SEGUNDA PARTE

I

Dos días después de la extraña aventura ocurrida en la reunión de Nastasia Filíppovna y con la que concluyó la primera parte de nuestro relato, el príncipe Myshkin se encaminó a Moscú para recibir su inesperada fortuna. Se rumoreó por aquel entonces que pudieron existir ciertos motivos para que apresurara su viaje, pero no tenemos suficientes informes sobre este extremo, ni en general sobre la vida del príncipe durante los seis meses que estuvo ausente de San Petersburgo. Incluso quienes por un motivo u otro no eran indiferentes a su suerte, pasaron mucho tiempo sin saber nada de él. Cierto que a los oídos de algunas personas llegaron diversos rumores, pero todos raros y casi siempre contradictorios. En ningún sitio interesaba el príncipe más que en casa de Epanchin, de cuya familia no se había despedido al marchar. El general Epanchin sí le vio, desde luego, dos o tres veces, y hasta mantuvo con él algunas conversaciones serias, pero no habló de ello a su familia. Al principio, es decir, durante el primer mes de la marcha de Myshkin, pareció cosa convenida entre las Epanchinas el no mencionarle. Lizaveta Prokófievna fue la única que faltó a esta regla en los primeros días para declarar que «se había engañado terriblemente con el príncipe». Dos o tres días después, añadió, si bien en términos genéricos y sin mencionar a nadie, que «el rasgo más peculiar de su vida había sido equivocarse siempre respecto a la gente». Y por fin, diez días después, a continuación de una disputa con sus hijas, sentenció: «¡Basta de equivocaciones! ¡No volveré a cometer ni una más!».

Preciso es indicar aquí que durante bastante tiempo se cernió sobre todos los Epanchin un denso malhumor. Las relaciones familiares, ya antes difíciles y tensas, se agriaron mucho. Dijérase que todos se ocultaban algo unos a otros. No había quien no tuviera el rostro hosco. El general se absorbía día y noche en sus tareas. Nunca se le había visto más ocupado, sobre todo en asuntos del servicio. Alguna rara vez, muy de cuando en cuando, realizaba una fugaz aparición ante su mujer e hijas. Las muchachas se guardaban bien de hablar delante de sus padres y acaso no charlasen gran cosa más cuando estaban solas. Eran mujeres orgullosas y altaneras, incluso reservadas entre sí en ciertas ocasiones. Además sabían comprenderse, no sólo a media palabra, sino hasta a media mirada, lo que en muchos casos hacía innecesaria la conversación.

Un observador imparcial habría llegado, examinándolas, a la conclusión de que Myshkin, a juzgar por todos los datos precedentes, había causado una fuerte impresión en las Epanchinas, aunque sólo las hubiese visto una vez. Acaso ello se explicara por el interés que solían despertar ciertas estrafalarias aventuras del príncipe. Fuera como fuese, la impresión persistía.

Gradualmente, los rumores que circulaban, en la ciudad se tornaron más inconsistentes y confusos. Se hablaba de un príncipe joven y no poco necio, cuyo nombre no sabía nadie, que había heredado de pronto una gran fortuna y casándose con una célebre danzarina francesa del «Château des Fleurs», que bailaba el «cancán» en San Petersburgo. Pero otros pretendían que la enorme herencia había sido recibida por un general y que el esposo de la bailarina era un comerciante inmensamente rico. Añadíase que aquel hombre, el día de su boda, había quemado, por pura fanfarronada, setecientos mil rublos en títulos del último empréstito, acercándolos a la llama de una bujía. Al fin, pronto se dejaron de comentar tales historias en vista de la imposibilidad de ponerlas en claro.

