Capítulo XIV

Dos veces al año celebraban capítulo en Santa María de la Porciúncula

57 Después de haber obtenido este lugar de Santa María del referido abad, dispuso el bienaventurado Francisco que se celebrara allí capítulo dos veces al año, a saber, en Pentecostés y en la Dedicación de San Miguel. En Pentecostés se reunían todos los hermanos en Santa María y trataban de cómo observar con mayor perfección la Regla, y destinaban hermanos a diversas provincias para que predicaran al pueblo y para que, a su vez, colocaran a otros hermanos en sus provincias. San Francisco amonestaba, reprendía y daba órdenes, como mejor le parecía según el beneplácito divino. Cuanto decía de palabra, lo manifestaba en sus obras con afecto y solicitud. Veneraba a los prelados y sacerdotes de la santa Iglesia y honraba a los ancianos, nobles y ricos; también a los pobres los amaba de lo íntimo de su corazón y se compadecía de ellos entrañablemente. De todos se mostraba súbdito. A pesar de ser el hermano de puesto más alto, nombraba, sin embargo, a uno de los hermanos con quienes vivía por su guardián y señor, y a él obedecía humilde y devotamente para evitar toda ocasión de soberbia. Y entre los hombres, humillaba su cabeza hasta la tierra, a fin de merecer ser exaltado algún día ante la mirada divina entre los santos y elegidos de Dios.

Exhortaba con solicitud a los hermanos a que guardaran fielmente el santo Evangelio y la Regla que habían prometido. Y, sobre todo, a que tuvieran gran reverencia y devoción a los divinos oficios y ordenaciones eclesiásticas, oyendo devotamente la misa y adorando con rendida devoción el cuerpo del Señor. Quería también que los sacerdotes que administran los sacramentos venerandos y augustos fueran singularmente honrados por los hermanos, de suerte que donde los encontraran les hicieran inclinación de cabeza y les besaran las manos; y si los encontraban cabalgando, deseaba que no sólo les besaran las manos, sino hasta los cascos de los caballos sobre los que cabalgaban, por reverencia a sus poderes.

58 Amonestaba también a los hermanos que no juzgaran a nadie, ni despreciaran a los que viven con regalo y se visten con lujo y vanidad (2 R 2,17), porque Dios es Señor nuestro y de ellos, y los puede llamar hacia sí, y, una vez llamados, justificarlos. Decía también que quería que los hermanos respetaran a estos hombres como a hermanos y señores suyos, pues son hermanos, en cuanto han sido creados por el mismo Creador, y son señores, en cuanto que, proveyéndoles de lo necesario para el cuerpo, ayudan a los buenos a hacer penitencia. Y seguía diciendo: «Tal debería de ser el comportamiento de los hermanos entre los hombres, que cualquiera que los oyera o viera, diera gloria al Padre celestial y le alabara devotamente».

Todo su afán era que así él como los hermanos estuvieran tan enriquecidos de buenas obras, que el Señor fuera alabado por ellas. Y les decía: «Que la paz que anunciáis de palabra, la tengáis, y en mayor medida, en vuestros corazones Que ninguno se vea provocado por vosotros a ira o escándalo, sino que por vuestra mansedumbre todos sean inducidos a la paz, a la benignidad y a la concordia. Pues para esto hemos sido llamados: para curar a los heridos, para vendar a los quebrados y para corregir a los equivocados. Pues muchos que parecen ser miembros del diablo, llegarán todavía a ser discípulos de Cristo».

59 Por otra parte, el piadoso Padre censuraba a los hermanos que se trataban con demasiada austeridad y se recargaban con vigilias, ayunos y mortificaciones corporales. Pues algunos se mortificaban tan despiadadamente para extinguir en sí todo incentivo carnal, que había quien parecía que se tenía odio a sí mismo. A éstos les prohibía tales excesos con exhortaciones benignas y razonables reprensiones, y vendaba sus heridas con las vendas de saludables preceptos.

Ninguno de los hermanos que venía al capítulo se atrevía a tratar negocios seculares, sino que todos conversaban acerca de las vidas de los santos y de cómo podrían hallar mejor y más perfectamente la gracia del Señor Jesucristo. Si algunos de los hermanos que llegaban al capítulo tenían alguna tentación o tribulación, al oír hablar al bienaventurado Francisco con tanta dulzura y fervor y al ver su penitencia, se veían libres de las tentaciones y consolados maravillosamente en las tribulaciones. Compadecido de ellos, les hablaba no como juez, sino como padre misericordioso con sus hijos, como buen médico con los enfermos, enfermando con los enfermos y afligido con los atribulados. Sin embargo, corregía en la debida forma a los delincuentes y reprimía con el merecido castigo a los contumaces y rebeldes.

Acabado el capítulo, daba la bendición a los hermanos y destinaba a cada uno a su provincia. A los que tenían espíritu de Dios y la conveniente elocuencia, fueran clérigos o laicos, les daba licencia para predicar. Una vez recibida su bendición, marchaban con gran alegría por el mundo como peregrinos y forasteros, sin llevar otra cosa para el camino que los libros para rezar las horas. Dondequiera que encontraran algún sacerdote, rico o pobre, bueno o malo, le hacían humilde reverencia con inclinación de cabeza. Y, cuando llegaba la hora de hospedarse, de mejor gana se quedaban en casa de sacerdotes que de seglares.

60 Pero, cuando no podían hospedarse en casa de sacerdotes, buscaban a las personas más espirituales y temerosas de Dios, para poder hospedarse en sus casas más decorosamente; esto lo hicieron hasta que el Señor inspiró a algunos temerosos de Dios, de las ciudades o castros que los hermanos solían visitar, que les prepararan hospedaje; a éste se acogían mientras para ellos no fueron edificados lugares en las ciudades y en los castros.

Según la oportunidad de cada momento, el Señor les daba palabra y espíritu para expresar pensamientos agudísimos que penetraban los corazones de jóvenes y ancianos; de tal forma calaban en ellos, que, abandonando padre y madre y cuanto tenían, seguían a los hermanos y tomaban el hábito de su Religión. Verdaderamente fue enviada entonces a la tierra la espada de separación, cuando los jóvenes venían a la Orden dejando a sus padres en la hediondez del pecado. A los que admitían a la Orden los llevaban a donde el bienaventurado Francisco para que de él recibieran humilde y devotamente el hábito de la Religión.

Y no eran sólo los hombres los que se convertían a la Orden; había también muchas vírgenes y viudas que, movidas a compunción por la predicación de los hermanos, por consejo suyo se recluían a hacer penitencia en monasterios creados en ciudades y castros. Para ellas fue instituido visitador y corrector uno de los hermanos [7]. Igualmente, hombres y mujeres casados, a quienes la ley matrimonial impedía separarse, se dedicaban, por saludable consejo de los hermanos, a una vida de austera penitencia en sus mismas casas [8]. De esta manera, por medio del bienaventurado Francisco, devotísimo de la santa Trinidad, se renueva la Iglesia de Dios a través de tres Órdenes, como quedó significado en la reparación de tres iglesias que llevó a cabo anteriormente [9]. Cada una de estas Órdenes fue confirmada en su momento oportuno por el sumo pontífice.

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