V
A la sazón ya era tarde. Faltaba poco para las dos y media, y Myshkin no encontró en casa al general Epanchin. Después de dejar su tarjeta, resolvió ir a la fonda «Los Dos Platillos» y preguntar por Kolia, proponiéndose encargar que entregasen al muchacho una nota suya en caso de no hallarle. En «Los Dos Platillos» manifestaron al príncipe que Nicolás Ardaliónovich había salido por la mañana. «Si por casualidad viene alguien preguntando por mi — había indicado al marchar— díganle que probablemente volveré a las tres. Si a las tres y media no estoy, será que habré ido a Pavlovsk, a comer con la generala Epanchina». El príncipe resolvió esperar y para entretener el tiempo pidió de comer.
Dieron las tres y media, y las cuatro y Kolia continuaba ausente. El príncipe salió del hotel y comenzó a caminar sin rumbo fijo. Hacía un día espléndido, como sucede con frecuencia en San Petersburgo a principios de verano. Paseó durante algún tiempo sin finalidad, maquinalmente. No conocía bien la población. A veces deteníase en una esquina, en una plaza, en un puente; incluso entró en una confitería para descansar. A ratos examinaba con viva curiosidad a los transeúntes, pero en general no reparaba en nadie, ni aun en el camino que seguía. Su espíritu inquieto, sometido a una dolorosa tensión, experimentaba a la vez una extraordinaria precisión de soledad. Lejos de intentar esfuerzo alguno para substraerse a aquel suplicio del espíritu, quería estar solo a fin de abandonarse a él pasivamente. Se negaba a resolver los problemas que surgían en su alma y su corazón. «¿Acaso todo lo que ocurre es por culpa mía?», murmuraba para sí, casi inconsciente de sus palabras.
A las seis se encontró en la estación del ferrocarril de Tzarskoie Selo. La soledad le resultaba ya insoportable y un apasionado impulso arrastraba su corazón. Tomó un billete para Pavlovsk, sintiendo extrema impaciencia por partir. Había sin duda alguna cosa que le perseguía, algo que era una realidad y no un fantaseo, como cupiera creer. Cuando iba a subir al tren, arrojó el billete y salió de la estación, turbado y pensativo. Poco después, en la calle, un recuerdo le acudió de súbito a la memoria. Repentinamente advirtió que estaba preocupado por algo de que no se había dado cuenta hasta entonces. Hacía varias horas, en «Los Dos Platillos», o acaso antes de llegar allí, se había puesto a buscar algo en torno suyo. Esto era notorio. Luego no había pensado más en ello; después lo recordó, y así sucesivamente, y tal olvido duraba largo rato, a veces hasta media hora. Y a la sazón se sorprendía al hallarse dirigiendo en torno suyo miradas curiosas e inquietas por todas partes.
Pero cuando acaba de comprobar en sí este impulso morboso e incluso inconsciente, relampagueó en su memoria otro recuerdo que le interesaba de modo extremado: el de que cuando se había dado cuenta últimamente de estar buscando en torno suyo alguna cosa, se encontraba en una acera, mirando con atención uno de los objetos expuestos en el escaparate de una tienda. Y ahora quería comprobar la exactitud de aquel recuerdo, saber si había estado ante aquel escaparate hacía cinco minutos, o antes. ¿O bien habría soñado? ¿O se confundiría? ¿Existían en realidad la tienda y el objeto que en ella creía haber visto? El hecho era que Myshkin se sentía en un estado particularmente inquieto, análogo al que solía preludiar sus ataques de epilepsia. Él sabía que en aquel período preliminar al acceso padecía extraordinarias distracciones, confundiendo a menudo personas y cosas si no les dedicaba un especial esfuerzo de atención. Había, por ende, un motivo concreto que le impelía a asegurarse de la realidad del hecho, y era que entre los artículos que se exhibían en el escaparate de la tienda figuraba uno que él había examinado de manera especial, valorándolo en unos sesenta kopecs, lo que recordaba muy bien, pese a la turbación y desorden de sus ideas. Por consiguiente, si la tienda existía y el objeto figuraba entre los expuestos a la venta, era precisamente tal objeto lo que había inducido a Myshkin a detenerse. Precisábase, pues, que tuviera para él un interés muy vivo, cuando había cautivado su atención y fijádose en su memoria en el momento de salir de la estación, es decir, en un instante en que se sentía víctima de una inquietud dolorosísima.