La banda de Rogózhin, cuyos miembros hubiesen podido dar minuciosos informes sobre aquellos asuntos, salió para Moscú en pos de su jefe después de celebrar en Ekateringov una tremenda orgía —en la que participó Nastasia Filíppovna— durante una semana. Algunos afirmaban que la joven, terminada la orgía, había desaparecido, y se la presumía refugiada en Moscú, lo que parecía quedar confirmado por la presencia de Rogózhin en aquella ciudad. Igualmente circulaban diversas voces acerca de Gabriel Ardaliónovich Ivólguin, que era bastante conocido en ciertos ambientes. Pero pronto surgió una circunstancia que hizo enmudecer las malas lenguas, y fue que el joven cayó enfermo de gravedad y no volvió a aparecer ni entre sus amigos ni en su oficina. La enfermedad duró un mes, pasado el cual Ganya dimitió su empleo en la compañía de que era secretario. Y la compañía hubo de substituirle. Ganya no apareció más tampoco en casa del general Epanchin, y éste tuvo que tomar también nuevo secretario. Los enemigos de Ganya podían suponer ficticia su enfermedad, atribuyendo su desaparición a vergüenza de presentarse en público después de cuanto le había ocurrido, pero en realidad estaba enfermo, e incluso su dolencia le tomó hipocondríaco, sombrío e irritable.

Aquel invierno, Bárbara Ardaliónovich se casó con Ptitsin. Todas las amistades de los Ivólguin se explicaron la boda por el hecho de que Ganya, al renunciar a sus ocupaciones, había dejado de subvenir a las necesidades de la familia, convirtiéndose incluso en carga para ella.

En casa de Epanchin no se hablaba más de Ganya que si no hubiese existido nunca. Y, sin embargo, ningún miembro de la familia ignoraba un curioso detalle referente al joven: el de que éste, después de la ingrata escena en la reunión de Nastasia Filíppovna, había esperado en su casa con febril inquietud la llegada de Myshkin, quien volvió de Ekateringov a las siete de la mañana. Entonces Ganya, llevando en la mano el fajo de billetes que Nastasia Filíppovna le regalara cuando yacía desmayado, los colocó sobre la mesa de Myshkin, rogándole que entregase el dinero a su propietaria en cuanto tuviera ocasión. Ganya entró en la habitación enfurecido y casi desesperado, sentimientos que, sin embargo, desaparecieron tras unas breves palabras con Myshkin. Pasó dos horas con éste y en todo aquel tiempo no cesó de llorar. Luego se separaron amistosamente.

Esta noticia, conocida de toda la familia del general, era, según más adelante se supo, exacta en todas sus partes. Sin duda parecerá extraño que tales hechos se divulgasen tan pronto, pero el caso fue que todo lo ocurrido en casa de Nastasia Filíppovna se divulgó, casi al día siguiente, en casa de los Epanchin. Los informes acerca de Gabriel Ardaliónovich podían suponerse recibidos de su hermana, ya que entre ésta y las jóvenes Epanchin se entablaron súbitas relaciones de amistad, con gran asombro de Lizaveta Prokófievna.

Pero aunque Varia hubiese creído oportuno por alguna razón estrechar su trato con las Epanchin, no era mujer capaz de hablarles de las intimidades de su hermano. A su modo no le faltaba orgullo, aunque ahora se hubiese insinuado en una casa en la que Ganya había sido poco menos que puesto a la puerta. Las Epanchinas y ella se conocían ya de antes, pero apenas se relacionaban. Incluso ahora, Varia no se mostraba nunca en el salón y subía siempre por la escalera de servicio, como si sólo fuese de paso. Lizaveta Prokófievna no exteriorizaba hacia Varia benevolencia alguna, pese a que estimaba mucho a su madre. La nueva amistad de sus hijas le producía tanta sorpresa como desagrado, viendo en ella únicamente un capricho de sus hijas «que querían hacer su voluntad en todo y no sabían qué inventar para contrariarla». Esta opinión suya no impidió que Varia continuase sus visitas a las Epanchinas, antes y después de su matrimonio.

