Capítulo XVI
Elección de los primeros ministros y cómo fueron enviados por el mundo
62 Pasados once años del comienzo de la Religión y habiéndose multiplicado los hermanos en número y crecido en méritos, fueron elegidos los ministros y enviados con algunos hermanos a casi todas las partes del mundo en las que se cultiva y se conserva la fe católica. En algunas provincias eran recibidos, pero no se les permitía edificar casas; de otras eran expulsados por temor de que fueran herejes. Pues es de advertir que, aunque el referido papa Inocencio III les aprobó la Orden y la Regla, no dejó constancia de su confirmación en documento alguno suyo. Por eso, los hermanos tuvieron que sufrir muchas tribulaciones de parte de los clérigos y de los seglares, y, en consecuencia, se vieron obligados a huir de diversas provincias. Y, angustiados y afligidos, e incluso despojados y azotados a mano de ladrones, volvieron con gran amargura al bienaventurado Francisco. A este tenor fueron tratados en casi todas las regiones ultramontanas, como Alemania, Hungría [11] y otras muchas partes.
Habiendo comunicado todo esto al dicho señor cardenal, mandó éste llamar al bienaventurado Francisco y lo presentó al señor papa Honorio, pues el señor Inocencio era ya difunto [12]. E hizo que el señor Honorio, con bula que pendía del documento, confirmara solemnemente otra Regla [13] compuesta por el bienaventurado Francisco, instruido por Cristo. En esta Regla se espació el plazo entre los capítulos, para evitar las molestias de los hermanos que vivían en regiones remotas.
63 El bienaventurado Francisco se propuso pedir al señor papa Honorio un cardenal de la Iglesia romana, es decir, el mencionado señor obispo de Ostia, que fuera como el papa de su Orden y al que los hermanos pudieran recurrir para sus asuntos.
El bienaventurado Francisco tuvo una visión que pudo haberle inducido a pedir un cardenal protector y a recomendar la Orden a la Iglesia romana. Había visto, en efecto, una gallina pequeña y negra con plumas en las piernas y con los pies a modo de paloma doméstica, que tenía tal número de polluelos, que no podía cobijarlos bajo sus alas; giraban en torno a ella y siempre quedaban fuera.
Cuando se despertó empezó a pensar sobre el significado de la visión e, iluminado súbitamente por el Espíritu Santo, reconoció que era él el representado figurativamente en aquella gallina. Y se dijo: «Yo soy esa gallina: pequeño de estatura y moreno; debo ser sencillo como la paloma y remontar el vuelo hasta el cielo por medio de los afectos, que son las plumas de las virtudes. Pero el Señor, por su gran misericordia, me ha dado y me dará muchos hijos, a quienes por mis solas fuerzas no podré proteger. Así, pues, es necesario que yo se los recomiende a la santa Iglesia para que los proteja bajo sus alas y los gobierne».
64 A los pocos años de esta visión vino a Roma y visitó al señor obispo de Ostia, quien ordenó al bienaventurado Francisco que al día siguiente por la mañana fuera con él a la curia, pues quería que predicara ante el papa y los cardenales y les recomendara su Religión devota y vivamente. Aunque el bienaventurado Francisco se excusó, diciendo que era hombre simple e idiota, tuvo que acompañar al cardenal a la curia.
Cuando el bienaventurado Francisco se presentó ante el papa y los cardenales, se alegraron mucho al verlo. Y, puesto en pie, predicó ante ellos según le iba adoctrinando la unción del Espíritu Santo. Acabada la predicación, recomendó su Religión al señor papa y a todos los cardenales. De la predicación quedaron altamente edificados tanto el señor papa como los cardenales, y se sintieron movidos en lo íntimo de su corazón a amar con mayor afecto a la Orden.
65 Luego dijo el bienaventurado Francisco al sumo pontífice: «Señor, me causáis compasión por la solicitud y desvelos con que tenéis que velar por la Iglesia de Dios, y me da vergüenza que por nosotros, hermanos menores, mostréis tanto interés y cuidado. Cuando hay tantos nobles y ricos y tantos religiosos que no pueden tener audiencia con vos, nosotros, que somos los más pobres y despreciables entre todos los religiosos, deberíamos estar sobrecogidos de temor y avergonzados viendo que no sólo se nos permite llegar hasta vos, sino estar ante vuestra puerta y presumir pulsar el tabernáculo que encierra el poder de los cristianos. Por eso, me atrevo a suplicar humilde y devotamente a vuestra santidad que tengáis a bien concedernos que el señor obispo de Ostia haga con nosotros las veces de papa, para que en tiempos de necesidad puedan los hermanos recurrir a él, salva siempre la dignidad de vuestra preeminencia».
Agradó al señor papa esta petición, y concedió al bienaventurado Francisco el mencionado señor ostiense, instituyéndolo dignísimo protector de su religión.
66 Recibido este mandamiento del señor papa, como buen protector, extendió su mano para defender a los hermanos: escribió a muchos prelados, que habían perseguido a los hermanos, que en adelante no se les opusieran, sino que más bien, como a santos y buenos religiosos que eran, aprobados con la autoridad de la Sede Apostólica, les ayudaran con su consejo y tutela para que predicaran y moraran en sus provincias. También otros muchos cardenales escribieron cartas con el mismo fin.
En el siguiente capítulo, el bienaventurado Francisco dio autoridad a los ministros para que recibieran hermanos a la Orden, y los envió a las sobredichas provincias provistos de cartas de los cardenales y de la Regla confirmada por bula apostólica. Viendo todo esto los antedichos prelados y reconociendo por verdaderos los documentos presentados por los hermanos, les dieron amplia licencia para edificar casas, habitarlas y predicar en sus provincias. Establecidos en aquellas provincias y dedicados a la predicación, muchos que veían la humilde y santa vida de los hermanos y escuchaban sus palabras dulcísimas, que, inflamándolos, movían los corazones al amor de Dios y a hacer penitencia, vinieron a ellos y recibieron humilde y devotamente el hábito de la santa Religión.
67 Viendo el bienaventurado Francisco la fidelidad y el amor que el señor ostiense mostraba a los hermanos, lo amaba afectuosísimamente de lo más íntimo de su corazón. Y porque le había sido previamente revelado por Dios que dicho obispo llegaría a ser sumo pontífice, se lo insinuaba siempre en las cartas que le escribía, llamándolo padre de todo el mundo. Las cartas las encabezaba así: «Al venerable en Cristo, padre de todo el mundo», etc.
Muerto al poco tiempo el señor papa Honorio III, fue nombrado sumo pontífice el señor ostiense, y se llamó Gregorio IX [14]. Este fue, hasta el fin de su vida, bienhechor señalado y defensor tanto de los hermanos como de los otros religiosos, y, sobre todo, de los pobres de Cristo. Con toda razón se puede creer que ha sido asociado a la compañía de los santos.