VII
El joven que acompañaba al general aparentaba unos veintiocho años. Era alto y bien formado, con el rostro hermoso e inteligente, y tenía grandes ojos negros que brillaban con malicia y jovialidad. Aglaya, sin volver siquiera la cabeza, prosiguió recitando los versos, fingiendo no mirar sino a Myshkin y no declamar más que para él. El príncipe comprendía que la joven hacía todo aquello con alguna finalidad, y advertía que su situación personal era muy molesta. Pero la llegada de los visitantes le permitió modificarla un tanto. Al verles, se levantó, hizo un amable saludo al general y le indicó con un signo que no turbase el recitado. Luego se situó detrás de su sillón, acodándose en el respaldo, lo que le sirvió para escuchar los versos de un modo más cómodo y menos absurdo. Lizaveta Prokófievna, con un ademán imperioso, invitó por dos veces a los visitantes a que se detuvieran.
Myshkin miró con particular interés al compañero del general. Preguntábase si aquel joven sería Eugenio Pávlovich Radomsky, del que había oído hablar mucho y en quien pensara más de una vez. Sólo existía un detalle que desconcertaba a Myshkin. Había oído decir que Eugenio Pávlovich era militar y el recién llegado vestía traje civil. Mientras duró la declamación, una sonrisa burlona vagó por los labios del joven como si también él hubiese tenido noticias del hidalgo de marras.
«Acaso haya inventado él esto», pensó Myshkin.
Pero el caso de Aglaya era diferente. Ponía en sus palabras tal vehemencia, parecía tan profundamente imbuida del espíritu y significado del poema, que hacía olvidar la afectada pomposidad con que comenzó. Pronunciaba cada verso con sincera convicción y acabó cautivando la atención general. Acaso todo fuese efecto de la sincera impresión que causaban en la joven los versos que había resuelto recitar. Sus ojos lanzaban fulgores. Por dos veces recorrió su hermoso rostro un ligero estremecimiento de entusiasmo. El poema decía así:
Había un hidalgo pobre, sencillo, franco y veraz, de rostro pálido y triste, de alma sincera y audaz. Una radiante visión que nadie podría pintar se supo en su corazón profundamente grabar. Ardiendo en fuego interior no miró a mujeres más, y prometió hasta su muerte a mujer ninguna hablar. Siempre ostentaba un rosario de la gorguera en lugar; de su yelmo la visera no alzó ante nadie jamás. Las letras N. F. B. quiso en su escudo trazar con sangre, a su puro amor y a un dulce sueño leal. Y cuando en la Palestina pronunciaba, al pelear, cada paladín el nombre de su adorada beldad, Lumen coeli, sancta Rosa solía el hidalgo clamar y el fuego de su amenaza aterraba al musulmán. Vuelto a su antiguo castillo, cual a un retiro claustral, silencioso, triste y loco expiró en su soledad…
Más tarde, recordando aquellos momentos, Myshkin se atormentó formulándose una pregunta, insoluble para él: ¿Cómo podía unirse un sentimiento tan bello y verdadero a una burla tan maligna y patente? Porque Myshkin no dudaba de que se trataba de una burla, y tenía buenas razones sobre las que fundar su convicción. Aglaya, al recitar los versos, había substituido las letras A. M. D. por N. F. B. El príncipe estaba seguro de haberlas entendido perfectamente, y más adelante pudo comprobarlo así. En todo caso, la burla —porque sin duda lo era, y no poco cruel— se agravaba por la premeditación con que se había preparado. Hacía un mes que todos hablaban del «hidalgo pobre», riéndose de él. No obstante, en vez de subrayar las letras irónicamente, en lugar de hacer que resaltasen ante todos, Aglaya las pronunció con gravedad imperturbable, con una sencillez tan cándida e inocente como si realmente fueran las que se contenían en el texto. El príncipe sintió una punzada en el corazón. Lizaveta Prokófievna, naturalmente, no notó la variante introducida en el poema. Ivan Fedorovich no reparó sino en que se estaban declamando unos versos. De los demás oyentes, hubo muchos que comprendieron la alusión y se sorprendieron de su atrevimiento y de la insinuación que encerraba. Myshkin notó que Eugenio Pávlovich, por el contrario, había comprendido y deseaba hacer ver que había comprendido. Su sonrisa, francamente burlona, no podía tener otro significado.
—¡Qué hermoso es! —exclamó la generala, con admiración, cuando su hija concluyó de recitar—. ¿Quién ha escrito ese poema?