Había transcurrido un mes desde la marcha del príncipe cuando la esposa del general Epanchin recibió una carta de la anciana princesa Bielokonsky, que se hallaba en Moscú hacía quince días con su hija mayor, casada en aquella ciudad. Lizaveta Prokófievna se reservó las noticias que le daba su amiga, pero su familia apreció en ella diversos indicios de que la lectura la había puesto en un extraño estado de agitación. Comenzó a hablar mucho con sus hijas, y por cierto de cosas extraordinarias. Era notorio que deseaba hacer confidencias y no se resolvía a empezar.

El día que recibió la carta colmó de caricias a sus hijas, abrazó a Aglaya y Adelaida, y hasta les hizo una especie de confesión de la que ellas no comprendieron nada. La generala llegó a mitigar su aspereza con su marido, con quien se mostraba muy adusta desde hacía un mes. Al día siguiente se arrepintió de su afabilidad de la víspera y antes de comer había encontrado tiempo para disputar con todos; pero a la tarde el horizonte se aclaró de nuevo. En resumen, pasó ocho días de mucho mejor humor que el normal en ella hacía bastante tiempo.

A fines de semana llegó otra carta de la princesa Bielokonsky y esta vez Lizaveta Prokófievna se decidió a explicarse. Declaró, pues, con gran solemnidad, que «la vieja Bielokonsky» (nunca se refería a la princesa por otro apelativo) le daba noticias muy satisfactorias acerca de «aquel excéntrico del príncipe», la anciana había buscado a Myshkin en Moscú y pedido informes sobre él, recibiéndolos muy buenos. Finalmente Myshkin había ido a verla y causado en ella una impresión extraordinaria. La Bielokonsky le había invitado a visitarla a diario, de una a dos, y él no faltaba ni una sola vez, sin que la princesa se hubiese cansado hasta entonces de su asiduidad. La generala añadió que «la vieja» había presentado a Myshkin en casa de dos a tres familias muy distinguidas.

—Es conveniente —concluyó Lizaveta Prokófievna— que no se encierre en casa y no se muestre tímido como un tonto.

Las jóvenes, oyendo aquellas noticias, comprendieron que su madre les ocultaba buena parte del contenido de la carta. Acaso ellas estuviesen al corriente de todo por Bárbara Ardaliónovna, quien se enteraba de muchas cosas a través de su marido, pues Ptitsin se hallaba en situación de estar bien informado sobre ciertas cosas, y, aun cuando excesivamente reservado en sus asuntos, hablaba bastante de ellos con su mujer. La generala encontró en este hecho un motivo más de desagrado contra la joven.

Pero el hielo estaba roto y ya se podía hablar abiertamente del príncipe. Entonces se evidenció de nuevo el interés que el joven había despertado. Lizaveta Prokófievna llegó a sorprenderse de la impresión causada en sus hijas por las noticias de Moscú.

Por su parte, las muchachas observaban una extraña contradicción entre las palabras y los hechos de su madre. Mientras ella, de un lado, les declaraba con toda solemnidad que «el rasgo más peculiar de su vida había sido engañarse siempre respecto a la gente», por otro recomendaba el príncipe a la atención de la «poderosa» princesa Bielokonsky, lo que no era cosa desdeñable, puesto que «la vieja» distaba mucho de aceptar con facilidad tales recomendaciones.

Roto el hielo, el general habló también. Pero sus informes se refirieron sólo a la «parte positiva del asunto». Resultó que, en interés del príncipe, había encargado a dos sujetos de confianza, gente influyente en Moscú dentro de su esfera, que vigilasen los intereses de Myshkin, encareciendo lo mismo a Salazkin, el agente de negocios del joven. Cuanto se comentaba acerca de la herencia —«es decir, de la realidad de la herencia» añadió Epanchin— era cierto, pero se había exagerado mucho su cuantía. Los asuntos de Papuchin estaban bastante embrollados: había dejado deudas, aparecieron varios aspirantes a la sucesión y, para colmo, Myshkin acreditaba una falta completa de sentido práctico, sin querer escuchar los consejos de nadie. El general, por supuesto, le deseaba el mayor bien posible y le complacía declarar, ahora que se había roto «el hielo del silencio», que aquel «muchacho se lo merecía todo, aunque no fuese un hombre corriente».

