XI

Llegó a la ciudad una hora más tarde, y poco después de las nueve llamaba a la puerta de Rogózhin. Había subido por la escalera principal y, acaso en virtud de ello, tardaron bastante en contestar a su campanillazo. Al fin se abrió la puerta del departamento ocupado por la anciana señora Rogózhina y en el umbral apareció una sirvienta entrada en años y bastante bien arreglada.

—Parfión Semiónovich no está en casa —dijo—. ¿Por quién pregunta?

—Por Parfión Semiónovich.

—Está ausente —repuso la criada, mirando al visitante con notable curiosidad.

—¿Quiere decirme si ha pasado la noche aquí? ¿Ha vuelto sólo ayer?

La sirvienta siguió examinando a Myshkin con atención, pero no contestó a su pregunta.

—¿No vino ayer, por la noche… Nastasia Filíppovna?

—¿Me permite usted preguntarle quién es?

—El príncipe León Nikoláievich Myshkin. Soy muy amigo de Parfión Semiónovich.

—El señor está ausente —repuso ella, bajando la vista.

—¿Y Nastasia Filíppovna?

—No la conozco.

—¡Espere, espere! ¿Cuándo vuelve Parfión Semiónovich?

—No lo sé.

Y la puerta se cerró. El príncipe resolvió tornar de allí a una hora. Bajó y al entrar en el patio encontró al portero.

—¿Está en casa Parfión Semiónovich?

—Sí.

—¿Cómo me han dicho lo contrario hace un momento?

—¿Ha llamado a sus habitaciones?

—He llamado a su puerta y nadie me ha abierto. Quien me abrió fue una criada de su madre.

—Tal vez haya salido —dijo el portero—. A veces se va sin avisar. Incluso suele llevarse la llave y hay ocasiones en que su departamento está cerrado tres días seguidos.

—¿Está seguro de que ha entrado en casa ayer?

—Sí. A veces pasa por la puerta principal y no le vemos.

—¿No vino ayer con él Nastasia Filíppovna?

—No lo sé. No suele venir a menudo. De haber estado aquí creo que lo hubiésemos notado.

Myshkin salió y paseó, indeciso, por la acera. Todas las ventanas de las habitaciones de Rogózhin estaban cerradas, y, en cambio, las del departamento de su madre se hallaban abiertas en su mayoría. El día era despejado y caluroso. El príncipe, atravesando la calle, se detuvo en la acera de enfrente para mirar las ventanas otra vez. Además de encontrarse cerradas tenían los visillos corridos. De pronto parecióle ver apartarse uno de ellos y aparecer por un segundo tras el cristal la faz de Rogózhin. Myshkin estuvo a punto de volver a llamar a la puerta de su amigo, pero, tras breve reflexión, cambió de criterio y decidió tornar de allí a una hora. «¿Quién sabe? —pensaba—. Puede haber sido una alucinación».

