Capítulo X
Cómo predijo a sus seis compañeros todo lo que les había de ocurrir al ir por el mundo y les exhortó a llevarlo con paciencia
36 San Francisco, lleno ya de la gracia del Espíritu Santo, reunió ante sí a los dichos seis hermanos y les anunció lo que les había de ocurrir. «Consideremos -dijo-, hermanos queridos, nuestra vocación, a la cual por su misericordia nos ha llamado el Señor, no tanto por nuestra salvación cuanto por la salvación de muchos otros, a fin de que vayamos por el mundo exhortando a los hombres más con el ejemplo que con las palabras, para moverlos a hacer penitencia de sus pecados y para que recuerden los mandamientos de Dios. No temáis porque aparezcáis pequeños e ignorantes; más bien anunciad con firmeza y sencillamente la penitencia, confiando en que el Señor, que venció al mundo, habla con su espíritu por vosotros y en vosotros para exhortar a todos a que se conviertan y observaren sus mandamientos.
»Encontraréis hombres fieles, mansos y benignos, que os recibirán con alegría y acogerán vuestras palabras; y otros muchos infieles, soberbios y blasfemos, que con sarcasmo os resistirán, como también a vuestras palabras. Formad en lo más hondo del corazón el propósito de soportarlo todo con paciencia y humildad».
Al oír todo esto los hermanos, comenzaron a temer. Entonces, el Santo continuó: «No temáis, porque, sin que pase mucho tiempo, vendrán a nosotros muchos sabios y nobles, y estarán con nosotros predicando a reyes y príncipes y a muchos pueblos. Y muchos se convertirán al Señor, que se dignará extender y aumentar su familia por todo el mundo».
37 Luego de haberles dicho esto y haberles dado la bendición, marcharon los hombres de Dios y observaron las exhortaciones de Francisco. Cuando encontraban alguna iglesia o cruz, se inclinaban para orar y decían devotamente: «Adorámoste, Cristo, y te bendecimos por todas tus iglesias que hay en el mundo entero, porque por tu santa cruz has redimido al mundo». Pues creían encontrar siempre un lugar sagrado allí donde se levantaba una cruz o una iglesia.
Cuantos los veían se extrañaban mucho, pues caían en la cuenta de la diferencia que existía respecto de los demás en cuanto a su hábito y manera de vivir y porque les parecían como unos hombres selváticos. Dondequiera que entraban, fuera ciudad o castillo, villa o casa, anunciaban la paz y exhortaban a todos a temer y amar al Creador de cielo y tierra y a cumplir sus mandamientos.
Algunos los escuchaban de buena gana; otros, por el contrario, se burlaban de ellos; y muchos los acosaban a preguntas, diciendo: «¿De dónde venís?» Otros les preguntaban a qué Orden pertenecían. Como les fuese molesto contestar a tantas preguntas, decían sencillamente que eran varones penitentes oriundos de la ciudad de Asís; pues su Religión todavía no se llamaba Orden.
38 Otros muchos los juzgaban impostores o fatuos y no los querían recibir en sus casas, no fuera que resultaran ladrones y les robaran sus cosas. Por eso, en muchos lugares, tras haber sido colmados de injurias, se veían obligados a guarecerse en pórticos de iglesias o de casas.
Por este tiempo, dos de ellos estaban en Florencia pidiendo limosna y no podían encontrar dónde hospedarse. Llegaron, por fin, a una casa que tenía un pórtico, y en él un horno, y se dijeron mutuamente: «Aquí podríamos recogernos». Rogaron a la dueña que los recibiera dentro de la casa, pero ella se lo negó. Entonces le pidieron humildemente que les permitiera al menos descansar la noche junto al horno.
La dueña se lo consintió, pero vino su marido y le reconvino: «¿Por qué has admitido en nuestro portal a estos maleantes?» Se excusó ella diciendo que no había querido admitirlos dentro de la casa, pero les había permitido acostarse en el portal, donde no podrían robar sino leña. Pero el marido no quiso que se les prestara ni un sencillo cobertor para abrigarse, aunque hacía mucho frío, porque pensaba que eran maleantes y ladrones.
