Capítulo IV

La rebelión

—Tengo que hacerte una confesión —empezó Iván—: nunca he podido entender cómo es posible amar al prójimo. Precisamente es al prójimo, en mi opinión, a quien resulta imposible amar; solo es posible amar, en todo caso, a quienes están más alejados de nosotros. Recuerdo haber leído en algún sitio la historia de ese santo, Juan el Limosnero, al cual acudió en cierta ocasión un caminante hambriento y aterido, pidiéndole que le diera calor; entonces el santo se acostó con él en el lecho, lo abrazó y empezó a insuflarle aire en la boca, purulenta y apestosa por una terrible enfermedad. Estoy convencido de que lo hizo en un arrebato de impostura, a causa de un amor forzado por el deber, de una penitencia que él mismo se había impuesto. Para poder amar a alguien, la persona amada tiene que estar oculta: apenas se deja ver, el amor se desvanece.

—Más de una vez ha hablado de eso mismo el stárets Zosima —comentó Aliosha— ; también ha dicho que a menudo el rostro de un hombre impide amar a muchos que carecen de experiencia en el amor. Pero, con todo, hay mucho amor en la humanidad, un amor muy parecido al amor de Cristo, lo sé por mí mismo, Iván…

—Sí, pero yo eso todavía no lo sé, ni puedo comprenderlo, y lo mismo le ocurre a un número incontable de personas. Habría que saber si eso obedece a las malas cualidades de los hombres o es que es así por naturaleza. A mi juicio, el amor de Cristo a los hombres es, en su género, un milagro imposible en la tierra. Cierto, Él era Dios. Pero nosotros no somos dioses. Supongamos, por ejemplo, que sufro enormemente: los demás jamás sabrán hasta qué punto sufro, por tratarse de gente distinta de mí y, sobre todo, porque es muy raro que nadie le reconozca a otro la condición de mártir (como si ésta fuera un rango). ¿Por qué no se admite que sufro? ¿Tú qué crees? Puede ser, por ejemplo, porque huelo mal, porque tengo cara de tonto, porque alguna vez le habré dado un pisotón a alguien. Además, hay sufrimientos y sufrimientos: un sufrimiento degradante, que me humille, como el hambre, pongamos por caso, aún me lo admitiría un posible benefactor; pero, como el sufrimiento sea algo más elevado, motivado por un ideal, por ejemplo, entonces ya la cosa cambia: solo en contadas ocasiones estaría dispuesto a admitirlo, pues siempre podría fijarse en mí y comprobar, no sé, que mi cara no se corresponde con la cara que, según los dictados de su imaginación, debería tener alguien que esté padeciendo a causa de tal ideal. Así que lo primero que haría sería privarme de su protección, y no necesariamente por su mal corazón. Los mendigos, especialmente los más nobles, no deberían mostrarse nunca en público: más les valdría pedir limosna a través de los periódicos. De forma abstracta aún es posible amar al prójimo, al menos, a veces, desde lejos, pero de cerca casi nunca. Si pasara como en los escenarios, como en esos ballets, donde los mendigos, cuando hacen su aparición, piden limosna vestidos con harapos de seda y encajes desgarrados, bailando graciosamente, todavía podría uno admirarlos. Admirarlos, pero, eso sí, no amarlos. Bueno, ya es suficiente. Solo pretendía que vieras las cosas desde mi posición. Yo quería hablar del sufrimiento de la humanidad en general, pero será mejor que nos centremos en los sufrimientos exclusivos de los niños. Eso reduce el alcance de mi argumentación a la décima parte, pero es preferible referirse solo a los niños. Evidentemente, eso no me favorece. Pero, en primer lugar, uno puede querer a los niños incluso de cerca, aunque estén sucios, aunque sean feos (de todos modos, a mí me parece que los niños nunca son feos). En segundo lugar, de los adultos no pienso hablar porque, aparte de que son repulsivos y no merecen nuestro amor, han recibido un justo castigo: comieron de la manzana y conocieron el bien y el mal y fueron «como Dios». Y aún siguen comiendo de ella. Los niños, en cambio, no han comido nada y por ahora no son culpables de nada. ¿Te gustan los niños, Aliosha? Sé que te gustan, y entenderás por qué quiero hablar exclusivamente de ellos ahora. Si también sufren atrozmente en la tierra, eso se debe, desde luego, a sus padres; son castigados por culpa de sus padres, que han comido de la manzana; y, sin embargo, este razonamiento es propio de otro mundo: al corazón del hombre, aquí, en la tierra, le resulta incomprensible. Un inocente no debería sufrir por otro, ¡y aún menos esos inocentes! Te sorprenderá saber, Aliosha, que a mí también me gustan horrores los niños. Y date cuenta de que a veces la gente cruel, apasionada, carnal, karamazoviana, también quiere mucho a los niños. Los niños, mientras son niños, hasta los siete años, por ejemplo, están muy alejados de la gente: parecen enteramente unas criaturas distintas, de otra naturaleza. Conocí a un criminal en prisión: en el curso de su carrera, asaltando casas por las noches, había acabado con familias enteras, y de paso había degollado a algunos niños. Pero, una vez en prisión, adoraba a los pequeños. Se pasaba las horas asomado a la ventana del penal, mirando jugar a los niños en el patio de la cárcel. Se las ingenió para que uno de ellos, un niño pequeño, acudiera con frecuencia al pie de su ventana, y se hicieron muy amigos. ¿Sabes por qué te cuento todo esto, Aliosha? Me duele un poco la cabeza, y estoy triste.