Avanzaba mirando a su derecha con una especie de angustia mixta, de una impaciencia y un desasosiego que hacían latir con fuerza su corazón. ¡Pero allí estaba la tienda! Encontrábase a unos quinientos pasos de distancia de ella cuando se le ocurrió la idea de volver atrás. Y allí aparecía el objeto de sesenta kopecs. «Desde luego no puede valer más», se dijo el príncipe al verlo, rompiendo a reír. Pero era la suya una alegría casi histérica, que le oprimía el ánimo. Ahora recordaba con mucha claridad que al detenerse allí mismo, poco antes, habíase vuelto de pronto con la misma impresión que cuando, por la mañana, sorprendiera, fijos en él, los ojos de Rogózhin. Una vez seguro de que no se había equivocado (aunque ya tenía la íntima certeza de no confundirse), se apartó del establecimiento. Todo esto exigía ser considerado sin demora; era evidente que no se había equivocado en la estación, que le había sucedido una cosa muy real y que aquel incidente se relacionaba con el motivo de su inquietud anterior. Pero una vez más un invencible sentimiento de desagrado se adueñó de su alma. Y, sin querer reflexionar en cosa alguna, dirigió sus pensamientos en otro sentido.
Pensó entonces con suma lucidez en un fenómeno que precedía, entre otros, a sus ataques epilépticos cuando se producían en estado de vigilia. En medio del abatimiento, melancolía, oscuridad y opresión de ánimo que experimentaba el enfermo en tales ocasiones, parecía, a trechos, surgir en su cerebro un rayo de luz y dijérase que todas sus energías vitales se esforzaban de pronto, trabajando al máximo de intensidad. La sensación de vivir, la conciencia de sí mismo, casi se decuplicaban en aquellos instantes fugaces como el relámpago. Una claridad extraordinaria iluminaba su espíritu y su corazón. Todas las agitaciones se calmaban, todas las dudas y perplejidades se resolvían a la vez en una armonía suprema, en una tranquilidad serena y alegre, plenamente racional y justificada. Pero estos momentos radiantes no eran sino el preludio del instante final, tras el que sobrevenía siempre el paroxismo. Aquel instante final era inexpresable. Cuando más tarde, vuelto a la razón, el príncipe reflexionaba en lo sucedido se decía que aquellos instantes fugaces, donde se manifestaba la más alta e intensa vida, no eran debidos más que a la enfermedad, a la ruptura de las condiciones normales y, siendo así, no equivalían a una vida superior, sino a una vida inferior, del orden más mezquino. Ello, no obstante, no le impedía llegar a esta extremadamente paradójica conclusión: «¿Y qué, si esto es enfermedad? ¿Qué importa que se trate de una tensión anormal si su resultado, tal como lo considero y analizo cuando vuelvo a mi estado corriente, contiene armonía y belleza en el máximo grado, y si en ese minuto experimento una sensación inaudita, insospechada hasta entonces, de plenitud, de ritmo, de paz, de éxtasis devoto que me inmerge en la más alta síntesis de la vida?». Tan vagas expresiones parecíanle perfectamente comprensibles, aunque poco definidoras. Que allí existía, en efecto «armonía y belleza», que aquello era realmente «la más alta síntesis de la vida», era cosa de que no quería ni siquiera dudar, no admitiendo ni la menor posibilidad de duda. No tenía en aquellos momentos visiones análogas a los sueños fantásticos del haxix, el vino o el opio, que destruyen la razón y desvían el alma. De esto podía juzgar con toda lucidez cuando el ataque había cesado. Para expresar aquellos instantes con pocas palabras, podía decirse que no se caracterizaban sino por el extraordinario aumento y agudización de su propio yo íntimo, por la sensación inmediata de existir en el más amplio sentido de la palabra. Puesto que en aquel segundo, último momento consciente que precedía al ataque, el enfermo podía pensar can claridad y conocimiento de causa: «Por este instante vale la pena de dar toda una vida», era evidente que tal segundo valía toda una vida. Sin embargo, no insistía en el aspecto dialéctico del asunto, comprendiendo perfectamente que las palmarias consecuencias de aquellos «minutos supremos» eran la atonía mental, el oscurecimiento de las facultades, el idiotismo. Sobre eso no existía discusión posible. Su conclusión, es decir, el juicio que formulaba sobre aquel minuto contenía de cierto un error; pero la realidad de la sensación no dejaba de turbarle bastante. Era, sí, una realidad, mas ¿de qué le valía? En todo caso, la realidad se producía en ocasiones y durante aquel segundo el príncipe debía confesarse que por la felicidad inmensa y plenamente sentida que comportaba, el instante valía toda una existencia. «En ese momento — decía una vez a Rogózhin cuando se vieron en Moscú—, en ese momento me parece comprender la extraordinaria frase: Entonces no existirá más el tiempo». Y añadía, con una sonrisa: «Es sin duda a ese mismo maravilloso segundo al que aludía el epiléptico Mahoma cuando decía que visitaba todas las mansiones de Alá en menos tiempo del que necesitaba su odre para vaciarse de agua». En Moscú había mantenido frecuentes conversaciones con Rogózhin, y no era aquél el único tema que trataban. Y ahora pensó: «Rogózhin ha dicho antes que yo era un hermano para él: lo ha dicho por primera vez».
