Capítulo VI

Smerdiakov

De hecho, encontró a su padre todavía a la mesa. Y la mesa, como de costumbre, estaba puesta en la sala, aunque en la casa también había un auténtico comedor. Esta sala era la estancia más grande de la casa, amueblada con cierta pretensión pasada de moda. Los muebles, muy antiguos, eran blancos y estaban tapizados con una tela roja raída, mitad seda, mitad algodón. Espejos con marcos rebuscados de talla antigua, también blancos y dorados, colgaban en los espacios entre las ventanas. En las paredes, donde el empapelado blanco estaba roto en muchos lugares, resaltaban dos grandes retratos: uno de cierto príncipe, que treinta años antes había sido gobernador general de la provincia, y otro de un obispo, también fallecido hacía tiempo. En el rincón de cara a la puerta de entrada había varios iconos ante los cuales se encendía una lamparilla por la noche… menos por devoción que por dejar iluminada la estancia. Fiódor Pávlovich se acostaba muy tarde, sobre las tres o cuatro de la madrugada, y hasta entonces se paseaba por la sala o se sentaba en una butaca y meditaba. Se había convertido en su costumbre. A menudo pasaba la noche completamente solo en casa, después de despachar a los criados a su pabellón, pero la mayoría de las veces se quedaba con él el criado Smerdiakov, que dormía en la antesala sobre un gran baúl. La comida ya había acabado cuando entró Aliosha, pero aún tomaban el café y la confitura. A Fiódor Pávlovich le gustaban los dulces y el coñac después de la comida. Iván Fiódorovich estaba a la mesa y también tomaba café. Los criados Grigori y Smerdiakov estaban de pie junto a la mesa. Tanto amos como criados se sentían visiblemente animados y llenos de una felicidad extraordinaria. Fiódor Pávlovich reía con sonoras carcajadas. Aliosha, ya desde el vestíbulo, oyó su risa estridente que conocía tan bien y enseguida concluyó, por el tono de sus risotadas, que su padre, todavía lejos de estar borracho, solo daba rienda suelta a su buen humor.

—¡Aquí está, aquí lo tenemos! —gritó Fiódor Pávlovich, terriblemente contento de pronto de ver a Aliosha—. Ven a sentarte con nosotros, toma un café. Es sin azúcar, sin azúcar, pero está caliente y es muy bueno. No te ofrezco coñac porque haces ayuno, pero si quieres un poco… ¿Quieres? No, mejor será que te dé un licor, ¡es de excelente calidad! Smerdiakov, ve al armario, el segundo estante a la derecha, toma la llave, ¡rápido!

Aliosha se negó enseguida a aceptar el licor.

—Lo serviremos de todos modos, si no para ti, para nosotros —dijo Fiódor Pávlovich, radiante—. Pero espera, ¿has comido?

—Sí —respondió Aliosha que, a decir verdad, solo había tomado un trozo de pan y un vaso de kvas en la cocina del padre higúmeno—. Pero tomaré de buena gana un café caliente.

—¡Bravo, querido! Tomará un poco de café. ¿Habrá que calentarlo? ¡Ah, no, si está hirviendo! Es un café de primera, preparado por Smerdiakov. Con el café y las empanadas mi Smerdiakov es un artista, sí, y con la sopa de pescado, tres cuartos de lo mismo. Ven a probarla alguna vez, avisa con tiempo… Pero espera, espera, ¿no te dije esta mañana que te trasladaras aquí con el jergón y la almohada? ¿Has traído el jergón? ¡Je, je, je!

—No, no lo he traído —contestó Aliosha con una sonrisa.

—Ah, te has asustado antes, ¿verdad? Te has asustado. Oh, querido mío, ¿acaso podría yo ofenderte? Escucha, Iván, no puedo resistirme cuando me mira así a los ojos y se ríe. Hasta mis entrañas empiezan a reírse con él, ¡lo quiero! Aliosha, acércate, deja que te dé mi bendición paterna. —Aliosha se levantó, pero Fiódor Pávlovich ya había cambiado de idea—. No, no, por ahora solo te haré la señal de la cruz, así que siéntate. Bueno, ahora te vas a divertir, y precisamente con tu tema. Te vas a reír a base de bien. Nuestra burra de Balaam se ha puesto a hablar, ¡y cómo habla, cómo!