—Estás raro hablando —observó Aliosha con inquietud—, como si padecieras una especie de trastorno.

—Hace poco, por cierto, me contaba un búlgaro en Moscú —prosiguió Iván Fiódorovich, como si no hubiera oído a su hermano— que los turcos y los circasianos que hay allá, en Bulgaria, temerosos de un levantamiento en masa de los eslavos, cometen toda clase de tropelías; es decir, incendian, degüellan, violan a mujeres y niñas, a los detenidos los clavan en las vallas por las orejas y así los dejan hasta la mañana siguiente, para después colgarlos… Es algo inconcebible. Se habla a veces, de hecho, de la crueldad «bestial» del hombre, pero esto es terriblemente injusto y ofensivo para las bestias: una bestia nunca puede ser tan cruel como el hombre, tan artística, tan plásticamente cruel. El tigre muerde, despedaza, no sabe hacer otra cosa. Jamás se le pasaría por la cabeza dejar a nadie clavado por las orejas toda una noche, ni aun en el supuesto de que fuera capaz. Esos turcos, entre otras cosas, han llegado a torturar con auténtica voluptuosidad a los niños, empezando por arrancarlos del seno materno con un puñal y acabando por arrojar al aire a las criaturas para ensartarlas en las bayonetas, y todo ello en presencia de sus madres. Ése era su mayor placer: hacerlo en presencia de las madres. Pero, fíjate, hay una escena que me ha impresionado más que ninguna. Imagínate: un niño de pecho en brazos de su madre temblorosa; alrededor, unos turcos que acaban de entrar en la casa. Se les ha ocurrido una bromita muy graciosa: acarician al crío, se ríen para contagiarle la risa, lo consiguen, y el crío empieza a reírse. En ese momento un turco le apunta con su pistola, a cuatro vershkí de la cara. El niño, contento, ríe a carcajadas y alarga las manitas para coger la pistola, cuando, de pronto, el artista aprieta el gatillo, dispara a bocajarro y le destroza la cabecita. Artístico, ¿verdad? Por cierto, según dicen, a los turcos les encantan los dulces.

—Hermano, ¿a qué viene todo esto? —preguntó Aliosha.

—Creo que, si el diablo no existe y, en consecuencia, ha sido el hombre quien lo ha creado, entonces lo ha creado a su imagen y semejanza.

—En ese caso, lo mismo ha hecho con Dios.

