Capítulo VI
¿Para qué vivirá un hombre como éste?
Dmitri Fiódorovich era un joven de veintiocho años, de estatura mediana y rostro agradable, aunque aparentaba bastantes más años de los que tenía. Era musculoso, se adivinaba en él una notable fuerza física; no obstante, su expresión era un tanto enfermiza. Tenía el rostro demacrado, con las mejillas hundidas, de un tono amarillento tornasolado que le daba un aspecto malsano. Sus ojos oscuros, bastante grandes, miraban de una forma desorbitada, aunque aparentemente con firme obstinación, pero también con cierta vaguedad. Incluso cuando se ponía nervioso y hablaba con irritación, su mirada no acababa de someterse a su estado de ánimo y expresaba una cosa distinta, que a veces no se correspondía en absoluto con la situación real. «Es difícil saber en qué estará pensando», comentaban a veces quienes hablaban con él. Otros, viendo en sus ojos una expresión pensativa y sombría, en ocasiones se quedaban sorprendidos con su risa repentina, testimonio de los pensamientos alegres y joviales que le venían a la cabeza en el mismo momento en que miraba de manera tan lúgubre. En todo caso, se entendía que en aquellos momentos su rostro presentase aquel aire enfermizo: todos conocían de primera mano o habían tenido noticia de la vida desordenada y «jaranera» a la que se había dado en los últimos tiempos, del mismo modo que todos estaban al corriente de la extraordinaria exasperación a la que había llegado en sus disputas con su padre por cuestiones de dinero. Por la ciudad corrían ya algunas anécdotas al respecto. Ciertamente, era de naturaleza irascible, «de genio abrupto y desigual», como había dicho de él, con mucho tino, nuestro juez de paz, Semión Ivánovich Kachálnikov, en una reunión.
Dmitri Fiódorovich se presentó impecablemente vestido, como un dandi, con la levita abotonada, guantes negros y el sombrero de copa en la mano. Como oficial recientemente pasado a la reserva, lucía bigote y aún se afeitaba la barba. Los cabellos, de color castaño oscuro, los llevaba cortos y peinados hacia delante en las sienes. Caminaba con paso decidido, a grandes zancadas, al modo militar. Se detuvo un momento en el umbral y, tras recorrer con la mirada a todos los presentes, se dirigió al stárets, deduciendo que era él el anfitrión. Se inclinó profundamente ante él y le pidió su bendición. El stárets, incorporándose ligeramente, lo bendijo; Dmitri Fiódorovich le besó respetuosamente la mano y, con una agitación insólita, casi irritado, dijo:
—Tenga la generosidad de perdonarme por haberle hecho esperar tanto. Pero el criado Smerdiakov, que me ha mandado mi padre, a mis reiteradas preguntas acerca de la hora, me ha respondido en dos ocasiones, en un tono inequívoco, que se había fijado para la una. Y justo ahora me entero, de pronto…
—No se preocupe —le interrumpió el stárets—, no tiene importancia, no es nada grave…
—Le quedo enormemente agradecido, no podía esperar menos de su bondad. — Después de dar esta concisa respuesta, Dmitri Fiódorovich se inclinó de nuevo, se volvió a continuación hacia su bátiushka e hizo ante él otra reverencia igualmente respetuosa y profunda. Era evidente que se trataba de una reverencia premeditada, y premeditada con sinceridad, considerando que era su obligación manifestar de ese modo su respeto y sus buenas intenciones. Aunque lo había cogido de improviso, Fiódor Pávlovich no tardó en responder a su manera: para dar réplica a la reverencia de Dmitri Fiódorovich, se levantó impetuosamente de su butaca y le contestó con otra inclinación no menos profunda. Su rostro adoptó de pronto una expresión grave e imponente, la cual le daba, a pesar de todo, un aspecto decididamente perverso. Acto seguido, sin decir palabra, tras saludar con una inclinación general al resto de la concurrencia, Dmitri Fiódorovich se acercó a la ventana con sus enérgicas zancadas, se sentó en el único asiento que quedaba libre, junto al padre Paísi, y, echando el cuerpo hacia delante, se dispuso a escuchar la continuación de la conversación que había interrumpido con su aparición.