—Puchkin, maman. ¡No nos pongas en evidencia! —dijo Adelaida.
—Lo único raro es que yo no sea más necia aún de lo que soy, teniendo las hijas que tengo —repuso la generala, con acritud —Cuando volvamos a casa, dadme el libro en que están esos versos.
—Creo que no tenemos ningún libro de Puchkin en casa.
—Sí: hay dos tomos en muy mal estado, que andan por allí desde tiempo inmemorial —dijo Alejandra.
—Enviad a comprar la obra a San Petersburgo. Que vayan Fedor o Alejo en el primer tren. Mejor Alejo. Ven aquí, Aglaya; abrázame. Has declamado muy bien la poesía. Pero si la recitaste sinceramente —agregó en voz muy baja—, lo siento por ti. Y si se trató de una broma, no puedo aprobar tus sentimientos. En un caso u otro, no has hecho bien. ¿Comprendes? Ea, vete. Podría decirte mucho más, pero no acabaríamos nunca.
Entre tanto Myshkin cambiaba los usuales cumplimientos con Radomsky, a quien Ivan Fedorovich acababa de presentarle.
—Le he recogido de camino, ¿sabe? —decía el general—. Llegaba en aquel momento, y cuando ha sabido que yo venía aquí, donde estaba reunida toda mi familia…
—Y también donde estaba usted —interrumpió Eugenio Pávlovich, dirigiéndose a Myshkin—. Siendo así que deseaba conocerle hace tiempo, y deseaba igualmente su amistad, no he querido perder el tiempo, y… ¿Ha estado usted enfermo? Ahora mismo acabo de enterarme…
—Me encuentro muy bien y celebro conocerle —repuso Myshkin, tendiendo la mano al visitante—. He oído hablar mucho de usted, y el príncipe Ch. y yo hemos charlado mucho a su propósito.
Tras el cambio de las usuales cortesías, los dos hombres se apretaron la mano, a la vez que cada uno fijaba en el rostro del otro una mirada tan rápida como penetrante. La conversación se hizo general. Myshkin, cuya curiosidad estaba muy agudizada, se fijaba en todo y acaso imaginase ver cosas que no existieran realmente. Notó que el traje civil de Radomsky causaba a toda la reunión un asombro extraordinario, hasta el punto de hacer olvidar de momento todo lo demás. Dijérase que aquel cambio de atavío constituía un hecho de excepcional importancia. Adelaida y Alejandra miraban con estupefacción a Radomsky. El príncipe Ch., pariente del joven, parecía muy inquieto. Ivan Fedorovich hablaba con cierta agitación. Sólo Aglaya permaneció impasible, limitándose a mirar por un instante a Eugenio Pávlovich con la mera curiosidad de ver si vestía de uniforme o no. Luego volvió la cabeza y dejó de dedicarle atención. Lizaveta Prokófievna se abstuvo de toda pregunta, aunque no dejase de sentir cierta inquietud. El príncipe creyó notar que Eugenio Pávlovich no gozaba de las simpatías de la generala.
—Me ha dejado sorprendido, trastornado… —decía Ivan Fedorovich en contestación a todas las preguntas acerca de Radomsky—. Cuando le encontré en San Petersburgo no quise creerlo. ¿Por qué ha hecho eso tan de repente? Eso es lo extraño. Eugenio Pávlovich ha sido siempre el primero en decir que en estos casos no hay por qué obrar atropelladamente…
Radomsky recordó a los reunidos que hacía tiempo que albergaba la intención de pedir el retiro. Era verdad; pero como siempre que lo decía parecía hablar en broma, no le creían nunca y ahora la decisión les parecía mucho más seria. Por otra parte, Radomsky hablaba siempre de las cosas más graves con un aire tan burlón, que nunca se sabía a qué atenerse con él, sobre todo si se empeñaba en conseguir aquel efecto.
—Renuncio al servicio provisionalmente; a lo más por unos meses —dijo, riendo.
—Pero, que yo sepa, no tenía usted necesidad alguna de retirarse —repuso el general, con animación.
—¿Y la necesidad de visitar mis propiedades? Usted mismo me lo aconsejó. Además, quiero irme al extranjero…
La conversación tomó pronto otro rumbo, sin que por ello se calmase la agitación general. El príncipe, observador atento de cuanto pasaba en torno suyo, encontraba muy extraña la emoción producida por una circunstancia tan insignificante. «Debe de encerrarse algo más en el fondo de todo esto», se decía.
—¿De modo —preguntó Radomsky, acercándose a Aglaya— que aún continúa de moda el hidalgo pobre?
