Capítulo II

Lizaveta, la maloliente

Había en esto una circunstancia especial que impresionó profundamente a Grigori y que vino a confirmar definitivamente una sospecha desagradable y repugnante que había tenido. Esta Lizaveta la Maloliente era una muchacha de muy baja estatura, que medía «dos arshiny y pico», como decían enternecidas muchas viejecitas devotas de nuestra ciudad al recordarla después de muerta. Su rostro de veinte años, sano, ancho y sonrosado, era totalmente el de una idiota; sus ojos al mirar se quedaban clavados de una manera desagradable, aunque tranquila. Siempre, tanto en invierno como en verano, iba con los pies desnudos, vestida únicamente con una camisa de cáñamo. Sus cabellos casi negros, muy tupidos, rizados igual que la lana de una oveja, cubrían su cabeza como un enorme gorro de piel. Además, siempre estaban manchados de tierra, de barro, cubiertos de hojitas, briznas y virutas, porque siempre dormía en el suelo y entre suciedad. Su padre, Iliá, era un menestral enfermizo y arruinado que bebía mucho; no tenía hogar y desde hacía muchos años se ganaba la vida trabajando en casa de unos amos acomodados, menestrales también de nuestra ciudad. La madre de Lizaveta había muerto hacía mucho tiempo. Siempre enfermo y rabioso, Iliá golpeaba a Lizaveta de una manera inhumana, cuando ésta iba a casa. Pero aparecía por allí en muy contadas ocasiones, porque se ganaba el pan en todas partes como una yuródivaia, una santa criatura de Dios. Los amos de Iliá, el propio Iliá e incluso muchos ciudadanos compasivos, sobre todo comerciantes y sus mujeres, habían intentado más de una vez vestir a Lizaveta de una manera más decente que con la sola camisa y, para el invierno, siempre le ponían una larga zamarra de piel de oveja y la calzaban con un par de botas altas; ella solía dejar que la vistieran, sin poner objeciones, pero luego se iba y, en cualquier sitio, en especial en el atrio de la catedral, se despojaba de todo lo que le habían ofrecido —un pañuelo, una falda, la zamarra, las botas—, lo dejaba todo allí y se iba descalza, sin más ropa que la camisa, como antes. Una vez el nuevo gobernador de nuestra provincia, en una visita de inspección a nuestra pequeña ciudad, se sintió muy agraviado en sus mejores sentimientos al ver a Lizaveta y, aun entendiendo que se trataba de una yuródivaia, tal y como le habían informado, señaló que una joven que vagaba por las calles sin más ropa que una camisa era un atentado contra la decencia y ordenó que en lo sucesivo no se volviera a repetir. Pero el gobernador se fue y a Lizaveta la dejaron tal como estaba. Su padre acabó muriendo y ella, como huérfana, fue aún más querida por todas las almas piadosas de la ciudad. En efecto, parecía incluso que todos la querían; los niños no se burlaban de ella ni la ofendían, y eso a pesar de que nuestros niños, sobre todo en la escuela, son unos gamberros. Entraba en casas de desconocidos y nadie la echaba; al contrario, todos le daban muestras de cariño y una monedita de medio kopek. Le daban la monedita, ella la tomaba y enseguida iba a echarla en un vaso de limosna, bien para la iglesia, bien para la cárcel. Si en el mercado le daban una rosca de pan o un bollo, se lo regalaba siempre al primer niño con el que se encontraba, o bien paraba a una de las señoras más ricas de nuestra ciudad, también para dárselo, y las señoras lo aceptaban incluso con alegría. En cuanto a ella, no se alimentaba más que con pan negro y agua. A veces entraba en una tienda opulenta, se sentaba; allí había mercancías de valor, también dinero, pero los dueños de la tienda nunca la vigilaban, sabían que, aunque se olvidaran miles de rublos delante de ella, no cogería ni un kopek. En la iglesia entraba en muy contadas ocasiones, dormía sobre todo en los atrios de los templos o bien, tras saltar una valla de zarzo (seguimos teniendo en la ciudad muchas vallas