La entrada de Dmitri Fiódorovich no había ocupado más de un par de minutos, y la conversación tenía que reanudarse. Pero, en este caso, Piotr Aleksándrovich no consideró necesario dar respuesta a la apremiante y casi airada pregunta del padre Paísi.
—Permítame que me reserve mi opinión sobre este tema —dijo con cierta negligencia mundana—. Se trata, por lo demás, de un asunto complejo. Fíjese en cómo se ríe de nosotros Iván Fiódorovich: probablemente él también tenga algo interesante que contar al respecto. Pregúntele a él.
—No es nada de particular, salvo una pequeña observación —replicó de inmediato Iván Fiódorovich—. Se trata de que el liberalismo europeo, en general, y hasta nuestro diletantismo liberal ruso, desde hace tiempo confunden a menudo los objetivos finales del socialismo con los del cristianismo. Esa disparatada conclusión es, desde luego, un rasgo muy característico. Por lo demás, ocurre que no son únicamente los liberales y los diletantes quienes confunden el socialismo y el cristianismo, sino también, en muchos casos, los gendarmes; los gendarmes extranjeros, se entiende. Su anécdota parisina es bien significativa, Piotr Aleksándrovich.
—Insisto en que se me permita, en general, obviar ese tema —reiteró su ruego Piotr Aleksándrovich—; a cambio les contaré, señores, otra anécdota sobre el propio Iván Fiódorovich, tan interesante como significativa. Hace apenas cinco días, en una tertulia local frecuentada principalmente por señoras, declaró solemnemente, durante una discusión, que no existe en toda la tierra, en modo alguno, nada que obligue a la gente a amar a sus semejantes; que no hay ley natural que lleve al hombre a amar al género humano; y que, si hay amor en la tierra y lo ha habido en el pasado, eso no obedece a ninguna ley natural, sino únicamente a que la gente creía en la inmortalidad. Iván Fiódorovich añadió, entre paréntesis, que a eso se reduce toda la ley natural, de modo que, si privamos a la humanidad de la fe en su propia inmortalidad, no solo se secará en ella el amor de forma inmediata, sino también, de paso, toda fuerza viva capaz de prolongar la vida en la tierra. Es más, en tal caso ya nada sería inmoral, todo estaría permitido, hasta la antropofagia. Pero eso no es todo: acabó afirmando que, para cada individuo, como, por ejemplo, para cualquiera de nosotros ahora, que no creyese en Dios ni en su propia inmortalidad, la ley moral de la naturaleza habría de cambiarse de inmediato en un sentido diametralmente opuesto al de la ley anterior, al de la ley religiosa, y que el egoísmo, llegando incluso al crimen, no solo debería ser permitido, sino que habría que aceptarlo como la salida inevitable, la más razonable y poco menos que la más noble para cualquiera que estuviera en esa situación. A partir de esta paradoja pueden juzgar, señores, todo aquello que nuestro querido Iván Fiódorovich, individuo excéntrico y amante de las paradojas, ha tenido a bien proclamar y acaso se proponga seguir proclamando.
—Permítame —exclamó de pronto, inesperadamente, Dmitri Fiódorovich—, no sé si lo he entendido bien: «El crimen no solo debería ser permitido, sino que habría que aceptarlo como la salida inevitable y la más razonable para la situación de cualquier ateo». ¿No es así?
—Exactamente —dijo el padre Paísi.
—Lo tendré presente.
Dicho lo cual, Dmitri Fiódorovich se calló tan repentinamente como había terciado en la conversación. Todos lo miraron con curiosidad.
—¿De verdad está usted tan seguro de las consecuencias de que la gente pierda la fe en la inmortalidad del alma? —preguntó el stárets a Iván Fiódorovich.
—Sí, es lo que he afirmado. No hay virtud si no hay inmortalidad.
—Dichoso usted si así lo cree, ¡si no es muy desdichado ya!
—¿Por qué desdichado? —Iván Fiódorovich sonrió.
—Porque, con toda probabilidad, no cree usted ni en la inmortalidad de su alma ni, tampoco, en lo que ha escrito acerca de la Iglesia y de la cuestión eclesiástica.
