Capítulo V

Desgarro en la sala

Pero en la sala la conversación ya estaba a punto de concluir; Katerina Ivánovna era presa de una gran excitación, aunque se la veía decidida. Justo cuando entraban Aliosha y la señora Jojlakova, Iván Fiódorovich se levantaba para irse. Tenía la cara algo pálida, y Aliosha lo miró con preocupación. En ese momento, a Aliosha se le aclaró una duda, un inquietante enigma que lo atormentaba desde hacía algún tiempo. Hacía cosa de un mes, distintas personas, en diversas ocasiones, le habían insinuado que su hermano Iván amaba a Katerina Ivánovna y, sobre todo, que tenía el firme propósito de «quitársela» a Mitia. A Aliosha, hasta hacía muy poco, semejante idea le había parecido aberrante, sin dejar de producirle un gran desasosiego. Él quería a sus dos hermanos y le aterraba que existiera entre ellos esa rivalidad. Sin embargo, el día anterior el propio Dmitri Fiódorovich le había manifestado claramente que hasta le alegraba que Iván fuera su rival y que para él, para Dmitri, eso representaba incluso una estimable ayuda. Una ayuda ¿en qué sentido? ¿Tal vez porque así podría casarse con Grúshenka? Pero, en opinión de Aliosha, ésa sería una solución desesperada y extrema. Aparte de eso, hasta la misma víspera había creído, sin sombra de duda, que Katerina Ivánovna amaba apasionada y obstinadamente a su hermano Dmitri; pero solo lo había creído hasta la víspera. Para colmo, tenía la vaga sensación de que ella no podía amar a alguien como Iván y amaba, en cambio, a su hermano Dmitri, pero lo amaba tal y como era, pese a lo aberrante de semejante amor. El día anterior, sin embargo, durante la escena con Grúshenka, Aliosha había cambiado repentinamente de parecer. La palabra «desgarro», pronunciada hacía un rato por la señora Jojlakova, casi lo había hecho estremecerse, porque precisamente aquella noche, en el duermevela del alba, él también había exclamado repentinamente, acaso en respuesta a algo visto en sueños: «¡Desgarro, desgarro!». Y es que se había pasado toda la noche soñando con la escena vivida en casa de Katerina Ivánovna. Ahora, de pronto, la declaración, rotunda y firme, de la señora Jojlakova, según la cual Katerina Ivánovna amaba a Iván y se engañaba a sí misma deliberadamente, solo en virtud de alguna clase de juego, de un «desgarro», y se torturaba con su fingido amor a Dmitri, debido a una especie de presunta gratitud, había impresionado a Aliosha: «¡Sí, es muy posible que toda la verdad resida, en efecto, en esas palabras!». Pero, en tal caso, ¿en qué situación quedaba su hermano Iván? Aliosha sentía, de manera instintiva, que una mujer con el carácter de Katerina Ivánovna necesitaba a toda costa ejercer su autoridad, pero ella podía dominar únicamente a alguien como Dmitri, jamás a un hombre como Iván. Pues solo Dmitri (aunque a largo plazo, admitámoslo) podría someterse a ella finalmente, «por su propia dicha» (cosa que Aliosha hasta habría deseado), pero Iván no, Iván sería incapaz de someterse, aparte de que semejante sumisión a él nunca le daría la felicidad. Tal era la idea que Aliosha, sin saber ni cómo, se había hecho de Iván. Y todas esas dudas y conjeturas le vinieron a la cabeza en el momento preciso en que entró en la sala. Y otra idea cruzó su pensamiento, una idea súbita e irreprimible: «¿Y si ella no quiere a ninguno, ni al uno ni al otro?». Conviene destacar que Aliosha se sentía como avergonzado de tales ideas y que en el último mes se las había reprochado cada vez que se le habían pasado por la cabeza. «Como si yo supiera algo del amor o de las mujeres para poder llegar a semejantes conclusiones», se recriminaba después de cada una de sus reflexiones o suposiciones. Sin embargo, no podía dejar de pensar. Su instinto le decía, por ejemplo, que para el destino de sus dos hermanos aquella rivalidad había adquirido una gran trascendencia, y muchas otras cosas dependían de ella. «Un reptil devorará a otro reptil», había sentenciado la víspera su hermano Iván, irritado, refiriéndose a su padre y a su hermano Dmitri. Así pues, ¿Dmitri era a sus ojos un reptil, y tal vez ya lo era hacía tiempo? ¿No lo sería desde que su hermano Iván había conocido a Katerina Ivánovna? Aquellas palabras, naturalmente, se le habían escapado sin querer a Iván el día anterior, pero por eso mismo resultaban aún más importantes. En tal caso, ¿qué paz podía haber entre ellos? ¿No eran aquéllos, por el contrario, nuevos motivos para el odio y la enemistad en su familia? Y, lo que es más importante, él, Aliosha, ¿de quién tenía que compadecerse? Los quería a los dos, pero ¿qué debería desearle a cada uno en medio de tan tremendas contradicciones? Entre tanta confusión era fácil perderse, pero el corazón de Aliosha no podía soportar la incertidumbre, porque su amor siempre había tenido un carácter activo. No podía amar pasivamente: en cuanto sentía amor, inmediatamente se mostraba dispuesto a ayudar. Pero para eso tenía que fijarse una meta, tenía que saber con certeza qué era lo que le convenía a cada uno, cuáles eran sus necesidades; de ese modo, como es natural, una vez establecido con precisión el objetivo, podría ayudar a los dos. Pero allí, en lugar de un objetivo preciso, lo único que había era enredo y confusión. ¡Se había hablado de «desgarro»! ¿Cómo podía aclararse siquiera en medio de tanto desgarro? ¡No entendía ni media palabra de todo aquel embrollo!

