Capítulo III

Minas de oro

Ésta era, precisamente, la visita de Mitia de la que Grúshenka había hablado a Rakitin con tanto miedo. Estaba esperando la llegada de su «estafeta», encantada de que Mitia no hubiera ido ni ese día ni el anterior; tenía la esperanza de que, Dios mediante, no apareciera por allí antes de que ella partiera, pero entonces se presentó de improviso. Lo demás lo conocemos: para deshacerse de él, lo convenció rápidamente de que la acompañara a casa de Kuzmá Samsónov, como si necesitara ir allí a «contar dinero», y una vez que Mitia la hubo acompañado le arrancó la promesa, al despedirse junto al portalón de Kuzmá, de que pasaría a buscarla pasadas las once para acompañarla de vuelta a casa. Mitia también quedó satisfecho con esta decisión: «Si está en casa de Kuzmá, quiere decirse que no irá a ver a Fiódor Pávlovich… siempre que no esté mintiendo», añadió acto seguido. Pero, a simple vista, parecía que no mentía. Dada la índole de sus celos, en cuanto se separaba de la mujer amada ya estaba imaginando Dios sabe qué horrores sobre lo que estaría haciendo, y pensando en cómo lo «engañaba», pero, en cuanto volvía corriendo a su lado, conmovido, abatido e irremediablemente convencido de que la amada se las había ingeniado para engañarlo, con la primera mirada a su rostro, al rostro risueño, alegre y dulce de aquella mujer, su espíritu resucitaba y al instante desaparecía toda sospecha y con dichosa vergüenza se reprendía por sus celos. Después de acompañar a Grúshenka, se fue corriendo a casa. ¡Tenía todavía tantas cosas que hacer! Pero, al menos, se sentía aliviado. «Ahora tengo que interrogar cuanto antes a Smerdiakov y saber si anoche pasó algo, si estuvo ella, esperemos que no, en casa de Fiódor Pávlovich, ¡ay!», se decía. Así que ni tiempo había tenido de llegar a su casa cuando los celos ya estaban escarabajeando de nuevo en su inquieto corazón.

¡Celos! «Otelo no era celoso, sino confiado», observó Pushkin, y ya solo esta observación pone de manifiesto la profunda inteligencia de nuestro gran poeta. Otelo simplemente tenía el alma rota y toda su concepción del mundo se vio enturbiada porque su ideal había sido destruido. Pero Otelo no comenzó a ocultarse, a espiar y a acechar, él confiaba. Al contrario, hubo que provocarlo, sugerirle, excitarlo con considerable esfuerzo para que se diera cuenta de la traición. Los auténticos celosos no son así. No es posible imaginar siquiera toda la deshonra y la decadencia moral con la que es capaz de transigir el celoso sin el menor remordimiento de conciencia. Y no es que sean almas vulgares y sucias. Al contrario, es posible ocultarse bajo las mesas, sobornar a gente infame y acostumbrarse a la inmundicia más ruin del acecho y el fisgoneo teniendo un gran corazón, sintiendo un amor puro, lleno de abnegación.

Otelo no podía de ninguna forma resignarse a la traición —no era incapaz de perdonar, sino de resignarse—, a pesar de que su alma era apacible y pura como el alma de un niño. No sucede lo mismo con un auténtico celoso: ¡es difícil imaginar a qué puede acostumbrarse y resignarse y qué puede perdonar un celoso! Los celosos están más dispuestos a perdonar que los demás hombres, y esto lo saben todas las mujeres. Un celoso puede y es capaz de perdonar (después de una terrible escena, desde luego) muy rápidamente, por ejemplo, una traición que prácticamente ha sido probada, unos abrazos y unos besos que ha visto con sus propios ojos, siempre que al mismo tiempo pueda convencerse de algún modo de que eso ha ocurrido «por última vez» y de que, desde ese momento, su rival va a desaparecer, parte a los confines del mundo, o de que él mismo se lleva a su amada a cualquier sitio donde ya no va a encontrarse con ese terrible adversario. Por supuesto, la reconciliación apenas durará una hora porque, aun en el caso de que el adversario haya desaparecido realmente, al día siguiente el celoso se inventará uno nuevo y empezará a sentir celos de este nuevo rival. Y alguien podría preguntarse qué puede haber en un amor ante el que hay que estar siempre alerta, qué puede valer tanto en un amor para que deba vigilarse con tal esfuerzo. Pero esto nunca lo comprenderá un auténtico celoso, aunque entre ellos en verdad haya personas de gran corazón. Es admirable que estas mismas personas de gran corazón, cuando están en algún cuartucho fisgoneando y espiando, aunque son plenamente conscientes, «con su gran corazón», de la vergüenza a la que se han arrastrado, al menos en ese momento, mientras están en ese cuartucho, no sienten remordimientos de conciencia. En presencia de Grúshenka, los celos de Mitia desaparecían y por un instante se convertía en una persona confiada y noble, incluso se despreciaba por sus malos sentimientos. Pero eso solo significaba que en su amor por esa mujer se encerraba algo bastante más elevado de lo que él suponía, que no era solo pasión, no era solo la «sinuosidad en el cuerpo» de la que le había hablado a Aliosha. Sin embargo, cuando Grúshenka desaparecía, Mitia empezaba automáticamente a sospechar en ella todas las bajezas y perfidias de la traición. Y sin remordimientos de conciencia.

