En Rusia no se oyen sino quejas constantes relativas a la falta que padecemos de personas prácticas. Tenemos plétora de políticos y generales; incluso se encuentran hombres de negocios de todas clases en un caso dado; pero...
Tercera Parte
Myshkin se dirigió súbitamente a Radomsky. —Eugenio Pávlovich —díjole con insólita vehemencia, estrechándole la mano—, tenga la certeza de que le considero a pesar de todo, como el mejor y más noble de los hombres… En su asombro, Radomsky... Aquel escándalo había casi colmado de terror a la generala y sus hijas. Lizaveta Prokófievna, inquieta y alarmada, volvió a casa con las jóvenes a paso de carrera. De acuerdo con sus nociones e ideas, había pasado algo tan... Cuando se acercaba a su casa, Myshkin quedó no poco maravillado al ver una numerosa y alegre reunión en su terraza, muy iluminada. Sonaban joviales risas, altas voces; incluso se advertían señales de animada discusión. No era difícil comprender... Hipólito, que se había dormido cuando Lebedev llegaba al fin de su discurso, despertó de pronto como si alguien le hubiese descargado un golpe en el pecho. Se estremeció, incorporóse, miró en torno suyo y palideció. Sus ojos se... »No quiero mentir. En estos seis meses, no siempre me he evadido al engranaje de la vida real. Incluso a veces la actividad plástica me distraía de tal modo, que yo olvidaba mi condenación, o al menos no quería... »Yo poseía una pistolita de bolsillo, que me procuré de niño, a esa edad absurda en que se deleita uno con historias de duelos y de salteadores y en que uno imagina que puede ser provocado a desafío y... Ella, aunque reía, estaba indignada. —¡Dormido! ¿Se había usted dormido? —exclamó con despectivo asombro. —Sí —repuso Myshkin, soñoliento aún, reconociendo, con sorpresa, a la joven—. ¡Ah, ya! La cita… Me he dormido, sí. —Ya lo he visto. —¿No me... Al llegar a su casa, Lizaveta Prokófievna se dejó caer, extenuada, en un diván del primer aposento, sin invitar siquiera a Myshkin a sentarse. La estancia donde habían penetrado era una sala grande centrada por una mesa. Veíase una... Myshkin comprendió ahora por qué había sentido un frío interior cada vez que su mano se había posado sobre aquellas tres cartas y por qué quiso esperar hasta la tarde para leerlas. Por la mañana, antes de decidirse a...Tercera Parte – II
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Tercera Parte – VIII
Tercera Parte – IX
Tercera Parte – X