Al ver a Aliosha, Katerina Ivánovna, muy animada, le dijo enseguida a Iván Fiódorovich, que ya se había levantado, dispuesto a marcharse:

—¡Un momento! ¡Quédese un poco más! Me gustaría oír la opinión de esta persona, en quien confío ciegamente. Katerina Ósipovna, quédese usted también — añadió, dirigiéndose a la señora Jojlakova; le ofreció asiento a Aliosha al lado suyo, mientras Jojlakova se sentaba enfrente, cerca de Iván Fiódorovich—. Ustedes, queridos míos, son los únicos amigos que tengo en el mundo —empezó a decir vehementemente, con una voz en la que temblaban sinceras lágrimas de pesar, y de pronto el corazón de Aliosha se volvió nuevamente hacia ella—. Usted, Alekséi Fiódorovich, fue ayer testigo de aquel… horror y vio en qué estado me encontraba. Usted no lo vio, Iván Fiódorovich; él sí lo vio. No sé lo que pensaría ayer de mí… lo único que sé es que si hoy, si ahora se repitiera la situación, yo expresaría los mismos sentimientos que expresé ayer: los mismos sentimientos, las mismas palabras, los mismos gestos. Recuerde mis gestos, Alekséi Fiódorovich, usted mismo me contuvo en cierto momento… —Al decir esto, se ruborizó y le brillaron los ojos—. Le anuncio, Alekséi Fiódorovich, que no estoy dispuesta a conformarme con nada. Escuche, Alekséi Fiódorovich, ni siquiera sé si ahora mismo lo amo a él. Me da pena, y ésa es mala señal para el amor. Si lo amara, si todavía lo amara, seguramente no me daría pena; al contrario, en estos momentos debería odiarlo…

La voz se le quebró y unas lagrimitas le brillaron en las pestañas. Aliosha se estremeció por dentro: «Esta muchacha es justa y es sincera —pensó—, y… ¡y ya no quiere a Dmitri!».

—¡Es verdad! ¡Es verdad! —exclamó la señora Jojlakova.

