Capítulo X
Las dos juntas
Pero Aliosha salió de la casa de su padre más abatido y decaído que cuando había entrado. Tenía la cabeza, también, como fragmentada y dispersa y, al mismo tiempo, sentía miedo de unir lo disperso y sacar una conclusión general de todas las dolorosas contradicciones experimentadas aquel día. Había algo que casi rayaba en la desesperación y que nunca había sentido el corazón de Aliosha. Y por encima de todo se alzaba, como una montaña, esa cuestión importante, fatídica e irresoluble: ¿cómo acabaría todo entre su padre y su hermano Dmitri con esa terrible mujer? Ahora él mismo había sido testigo. Había estado presente y los había visto al uno frente al otro. Por lo demás, solo su hermano Dmitri podía resultar desdichado, completa y terriblemente desdichado: le acechaba una desgracia innegable. Además, había otras personas involucradas en todo ese asunto y quizá mucho más de lo que le había parecido antes. Incluso resultaba algo enigmático. Su hermano Iván había dado un paso hacia él, algo que Aliosha llevaba mucho tiempo deseando, pero ahora, por algún motivo, sentía miedo de ese acercamiento. ¿Y aquellas mujeres? Era extraño: poco antes se encaminaba a casa de Katerina Ivánovna con gran turbación, pero ahora ya no sentía ninguna; al contrario, había apretado el paso, como si esperase recibir alguna indicación de ella. Pero transmitirle el mensaje era ahora, a todas luces, más difícil que antes: el problema de los tres mil rublos se había zanjado de manera definitiva, y su hermano Dmitri, sintiéndose ahora vil y desesperanzado, sin duda ya no se detendría ante ninguna caída. Además, le había ordenado que informara a Katerina Ivánovna de la escena que acababa de producirse en casa del padre.
Eran ya las siete de la tarde y oscurecía cuando Aliosha entró en casa de Katerina Ivánovna, una casa muy confortable y espaciosa en la calle Mayor. Aliosha sabía que vivía con dos tías. Una de ellas, en realidad, solo era tía de su hermana Agafia Ivánovna; era aquella persona silenciosa que, junto a su hermana, la había cuidado en casa de su padre a su regreso del instituto. La otra tía, en cambio, era una elegante y majestuosa señora de Moscú, aunque pobre. Corría la voz de que ambas se subordinaban en todo a Katerina Ivánovna y vivían con ella solo por guardar las apariencias. Katerina Ivánovna, por su parte, se sometía únicamente a su bienhechora, la viuda del general, que seguía viviendo en Moscú a causa de su enfermedad y a la que estaba obligada a enviarle dos cartas por semana con noticias detalladas.
Cuando Aliosha entró en el vestíbulo y pidió a la doncella que le acababa de abrir que anunciara su presencia, en el salón, por lo visto, ya estaban al corriente de su llegada (quizá lo hubiesen visto por la ventana), pues Aliosha enseguida oyó un ruido, algunos pasos de mujer apresurados, el frufrú de vestidos, como si dos o tres mujeres se alejaran a toda prisa. A Aliosha le pareció extraño que su llegada pudiera causar tanto revuelo. Sin embargo, enseguida lo hicieron pasar al salón. Era una pieza amplia, adornada con muebles elegantes y copiosos, para nada a la moda provinciana. Había muchos sofás, divanes, sillones, mesas pequeñas y grandes; había cuadros en las paredes, jarrones y lámparas en las mesas y muchas flores, incluso un acuario junto a una ventana. Debido al crepúsculo el salón estaba un poco oscuro. En un sofá donde evidentemente alguien había estado sentado Aliosha vio abandonada una mantilla de seda y en la mesa situada enfrente del sofá dos tazas de chocolate a medio tomar, bizcochos, un plato de cristal con pasas negras y otro con bombones. Habían recibido a un invitado. Aliosha intuyó que había llegado cuando tenían visita y frunció el ceño. Pero en ese instante se levantó un cortinón y, con pasos rápidos, apresurados, entró Katerina Ivánovna, con una sonrisa radiante y extasiada, alargando las dos manos a Aliosha. En el mismo instante entró una criada y puso sobre la mesa dos velas encendidas.
—¡Gracias a Dios que por fin ha venido! ¡He rezado todo el día a Dios para que viniese! Siéntese.