La burra de Balaam resultó ser el lacayo Smerdiakov. Todavía joven, de unos veinticuatro años, era terriblemente insociable y taciturno. No es que fuera un salvaje o que se avergonzara de algo: no, al contrario, era de natural arrogante y parecía despreciar a todos. Pero precisamente en este punto no es posible seguir adelante sin decir de él aunque sean dos palabras. Le criaron Marfa Ignátievna y Grigori Vasílievich, pero el niño creció «sin ninguna gratitud» o, según la expresión de Grigori, como un niño salvaje que miraba el mundo desde un rincón. De niño le encantaba ahorcar gatos y luego los enterraba con gran ceremonia. Para esto, se cubría con una sábana, a guisa de sotana, y cantaba y agitaba algo sobre el gato muerto, como un incensario. Todo esto lo hacía a escondidas, con el mayor misterio. Grigori le sorprendió un día en este ejercicio y le propinó una buena ración de azotes. El niño se fue a un rincón y allí se pasó una semana, mirando de reojo. «No nos quiere este monstruo —decía Grigori a Marfa Ignátievna—. Por lo demás, no quiere a nadie.» «¿De veras eres un ser humano? —le preguntó una vez directamente a Smerdiakov—. No, tú no eres un ser humano, naciste de la humedad de una bania, eso eres tú…» Smerdiakov, como se vio más tarde, nunca pudo perdonarle estas palabras. Grigori le enseñó a leer y escribir y, cuando cumplió doce años, empezó a enseñarle las Escrituras. Pero resultó un fracaso. Un día, en la segunda o tercera lección, el niño de pronto sonrió sardónicamente.

—¿Qué te pasa? —le preguntó Grigori, mirándolo amenazante por encima de sus gafas.

—Nada, señor. En el primer día creó Dios la luz, y el sol, la luna y las estrellas, en el cuarto. ¿De dónde salía la luz el primer día?

Grigori se quedó estupefacto. El chico miraba con aire burlón al maestro. Incluso había en su mirada algo de arrogancia. Grigori no pudo contenerse. «¡Ya te diré a ti de dónde!», gritó y abofeteó con rabia a su pupilo. El niño aguantó el golpe sin decir una palabra, pero volvió a refugiarse en un rincón varios días. Una semana después, se le declaró por primera vez el mal caduco, enfermedad que ya no lo abandonaría el resto de su vida. Al saberlo, Fiódor Pávlovich pareció cambiar repentinamente de opinión sobre el muchacho. Antes, lo miraba con una especie de indiferencia, si bien nunca lo reñía, y cuando se lo encontraba siempre le daba un kopek. Cuando estaba de buen humor, le mandaba algunos dulces de sobremesa. Pero entonces, después de enterarse de la enfermedad, empezó a preocuparse decididamente por él, mandó llamar a un doctor, probaron un tratamiento, pero resultó que la cura no era posible. Tenía, como promedio, un ataque cada mes, a intervalos irregulares. Los ataques también variaban de intensidad, tan pronto eran suaves como virulentos. Fiódor Pávlovich prohibió estrictamente a Grigori cualquier castigo corporal contra el muchacho y empezó a dejarlo subir a sus aposentos. Prohibió también que, por el momento, le hicieran estudiar cualquier cosa. Un día, cuando el chico tenía ya quince años, Fiódor Pávlovich lo descubrió rondando cerca de la biblioteca y leyendo los títulos a través del cristal. En la casa había bastantes libros, como un centenar de tomos, pero nadie había visto nunca a Fiódor Pávlovich con uno entre las manos. Enseguida le dio la llave de la librería a Smerdiakov: «Bueno, lee, serás mi bibliotecario; en lugar de estar ganduleando por el patio, siéntate y lee. Toma, lee esto», y Fiódor Pávlovich le dio Las veladas de Dikanka.

El muchacho lo leyó pero se quedó insatisfecho, no rio ni una vez, al contrario, acabó la lectura con el ceño fruncido.

—¿Qué? ¿No es divertido? —preguntó Fiódor Pávlovich.

Smerdiakov callaba.

—Responde, imbécil.

—Todo lo que está escrito aquí son mentiras —masculló Smerdiakov con una sonrisa irónica.

—Vete al diablo, alma de lacayo. Espera, toma la Historia universal de Smarágdov. Aquí todo es verdad, lee.

Pero Smerdiakov no leyó más de diez páginas de Smarágdov; le pareció aburrido. Así que la biblioteca volvió a cerrarse con llave. Muy pronto, Marfa y Grigori informaron a Fiódor Pávlovich de que Smerdiakov de pronto estaba empezando a dar muestras de una terrible aprensión: ante la sopa, tomaba la cuchara y exploraba en el caldo, inclinado sobre ella, la examinaba, sacaba la cuchara y la inspeccionaba a la luz.

—¿Qué es, una cucaracha? —le preguntaba Grigori.

—Quizá una mosca —observaba Marfa.

