a escuchar a cada paso. Al cabo de unos cinco minutos llegó a las ventanas iluminadas. Recordaba que justo debajo de las ventanas había varios arbustos grandes, altos y frondosos de saúco y de mundillo. La puerta de la casa que daba al huerto, en la parte izquierda de la fachada, estaba cerrada con llave, cosa que comprobó expresa y concienzudamente al pasar. Finalmente alcanzó los arbustos y se escondió detrás de ellos. Contenía la respiración. «Tengo que esperar un poco —pensó—, por si han oído mis pasos y están atentos para asegurarse… con tal de no toser ni estornudar…»
Esperó un par de minutos, su corazón latía con fuerza y por momentos casi se ahogaba. «No, estas palpitaciones no se me van a pasar —pensó—, no puedo esperar más.» Estaba a la sombra de un arbusto, iluminado por delante por la luz de la ventana. «Un mundillo, ¡qué bayas más rojas!», susurró sin saber por qué. Suavemente, con pasos amplios y silenciosos se acercó a la ventana y se puso de puntillas. Toda la alcoba de Fiódor Pávlovich apareció con claridad ante sus ojos. Era una habitación pequeña dividida transversalmente por unos biombos rojos «chinos», como los llamaba Fiódor Pávlovich. «Chinos —recordó Mitia—, y Grúshenka está detrás.» Se puso a observar a Fiódor Pávlovich. Llevaba una bata de seda a rayas nueva —Mitia nunca se la había visto—, con el cinturón de seda de borlas atado. Por debajo del cuello de la bata asomaba ropa blanca limpia y elegante, una fina camisa holandesa con gemelos dorados. En la cabeza llevaba el mismo vendaje rojo que le había visto Aliosha. «Se ha engalanado», pensó Mitia. Fiódor Pávlovich estaba cerca de la ventana, aparentemente meditando; de pronto estiró el cuello, aguzó el oído por un momento y, al no oír nada, se acercó a la mesa, se sirvió media copita de coñac de una licorera y se la bebió. A continuación respiró a pleno pulmón, volvió a quedarse quieto, se acercó distraído al espejo de la entreventana, con la mano derecha se levantó un poco el vendaje rojo de la frente y empezó a examinarse los moratones y las heridas que todavía no se le habían ido. «Está solo —pensó Mitia—, con toda probabilidad está solo.» Fiódor Pávlovich se apartó del espejo, se volvió de pronto hacia la ventana y miró por ella. Mitia, de un salto, se metió entre las sombras.
«Puede que esté detrás de los biombos, puede que ya esté durmiendo», la idea le atravesó el corazón. Fiódor Pávlovich se apartó de la ventana. «Es a ella a quien busca por la ventana, así que no está. ¿Por qué, si no, iba a buscar en la oscuridad?… Está impaciente, se consume…» Mitia volvió a acercarse de un salto y otra vez miró por la ventana. El viejo ya estaba otra vez sentado a la mesa, visiblemente abatido. Finalmente se acodó en la mesa y apoyó la cabeza sobre la mano derecha. Mitia escrutaba con avidez.
«¡Solo, está solo! —se repetía—. Si ella estuviera aquí, tendría otra cara.» Era extraño pero en su corazón empezó a bullir cierto enfado absurdo y extraño por que ella no estuviera. «No es porque ella no esté —Mitia lo había comprendido y él solo se respondió—, es que nunca podré saber con seguridad si está o no.» Mitia recordaría después que en ese momento su cabeza estaba increíblemente despejada y comprendía hasta el último detalle, no se le escapaba nada. Pero la angustia, la angustia del desconocimiento y de la indecisión crecía en su corazón con excesiva rapidez. «Pero ¿está aquí o no?», su corazón palpitaba con rabia. Y de repente se decidió, alargó el brazo y golpeó suavemente el marco de la ventana. Hizo la señal convenida entre el viejo y Smerdiakov, dos primeros golpes más flojos y después tres más rápidos: tuc-tuc-tuc, la señal que indicaba: «Grúshenka ha venido». El viejo se estremeció, levantó la cabeza y se acercó rápidamente a la ventana. Mitia retrocedió de un salto a la sombra. Fiódor Pávlovich abrió la ventana y asomó la cabeza.