—¡Quizá esté usted en lo cierto!… Pero, en todo caso, no lo he dicho en broma… —reconoció Iván Fiódorovich de una forma extraña, ruborizándose de pronto.
—No lo ha dicho en broma, eso es verdad. Esa idea aún no ha quedado resuelta en su fuero interno y le atormenta el corazón. Pero incluso al mártir le gusta a veces recrearse en su desesperación, como si disfrutara sintiéndose desesperado. Por el momento, también usted se recrea en su desesperación: con artículos de periódico, con discusiones mundanas, no creyendo en su propia dialéctica y riéndose de sí mismo, con dolor de su corazón… Usted no ha resuelto aún esa cuestión, de ahí su profunda amargura, pues requiere ineludiblemente una solución…
—Pero ¿tendría solución en mi caso? ¿Una solución positiva? —siguió preguntando extrañamente Iván Fiódorovich, sin dejar de mirar al stárets con una sonrisa inexplicable.
—Si no admite una solución positiva, tampoco tendrá, en ningún caso, una solución negativa: usted es consciente de esa propiedad de su corazón. De ahí su tormento. Pero agradezca al Creador que le haya dado un corazón elevado, capaz de atormentarse con semejante tribulación, de «poner la mira en las cosas de arriba y buscar las cosas de arriba, pues nuestra ciudadanía está en los cielos». Quiera Dios que su corazón encuentre la respuesta estando usted aún en la tierra, y ¡que el Señor bendiga sus caminos!
El stárets levantó la mano, y ya se disponía, desde su sitio, a persignar a Iván Fiódorovich. Pero éste se levantó de pronto, se acercó a él, recibió su bendición y, después de besarle la mano, volvió a su sitio en silencio. Su aspecto era firme y serio. Esta acción, así como toda la conversación anterior con el stárets, que nadie se habría esperado de Iván Fiódorovich, sorprendió a todos los presentes por lo que tenía de enigmática e incluso de solemne, de modo que todos se quedaron callados por un momento, y en la cara de Aliosha se reflejó su pavor. Pero Miúsov, de buenas a primeras, se encogió de hombros, y en ese mismo instante Fiódor Pávlovich se puso de pie de un salto.
—¡Santísimo y divino stárets! —exclamó, señalando a Iván Fiódorovich—. ¡Éste es mi hijo, carne de mi carne, amadísima carne mía! Es mi reverentísimo, por así decir, Karl Moor, mientras que el hijo que acaba de llegar, Dmitri Fiódorovich, contra el que busco en usted justicia, es el irreverentísimo Franz Moor, ambos de Los bandidos, de Schiller; en cuanto a mí, en este caso, yo debo ser ya el Regierender Graf von Moor. ¡Júzguenos y sálvenos! No solo necesitamos sus oraciones, sino también sus profecías.
—Déjese de hablar como un yuródivy y no empiece a ofender a los suyos — contestó el stárets con voz débil, exhausta. Se iba fatigando visiblemente a medida que pasaba el tiempo y saltaba a la vista que estaba quedándose sin fuerzas.