Así reflexionaba sentado en un banco, bajo un árbol, en el Jardín de Verano. Eran las siete poco más o menos. La soledad señoreaba el jardín. La temperatura bochornosa presagiaba una tormenta lejana. Una sombra nubló el Sol. La disposición meditabunda en que se hallaba Myshkin tenía cierto encanto para él. Hacía que su espíritu se interesase en todos los objetos exteriores y esto le complacía… Esforzábase sin cesar en olvidar algo, muy presente y muy grave; pero a la primera mirada que dirigía en torno volvía a encontrar sin tardanza su sombrío pensamiento, el pensamiento que hubiera querido alejar de sí. Recordó que antes, mientras comía, había hablado con el camarero de la fonda acerca de un extraordinario asesinato que se comentaba mucho. Y apenas hubo recordado esto, un nuevo fenómeno se produjo en su interior.
Era un deseo violento, incontrastable; una especie de tentación contra la que su voluntad carecía de poder. Se levantó, salió del jardín y se encaminó a la Petersburgskaya. Hacía poco, cerca del Neva, había rogado a un transeúnte que le indicase por dónde debía ir hacia allá, pero no había seguido aquel camino. Sabía, además, que era inútil ir aquel día. Tenía la dirección, podía encontrar con facilidad la residencia de la parienta de Lebedev; pero estaba casi seguro de que no hallaría en casa a quien buscaba. «Seguramente se habrá ido a Pavlovsk; de lo contrario, Kolia habría dejado una nota en «Los dos Platillos», según acordamos». Así, al dirigirse allí no era con esperanza de ver a Nastasia Filíppovna. Otro objeto le impelía: una curiosidad sombría y punzante. Habíale acudido a la mente una nueva idea.
Le bastaba andar y saber a dónde iba, si bien un minuto más tarde caminaba ya sin reparar en los lugares que recorría. Cualquier ulterior examen de su «repentina idea» habíase convertido de pronto para Myshkin en tarea desagradable y casi imposible. Con un doloroso esfuerzo de atención examinaba cuanto se ofrecía a sus ojos: miraba el cielo, el río. Interpeló a un niño a quien encontró de camino. Acaso los síntomas epilépticos se intensificasen cada vez más. Oíanse truenos lejanos; la tormenta que amenazaba acercábase, aunque lentamente. La atmósfera estaba muy cargada…
Así como a veces nos obsesiona la fatigosa reminiscencia de un motivo musical, del mismo modo estaba Myshkin ahora obsesionado por el recuerdo del sobrino de Lebedev, a quien viera por la mañana. Por una extraña asociación de ideas, se representaba al joven con el aspecto del asesino de que le hablara Lebedev al presentárselo. Myshkin había leído muy recientemente cosas relativas a aquel asesino. Desde su llegada a Rusia solía leer en los periódicos muchas cosas de aquel género y se informaba de ellas con asiduidad. La conversación con el camarero de la fonda había versado precisamente sobre el asesinato de los Jesmarin. Recordaba que el camarero compartía su propia opinión. Y recordaba igualmente al camarero: no era un necio, sino un hombre circunspecto y reposado. «Aparte eso, Dios sabe cómo será. En un país desconocido, es difícil descifrar el modo de ser de la gente». Y, sin embargo, comenzaba a tener apasionada fe en el alma rusa. Durante aquellos seis meses había hecho descubrimientos que constituían para él sorpresas inauditas. Pero el alma de los demás es un misterio, y en consecuencia, el alma rusa se le aparecía llena de tinieblas. Así por ejemplo, trataba hacía tiempo a Rogózhin. Y, esto aparte, ¡qué caos, qué absurdidad, qué cosas tan desagradables a veces en todo aquello! ¡Y qué repulsivo y satisfecho de sí mismo aquel truhan del sobrino de Lebedev! Myshkin reaccionó contra sus fantasías: «¿En qué pienso? ¿Acaso es el autor del crimen? ¿Acaso asesinó a esas seis personas? ¡Qué raro, me parece que me confundo! Se me va la cabeza… ¡Y qué rostro tan simpático y encantador el de la hija mayor de Lebedev, aquella que tenía un niño en brazos! ¡Qué fisonomía tan inocente, casi infantil! Es extraño que no haya recordado antes aquella cara: se me había borrado en la memoria. Pero lo positivo, lo tan seguro como que dos y dos son cuatro, es que Lebedev adora a su sobrino».