—Espere, mi querida Katerina Ósipovna, no he dicho lo más importante, no he dicho qué decisión final he tomado esta pasada noche. Tengo la impresión de que mi decisión puede ser terrible para mí, pero presiento que ya no voy a cambiarla bajo ningún concepto, y que voy a mantenerla toda la vida. Mi querido, mi buen consejero, siempre fiel y generoso, que conoce profundamente mi corazón, el único amigo verdadero que tengo en este mundo, Iván Fiódorovich, me da su aprobación en todo y aplaude mi decisión… Él ya la conoce.

—Sí, la aplaudo —asintió Iván Fiódorovich, en voz baja, aunque firme.

—Pero me gustaría que también Aliosha… Oh, Alekséi Fiódorovich, perdone que le haya llamado simplemente Aliosha… Me gustaría que también Alekséi Fiódorovich me dijera ahora, en presencia de estos dos amigos míos, si tengo o no tengo razón. Mi instinto me dice que usted, Aliosha, mi hermano querido, porque es usted un hermano querido —volvió a decir con arrebato, cogiendo en su mano ardiente la mano helada de Aliosha—, mi instinto me dice que su decisión, que su aprobación, a pesar de todos mis tormentos, me traerá el sosiego, pues después de oír sus palabras me calmaré y me conformaré… ¡lo presiento!

—No sé lo que me va a preguntar —dijo Aliosha, ruborizándose—; lo único que sé es que la quiero y le deseo en este momento más felicidad que a mí mismo… Pero yo no entiendo de estos asuntos… —se apresuró a añadir, por la razón que fuera.

—En estos asuntos, Alekséi Fiódorovich, en estos asuntos lo principal ahora es el honor y el deber, y algo que no sé lo que es, pero que puede ser más elevado, incluso, que el propio deber. El corazón me habla de ese sentimiento irresistible que me arrastra irresistiblemente. En todo caso, solo necesito dos palabras, yo ya estoy decidida: aun suponiendo que él se case con esa… infame —dijo solemnemente—, a la que nunca, nunca podré perdonar, ¡yo a él no pienso abandonarlo en ningún caso! En lo sucesivo, ¡ya nunca, nunca lo voy a abandonar! —proclamó con cierto desgarro, reflejo de un pálido y forzado entusiasmo—. No estoy diciendo que vaya a arrastrarme detrás de él, que tenga intención de estar continuamente a su lado, de martirizarlo… ¡oh, no!, me iré a otra ciudad, a donde quieran, pero toda la vida, toda la vida voy a velar por él sin descanso. Cuando sea infeliz con esa otra, y eso es algo que va a ocurrir sin falta, y muy pronto además, que acuda a mí, y encontrará a una amiga, a una hermana… Nada más que a una hermana, desde luego, y así será para siempre, pero podrá convencerse, finalmente, de que esa hermana es una verdadera hermana, que lo ama y ha consagrado a él su vida entera. ¡Tengo que conseguir, y pondré en ello todo mi empeño, que llegue por fin a conocerme y me lo confiese todo sin avergonzarse! —exclamó, en un tono exaltado—. Seré su dios, un dios al que podrá rezar; eso es lo menos que me debe en pago por su traición y por todo lo que ayer me hizo pasar. Y que vea durante toda su vida que yo siempre voy a serle fiel, a él y a la palabra que una vez le di, a pesar de que él me haya sido infiel y me haya engañado. Yo voy a ser… Me convertiré solo en un medio para su felicidad o, cómo decirlo, en un mero instrumento, una máquina para su felicidad, y así toda la vida, toda la vida, ¡y que él lo tenga presente hasta el fin de sus días! ¡Eso es lo que he decidido! Iván Fiódorovich me apoya sin reservas.

Se sofocaba. Probablemente habría querido expresar sus ideas de un modo bastante más digno, más certero y natural, pero lo había hecho con excesiva precipitación y crudeza. En gran medida, aquello obedecía a su arrebato juvenil, pero en parte era un simple reflejo de la irritación de la víspera, de su necesidad de mostrarse orgullosa; ella misma era consciente. Su rostro, de pronto, se ensombreció, la expresión de sus ojos se volvió maligna. Aliosha lo advirtió enseguida y su corazón se llenó de compasión. En ese preciso momento intervino su hermano Iván.