La belleza de Katerina Ivánovna ya había impresionado a Aliosha anteriormente, cuando su hermano Dmitri, tres semanas antes, lo había llevado a la casa de la joven por primera vez para hacer las presentaciones y que se conocieran, por expreso e insistente deseo de ella. En aquel encuentro, no obstante, no habían conversado. Suponiendo que Aliosha se sentiría muy confundido, Katerina Ivánovna, en cierto modo, se había apiadado de él y se había pasado todo el rato hablando con Dmitri Fiódorovich. Aliosha había guardado silencio, pero se había percatado de muchas cosas. Le sorprendió el carácter imperioso, la orgullosa desenvoltura y el aplomo de la arrogante muchacha. Y todo eso era incuestionable. Aliosha sintió que no estaba exagerando. Le pareció que sus grandes y ardientes ojos negros eran magníficos y que armonizaban especialmente con su cara alargada y pálida, incluso de una lividez un poco amarillenta. Pero en esos ojos, lo mismo que en el contorno de sus encantadores labios, había algo de lo que su hermano, por supuesto, podía enamorarse locamente, aunque quizá no amar por mucho tiempo. Casi le había expuesto directamente lo que pensaba a Dmitri, cuando éste, después de la visita, lo apremió para que no le escondiera cuáles eran sus impresiones después de ver a su novia.
—Serás feliz con ella, pero quizá… no con una felicidad serena.
—Así es, hermano, las mujeres como ella no cambian, no se resignan al destino. ¿Así que crees que no la amaré eternamente?
—No, es posible que la ames eternamente, pero quizá no seas siempre feliz con ella.
Aliosha dio entonces su opinión, ruborizándose y sintiéndose molesto consigo mismo por haberse rendido ante los ruegos de su hermano y haber expresado aquellos «estúpidos» pensamientos. Porque su opinión a él mismo se le antojó terriblemente estúpida en cuanto la hubo expresado. Y se avergonzó de haber manifestado un juicio tan categórico sobre una mujer. Tanto mayor fue su estupor cuando se dio cuenta, apenas posó la mirada sobre Katerina Ivánovna, que acudía solícita a su encuentro, de que quizá aquel día hubiese cometido un error garrafal. Esta vez su rostro resplandecía con una amabilidad genuina y sencilla, con sinceridad efusiva y directa. De todo el «orgullo y arrogancia» que tanto le habían impresionado entonces ¡ahora solo quedaba una energía audaz y noble y una fe clara y poderosa en sí misma! Aliosha comprendió, desde la primera mirada, desde las primeras palabras, que toda la tragedia de su situación respecto al hombre que tanto amaba ya no era en absoluto un misterio para ella y que quizá lo supiera ya todo, decididamente todo. Sin embargo, a pesar de eso, había tanta luz en su rostro, tanta fe en el futuro, que Aliosha de repente se sintió grave y conscientemente culpable delante de ella. Fue vencido y cautivado al mismo tiempo. Notó, en cambio, desde sus primeras palabras, que Katerina Ivánovna era presa de una fuerte excitación, quizá muy poco común en ella: una excitación que incluso casi parecía una especie de éxtasis.
—¡Le he esperado tanto, porque solo por usted puedo saber ahora toda la verdad, por usted y por nadie más!
—He venido… —musitó Aliosha, confundiéndose—, yo… Él me ha mandado…
—¡Ah, él le ha mandado! Bueno, tenía el presentimiento. ¡Ahora lo sé todo, todo! —exclamó Katerina Ivánovna y de pronto le brillaron los ojos—. Espere, Alekséi Fiódorovich, antes que nada le explicaré por qué le esperaba con tanta impaciencia. Verá, quizá yo sepa incluso muchas más cosas que usted; lo que necesito de usted no son noticias. Esto es lo que necesito: tengo que conocer su impresión personal, su última impresión de él, necesito que me diga sin el menor disimulo y con total claridad, incluso con crudeza (¡oh, con toda la crudeza que quiera!), cómo lo ve usted ahora y cómo ve su situación después de haberse encontrado hoy con él. Quizá sería mejor si yo misma, a quien él ya no desea volver a ver, pudiera hablar con él personalmente. ¿Entiende lo que quiero de usted? Ahora dígame con qué mensaje le envió a mí (¡sabía que le mandaría a usted!): dígamelo sin más, hasta la última palabra…
—Dice que… la saluda con una reverencia y que nunca volverá… y que la salude con una reverencia.
