Capítulo III
Cómo el Señor visitó primero su corazón con admirable dulcedumbre, y en virtud de ella empezó a progresar por medio del desprecio de sí mismo y de todas las vanidades y por medio de la práctica de la oración, de las limosnas y del amor a la pobreza
7 Al cabo de no muchos días de su regreso a Asís, una tarde fue elegido por sus compañeros jefe de cuadrilla para que a su gusto hiciera los gastos [4]. Mandó entonces preparar una opípara merienda, como tantas veces lo había hecho.
Cuando después de merendar salieron de la casa, los amigos se formaron delante de él e iban cantando por las calles; y él, con el bastón en la mano como jefe, iba un poco detrás de ellos sin cantar y meditando reflexivamente. Y sucedió que súbitamente lo visitara el Señor, y su corazón quedó tan lleno de dulzura, que ni podía hablar, ni moverse, ni era capaz de sentir ni de percibir nada, fuera de aquella dulcedumbre. Y quedó de tal suerte enajenado de los sentidos, que, como él dijo más tarde, aunque lo hubieran partido en pedazos, no se hubiera podido mover del lugar.
Como los amigos miraran atrás y le vieran bastante alejado de ellos, se volvieron hasta él; atemorizados, lo contemplaban como hombre cambiado en otro. Uno de ellos le preguntó, diciéndole: «¿En qué pensabas, que no venías con nosotros? ¿Es que piensas, acaso, casarte?» A lo cual respondió vivazmente: «Dicen verdad, porque estoy pensando en tomar una esposa tan noble, rica y hermosa como nunca han visto otra». Pero ellos lo tomaron a chacota. Él, sin embargo, no lo dijo por sí, sino inspirado por Dios; porque la dicha esposa fue la verdadera religión que abrazó, entre todas la más noble, la más rica y la más hermosa en su pobreza.
8 Desde este momento empezó a mirarse como vil y a despreciar todo aquello en que antes había tenido puesto su corazón; todavía no de una manera plena, pues aún no había logrado librarse del todo de las vanidades mundanas. Mas, apartándose poco a poco del bullicio del siglo, se afanaba por ocultar a Jesucristo en su interior, y, queriendo ocultar a los ojos de los burlones aquella margarita que deseaba comprar a cambio de vender todas las cosas, se retiraba frecuentemente y casi a diario a orar en secreto. A ello le instaba, en cierta manera, aquella dulzura que había pregustado; visitábalo con frecuencia, y, estando en plazas u otros lugares, lo arrastraba a la oración.
Aunque ya de tiempo atrás era dadivoso con los pobres, sin embargo, desde entonces se propuso en su corazón no negar la limosna a ningún pobre que se la pidiese por amor de Dios, sino dársela con mayor liberalidad y abundancia de lo que acostumbraba. Así, siempre que algún pobre le pedía limosna hallándose fuera de casa, le socorría con dinero, si podía; si no llevaba dinero, le daba siquiera la gorra o el cinto, para que no marchara con las manos vacías. Mas, si no tenía nada de eso, se apartaba a un lugar oculto, se desnudaba de la camisa, y hacía ir con disimulo al pobre a ese lugar para que por Dios la recogiera. También compraba objetos propios para el decoro de las iglesias y secretamente los enviaba a los sacerdotes pobres.
9 Cuando, en ausencia de su padre, se quedaba en casa, aunque comiese él solo con su madre, partía para la mesa tanto pan como si la preparara para toda la familia. Si la madre le preguntaba por qué ponía tanto pan en la mesa, respondía que lo hacía así para poder dar limosna a los pobres, porque había hecho propósito de dar limosna a todo el que se la pidiera por amor de Dios. Su madre, que le amaba más que a los demás hijos, le permitía obrar así, no sin observar lo que hacía y admirándolo detenidamente en su corazón.
Pues así como antes le gustaba salir con los amigos cuando lo llamaban y tanto le atraía su compañía que muchas veces se levantaba de la mesa a medio comer, causando gran pena a sus padres por estas intempestivas salidas, así ahora tenía todo su corazón pendiente de ver u oír a algún pobre para darle limosna.
10 Trocado así por la gracia divina, aunque vestía todavía de seglar, deseaba estar en alguna ciudad donde, pasando por desconocido, pudiera despojarse de sus ropas para vestirse de préstamo con las de algún pobre y probar lo que era pedir limosna por amor de Dios.
Y sucedió que por entonces fuera como peregrino a Roma. Y, entrando en la iglesia de San Pedro, se paró a observar que los donativos de algunos eran exiguos, y se dijo para sí: «Mereciendo el príncipe de los apóstoles ser honrado con magnificencia, ¿cómo es que éstos ofrecen limosnas tan escasas en la iglesia donde reposa su cuerpo?» Y así, con gran fervor, metiendo la mano en su bolsa, la sacó con cuantas monedas pudo arramblar, y, echándolas por la ventanilla del altar, produjeron tanto ruido, que todos los presentes se quedaron admirados de la espléndida limosna.
Saliendo fuera de las puertas de la iglesia, donde había muchos pobres pidiendo limosna, recibió de prestado y secretamente los andrajos de un hombre pobrecillo, y, quitándose sus vestidos, se vistió los de aquél; y se quedó en la escalinata de la iglesia con otros pobres, pidiendo limosna en francés, pues le gustaba hablar esta lengua aunque no la hablaba correctamente.
Después, despojándose de estos vestidos del pobre, se vistió los suyos y retornó a Asís; y empezó a pedir al Señor que se dignara dirigir sus pasos. A nadie manifestaba su secreto, ni se valía en todo esto de otro consejo que el de sólo Dios, que había comenzado a dirigir sus pasos, y, a veces, del que pudiera darle el obispo de Asís. Es que entonces no veía en ninguno la verdadera pobreza, que buscaba por encima de todas las cosas de este mundo y en la cual deseaba vivir y morir.