—Yo me he limitado a expresar mi parecer —dijo—. En cualquier otra mujer, todo esto habría resultado forzado, poco natural, pero no en usted. Otra no habría tenido razón, usted sí la tiene. No sé cómo explicarlo, pero veo que es usted completamente sincera, de ahí que tenga usted razón…

—Pero eso solo es ahora… ¿Y a qué obedece? Únicamente a la ofensa de ayer, ¡a eso obedece lo de ahora! —soltó de buenas a primeras, sin poder contenerse, la señora Jojlakova; se notaba que no tenía intención de intervenir, pero no había sido capaz de reprimirse y había manifestado repentinamente aquella idea, tan justa.

—Cierto, cierto —la cortó Iván, un tanto alterado y visiblemente irritado por la interrupción—, así es; pero, en otra, este momento de ahora no pasaría de ser la huella de lo ocurrido ayer, y solo sería un momento; en cambio, dado el carácter de Katerina Ivánovna, este momento durará toda su vida. Lo que para otras sería una mera promesa, para ella constituye un deber, un deber eterno, duro, tal vez sombrío, pero inalterable. ¡Y el sentimiento del deber cumplido le servirá de sustento! Su vida, Katerina Ivánovna, transcurrirá a partir de ahora en la dolorosa contemplación de sus propios sentimientos, de su propio sacrificio y de su propia amargura, pero más adelante ese sufrimiento se mitigará, y su vida se transformará en la dulce contemplación del cumplimiento definitivo de un propósito tenaz y orgulloso, orgulloso como pocos en su género, desesperado en todo caso, pero alcanzado por usted; y esa conciencia le proporcionará al fin la más completa satisfacción y la reconciliará con todo lo demás…

Dijo todo eso en un tono decidido y con algún rencor que parecía deliberado; tal vez no desease siquiera disimular sus intenciones, es decir, puede que hablara, deliberadamente, en son de burla.

—¡Dios mío, cuánta falsedad! —exclamó otra vez la señora Jojlakova.

—¡Alekséi Fiódorovich, hable usted! ¡Necesito oír sin dilación lo que tenga que decirme! —exclamó Katerina Ivánovna, y de repente se deshizo en llanto.

Aliosha se levantó del diván.

—¡No es nada, no es nada! —siguió diciendo, entre lágrimas, Katerina Ivánovna—. Estoy un tanto alterada, es por lo de anoche, pero al lado de dos buenos amigos como usted y su hermano aún me siento con fuerzas… porque sé… que ustedes dos nunca me van a abandonar…

—Por desgracia, quizá mañana mismo deba partir para Moscú y renunciar a su compañía por una larga temporada… Y eso, por desgracia, no tiene remedio… — anunció inopinadamente Iván Fiódorovich.

—¡Mañana! ¡A Moscú! —A Katerina Ivánovna la cara se le crispó de repente—. Pero… pero, Dios mío, ¡qué suerte! —exclamó, alterando súbitamente el tono de voz y dejando de llorar, de modo que muy pronto no quedó ni rastro de sus lágrimas. En un instante se produjo en Katerina Ivánovna una transformación asombrosa que dejó a Aliosha perplejo: en lugar de la pobre muchacha ofendida que había estado llorando hasta entonces, reflejando el desgarro de su alma, apareció de improviso una mujer que hacía gala de un perfecto dominio de sí misma y se mostraba incluso visiblemente satisfecha, como si, de pronto, se hubiese llevado una enorme alegría—. Oh, no es que sea una suerte tener que alejarme de usted, desde luego que no —dijo, como queriendo retractarse, con una agradable sonrisa mundana—, un amigo como usted no debería pensar tal cosa; al contrario, me siento muy desdichada viéndome privada de su compañía. —De pronto, se acercó a toda prisa a Iván Fiódorovich y, cogiéndole ambas manos, se las estrechó con fervor—. Lo que sí es una suerte es que usted, personalmente, tenga la ocasión de explicar en Moscú, a mi tía y a Agasha, cuál es mi situación, todo el horror que estoy viviendo; de explicárselo a Agafia con toda franqueza y con delicadeza a mi querida tía, como mejor sepa usted. Ni se imagina usted lo desdichada que me sentía ayer y esta misma mañana, sin saber muy bien cómo escribir esa horrible carta… porque no hay forma de dar cuenta de lo ocurrido por carta… Ahora ya me será más fácil escribirla, porque usted va a estar presente y podrá explicárselo todo de viva voz. ¡Oh, qué contenta estoy! Pero solo estoy contenta por eso, créame. Para mí, usted es insustituible, por supuesto… Ahora mismo iré corriendo a escribir esa carta —concluyó bruscamente, e incluso dio un paso, decidida a salir de la habitación.