Dirigióse entonces a toda prisa a la casa en que solía habitar Nastasia Filíppovna. Cuando, tres semanas antes, la joven dejaba Pavlovsk a instancias de Myshkin, había ido a residir a Ismailovsky Polk, en la morada de una señora conocida, viuda de un profesor y respetable madre de familia. Aquella señora disponía de un hermoso departamento amueblado, cuyo arriendo constituía casi su único recurso. Era de creer que, al volver a Pavlovsk, Nastasia Filíppovna hubiera conservado sus habitaciones en San Petersburgo. En todo caso era probable que pasase la noche en aquella casa donde lógicamente debía Rogózhin haberla llevado la víspera. El príncipe tomó un coche. Por el camino se dijo que era allí adonde debían haberse dirigido primero, puesto que no parecía verosímil que la joven hubiese ido de noche a casa de Rogózhin. Volvieron a su memoria las palabras del portero relativas a las escasas visitas de Nastasia Filíppovna. Si antes sólo veía a Rogózhin de tarde en tarde, ¿cómo iba ahora a instalarse a su casa durante las noches? Pero estas y otras consideraciones semejantes no conseguían tranquilizar a Myshkin. Se sentía, pues, muy angustiado cuando llegó a Ismailovsky Polk. Allí, con inmensa estupefacción, pudo comprobar, no sólo que la viuda carecía de noticias de Nastasia Filíppovna desde dos días atrás, sino que, cuando él se presentó, su visita pareció producir el efecto de un acontecimiento portentoso; las nueve hijitas de la viuda —la mayor de las cuales contaba quince años y la menor siete— se precipitaron en la antesala detrás de su madre, rodearon a Myshkin y le contemplaron con la boca abierta. Después llegó la tía de los niños, mujer amarillenta y flaca, tocada con un pañuelo negro, y al fin la abuela, una anciana con lentes. La dueña de la casa invitó al príncipe a pasar y tomar alguna cosa, y el joven aceptó. Myshkin comprendió en seguida que todas aquellas personas sabían muy bien quién era, no ignoraban que debía haberse casado la víspera y se morían de deseos de preguntarle acerca de su matrimonio y saber por qué prodigioso azar acudía a pedir noticias de la mujer que a aquellas horas debía estar con él en Pavlovsk. Si no le interrogaban era, evidentemente, por delicadeza. Para satisfacer su curiosidad, el príncipe contó a grandes rasgos lo que había ocurrido, pero hubo tantas exclamaciones de sorpresa, tantos «¡Oh!» y «¡Ah!», que se vio obligado a entrar en nuevos detalles, que dio del modo más sucinto posible. Al fin, aquellas prudentes señoras decidieron que Myshkin no tenía otro remedio sino volver a casa de Rogózhin y llamar hasta que le abriesen. Si Rogózhin estaba ausente, de lo cual había que informarse con certidumbre, o si se negaban a contestarle, el príncipe debía visitar a una señora alemana amiga de Nastasia Filíppovna y que vivía con su madre en Semenovsky Polk. Acaso en su agitación y en su deseo de ocultarse la fugitiva se hubiera refugiado allí. El visitante se fue con la muerte en el alma. Aquellas señoras contaron posteriormente que le temblaban las piernas y tenía una palidez espantosa. Durante largo tiempo le fue imposible entender lo que ellas le hablaban, pero al fin advirtió que las damas le ofrecían su concurso en las sucesivas gestiones y le pedían su dirección. Contestó que no tenía casa en San Petersburgo y ellas le aconsejaron tomar un cuarto en un hotel. Tras un instante de reflexión, Myshkin les dio las señas de la fonda donde se alojara cinco semanas antes, cuando había padecido su penúltimo acceso epiléptico. Luego fue a casa de Rogózhin. Esta vez, no sólo no se abrió la puerta de Parfión Semiónovich, sino tampoco la de su madre. Myshkin bajó para iniciar la busca del portero, a quien halló con bastante dificultad. El hombre estaba ocupado, apenas miró al visitante y le contestó de muy mala gana. Esta vez declaró positivamente que Parfión Semiónovich había salido muy temprano para ir a Pavlovsk y que no volvería hasta muy tarde.

—Esperaré. ¿Cree que volverá a la noche?

—¡Cualquiera sabe! A lo mejor, hasta las ocho…

—Pero ¿ha dormido aquí anoche?

—Eso sí.

Todo aquello era bastante desagradable. En el intervalo entre las dos visitas de Myshkin el portero podía haber recibido instrucciones. Antes evidenciaba ganas de hablar y ahora había que arrancarle las palabras a la fuerza. Myshkin resolvió volver de allí a dos horas y media, y, en caso necesario, hacer centinela ante la puerta. Entre tanto se dirigió a Semenovsky Polk, con la esperanza de que la alemana le informase.

Pero allí apenas si comprendieron lo que quería decir. La dueña de la casa casi no sabía expresarse en ruso; pero, con todo, algunas de sus expresiones indicaban que la bella alemana había roto con Nastasia Filíppovna quince días antes y que desde entonces no tenía noticias de su antigua amiga. «Ya podía casarse con todos los príncipes del mundo», que ello a la alemana «le tenía sin cuidado». Myshkin se retiró. En esto se le ocurrió la idea de que Nastasia Filíppovna podía haber huido a Moscú, como antes, y en caso tal Rogózhin, naturalmente, la habría seguido, o acaso marchado con ella «¡Si al menos pudiese descubrir una pista cualquiera!», se dijo Myshkin. Recordó también que necesitaba habitación y se encaminó a la Litinaya, donde tomó un cuarto en el hotel de la otra vez. El mozo le preguntó si quería comer y Myshkin dijo que sí sin darse cuenta. Un segundo después lo deploró, pensando que la comida iba a hacerle perder media hora. Pero una nueva reflexión le hizo comprender que el atraso no era grave, puesto que nada le cabía hacer en el intermedio. En el pasillo del hotel, oscuro y sin ventilación, invadióle una sensación extraña que se esforzaba en asumir la forma de un pensamiento concreto. Aquello era un suplicio, y un suplicio redoblado por el hecho de que no lograba concretar en qué consistía la nueva idea cuya vaga insinuación le mortificaba de tal modo. Salió, al fin, de la fonda en un estado anormal. La cabeza le daba vueltas… ¿Adónde ir? Se encaminó precipitadamente hacia la calle de Rogózhin.