¿Por qué juzgaba tan a la ligera a aquellas gentes? ¿Podía pronunciarse así tras una sola y primera vista? Lebedev, hoy, le había mostrado un enigma. ¿Cabía esperar un alma semejante en Lebedev? ¿Conocía antes a Lebedev bajo aquel aspecto? ¡Señor! ¡Lebedev y la condesa Du Barry! ¡Qué cosas! Si Rogózhin matase a alguien, su crimen al menos no sería una cosa tan monstruosa; no se vería en él tal caos, tanta insensatez. Un arma de modelo especial encargada al efecto y el asesinato de seis personas perpetrado en estado de completo delirio… ¿Tendría Rogózhin algún arma encargada también con arreglo a un modelo especial? Pero, ¿tal vez era inevitable y se sabía de cierto que Rogózhin fuera a cometer un asesinato? «¿No es un crimen y una villanía por mi parte pensar con esta cínica franqueza en semejante posibilidad?», díjose Myshkin con un sobresalto. Y el rubor de la vergüenza sonrojó su semblante. Permaneció estupefacto, inmóvil, como clavado en el suelo. Todo le acudió a la vez a la memoria: los dos incidentes sobrevenidos antes, el uno en la estación de Pavlovsk, el otro en aquella a que había llegado por la mañana; la pregunta que le había dirigido Rogózhin sobre los «ojos»; la cruz de Rogózhin que llevaba al cuello; la bendición que Rogózhin pidió a su madre para él, y, en fin, aquel vehemente abrazo en la escalera, aquella suprema abnegación… Y, tras todo esto, Myshkin se había sorprendido buscando no sabía qué en torno suyo, le habían preocupado una tienda, y un objeto de un escaparate… ¡Qué mezquino todo ello! Y al cabo andaba ahora con un «fin particular», con una «idea súbita». Sintiéndose colmado de desesperación y angustia, quiso regresar inmediatamente sobre sus pasos; pero un minuto después se paró, reflexionó y rehízo su camino en la dirección de antes.
Estaba ya en la Petersburgskaya y se encontraba cerca de la casa que quería buscar. Pero ahora no se aproximaba a ella con el mismo objeto que hacía poco, esto es, con un «fin particular». ¿Cómo había podido suceder así? Sí: era indiscutible que su dolencia volvía; acaso sufriese un ataque antes de que el día concluyera. Era la inminencia del ataque lo que producía aquella «idea», aquel eclipse intelectual. Ahora las tinieblas se disipaban, el demonio era expulsado, las dudas no existían, el júbilo desbordaba en su corazón. No la había visto hacía mucho: necesitaba verla. Hubiera deseado encontrar a Rogózhin, tomarle del brazo y visitarla juntos. ¿Acaso Myshkin era rival de Rogózhin? No: su corazón se mantenía puro. Mañana iría a decir a Rogózhin que la había visto; era cierto que había volado a San Petersburgo sólo para verla como decía Rogózhin. Quizá la encontrase; no era seguro del todo que estuviese en Pavlovsk…
Urgía concretar con claridad las situaciones respectivas de Rogózhin y suya, dejar de tener misterios el uno para el otro, prescindir de abnegaciones sombrías y apasionadas, como la de Rogózhin poco antes; hacerlo todo a la luz del día, claramente… ¿No podía el alma de Rogózhin soportar la luz? Rogózhin afirmaba que no quería a Nastasia Filíppovna como Myshkin, que no sentía por ella ninguna piedad, «ninguna compasión semejante». Cierto que a continuación había añadido: «Acaso tu compasión sea más fuerte aún que mi amor». Parfión Semiónovich se calumniaba, sin duda. ¡Hum! Rogózhin se había entregado a la lectura: ¿tal vez no era eso «compasión» también, o, al menos, un principio de «compasión»? La mera presencia de aquel libro, ¿no demostraba que Parfión Semiónovich sabía muy bien lo que él era con respecto a ella? ¿Y su relato de antes? Allí existía ciertamente algo más que un arrebato pasional. Y, en fin, ¿acaso el rostro de Nastasia Filíppovna no estimulaba otros sentimientos a más del de la pasión? ¿Podía siquiera inspirar pasión ahora? Aquella fisonomía provocaba una impresión de sufrimiento, prendía el alma en su encanto, hacía que… Y un recuerdo doloroso, punzante, traspasó de súbito el corazón del príncipe.