—¡Es la indigna comedia que ya presentía de camino hacia aquí! —exclamó indignado Dmitri Fiódorovich, levantándose también de su asiento—. Disculpe, reverendo padre —se dirigió al stárets—, soy un hombre sin instrucción y ni siquiera sé qué tratamiento debo darle, pero le han engañado, y ha sido usted demasiado bueno al permitir que nos reuniéramos aquí. Lo único que busca mi padre es un escándalo, él sabrá por qué. Él siempre sabe lo que se trae entre manos. Aunque me parece que ya sé lo que pretende…
—¡Todos me acusan, todos! —gritó a su vez Fiódor Pávlovich—. Hasta Piotr Aleksándrovich me acusa. ¡Me ha acusado, Piotr Aleksándrovich, me ha acusado! — dijo, volviéndose de pronto hacia Miúsov, aunque éste no tenía ninguna intención de interrumpirle—. Me acusan de haberme guardado en una bota el dinero de mis hijos y de habérmelo quedado todo, hasta el último rublo; pero, permítame, ¿para qué están los tribunales? ¡Ya le calcularán allí, Dmitri Fiódorovich, con sus propios recibos, cartas y contratos, cuánto tenía, cuánto ha gastado y cuánto le queda! ¿Por qué se abstiene Piotr Aleksándrovich de emitir un juicio? Dmitri Fiódorovich no es un extraño para él. Resulta que todos están contra mí, pero es Dmitri Fiódorovich, en resumidas cuentas, el que me debe dinero a mí, y no una cantidad cualquiera, sino varios miles de rublos, y tengo documentos que así lo prueban. ¡Toda la ciudad habla sin recato de sus juergas! Y donde estuvo antes sirviendo en el ejército pagaba hasta mil y dos mil rublos por seducir a honestas doncellas; eso, Dmitri Fiódorovich, lo sé con todo lujo de detalles, hasta los más secretos, y lo demostraré… Santísimo padre, créame: conquistó a la más noble de las doncellas, de una casa distinguida, con recursos, la hija de su antiguo jefe, un valiente coronel con una trayectoria intachable, que llevaba al cuello la Orden de Santa Ana coronada de espadas; comprometió a aquella muchacha pidiéndole la mano, y ahora esa joven, su novia, que se ha quedado huérfana, está en nuestra ciudad, y él, a la vista de ella, frecuenta a una seductora local. Y, aunque esta seductora ha vivido unida, por así decir, en matrimonio civil a un hombre respetable, tiene un carácter independiente, es una fortaleza inexpugnable para todos, igual que una esposa legítima, pues es una mujer virtuosa… ¡Sí, santos padres, es una mujer virtuosa! Pero Dmitri Fiódorovich pretende abrir esa fortaleza con una llave de oro, y por eso ahora se envalentona conmigo y quiere arrebatarme el dinero; ya lleva despilfarrados miles de rublos con esa seductora. Por eso, no hace más que pedir dinero a todas horas, y ¿a quién creen que se lo pide, por cierto? ¿Lo digo o no lo digo, Mitia?
—¡A callar! —gritó Dmitri Fiódorovich—. Espere a que yo me vaya; no se atreva, en mi presencia, a mancillar el nombre de una nobilísima doncella… El mero hecho de que se atreva usted a nombrarla ya es una vergüenza para ella. ¡No lo consiento!
Se sofocaba.
—¡Mitia! ¡Mitia! —exclamó, con los nervios a flor de piel, esforzándose por verter alguna lágrima, Fiódor Pávlovich—. Y la bendición paterna, ¿qué? Si te maldigo, ¿qué pasaría entonces?
—¡Desvergonzado y farsante! —rugió enfurecido Dmitri Fiódorovich.
—¡Se lo dice a su padre, a su padre! ¿Qué no hará con los demás? Imagínense, señores: vive en esta ciudad un hombre pobre, pero respetable, un capitán en la reserva que sufrió una desgracia y fue apartado del servicio, si bien de forma discreta, sin comparecer ante un tribunal, conservando su honor, y que además ha de cargar con una extensa familia. Pues bien, hace tres semanas, en una taberna, nuestro Dmitri Fiódorovich lo agarró de la barba, lo arrastró hasta la calle y allí mismo, delante de todo el mundo, le dio una soberana paliza, y todo porque ese hombre interviene como apoderado secreto mío en uno de mis asuntillos.