Éste no había vuelto y vano fue que el príncipe agitase la campanilla. Nadie le abrió. En la puerta de la madre tuvo más éxito. Le abrieron, pero fue para declararle que Parfión Semiónovich estaba ausente y no tornaría de seguro hasta dentro de tres días. Como antes, la criada consideró a Myshkin con una curiosidad extraña, que turbó no poco al joven. Menos afortunado que por la mañana, no pudo encontrar al portero. Como antes, al salir de la casa miró las ventanas. Media hora más o menos paseó por la acera, bajo un calor intolerable. Esta vez nada se movió, las ventanas no se abrieron, los visillos blancos continuaron corridos. Se afirmó definitivamente en la idea de que por la mañana había sido víctima de una ilusión. Además, dada la suciedad de los cristales, que denotaban no haber sido limpiadas hacía mucho, resultaba muy difícil distinguir desde la calle el rostro de una persona, aun cuando en efecto se hubiese asomado.

Tranquilizado por este pensamiento, el príncipe volvió a Ismailovsky Polk, donde ya le esperaban. La viuda había ido a tres o cuatro sitios, especialmente a casa de Rogózhin; pero todas sus gestiones resultaron infructuosas. Nada había averiguado en parte alguna. Myshkin la escuchó en silencio, entró en la sala, sentóse en un diván y miró a todos como si no comprendiese de qué le hablaban. Antes se había mostrado atento a todo y ahora parecía enormemente distraído. Los miembros de aquella familia contaron después que la actitud del joven les había parecido muy rara. «Quizás empezara entonces a manifestarse su enfermedad», comentaron. Al fin levantóse y pidió que le enseñaran las habitaciones de Nastasia Filíppovna. El departamento se componía de dos piezas vastas, claras, altas de techo y decorosamente amuebladas, aun cuando el alquiler no fuese caro. Según dijeron también ulteriormente aquellas señoras, el visitante examinó uno a uno todos los objetos que había en las dos habitaciones. En una mesita aparecía una novela francesa, Madame Bovary. Al verla, el príncipe dobló la página por donde estaba abierta, pidió permiso para llevarse el tomo y se lo echó al bolsillo, aunque le advirtieron que pertenecía a un gabinete de lectura. Al acercarse a una ventana vio una mesita de juego cubierta de cifras anotadas con tiza, y preguntó quiénes solían jugar allí. Le contestaron que desde el regreso de Nastasia Filíppovna a San Petersburgo, ella y Rogózhin jugaban todos los días a tomto, a la preferencia, al whist y a toda clase de juegos. Explicáronle también que la idea de aquel entretenimiento se le había ocurrido a Rogózhin. Nastasia Filíppovna decía con mucha frecuencia que se aburría, ya que él no sabía hablar de nada y se pasaba horas enteras sin abrir la boca. Un día, Rogózhin, al llegar, sacó una baraja del bolsillo. Nastasia Filíppovna sonrió y ambos iniciaron una partida. El príncipe quiso saber dónde estaban los naipes. Pero no había ninguno en el departamento. Rogózhin llevaba cada día una baraja nueva y se la volvía a llevar.

Las damas creían oportuno volviera de nuevo a casa de Rogózhin y llamar con más fuerza que antes, pero no en aquel momento, sino a la noche. «Tal vez se obtendría algún resultado». La viuda anunció, además, que iba a dirigirse a Pavlovsk, ya que pudiera darse el caso de que Daría Alexievna tuviese alguna noticia, y rogó al príncipe que volviera a las diez, para ponerse de acuerdo sobre las gestiones que convenía realizar al día siguiente. Pese a todas las palabras de consuelo que le prodigaron, Myshkin estaba sumido en la desesperación. Presa de indefinible disgusto regresó andando a su hotel. San Petersburgo, tan caluroso, tan polvoriento en el estío, le oprimía como una tenaza. Por el camino se cruzaba con gentes humildes de rostros taciturnos y ebrios. Debió de dar muchos rodeos sin notarlo, porque declinaba la tarde ya cuando entró en su habitación. Resolvió descansar un rato y volver luego a casa de Rogózhin, como le aconsejaran las señoras de Ismailisky Polk. Sentóse en el diván, apoyó los codos en la mesa y se abismó en sus reflexiones.