El impecable joven nunca respondía, pero procedía de la misma manera con el pan, la carne y toda la comida: levantaba un trozo con el tenedor y lo estudiaba a la luz como con un microscopio y, después de tomarse mucho rato para decidir, se decidía a llevárselo a la boca. «Vaya un señorito nos ha salido», murmuraba Grigori, mirándolo. Fiódor Pávlovich, puesto al corriente de esta nueva cualidad de Smerdiakov, determinó al instante que sería cocinero y lo envió a Moscú a aprender el oficio. Allí pasó varios años y volvió muy cambiado de aspecto. De pronto envejeció de una manera insólita, estaba arrugado de un modo totalmente desproporcionado para su edad, se puso todo amarillo y empezó a parecer un skópets. Moralmente, era casi el mismo que antes de irse; seguía siendo huraño y rehuía el trato, no sentía la menor necesidad de compañía. En Moscú también, como después supieron, siempre estaba callado; la ciudad en sí misma le interesó muy poco, aprendió alguna que otra cosa y a lo demás no le prestó la menor atención. Una vez incluso fue al teatro, pero volvió silencioso y descontento a casa. En cambio, regresó de Moscú muy bien vestido, con una levita limpia y ropa blanca, cepillaba su vestimenta escrupulosamente dos veces al día sin falta y le encantaba lustrar sus botas elegantes, de piel de becerro, con un betún inglés especial, para que relucieran como un espejo. Como cocinero resultó excelente. Fiódor Pávlovich le asignó un salario, y Smerdiakov lo empleaba casi íntegramente en comprar ropa, pomadas, perfumes, etcétera. Parecía desdeñar al sexo femenino tanto como al masculino y se comportaba solemnemente, casi de modo inaccesible, con él. Fiódor Pávlovich empezó a mirarlo desde otro punto de vista. El caso es que sus ataques de mal caduco iban a más, y en esos días quien preparaba la comida era Marfa Ignátievna, lo que no le convenía de ningún modo.

—¿Cómo es que ahora tienes ataques más a menudo? —preguntaba a veces, mirando de soslayo al nuevo cocinero y estudiando su rostro—. Ojalá te casaras con alguien, ¿quieres que te busque mujer?

Pero Smerdiakov, ante esos discursos, solo palidecía del enfado y no respondía nada. Fiódor Pávlovich se iba, dejándolo por imposible. Lo esencial es que estaba convencido de su honradez; de una vez por todas se había convencido de que nunca le cogería ni le robaría nada. Una vez Fiódor Pávlovich, ligeramente borracho, perdió en el patio de su casa, en el barro, tres billetes de cien rublos que acababa de recibir y no se dio cuenta hasta el día siguiente: justo cuando se puso a rebuscar en los bolsillos de pronto vio los tres billetes encima de la mesa. ¿De dónde habían salido? Smerdiakov los había recogido y llevado allí la víspera. «Tipos como tú, hermano, no había visto nunca», dijo bruscamente Fiódor Pávlovich y le regaló diez rublos. Cabe añadir que no solo estaba convencido de la honradez de Smerdiakov, sino que por alguna razón incluso le profesaba amor, aunque el chico también a él lo miraba de reojo, como a los demás, y siempre guardaba silencio. Eran contadas las ocasiones en las que decía algo. Si entonces a alguien se le hubiera ocurrido preguntar, mirándolo, qué interesaba a ese joven y qué tenía en la cabeza, por su cara no se habría podido intuir de ninguna de las maneras. Sin embargo, a veces, en la casa, o bien en el patio o en la calle, se detenía meditabundo y se quedaba así unos buenos diez minutos. Un fisionomista, tras estudiarlo, habría dicho que su cara no expresaba ni pensamiento ni reflexión, sino solo cierta contemplación. El pintor Kramskói tiene un cuadro notable titulado El contemplador que representa un bosque en invierno y, en el bosque, vestido con un pequeño caftán y calzado con zuecos de corteza de tilo, completamente solo en el mundo, en la soledad más profunda, hay un pequeño campesino extraviado; está allí parado como si estuviera reflexionando, pero no reflexiona, sino que «contempla» algo. Si le dieras un empujón, se estremecería y se quedaría mirándote como si acabara de despertarse, pero sin entender nada. Es verdad que volvería en sí al instante pero, si se le preguntase en qué había estado pensando todo ese rato allí parado, lo más probable es que no recordara nada, aunque de seguro guardaría para sí la impresión en la que estaba sumido en su contemplación. Estas impresiones, queridas para él, a buen seguro, las acumula de modo imperceptible e incluso sin darse cuenta, sin saber tampoco con qué finalidad y por qué. Un día, quizá, después de haber acumulado estas impresiones a lo largo de muchos años, lo deje todo y parta a Jerusalén a peregrinar y buscar su salvación, o quizá prenda fuego de repente a su aldea natal, o tal vez suceda lo uno y lo otro. Hay muchos contempladores entre el pueblo. Smerdiakov era sin duda uno de esos contempladores y él también iba acumulando impresiones con avidez, casi sin saber por qué.

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