—Es asombroso cómo sabes darle la vuelta a las palabritas, como dice Polonio en Hamlet —dijo Iván, echándose a reír—. Me has pillado en un renuncio; estupendo, me alegro. Bueno será tu Dios, si el hombre lo ha creado a su imagen y semejanza. Me preguntabas a qué viene todo esto: verás, yo soy un aficionado y un coleccionista de determinados sucesos, y el caso es que anoto y recojo en periódicos y relatos, donde sea, cierta clase de episodios; tengo ya una buena colección. Los turcos, naturalmente, forman parte de ella, pero, en definitiva, son extranjeros. También he recogido cositas del país, y hasta son mejores que las turcas. ¿Sabes?, aquí lo normal son los golpes, abundan la vara, el látigo, eso es lo nacional; aquí clavar orejas sería inconcebible, al fin y al cabo somos europeos, pero la vara, el látigo son algo muy nuestro y nadie nos lo puede quitar. Parece que ahora en el extranjero ya no pegan, será que las costumbres se han refinado, o que han dictado leyes en virtud de las cuales un hombre ya no osa azotar a otro; con todo, para compensar, se han buscado otra fórmula, también puramente nacional, como pasa entre nosotros; tan nacional es que aquí eso mismo sería inconcebible, aunque lo cierto es que también en nuestro país, al parecer, va abriéndose paso, sobre todo desde que se ha desarrollado un movimiento religioso entre las capas más altas de la sociedad. Tengo un folleto maravilloso, traducido del francés, donde se cuenta cómo en Ginebra, no hace mucho tiempo, apenas cinco años, ejecutaron a un malhechor, un asesino, llamado Richard; era, si no me equivoco, un joven de veintitrés años, que se había arrepentido de sus crímenes y se había convertido al cristianismo antes de subir al cadalso. El tal Richard era un hijo ilegítimo que, siendo aún un crío de seis años, fue regalado por sus padres a unos pastores suizos, unos montañeses, y éstos lo criaron con la intención de ponerlo a trabajar. Creció a su lado como una fierecilla salvaje, los pastores no solo no le enseñaron nada sino que con siete años lo mandaban ya a cuidar del ganado, con lluvia o con frío, prácticamente sin vestido ni alimento. Y, por supuesto, al obrar así ninguno de ellos se paraba a pensar ni tenía remordimientos; al contrario, se creían con todo el derecho del mundo a hacerlo, ya que les habían regalado a Richard como si fuera un objeto, y ni siquiera consideraban imprescindible darle de comer. El propio Richard recuerda cómo experimentaba en aquellos años, como el hijo pródigo del Evangelio, unos deseos horrorosos de comer al menos del salvado con que cebaban a los cerdos destinados a la venta, pero ni eso le daban y le pegaban cada vez que él se lo robaba a los animales; y así pasó toda su infancia y toda su juventud, hasta que creció y, sintiéndose con fuerzas, se dedicó a robar. Aquel salvaje empezó a ganar dinero trabajando a destajo en Ginebra; todo lo que ganaba se lo bebía, vivía como un monstruo y acabó asesinando y robando a un viejo. Lo prendieron, lo juzgaron y lo condenaron a muerte. Allí no se andan con sentimentalismos. Y resulta que en la cárcel enseguida se vio rodeado por pastores y miembros de las diferentes cofradías cristianas, damas de la beneficencia y demás. Le enseñaron en la cárcel a leer y escribir, empezaron a explicarle el Evangelio, apelaron a su conciencia, lo exhortaron, lo presionaron, lo abrumaron, lo aplastaron, hasta que, por fin, confesó solemnemente su crimen. Se convirtió, escribió al tribunal reconociendo que era un monstruo y que, finalmente, había conseguido que el Señor lo iluminara y le enviara su gracia. Toda Ginebra se conmovió, toda la virtuosa y devota Ginebra. Toda la gente fina y educada acudió corriendo a verlo a la cárcel; todo el mundo besaba y abrazaba a Richard: «¡Eres nuestro hermano! ¡La gracia ha descendido sobre ti!». Y Richard no hace más que llorar enternecido: «¡Sí, la gracia ha descendido sobre mí! Antes, durante toda mi infancia y juventud, mi única alegría era el pienso de los cerdos, pero ahora la gracia ha descendido sobre mí, ¡voy a morir en el Señor!». «Sí, sí, Richard; muere en el Señor, has derramado sangre y debes morir en el Señor. Aunque no seas culpable, pues no tenías conocimiento de Dios cuando envidiabas el alimento de los cerdos y te pegaban por robárselo (y hacías muy mal, porque no es lícito robar), de todos modos has derramado sangre y debes morir.» Y llega el último día. Richard, casi sin fuerzas, llora y no hace más que repetir a cada instante: «Éste es el mejor día de mi vida, ¡voy a reunirme con el Señor!». «Sí —gritan pastores, jueces y damas de la beneficencia—, ¡éste es tu día más dichoso, pues vas a reunirte con el Señor!» Todos, unos en coche, otros a pie, se dirigen al cadalso, acompañando el oprobioso carro en el que conducen a Richard. Llegan por fin al patíbulo: «¡Muere, hermano nuestro —le gritan a Richard—, muere en el Señor! ¡Sobre ti ha descendido la gracia!». Y así, cubierto por los besos de sus hermanos, arrastran al hermano Richard al cadalso, lo colocan en la guillotina y le cortan, como buenos hermanos, la cabeza, por haber descendido sobre él la gracia del Señor. Sí, es algo muy característico. El folleto ha sido traducido al ruso por unos luteranos rusos, unos filántropos de la alta sociedad, que lo han distribuido gratuitamente, en forma de suplemento de periódicos y otras publicaciones, para ilustrar al pueblo ruso. Lo mejor del caso de Richard es lo que tiene de nacional. En nuestro país, por muy absurdo que nos parezca cortarle la cabeza a un hermano solo por haberse convertido en nuestro hermano y por haber