Capítulo XVIII

Su canonización

71 Como ya en todas las partes del mundo brillaba el varón de Dios por la nueva luz de sus milagros y eran muchos los que de todos los lugares concurrían a su sepulcro por haber alcanzado grandes y singulares beneficios, el mencionado papa Gregorio, de consejo de los cardenales y de otros muchos prelados, una vez estudiados y aprobados los milagros que el Señor había obrado por su medio, lo inscribió en el catálogo de los santos y mandó que se celebrara solemnemente su fiesta en el día en que aconteció su muerte.

Sucedió todo esto en la ciudad de Asís, en presencia de muchos prelados, de gran multitud de príncipes y de barones y de innumerables fieles llegados de diversas partes del mundo, a los cuales el mismo señor papa había invitado a concurrir a la solemnidad, el año del Señor de 1228, segundo de su pontificado.

72 Sobre esto, el mismo sumo pontífice, que en vida había amado tan cordialmente al Santo, no solamente lo honró celebrando la canonización de manera tan suntuosa, sino que también enriqueció con presentes y preciosísimos ornamentos la iglesia construida en su honor, y en cuyos fundamentos el mismo papa había colocado la primera piedra; pasados dos años de la canonización, su sacrosanto cuerpo fue trasladado a ella con todo honor desde el lugar donde primero había sido sepultado.

Regaló a la misma iglesia una cruz de oro adornada con piedras preciosas, que contenía un trozo del lignum crucis del Señor; también regaló manteles y vasos sagrados y muchos otros utensilios para servicio del altar, y abundantes ornamentos preciosos y solemnes.

Eximió a la iglesia de cualquier otra jurisdicción inferior y la constituyó, con su autoridad apostólica, en cabeza y madre de toda la Orden de los Hermanos Menores, como aparece en privilegio público y bulado, en el que signaron también todos los cardenales.

73 Pero sería poco que el santo de Dios recibiera honores materiales si el Señor no se valiera de él, muerto ya corporalmente, pero espiritualmente vivo en la gloria, para convertir y salvar a muchos; por eso, después de su muerte y por sus méritos, no sólo se convirtieron al Señor personas de uno u otro sexo, sino que muchos magnates y nobles recibieron con sus hijos el hábito de la Orden, mientras sus mujeres e hijas se encerraban en los monasterios de las damas pobres.

Asimismo, muchos varones sabios y letrados, tanto seglares como clérigos prebendados, despreciando los atractivos de la carne y renunciando a la impiedad y deseos del siglo, ingresaron en la Orden de los menores, siguiendo en todo la pobreza y las huellas de Cristo y de su siervo el bienaventurado Francisco, según la medida de la gracia divina.

Por eso, no sin razón, se puede decir del Santo lo que se escribe de Sansón: quien en verdad vive para siempre con la vida de la gloria, mató muchos más al morir que cuando estaba en vida. Que por los méritos de nuestro santísimo padre Francisco nos lleve a esa misma gloria el que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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