Cuáles fueron éstas, y cuánto duraron, es cosa que sólo Dios puede saber. Myshkin temía muchas cosas a la vez y al percibirlo le producía infinita congoja. Repentinamente pensó en Lebedev y en su hija Vera. El funcionario podía saber algo a propósito de aquel asunto y aun, de no saber nada, tenía mejores medios de informarse. Luego el príncipe se acordó de Hipólito y de que el joven había recibido la visita de Rogózhin. Después la idea del propio Rogózhin ocupó su mente. Parfión Semiónovich había estado en las exequias del general Ivólguin; el mismo príncipe le pudo avistar en el parque, más tarde. Y en este mismo hotel, oculto en un pasillo oscuro, había Rogózhin tiempo atrás esperado, cuchillo en mano, a Myshkin. Éste recordó el brillo que tenían los ojos de aquel hombre en las tinieblas del corredor. Se estremeció: la idea embrionaria que tanto venía turbándole acababa de precisarse en definitiva. Y poco más o menos asumía esta forma: «Si Rogózhin está en San Petersburgo, podrá ocultarse por el momento, pero más pronto o más tarde vendrá en mi busca. Vendrá, sea para bien o para mal. Y cuando necesite verme me buscará en este hotel y en este corredor. Ignora mi dirección y por consecuencia se inclinará a presumir que me he instalado en el mismo hotel. Al menos, procurará encontrarme aquí… Si tiene mucha necesidad de verme… ¿Y por qué no la ha de tener? ¿Por qué no he de serle necesario?

De tal modo pensaba Myshkin y su idea se le antojaba muy verosímil. De haber profundizado en los motivos de que ello le pareciese así, no hubiera sabido explicárselos. ¿Cómo, por ejemplo, se creía necesario a Rogózhin hasta el punto de que no pudiera dejar de haber un encuentro entre ambos? Le habría sido imposible decirlo. Pero aquel pensamiento le dolía. «Si es feliz, no vendrá —meditaba—; pero vendrá si es desgraciado, y lo es con toda certeza…»

Tal convicción debiera haberle hecho quedarse en su habitación y aguardar a Rogózhin; pero, por el contrario, como si fuese incapaz de soportar el peso de aquella nueva idea, tomó su sombrero y salió de la habitación. El pasillo estaba ya sumido en una oscuridad casi completa. «¡Si ahora él saliese de ese rincón y me parara en la escalera!», pensó al acercarse al lugar donde Rogózhin había querido agredirle. Pero no sobrevino nadie. Franqueó el umbral del portón, y, ya en la acera, se extrañó al ver la mucha gente que, una vez puesto el sol, había salido a la calle, como siempre sucede durante los calores del verano de San Petersburgo. Dirigióse hacia la casa de Rogózhin y antes de la primera bocacalle, a cosa de cincuenta pasos del hotel, alguien mezclado entre el gentío le tocó un codo e inclinándose a su oído le dijo a media voz:

—León Nikoláievich, hermano mío, sígueme. Es necesario.

Era Rogózhin. Y el príncipe experimentó, por raro que ello fuese, una alegría que le quitó el uso de la palabra. Con voz ininteligible declaró a Rogózhin que poco antes casi había esperado verle en el corredor de la fonda.

—Ya he estado allí. Vamos.

La insólita respuesta sorprendió al príncipe, pero su sorpresa sólo se produjo después de haber reflexionado, esto es, a los diez minutos. Entonces se sintió inquieto y examinó a Rogózhin con atención. El joven le precedía a medio paso de distancia, mirando ante sí, sin fijar la mirada en los transeúntes y eludiendo, maquinalmente, el tropezarse con ellos.

—¿Por qué has ido al hotel? ¿Y cómo no has preguntado por mí? — inquirió Myshkin.

Rogózhin se paró, miró a su interlocutor, meditó un instante, y dijo como si no hubiese entendido la pregunta:

—León Nikoláievich, sigue todo derecho hasta la casa. Yo voy a ir por la otra escalera. Pero no me pierdas de vista, porque tenemos que llegar juntos.

Cruzó, la calle y desde la acera opuesta miró para comprobar si el príncipe le seguía. Myshkin, sorprendido se había parado. Rogózhin le hizo una seña con la mano y reanudó el camino de su casa. A cada instante se volvía a fin de repetir sus signos. Su rostro exteriorizaba viva satisfacción cuando pudo observar que Myshkin le seguía de acuerdo con sus deseos. Ocurriósele al príncipe que Rogózhin había cambiado de acera para vigilar mejor a alguien. «¿Por qué no me lo habrá dicho?», se preguntó. Anduvieron cosa de quinientos pasos. De súbito el príncipe comenzó a temblar. Rogózhin ahora volvía la cabeza con menos frecuencia, aun cuando no dejase de mirar a sus espaldas alguna vez. Myshkin no pudo contenerse más y le hizo un ademán de llamada. Rogózhin cruzó la calle y se le acercó.

—¿Está en tu casa Nastasia Filíppovna?

—Sí.

—¿Y me miraste antes desde la ventana?

—Sí.

—¿Cómo no…?

Myshkin se interrumpió, no sabiendo qué preguntar. Además, su corazón latía con tal fuerza que casi le impedía el uso de la palabra. Rogózhin guardó silencio y le miró como antes pensativo.

—Me voy… —dijo, disponiéndose a cruzar otra vez la calle—. Tú sigue por este lado. Conviene que vayamos separados. Es mejor para nosotros… ya lo verás.