de zarzo en lugar de madera), en el huerto de alguien. Por su casa, es decir, por la casa de aquellos amos donde había vivido su difunto padre, aparecía aproximadamente una vez por semana y, en invierno, iba también todos los días, pero solo para pasar la noche, y pernoctaba bien en el zaguán, bien en el establo. Se sorprendían de que pudiera soportar semejante vida, pero ella ya estaba acostumbrada; aunque era de pequeña estatura, tenía una complexión extraordinariamente robusta. Algunos de nuestros señores afirmaban que, todo eso, lo hacía solo por orgullo, pero de alguna manera esa opinión no se sustentaba: no sabía pronunciar ni una sola palabra, solo de vez en cuando conseguía mover la lengua y proferir un mugido. ¡Cómo se podía hablar de orgullo! Una vez (hace ya bastante tiempo), en una clara y templada noche septembrina de plenilunio, a una hora muy tardía para nuestras costumbres locales, una embriagada cuadrilla de señores de nuestra ciudad, unos cinco o seis hombres gallardos que habían estado de juerga, volvían del club a sus casas, atajando por patios traseros. Los dos lados del callejón estaban bordeados de vallas de zarzo tras las cuales se extendían los huertos de las casas adyacentes; el callejón daba a una pasarela que atravesaba ese largo y maloliente charco que entre nosotros se califica a veces de riachuelo. Junto a la valla, entre ortigas y bardanas, nuestra pandilla descubrió a la durmiente Lizaveta. Los señores, que estaban de lo más alegres, se detuvieron delante de ella riendo a carcajadas y se pusieron a bromear diciendo todas las obscenidades posibles. A un joven petimetre se le ocurrió hacer una pregunta completamente excéntrica sobre un tema imposible: «¿Podría alguien, quienquiera que fuese, tomar a semejante bestia por una mujer, en este mismo momento, etcétera?». Todos, con orgullosa repugnancia, determinaron que era imposible. Pero en ese grupo se encontraba Fiódor Pávlovich, quien de pronto dio un brinco y declaró que sí, que se la podía considerar una mujer, y hasta sobradamente, y que eso incluso le añadía una especie de picante particular, etcétera, etcétera. Cierto, en esa época, entre nosotros, Fiódor Pávlovich trataba de representar de un modo demasiado ostentoso el papel de bufón, le gustaba exhibirse y hacer reír a los señores, en un aparente plano de igualdad, por supuesto, pero, en realidad, se portaba ante ellos como un patán. Eso ocurrió en el momento preciso en que acababa de llegarle de San Petersburgo la noticia de la muerte de su primera esposa, Adelaída Ivánovna, y, cuando, con un crespón en el sombrero, bebía y se comportaba de una manera tan indecorosa, las otras personas de la ciudad, incluso las más depravadas, se incomodaban al verlo. La pandilla, por supuesto, estalló en carcajadas ante aquella opinión inesperada; uno de ellos incluso empezó a provocar a Fiódor Pávlovich, pero los demás mostraron mayor repugnancia que antes, si bien todo ello todavía con una jovialidad desmedida, y, finalmente, cada uno retomó su camino. Más tarde, Fiódor Pávlovich juró y perjuró que aquella noche se había ido con los demás; quizá fuera así realmente, nadie lo puede saber a ciencia cierta ni lo sabrá nunca, pero cinco o seis meses después todos en la ciudad empezaron a hablar con sincera y extraordinaria indignación de que Lizaveta estaba encinta, preguntaban, hacían indagaciones: ¿de quién era el pecado? ¿Quién era el ofensor? Y fue entonces cuando repentinamente se extendió por toda la ciudad el estrambótico rumor de que el ofensor había sido el propio Fiódor Pávlovich. ¿De dónde había salido ese rumor? De aquella pandilla de señores juerguistas para entonces ya solo quedaba en la ciudad uno de sus miembros, un hombre que, además de tener cierta edad, era un respetable consejero de Estado, con familia e hijas adultas, que de ningún modo habría difundido la noticia, ni aun cuando