Sí: punzante. Recordó cómo había sufrido cuando, últimamente, creyó ver en ella síntomas de locura. Entonces se sintió casi desesperado. ¿Cómo le había permitido marchar el día que ella le abandonó para refugiarse al lado de Rogózhin? Debiera haber corrido en persona tras ella, en vez de esperar que se le diesen noticias de la fugitiva. Pero, ¿era posible que Rogózhin no hubiese notado que la joven estaba loca? Rogózhin explicaba todo por otras causas, por una supuesta pasión… Y luego, aquellos celos insensatos… ¿Qué significaba el proyecto del que había hablado antes? ¿Qué había querido decir? Myshkin enrojeció súbitamente y un temblor agitó su corazón.
Después de todo, ¿de qué servía pensar en todo aquello? La demencia existía por ambas partes. Un amor apasionado del príncipe hacia aquella mujer resultaba casi inconcebible, sería algo lindero con lo inhumano, con lo bárbaro. Sí, sí… Rogózhin se calumniaba: tenía en realidad un gran corazón, capaz de sufrir y de compadecer. Cuando supiese toda la verdad, cuando comprendiera lo digna de lástima que era aquella mujer destrozada, demente, ¿no le perdonaría todo el pasado, todo lo que ella le había hecho sufrir? ¿No se convertiría en su servidor y hermano, en su amigo y su providencia? Y esa compasión sería para Rogózhin la escuela que le permitiera formarse. La compasión es la principal y acaso la única ley de la existencia humana. ¡Qué imperdonable culpa había cometido con Rogózhin, qué vilmente injusto había sido con él! Myshkin se repetía que no era el alma rusa la que estaba «llena de tinieblas», sino que era la suya la tenebrosa, puesto que pudo imaginar tal abominación. Por unas simples palabras afectuosas y cordiales dichas en Moscú, Rogózhin le llamaba su hermano y, en cambio, él… Pero todo era efecto de la enfermedad, de un delirio, y todo iba a disiparse. ¡Con qué sombrío abatimiento dijo Rogózhin que estaba perdiendo la fe! Aquel hombre debía de sufrir cruelmente. Confesaba que le placía contemplar el cuadro de Holbein, y aunque no lo miraba de buen grado, sentía, de todos modos, la precisión de mirarlo. Rogózhin no era solamente un alma apasionada, sino un luchador que quería recuperar a viva fuerza la fe perdida, aquella fe cuya falta le producía un tormento insufrible. ¡Oh, creer en algo, creer en alguien! ¡Y qué extraordinario aquel cuadro de Holbein! ¡Ah, la calle! Y el número 16: «casa de la viuda del secretario del colegio Filisov». Allí debía de ser.
El príncipe llamó y preguntó por Nastasia Filíppovna.
La dueña de la casa contestóle personalmente que Nastasia Filíppovna había salido por la mañana para dirigirse a Pavlovsk, donde pensaba pasar algunos días con Daría Alexievna. La señora Filisova era una mujercita menuda, de unos cuarenta años, de ojos penetrantes y rostro agudo, de tímida y escudriñadora expresión. Preguntó el nombre del visitante, con cierto intencionado aire de misterio. Al principio Myshkin no quiso darlo, pero luego rectificó, insistiendo vivamente en que se mencionase su visita a Nastasia Filíppovna. Aquella insistencia atrajo la atención de la señora Filisova, quien exteriorizó en su semblante una idea que parecía querer manifestar: «No se preocupe; le comprendo bien». Era evidente que el nombre del príncipe le había causado una viva impresión. El visitante la contempló, distraído, por un momento, y luego regresó al hotel. Pero cuando salió de casa de la Filisova no era el mismo que había llamado a la puerta. Se había operado en él un cambio extraordinario e instantáneo. Otra vez andaba lento, pálido, débil, agitado, pleno de congoja. Sus rodillas temblaban y una vaga sonrisa contraía sus labios lívidos. Su «idea súbita» se había confirmado y justificado de repente. Myshkin volvía a creer en su demonio.