Cuando, cada uno por una acera diferente, llegaron a la calle donde se levantaba la casa de Rogózhin, el príncipe sintió de nuevo flaquearle las piernas de tal modo que sólo a duras penas podía continuar caminando. Eran sobre las diez de la noche. Como antes las ventanas de las habitaciones de la madre de Rogózhin estaban abiertas y cerradas las del joven; las cortinillas de las últimas parecían más blancas en la oscuridad. Myshkin atravesó la calle y avanzó hacia la casa. Rogózhin subió la escalera e hizo un ademán a su amigo para que le imitase. El príncipe se reunió a él.

—El portero ignora que he regresado. Antes, al salir, le dije que me iba a Pavlovsk, y lo mismo aseguré a mi madre —declaró Parfión Semiónovich en voz baja, sonriendo con astucia y casi con satisfacción—. Entremos sin que nos oigan.

Tenía la llave en la mano. Cuando subían la escalera se volvió a su compañero para recomendarle sigilo. Abrió sin ruido la puerta de sus habitaciones, hizo pasar al príncipe, se deslizó silenciosamente detrás de él, cerró la puerta y se guardó la llave en el bolsillo.

—Ven —murmuró en voz baja.

Había empezado a hablar en aquel mismo tono desde que abordara al príncipe en la Litinaya. Pese a su calma aparente, se le notaba muy agitado en el fondo. Cuando entraron en la antecámara que precedía a su despacho, se acercó a una ventana e hizo acercarse al príncipe, con gran misterio.

—Cuando antes llamaste tantas veces, yo estaba aquí y adiviné que eras tú, ¿sabes? Me acerqué a la puerta andando en puntillas y te oí hablar con Pavnutievna. Pero desde primera hora yo le había dado instrucciones de que dijese a todos, aun cuando fueras tú o alguien que viniera de tu parte, que yo estaba ausente. La orden se refería a ti más que a ninguno. Cuando bajaste, pensé: «Ahora se pondrá a esperar en la calle». Me asomé a la ventana, aparté el visillo y te vi en la acera… Esto es…

—¿Dónde está… Nastasia Filíppovna? —preguntó Myshkin con voz sofocada.

—Está… aquí… —repuso Rogózhin tras un instante de vacilación.

—¿Dónde?

Parfión Semiónovich miró a su interlocutor y le examinó con fijeza.

—Ven conmigo.

Su voz continuaba sonando lenta y baja y su rostro continuaba extrañamente pensativo. A pesar de la franqueza con que relatara el episodio del visillo, dijérase que al hacer aquel relato tendía a insinuar alguna otra cosa.

Entraron en el despacho, que había experimentado una completa transformación desde la anterior visita de Myshkin. Una espesa cortina de seda verde tendida de un lado a otro de la habitación ocultaba una alcoba donde se hallaba el lecho de Rogózhin. Las dos divisiones de la pesada cortina estaban corridas. Había considerable oscuridad en el aposento. Las noches blancas del estío de San Petersburgo comenzaban a ser ya menos claras y, de no ser por la luna llena, no se habría podido distinguir cosa alguna sino difícilmente, ya que la habitación tenía los visillos corridos. No obstante, los rostros de los dos hombres podían casi adivinarse en la penumbra, ya que no percibirse netamente. Parfión Semiónovich estaba pálido como siempre, y en sus ojos, fijos en el príncipe, brillaba una luz estática.

—Debías encender una bujía —propuso Myshkin, lleno de inquietud.

—No hace falta —contestó Rogózhin—. Siéntate. Descansemos un momento.

Tomó el brazo de su amigo y le hizo sentarse. Se acomodó luego ante él, tan cerca que sus rodillas casi se tocaban. Junto a ellos, algo ladeada, se veía una mesa redonda.

Tras una breve pausa Rogózhin comenzó a hablar otra vez, pero en lugar de ir derecho a lo importante comenzó a entretenerse en detalles superfluos.

—Sabía bien que te instalarías en la fonda. Cuando entré en el pasillo me dije: «¿Me esperará él ahora, como yo lo espero?». ¿Fuiste a casa de la viuda del profesor?

—Sí —repuso el príncipe trabajosamente, sintiendo que el corazón le latía con redoblada violencia.

—Lo suponía. Pensé que hablarías y… Luego se me ocurrió esta idea: «Le traeré a mi casa y pasaremos la noche los dos en ella».

—¿Dónde está Nastasia Filíppovna, Rogózhin? —inquirió de pronto Myshkin, levantándose con un temblor que recorría todos sus miembros.

—Allí —repuso Rogózhin en un cuchicheo, incorporándose también y mostrando la cortina con un movimiento de cabeza.