recibido la gracia del Señor, también tenemos lo nuestro, como ya he dicho, y casi es peor. Aquí el placer tradicional, el más inmediato, el más socorrido, ha consistido en moler a palos. Nekrásov tiene unos versos donde se refiere a un campesino que azota a su caballo, dándole con el látigo en los ojos, en los «sumisos ojos». ¿Quién no ha presenciado algo así? Es puramente ruso. Describe cómo un pobre jamelgo, que tira de un carro sobrecargado, se queda atascado y no puede seguir. El campesino le pega; le pega con furia; le pega, al final, sin saber ya ni lo que hace; ciego de ira, lo castiga con saña, sin medida: «¡Aunque estés sin fuerzas, tú sigue tirando! ¡Como si te mueres, tú sigue tirando!». El penco está a punto de reventar, y el campesino no para de azotar al indefenso animal en los ojos llorosos, en los «sumisos ojos». Fuera de sí, el caballo da un tirón, arranca y echa andar, todo tembloroso, sin respirar, dando tumbos, a saltitos, de una manera poco natural y humillante; en Nekrásov resulta aterrador. Pero no es más que un caballo, y los caballos nos los ha dado Dios para azotarlos. Así nos lo explicaron los tártaros, que nos legaron asimismo el knut como recuerdo. Pero también es posible azotar a la gente. Y así vemos cómo un caballero inteligente y educado y su señora azotan a su propia hija, una cría de siete años; he escrito acerca de esto detenidamente. El papá está encantado de que la fusta tenga nudos. «Más le dolerá», dice, y empieza a «sacudir» a su hija. Sé positivamente que hay personas que se van calentando a medida que descargan los golpes, hasta alcanzar el éxtasis, literalmente, y su placer aumenta con cada zurriagazo, de forma progresiva. Azotan un minuto, azotan, finalmente, cinco minutos, diez minutos, y siguen azotando más y más, con un ritmo cada vez más vivo, con saña creciente. La niña grita, la niña al final no puede gritar, jadea. «¡Papá, papá! ¡Papaíto, papaíto!» El asunto, por un endiablado e inoportuno azar, acaba en los tribunales. Contratan a un abogado. Hace ya tiempo que el pueblo ruso llama a los leguleyos «conciencias a sueldo». El abogado brama en defensa de su cliente. «El caso —dice— es bien sencillo; se trata de un vulgar asunto familiar, como hay tantos: un padre que pega a su hijita, y, para vergüenza de nuestros días, ¡lo llevan a juicio!» Los miembros del jurado, ya convencidos, se retiran a deliberar y pronuncian una sentencia absolutoria. El público ruge de felicidad al saber que el verdugo ha sido absuelto. Lástima que yo no estuviera allí; si no, me habría desgañitado proponiendo la institución de una beca que honrara el nombre del torturador. Estas estampas son una preciosidad. Pero tengo otras aún mejores de niños pequeños; he recopilado muchas, muchas cosas sobre los niños rusos, Aliosha. Resulta que a una niña pequeña, de cinco años, el padre y la madre, «gente de lo más respetable, con una buena posición, cultos y educados», la odiaban. ¿Lo ves? Afirmo una vez más, con toda convicción, que abundan las personas con un rasgo peculiar: su afición a hacer sufrir a los niños, y solo a los niños. A los demás miembros del género humano esos verdugos los tratan con deferencia y humildad, como europeos instruidos y humanos que son, pero les encanta torturar a los niños, y por lo mismo sienten una especial inclinación por ellos. Es precisamente el desamparo de estas criaturas, la candidez angelical de los pequeños, que no tienen dónde ocultarse ni a quién acudir, lo que encandila a sus verdugos; eso es lo que enardece la sangre rastrera del maltratador. En todo hombre, sin duda, se oculta una fiera: una fiera iracunda, una fiera que se excita voluptuosamente con los gritos de la víctima martirizada, una fiera desbocada que ha roto sus cadenas, una fiera que ha contraído dolencias en el vicio, como la podagra, las enfermedades del hígado y demás. A esta pobre niña de cinco años sus cultos padres la sometían a tormentos inconcebibles. Golpes, azotes, patadas; sin saber ellos mismos por qué, le cubrieron el cuerpo de cardenales; y así, hasta llegar al colmo del refinamiento: en las noches más frías, en plena helada, la dejaban encerrada en el escusado, y todo porque de noche no pedía que la pusieran a hacer sus necesidades (como si una criatura de cinco años, que duerme profundamente, como un ángel, tuviera que saber, a esa edad, pedir esas cosas); además, le embadurnaban la cara con excrementos y la obligaban a comérselos, ¡y era su madre, su propia madre quien la obligaba a hacerlo! ¡Y esa madre podía dormir, oyendo los lamentos de la pobre cría, encerrada de noche en un lugar tan denigrante! ¿Te imaginas a aquella pobre criatura, incapaz de entender lo que le estaba pasando, en aquel sitio miserable, oscuro y frío, dándose golpes con sus diminutos puñitos en el pecho maltratado y llorando con lágrimas de sangre, inocentes y dóciles, pidiendo al «niño Dios» que la defendiera? ¿Alcanzas a entender tanto absurdo, amigo mío y hermano mío, humilde novicio de Dios, puedes comprender para qué ha sido creado, quién necesitaba todo ese absurdo? Dicen que sin él no podría existir el hombre en la tierra, pues no conocería el bien y el mal. ¿Qué falta hacía conocer este diabólico bien y este mal, cuando cuestan tan caros? Pues todo el mundo del conocimiento no vale lo que esas lágrimas infantiles dirigidas al «niño Dios». No voy a hablar de los padecimientos de los enfermos, éstos han comido de la manzana y al diablo con ellos… Que el diablo se los lleve a todos, pero ¡éstos, éstos!… Te estoy atormentando, Aliosha, pareces un tanto alterado. Lo dejo, si quieres.