Así pues, los celos volvían a bullir en él. En cualquier caso, debía darse prisa. Lo primero era conseguir algo de dinero, por poco que fuera, dando un sablazo. Los nueve rublos del día anterior casi se habían consumido en el viaje y es sabido que sin dinero no es posible dar un paso en ningún sitio. Pero ya en la telega, al tiempo que ideaba su nuevo plan, también había pensado a quién podía dar ese sablazo. Tenía un par de pistolas de duelo, bastante buenas, con cartuchos; hasta ahora no las había empeñado porque eran su bien más preciado. Hacía tiempo había conocido en la taberna Ciudad Capital a un joven funcionario y allí se había enterado de que a este funcionario, soltero y con posibles, le apasionaban las armas, compraba pistolas, revólveres, dagas, las colgaba por las paredes de su casa, se las enseñaba a los conocidos, se jactaba explicando cual maestro el mecanismo del revólver, cómo cargarlo, cómo disparar, etcétera. Sin pensárselo mucho, Mitia partió en su busca y le propuso que tomara en prenda las pistolas a cambio de diez rublos. Encantado, el funcionario intentó convencerlo de que se las vendiera, pero Mitia no accedió y el joven le entregó diez rublos después de asegurar que no le cobraría intereses. Se despidieron como amigos. Mitia se dirigió rápidamente al patio trasero de Fiódor Pávlovich, al cenador, para llamar cuanto antes a Smerdiakov. De esta suerte, volvió a darse el caso de que, apenas tres o cuatro horas antes de cierto incidente del que hablaré más tarde, Mitia no tenía ni un kopek y había empeñado por diez rublos su pertenencia más querida, y de repente, tres horas más tarde, había miles en sus manos… Pero me estoy adelantando.

En casa de Maria Kondrátievna (la vecina de Fiódor Pávlovich) le esperaba una noticia que le sorprendió y alteró sobremanera, la enfermedad de Smerdiakov. Escuchó la historia de su caída en el sótano, luego la del ataque de mal caduco, la llegada del médico, la inquietud de Fiódor Pávlovich; con curiosidad se enteró de que su hermano Iván Fiódorovich había salido esa misma mañana para Moscú. «Debe de haber pasado por Volovia antes que yo —pensó, pero Smerdiakov le preocupaba en extremo—. ¿Qué va a pasar ahora? ¿Quién va a vigilar, quién me va a tener informado?» Empezó a preguntar con ansia a las mujeres si no habían notado algo la tarde del día anterior. Ellas comprendieron muy bien lo que estaba tratando de averiguar y lo convencieron: no había venido nadie, Iván Fiódorovich había pasado la noche allí, «todo estaba en perfecto orden». Mitia se quedó pensativo. Sin lugar a dudas, también aquella noche tocaba montar guardia, pero ¿dónde? ¿Aquí o junto a la casa de Samsónov? Resolvió que aquí y allí, según su criterio, pero mientras, mientras… El caso era que tenía que poner en marcha su «plan» más reciente, ese nuevo y seguro, ideado en la telega y cuya ejecución ya no era posible posponer. Mitia decidió dedicarle una hora: «En una hora lo habré resuelto todo, me habré enterado de todo y entonces… entonces, iré primero a casa de Samsónov, averiguaré si está allí Grúshenka, y luego regresaré aquí, hasta las once, después otra vez a casa de Samsónov a buscarla para acompañarla de vuelta a casa». Eso fue lo que decidió.