—¿Duerme? —preguntó Myshkin en voz baja.

Rogózhin le miró fijamente, como antes.

—Vamos… Pero quizá tú… ¡vamos, vamos!

Alzó la cortina, mas antes de entrar se volvió al príncipe.

—Entra —dijo, invitándole con el ademán que pasara a la alcoba. Myshkin obedeció.

—Está muy oscuro —dijo.

—Se ve lo suficiente —respondió Rogózhin.

—No veo más que… una cama.

—Acércate —contestó en voz baja Parfión Semiónovich.

Myshkin dio dos pasos hacia adelante y se detuvo. Durante un par de minutos miró en torno sin ver nada. Estaba tan agitado que podía oír los latidos de su corazón en aquella estancia sumida en un silencio mortal. Al fin sus ojos se acostumbraron a las tinieblas y pudo distinguir el lecho completamente. Sobre él yacía una persona absolutamente inmóvil. No se percibía el menor ruido, ni el más tenue hálito de respiración. Una sábana blanca cubría de pies a cabeza el cuerpo de aquella persona, cuyos miembros se dibujaban sólo de una manera vaga. No se podía percibir otra cosa sino que allí yacía un ser humano extendido tan largo como era. La alcoba estaba en desorden. En el lecho, en las butacas, en el suelo, en todas partes, se veían prendas de vestir en confusión: un magnífico traje de seda blanca, cintas, flores. Los diamantes que la mujer dormida se había quitado antes de acostarse relucían en una mesita de noche, junto a la cabecera. Un pie desnudo emergía entre una confusión de encajes blancos, nítidos en la densa penumbra. Aquel pie, aterradoramente inmóvil parecía el de una estatua de mármol. Cuanto más miraba el príncipe, más siniestra impresión le producía el silencio de la alcoba. De pronto una mosca zumbó en el aire y fue a posarse en la almohada. Myshkin sintió un escalofrío.

—Salgamos —dijo a Rogózhin, tocándole el brazo.

Abandonaron la alcoba y volvieron a sentarse donde antes, frente a frente. El temblor de Myshkin iba en aumento. Su mirada interrogadora se fijaba en Parfión Semiónovich. Éste habló:

—Observo, León Nikoláievich, que tiemblas como cuando te encuentras a punto de sufrir un ataque. Estás ahora como en Moscú un minuto antes de aquel acceso. ¿Te acuerdas? No sé qué voy a hacer contigo ahora.

Myshkin escuchaba con extrema atención, esforzándose en comprender, sin apartar la mirada del semblante de su amigo.

—¿Has sido tú? —preguntó, indicando hacia la cortina con un movimiento de cabeza.

—He sido… yo —continuó Rogózhin, bajando los ojos.

Hubo un silencio de cinco minutos. Rogózhin, sin transición, volvió al tema que iniciase antes.

—Lo digo porque si sufres un ataque y gritas te oirán desde el patio o desde la calle, y entonces se comprenderá que hay personas aquí, llamarán a la puerta, entrarán… Porque todos imaginan que yo no estoy en casa. No he encendido ni siquiera una bujía para que no se vea la luz desde el patio o la calle. Cuando me voy, me llevo siempre la llave y aunque esté fuera tres o cuatro días, nadie en mi ausencia entra en mis habitaciones ni aun para arreglarlas. Tal es la regla que he establecido. Así, pues, para que nadie sepa que hemos pasado la noche aquí…

—Espera —interrumpió Myshkin—: antes he preguntado a la vieja y al portero si había venido Nastasia Filíppovna. De modo que saben.

—Ya. Pero he dicho a Pavnutievna que Nastasia Filíppovna había venido ayer, que me había hecho una visita de diez minutos y que se había marchado luego a Pavlovsk. No saben que ha dormido aquí; no lo sabe nadie. Los dos entramos ayer tan a escondidas como tú y yo hoy. Antes de llegar, yo temía que ella no quisiese entrar a escondidas… ¡pero, sí, sí! Habló en voz baja, anduvo de puntillas, se recogió la falda para que no se sintiese el roce en la escalera, me hizo señal de que subiésemos despacio… Estaba muy asustada acordándose de ti. En el tren iba como una verdadera loca… de temor… Yo pensaba llevarla a casa de la viuda, pero ella misma insistió en venir aquí. «Allí me descubrirá —dijo—. Mañana temprano irá a buscarme en esa casa. Llévame a la tuya y mañana a primera hora nos vamos a Moscú». Luego habló de Orel y se acostó hablando de que fuésemos a Orel…

—Espera… ¿Qué vas a hacer ahora, Parfión Semiónovich?