En aquel caso, por ejemplo, había acumulado necedad sobre necedad. Numerosos acreedores del difunto fundaban sus derechos en documentos discutibles y hasta sin valor alguno. No faltaban quienes, comprendiendo que se las habían con un hombre bondadoso, le reclamaban dinero incluso sin prueba documental. Pero por mucho que los amigos de Myshkin le habían repetido que los derechos legales de aquella gente eran nulos, él saldó a casi todos los acreedores, meramente porque juzgaba que algunos de ellos poseían un derecho moral.

La generala comentó que la vieja Bielokonsky decía lo mismo, y añadió, con acritud:

—Eso es necio, muy necio. ¡No es cosa fácil curar a un loco!

Pero se notaba en su cara cuanto le complacía la conducta de aquel «loco». En resumen, el general observó que su mujer se interesaba por Myshkin como por un hijo, así como que multiplicaba sus amabilidades con Aglaya. Viendo todo esto, Ivan Fedorovich juzgó oportuno acentuar por algún tiempo más su actitud de hombre práctico.

Esta grata disposición de espíritu duró poco en la familia. Al cabo de dos semanas se produjo un cambio súbito. Lizaveta Prokófievna mostró de nuevo un semblante huraño y el general, tras encogerse repetidamente de hombros, hubo de resignarse otra vez al «hielo del silencio».

El hecho era que quince días antes había recibido en privado una noticia oscura y lacónica, pero muy concreta, diciéndole que Nastasia Filíppovna, después de su huida a Moscú, había sido descubierta por Rogózhin; que tornó a desaparecer y él a encontrarla, y que al cabo ella se había comprometido a casarse con él. Y he aquí que a las dos semanas llegó un aviso no menos asombroso: Nastasia Filíppovna se había eclipsado por tercera vez ocultándose en no sé qué provincia, y el príncipe Myshkin había desaparecido a la vez de Moscú, dejando a Salazkin el cuidado de sus asuntos.

«Podrá haberse ido con ella o tras ella, pero algo hay en el fondo del asunto», se dijo el general.

Estos informes concordaban perfectamente con los recibidos por su esposa. De modo que a los dos meses de la marcha del príncipe se dejó de hablar de él por completo en San Petersburgo, y en casa de Ivan Fedorovich no volvió a romperse más el «hielo del silencio». Pero las muchachas seguían recibiendo noticias de Myshkin por Varia.

Para concluir con el tema de estos rumores y noticias, añadiremos que en la primavera se produjeron ciertos cambios en la familia Epanchin, de modo que hubiese sido difícil no olvidar al príncipe, aun cuando aquellos cambios no se unieran al hecho de que él no diese noticias suyas ni se preocupara de hacerlo. Durante el invierno se llegó gradualmente a la decisión de pasar el verano en el extranjero, es decir, de pasarlo la generala y sus hijas, ya que Epachin juzgaba su tiempo asaz precioso para perderlo en una fútil distracción.

El viaje fue decidido a instancias de las jóvenes, persuadidas de que su padre no quería llevarlas al extranjero porque sólo le preocupaba casarlas. En cuanto a los padres, quizá pensasen que novios pueden hallarse en cualquier sitio, y que aquel viaje, lejos de echar a perder las cosas, podía arreglarlas mejor.

Digamos de paso que se prescindió de todo lo relativo al posible enlace de Totzky con Alejandra Ivánovna. Los conciliábulos previos no siguieron adelante y Atanasio Ivanovich no formuló ninguna petición en regla. Sin hablar de ello apenas, sin disputas, ambas partes desecharon el proyecto, lo cual vino a coincidir con la partida de Myshkin a Moscú. La ruptura del planeado enlace había sido una de las causas del malhumor predominante en la familia Epanchin, pese a que la madre se declaró muy contenta de lo ocurrido. Y aunque el general reconocía que en aquel caso podían formularse ciertas censuras contra él, tardó mucho tiempo en consolarse de la pérdida de Totzky. «¡Un hombre con esa inteligencia y con tanto dinero!», decía. A poco de esto, el general supo que Totzky había quedado rendido en las redes de una francesa perteneciente a la alta sociedad de su país, una marquesa «legitimiste», con la que Atanasio Ivanovich se proponía casarse dentro de corto plazo, pensando marchar a París y después a Bretaña. «Es hombre perdido para nosotros», sentenció el general, al enterarse.