Corrió a su casa, se lavó, se peinó, se cepilló la ropa, se vistió y salió hacia casa de la señora Jojlakova. ¡Ay!, ahí estaba su «plan». Había decidido pedirle prestados tres mil rublos a esta dama. Y, sobre todo, de forma repentina, se había apoderado de él la insólita certeza de que no se los iba a negar. Quizá sorprenda que, estando tan seguro, no hubiera recurrido antes a ella, que formaba parte de su propio círculo, por así decir, en lugar de ir a ver a Samsónov, un hombre de otra clase con el que casi no sabía ni cómo hablar. Pero el caso era que en ese último mes casi había roto su relación con Jojlakova, e incluso antes ya se trataban poco y, sobre todo, él sabía perfectamente que ella no lo soportaba. Esta dama lo había odiado desde el principio simplemente por ser el novio de Katerina Ivánovna, cuando ella por alguna razón lo que quería era que Katerina Ivánovna lo dejara y se casara con el «simpático Iván Fiódorovich, educado como un caballero, que tenía tan buenos modales». Odiaba los modales de Mitia. Éste solía burlarse de ella y en una ocasión dijo que era «tan viva y desenfadada como ignorante». Y he aquí que esa misma mañana, en la telega, se había visto iluminado por una brillante idea: «Ya que no quiere que me case con Katerina Ivánovna, y no lo quiere bajo ningún concepto —Mitia sabía que la idea la ponía histérica—, ¿por qué iba a negarme ahora esos tres mil rublos que, precisamente, me permitirían marcharme de aquí para siempre y dejar a Katia? Esas señoras malcriadas de clase alta, cuando se les antoja algo, no reparan en nada con tal de salirse con la suya. Y, además, es rica», razonaba. En cuanto al «plan» propiamente dicho, era el mismo que el anterior, es decir, se trataba de ofrecerle sus derechos sobre Chermashniá, pero ya no con fines comerciales como a Samsónov, ya no tentando a la dama con la posibilidad de amasar el doble de los tres mil, unos seis o siete mil rublos, sino simplemente como una valiosa garantía por la deuda. Mientras pergeñaba esta nueva idea, Mitia llegó al éxtasis, algo que siempre le sucedía cuando empezaba algo, en todas sus decisiones repentinas. Se entregaba con pasión a cada idea nueva. Aun así, cuando puso el pie en el porche de la casa de la señora Jojlakova, de pronto notó en la espalda un escalofrío de pánico: solo en ese segundo comprendió plenamente, y con claridad matemática, que aquélla sí era su última esperanza, que ya no le quedaba nada más si no le salía bien, «si acaso apuñalar y atracar a alguien por tres mil rublos, pero nada más…». Eran las siete y media cuando hizo sonar la campana.

Al principio la empresa pareció sonreírle: nada más anunciarse, lo recibieron con inusitada rapidez. «Ni que estuviera esperándome», se dijo Mitia y después, nada más ser conducido a la sala, entró la dueña casi corriendo y le confesó sin más que lo esperaba…

—¡Sí, sí, le estaba esperando! No podía imaginarme siquiera que viniera usted a verme, estará usted de acuerdo conmigo, y, sin embargo, le estaba esperando, se sorprenderá de mi instinto, Dmitri Fiódorovich, pero esta mañana estaba convencida de que vendría hoy.

—En efecto, es sorprendente, señora —dijo Mitia mientras tomaba asiento con cierta torpeza—, pero… he venido por un asunto extremadamente importante… importante entre los importantes, para mí, quiero decir, señora, para mí únicamente, es que tengo prisa…

—Sé que es por un asunto importantísimo, Dmitri Fiódorovich, y aquí ya no se trata de ningún presentimiento ni de una retrógrada inclinación a los milagros (¿ha oído lo del stárets Zosima?), esto son matemáticas: usted no podía dejar de venir después de todo lo ocurrido con Katerina Ivánovna, no podía, no podía, es matemático.