Apenas pudieron dormir aquella noche. Descansaron junto al horno, sin otro calor que el divino y sin otro abrigo que el de dama Pobreza. A la hora de maitines se fueron a la iglesia más próxima para asistir al oficio.
39 Después de amanecer fue la mujer a la misma iglesia. Vio allí que los dos hermanos continuaban en devota oración, y se dijo para sí: «Si estos hombres fueran maleantes y ladrones, como decía mi marido, no estarían tan recogidos en oración». Y, mientras pensaba en esto, un hombre llamado Guido daba limosna a los pobres que había en la iglesia.
Cuando llegó a los hermanos, les quiso dar dinero a cada uno de ellos, como acostumbraba hacer con los otros pobres, pero ellos rehusaron recibirlo. Entonces él les preguntó: «¿Por qué vosotros, siendo pobres, no recibís dinero como los demás?» El hermano Bernardo le respondió: «Es cierto que somos pobres, pero a nosotros no nos pesa la pobreza, como a otros pobres, pues por la gracia de Dios, cuyo consejo de pobreza cumplimos, nos hemos hecho voluntariamente pobres». Admirado el señor de lo que estaba oyendo, les preguntó de nuevo si en algún tiempo habían poseído algo. Ellos le contestaron que habían tenido mucho, pero que lo habían dado a los pobres por amor de Dios. Quien así habló fue el hermano Bernardo, el primer discípulo del bienaventurado Francisco, a quien hoy consideramos en verdad como padre santísimo. Él fue el primero que, acogiendo el mensaje de paz y penitencia, vendido cuanto tenía y entregado a los pobres según el consejo de perfección evangélica, corrió tras el santo de Dios, perseverando hasta el fin en la santísima pobreza.
Observando aquella mujer que los hermanos no quisieron aceptar dinero, se acercó a ellos y les dijo que de muy buena gana los recibiría en su casa, si gustaran de hospedarse en ella. Los hermanos le respondieron con humildad: «El Señor se lo pague por la buena voluntad». Y, habiendo oído dicho señor que los hermanos no podían encontrar alojamiento, los llevó a su casa y les dijo: «Aquí tenéis el hospedaje preparado por el Señor; quedaos el tiempo que queráis». Ellos, dando gracias a Dios, se quedaron en su casa algunos días, edificándole en el temor de Dios con el ejemplo y de palabra, de tal modo que en adelante hizo muchas limosnas a los pobres.
40 Pero es de notar que, aunque los hermanos fueron tratados por este señor con tanta caridad, otros los consideraban como los más abyectos, y muchos, grandes y pequeños, se mofaban de ellos y los injuriaban y les quitaban a veces las ropas vilísimas que llevaban. Cuando los siervos de Dios quedaban desnudos, porque, según el consejo evangélico, llevaban una sola túnica, no por eso reclamaban lo que les habían quitado. Si algunos, movidos de compasión, se lo devolvían, lo recibían de buen grado.
Algunos les arrojaban barro; otros, poniéndoles dados en la mano, los invitaban a jugar con ellos; y otros, agarrándolos por detrás de la capucha, los llevaban colgando a su espalda.
Estas y otras cosas parecidas hacían con ellos, y los consideraban tan despreciables, que los molestaban sin miramiento cuanto querían. Sobre esto, tuvieron que pasar hambre y sed, frío y desnudez y otras indecibles tribulaciones y angustias. Y todo lo sobrellevaban con inmutable paciencia, de conformidad con la instrucción dada por el bienaventurado Francisco. Y jamás manifestaban tristeza ni turbación, ni maldecían a los que los ofendían, sino, por el contrario, cual perfectos varones evangélicos y dispuestos a conseguir grandes ganancias, se alegraban hondamente en el Señor y miraban como motivo de gozo las pruebas y tribulaciones que, como las ya dichas, se les presentaban, y, según el santo Evangelio, rogaban con solicitud y fervor por sus perseguidores.