Mientras las Epanchinas se disponían a marchar al extranjero, sobrevino en aquel invierno una circunstancia que cambió de repente la marcha de las cosas y, con gran satisfacción de los padres, hizo suspender el viaje. Llegó a San Petersburgo, procedente de Moscú, el príncipe Ch., persona muy conocida por sus buenas cualidades. Tratábase de uno de esos hombres a la moderna a quienes cabe calificar de reformadores honrados, modestos, sinceros, inteligentemente deseosos de la prosperidad pública y notable por la rara y afortunada facultad de encontrar siempre algo útil que hacer. Sin exhibirse en exceso, sin mezclarse a las disputas verbales, violentas y estériles de los partidos, sin creerse una personalidad de primer orden, el príncipe no dejaba de comprender con mucha claridad las necesidades de la época contemporánea. Primero había servido al Estado, y luego pasó a ser miembro activo de un zemstvo. Era, asimismo, miembro correspondiente de varias sociedades científicas. En colaboración con un distinguido perito, había hecho modificar ventajosamente el trazado de una nueva e importante línea férrea. Tenía ahora alrededor de treinta y cinco años, era hombre de alta sociedad y, además, poseía lo que el general llamaba «una fortuna buena, seria e indiscutible». Epanchin había conocido al príncipe Ch. en casa del conde, su superior jerárquico. El príncipe Ch. tenía cierto interés en tratar a los «hombres prácticos» de Rusia y no rehuía su sociedad. Sucedió que, presentado el príncipe en casa de los Epanchin, se sintió poderosamente atraído por Adelaida Ivánovna. Antes de finalizar el invierno había ya solicitado la mano de la joven. Adelaida Ivánovna simpatizaba mucho con él, y Lizaveta Prokófievna participaba de esta simpatía. El general se hallaba muy satisfecho. Y se convino que la boda se efectuara en primavera.

Lizaveta Prokófievna y sus otras dos hijas podían haber realizado el viaje, sin Adelaida, a mediados o finales de verano, pasando uno o dos meses en el extranjero para olvidar el disgusto de que una de las hermanas hubiese abandonado ya la casa paterna. Pero entonces sucedió un nuevo incidente. Habiéndose aplazado la boda hasta mediados de verano, el príncipe Ch. presentó en casa de los Epanchin, a fines de primavera, a un lejano pariente suyo, llamado Eugenio Pávlovich Radomsky, con quien le unía estrecho trato. Radomsky era un joven de veintiocho años, edecán del zar, muy apuesto, de buena familia, inteligente, brillante, «moderno», «de exquisita educación» y casi fabulosamente rico. El general se preocupaba mucho siempre del último punto mencionado. Hizo, pues, investigaciones, ya que, según decía: «Parece que es así, pero conviene asegurarse». La vieja Bielokonsky escribió desde Moscú recomendando con gran vehemencia a aquel joven oficial de gran porvenir. Mas circulaban respecto a Radomsky ciertas inquietantes hablillas referentes a «liasons», «conquistas» y corazones destrozados. Desde que conoció a Aglaya, Radomsky se convirtió en visitante asiduo de la familia Epanchin. En verdad, nada se había hablado, ni aun por alusiones, pero el general y su mujer estimaron fuera de lugar un viaje durante el verano, dadas las circunstancias. En cuanto a Aglaya, quizá tuviese diferente opinión.