Aunque, ¿por qué, después de todo, estaba confirmada y justificada? ¿De qué provenían aquel temblor, aquel sudor frío y aquella glacial oscuridad de su alma? ¿De que poco antes había vuelto a ver aquellos «ojos»? ¡Pero si había salido del Jardín de Verano exclusivamente para verlos! Ésa había sido su «idea súbita». Sí: estaba absolutamente seguro de que allí, cerca de esta casa, encontraría los «ojos de antes». Ése era el deseo febril que le había llevado a realizar aquella marcha, y, puesto que esperaba ver los ojos, ¿por qué su presencia le había trastornado hasta ese punto? Sí: ahora no cabía dudar de que eran los mismos que por la mañana, entre la multitud, le habían dirigido una mirada llameante en el momento en que se apeaba del tren de Moscú, los mismos, sin duda los mismos que, horas más tarde, en casa de Rogózhin, sorprendiera fijos en él a espaldas suyas. Cierto que Rogózhin había negado, preguntando a la vez que crispaba el rostro en una forzada sonrisa: «¿A quién pertenecían esos ojos?». Y hacía poco, en la estación de Tzarskoie Selo, cuando Myshkin estaba a punto de subir al tren y dirigirse en busca de Aglaya, había vuelto a ver de repente aquellos ojos, por tercera vez en el curso del día, y entonces había sentido vivos deseos de acercarse a Rogózhin y decirle a quién pertenecían los ojos en realidad. Pero había huido, confuso y turbado, de la estación, sin lograr recobrar el ánimo hasta delante del escaparate de una cuchillería, donde había valorado mentalmente en sesenta kopecs el coste de un cuchillo con mango de cuerno de ciervo. Un demonio extraño, espantable, se había asido a él definitivamente y no abandonaba su ánimo. Mientras el príncipe meditaba, sentado a la sombra de un tilo en el Jardín de Verano, aquel demonio, le había insinuado, muy quedo: «Puesto que Rogózhin se obstina en seguirte desde la mañana, espiando cada uno de tus pasos, es seguro que, al ver que no tomas el tren de Pavlovsk (lo que habrá sido un golpe terrible para él) no dejará de dirigirse allí, a esa casa de la Petersburgskaya, y vigilará si llegas tú, tú que esta mañana misma le has dado palabra de honor de no ver más a Nastasia Filíppovna, y le has dicho que no habías venido a San Petersburgo por eso». Luego Myshkin se había dirigido a casa de la Filisova. ¿Qué de extraño, pues, que hubiese encontrado allí a Rogózhin? No había visto sino a un hombre desgraciado, muy sombrío, sí, pero cuyo estado de ánimo era fácil de comprender. Además, aquel desgraciado no se ocultaba ya. Cierto que antes había mentido, pero en la estación de Tzarskoie Selo apenas se había preocupado de ocultar su presencia. Si alguno de los dos trató de esquivarse, fue más bien Myshkin que Rogózhin. Y ahora, junto a la casa, el último permanecía cerca de ésta, en pie en la acera de enfrente, con los brazos cruzados. Era imposible no verle y parecía haberse colocado adrede así. Estaba allí como un acusador, como un juez, y no como…
¿Y no como qué? ¿Por qué causa, cuando Myshkin le miró, se apartó como si no le viese, aunque los ojos de los dos se habían encontrado? Porque se habían encontrado, e incluso cambiado una mirada. ¿No se proponía Myshkin muy poco antes coger el brazo a Rogózhin y subir a visitar, juntos, a Nastasia Filíppovna? ¿No se proponía ir al día siguiente a decir a su amigo que había estado en casa de ella? ¿Quizá a mitad de camino de su objetivo no había logrado triunfar de su demonio y sentido una repentina alegría que inundaba de gozo su alma? ¿O había realmente en el conjunto de los actos verificados aquel día por Rogózhin, en el total de sus palabras, miradas y movimientos, algo que justificase los horribles presentimientos de Myshkin y las odiosas insinuaciones de su demonio? ¿Existía en todo ello ese no se sabe qué que salta a la vista, pero que es difícil de analizar y expresar: esa sensación de la que no cabe hacerse idea exacta y que, sin embargo, impresiona hasta el punto de determinar la convicción?