—¿Que me saluda con una reverencia? ¿Lo ha dicho así, lo ha expresado de esa manera?
—Sí.
—¿No lo habrá dicho como de pasada, por casualidad, no habrá utilizado una palabra equivocada en lugar de la que correspondía?
—No, me ha ordenado precisamente que le transmitiera esas palabras: «la saluda con una reverencia». Me lo ha pedido como tres veces, para que no se me olvidara.
Katerina Ivánovna se ruborizó.
—Ayúdeme ahora, Alekséi Fiódorovich, ahora necesito también su ayuda. Le diré lo que pienso y usted simplemente dígame si es cierto o no. Escuche, si él le hubiese pedido que me saludara con una reverencia, como de pasada, sin insistir en esas palabras, sin subrayarlas, sería que todo… ¡Que todo ha terminado! Pero, si ha insistido de un modo especial, si le ha encargado de un modo especial que no se olvidara de transmitirme esa reverencia, ¿no estaría él, quizá, muy excitado y fuera de sí? ¡Ha tomado una decisión y se ha asustado de ella! No se ha apartado de mí con paso firme, sino que se ha despeñado por una montaña. La insistencia en esa palabra quizá solo indique una fanfarronada…
—¡Así es, así es! —confirmó Aliosha con ímpetu—. También yo tengo ahora esta impresión.
—¡Si es así, aún no está perdido! Solo está desesperado, pero todavía puedo salvarlo. Espere: ¿le ha dicho algo de dinero, de tres mil rublos?
—No solo es que me lo dijera, sino que quizá eso es lo que más le torturaba. Decía que ahora carecía de honor y que todo le era indiferente —respondió Aliosha, acalorado, sintiendo con toda el alma que la esperanza afluía a su corazón y que, en realidad, había salida y salvación para su hermano—. Pero es que… ¿usted sabe lo del dinero? —añadió y de pronto se detuvo en seco.
—Hace tiempo que lo sé, y con certeza. Mandé un telegrama a Moscú para preguntarlo y hace tiempo que sé que no recibieron el dinero. Él no lo mandó, pero yo no dije nada. La semana pasada me enteré de cuánto necesitaba el dinero y de que aún necesita más… Me he puesto un solo objetivo en todo esto: que sepa a quién dirigirse, quién es su amigo más fiel. No, no quiere creer que yo soy su amigo más fiel; nunca ha querido conocerme, me mira solo como mujer. Durante toda la semana me ha atormentado una terrible preocupación: ¿qué hacer para que no se avergüence de mí por haber gastado esos tres mil rublos? Que se avergüence ante todos, y también ante sí mismo, pero no ante mí. A Dios se lo dice todo sin avergonzarse. ¿Por qué, entonces, no sabe aún cuánto puedo sufrir por él? ¿Por qué, por qué no me conoce? ¿Cómo se atreve a no conocerme después de todo lo que hubo? Quiero salvarlo para siempre. ¡Que olvide que soy su prometida! ¡Y ahora tiene miedo ante mí por su honor! No tuvo miedo de abrirse ante usted, ¿verdad, Alekséi Fiódorovich? ¿Por qué no he merecido yo todavía lo mismo?
Las últimas palabras las pronunció con lágrimas; acababan de anegarse en lágrimas sus ojos.
—Debo informarla —dijo Aliosha, con la voz también trémula— de lo que acaba de pasar con mi padre. —Y le contó toda la escena, le contó que lo habían mandado a pedir dinero, que su hermano había irrumpido en el salón y que había golpeado a su padre, para luego pedirle a él, una vez más y con particular y apremiante insistencia, que fuera a «saludarla con una reverencia»—. Se fue a ver a esa mujer… —añadió en voz baja Aliosha.
—¿Y usted cree que no soportaré a esa mujer? ¿Cree él que no la soportaré? Pero no se casará con ella. —Y rompió a reír con nerviosismo—. ¿Puede un Karamázov arder con semejante pasión eternamente? Es pasión, no amor. No se casará, porque ella no consentirá… —Katerina Ivánovna de pronto volvió a sonreír de una manera extraña.
