Conclusión
La viuda del profesor dirigióse precipitadamente a Pavlovsk y corrió a casa de Daría Alexievna. Ésta, ya muy trastornada desde la víspera, experimentó inmenso terror al oír el relato de la visitante. Ambas mujeres resolvieron entrevistarse con Lebedev, quien en su doble calidad de casero y de amigo particular del príncipe, se inquietó no menos que ellas. Vera Lukianovna contó cuanto sabía. Por consejo de Lebedev, los tres se encaminaron a San Petersburgo para «procurar impedir lo que bien podía suceder». La consecuencia fue que, al día siguiente, la policía se personó en casa de Rogózhin, acompañada por las dos señoras, Lebedev y Semen Semiónovich, el hermano de Rogózhin, que habitaba un pabellón contiguo a la casa. El portero proporcionó un dato precioso al indicar que la víspera por la noche había visto a Rogózhin subir la escalera con otra persona, ambos evidenciando el deseo de querer pasar inadvertidos. En vista de este testimonio, se forzó la puerta cuando se comprobó que, pese a los muy repetidos campanillazos, permanecía cerrada.
Rogózhin estuvo enfermo de fiebre cerebral durante dos meses. Pasado aquel tiempo, y curado ya, se le instruyó proceso. Hizo una confesión franca y completa. El príncipe fue dejado al margen de todo desde que comenzó a iniciarse la causa. El delincuente, al ser presentado al tribunal, habló muy poco. Su abogado, hombre hábil y elocuente, quiso probar con mucha claridad y lógica que el crimen había sido cometido bajo el influjo de una dolencia mental que el acusado sufría hacía largo tiempo y cuya base radicaba en ciertos crueles sufrimientos morales. Sin contradecir a su defensor, Rogózhin no dijo nada en apoyo de tal tesis y, como ante el juez de instrucción, se limitó a contar detalladamente el asesinato. Considerado culpable, si bien con algunas circunstancias atenuantes, se le condenó a quince años de trabajos forzados en Siberia, sentencia que oyó pronunciar sin salir de su sombrío silencio. Su inmensa fortuna, de la cual sólo había disipada pequeña parte en la época de las locuras, pasó a su hermano Semen Semiónovich, que la recibió con no escaso contento. La anciana señora Rogonchina vive aún y a veces parece recordar a su querido hijo Parfión, aun cuando sólo conservé de él una memoria muy vaga. Dios ha evitado a la mente y al corazón de la anciana el conocimiento de la catástrofe que ensombreciera su hogar.
Lebedev, Keller, Ganya, Ptitsin y varios otros personajes de nuestro relato prosiguieron haciendo su vida habitual. Nada ha cambiado en sus vidas y poco podríamos decir sobre ellos. Hipólito murió algo antes de lo que se pensaba, es decir, quince días después de Nastasia Filíppovna. Su agonía fue terrible. Kolia quedó muy impresionado por todos aquellos acontecimientos, y ahora vive en relación mucho más estrecha con su madre, la cual considera que su hijo es demasiado melancólico para su edad y se inquieta bastante por él. Es muy probable que Kolia llegue a ser un hombre práctico y útil. Gracias, al menos en parte, a sus gestiones se tomaron las medidas que requería el estado del príncipe Myshkin. Kolia había advertido que entre las personas que tratara últimamente la más capaz de todas era Eugenio Pávlovich Radomsky y, en consecuencia, no vaciló en visitarle. Le contó lo ocurrido y le manifestó la situación en que se encontraba Myshkin. No se había engañado. Radomsky tomó el más fervoroso interés en la futura suerte del desgraciado «idiota», y merced a su activa intervención el príncipe fue llevado de nuevo a Suiza, al sanatorio del doctor Schneider. A la sazón Eugenio Pávlovich se ha ido también al extranjero y piensa pasar bastante tiempo allí, porque se ha convencido y lo confiesa sin rebozo, de que es hombre completamente superfluo en Rusia. Bastante a menudo, es decir, una vez cada dos meses, va a ver a su pobre amigo a casa de Schneider, y a cada visita encuentra al doctor más descorazonado. Schneider mueve la cabeza, arruga el entrecejo, da a entender que las facultades mentales del paciente se encuentran arruinadas casi en definitiva y, si no diagnostica una dolencia incurable, al menos dice lo suficiente para autorizar las más desoladoras conjeturas. Eugenio Pávlovich ha tomado esto muy a pecho y lo siente de todo corazón, porque tiene corazón, como lo acredita la circunstancia de que consiente en recibir cartas de Kolia y hasta incluso contesta algunas veces. Aún se conoce otro curioso detalle acerca de Radomsky, y como habla mucho en su favor nos apresuramos a declararlo. Después de cada una de sus visitas al sanatorio de Schneider, Eugenio Pávlovich no sólo escribe a Kolia, sino también a otra persona de San Petersburgo, a la que da muy detallados informes