Todo ello sucedía poco antes de la segunda entrada de nuestro héroe en el escenario de esta historia. A juzgar por las apariencias, nadie se acordaba entonces en San Petersburgo del pobre príncipe Myshkin. De surgir ahora entre quienes le conocían, hubiérasele creído llovido del cielo.

Para complicar esta introducción, añadiremos otro hecho más. Después de la marcha de Myshkin, Kolia había continuado por el momento su vida anterior: es decir, que iba a clase, visitaba a su amigo Hipólito, vigilaba al general, auxiliaba a Varia en los quehaceres domésticos y errabundaba por la ciudad en sus ratos libres. Los huéspedes de la casa no tardaron en eclipsarse: a los tres días del episodio de Nastasia Filíppovna, Ferdychenko desapareció y no se supo más de él. Únicamente se rumoreaba, y no de buena fuente, que había participado en la orgía de Rogózhin, en Ekateringov. El príncipe se fue a Moscú y, por tanto, las dos habitaciones alquiladas quedaron vacías. Cuando Varia se casó, su madre y Ganya fueron a habitar con ella a casa de Ptitsin, en Ismailevsky Polk.

En cuanto al general Ivólguin, sucedióle por entonces una cosa totalmente imprevista. Su amiga, la señora Terentiev, a quien había entregado en diversas ocasiones pagarés por valor de dos mil rublos, le hizo encerrar en la cárcel por deudas. Semejante modo de obrar impresionó dolorosamente al infeliz Ardalion Alejandrovich, «víctima de su infundada fe en la generosidad del corazón humano, hablando en términos generales». Al adoptar la amable costumbre de firmar pagarés y letras de cambio, nunca había imaginado que pudiesen conducirle a complicación alguna y siempre supuso que todo marcharía bien. Pero ahora resultó que no era así. «Después de esto, ¿quién puede confiar en el género humano? ¿Cómo va uno a mostrar noble confianza hacia los hombres?», solía explicar Ivólguin con amargura cuando se sentaba ante una botella de vino con los compañeros de prisión, sus nuevos amigos, relatándoles anécdotas sobre el sitio de Kars y la resurrección de cierto soldado. Por lo demás, se amoldó muy bien en seguida a su nueva situación. Ptitsin y Varia afirmaban que aquél era su lugar adecuado y Ganya compartía esta creencia. Pero la infeliz Nina Alejándrovna lloraba en secreto, lo que asombraba a toda su familia y, aunque delicada de salud, iba a visitar a su esposo siempre que podía.

Desde el «contratiempo de papá», como decía Kolia, o más bien desde el casamiento de Varia, el muchacho se independizó casi del todo. Su familia le veía pocas veces y sólo por excepción dormía en casa. Decíase que había trabado muchas relaciones nuevas, y además era notorio que se había convertido en asiduo visitante de la prisión por deudas, a la que acompañaba siempre a su madre. En su casa no le preguntaban nada sobre sus ausencias, ni siquiera Varia, que le trataba aún, ello no obstante, con tanta severidad como antaño. Todos los de la familia notaban que Ganya, pese a su hipocondría, hablaba mucho con su hermano y que se habían establecido entre ambos relaciones amistosas. Hasta entonces nunca había sucedido así. Antes, Gabriel Ardaliónovich consideraba a su hermano como un mozalbete sin consecuencias y siempre le mostraba el más rudo desdén, amenazándole sin cesar con aplicarle un buen tirón de orejas, lo que ponía a Kolia fuera de sí. Pero a la sazón Ganya parecía apreciar a su hermano, y éste, por su parte, se sentía dispuesto a perdonar muchas cosas a Ganya desde que le viera renunciar a los cien mil rublos de Nastasia Filíppovna.