Pero ¿qué convicción? ¡Cuánto hacía sufrir al príncipe la monstruosidad de aquella convicción y qué reproches se dirigía a sí mismo al experimentarla! Se repetía sin cesar: «Ea, di, si te atreves, en qué consiste esa certeza que sientes, formula todo tu pensamiento, ten el valor de expresarte netamente y con claridad, sin rodeos». Y sonrojado por la vergüenza, airado contra sí mismo, continuaba: «¿Cómo podré desde ahora mirar a la cara de ese hombre? ¡Oh, qué día, Dios mío! ¡Qué pesadilla!».
Así se lamentaba Myshkin mientras volvía de la Petersburgskaya. Al llegar al término de aquel largo y penoso camino, experimentó de pronto un imperioso deseo: el de ir sin dilación a casa de Rogózhin, esperar su vuelta, abrazarle cuando entrase, decírselo todo, entre turbadas lágrimas, terminar aquello… Pero ya estaba al lado del hotel… ¡Cuánto le habían desagradado aquel hotel, sus pasillos, su alcoba, toda la casa! Ya a la primera ojeada sintió antipatía por el conjunto y varias veces, durante el día, hubo de pensar con contrariedad en la necesidad de volver allí por la noche. «¡Vamos, vamos! — dijo para sí—. Parezco hoy una mujer nerviosa. Creo en toda clase de presentimientos» Mientras se burlaba de sí mismo en esta forma, se detuvo a la puerta del hotel.
Entre los hechos del día figuraba uno que se había grabado en su espíritu más que todos los otros, aunque ahora ya lo mirase a sangre fría, en la plenitud de su buen sentido y no bajo el influjo de un sueño desvariado. Acababa de recordar de pronto el cuchillo que viera por la mañana en la mesa de Rogózhin. «Mas, ¿por qué no ha de poder Rogózhin tener en su mesa todos los cuchillos que le plazca?», se dijo el príncipe, muy maravillado de sus sospechas. Igual impresión experimentó al pensar en cuando se había detenido ante el escaparate de la cuchillería. «¿Qué relación puede haber…?», comenzó a razonar mentalmente. Pero no concluyó el pensamiento. Sofocado de vergüenza, sintiéndose al borde de la desesperación, permaneció inmóvil en el lugar en donde se hallaba, junto a la puerta. Esto sucede a veces a los seres humanos: un recuerdo insoportable —sobre todo si es humillante— paraliza, cuando despierta, la actividad física de los individuos. «Soy un hombre sin corazón y un cobarde», se dijo, irritado.
Hizo un movimiento para entrar, pero tornó a detenerse. En el amplio zaguán, nunca muy claro, reinaba ahora una oscuridad profunda. En el preciso momento en que Myshkin llegaba al hotel, la nube de tormenta que cubría el cielo se había resuelto en una lluvia torrencial. Cuando el joven, tras aquel minuto de inmovilidad, quiso abandonar el sitio en que se había parado, vio de pronto, en la penumbra, la figura de un hombre que se hallaba en el portal, junto al arranque de la escalera. Aquel hombre, que parecía esperar alguna cosa, desapareció inmediatamente. El príncipe no tuvo tiempo de examinarle y no hubiera podido decir con seguridad quién era. Además, en un hotel hay siempre un vaivén continuo de gentes que entran y salen. Y, con todo, quedó persuadido, de que aquel hombre era Rogózhin. Al cabo de un momento, Myshkin, con el corazón desfalleciente, se precipitó tras él escalera arriba: «Todo va a aclararse ahora», pensaba.
El tramo de escalones que subía a buen paso conducía a los corredores de los pisos primero y segundo, a lo largo de los cuales se alineaban las habitaciones del hotel. Como en todas las casas viejas, la escalera, angosta y oscura, era de piedra y giraba en torno a una gruesa columna, de piedra también. Al nivel del primer piso, aquella columna presentaba un entrante, especie de nicho de medio metro escaso de anchura y de una profundidad que podía alcanzar hasta un cuarto de metro. Allí podía introducirse fácilmente un hombre. A pesar de la oscuridad, el príncipe, al llegar al rellano, notó una sombra en el nicho. Se propuso pasar a su lado sin mirar a la derecha, pero, después de dar un paso, no supo contenerse y volvió la cabeza.
Su mirada captó en el acto los mismos ojos de antes. El hombre oculto adelantó un paso fuera del nicho. Por un segundo ambos permanecieron frente a frente, tan próximos que casi se tocaban. De improviso Myshkin asió a Rogózhin por los hombros y le empujó hacia la escalera, para examinar mejor sus facciones.