—¿Y Aliosha? ¿Qué pasa con la opinión de Alekséi Fiódorovich, que tantas ganas tenía usted de escuchar? —exclamó la señora Jojlakova. Una nota airada y mordaz resonaba en sus palabras.

—No me he olvidado. —Katerina Ivánovna se detuvo de repente—. Y ¿por qué se muestra tan hostil ahora conmigo, Katerina Ósipovna? —preguntó en un tono de vivo y amargo reproche—. Me reafirmo en lo dicho. Necesito conocer su opinión, es más: ¡necesito conocer su decisión! Lo que él diga se hará… Ya ve hasta qué punto anhelo conocer sus palabras, Alekséi Fiódorovich… Pero ¿qué le ocurre?

—Nunca lo habría pensado, ¡para mí, es algo inconcebible! —exclamó de pronto Aliosha, con amargura.

—¿Qué, qué?

—Él se va a Moscú, y usted dice que se alegra; ¡lo ha dicho con toda intención! Pero justo después empieza a aclarar que no está contenta por eso; al contrario, dice que lo siente… que pierde a un amigo… Pero eso también ha sido a propósito… ¡como si estuviera actuando en un teatro!

—¿En un teatro? ¿Cómo?… ¿A qué se refiere? —replicó Katerina Ivánovna, profundamente desconcertada, poniéndose toda colorada y frunciendo el ceño.

—Por más que intente hacerle creer que va a echar de menos al amigo, insiste usted en que es una suerte que se marche, y se lo dice a la cara… —dijo Aliosha, cada vez más sofocado. Seguía de pie junto a la mesa, y no se decidía a sentarse.

—No entiendo adónde quiere ir a parar…

—Ni yo mismo lo sé… Ha sido como una iluminación repentina… Sé que no debería, pero voy a decirlo de todos modos —continuó Aliosha, con la misma voz temblorosa y entrecortada—. Lo que me ha venido a la cabeza es que a lo mejor usted no ama en absoluto a mi hermano Dmitri… y ha sido así desde el primer día… Y que a lo mejor Dmitri tampoco la ama a usted… desde el primer día… que únicamente la respeta… Yo, la verdad, no sé cómo me atrevo a decir todo esto ahora, pero alguien tiene que decir la verdad… porque aquí nadie quiere decir la verdad…

—¿Qué verdad? —preguntó Katerina Ivánovna, y una nota de histerismo resonó en su voz.

—Pues ésta —balbuceó Aliosha, que parecía haberse caído de un tejado—: haga venir ahora mismo a Dmitri… ya lo buscaría yo; que venga aquí y que la coja a usted de la mano, que coja luego de la mano a mi hermano Iván y que una las manos de los dos. Y es que, si usted tortura a Iván, es solamente porque lo ama… y, para torturarlo, se empeña en amar a Dmitri… ese amor no es verdadero… Se ha convencido a sí misma de que lo quiere… —Aliosha se interrumpió bruscamente y se quedó callado.

—Usted… usted… es usted un pequeño yuródivy, ¡eso es lo que es! —intervino de pronto Katerina Ivánovna, con el rostro ya pálido y los labios contraídos por la rabia.

Iván Fiódorovich se echó a reír y se puso de pie. Tenía el sombrero en la mano.

