Capítulo IX
Cómo nació la vocación del hermano Silvestre y visión que tuvo antes de entrar en la Orden
30 Cuando el señor Bernardo distribuía sus bienes a los pobres -como queda dicho-, estaba presente el bienaventurado Francisco, que, viendo la poderosa obra del Señor, glorificaba y alababa de todo corazón al mismo Señor. Vino entonces un sacerdote llamado Silvestre, a quien el bienaventurado Francisco había comprado unas piedras para la reparación de la iglesia de San Damián. Y, observando que todo el dinero se repartía según el consejo del varón de Dios, enardecido por el fuego de la codicia, le dijo: «Francisco, date cuenta de que no me pagaste bien las piedras que me compraste». Oyendo el despreciador de la avaricia la injusta murmuración del sacerdote, se acercó al señor Bernardo y, metiendo la mano en su capa, donde estaba el dinero, con gran fervor de espíritu la sacó llena de monedas y se las dio al sacerdote quejumbroso. Y, sacando por segunda vez la mano repleta de dinero, le dijo: «¿Estáis bien pagado, señor sacerdote?» Y él respondió: «Lo estoy plenamente, hermano». Y, rebosando de alegría, se fue a casa con el dinero.
31 A los pocos días, el mismo sacerdote, tocado de la gracia de Dios, empezó a reflexionar sobre lo que había hecho el bienaventurado Francisco, y se dijo para sí: «¡Qué hombre tan miserable soy, que, siendo ya anciano, ambiciono y busco las cosas temporales; y él, joven aún, las desprecia y aborrece por amor de Dios! »
A la noche siguiente vio en sueños una gran cruz, cuya cima tocaba los cielos, y cuyo pie se apoyaba en la boca de Francisco, y cuyos brazos se extendían de una a otra parte del mundo.
Cuando se despertó el sacerdote, conoció y firmemente se convenció de que Francisco era un verdadero amigo y siervo de Cristo y que la Religión que empezaba a nacer se había de propagar prontamente por el mundo entero. Así comenzó a sentir el temor de Dios y a hacer penitencia en su casa. Por fin, poco tiempo después, ingresó en la naciente Orden, en la que vivió de manera irreprochable, y su muerte fue gloriosa.
32 El varón de Dios Francisco, que -como hemos dicho (n. 29)- vivía en compañía de estos dos hermanos, no tenía lugar donde morar con ellos, y se trasladaron juntos a una iglesia pobre y abandonada que se llamaba Santa María de la Porciúncula, e hicieron allí una casuca donde poder vivir en común algunas veces.
A los pocos días vino a ellos un varón de Asís, llamado Gil, y, puesto de rodillas, pedía al varón de Dios, con gran reverencia y devoción, que lo recibiera en su compañía. Viendo el varón de Dios que Gil era fidelísimo y devoto y que podía alcanzar muchas mercedes de Dios, como se vio después por los efectos, lo admitió con el mayor agrado. Unidos los cuatro con indecible alegría y gozo del Espíritu Santo, se dispersaron, para su mayor provecho, de la manera siguiente:
33 El bienaventurado Francisco tomó consigo al hermano Gil y se encaminaron a la Marca de Ancona. Los otros dos se dirigieron a otra región. Yendo para la Marca, se regocijaban vehementemente en el Señor, y el santo varón, cantando en francés en voz alta y clara las alabanzas del Señor, bendecía y glorificaba la bondad del Altísimo. Tan íntima era su alegría, que parecía como que hubieran encontrado un gran tesoro en el campo evangélico de la dama Pobreza, por cuyo amor habían dejado libre y gozosamente todas las cosas temporales como si fueran basura.
Dijo el Santo al hermano Gil: «Nuestra Religión será semejante a un pescador que echa sus redes al mar y atrapa gran cantidad de peces, y, dejando los pequeños en el agua, selecciona los grandes para sus banastas». De esta manera profetizó la prodigiosa propagación de la Orden.
Aunque todavía el siervo de Dios no predicaba propiamente al pueblo, sin embargo, cuando pasaba por ciudades y castillos, exhortaba a todos a que amaran y temieran a Dios e hicieran penitencia por sus pecados. Y el hermano Gil amonestaba luego a que dieran fe a lo que Francisco decía, porque les aconsejaba de forma inmejorable.
34 Cuantos los oían decían: «¿Quiénes son éstos y qué es lo que hablan?» Por entonces, el temor y amor de Dios estaban por todas partes como apagados y se desconocía por completo el camino de la penitencia; es más, era considerado como necedad. Porque a tal grado habían llegado los placeres de la carne, la avaricia del mundo y el orgullo de la vida, que todos parecían enredados en las mallas de la triple concupiscencia.
Y por eso se opinaba muy diversamente sobre estos varones evangélicos. Así, unos los tenían por necios y borrachos, otros decían que tales palabras no podían proceder de necedad. Uno de los que los escuchaban dijo: «O se han unido al Señor con deseo de la suma perfección, o en verdad son unos locos, pues su vida parece propia de quien carece de esperanza, cuando apenas se sirven de comida, andan a pie descalzo y se cubren de vilísimos vestidos».
Mientras tanto, aunque algunos se sentían sobrecogidos de temor en vista de la vida que llevaban, ninguno les seguía; las jóvenes, en viéndolos a lo lejos, huían despavoridas, no fuera que se contagiaran de aquella necedad y locura. Y después de haber recorrido aquella provincia, volvieron al lugar de Santa María.
35 Pasados unos días, se llegaron a ellos otros tres varones de Asís, a saber: Sabbatino, Morico y Juan de Capella, pidiendo al bienaventurado Francisco los recibiera entre los hermanos. Él los recibió con humildad y benignamente.
Cuando salían a pedir limosna por la ciudad, apenas ninguno les daba nada; por el contrario, se mofaban de ellos, echándoles en cara que habían dado sus bienes propios para consumir los ajenos; y tenían que pasar mucha penuria. Sus mismos parientes y consanguíneos los hacían blanco de su persecución. Otros ciudadanos hacían burla de ellos, como de memos y locos, porque en aquellos tiempos a nadie se le ocurría dejar sus propios bienes para luego pedir limosna de puerta en puerta.
El obispo de la ciudad de Asís, a quien el varón de Dios acudía con frecuencia para aconsejarse de él, acogiéndole amablemente, le dijo: «Vuestra vida me parece muy rigurosa y áspera al no disponer de nada en el mundo». A lo cual respondió el Santo: «Señor, si tuviéramos algunas posesiones, necesitaríamos armas para defendernos. Y de ahí nacen las disputas y los pleitos, que suelen impedir de múltiples formas el amor de Dios y del prójimo; por eso no queremos tener cosa alguna temporal en este mundo». Al obispo agradó sobremanera la respuesta del varón de Dios, que despreció todo lo caduco de este mundo, y en especial el dinero. En tal grado, que en todas las reglas recomendó principalmente la pobreza y que fueran muy diligentes sus hermanos en rechazar la pecunia.
Escribió, en efecto, varias reglas, que estuvieron como de prueba antes de que escribiera la que, por fin, dejó a sus hermanos; y en una de ellas escribía como execración del dinero: «Guardémonos los que lo hemos dejado todo de perder por tan poquita cosa el reino de los cielos. Y, si en algún lugar encontráramos dinero, no le demos más importancia que al polvo que pisamos» (1 R 8,5-6).