Tres meses después de la marcha de Myshkin, los Ivólguin supieron que Kolia había contraído amistad con las Epanchinas y que era muy bien recibido por las jóvenes. Varia lo averiguó sin tardanza, pese a que Kolia no le pidió que le presentase, sino que se presentó solo. Poco a poco, las Epanchinas le cobraron afecto. La generala empezó acogiéndole con frialdad, mas en breve rectificó, en vista de que el muchacho era «franco y nada adulador». No podía existir quien mereciese tales calificativos con más justicia que Kolia. Había sabido colocarse ante sus nuevas amigas en un pie de igualdad e independencia absolutas. Si bien a veces leía el periódico o algún libro a la generala, era sólo porque le complacía saberse útil. Una o dos veces, no obstante, disputó seriamente con Lizaveta Prokófievna a propósito de la cuestión feminista, y le dijo que era una mujer despótica y que no volvería a poner los pies en su casa. Pero, por inverosímil que pareciera, a los dos días de la riña la generala le envió un sirviente con recado de que volviese a verla. Kolia no quiso acreditar testarudez y se presentó a Lizaveta Prokófievna inmediatamente.

La única de las muchachas cuya simpatía no había sabido captarse Kolia era Aglaya, quien trataba siempre al mozo con altivez. Y, sin embargo, Kolia estaba destinado a dar una gran sorpresa a Aglaya.

Un día, el muchacho, aprovechando un momento en que se hallaba con ella, le tendió una carta, limitándose a decir que tenía orden de entregársela en propia mano. Aglaya miró con ceño al «presuntuoso mozalbete», pero éste se retiró en seguida. Ella, abriendo el mensaje, leyó:

«Una vez me honró usted con su confianza. Acaso me haya olvidado ahora del todo. ¿Por qué le escribo? No lo sé; pero siento el deseo de recordar mi existencia a usted, precisamente a usted. Muchas veces he pensado en ustedes tres, pero de las tres sólo la veía a usted, a usted sola. Me es usted necesaria, muy necesaria. Por mi parte nada tengo que escribirle, que contarle… Además, tampoco me lo propongo. Sólo deseo saber si vive feliz. ¿Es usted feliz? Esto es todo lo que quería decirle su hermano, L. Myshkin».

Tras leer aquella breve y casi incoherente carta, Aglaya se puso encarnada y tornóse pensativa. Nos sería difícil conocer el motivo de sus meditaciones. Desde luego se dirigió con toda claridad la siguiente pregunta: «¿Debo enseñar esta carta a alguien?». Se sentía como avergonzada. Al fin, con sonrisa extraña y burlona, arrojó la carta a un cajón de su mesa. Pero al día siguiente la sacó de allí a fin de depositarla entre las hojas de un voluminoso libro, como tenía costumbre de hacer con los papeles que deseaba tener a mano. El libro resultó ser «Don Quijote de la Mancha». Por alguna ignorada razón, Aglaya, viéndolo, rompió a reír. No nos consta si enseñó o no la misiva a alguna de sus hermanas.

Tras una segunda lectura del mensaje, su mente se formuló una nueva pregunta: ¿Era posible que el príncipe eligiera a aquel mozalbete presuntuoso y fanfarrón como confidente suyo? ¿Acaso no tenía Myshkin otra persona con quien comunicarse? Sin abandonar por ello su aire despectivo, Aglaya interrogó a Kolia sobre el particular. El muchacho, aunque siempre tan susceptible, no paró atención por aquella vez en el desdén de Aglaya y declaró, en términos concisos y rotundos, que al marchar el príncipe él le había dado su dirección y ofrecídole sus servicios, pero que la presente era la primera comisión que el príncipe le encargaba, sin que hubiese recibido antes carta alguna de él.

Para probarlo, exhibió a la joven una nota que Myshkin le había enviado. Aglaya no vaciló en leerla. La misiva del príncipe decía:

«Querido Kolia:

Tenga la bondad de entregar la nota adjunta. Espero que se encuentre usted bien.

Su affmo,

L. Myshkin».

—Es ridículo confiar así en un chiquillo —comentó Aglaya.

Y, tras esta observación injuriosa, se retiró.

A Kolia le afligió mucho semejante desprecio. Precisamente había pedido a Ganya que le prestase una bufanda nueva, de color verde, sólo para aquella ocasión. Se sintió, pues, herido en el alma.

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