hubiese sucedido algo; en cuanto a los otros participantes, unos cinco hombres, ya se habían ido de la ciudad. Pero el rumor había apuntado directamente a Fiódor Pávlovich y seguía señalándolo. Desde luego, él nunca lo admitió: ni siquiera se dignó replicar a esos insignificantes mercaderes o menestrales. Entonces era un hombre orgulloso y se negaba a hablar si no era en compañía de funcionarios y nobles, a quienes tanto divertía. Fue en ese momento cuando Grigori, enérgicamente, con todas sus fuerzas, se alzó a favor de su señor y no solo lo defendía contra todas esas calumnias sino que discutía y reñía por él, haciendo cambiar a muchos de opinión. «Es ella, esa criatura ruin, la culpable», afirmaba con rotundidad; el ofensor no era otro que «Karp, el del tornillo» (así llamaban a un temible convicto, muy famoso en aquella época, que se acababa de escapar de la cárcel provincial y vivía oculto en nuestra ciudad). Esta conjetura parecía verosímil, pues se acordaban de Karp, recordaban precisamente que aquellas mismas noches, próximo el otoño, Karp había callejeado por la ciudad y desvalijado a tres personas. Pero todo este incidente y todas estas habladurías no solo no disiparon en absoluto la simpatía general por la pobre yuródivaia, sino que todos se pusieron a protegerla y a ampararla aún más. La señora Kondrátieva, viuda acomodada de un comerciante, incluso lo dispuso todo para llevar a Lizaveta a su casa ya a finales de abril y no dejarla salir hasta que diera a luz. La vigilaban sin descanso, pero al final, a pesar de toda la vigilancia, Lizaveta, ya por la noche, salió de pronto a escondidas de la casa de Kondrátieva y fue a parar al huerto de Fiódor Pávlovich. Cómo logró, en su estado, pasar por encima de la elevada y sólida valla del huerto sigue siendo una especie de enigma. Unos afirmaban que «alguien la había transportado» y otros que «algo la había transportado». Lo más probable es que todo ocurriera de una manera natural, si bien bastante complicada, y que Lizaveta, que sabía pasar por encima de las vallas de zarzo para entrar en los huertos ajenos a pasar la noche, se hubiese, de algún modo, encaramado también a la valla de madera de Fiódor Pávlovich y, desde lo alto, aun haciéndose daño, hubiese saltado al huerto, a pesar de su embarazo. Grigori se abalanzó sobre Marfa Ignátievna y la envió a que ayudara a Lizaveta, mientras él se iba corriendo en busca de una vieja partera, la mujer de un menestral que, por cierto, no vivía lejos. Salvaron al niño, pero Lizaveta murió al amanecer. Grigori tomó al recién nacido, lo llevó a su casa, hizo sentar a su mujer y se lo puso en el regazo, junto a su pecho: «Esta criatura de Dios, este huérfano, es pariente de todos, y aún más de nosotros. Nos lo envía nuestro pequeño difunto, ha nacido de un hijo del demonio y de una santa. Aliméntalo y no llores más». Así Marfa Ignátievna se hizo cargo del niño. Lo bautizaron y le pusieron de nombre Pável; en cuanto al patronímico, todos, incluidos ellos dos, sin que nadie así se lo indicara, empezaron a llamarlo Fiódorovich. Fiódor Pávlovich no puso objeción alguna y hasta encontró todo eso divertido, aunque siguió negando su implicación con todas sus fuerzas. En la ciudad gustó que acogiera al huérfano. Más adelante incluso pensó para él un apellido: lo llamó Smerdiakov por el apodo de su madre. Smerdiakov se convirtió en el segundo criado de Fiódor Pávlovich y vivía, al principio de nuestra historia, en el pabellón, con el viejo Grigori y la vieja Marfa. Hacía de cocinero. Haría mucha falta también que añadiera algo de él en particular, pero me da ya vergüenza distraer durante tanto tiempo la atención de mi lector hacia unos criados tan corrientes: por eso, retomo mi relato, con la esperanza de que se presente por sí sola la ocasión de hablar de Smerdiakov a lo largo de la novela.

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