—¿Por qué tiemblas de ese modo? No temas… Pasaremos la noche aquí, juntos. No hay más cama que ésta, pero he pensado que podemos quitar las colchonetas de los divanes y colocarlos junto a la cortina, para dormir en ellos tú y yo. Cuando vengan a hacer pesquisas la encontrarán inmediatamente y me detendrán. Seré interrogado, diré que he sido yo y me conducirán preso. Por lo tanto, que ella descanse ahora junto a nosotros, junto a ti y junto a mí…

—¡Sí, sí! —aprobó Myshkin fervientemente.

—Así no tendremos que confesar ahora mismo, que entregarla en manos de nadie…

—¡No, no, por nada del mundo! ¡No, no!

—Ésa era mi intención, amigo mío: no cedérsela a nadie —repuso Rogózhin—. La velaremos en silencio. He pasado todo el día junto a ella, excepto una hora por la mañana. Luego, al oscurecer, he ido a buscarte. Una cosa que temo es el olor, porque con esta temperatura tan sofocante… ¿No notas nada?

—Acaso lo note, pero no lo sé. Mañana por la mañana es seguro que se notará.

—La he cubierto con hule, con un buen hule americano, y he tendido una sábana por encima. Al lado he puesto cuatro frascos destapados de líquido «Chdanov». Ahí están aún.

—¿Cómo aquellos hombres… de Moscú?

—Es por el olor, hermano. ¿Has visto cómo descansa? Mañana por la mañana, cuando haya bastante claridad, la mirarás… ¿Qué tienes? ¡Si no puedes ni levantarte! —exclamó Rogózhin, con temerosa sorpresa, viendo que el príncipe temblaba a punto de no poder sostenerse sobre sus piernas.

—Se me doblan las rodillas —murmuró Myshkin—. Es el terror… ¿sabes? Pero se me pasará y yo…

—Espera. Voy a preparar nuestras camas… Te acostarás en seguida… y yo también… Luego escucharemos, hermano, porque no sé todavía… No, no lo sé del todo, hermano; te lo prevengo de antemano para que no…

Y murmurando estas oscuras palabras, Rogózhin comenzó a improvisar un lecho. Era notorio que pensaba en ello desde por la mañana. Había pasado en un diván la noche anterior, pero dos no cabían en el mueble y él deseaba por encima de todo descansar aquella noche al lado de su amigo. Así, pues, levantando las dos pesadas colchonetas que cubrían los divanes, las llevó, no sin trabajo, hasta junto a la cortina y las extendió en el suelo. Esto terminado, acercóse al príncipe, le cogió en sus brazos con exaltada ternura y le condujo al lecho formado por las colchonetas. En realidad Myshkin podía andar ya por sí solo, de modo que su terror había desaparecido, aunque su cuerpo siguiese temblando como antes.

Parfión Semiónovich hizo acostarse a su amigo en el colchón de la izquierda, que era el mayor y el más apartado de la cortina, y él se tendió en el otro, sin desvestirse, colocando ambas manos bajo la cabeza.

—Ahora hace calor, hermano —comenzó de súbito—, y el olor… No me atrevo a abrir las ventanas… En las habitaciones de mi madre hay jarrones de flores, una enormidad de flores… Y huelen muy bien. Me hubiese gustado traerlas, pero Pavnutievna es tan curiosa…

—Mucho —reconoció Myshkin.

—Podríamos comprar unos ramilletes. Pero creo, amigo mío, que nos entristecería verla rodeada de flores.

Myshkin experimentaba una intensa confusión mental. Dijérase que buscaba la pregunta que se proponía formular y que la olvidaba en cuanto conseguía concretarla.

—Escucha —dijo—. ¿Con qué la has…? ¿Con un cuchillo? ¿Con aquel mismo?

—Con aquel mismo.

—Un momento, Parfión Semiónovich; aún deseo preguntarte otra cosa. Quisiera preguntarte muchas, pero vale más que me lo cuentes tú todo, para que yo sepa… ¿Querías matarla antes de la boda, antes de que nos bendijeran, en la misma iglesia? ¿Sí o no?

—No sé si quería hacerlo o no quería —repuso Rogózhin, algo secamente, sorprendido de la pregunta y como si no la comprendiese siquiera.

—¿Llevaste el cuchillo a Pavlovsk?

—No lo he llevado jamás. —Y añadió, tras una pausa—: Ahora te diré lo referente a esa arma, León Nikoláievich. La cogí esta madrugada (porque la cosa pasó esta madrugada, entre las tres y las cuatro) de mi cajón donde la había guardado entre las páginas de un libro. Y… y… lo que más me sorprende es que el cuchillo entró lo menos vershok y medio, y hasta puede que dos vershoks, debajo del seno izquierdo, y apenas si brotó sangre… A lo más, como media cucharada sopera…

—Eso… eso… —dijo Myshkin sobresaltado y presa de intensa agitación —, yo sé en qué consiste. He leído algo sobre ello. Se llama hemorragia interna: a veces no brota una sola gota de sangre. Suele suceder cuando… cuando el golpe va directo al corazón.