—Te equivocas, mi buen Aliosha —dijo, con una expresión en la cara que Aliosha jamás le había visto: reflejaba sinceridad juvenil y un sentimiento intenso, de una franqueza irresistible—. ¡Katerina Ivánovna nunca me ha amado! Ella ha sabido en todo momento que yo la amaba, aunque nunca le he dicho una palabra de mi amor; lo sabía, pero no me correspondía. Tampoco he sido amigo suyo ni una sola vez, ni un solo día: es una mujer orgullosa y no tenía necesidad de mi amistad. Me mantenía a su lado para ejercer una venganza ininterrumpida. En mí vengaba todas las ofensas que Dmitri le ha ido infligiendo, de manera incesante, día a día, en todo este tiempo, desde su primer encuentro… Porque ya el primer encuentro que tuvieron se le quedó grabado en el corazón como una humillación. ¡Así tiene ella el corazón! En todo este tiempo no he hecho otra cosa que oírle hablar de su amor por él. Ahora me marcho, pero debe saber, Katerina Ivánovna, que a quien usted quiere realmente es a él. Y, cuanto más la humilla, más y más lo quiere usted. De ahí su desgarro. Usted lo quiere tal cual es: lo quiere en la medida en que la humilla. Si él se enmendara, usted lo abandonaría de inmediato y dejaría de quererlo. Pero usted lo necesita para recrearse en su abnegada fidelidad y para reprocharle a él su infidelidad. Y todo por orgullo. Oh, hay en esto mucho de abatimiento y de humillación, pero todo obedece a su orgullo… Yo soy demasiado joven y la he amado con demasiada intensidad. Sé que no debería decirle esto, que sería más digno por mi parte apartarme sencillamente de usted; no le resultaría tan insultante. Pero lo cierto es que me marcho lejos y no voy a regresar nunca más. Es algo definitivo… No quiero sufrir este desgarro… La verdad es que no sé qué decir, ya está todo dicho… Adiós, Katerina Ivánovna, no tiene usted por qué enfadarse conmigo, porque yo he sufrido un castigo cien veces mayor que el suyo: ya es suficiente castigo no volver a verla nunca más. Adiós. No necesito su mano. Me ha torturado usted tan a conciencia que en este momento no puedo perdonarla. Más adelante la perdonaré, pero ahora su mano está de más. Den Dank, Dame, begehr ich nicht —añadió con una sonrisa forzada, demostrando, de paso, de forma sorprendente, que también él era capaz de leer a Schiller y hasta de aprendérselo de memoria, cosa que nunca habría creído Aliosha.

Salió de la estancia sin despedirse siquiera de la anfitriona, la señora Jojlakova. Aliosha juntó las manos, asombrado.

—¡Iván! —gritó desconcertado, mientras su hermano se alejaba—. ¡Vuelve, Iván! ¡No, no, ahora no va a volver por nada del mundo! —exclamó otra vez, en un rapto de amarga lucidez—. Pero ¡la culpa es mía, mía! ¡Yo he empezado! Iván ha hablado con rencor, de forma improcedente. Ha sido injusto y rencoroso… —exclamaba Aliosha, medio enloquecido.

Katerina Ivánovna se marchó de pronto a otra habitación.

—Usted no ha hecho nada malo, ha obrado divinamente, como un ángel —le dijo al afligido Aliosha la señora Jojlakova, hablando en un rápido y entusiástico susurro—. Haré cuanto esté en mi mano para que Iván Fiódorovich no se vaya…

Su cara resplandecía de gozo, con gran pesar de Aliosha; pero de pronto regresó Katerina Ivánovna. Traía en la mano dos irisados billetes de cien rublos.