—No te preocupes, yo también quiero atormentarme —balbuceó Aliosha.

—Otro cuadro más, solo un cuadro más, por curiosidad, y de lo más característico; además, lo he leído hace poco en una de esas compilaciones de viejos documentos nuestros, no sé si en el Archivo o en Antigüedad, habría que comprobarlo, ya no recuerdo dónde lo he leído. Ocurrió en la época más sombría del régimen de servidumbre, todavía a principios de siglo, ¡que viva el libertador del pueblo! Había entonces, a principios de siglo, un general; era un general con excelentes relaciones y un riquísimo propietario, pero de esos que (es verdad que ya entonces, al parecer, eran muy pocos), en el momento de retirarse del servicio activo, lo hacían plenamente convencidos de que se habían ganado el derecho a decidir sobre la vida y la muerte de sus súbditos. Algunos había así por entonces. El caso es que este general vivía en su hacienda, con dos mil almas, dándose aires, despreciando a sus modestos vecinos, a los que trataba como si vivieran a su costa o fueran bufones suyos. Poseía una perrera con centenares de perros y cerca de cien perreros, todos de uniforme, cada uno con su caballo. Y he aquí que un día el hijo de unos siervos, un niño de apenas ocho años, le tira jugando una piedra al lebrel favorito del general y le lastima una pata. «¿Cómo es que renquea mi perro preferido?» Le explican que, por lo visto, un chico le ha tirado una piedra y le ha magullado una pata. «Ah, has sido tú», le echa el ojo el general. «¡Cogedlo!» Lo cogen, se lo arrebatan a la madre, lo tienen toda la noche en una mazmorra, y al día siguiente, de buena mañana, el general se prepara para salir de caza, vestido de gala; monta a caballo, rodeado por todos los que viven a su costa, por sus perros, perreros, monteros, todos a caballo. Ha reunido a toda la servidumbre, para darle un escarmiento, y han puesto en primera fila a la madre del chico culpable. Sacan al niño de la mazmorra. Es un día gris de otoño, frío y brumoso, un día perfecto para la caza. El general ordena desvestir al niño, lo desnudan por completo, el crío se echa a temblar, loco de miedo, no osa rechistar… «¡Que corra!», ordena el general. «¡Corre, corre!», le gritan los perreros, el niño echa a correr… «¡Hala! ¡A él!», vocea el general y lanza contra él a toda la jauría de galgos. ¡Los azuzó a la vista de la madre, y los perros hicieron pedazos al niño! Al general, por lo visto, lo han incapacitado. Bueno… y ¿qué habría que hacer con él? ¿Fusilarlo? ¿Fusilarlo para satisfacer nuestro sentido moral? ¡Habla, Alioshka!