—¡Todo eso es mentira! ¡Por fuera parece verdad, pero por dentro es mentira! — Dmitri Fiódorovich temblaba enfurecido—. ¡Bátiushka! No estoy justificando mi conducta; es más, lo confieso públicamente: me porté como una bestia con aquel capitán y ahora lo lamento y me desprecio por mi cólera brutal. Pero ese capitán suyo, su apoderado, había ido a ver a esa señora a la que usted llama seductora y le había propuesto, en nombre de usted, que tomara unas letras de cambio, aceptadas por mí, que obran en su poder, y que con esas letras actuara contra mí, para hacerme encarcelar si yo seguía insistiendo en que usted me rindiera cuentas de mis propiedades. ¡Y ahora me reprocha usted que yo tenga debilidad por esa señora, cuando ha sido usted mismo quien le ha dado instrucciones para que me tienda una trampa! ¡Pero si ella lo cuenta a la cara, si a mí me lo ha contado ella misma, riéndose de usted! Si usted quiere meterme en la cárcel es porque tiene celos de mí, porque usted mismo ha empezado a cortejar a esa mujer, y eso también lo sé yo, y también ha sido ella la que se ha reído, escúcheme bien, la que se ha reído de usted mientras me lo contaba. ¡Aquí lo tienen, santos varones, aquí tienen al hombre, al padre que recrimina al hijo depravado! Perdonen mi cólera, señores testigos, pero yo ya presentía que este viejo taimado les había convocado para armar un escándalo. Yo había venido dispuesto a perdonar si me tendía la mano, ¡a perdonar y a pedir perdón! Pero, como en este mismo instante me ha ofendido no solo a mí, sino también a la más noble de las doncellas, cuyo nombre no me atrevo a pronunciar en vano por la veneración que siento por ella, me he decidido a desenmascarar, públicamente, todo su juego, ¡por mucho que se trate de mi padre!
No pudo continuar. Los ojos le brillaban, le costaba respirar. Pero todos en la celda estaban conmovidos. Todos, salvo el stárets, se levantaron nerviosos de sus asientos. Los padres hieromonjes miraban con aire severo, pero aguardaban que el stárets manifestara su voluntad. Él seguía sentado, muy pálido, aunque no por la emoción, sino por culpa de su debilidad enfermiza. Una sonrisa implorante le iluminaba los labios; muy de vez en cuando levantaba la mano, como con ánimo de aplacar a los furiosos, y, sin duda, un solo gesto suyo habría bastado para interrumpir la escena; pero parecía como si estuviera esperando algo, y miraba atentamente, como deseando comprender alguna cosa más, como si no acabara de explicarse del todo alguna cuestión. Por fin, Piotr Aleksándrovich Miúsov se sintió definitivamente humillado y abochornado.
—¡Del escándalo que acaba de ocurrir todos tenemos culpa! —dijo con vehemencia—. Pero el caso es que no me imaginaba yo una cosa así al venir hacia aquí, por más que supiera con quién me las iba a ver… ¡Hay que poner fin a esto ahora mismo! Reverendo padre, créame, yo no conocía todos los detalles que han salido aquí a relucir, no quería creer en ellos y ahora me entero por primera vez… El padre tiene celos del hijo por culpa de una mujer indecente y se confabula con esa tarasca para meter al hijo en la cárcel… Y me hacen venir aquí con semejante compañía… Me han engañado, quiero dejar bien claro que me han engañado como al que más…
—¡Dmitri Fiódorovich! —gritó, con una voz que no parecía la suya, Fiódor Pávlovich—. Si no fuera porque es usted hijo mío, en este mismo instante le retaba a duelo… a pistola, a una distancia de tres pasos… ¡Cogidos del pañuelo! ¡Cogidos del pañuelo! —concluyó, pataleando con ambos pies.
Hay momentos en los que los viejos embusteros, que se han pasado toda la vida haciendo comedia, fingen hasta tal punto que verdaderamente tiemblan y lloran de emoción, si bien incluso en esos instantes (o apenas un segundo después) podrían susurrarse a sí mismos: «Estás mintiendo, viejo desvergonzado; en este momento sigues actuando, a pesar de toda tu “sagrada” cólera y de tu “sagrado” minuto de ira».
Dmitri Fiódorovich frunció terriblemente el ceño y miró a su padre con inefable desdén.
—Y yo que creía… Yo que creía… —dijo en voz baja, procurando contenerse— que volvía a mi tierra natal con el ángel de mi alma para cuidar a este hombre en su vejez, ¡y me encuentro con un lujurioso libertino y un vil comediante!