—El realismo de la vida real, señora, eso es lo que es. Pero permítame que le exponga…

—Eso es, el realismo, Dmitri Fiódorovich. Ahora estoy totalmente a favor del realismo, estoy demasiado escarmentada con los milagros. ¿Se ha enterado de que ha muerto el stárets Zosima?

—No, señora, es la primera vez que lo oigo. —Mitia se sorprendió un poco. En su cabeza se formó la imagen de Aliosha.

—Esta noche, y figúrese…

—Señora —la interrumpió Mitia—, yo solo me figuro que estoy en una situación desesperadísima y que, si usted no me ayuda, todo se hundirá y yo me hundiré el primero. Perdone por la trivialidad de la expresión, pero estoy ardiendo, tengo fiebre…

—Lo sé, sé que tiene usted fiebre, lo sé todo, y usted no puede encontrarse en otro estado de ánimo y, diga usted lo que diga, yo lo voy a saber de antemano. Hace mucho que vengo pensando en su destino, Dmitri Fiódorovich, yo velo por usted y he llegado a conocerle… Huy, créame, soy un doctor de almas experimentado, Dmitri Fiódorovich.

—Señora, si usted es un doctor experimentado, yo soy un enfermo experimentado —Mitia se obligó a hacerle un cumplido—, y presiento que, ya que tanto vela usted por mi destino, podrá favorecerlo en el momento de su perdición, pero para ello permítame que le exponga el plan con el que he tenido la osadía de presentarme… y lo que espero de usted… He venido, señora…

—No lo exponga, eso es secundario. Y, si hay que ayudarle, no será el primero al que ayudo, Dmitri Fiódorovich. Seguramente habrá oído hablar de mi prima Belmésova: su marido estaba perdido, hundido, como ha dicho usted de forma tan característica, Dmitri Fiódorovich, pues bien, yo lo orienté hacia la cría de caballos de raza y ahora está prosperando. ¿Usted entiende de cría de caballos, Dmitri Fiódorovich?

—No tengo la menor idea, señora, ¡ni la menor idea! —exclamó Mitia impaciente y nervioso, casi poniéndose de pie—. Solo le suplico, señora, que me escuche, déjeme hablar libremente apenas dos minutos para que pueda, en primer lugar, exponerle todo, todo el proyecto que me ha traído aquí. Además, me falta tiempo, ¡tengo muchísima prisa! —gritó histérico, viendo que ella iba a ponerse a hablar otra vez y con la esperanza de acallarla—. He venido aquí desesperado… en el último grado de la desesperación, para pedirle a usted dinero prestado, tres mil rublos, prestados, pero con una garantía segura, segurísima, señora, ¡de una seguridad total! Pero permita que se lo explique.

—¡Después, todo eso después! —la señora Jojlakova, a su vez, agitaba los brazos— ; y todo lo que pueda decirme lo sé de antemano, ya se lo he dicho. Usted pide una cantidad, necesita tres mil, pero yo le daré más, infinitamente más, le salvaré, Dmitri Fiódorovich, pero ¡tiene que obedecerme!

Mitia volvió a saltar de su asiento.

—Señora, ¡cómo puede ser usted tan buena! —exclamó con extraordinaria emoción—. Me ha salvado, Dios mío. Ha salvado a un hombre de una muerte violenta, señora, de un disparo de pistola… Mi eterno agradecimiento…

—¡Le daré infinitamente más, infinitamente más de tres mil rublos! —gritaba la señora Jojlakova observando con una sonrisa radiante el entusiasmo de Mitia.

—¿Infinitamente? No hace falta tanto. Necesito solo esos tres mil rublos fatídicos para mí y, por mi parte, he venido a garantizarle esa cantidad con gratitud infinita y le propongo un plan que…

—Ya ha dicho y hecho suficiente, Dmitri Fiódorovich —le atajó la señora Jojlakova con la pudorosa solemnidad de una benefactora—. He prometido salvarle y lo haré. Le salvaré igual que a Belmésov. ¿Qué opina de las minas de oro, Dmitri Fiódorovich?

—¿De las minas de oro, señora? Nunca he pensado en ellas.

—Sin embargo, yo lo he hecho por usted. He pensado y mucho. Hace un mes que le vengo observando con ese fin. Cien veces le he mirado cuando le veía pasar y me repetía: ahí va la persona enérgica que se necesita para las minas. Incluso he estudiado su forma de andar y me decidí: este hombre encontrará muchas minas.