—¡Sí, fusilarlo! —susurró Aliosha, mirando a su hermano con una especie de sonrisa pálida y forzada.

—¡Bravo! —gritó Iván, con cierto entusiasmo—. Si tú lo dices, eso es que… ¡Vaya con el monje asceta! ¡Mira qué diablillo anida en tu corazoncito, Alioshka Karamázov!

—He dicho un disparate, pero…

—Ahí está: resulta que hay un pero… —exclamó Iván—. Debes saber, novicio, que los disparates son imprescindibles en este mundo. El mundo reposa sobre disparates, y es muy posible que sin ellos no ocurriera nunca nada. ¡Sabemos lo que sabemos! —¿Qué sabes tú?

—Yo no entiendo nada —prosiguió Iván, como en un delirio—, y ahora tampoco quiero entender nada. Quiero atenerme a los hechos. Hace ya tiempo que renuncié a entender. Si intento entender alguna cosa, enseguida distorsiono los hechos, y he decidido atenerme a los hechos…

—¿Por qué me pones a prueba? —exclamó afligido Aliosha, con un desgarro—. ¿Me lo vas a decir de una vez?

—Claro que te lo voy a decir, precisamente a eso iba. Te tengo mucho aprecio, no quiero soltarte y no voy a cederte a tu Zosima. —Iván estuvo como un minuto callado; de repente, se le puso una cara muy triste—. Escucha: me he referido exclusivamente a los niños para que resultara más evidente. De las otras lágrimas del hombre que han empapado la tierra, desde la corteza hasta el centro, no voy a decir una palabra; he preferido acotar mi tema. Yo soy una chinche y me declaro, con toda humildad, profundamente incapaz de comprender con qué objetivo se han organizado así las cosas. Los hombres, ya se sabe, son culpables: se les dio el paraíso, ellos optaron por la libertad y robaron el fuego de los cielos, sabiendo positivamente que serían desgraciados; en definitiva, no hay razón para tenerles lástima. Ah, para una mentalidad tan lamentable como la mía, terrenal y euclidiana, lo único seguro es que el dolor existe, y que no hay culpables, que una cosa se sigue de otra de una manera directa y sencilla, que todo fluye y se equilibra, pero esto no es más que un delirio euclidiano, ya lo sé, y ¡no puedo estar de acuerdo en vivir en función de ese delirio! ¿A mí qué me importa que no haya culpables y que yo sea consciente? Lo que yo necesito es que haya un castigo, si no, acabaré por destruirme. Y que el castigo no se produzca en el infinito, a saber dónde, a saber cuándo, sino aquí, en la tierra, y que pueda verlo personalmente. He tenido fe, quiero ver por mí mismo, y, si para entonces yo ya he muerto, que me resuciten, pues si todo eso ocurre sin mí será un agravio excesivo. No he sufrido yo para abonar con mis malas acciones y mis padecimientos una futura armonía ajena. Quiero ver con mis propios ojos cómo la cierva yace con el león y cómo el degollado se levanta y abraza a su asesino. Quiero estar aquí cuando todos, de pronto, descubran qué sentido ha tenido todo esto. Ese deseo está en la base de todas las religiones de la tierra, y yo tengo fe. Y, sin embargo, ya lo ves, ahí están los niños: ¿qué hago entonces con ellos? Es un problema que no puedo resolver. Lo repito por centésima vez: hay gran cantidad de problemas, pero me he limitado al de los niños porque en él se refleja con toda claridad lo que quiero decir. Escucha: si todos tenemos que sufrir para comprar con nuestro sufrimiento la armonía eterna, ¿qué tienen que ver aquí los niños? ¿Podrías explicármelo? No hay forma de entender por qué tienen que sufrir también ellos, por qué les toca contribuir a la armonía con sus padecimientos. ¿Por qué tienen que servir de materia con la que abonar la futura armonía de no se sabe quién? Puedo entender la solidaridad