—¡Chist! ¿Oyes? —interrumpió Rogózhin bruscamente, sentándose, espantado, en el lecho—. ¿Oyes?

El príncipe sintió una inmensa inquietud.

—No —respondió fijando los ojos en su amigo.

—¿No oyes andar? En la sala… Los dos aplicaron el oído.

—Oigo —dijo Myshkin en voz baja, pero con acento seguro.

—¿Pasos?

—Pasos.

—¿Cerramos la puerta o no?

—Cerrémosla.

Corrieron el cerrojo y volvieron a acostarse. Siguió un prolongado silencio. De pronto Myshkin tomó la palabra. Acababa de aferrar, por decirlo así, una de las ideas fugaces que relampagueaban en su mente y temía dejarla escapar.

—¡Ya, ya! —murmuró con agitación, incorporándose en un brusco movimiento—. ¡Ya! Yo quería… las cartas… Porque me han dicho que jugabas a las cartas con ella…

Rogózhin no contestó de momento. Al cabo dijo:

—Sí.

—¿Dónde están… las cartas?

—Aquí las tengo —repuso, Rogózhin, tras un nuevo silencio todavía más prolongado—. Míralas.

Sacó del bolsillo una baraja envuelta en un papel y la ofreció a Myshkin, quien la cogió tras un breve titubeo. Un sentimiento nuevo y penoso le oprimió el corazón. Acababa de comprender que entonces, desde hacía ya mucho tiempo, cuanto decía y hacía no era lo que hubiese deseado hacer o decir. Aquellos naipes que tenía en la mano, y con cuya posesión parecía feliz, no podían servir de nada, de nada… Levantóse y se golpeó las manos, sin que Rogózhin, siempre tendido e inmóvil reparase ostensiblemente en lo que Myshkin hacía. Sus ojos fijos y abiertos, brillaban intensamente en la oscuridad. Myshkin se sentó en una silla y contempló a aquel hombre con temor. Así transcurrió media hora. De repente, Rogózhin, olvidándose de hablar bajo, rompió en una risa estridente y exclamó con fuerte voz:

—¡El oficial, el oficial! ¿Recuerdas cómo golpeó la cara de aquel oficial en el concierto? ¡Ja, ja, ja! ¡Y aquel cadete, aquel cadete, aquel cadete que dio un salto!

El príncipe se levantó de pronto, poseído de un nuevo terror. Cuando Rogózhin cesó bruscamente de hablar, Myshkin se inclinó hacia él, sentóse a su lado y contempló a su amigo. Su corazón latía con fuerza; apenas podía respirar. Rogózhin, con la cara vuelta hacia el otro lado, parecía haber olvidado la presencia de Myshkin. Éste, fijos los ojos en su amigo, esperaba. Pasó el tiempo; comenzó a despuntar la aurora. A veces Rogózhin rompía el silencio profiriendo en alta voz palabras incoherentes riendo y llorando. Entonces el príncipe tendía hacia él su mano temblorosa, le tocaba suavemente la cabeza, le acariciaba el cabello y las mejillas… ¡No podía hacer otra cosa por él! El temblor de antes le dominaba de nuevo; ya no podía siquiera mover las piernas. Una sensación inédita, la sensación de un sufrimiento infinito, desgarraba su corazón. Al fin se hizo día claro. Vencido por la fatiga y la desesperación, Myshkin se tendió unos momentos en la colchoneta y apoyó la cabeza en el rostro pálido e inmóvil de Parfión Semiónovich. Las lágrimas que brotaban de los ojos del príncipe humedecían las mejillas de su amigo, pero éste acaso no sintiera correr ni aun sus propias lágrimas ni tuviera tampoco conciencia de ellas.

Cuando, algunas horas después, fue abierta la puerta, los que entraron en la habitación hallaron al asesino totalmente falto de conocimiento y presa de una ardorosa fiebre. Al lado de él se sentaba Myshkin, pálido y silencioso. Cada vez que el enfermo comenzaba a gritar en su delirio, el príncipe le pasaba por los cabellos y las mejillas sus manos temblorosas, queriéndole calmar con aquella caricia. Myshkin no comprendió nada de cuanto le preguntaban, ni reconoció a las personas que había en torno suyo. Y si Schneider hubiese contemplado en aquel momento a su antiguo paciente, habría recordado la situación en que el príncipe estaba durante su primer año de tratamiento en Suiza, y de seguro hubiera vuelto a pronunciar, con un gesto de desaliento, la misma palabra que entonces:

—¡Idiota!

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