Con gran extrañeza de Myshkin, la joven miró a Radornsky afectando profunda sorpresa, como dándole a entender que no tenía por qué tratar con él del «hidalgo pobre», y que ni siquiera le constaba a qué se refería.
Kolia afirmaba a Lizaveta Prokófievna:
—Le digo y le diré tres mil veces seguidas que no es momento de enviar a San Petersburgo a buscar un tomo de Puchkin. ¡Es muy tarde!
Radomsky, que ya se había separado de Aglaya, ratificó la opinión del escolar.
—Sí. Es muy tarde. Incluso creo que deben de estar cerradas las tiendas en San Petersburgo. Son más de las ocho —dijo después de mirar su reloj.
—Puesto que se ha esperado hasta ahora, bien se puede esperar hasta mañana —apoyó Adelaida.
—Y además —dijo Kolia— es incorrecto que las gentes distinguidas se interesen tanto por la Literatura. Pregunten a Eugenio Pávlovich si no es mucho más elegante poseer un charabán amarillo con ruedas rojas.
—¡Otra vez una cita de cosas leídas, Kolia! —le reprochó Adelaida.
—Nunca habla sino a base de citas de frases que lee en las revistas — declaró Radomsky—. Hace tiempo que tengo el gusto de disfrutar de la conversación de Nicolás Ardaliónovich, y lo sé. Sin embargo, esta vez no repite lo que ha leído, sino que alude a mi coche amarillo con ruedas encarnadas. Sólo que ya no tiene razón en lo que dice, porque he cambiado de coche.
Myshkin escuchaba lo que Radomsky decía pareciéndole que el joven era correcto, amable y sencillo. A la broma de Kolia había respondido de modo amistoso y como de igual a igual, detalle que agradó al príncipe más que nada.
—¿Qué es eso? —preguntó la generala a Vera, que, en pie ante ella a la sazón, le ofrecía varios volúmenes, todos de gran tamaño, bien encuadernados y casi nuevos.
—Las obras de Puchkin —dijo Vera—. Mi padre me ha mandado que se las traiga.
—¿Cómo? ¿Es posible? —exclamó, sorprendida, Lizaveta Prokófievna.
—No se los regalo, no —dijo precipitadamente Lebedev, apareciendo—. No me atrevo a tomarme tal libertad. Se los cedo por su justo precio. Es nuestro Puchkin, la colección de nuestra familia, de la edición de Annenkov, que no se encuentra hoy en sitio alguno. Se la doy por lo que vale. Propongo respetuosamente a Vuecencia que me la compre para extinguir la noble sed literaria que la devora.
—¡Ah! ¿Quieres venderlo? Está bien: gracias. No perderás nada; no temas. Pero no hagas extravagancias, padrecito. He oído hablar de ti; dicen que eres muy inteligente. Quiero hablar contigo alguna vez. ¿Por qué no me llevas tú mismo esos libros?
—Con el mayor placer… y respeto —contestó Lebedev, haciendo extraordinarias muecas, hijas de la satisfacción que experimentaba.
Y tomó los volúmenes de manos de su hija.
—Llévalos con respeto o sin él, con tal de que no pierdas ninguno en el camino —repuso Lizaveta Prokófievna—; pero con una condición: que no cruces el umbral de mi puerta, porque hoy no me propongo recibirte. En cambio, puedes mandar cuando te parezca a tu hija Vera. Esta muchacha me agrada mucho.
—¿Por qué no hablar al príncipe de esos hombres que le esperan? —dijo Vera, con impaciencia, dirigiéndose a su padre—. Si no se les anuncia, entrarán de todos modos. Ya empiezan a alborotar. León Nikoláievich— agregó, hablando a Myshkin que ya había cogido su sombrero—, hay ahí cuatro hombres que desean verle desde hace rato. Papá no quiere recibirles y no hacen más que renegar.
—¿Quiénes son? —inquirió Myshkin.
—Dicen que vienen a hablarle de negocios; pero si no se les deja pasar son capaces de pararle en plena calle. Vale más que los reciba, León Nikoláievich. Así quedará tranquilo después. Grabiel Ardaliónovich y Ptitsin están tratando de hacerles entrar en razón, pero inútilmente, pues ellos no quieren hacerles caso.
—¡Es el hijo de Pavlitchev, el hijo de Pavlitchev! ¡Pero no vale la pena de preocuparse, no vale la pena…! —dijo Lebedev, agitando las manos—. No hay por qué hacerles caso. Sería molesto para usted, ilustrísimo príncipe; le desagradaría. ¡Eso es! No merecen que se les escuche.