En los ojos de Rogózhin se encendió una luz siniestra, mientras una rabia contenida se exteriorizaba en su rostro desfigurado por una espantosa sonrisa. Su mano derecha se alzó blandiendo un objeto que brillaba en la oscuridad. Myshkin no pensó siquiera en detener la mano que le acometía. Más tarde sólo creyó recordar haber exclamado:
—Nunca hubiese podido creer esto en ti, Parfión Semiónovich.
Luego le pareció ver abrirse ante él una perspectiva indefinible y una intensa luz interior alumbró su alma.
Aquello no duró acaso ni medio segundo, pero, sin embargo, Myshkin conservó después la memoria, muy nítida, del comienzo del ataque, de los primeros gritos que se escaparon, espontáneos, de su boca, y que todos sus esfuerzos mentales no lograron reprimir. Y en seguida la conciencia de sí mismo se desvaneció, sucediéndola una completa tiniebla.
Era un acceso epiléptico, el primero que sufría desde hacía mucho. Sabido es lo súbitamente que se producen los ataques de esa enfermedad. En un abrir y cerrar de ojos el rostro se descompone de un modo horrible, y la alteración de la mirada resulta espantosa. Las convulsiones que agitan el cuerpo del enfermo crispan todos los músculos de su cara. De su pecho brotan gritos terribles, inimaginables, sin comparación con cosa alguna, gritos que no parecen humanos. Al oírlos parece increíble que los profiera el paciente, más bien se creería que hay en su interior otro ser que es el verdadero vociferante. Tal es, al menos, la impresión que han descrito numerosas personas testigos de crisis epilépticas. En resumen, hay mucha gente que siente un terror indecible, insoportable, casi supersticioso, ante un atacado de epilepsia.
Fue sin duda aquella impresión de espanto, unida a la otra sensación del momento, la que detuvo en seco el brazo de Rogózhin, ya alzado sobre el príncipe, este se desplomó de espaldas y rodó a lo largo de la escalera, golpeándose la nuca al caer contra los peldaños pétreos. Rogózhin, sin comprender todavía lo que acababa de ocurrir, bajó los escalones de cuatro en cuatro y, una vez abajo, pasando al lado de la postrada figura, salió del hotel como loco, inconsciente de lo que hacía.
El cuerpo del enfermo, agitado por violentas convulsiones, había rodado hasta el pie de la escalera, que contaba desde el primer piso unos quince peldaños. Cinco minutos después, viendo al príncipe en el suelo, se formó un grupo en torno a él. Como la cabeza estaba herida y sangraba copiosamente, se dudó al principio de si se trataba de un accidente o de un crimen. Pero algunos adivinaron en breve que se hallaban ante un caso de epilepsia, y una de las personas de la casa reconoció al herido como a un viajero llegado por la mañana al hotel.
Al fin, una circunstancia afortunada hizo que se aclarara todo lo ocurrido.
Kolia, que prometiera estar en «Los Dos Platillos» a las tres, en vez de hacerlo así se había dirigido a Pavlovsk, pero no aceptó la invitación de la generala Epanchina para que se quedase a comer y de vuelta a San Petersburgo se apresuró a ir a «Los Dos Platillos», donde llegó hacia las siete de la tarde. Averiguando por la nota del príncipe que éste había llegado a la ciudad, se apresuró a encaminarse a la dirección que le daba. Cuando le dijeron que Myshkin había salido, Kolia bajó al salón de la fonda y esperó la vuelta de su amigo tomando té y oyendo tocar el órgano. En esto, oyendo hablar casualmente de un accidente sufrido por un viajero, se dirigió al vestíbulo movido por un presentimiento, y reconoció a Myshkin. En el acto se adoptaron las medidas necesarias, empezando por la de transportar al herido a su habitación. Myshkin volvió pronto de su desmayo, pero transcurrió bastante tiempo antes de que recobrase el conocimiento del todo. El médico llamado para examinar las heridas de la cabeza declaró que eran meras contusiones leves. Una hora después, Myshkin comenzó a darse cuenta bastante clara de lo sucedido. Kolia le hizo subir a un coche y le condujo a casa de Lebedev. El funcionario recibió a Myshkin con muchas reverencias y manifestaciones de afecto. En atención a él activó los preparativos de marcha, y, dos días más tarde, Myshkin y todos los Lebedev se fueron a Pavlovsk.