de los hombres en el pecado, entiendo también la solidaridad en el castigo, pero en el caso de los niños no puede haber solidaridad en el pecado, y si la verdad estriba en que ellos son, de hecho, solidarios con las fechorías de sus padres, esa verdad, indudablemente, no es de este mundo y a mí me resulta incomprensible. Seguro que a algún guasón se le ocurre decir que el niño va a crecer de todos modos y que ya tendrá tiempo para pecar, pero resulta que aquel niño no creció: a los ocho años lo despedazaron los perros. ¡Oh, Aliosha, yo no blasfemo! Entiendo muy bien cómo será la conmoción universal cuando todas las criaturas en el cielo y en las entrañas de la tierra se fundan en un solo cántico de alabanza y todo cuanto viva o haya vivido pregone: «¡Justo eres, Señor, pues se han abierto tus caminos!». Cuando la madre se abrace al torturador que ha hecho que los perros despedacen a su hijo, y los tres proclamen con lágrimas en los ojos: «¡Justo eres, Señor!». Entonces, naturalmente, se alcanzará la cumbre del conocimiento y todo quedará explicado. Pero ahí está el problema, es eso mismo lo que no puedo aceptar. Y, mientras esté en la tierra, Aliosha, me apresuro a tomar mis medidas. Verás, Aliosha, es posible que, en efecto, si vivo hasta que llegue ese momento, o si resucito para verlo, al contemplar a la madre abrazada al verdugo de su hijo, proclame con todos los demás: «¡Justo eres, Señor!». Pero es que yo no quiero proclamarlo. Mientras me quede tiempo, procuraré mantenerme al margen, renunciando por completo a la suprema armonía. No vale siquiera esa armonía lo que el llanto de aquella sola niña maltratada que se daba golpes en el pecho y, en su hediondo encierro, rogaba al «niño Dios» con lágrimas para las que no cabe perdón. No lo vale, porque esas lágrimas no han sido expiadas. Tienen que ser expiadas, de otro modo, tampoco puede haber armonía. Pero ¿cómo podría uno expiarlas? ¿Acaso es posible? ¿Acaso sabiendo que serán vengadas? Pero ¿de qué me sirve a mí la venganza, de qué el infierno para los verdugos? ¿Qué puede corregir el infierno si esos niños ya han sido torturados? Y ¿qué armonía es ésa si existe el infierno? Yo lo que quiero es perdonar, lo que quiero es abrazar; no quiero que nadie siga sufriendo. Y, si los sufrimientos de los niños han servido para completar la suma de sufrimientos necesaria para comprar la verdad, yo afirmo de antemano que esa verdad no vale un precio semejante. ¡No quiero, en fin, que la madre abrace al verdugo que ha hecho que los perros destrocen a su hijo! ¡Que no se atreva a perdonarlo! Si quiere, que le perdone al torturador su propio sufrimiento, su inconmensurable dolor de madre, pero no tiene derecho a perdonar los padecimientos del hijo despedazado, ¡que no se atreva a perdonárselos al verdugo, por más que el pobre crío se los perdone! Y, si eso es así, si las víctimas no deben atreverse a perdonar, ¿dónde está la armonía? ¿Hay en el mundo un ser capaz de perdonar y que tenga derecho a hacerlo? No quiero esa armonía; por amor a la humanidad, no la quiero. Prefiero que los sufrimientos no reciban castigo. Más vale que mi propio dolor no se vea vengado, que mi indignación no obtenga respuesta, aunque yo no tenga razón. Muy caro le han puesto el precio a la armonía, la entrada no está al alcance de nuestro bolsillo. En vista de lo cual, me apresuro a devolver mi billete de entrada. Y, a poco que sea yo un hombre honrado, mi obligación es devolverlo cuanto antes. Eso es lo que pienso hacer. No es que no acepte a Dios, Aliosha, me limito a devolverle el billete con todo respeto.