—Quizá se case con ella —dijo Aliosha con tristeza, bajando la mirada.
—¡No se casará con ella, se lo digo! Esa chica es un ángel, ¿lo sabía? Pues ¡sépalo! —exclamó con repentino e insólito ardor Katerina Ivánovna—. ¡La más fantástica de todas las criaturas fantásticas! Sé lo seductora que es, pero también que es buena, firme y noble. ¿Por qué me mira de esa manera, Alekséi Fiódorovich? ¿Se sorprende de mis palabras? ¿No me cree, tal vez? ¡Agrafiona Aleksándrovna, ángel mío! —gritó de repente mirando a la otra habitación—. Venga con nosotros. Hay una persona muy gentil, Aliosha, que está al corriente de todos nuestros asuntos. ¡Déjese ver!
—Estaba aquí detrás de la cortina, solo esperaba a que me llamase —pronunció una voz tierna, un poco melosa incluso, de mujer.
El cortinón se levantó y… Grúshenka en persona, risueña y jovial, se acercó a la mesa. Aliosha pareció estremecerse. Clavó los ojos en ella, no podía apartar la mirada. Ahí estaba ella, esa terrible mujer, esa «fiera», como había dicho arrebatadamente su hermano Iván media hora antes. Y, no obstante, tenía delante lo que, a primera vista, parecía ser la criatura más sencilla y corriente: una mujer buena, agradable, digamos que bella, aunque muy parecida a todas las otras mujeres bellas, pero «corrientes». Lo cierto es que era bella, muy bella incluso, con esa belleza rusa que muchos hombres aman hasta el frenesí. Era una mujer bastante alta, aunque un poco menos que Katerina Ivánovna (que era excepcionalmente alta), de formas generosas y movimientos suaves, incluso silenciosos, y también como lánguidos, por una especie de refinamiento particularmente dulzón, y así era también su voz. No se acercó como Katerina Ivánovna, con andares enérgicos y resueltos, sino de modo inaudible. Sus pasos eran completamente silenciosos. Se dejó caer suavemente en la butaca, con un crujido de su fastuoso vestido de seda negra, envolviendo con delicadeza su cuello, blanco como la espuma, y sus hombros anchos con un costoso chal negro de lana. Tenía veintidós años y su cara representaba exactamente esa edad. Tenía la tez muy blanca, con un delicado matiz sonrosado en las mejillas. La forma del rostro era demasiado ancha y la mandíbula inferior incluso un poco protuberante. El labio superior era sutil, si bien el inferior, un poco más abombado, era el doble de carnoso y estaba como hinchado. Pero su prodigiosa y exuberante cabellera de color castaño oscuro, sus oscuras cejas cebellinas y sus admirables ojos de un azul tirando a gris, con largas pestañas, habrían obligado a detenerse ante esa cara y recordarla por mucho tiempo hasta al hombre más indiferente y distraído, aunque estuviera apretujado en medio de la muchedumbre, un día de mercado. Lo que más impresionó a Aliosha de ese rostro fue su expresión infantil, ingenua. Su mirada era como la de una niña, parecía alegrarse como una niña, y así se acercó precisamente a la mesa, «alegrándose», como si estuviera aguardando algo con la curiosidad infantil más confiada e impaciente. Su mirada alegraba el alma, y Aliosha lo percibió. Sin embargo, había en ella algo más que no habría podido o sabido definir, pero que quizá también advertía de manera inconsciente, y era precisamente esa suavidad, esa dulzura de los movimientos del cuerpo, el silencio felino con el que se movía. Y, sin embargo, su cuerpo era poderoso y exuberante. Debajo del chal se intuían sus hombros anchos, llenos, y el busto alto, del todo juvenil. Ese cuerpo prometía quizá las formas de una Venus de Milo, aunque se presentía que las proporciones, sin duda, eran un poco exageradas. Los conocedores de la belleza femenina rusa habrían podido predecir con certeza, al ver a Grúshenka, que esa belleza fresca y aún juvenil, al aproximarse a la treintena, perdería su armonía y se deformaría; que el rostro se le abotargaría, que le aparecerían arruguitas en el contorno de los ojos y en la frente con extraordinaria rapidez, que se le marchitaría la tez y quizá adquiriría una tonalidad purpúrea; en pocas palabras, era una belleza efímera, una belleza fugaz que a menudo se encuentra precisamente en la mujer rusa. Aliosha, por supuesto, no estaba pensando en eso, pero, aunque fascinado, se preguntaba, con cierta sensación de desagrado y como con pesar, por qué esa mujer arrastraba tanto las palabras en lugar de hablar con naturalidad. Era evidente que Grúshenka encontraba en esa cadencia alargada y en esas sílabas y sonidos exageradamente almibarados algo bello. Era, por supuesto, una mala costumbre, de pésimo gusto, que testimoniaba poca educación y un concepto vulgar de las buenas maneras adquirido en la infancia. Y, sin embargo, esa manera de pronunciar y de entonar las palabras a Aliosha le parecía una contradicción casi imposible con la expresión ingenuamente infantil y jubilosa del rostro, con el resplandor de los ojos, dulce y feliz, como los de un recién nacido. Al instante, Katerina Ivánovna la hizo sentarse en una butaca frente a Aliosha y, entusiasmada, la besó varias veces en sus sonrientes labios. Parecía que estuviese enamorada de ella.