—¡Dios mío! —exclamó Myshkin, muy turbado—; ¡El hijo de Pavlitchev! Ya, ya… Pero yo había encargado de ese asunto a Gabriel Ardaliónovich. Y acaba de decirme…
Ganya salía de la casa en aquel momento y se presentó en la terraza, seguido por Ptitsin. De la habitación contigua llegaba ruido de voces, entre las que destacaba la sonora del general Ivólguin, quien parecía empeñado en gritar más que los otros.
—Esto es muy interesante —comentó Radomsky. «Veo que está enterado del asunto», pensó Myshkin.
—¿El hijo de Pavlitchev? ¿Y quién es el hijo de Pavlitchev? —preguntó el general Epanchin, sorprendido.
Y mirando con curiosidad a los presentes, notó con extrañeza que era el único en ignorar aquella nueva complicación.
Todos los semblantes reflejaban la expectación; todos los ánimos estaban en suspenso. Myshkin no acertaba a comprender cómo un asunto tan personal podía haber despertado ya un interés tan general y vivo.
Aglaya se acercó a él con gravedad.
—Convendría —dijo— que cortase usted, en persona y de modo definitivo, este asunto; pero permítanos asistir a ello. Se le quiere humillar, príncipe. Es preciso que su justificación constituya un triunfo, que yo celebro de antemano.
—Yo quiero también que se haga justicia y se desenmascare esa desvergonzada pretensión —dijo la generala—. Vamos, príncipe, vapuléalos como se merecen: no tengas piedad con ellos. Ya me suenan los oídos de tanto oír mencionar ese asunto y tengo quemada la sangre de pensar en él. Será cosa curiosa verlos. Hazlos pasar; nosotros nos quedaremos. Aglaya ha tenido una buena idea. ¿Ha oído usted hablar de esto, príncipe? —preguntó, dirigiéndose a Ch.
—He oído hablar en casa de usted —repuso Ch—. Y tengo deseos de ver a esos buenos mozos.
—Son nihilistas, ¿verdad?
Lebedev, adelantándose, bastante impresionado también al parecer, explicó:
—No son nihilistas. Forman otro grupo, un grupo particular que, según mi sobrino, es aún más avanzado que el nihilista. Se engaña usted, Excelencia, si cree que su presencia les intimidará. No se dejan intimidar por nada. Entre los nihilistas se encuentran hombres cultos e incluso sabios; pero éstos van más lejos en el sentido de que son hombres de acción. A decir verdad, su grupo es una derivación del nihilismo, pero apenas se le conoce sino indirectamente, porque, para expresarlo de algún modo, no manifiestan sus ideas a través de la Prensa. Van derechos al bulto. Para ellos, por ejemplo, no se trata de demostrar que Puchkin es un imbécil o que hay que dividir Rusia en pedazos, no; pero opinan que si sienten vivo deseo de alguna cosa, no tienen por qué retroceder ante nada y les asisten todos los derechos. Incluso el de saltar por encima de seis u ocho personas que… En todo caso, querido príncipe, no le aconsejo…
Pero Myshkin se había levantado ya para abrir la puerta a los visitantes. — Vamos, Lebedev, no los calumnie —dijo, sonriendo—. Ya veo que la conducta de su sobrino le ha impresionado mucho… No le crea usted, Lizaveta Prokófievna. Les garantizo que gentes como Gorsky o como Danilov no son más que excepciones y que no están otra cosa que… equivocados… No obstante, no me parece oportuno tratar con esa gente ante ustedes. Perdóneme, Lizaveta Prokófievna, pero… En fin, les haré entrar, para que los vean, y luego saldré con ellos. Hagan el favor de acercarse, señores.
En su interior había otra idea que le inquietaba, atormentándole cruelmente: ¿no sería todo aquello un golpe de efecto preparado por alguien? ¿No se habría dado a aquellos individuos la consigna de presentarse en un momento en que Myshkin estuviese rodeado de visitas, con la esperanza de que la explicación condujese a su humillación y no al triunfo que dijera Aglaya? Pero el príncipe se reprochó en seguida con amargura su «perversa y monstruosa desconfianza». De haber podido leer alguien en su mente aquel pensamiento, se habría muerto de vergüenza. Y cuando pasaron los nuevos visitantes, Myshkin se sentía dispuesto a admitir que él personalmente valía menos que cualquier otra de las personas reunidas en torno suyo.