—Es una rebelión —dijo Aliosha en voz baja, mirando al suelo.

—¿Una rebelión? Preferiría no haberte oído esa palabra —dijo Iván con fervor—. Difícilmente se puede vivir en rebelión, y yo quiero vivir. Dime sin rodeos, quiero me respondas con toda franqueza: imagínate que tienes que levantar el edificio del destino humano, con la intención última de hacer feliz al hombre, proporcionándole, al fin, paz y sosiego; pero para eso tendrías que torturar, inevitable e inexcusablemente, a una sola de esas criaturitas, pongamos por caso, a esa niña pequeña que se daba golpes de pecho, y erigir ese edificio sobre sus lágrimas no vindicadas. En esas condiciones, ¿estarías dispuesto a ser el arquitecto? ¡Responde y no mientas!

—No, no estaría dispuesto —dijo Aliosha en voz baja.

—¿Y puedes admitir la idea de que la gente para la que construyes el edificio consintiera alcanzar la felicidad a costa de la intolerable sangre de la pequeña martirizada y viviera después feliz por los siglos de los siglos?

—No, no puedo admitirla. Hermano —dijo repentinamente Aliosha, con los ojos brillantes—, te preguntabas hace un momento si habrá en todo el mundo un ser que pueda perdonar y tenga derecho a hacerlo. Pues ese ser existe, y puede perdonarlo todo y perdonárselo todo a todos, porque ha dado su sangre inocente por todos y por todo. Tú te has olvidado de Él, pero es sobre Él, precisamente, sobre quien se sostiene el edificio, y ante Él proclamarán: «¡Justo eres, Señor, pues se han abierto tus caminos!».

—¡Ah, el «único sin pecado» y su sangre! No, no me he olvidado de Él; al contrario, me extrañaba que tardaras tanto en mencionarlo, porque en cualquier discusión, habitualmente, los tuyos enseguida lo traen a colación. ¿Sabes una cosa, Aliosha? Te vas a reír, pero hará cosa de un año compuse un poema. Si puedes perder unos diez minutos más conmigo, ¿te gustaría que te lo contara?

—¿Que has escrito un poema?

—Oh, no, no lo he escrito —Iván se echó a reír—, y el caso es que tampoco he compuesto un par de versos en toda mi vida. Pero he concebido ese poema y puedo recordarlo. Lo concebí con pasión. Tú serás mi primer lector, o sea, mi primer oyente. Así es, ¿cómo iba a dejar escapar el autor a un solo oyente? —Iván se sonrió—. ¿Te lo cuento o no?

—Soy todo oídos —contestó Aliosha.

—Mi poema se titula El gran inquisidor; es una cosa disparatada, pero me apetece que lo conozcas.

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