—¿Por la forma de andar, señora? —Mitia sonrió.

—Sí, claro, por la forma de andar, ¿acaso niega que pueda conocerse el carácter por la forma de andar, Dmitri Fiódorovich? Las ciencias naturales lo confirman. Oh, ahora soy realista, Dmitri Fiódorovich. Desde hoy, después de toda esa historia en el monasterio que tanto me indispuso, soy una completa realista y quiero lanzarme a la actividad práctica. Estoy curada. ¡Suficiente!, como dijo Turguénev.

—Pero, señora, los tres mil que con tanta generosidad ha prometido prestarme…

—No se le escaparán, Dmitri Fiódorovich —le interrumpió al instante Jojlakova—, esos tres mil los tiene de todas formas en el bolsillo, y no tres mil, sino tres millones, Dmitri Fiódorovich, ¡y en poquísimo tiempo! Le explicaré la idea: usted descubrirá unas minas, conseguirá millones, regresará y se convertirá en un hombre de acción, y también a nosotros nos pondrá en marcha, orientándonos hacia el bien. ¿O acaso hay que dejárselo todo a los judíos? Levantará edificios y fundará toda clase de empresas. Ayudará a los pobres y éstos le bendecirán. Estamos en el siglo del ferrocarril, Dmitri Fiódorovich. Usted será famoso e imprescindible para el Ministerio de Finanzas, que ahora anda tan necesitado. La caída de nuestro rublo no me deja dormir, Dmitri Fiódorovich, esta faceta mía apenas se conoce…

—¡Señora, por favor! —volvió a interrumpir Dmitri Fiódorovich con un presentimiento inquietante—, es muy, muy posible que siga su consejo, su sabio consejo, señora, y me ponga rumbo a… a esas minas… y vendré otra vez a hablar con usted de ello… incluso muchas veces… pero ahora los tres mil rublos que con tanta generosidad… Ay, me sacarían del aprieto, y si fuera posible hoy… Es decir, verá, ahora no tengo tiempo, ni una hora…

—Suficiente, Dmitri Fiódorovich, ¡suficiente! —le interrumpió con firmeza la señora Jojlakova—. La pregunta es: ¿va a ir usted o no a las minas? ¿Ha tomado ya una decisión? Responda matemáticamente.

—Iré, señora, después… Iré a donde quiera, señora, pero ahora…

—¡Espere! —gritó la señora Jojlakova, se puso en pie de un salto, se abalanzó sobre un espléndido escritorio con innumerables cajoncitos y empezó a abrir uno tras otro buscando algo con mucha urgencia.

«¡Los tres mil! —pensó Mitia petrificado—, y así, de repente, sin ningún papel, sin documentos… ¡Oh, es como un pacto entre caballeros! Es una mujer admirable, si no fuera tan parlanchina…»

—¡Aquí está! —gritó exultante la señora Jojlakova dirigiéndose a Mitia—. ¡Esto es lo que buscaba!

Era un icono de plata minúsculo con un cordón, de los que se llevan a veces al cuello junto con un crucifijo.

—Es de Kiev, Dmitri Fiódorovich —dijo con veneración—, de las reliquias de santa Bárbara, mártir. Permítame que se lo ponga al cuello y así bendecirle para su nueva vida y sus nuevas hazañas.

Y, efectivamente, le puso la imagen en el cuello y empezó a colocársela. Confuso, Mitia se inclinó un poco hacia delante y la ayudó, se colocó la imagen en el pecho, pasándola por la corbata y el cuello de la camisa.

—¡Ahora ya puede ir! —dijo la señora Jojlakova volviendo a sentarse solemnemente.