Entraron cuatro individuos seguidos por el general Ivólguin, quien llegaba muy agitado y hablando con irritación. «El general está de mi parte, sin duda», se dijo Myshkin, sonriendo. Kolia se había mezclado al grupo y hablaba con calor a su amigo Hipólito, que era uno de los intrusos y escuchaba a Kolia con la cara contraída en una mueca.
El príncipe ofreció asiento a aquellos señores. Todos eran muy jóvenes, y su extrema juventud comunicaba a la gestión que allí les llevaba un carácter más insolente todavía. Ivan Fedorovich Epanchin, ignorante de todo, se indignó al ver semejantes mozalbetes y a buen seguro hubiera protestado de un modo u otro, de no observar el apasionamiento, desconcertante para él, con que su esposa se interesaba en los asuntos de Myshkin. Quedó, pues, presente, en parte por curiosidad y en parte por el deseo altruista de ayudar al príncipe en caso necesario, pensando que, de ser preciso, podía imponer su autoridad a los jovenzuelos. Pero el saludo que en aquel momento le dirigió el general Ivólguin le irritó vivamente y resolvió mantener un silencio absoluto.
Entre los jóvenes figuraba un hombre de unos treinta años, el subteniente retirado que daba lecciones de boxeo y que cuando se incorporó a la banda de Rogózhin, en ocasión de apelar a la caridad pública, afirmaba tener la costumbre de regalar, en sus buenos tiempos, quince rublos a cada mendigo que le pedía limosna. Veíase en seguida que se había incorporado a los otros para prestarles su auxilio moral y, de ser menester, material. El que figuraba como «hijo de Pavlitchev», si bien se presentó con el nombre de Antip Burdovsky, era un joven de veintidós años, delgado, rubio y bastante alto, que parecía el más sobresaliente de sus compañeros. Vestía pobremente y con desaliño. Las mangas de su levita brillaban como un espejo; su grasiento chaleco iba abotonado hasta el cuello, sin dejar ver indicio alguno de camisa; una bufanda de seda negra, increíblemente sucia y anudada como un cordel, rodeaba su garganta. Tenía las manos sin lavar, y su rostro, cubierto de granos, expresaba lo que cabría definir como un sentimiento de ingenua insolencia. En aquel semblante no se apreciaba la menor huella de ironía, ni la más ligera reflexión, ni ninguna otra cosa salvo la inquebrantable convicción de su propio derecho, unido a una extraña necesidad de creerse y sentirse siempre ofendido. Hablaba con agitación, y articulaba las palabras con dificultad y precipitadamente, al punto de que podía parecer tartamudo o bien extranjero, pese a que la sangre que circulaba por sus venas era de indiscutible pureza rusa. Le acompañaban el sobrino de Lebedev, ya conocido del lector, e Hipólito Terentiev. Este último no tenía más de diecisiete o dieciocho años. Su inteligente fisonomía testimoniaba una viva inquietud y una continua agitación. Su delgadez esquelética, su palidez casi lívida, el brillo de sus ojos, las manchas rojas de sus mejillas, todo revelaba en él, en cuanto se le veía, una víctima de la tuberculosis, ya en último grado. A cada palabra y a cada soplo de aire que salía de su pecho seguía un acceso de tos. No parecía posible que pudiera quedarle más de dos o tres semanas de vida a lo sumo. Iba muy fatigado y, mientras sus compañeros, hacían algunos cumplidos, él se dejó caer sin demora en una silla. Todos estaban algo turbados y, en su temor de exteriorizarlo, lo procuraban ocultar bajo un aspecto intimidatorio, tan afectado, que concordaba muy mal con su pretensión de ser hombres que despreciaban por sistema todos los prejuicios y convencionalismos sociales, negándose a admitir lo que no fuera puro interés personal.
—Me llamo Antip Burdovsky —dijo precipitadamente «el hijo de Pavlitchev».
—Vladimiro Doktorenko manifestó, con orgullo, como si su apellido fuese un timbre de gloria, el sobrino de Lebedev.
—Keller —murmuró el ex subteniente.
—Hipólito Terentiev —anunció el último con voz insólitamente chillona.
Los recién llegados tomaron asiento en una hilera de sillas frente al príncipe, arrugaron a la vez el entrecejo y cambiaron de mano sus sombreros, como para adquirir mayor soltura. Todos se preparaban a hablar y todos callaban, esperando no se sabía el qué con un aire de reto que parecía significar: «¡A mí no me engañas, amigo!». Era notorio que a la primera palabra proferida por alguno romperían a hablar a la vez y a porfía.