—Es la primera vez que nos vemos, Alekséi Fiódorovich —dijo extasiada—. Quería conocerla hace tiempo, verla, ir a su casa, pero en cuanto ha sabido que éste era mi deseo ha venido ella por sí misma. Sabía que juntas lo resolveríamos todo, ¡todo! Así lo presentía mi corazón… Trataron de convencerme de que no diera este paso, pero yo presentía el resultado y no me equivocaba. Grúshenka me lo ha explicado todo, todas sus intenciones; como un ángel bueno, ha bajado volando hasta aquí y me ha traído paz y alegría…
—Usted no me ha despreciado, mi querida y digna señorita —dijo Grúshenka arrastrando las palabras con voz cantarina y la misma sonrisa agradable y encantadora.
—¡No se atreva a decirme semejantes palabras, cautivadora, hechicera! ¿Despreciarla a usted? Le besaré el labio inferior una vez más. Parece un poco hinchado, así se le hinchará más, y más, y más… Mire cómo se ríe, Alekséi Fiódorovich.
El corazón se alegra al ver a este ángel…
Aliosha se ruborizó y fue presa de un temblor ligero, imperceptible.
—Me mima, querida señorita, y quizá no sea digna de sus caricias.
—¡No es digna! ¡Que no es digna de esto! —volvió a exclamar con idéntico fervor Katerina Ivánovna—. Debe saber, Alekséi Fiódorovich, que tenemos una cabecita fantástica, que tenemos un corazoncito caprichoso pero lleno de orgullo. Somos nobles, Alekséi Fiódorovich, somos generosas, ¿lo sabía? ¡Solo hemos sido desdichadas! Estábamos demasiado dispuestas a hacer todo tipo de sacrificios por un hombre indigno, quizá, o frívolo. Había uno, que también era oficial, de quien nos enamoramos, se lo ofrecimos todo, de esto hace mucho tiempo, unos cinco años, pero él se olvidó de nosotras, se casó. Ahora ha enviudado, ha escrito que viene hacia aquí… ¡Y sepa que lo amamos solo a él, a él y a nadie más, y que lo amaremos toda la vida! Él vendrá, y Grúshenka volverá a ser feliz, pues en todos estos cinco años ha sido desdichada. Pero ¿quién podrá hacerle algún reproche, quién podrá jactarse de haber obtenido su benevolencia? Solo ese viejo comerciante postrado en la cama, pero él ha sido más bien un padre, un amigo y un protector para nosotras. Él nos encontró presas de la desesperación, de tormentos, abandonadas por aquel a quien amábamos tanto… ¡Sí, entonces ella quería ahogarse, y fue ese viejo quien la salvó, la salvó!
—Me defiende usted demasiado, querida señorita; se da mucha prisa en todo — alargó de nuevo las palabras Grúshenka.
—¿Que la defiendo? ¿Quiénes somos para defenderla y cómo nos íbamos a atrever a defenderla? Grúshenka, ángel, deme su manita. Mire esta mano pequeña, regordeta y encantadora, Alekséi Fiódorovich. ¿La ve? Me ha traído la felicidad y me ha resucitado, y ahora voy a besarla, por delante y por detrás, ¡así, así y así!