—Señora, estoy conmovido… ni siquiera sé cómo agradecerle, son tantos sentimientos, pero… si supiera lo valioso que es mi tiempo ahora… Esa cantidad que espero de su generosidad… Ay, señora, si tuviera la bondad, si fuera tan generosa conmigo —exclamó Mitia inspirado—, permítame que le confiese… que, bueno, usted ya lo sabe… sabe que amo aquí a cierta criatura… He engañado a Katia… a Katerina Ivánovnva, quiero decir. Ay, he sido inhumano y deshonesto con ella, pero aquí me enamoré de otra… de una mujer que quizá usted desprecie, señora, porque usted ya sabe toda la historia, pero yo nunca podré dejarla, de ninguna manera, y por eso ahora esos tres mil…

—¡Déjelo todo, Dmitri Fiódorovich! —le cortó la señora Jojlakova con tono resuelto—. Déjelo todo, en especial a las mujeres. Su objetivo ahora son las minas, y no hay ninguna necesidad de llevar mujeres allí. Después, cuando regrese con dinero y gloria, encontrará a la compañera de su corazón entre la alta sociedad. Será una joven moderna, con conocimientos y sin prejuicios. Precisamente para entonces habrá madurado la cuestión de la mujer que ahora está empezando y aparecerá una mujer nueva…

—Señora, no se trata de eso, no… —imploraba Dmitri Fiódorovich.

—Sí, Dmitri Fiódorovich, justamente eso es lo que usted necesita, lo que ansía sin saberlo. Yo no estoy al margen, ni mucho menos, de la actual cuestión de la mujer, Dmitri Fiódorovich. El progreso de la mujer e incluso el papel político de la mujer en un futuro próximo, éstos son mis ideales. Yo también tengo una hija, Dmitri Fiódorovich, esta otra faceta mía tampoco se conoce apenas. He escrito sobre esto al escritor Shchedrín. Este escritor me ha enseñado tanto, tantas cosas me ha enseñado del destino de la mujer que el año pasado le envié una carta anónima con dos líneas: «Le envío un abrazo y un beso, querido escritor, por la mujer moderna, siga así». Y firmé: «Una madre». Estuve a punto de firmar «una madre contemporánea», pero dudé y me quede solo con «una madre», tiene más belleza moral, Dmitri Fiódorovich, además, la palabra «contemporánea» le hubiera recordado a El Contemporáneo, un recuerdo amargo para él en vista de la actual censura… Ay, Dios mío, ¿qué le ocurre?

—Señora —Mitia saltó al fin, juntando sus manos ante ella en una súplica impotente—, me va a hacer llorar, señora, si sigue retrasando lo que con tanta generosidad…

—¡Llore, Dmitri Fiódorovich, llore! Es un sentimiento hermoso… ¡le espera un buen camino! Las lágrimas le aliviarán, regresará después y se alegrará. Vendrá derecho de Siberia, galopando hasta mí, para compartir conmigo su alegría…

—Pero permítame —Mitia ya vociferaba—, se lo ruego por última vez, dígame, ¿puedo recibir hoy de usted la cantidad prometida? Si no, ¿cuándo debo venir a buscarla?

—¿Qué cantidad, Dmitri Fiódorovich?

—Los tres mil que me ha prometido… los que con tanta generosidad…

—¿Tres mil? ¿Rublos? No, no, yo no tengo tres mil rublos —dijo la señora Jojlakova entre tranquila y sorprendida. Mitia se quedó atónito.

—Cómo que… pero si ahora mismo… usted ha dicho… incluso que era como si ya los tuviera en el bolsillo…

—Huy, no me ha entendido bien, Dmitri Fiódorovich. Si piensa eso, es que no me ha entendido bien. Yo le hablaba de las minas… Es cierto que le he prometido más, infinitamente más que tres mil, lo recuerdo bien, pero yo me refería a las minas.

—Pero ¿el dinero? ¿Los tres mil? —exclamó tontamente Dmitri Fiódorovich.

—Ah, si usted está hablando de dinero, yo no lo tengo. Ahora no tengo nada, Dmitri Fiódorovich, precisamente ahora estoy batallando con mi administrador y hace unos días le pedí prestados quinientos rublos a Miúsov. No, no tengo dinero. Y sepa usted, Dmitri Fiódorovich, que si lo hubiera tenido, no se lo habría dado. En primer lugar, yo no le presto a nadie. Prestar dinero implica reñir. Y a usted, especialmente a usted no se lo habría prestado, porque le aprecio, por eso no se lo habría dado, para salvarle, no se lo habría dado porque usted solo necesita una cosa: minas, minas, ¡minas!…

—¡Oh, que el diablo…! —rugió Mita y soltó un puñetazo en la mesa con todas sus fuerzas.

—¡Ay, ay! —gritó Jojlakova asustada y se alejó hasta la otra punta de la sala.