—Grúshenka, ¿eres tú? ¿Eres tú? —decía medio susurrando, tembloroso—. ¿Dónde estás, chiquilla, ángel mío, dónde estás? —estaba terriblemente alterado, se ahogaba.
«¡Está solo!», resolvió Mitia.
—¿Dónde estás? —gritó de nuevo el viejo y asomó aún más la cabeza, también los hombros, para mirar por todos lados, a derecha y a izquierda—. Ven aquí, te he preparado un regalito, ven, te lo enseñaré.
«Es el sobre de los tres mil», pensó Mitia.
—Pero ¿dónde estás?… ¿En la puerta? Voy a abrir…
El viejo casi se cae por la ventana al mirar hacia la derecha, hacia donde estaba la puerta del huerto, intentando distinguirla en la oscuridad. Un segundo más, y saldría corriendo a abrir la puerta sin esperar la respuesta de Grúshenka. Mitia miraba de costado sin moverse. Le repugnaba muchísimo el perfil del viejo, la nuez flácida, la nariz de gancho, que sonreía ante la feliz expectativa, los labios, todo estaba vivamente iluminado por la luz oblicua de una lámpara en el lado izquierdo de la habitación. Una rabia terrible, frenética, empezó a agitarse en el corazón de Mitia: ¡ahí estaba, su rival, su verdugo, el verdugo de su vida! Era otro acceso de la misma rabia inesperada, vengativa y frenética que le había anunciado, como presintiéndola, a Aliosha cuatro días antes en el cenador, cuando respondió a su pregunta: «¿Cómo puedes decir que matarás a padre?».
«No lo sé, no lo sé… —dijo entonces—. Quizá no lo mate o quizá sí. Tengo miedo de que en ese momento su cara se vuelva odiosa para mí. Odio la nuez de su garganta, su nariz, sus ojos, su sonrisa obscena. Siento repugnancia física. Eso es lo que me da miedo. No podré contenerme…»
La repugnancia física aumentaba insoportablemente. Mitia estaba fuera de sí y de repente sacó la mano de cobre del bolsillo…
«Dios —diría Mitia después— velaba por mí.» Justo en ese momento el enfermo Grigori Vasílievich se despertó en su lecho. Esa tarde se había aplicado la conocida cura de la que Smerdiakov le había hablado a Iván Fiódorovich, que consistía en frotarse, con ayuda de su mujer, una tintura secreta fortísima a base de vodka y beberse el resto mientras ella murmuraba «una oración» y, después, echarse a dormir. Marfa Ignátievna también bebió y, como no acostumbraba a beber, se quedó dormida como un tronco al lado de su marido. Pero, inesperadamente, Grigori se despertó por la noche, reflexionó un momento y enseguida sintió un dolor agudo en la cintura, aunque se sentó en la cama. Después volvió a quedarse pensativo, se levantó y se vistió rápidamente. Quizá tuviera remordimientos de conciencia por haber estado durmiendo, dejando la casa sin vigilar «en un momento tan peligroso». Smerdiakov, lastimado por la caída, yacía sin moverse en el otro cuchitril. Marfa Ignátievna tampoco se movía. «Esta mujer ya flojea», pensó Grigori Vasílievich y salió al porche gimiendo. Por supuesto, lo único que quería era echar un vistazo desde el porche, porque no tenía fuerzas para andar, el dolor en la cintura y en la pierna derecha era insoportable. Pero entonces recordó que aquella tarde no había cerrado con llave la cancela del huerto. Era un hombre de lo más cuidadoso y puntilloso, un hombre de viejas costumbres que se atenía al orden establecido. Cojeando y contrayéndose de dolor, bajó del porche y se dirigió al huerto. En efecto, la cancela estaba abierta de par en par. Maquinalmente se asomó al huerto, quizá le pareciera haber oído algún ruido; al mirar a la izquierda vio la ventana abierta en el dormitorio del señor, la ventana estaba vacía, ya nadie miraba por ella. «¿Qué hace abierta? No estamos en verano», pensó Grigori y, de pronto, justo en ese momento algo extraño atravesó el huerto. A unos cuarenta pasos corría lo que parecía un hombre, una sombra que se movía con mucha rapidez. «¡Ay, señor!», dijo Grigori y, fuera de sí, olvidándose del dolor en la cintura, se lanzó a cortarle el paso. Atajó, pues conocía el huerto mejor que quien corría; éste se dirigía a la bania, se metió por detrás, se dirigió rápidamente hacia la pared… Grigori lo seguía sin perderlo de vista, corría frenético… Llegó a la valla justo en el momento en que el fugitivo intentaba saltarla. Fuera de sí, Grigori empezó a gritar, se lanzó contra la valla y con las dos manos le agarró la pierna.