referentes a la salud del príncipe. Aparte repetidas protestas de la más sincera devoción, esas cartas expresan ciertas opiniones, ciertas ideas, ciertos sentimientos que, vagos al principio, se van precisando cada vez más a medida que se prolongan tales relaciones epistolares, y, en resumen, parecen revelar una amistad íntima y tiernamente fervorosa. La persona a quien esas cartas (poco frecuentes, cierto es) van dirigidas y a quien se atestigua una estima tan cordial, es Vera Lukianovna Lebedevna. No podemos saber con exactitud cuándo se iniciaron semejantes relaciones, pero cabe creer que comenzaron a raíz de lo sucedido al príncipe, hecho que afectó tanto a Vera que casi le costó una enfermedad. Si mencionamos esa correspondencia, se debe a que en ella había referencias a la familia Epanchin y sobre todo a Aglaya Ivánovna. En una carta un tanto incoherente, escrita desde París, Eugenio Pávlovich relataba que Aglaya, tras un breve y fogoso amor con un conde polaco refugiado en Francia, se había casado con él contra la voluntad de sus padres, quienes tuvieron que consentir en el matrimonio para evitar un escándalo. Después de un lapso de seis meses, en el transcurso del cual Vera no tuvo noticias de Eugenio Pávlovich, recibió al fin una carta muy larga y con detalles muy minuciosos, informando a la joven de que, con motivo de la última visita al sanatorio de Schneider, Radomsky había encontrado al príncipe Ch. y a toda la familia Epanchin (excepto, por supuesto, al general, a quien sus ocupaciones retenían en San Petersburgo). La entrevista fue curiosa: todos acogieron a Radomsky con verdadero embeleso. Alejandra y Adelaida le estaban muy agradecidas por su «angelical bondad con el desgraciado príncipe Myshkin». Al saber el estado de enfermedad y decaimiento en que se hallaba el pobre León Nikoláievich, Lizaveta Prokófievna no pudo contener las lágrimas. Sin duda le había perdonado todo. El príncipe Ch. formuló algunos comentarios llenos de oportunidad y buen sentido. Eugenio Pávlovich creía notar que aún no existían comprensión y armonía perfectas entre Adelaida y el príncipe Ch., pero tenía la certeza de que en el porvenir la experiencia y el buen sentido del príncipe acabarían imponiéndose a la impetuosidad de la joven, quien aceptaría aquella dirección de buen grado. Por lo demás, las recientes lecciones sufridas por los suyos habían hecho reflexionar mucho a Adelaida. La triste suerte de su hermana menor no había sido, por supuesto, lo que menos la impresionara. En los seis meses transcurridos, los hechos confirmaron los temores que la familia Epanchin sentían respecto al conde emigrado. Aquel individuo no era en realidad ni conde ni emigrado en el sentido político de la palabra, sino que había debido abandonar su país a consecuencia de un asunto bastante turbio. La noble añoranza de la patria, de que alardeaba tanto el aventurero, era lo que había hecho que Aglaya le encontrase interesante. La joven se enamoró de él de tal manera que, antes de casarse, había incluso entrado a formar parte de una comisión organizada en el extranjero para luchar por la restauración de la nacionalidad polaca, y comenzado a frecuentar, además, el confesionario de un célebre sacerdote católico, quien ejercía gran influjo sobre el ánimo de la joven. Las vastas posesiones de que el supuesto conde polaco presentara pruebas casi irrefutables a Lizaveta Prokófievna y al príncipe Ch., resultaron ser un mito. Pero todo ello no tenía importancia comparado con el hecho de que el «conde» había logrado enemistar completamente a Aglaya con su familia, hasta el extremo de que hacía varios meses que la recién casada no veía siquiera a los suyos. Todavía hubiesen podido contarse muchas otras cosas al respecto, pero aquellas desgracias habían afectado tanto a Lizaveta Prokófievna, a sus hijas y hasta al príncipe Ch., que no se atrevieron a mencionar ciertos hechos en su charla con Radomsky, aunque le suponían completamente informado de la gran equivocación de Aglaya. La pobre Lizaveta Prokófievna anhelaba vivamente volver a Rusia y, siempre según la carta de Eugenio Pávlovich, criticaba con amargura todas las cosas del extranjero. «En ningún sitio se sabe cocer bien el pan —decía a su interlocutor —; en invierno se hielan como ratones en un agujero… Yo, al menos, he llorado como una buena rusa por este pobre hombre —añadió señalando a Myshkin, que no acababa de reconocerlas—. Ya estamos hartos de extravagancias. Todo esto, todo extranjero, y este Occidente, y esta Europa de que tanto hablan ustedes, no es más que una fantasía también… ¡Ustedes mismos se convencerán! ¡Acuérdese de lo que le digo!», había concluido, casi enojada, al despedirse de Eugenio Pávlovich.
FIN