Y, presa de una especie de éxtasis, besó tres veces la manita realmente encantadora, quizá demasiado regordeta, de Grúshenka. Ésta, en cambio, después de haberle tendido su mano con una risita nerviosa, vibrante y cautivadora, se puso a observar a la «querida señorita», visiblemente complacida de que le besaran la mano de ese modo. «Quizá sea excesivo ese entusiasmo», se le pasó por la mente a Aliosha. Se ruborizó. Todo ese rato había sentido como un desasosiego especial en el corazón.
—No me avergüence, querida señorita, besándome así la mano delante de Alekséi Fiódorovich.
—Pero ¿acaso he querido avergonzarla? —dijo un poco sorprendida Katerina Ivánovna—. ¡Ah, querida mía, qué mal me comprende!
—Quizá usted tampoco me comprenda del todo, querida señorita. Quizá yo sea mucho peor de lo que usted piensa. Tengo mal corazón, soy caprichosa. Si seduje entonces al pobre Dmitri Fiódorovich fue solo para burlarme de él.
—Pero ahora será usted quien lo salve. Me ha dado su palabra. Usted lo hará entrar en razón, le confesará que hace tiempo que ama a otro, que ahora pide su mano…
—¡Oh, no! No le he prometido nada semejante. Ha sido usted la que me ha dicho a mí todo eso, pero yo no le he dado mi palabra.
—Quizá entonces no la haya entendido —dijo en voz baja Katerina Ivánovna palideciendo un poco—. Usted prometió…
—Oh, no, señorita, ángel mío, no he prometido nada —la interrumpió Grúshenka con suavidad y calma, con la misma expresión de alegría e inocencia—. Ahora ve, digna señorita, qué mala y autoritaria soy con usted. Haré lo que me apetezca. Quizá hace un momento le haya prometido algo, pero ahora me lo estoy volviendo a pensar: ¿y si de repente me vuelve a gustar? Me refiero a Mitia. Me gustó mucho ya una vez, durante casi una hora entera. Así que quizá vaya ahora y le diga que se quede conmigo a partir de hoy… Ya ve si soy inconstante.
—Hace un momento decía… algo completamente diferente —susurró a duras penas Katerina Ivánovna.
—¡Oh, hace un momento! Pero tengo un corazón tierno, soy una tonta. ¡Cuando pienso lo que ha sufrido por mí! Si llego a casa y de pronto me compadezco de él, ¿qué va a pasar?
—No esperaba…
—¡Ay, señorita, qué buena y noble es usted conmigo! Quizá ahora deje de quererme, tonta de mí, al ver mi carácter. Deme su adorada manita, señorita, ángel mío —suplicó con ternura y, con una especie de veneración, tomó la mano de Katerina Ivánovna—. Ahora, querida señorita, tomo su mano y se la beso, como ha hecho usted conmigo. Usted me la ha besado tres veces, pero yo debería besar la suya por lo menos trescientas para saldar mi deuda con usted. Por ahora que así sea y luego Dios dirá: quizá sea su completa esclava y quiera complacerla en todo como tal. Que ocurra lo que Dios quiera, sin pactos ni promesas entre nosotras. Qué manita, qué adorable manita tiene, ¡qué manita! ¡Mi querida señorita, mi belleza imposible!
Se llevó en silencio esa manita a los labios, aunque con un extraño propósito: el de «saldar su deuda» con sus besos. Katerina Ivánovna no retiró la mano: con una tímida esperanza, escuchó la última promesa de Grúshenka, aunque expresada también de una manera muy extraña, la de complacerla como una «esclava»; la miraba intensamente a los ojos: veía en esos ojos la misma expresión sencilla y confiada, la misma serena alegría… «¡Quizá sea demasiado ingenua!», y un soplo de esperanza atravesó el corazón de Katerina Ivánovna. Entretanto, Grúshenka, como admirando esa «querida manita», se la llevó despacio a los labios. Pero, con ella ya en sus labios, de pronto vaciló dos o tres segundos, como si estuviera meditando.