—¡A duelo! —volvió a gritar el viejo, sofocándose y despidiendo saliva con cada palabra—. Y en cuanto a usted, Piotr Aleksándrovich Miúsov, sepa, señor, que es posible que no haya habido nunca en su familia mujer más digna y honrada… ¿lo oye?, ¡honrada!… que esa, según usted, tarasca, que es como se ha atrevido a llamarla hace un momento. Y usted, Dmitri Fiódorovich, ha cambiado a su novia, precisamente, por esa «tarasca», de modo que usted mismo ha estimado que su propia novia no le llega a la suela de los zapatos, ¡ya ven cómo es esa tarasca!
—¡Es una vergüenza! —soltó de pronto el padre Iósif.
—¡Una vergüenza y un bochorno! —gritó de pronto Kalgánov, con voz de adolescente, trémula por la emoción, poniéndose todo colorado; hasta entonces no había abierto la boca.
—¿Para qué vivirá un hombre como éste? —bramó sordamente Dmitri Fiódorovich, al borde de un ataque de furia, alzando los hombros de un modo extraordinario, casi como encorvándose—. No, díganme: ¿acaso se puede consentir que siga deshonrando la tierra con su presencia? —Recorrió con la mirada a todos los presentes, mientras señalaba al viejo con la mano. Hablaba despacio y acompasadamente.
—Ya están oyendo, ya están oyendo al parricida, monjes —dijo Fiódor Pávlovich, interpelando al padre Iósif—. ¿Una vergüenza, decía usted? ¡Ahí tiene la respuesta! ¿Qué es una vergüenza? ¡Esa «tarasca», esa «mujer indecente», probablemente sea más santa que ustedes mismos, señores hieromonjes que buscan su salvación! Es posible que sufriera una caída en su juventud, abrumada por el ambiente, pero ella «ha amado mucho», y a la que amaba mucho también Cristo la perdonó…
—Cristo no perdonó por un amor como ése… —se le escapó al manso padre Iósif, que había perdido la paciencia.
—Sí, por un amor como ése, por ese mismo amor, monjes, ¡por ése! ¡Ustedes aquí se salvan a base de coles y piensan que son unos hombres justos! ¡Comen gobios, un gobio pequeñito cada día, y piensan comprar a Dios con gobios!
—¡Es intolerable, intolerable! —se oía en la celda por todas partes.
Pero esta escena, que ya resultaba escandalosa, se vio interrumpida de un modo inesperado. El stárets, de pronto, se levantó de su asiento. Casi totalmente aturdido de miedo por él y por todos, Aliosha se apresuró, no obstante, a sostenerlo por un brazo. El stárets dio unos pasos hacia Dmitri Fiódorovich y, cuando llegó a su altura, se hincó de hinojos delante de él. Aliosha creyó por un momento que había caído de debilidad, pero no se trataba de eso. Una vez de rodillas, se postró a los pies de Dmitri Fiódorovich, en una reverencia completa, marcada, deliberada, rozando incluso el suelo con la cabeza. Aliosha estaba tan perplejo que no fue capaz siquiera de ayudarlo cuando empezó a levantarse. Una débil sonrisa iluminaba apenas los labios del stárets.
—¡Perdonen! ¡Perdonen todos! —iba diciendo, a medida que hacía reverencias a todos sus huéspedes.
Dmitri Fiódorovich se quedó unos instantes como atónito: aquella reverencia a sus pies, ¿a qué había venido? Por fin exclamó: «¡Oh, Dios», y, cubriéndose la cara con las manos, abandonó precipitadamente la habitación. Tras él salieron en tropel los demás visitantes, tan desconcertados que ni siquiera se despidieron ni se inclinaron ante su anfitrión. Únicamente los hieromonjes se acercaron de nuevo a él para pedirle su bendición.
—¿Por qué se ha postrado a sus pies? ¿Es acaso una especie de emblema? — Fiódor Pávlovich, que, por alguna razón, se había calmado repentinamente, intentaba entablar conversación, pero el caso es que no se animaba a dirigirse a nadie en particular. En ese instante todos abandonaban el recinto del asceterio.
—Yo no respondo ni del manicomio ni de los locos —contestó enseguida Miúsov, enfurecido—; en cambio, voy a librarme de su compañía, Fiódor Pávlovich, y créame que va a ser para siempre. ¿Dónde estará ese monje de antes?