—Tengo que pedirle un inmenso favor, Alekséi Fiódorovich —empezó a decir, dirigiéndose a Aliosha con una voz aparentemente tranquila y firme, como si no hubiera pasado nada—. Hace una semana… sí, creo que fue hace cosa de una semana, Dmitri Fiódorovich cometió un acto tan impulsivo como injusto, realmente abominable. Hay aquí una taberna de muy mala fama. En ella encontró a ese oficial retirado, un capitán asistente a quien su padre solía utilizar en algunos de sus asuntos. Furioso, por la razón que fuera, con ese capitán, Dmitri Fiódorovich lo agarró de la barba y, delante de todo el mundo, lo sacó de ese modo tan humillante a la calle, y una vez en la calle todavía siguió tirando de él un buen rato; dicen que el hijo de ese capitán, que no es más que un niño que aún va a la escuela, al ver lo que pasaba, acudió corriendo al lado de su padre, llorando a gritos y suplicando por él, al tiempo que pedía a la gente que lo defendiera, pero todo el mundo se reía. Disculpe, Alekséi Fiódorovich, no puedo recordar sin indignarme ese acto vergonzoso, tan propio de él… uno de esos actos que solo Dmitri Fiódorovich es capaz de cometer, movido por su ira… ¡o por sus pasiones! Ni siquiera soy capaz de contarlo, me faltan las fuerzas… Pierdo el hilo. Me he interesado por la persona que sufrió esa humillación y he averiguado que es un hombre muy pobre. Se apellida Sneguiriov. Cometió alguna falta en el servicio, por lo que fue apartado de él, no sabría darle más detalles; ahora, con su familia, una desdichada familia formada por unas criaturas enfermas y una mujer que, por lo visto, está trastornada, se ha hundido en la miseria más atroz. Lleva ya mucho tiempo en esta ciudad, trabajando en alguna cosa, creo que estaba de escribiente por ahí, pero de buenas a primeras han dejado de pagarle. Yo había puesto los ojos en usted… es decir, había pensado… no sé ni lo que digo, me estoy haciendo un lío… verá, yo quería pedirle un favor, Alekséi Fiódorovich, mi buen Alekséi Fiódorovich: quería que se pasara usted por su casa, que buscara un pretexto para visitarlo, para visitar a ese capitán asistente, me refiero… ¡ay, Dios!, cómo me estoy liando… y con delicadeza, con mucho tacto, como solo usted sabe hacerlo — Aliosha se puso repentinamente colorado—, le entregara esta ayuda, vea, estos doscientos rublos. Probablemente los aceptará… es decir, usted podrá convencerlo de que los acepte… O no, ¿cómo explicarlo? Verá, no se trata de pagarle para obtener su conformidad, para que se abstenga de presentar una denuncia, porque, según parece, quería denunciar lo ocurrido… Sencillamente, es una muestra de simpatía, del deseo de ayudar, en mi nombre, en nombre de la novia de Dmitri Fiódorovich, no en nombre de él… En una palabra, usted ya verá cómo… Iría yo en persona, pero usted sabrá hacerlo mucho mejor que yo. Vive en la calle del Lago, en casa de Kalmykova, una menestrala… Por el amor de Dios, Alekséi Fiódorovich, haga eso por mí; y ahora… ahora estoy un poco… cansada. Hasta la vista.

Se volvió de repente y desapareció detrás de la antepuerta, tan deprisa que a Aliosha no le dio tiempo a decir ni palabra, pese a que habría querido hablar. Deseaba pedir perdón, admitir su culpa… en fin, decir cualquier cosa, porque el corazón se le desbordaba, y no quería, de ninguna manera, salir de la habitación sin haberse desahogado antes. Pero la señora Jojlakova lo tomó de la mano y ella misma lo sacó de allí. En el vestíbulo volvió a detenerlo, como había hecho hacía un rato.

—Es una mujer orgullosa, que lucha consigo misma, pero ¡es buena, encantadora, generosa! —exclamó en un susurro la señora Jojlakova—. ¡Oh, cuánto la quiero, especialmente en ciertas ocasiones! Y ¡qué contenta me siento con todo otra vez! Hay una cosa que usted no sabe, mi buen Alekséi Fiódorovich, y es que todos nosotros, todos, sus dos tías, yo misma, en fin, todos, hasta Lise, hace ya un mes que solo deseamos y rogamos una cosa: que ella rompa con su hermano predilecto, que rompa con Dmitri Fiódorovich, quien no quiere saber nada de ella y no la ama ni un tanto así, y se case con Iván Fiódorovich, que es un joven magnífico, instruido, que la quiere más que a nada en el mundo. Hemos tramado una verdadera conspiración con ese objetivo y, si no me voy de aquí, será justamente por ese motivo…

—Pero ella ha llorado, ¡nuevamente se ha sentido humillada! —exclamó Aliosha.