Mitia escupió y con pasos rápidos salió del cuarto, de la casa, a la calle, ¡a la noche! Andaba como loco golpeándose el pecho, en el mismo punto del pecho donde se había golpeado dos días antes en presencia de Aliosha, la última vez que lo había visto, a la caída de la tarde, en el camino. Qué significaban esos golpes en el pecho en el mismo punto y qué quería señalar de ese modo, de momento era un secreto que nadie en el mundo conocía y que ni siquiera había revelado a Aliosha entonces, pero ese secreto encerraba para él algo más que la deshonra, encerraba la derrota y el suicidio, así lo había decidido si no conseguía los tres mil rublos para pagar a Katerina Ivánovna y con ello arrancar de su pecho, «de ese punto del pecho», la deshonra que cargaba en él y que tanto pesaba en su conciencia. Todo eso le quedará claro al lector más adelante, pero ahora, después de que se esfumara su última esperanza, este hombre tan fuerte físicamente no había dado más que unos pocos pasos desde la casa de la Jojlakova cuando de pronto rompió a llorar como un niño pequeño. Caminaba sin sentir y se secaba las lágrimas con el puño. Así salió a la plaza y de pronto vio que tropezaba. Se oyó el chillido de una viejecita a la que había estado a punto de derribar.

—¡Ay, Señor, por poco no me matas! ¡Vas por ahí sin mirar, golfo!

—¿Cómo? ¿Es usted? —gritó Mitia al ver bien a la vieja. Era la criada que servía a Kuzmá Samsónov y en la que había reparado el día anterior.

—¿Y usted quién es, bátiushka? —dijo la vieja ya en un tono totalmente distinto—.

No puedo reconocerle en esta oscuridad.

—Usted estaba en casa de Kuzmá Kuzmich, es su criada.

—Así es, bátiushka, he ido un momento a ver a Prójorych… Me parece que no le reconozco.

—Dígame, mátushka, ¿Agrafiona Aleksándrovna está allí ahora? —dijo Mitia fuera de sí por la espera—. La he acompañado hasta allí hace poco.

—Ha estado, bátiushka, vino, se quedó un rato y se marchó.

—¿Qué? ¿Se ha ido? —gritó Mitia—. ¿Cuándo?

—Pues nada más llegar, solo estuvo un minuto. Le contó una historia a Kuzmá Kuzmich, lo hizo reír y se fue corriendo.

—¡Mientes, maldita! —Mitia vociferaba.

—¡Ay, ay! —gritaba la vieja, pero Mitia ya había desaparecido, había echado a correr a casa de Morózova. Justo en ese momento Grúshenka se dirigía hacia Mókroie, no había pasado más de un cuarto de hora desde su partida. Fenia estaba con su abuela, la cocinera Matriona, en la cocina cuando entró corriendo el «capitán». Al verlo, Fenia soltó un fuerte grito.

—Así que gritamos… —vociferó Mitia—. ¿Dónde está? —Pero, sin dar tiempo a responder a Fenia, que estaba aturdida por el miedo, se derrumbó a sus pies—: Fenia, por el amor de Dios, dime, ¿dónde está?

—Bátiushka, no sé nada, mi querido Dmitri Fiódorovich, no sé nada, aunque me mate, no sé nada —Fenia juraba y perjuraba—, si usted salió con ella hace nada… —Pero ¡ella volvió!

—No ha venido, corazón, por Dios se lo juro, ¡no ha venido!

—Estás mintiendo —gritó Mitia—, tu miedo te delata, ¿dónde está?

Corrió a la calle. La aterrada Fenia estaba contenta de que todo hubiera acabado bien, pero comprendía perfectamente que, si no hubiera tenido él tanta prisa, quizá no se habría librado. Aunque fue todo muy rápido, Mitia aún había tenido tiempo de sorprender a Fenia y a la vieja Matriona con una ocurrencia totalmente inesperada: en la mesa había un mortero de cobre con su mano, una mano de cobre pequeña, que no pasaría de un cuarto de arshín de largo. Mientras salía, y ya con la puerta abierta, Mitia cogió al vuelo la mano del mortero, se la guardó en un bolsillo lateral y se esfumó. —¡Ay, señor, quiere matar a alguien! —Fenia juntó las manos.

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