En efecto su presentimiento no lo había engañado, lo había reconocido: era él, «el monstruo parricida».
—¡Parricida! —gritó el viejo para que le oyeran alrededor, pero solo le dio tiempo a gritar esto, luego cayó como fulminado por un rayo. Mitia saltó de nuevo al jardín y se inclinó sobre el caído. En las manos llevaba la mano de cobre y, maquinalmente, la arrojó a la hierba. Cayó a dos pasos de Grigori, pero no en la hierba, sino en el sendero, en el lugar más visible. Durante unos segundos contempló a Grigori. La cabeza del viejo estaba llena de sangre; Mitia alargó el brazo y empezó a palparle. Más tarde recordaría claramente que en ese momento deseaba «convencerse plenamente» de si le había roto la cabeza al viejo o solo lo había «aturdido» al golpearle en la coronilla con la mano de mortero. Pero la sangre manaba y manaba y enseguida un chorro caliente empapó los dedos temblorosos de Mitia. Recordaba haber sacado del bolsillo un pañuelo blanco nuevo, del que se había provisto para ir a casa de Jojlakova, y habérselo puesto al viejo en la cabeza, en un intento absurdo de retirarle la sangre de la frente y de la cara. Pero al instante el pañuelo se empapó de sangre. «Señor, para qué hago esto —Mitia, de pronto, recapacitó—, si le he roto la cabeza, cómo lo voy a saber ahora… Aunque en realidad da igual —añadió con desesperación—, si lo he matado, pues lo he matado… Has caído, viejo, así que descansa», dijo en voz alta y saltó la valla, aterrizó en el callejón y echó a correr. Llevaba arrugado en el puño derecho el pañuelo empapado de sangre, se lo guardó en el bolsillo trasero de la levita. Corría desesperado y los pocos transeúntes que se encontraron con él esa noche en las calles de la ciudad recordarían después haber visto a un hombre que corría con rabia. Voló de nuevo a casa de Morózova. Poco antes Fenia, nada más marcharse él, había ido a ver al viejo portero Nazar Ivánovich y le había rogado «en nombre de Dios» que «no dejara entrar más al capitán ni hoy ni mañana». Nazar Ivánovich accedió, pero, como si lo hubieran hecho a propósito, se tuvo que ausentar, pues la señora lo llamó desde arriba. Por el camino se encontró con su sobrino, un joven de unos veinte años que acababa de llegar de la aldea, y le ordenó que se quedara en el patio, pero olvidó hablarle del capitán. Al llegar al portalón, Mitia llamó. El joven lo reconoció al instante: Mitia le había dado propina más de una vez. Le abrió la cancela, le dejó pasar y, con una alegre sonrisa, se apresuró a comunicarle amablemente que «Agrafiona Aleksándrovna no está en casa, señor».
—¿Dónde está, Prójor? —Mitia se detuvo.
—Se fue hace nada, como un par de horas, con Timoféi, a Mókroie.
—¿A qué? —gritó Mitia.
—Eso no puedo saberlo, señor… algo de un oficial, alguien de allá la llamó, enviaron caballos…
Mitia lo dejó allí y corrió como loco a buscar a Fenia.