—No crea en las lágrimas de una mujer, Alekséi Fiódorovich; en estos casos, yo siempre estoy en contra de las mujeres y a favor de los hombres.

—Mamá, está estropeándolo, echándolo a perder —se oyó, al otro lado de la puerta, la fina vocecita de Lise.

—No, yo soy el responsable de todo, ¡soy espantosamente culpable! —repetía Aliosha, desolado, en un arranque de dolorosa vergüenza por su salida de tono, cubriéndose incluso el rostro con las manos.

—Al contrario, ha actuado usted como un ángel, y estoy dispuesta a repetirlo un millón de veces.

—Mamá, ¿por qué dice que ha actuado como un ángel? —volvió a oírse la vocecita de Lise.

—Así, de repente, viendo todo aquello, he supuesto por alguna razón —continuó Aliosha, como si no hubiera oído a Liza— que ella ama a Iván; por eso he dicho esa estupidez… ¿Qué va a pasar ahora?

—Pero ¿con quién, con quién? —exclamó Lise—. Mamá, está visto que usted quiere acabar conmigo. Yo no hago más que preguntar, y usted no me responde.

En ese instante entró corriendo la doncella.

—Algo malo le pasa a Katerina Ivánovna… Está llorando… Parece un ataque de histeria, no para de temblar…

—¿Qué pasa? —gritó Lise, con voz preocupada—. Mamá, ¡a mí sí que me va a dar un ataque, más que a ella!

—Lise, por el amor de Dios, no grites, no me hagas la vida imposible. A tu edad, no tienes por qué saber todo lo que saben los mayores; enseguida vuelvo, y te cuento todo lo que te pueda contar. ¡Ay, Dios mío! Ya voy, ya voy… Un ataque de histeria es una buena señal, Alekséi Fiódorovich, está muy bien que sufra un ataque. Es justo lo que hace falta. En estos casos, yo siempre estoy en contra de las mujeres, en contra de todos esos histerismos y lágrimas de mujer. Yulia, corre y dile que voy volando. Y, si Iván Fiódorovich se ha ido así, la culpa es de ella. Pero no se va a marchar. ¡Lise, no chilles, por el amor de Dios! Ah, vale, que tú no chillas, que soy yo; perdona a tu madre, pero es que estoy encantada, ¡estoy encantada, encantada! Se habrá fijado usted, Alekséi Fiódorovich, en lo joven que parecía Iván Fiódorovich hace un momento, al salir. ¡Ha dicho lo que tenía que decir y se ha marchado! Y yo que creía que era todo un sabio, un académico, y de repente se pone a hablar con ese entusiasmo, con la franqueza de un joven, con la inexperiencia de un joven, y todo tan bien dicho, tan bien dicho, igual que usted… Y hasta ha soltado ese verso en alemán; en fin, ¡igual que usted! Bueno, voy corriendo, voy corriendo. Alekséi Fiódorovich, vaya enseguida a hacer ese encargo y vuelva cuanto antes. Lise, ¿no necesitas nada? Por Dios, no entretengas ni un minuto a Alekséi Fiódorovich, enseguida está de vuelta…

La señora Jojlakova, por fin, se fue corriendo. Aliosha, antes de marcharse, quiso abrir la puerta que daba al cuarto de Lise.

—¡Ni se le ocurra! —gritó Lise—. ¡Ahora ya ni se le ocurra! Hable a través de la puerta. ¿Por qué dicen que es usted un ángel? Eso es lo único que me gustaría saber.

—¡Por una auténtica tontería, Lise! Adiós.

—¡No se atreverá a marcharse así! —exclamó Lise.

—Lise, ¡tengo una pena enorme! Vuelvo enseguida, pero tengo una pena enorme, ¡enorme!

Y salió a toda prisa de la sala.

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