—¿Sabe, ángel mío? —dijo de pronto, arrastrando las palabras con la más tierna y acaramelada de las voces—, ¿sabe? No voy a besar su manita. —Y estalló en una risita menuda y jubilosa.
—Como quiera… ¿Qué le pasa? —se sobresaltó Katerina Ivánovna.
—Y no se olvide de que usted besó mi mano, pero yo no la suya. —Algo refulgió de pronto en sus ojos. Miraba a Katerina Ivánovna con una persistencia terrible.
—¡Descarada! —dijo de pronto Katerina Ivánovna, como si de golpe hubiese entendido algo. Toda ella se encendió, saltó de su sitio. Grúshenka también se levantó, sin prisa.
—Ahora mismo le contaré a Mitia que usted me besó la mano pero yo a usted no la suya. ¡Cómo se va a reír!
—¡Mujerzuela, fuera de aquí!
—¡Oh, qué vergüenza, señorita, qué vergüenza! Incluso dichas por usted semejantes palabras resultan indecentes, querida señorita.
—¡Largo de aquí, vendida! —gritó Katerina Ivánovna. Todos los músculos temblaban en su cara, completamente desfigurada.
—¿Vendida yo? Usted misma, de jovencita, visitaba caballeros al anochecer, ofrecía su belleza a cambio de dinero, lo sé.
Katerina Ivánovna lanzó un grito y a punto estaba ya de abalanzarse sobre ella, pero Aliosha la retuvo con todas sus fuerzas:
—¡Ni un paso, ni una palabra! No hable, no diga nada, se irá, ¡se irá ahora mismo!
En ese instante las dos tías de Katerina Ivánovna, al oír su grito, también irrumpieron en la sala. Fueron corriendo hacia ella.
—Me voy —dijo Grúshenka, cogiendo la mantilla del diván—. ¡Aliosha, querido, acompáñame!
—¡Váyase, váyase cuanto antes! —le suplicó Aliosha, con las manos juntas.
—Alióshenka, querido, ¡acompáñame! Y te diré algo muy, pero que muy agradable por el camino. Ha sido por ti, Alióshenka, por quien he montado esta escena. Acompáñame, tesoro, no te arrepentirás.
Aliosha le dio la espalda, retorciéndose las manos. Grúshenka, riendo sonoramente, salió de la casa.
Katerina Ivánovna fue presa de una crisis de nervios. Sollozaba, los espasmos la ahogaban. Todos se afanaban a su alrededor.
—Ya la advertí —le decía la tía mayor—, ya la advertí de que no diera este paso… Es usted demasiado impetuosa… ¡Cómo pudo dar semejante paso! Usted no conoce a esas criaturas, y ésta, según dicen, es la peor de todas… ¡No, es usted demasiado caprichosa!
—¡Es un tigre! —gritó Katerina Ivánovna—. ¿Por qué me retuvo, Alekséi Fiódorovich? ¡Le habría pegado, sí, pegado!
No podía contenerse delante de Aliosha y quizá ni siquiera lo deseara.
—¡Debería ser azotada en un patíbulo, por un verdugo, en público!
Aliosha retrocedió hacia la puerta.
—Pero ¡Dios mío! —exclamó de repente Katerina Ivánovna, levantando las manos— . ¡Y él! ¡Cómo ha podido ser tan vil, tan inhumano! ¡Le ha contado a esa criatura lo que pasó ese día fatídico, maldito, eternamente maldito! «Iba a vender su belleza, querida señorita.» ¡Ella lo sabe! ¡Su hermano es un canalla, Alekséi Fiódorovich!
Aliosha quería decir algo, pero no encontraba ni una sola palabra. El dolor le oprimía el corazón.
—¡Váyase, Alekséi Fiódorovich! ¡Qué vergüenza, qué espanto! Mañana… Se lo suplico de rodillas, venga mañana. No me juzgue, perdone, ¡no sé qué será de mí!
Aliosha salió a la calle como tambaleándose. Como ella, él también tenía ganas de llorar. De pronto, lo alcanzó la criada.
—La señorita se ha olvidado de entregarle esta carta de parte de la señora Jojlakova. Está aquí desde la hora de comer.
Aliosha cogió maquinalmente el sobrecito rosa y, casi sin darse cuenta, se lo metió en el bolsillo.