Pero «ese monje», el mismo que los había invitado hacía un rato a comer con el higúmeno, no se hizo esperar. Se reunió con los huéspedes en el momento mismo en que éstos salían de la celda del stárets a través del pequeño porche, como si hubiera estado esperándolos todo el tiempo.
—Tenga la bondad, reverendo padre, de testimoniarle mi profundo respeto al padre higúmeno y de pedir disculpas en mi nombre, en nombre de Miúsov, a su reverencia, ya que, debido a una serie de circunstancias imprevistas, sobrevenidas repentinamente, no puedo, bajo ningún concepto, disfrutar del honor de tomar parte en su ágape, a pesar de mi deseo más sincero —le dijo al monje, en tono airado, Piotr Aleksándrovich.
—Pero si una de esas circunstancias imprevistas… ¡voy a ser yo! —terció de inmediato Fiódor Pávlovich—. Escuche, padre, resulta que Piotr Aleksándrovich no desea quedarse conmigo; si no fuera por eso, iría enseguida. Y va a ir; Piotr Aleksándrovich, tenga la bondad de ir a ver al padre higúmeno… ¡y que tenga buen apetito! Sepa que soy yo el que se abstiene, no usted. A casita, a casita, a comer a casita, que aquí me siento incapaz, Piotr Aleksándrovich, queridísimo pariente.
—¡Yo no soy su pariente ni lo he sido nunca, miserable!
—Lo he dicho a propósito para hacerle rabiar, en vista de que no quiere saber nada de nuestro parentesco; y eso que somos parientes, por más que intente disimular. Cuando quiera, se lo demuestro por el santoral. A ti, Iván Fiódorovich, ya te enviaré los caballos a su hora; puedes quedarte también tú, si quieres. En cuanto a usted, Piotr Aleksándrovich, aunque solo sea por educación, debería presentarse ante el padre higúmeno: hay que pedir disculpas por lo mal que nos hemos portado… —Pero ¿se va usted de verdad? ¿No me miente?
—Piotr Aleksándrovich, ¡cómo me iba a atrever, después de lo ocurrido! ¡Me he dejado llevar, discúlpenme, señores, me he dejado llevar! Y, aparte de eso, ¡estoy impresionado! Y avergonzado. Señores, hay quien tiene el corazón de un Alejandro Magno, y hay quien lo tiene de perrillo faldero. Yo lo tengo de perrillo faldero. ¡Me han intimidado! Bueno, después de semejante escapada, y para colmo a la hora de la comida, ¿quién se traga las salsas del monasterio? Me da vergüenza, no puedo, ¡disculpen!
«El diablo sabrá; ¡éste aún es capaz de engañarme!», se dijo Miúsov. Se había detenido, perplejo, y seguía con la mirada al bufón a medida que se iba alejando. Éste se volvió y, al advertir que Piotr Aleksándrovich estaba pendiente de él, le mandó un beso con la mano.
—¿Va usted a ver al higúmeno? —preguntó Miúsov, entrecortadamente, a Iván Fiódorovich.
—¿Por qué no? Además, ayer mismo el higúmeno me invitó expresamente.
—Yo, por desgracia, me siento casi obligado, en verdad, a asistir a esa maldita comida —siguió diciendo Miúsov, en el mismo tono de amarga irritabilidad, sin reparar siquiera en que el pequeño monje estaba escuchando—. Aunque, al menos, habrá que disculparse por lo que hemos hecho, y aclarar que no hemos sido nosotros… ¿Usted qué cree?
—Sí, hay que aclarar que no hemos sido nosotros. Además, mi padre no estará — observó Iván Fiódorovich.
—¡Solo faltaría que estuviera su padre! ¡Maldita comida!
Finalmente, fueron todos. El monje callaba y escuchaba. Por el camino, atravesando el bosquecillo, se limitó a decir una vez que el padre higúmeno llevaba ya mucho rato esperando y que llegaban con más de media hora de retraso. Nadie le respondió. Miúsov miró con odio a Iván Fiódorovich.
«¡Pues éste va a la comida tan campante! —pensó—. Tiene una cara muy dura y una conciencia karamazoviana.»