Capítulo VIII
Cómo, luego de haber escuchado y entendido los consejos de Cristo en el Evangelio, cambió su estado externo, e interior y exteriormente se vistió de nuevo hábito de perfección
25 Cuando el bienaventurado Francisco acabó la obra de la iglesia de San Damián, vestía hábito de ermitaño, llevaba bastón y calzado y se ceñía con una correa. Habiendo escuchado un día en la celebración de la misa lo que dice Cristo a sus discípulos cuando los envía a predicar, es a saber, que no lleven para el camino ni oro ni plata, ni alforja o zurrón, ni pan ni bastón, y que no usen calzado ni dos túnicas; y como comprendiera esto más claro por la explicación del sacerdote, dijo transportado de indecible júbilo: «Esto es lo que ansío cumplir con todas mis fuerzas».
Y, grabadas en la memoria cuantas cosas había escuchado, se esforzó en cumplirlas con alegría: se despojó al momento de los objetos duplicados y no usó en adelante de bastón, calzado, zurrón o alforja; y, haciéndose él una túnica muy basta y rústica, abandonó la correa y se ciñó con una cuerda. Adhiriéndose de todo corazón a las palabras de nueva gracia y pensando en cómo llevarlas a la practica, empezó, por impulso divino, a anunciar la perfección del Evangelio y a predicar en público con sencillez la penitencia. Sus palabras no eran vanas ni de risa, sino llenas de la virtud del Espíritu Santo, que penetraban hasta lo más hondo del corazón y con vehemencia sumían a los oyentes en estupor.
26 Como más tarde él mismo atestiguó (Test 23), había aprendido, por revelación divina, este saludo: «El Señor te dé la paz». Por eso, en toda predicación suya iniciaba sus palabras con el saludo que anuncia de la paz.
Y es de admirar -y no se puede admitir sin reconocer en ello un milagro- que antes de su conversión había tenido un precursor, que para anunciar la paz solía ir con frecuencia por Asís saludando de esta forma: «Paz y bien, paz y bien». Se creyó firmemente que así como Juan, que anuncio a Cristo, desapareció al empezar Cristo a predicar, de igual manera este precursor, cual otro Juan, precedió al bienaventurado Francisco en el anuncio de la paz y no volvió a comparecer cuando éste estuvo ya presente.
Dotado de improviso el varón de Dios del espíritu de los profetas, en cuanto desapareció su heraldo, comenzó a anunciar la paz, a predicar la salvación; y muchos que habían permanecido enemistados con Cristo y alejados del camino de la salvación, se unían en verdadera alianza de paz por sus exhortaciones.
27 Cuando fueron conociendo ya muchos la verdad tanto de la doctrina sencilla cuanto de la vida del bienaventurado Francisco, hubo algunos que, al cabo de dos años de su conversión, comenzaron a animarse a seguir su ejemplo de penitencia, y, despojados de todos sus bienes, se adhirieron a él con el mismo hábito y en el mismo género de vida. El primero de todos fue el hermano Bernardo, de santo recuerdo.
Reflexionando en la constancia y fervor con que el bienaventurado Francisco servía a Dios, a saber, cómo restauraba con tanto trabajo iglesias derruidas y llevaba una vida tan rigurosa, en contraposición a las delicadezas con que había vivido en el mundo, resolvió en su corazón repartir todo lo que tenía a los pobres y seguirle con firmeza en su vida y modo de vestir.
Cierto día se acercó al varón de Dios secretamente y le reveló su propósito; los dos convinieron en que fuera Francisco una tarde determinada a su casa. Éste dio gracias a Dios y se alegró profundamente, pues no tenía todavía ningún compañero, y, sobre todo, porque el señor Bernardo era de vida muy edificante.
28 Fue, pues, el bienaventurado Francisco a su casa la tarde convenida, todo rebosante de gozo, y quedó con él toda la noche. El señor Bernardo le propuso esto, entre otras cosas: «Si alguno tuviere de su señor muchas o pocas cosas y las hubiese poseído durante muchos años y no las quisiere retener por más tiempo, ¿cuál sería el mejor modo de disponer de ellas?» El bienaventurado Francisco le respondió que debería devolverlas al dueño, del cual las había recibido. El señor Bernardo añadió: «Yo quisiera, hermano, distribuir todos mis bienes temporales, por amor de mi Señor que me los ha dado, como mejor a ti te parezca». A lo cual replicó el Santo: «Mañana muy temprano iremos a la iglesia y conoceremos por el libro de los evangelios lo que el Señor enseñó a sus discípulos».
Se levantaron, pues, muy de mañana y con otro señor llamado Pedro, que también quería hacerse hermano, fueron a la iglesia de San Nicolás, junto a la plaza de la ciudad de Asís. Entraron en ella para hacer oración; y como eran simples y no sabían encontrar el lugar donde habla el Evangelio de la renuncia del siglo, suplicaron al Señor devotamente que, a la primera vez que abrieran el libro, se dignara manifestarles su voluntad.
29 Terminada la oración, el bienaventurado Francisco tomó el libro cerrado y, puesto de rodillas delante del altar, lo abrió, y a la primera vez le salió este consejo del Señor: Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo (Mt 19,21).
Descubierto esto, el bienaventurado Francisco se alegró íntimamente y dio gracias a Dios. Pero, como era muy devoto de la Santísima Trinidad, se quiso confirmar con un triple testimonio, abriendo el libro segunda y tercera vez. La segunda vez le salió esto: Nada llevéis en el camino, etc. (Lc 9,3). Y en la tercera: Aquel que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, etc. (Lc 9,23).
El bienaventurado Francisco, tras haber dado gracias a Dios en cada una de las veces que había abierto el libro por la confirmación de su propósito y deseo concebido de hacía tiempo, ahora tres veces manifestada y comprobada divinamente, dijo a los mencionados por varones, Bernardo y Pedro: «Hermanos, ésta es nuestra vida y regla y la de todos los que quisieran unirse a nuestra compañía. Id, pues, y obrad como habéis escuchado».
Marchó el señor Bernardo, que era muy rico, y, una vez que hubo vendido todo lo que tenía y hubo reunido de ello gran cantidad de dinero, lo repartió todo a los pobres de la ciudad. Pedro cumplió también el consejo evangélico según sus posibilidades.
Abandonadas todas las cosas, se vistieron los dos el mismo hábito que hacía poco había vestido el Santo después de dejar el hábito de ermitaño; y desde entonces vivieron unidos según la forma del santo Evangelio que el Señor les había manifestado. Por eso, el bienaventurado Francisco escribió en su testamento: «El mismo Señor me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio».